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Elkin Emilio Villegas Mesa De Cicerón a nuestros días
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Para Cicerón, es claro que, junto con la oratoria, una de sus grandes preocupaciones fue siempre cómo utilizar el lenguaje con fines adecuados. De manera cándida, pensaba que existía una relación armónica entre el “bien decir” y la “paz social”. Sus críticas contra Catilina13 giran todo el tiempo alrededor de una censura moral o de un llamado ético para que aquel contemporáneo rindiera cuentas ante el Senado y la sociedad romana sobre sus relaciones entre las palabras y los actos. En esta perspectiva, se podría decir que Cicerón operaba como un tribunal de ética o como una instancia judicial empeñada en establecer una relación coherente entre lo simbólico y la realidad.14 Una preocupación que ha hecho parte de las reflexiones filosóficas en todas las épocas y hace parte constitutiva de la reflexión de la filosofía del derecho y de los derechos humanos en la actualidad.15 Derechos que, desde una perspectiva hermenéutica, constituyen otro de los nombres de la prudencia (phrónesis) y un resto de las virtudes morales grecorromanas.16 Según Cicerón, “la prudencia mira al conocimiento de la verdad” (citado en Cura, 2004, p. 37).
Ahora, dado que los hombres no somos dioses, ni nuestro saber es absoluto, es necesario regular nuestra conducta, enfrentarnos al azar y aceptar el hecho de que somos seres en falta y por ello nos equivocamos y tenemos que responder por nuestros actos. Por esta razón, campos como la poesía, la literatura, la semiótica, la lingüística, la filosofía del lenguaje y sobre todo el psicoanálisis, tienen tanta importancia hoy para pensar los fenómenos de la política, los derechos humanos (bajo el amparo de la sociología del derecho), la antropología jurídica, el derecho penal, la politología y las ciencias forenses en general. El psicoanálisis es importante para el abogado actual, a partir de su mirada e interpretación, en la medida en que se asemeja a la actitud del maestro en abogacía de Cicerón, quien después de haber sido asesinado fuera siempre recordado por este dado que Escévola nunca vaciló en criticar la actitud ingenua y hasta romántica que de las virtudes griegas se había formado su joven discípulo; ideales de virtud que se podrían comparar, en varios aspectos, con la concepción que actualmente poseemos de los derechos humanos.
Lo anterior constituye el aspecto más importante del presente libro, pues en él el lector podrá apreciar cómo se privilegia, de principio a fin, la palabra plena de Cicerón en cada una de sus actuaciones como pensador, jurista y declamador público de los derechos y los deberes humanos.17 Se podrán encontrar en este libro, más que datos históricos, referencias constantes a un bien decir de la palabra y el lenguaje, entendido este como instancia simbólica de regulación, propicia para la construcción de una lógica que le dé piso o fundamentación al discurso de la ley, la justicia y los deberes, los cuales, no tienen credibilidad en la actualidad; esto se debe a nuestras costumbres comunicativas, que privilegian más lo imaginario de la picardía, el fraude y el engaño. Al parecer, el “imperio de las imágenes” es lo que caracteriza el mundo del “superyó capitalista”. Ahora, “el malentendido —decía Lacan— del lenguaje-signo es la fuente de las confusiones del discurso y del fraude de la palabra” (Albano, Levit y Naughton, 2005, p. 91). Sin embargo, Cicerón dice:
El fundamento de la justicia es la fidelidad, esto es, la firmeza y la veracidad en las palabras y contratos; y es muy verosímil (tomándonos el atrevimiento de imitar a los estoicos, que son escrupulosos indagadores del origen de las palabras, aunque a otros parezca afectación) que tomase su nombre de la palabra fíat, porque la fidelidad consiste en hacer lo que se ha prometido (1984b, p. 9).
En esta lógica, se dice que Cicerón nos legó la “ley propia del lenguaje”, una ley simbólica que, lo mismo que el Estado o la Patria, representa la autoridad del padre de familia, pues como se dice en el psicoanálisis de orientación lacaniana, el símbolo es la expresión de la ausencia de la cosa, que da lugar a la eternización del deseo, el cual finalmente acata la ley o hace del deseo la misma ley. Según Jacques Lacan: “El Nombre- del-padre sirve de soporte a la función simbólica” (Albano et al., 2005, p. 93), lo cual quiere decir que tal significante es el fundamento de la estructuración de la realidad de los vínculos sociales. Se podría decir entonces, de manera hermenéutica, que Marco Tulio Cicerón sirve de soporte a la función simbólica de la ley. O incluso que Cicerón es un parlêtre,18 lo que quiere decir un “ser viviente”, “un ser hablante” o un “viviente que habla”. Un hablante ser, en su traducción literal. De ahí que Lacan hablara de la distinción entre palabra vacía y palabra plena, siendo esta última su gran aspiración como acontecimiento ético, efecto de un bien decir, ligado a lo sublime, al deseo y al Eros creador.
En cuanto a la función paterna de Cicerón, se podría decir que fue, por antonomasia, el símbolo de la lucha contra la corrupción en el mundo, razón por la cual fue llamado “padre de la patria”, noción vecina de la idea romana del pater familias, al ocuparse de la filosofía del derecho a partir de sus elucidaciones sobre los deberes. Con Cicerón se podría decir que la ley vino a sustituir al pater familias, y su concepción jurídica esboza, en varios puntos esenciales, la postura que siglos más tarde va a sistematizar Cesare Beccaria19 (2010) con su atinada elaboración sobre la justicia, intitulada De los delitos y de las penas. Esta problemática de la justicia es de plena actualidad, sobre todo en Colombia, a partir de la llamada justicia transicional del proceso de paz,20 proceso lleno de utopías y de expectativas racionales como las que William Ospina (2015) describe críticamente en su novela El año del verano que nunca llegó.21 Al respecto, cabe anotar que el 23 de septiembre de 2015 (fecha que nos remite al deceso del creador del psicoanálisis en 1939, en Londres, Inglaterra, después de escapar de las garras del exterminio del nazismo) se estableció en La Habana, Cuba, un acuerdo sobre justicia entre el presidente Santos y Timochenko, el máximo jefe de la guerrilla de las FARC.22 Lo llamativo es que días después de lo acordado, el jefe guerrillero afirmó no estar arrepentido o sentirse culpable por los daños ocasionados a la sociedad colombiana, como si careciera internamente de mecanismos de enmienda o rectificación.
Parece ser que en el engaño con la palabra se esconde una de las maneras predilectas de gozar del hombre. Por ello se podría decir, bajo la antorcha de Lacan, que Cicerón sospechaba que el hombre hablando goza (es decir, experimenta malestar y satisface sus impulsos agresivos) y, al tiempo, por el mismo acto de hablar, procura reducir sus formas primarias de gozar. Con el discurso y la palabra el hombre se aliena y se libera. Catilina es un buen ejemplo de ello, un sujeto atravesado y comandado por el goce, el cual se asocia con la perversión, esto es, con la compulsión repetitiva y loca movilizada por la pulsión de muerte, impulso destructivo que Cicerón advirtió, y sigue siendo, muy probablemente entre nosotros, el obstáculo principal de la tranquilidad del alma, los derechos humanos y la paz social. Ahora, seguramente la habilidad lingüística suscitó en Cicerón grandes sentimientos de culpabilidad con relación a su padre, ya que
en él estaban siempre vivos aquellos sentimientos de culpabilidad y exasperación cada vez que le mencionaban a su padre […] Para él resultaba muy doloroso analizar sus propias emociones con respecto a Tulio, porque entonces recordaba los tiempos en que su padre se le había aparecido como un dios pálido y delgado, de ojos iluminados, mano tierna y voz llena de cariño y comprensión (Caldwell, 2011, pp. 611-612).
En esta orientación, Dios es el otro nombre del padre (idealizado) y de la ley, la cual demanda, como el deber humano por excelencia, respeto por la propia vida y cuidado de los demás; de ahí que tanto uno como la otra sean instrumentos simbólicos de paz y armonía entre los pueblos. Aunque Cicerón sospechaba, lo mismo que Lacan, y a diferencia de muchos políticos en la actualidad, que la armonía social y la paz existen tanto como la salud mental y la armonía o la relación sexual.23 Según Freud, a raíz de la agresividad constitutiva del hombre, la sociedad se ve sometida a un inevitable peligro de disolución. Por ello, pensamos con Lacan que, cuando el Nombre del Padre se desvanece, la identidad de las sociedades se desploma, ya que tal nombre es el significante fundamental: la instancia decisoria, de ordenamiento y de regulación de la vida sociocultural. Sin jerarquías parece ser que no podemos orientarnos en el mundo, por ello es necesario simbolizar lo real: he aquí la importancia de la función del padre.
Lo anterior coincide, si es lícito decirlo así, con todo lo que se ha dicho en literatura, lingüística, filosofía y derecho de Marco Tulio Cicerón como padre del discurso y la oratoria, que se hacía sentir, a diferencia de su padre. En este sentido, Cicerón pensaba: “Así como un constructor debe tener un plano para poder construir bien, así el pueblo debe tener una Constitución para que le guíe. Pero hemos abandonado nuestros planos y nuestros mapas tan laboriosamente confeccionados por nuestros padres” (Caldwell, 2011, p. 439). A diferencia de aquel padre, el actual es casi un afónico para quien los recursos de la palabra y el discurso parece que no existieran. Es lo que también se conoce como el declive de la función paterna, función que se asemeja, en las predilecciones políticas de Cicerón, con un dios olímpico (como dice Homero), con un rey fuerte o con la monarquía como sistema de gobierno preferido por él.24 Sin embargo, en otro lugar dice: “Cuando sólo un hombre gobierna un Estado, ese Estado va abocado a su ruina” (citado en Cura, 2004, p. 49).
Entonces, en la perspectiva de Cicerón, se podría decir que cada sujeto, grupo y comunidad tendría que desear y construir como él, con su obra sobre los deberes, dedicada a su hijo, a sus coetáneos y a nosotros, su propio código práctico de conducta moral, con el fin de restablecer lo que es realmente bueno para el sujeto y para la especie humana, y procurar reducir de paso el caos que la sociedad de consumo ha creado, ya que en tales circunstancias muchos son los que abusan de la confusión entre lo simbólico y la realidad, tanto en la familia y los negocios, como en la contratación estatal y en la práctica judicial,25 fundamentada esta última, para ser claro, en el derecho constitucional. A propósito de este, es preciso decir que Cicerón, en su obra Sobre la república,26 crea las bases teóricas y prácticas para el mismo, obra que se ensambla con la de Los deberes y genera una atmósfera propicia que permite pensar a Marco Tulio Cicerón no solo como el principal orador de Roma, sino también como uno de los precursores de la defensa de los derechos humanos. Esta idea aletea, a mí manera de ver, en toda la obra del abogado, político, orador, filósofo y avezado escritor romano. Así, se puede decir que, mientras Cicerón tuvo como propósito esencial “salvar la República romana”, como parte de los derechos naturales (o fundamentales) que proclamaba, nosotros en Colombia tenemos el deber de procurar “salvar la justicia”, en el marco de la crisis institucional de la Corte Constitucional, como parte primordial de tales derechos. En realidad, las cosas no han cambiado mucho desde la época de Cicerón.
Crear un código práctico de conducta que permita, sin tanta complicación legal y tanto exceso de normas, cuidar de sí, de los otros y de las cosas. En esta perspectiva, podríamos preguntarnos: ¿cuántas leyes existen en Colombia?, ¿quién conoce siquiera la mitad?, ¿qué consecuencias tiene esa proliferación de normas con respecto a la democracia, la libertad, la justicia, la institucionalidad y el respeto por los derechos humanos?27 En esta onda de pensamiento, Cicerón decía: “Debemos fomentar las buenas costumbres, sin aspirar a regir todas las cosas mediante leyes escritas” (en Cura, 2004, p. 45). Y Domingo César Cura Grassi (doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales) nos dice de Cicerón lo siguiente:
Consagró su vida en defensa de la libertad, de la República, ahondando en la corriente Estoica, cuya teoría de Derecho Natural reside en la razón que rige todo el universo, subrayando la dignidad humana y propugnando una comunidad de todos los hombres como tales, ello basado en la Libertad e Igualdad Universal, a favor de la dignidad— se insiste— que corresponde a cada individuo (2004, p. 9).
No como en la actualidad, en la que el derecho parece estar cada vez más del lado de los intereses oscuros, de las mentes corruptas y, obviamente, de la rentabilidad.
Se dice en los ámbitos de la rama judicial que la inmensa mayoría de los ciudadanos, incluyendo los abogados, no saben siquiera cuántas especies de reglas jurídicas existen en nuestra pirámide legal. Probablemente por esa razón, todos los sistemas jurídicos se basan en la mentira, según la cual “toda norma se reputa conocida”. Es posible que el exceso de normas sea un incentivo para la delincuencia y la criminalidad y que el mismo ejercicio del derecho, con esa proliferación de sentidos e interpretaciones, se haya encargado de restarle eficacia a la práctica judicial. Un poco como sucede con el padre con rasgos obsesivos, paranoicos y crueles, que por estar ‘echando cantaleta’ todo el tiempo termina destituyéndose como instancia de regulación en la familia. Un exceso de padre es tan perjudicial como un exceso de normas, pues al final todo el mundo termina por descubrir que allí se encubre la impotencia y la fragilidad humanas.28 Cuando el padre se toma por Dios-padre, como el progenitor de Franz Kafka, el de James Joyce y el de muchos otros, lo que usualmente sucede es que el hijo se siente aplastado como un gusano o convertido en un insecto y expuesto al infortunio.29 En el caso de Cicerón, parece ser que fue Helvia quien más contribuyó a moldear la actitud obsesiva, escrupulosa y ética de su primogénito.
En la actualidad, los discursos sobre los deberes humanos están más cargados de normatividades inoperantes que de expresiones lógicas contundentes por su capacidad heurística, mientras que con Cicerón se podría decir que su discurso era potente y exuberante en lo tocante a su sistema simbólico, pero moderado y reducido en cuanto a la proliferación del sentido y la interpretación de normas. En la perspectiva de Mijaíl Bajtín, se podría decir que, sin interpretación no es posible la comunicación humana. Cicerón se preguntaba: “¿Qué retiro puede haber más honroso para una ancianidad acompañada y honrada que la interpretación del derecho?” (1992, p. XXVII). En esta perspectiva, se podría conjeturar que el ejercicio jurídico de los romanos, al no estar atestado de normas insulsas, era más fluido y eficaz, porque no se enredaba en el atolladero de una significación de nunca acabar. Es por lo que un juicio relativamente simple podría concluir en un plazo corto, pero el exceso de normas y de interpretaciones que de ellas se derivan llega a complicar tanto las cosas que el proceso judicial se extiende y se sale de control. Excesos en la interpretación de la hermenéutica jurídica que terminan por fastidiar tanto, que por ello muchos sujetos, en lugar de ampararse en la Constitución30 y en la ley para resolver un conflicto, prefieren hacer uso de la fuerza y de prácticas deshonestas no contempladas en la legalidad para alcanzar sus objetivos. Desde Cicerón se piensa que en el orden de la Constitución “nadie puede ser juzgado por hechos cometidos antes de la promulgación de las leyes, cuando tales hechos no eran considerados delitos” (citado en Cura, 2004, p. 45).
Esta situación da lugar a múltiples crímenes y a la creación ingenua de la figura de los jueces sin rostro. Como si el ejercicio del derecho se pudiera ejercer, de manera efectiva, sin saber de dónde o de quién proceden las decisiones judiciales, lo cual sería imitar en parte los procedimientos de los delincuentes, quienes sí saben cómo y tienen por costumbre camuflarse para llevar a cabo sus distintas modalidades delictivas. Ahora bien, por la personalidad de Marco Tulio Cicerón, podríamos decir que este insigne filósofo, abogado y defensor de los deberes morales y jurídicos, no habría estado de acuerdo con la figura de los jueces sin rostro, pues no era hombre partidario de maquillar la verdad o de disimular sus críticas respecto a las injusticias y los personajes siniestros de su época. Un hombre así, en la actualidad, sin duda duraría poco, o estaría expuesto (como Cicerón) a padecer un malestar constante y una profunda depresión, como consecuencia de avivar tan altos ideales.31 La figura de los jueces sin rostro constituye un intento por borrar la responsabilidad ética de los administradores de la justicia y por tanto un estímulo para que los enemigos de la verdad, la justicia y la reparación no respondan por sus actuaciones indebidas.
En este orden de ideas, es lícito decir que la desaparición de la verdad (entendida en su doble sentido como construcción simbólica y aproximación lógica a lo real) provoca una dinámica social en la que tanto el sujeto, como la familia y las instituciones tienden a ser cada vez menos claras y coherentes en el uso de la palabra y el lenguaje con respecto a la realidad. En tales circunstancias es entendible por qué cada sujeto anda a tientas respecto a la esencia de sí mismo o en relación con la subjetividad de los demás. Como si las virtudes griegas y romanas se hubieran evaporado paulatinamente en el curso de la humanidad, y solo nos quedara enfrentar el rostro de un mundo caracterizado por múltiples formas de la utilidad, desgajadas de la dignidad de lo honesto de dichas virtudes. Mientras la utilidad es buscada por los animales a causa del instinto, el hombre, que es también un animal, lo hace, pero por medio de la razón. Por esto, el hombre se diferencia de los animales, y por eso Cicerón “se aparta profundamente de la opinión de Pitágoras, que formaba la sociedad: Dios-hombres-animales” (Cicerón, 1992, p. XXX).
Ahora bien, aunque se han planteado por medio de la palabra y el discurso múltiples idealizaciones sobre la vida griega y romana,32 la realidad social en que Cicerón estaba inmerso parece contradecir esos embellecimientos, pues
en todos los intentos de reacción y de vuelta a la vida ciudadana no se hablaba jamás [de] los intereses del Estado, ni de la paz o de la prosperidad del pueblo, sino de la voluntad y de los deseos de César, de Pompeyo y de Craso, y de los caprichos inseguros del populacho. A esto había que añadir la divulgación de la vida epicúrea que predicaba la comodidad y el placer personal, inculcando el absentismo de la vida política (Cicerón, 1992, p. XVI).
Situación que no se diferencia mucho de la dinámica de los pueblos en la contemporaneidad, en los cuales el narcisismo, la búsqueda desenfrenada de los placeres y la exclusión del diferente, tanto en la vida pública como en la privada e individual, siguen siendo una constante y una realidad.33 Lo anterior nos lleva a pensar que detrás de toda idealización (individual o colectiva) usualmente se esconde una cruda realidad, que no estamos dispuestos a reconocer.
Cuando cada sujeto es un ser oscuro e impredecible para sí mismo y para los demás, tanto en las relaciones familiares como en la vida privada y en los negocios públicos predomina la desconfianza y la enemistad.34 Dos factores que en buena medida son generados por el mercantilismo y el afán de lucro de los tiempos actuales, asuntos con los que Cicerón seguramente no habría estado de acuerdo, pues pensaba que el comercio que se distribuye “sin engañar a nadie, no se ha de condenar enteramente” (1984a, p. 41). De acuerdo con lo anterior, se podría decir que el capitalismo, en la perspectiva de Cicerón, no sería tan virulento si lograra conservar buena parte de los deberes que en la obra del romano se plantean. Obra que se fundamenta “en el origen casi divino del género humano, en la existencia de una ley universal y eterna, establecida por la naturaleza para regular el comportamiento de los hombres para con Dios (derecho religioso) y para con los hombres (derecho humano)” (1992, pp. XXVIII-XXIX). Aunque Cicerón (1984b) ironiza en Sobre la naturaleza de los dioses tanto la existencia de estos como el culto que los griegos y los romanos (incluyendo a los estoicos que tanto admiraba) le rendían a numerosos seres humanos divinizados (pp. 236-237), en Sobre las leyes afirma que la ley humana tiene su origen en Dios; afirmación que, desde la antigüedad hasta nuestros días, requeriría sin duda (como lo insinúa Cicerón) de interpretación.35 Según Taylor Caldwell, Cicerón experimentó gran interés por los escritos bíblicos, “especialmente los Salmos de David y las profecías del Mesías” (2011, p. 831).
Sin embargo, en un mundo de incertidumbres, egoísmos y crueldad, similar al que respirara Cicerón en la Roma de su época, probablemente solo nos quede como consuelo continuar filosofando para establecer relaciones sólidas y creíbles entre lo simbólico y la realidad, así ello no parezca ser una actividad útil como las que tienen lugar en la actualidad, en un ambiente plagado por la lógica del discurso capitalista y el afán desmedido de rentabilidad.36 Debe decirse que esta actitud filosófica también se ha ido disolviendo en un mundo cada vez más preocupado por lo material y la apariencia y muy poco por lo verdaderamente importante, como diría Foucault, sobre el cuidado de sí, de los otros y de las cosas. En cuanto a esto, escribe: “Encontramos largas y hermosas páginas sobre la vejez, inspiradas en Cicerón, Séneca y Demócrito. En ellas, la vejez aparece como una fase de realización ética hacia la cual hay que tender: en el crepúsculo de la vida, la relación consigo debe llegar al Zenit” (Foucault, 2012, p. 504). En esta perspectiva, es necesario decir que la difusión y la protección de los derechos humanos es otra forma del cuidado de sí y de los deberes morales, los cuales anticipan o preludian la igualdad en tales derechos. Refiriéndose a la igualdad política, en Sobre la república Cicerón dice: “Ciertamente la igualdad absoluta de los derechos que querrían conseguir los pueblos libres, no se puede mantener y esta que llaman igualdad es en realidad la cosa más injusta” (1992, p. 35). Los deberes son otra forma de nombrar el padre, la culpa estructural y la responsabilidad ética, razón por la que conjeturamos que el sujeto desabonado del inconsciente (que es indicio de psicosis) probablemente también lo esté de los deberes morales, de los derechos humanos, de la paz y de la relación con el otro en la vida social. Lo real de la condición humana es que tanto el sujeto como la sociedad se caractericen por su división interna, y las relaciones de cada sujeto son, desde la perspectiva del narcisismo, con su objeto (con el fantasma) y no con el mundo, como en ocasiones se cree al soñar con la paz.
En cuanto a los derechos, que están íntimamente conectados con las obligaciones, Cicerón precisa: “La misma causa hubo para el establecimiento de las leyes; siendo siempre el fin de estas providencias conseguir una justicia igual a todos, porque de otro modo no sería justicia” (1984a, p. 55). Cicerón sabía que, para merecer derechos, el ser humano tiene el deber de reconocer primero obligaciones consigo mismo, con los otros y con la realidad. Si el ser humano no cuida de sí como algo esencial, no puede cuidar tampoco de los otros ni de las cosas fundamentales, como los derechos humanos, para bien de la humanidad. Razón por la que consideramos que el derecho natural (o iusnaturalismo), el cual posee un fuerte influjo filosófico, es innato, anterior y superior (o independiente) al derecho positivo.37 Una verdad de la filosofía del derecho actual que en muchas ocasiones, dada la propensión maliciosa y posmoderna a confundir las palabras con la realidad, se ha tendido a suprimir o a desfigurar. Ahora, mientras la filosofía se relaciona con el hombre desde los ideales y el deber ser, el derecho y la ley lo tienden a mirar de un modo realista, como es.38
Según el derecho natural, existe una relación intrínseca entre la justicia y la ley, en la que se podría decir que el soporte de la ley es la justicia. La ley debe tener sus raíces en la verdad. “De donde se infiere —dice Cicerón— que el hombre que sigue la regla de la naturaleza no puede ser perjudicial a otro” (1984a, p. 73). Por ello, en el ámbito de los iusnaturalistas se suele decir que “la ley injusta no es ley”; proposición que coincide con la lógica y el pensamiento de Cicerón, quien siempre procuró llevar a cabo, en cada una de sus alocuciones, como el máximo exponente y defensor público de los derechos humanos, una adecuación lingüística, coherente y lógica con las características de la realidad. No como suele suceder en la actualidad, en la perspectiva del discurso capitalista, el cual manipula las fantasías y la imaginación de los sujetos y las colectividades, al estar únicamente interesado en lo útil y en las ganancias deshonestas. En contraposición a lo anterior, lo útil es para Cicerón algo que está intrínsecamente relacionado con lo honesto. Entonces, a diferencia del discurso capitalista, el discurso de Cicerón, si lo enlazamos con la lógica de los discursos en Lacan, bien podría circunscribirse en la perspectiva del discurso histérico o en la del psicoanalítico, el cual se asemeja en varios aspectos al discurso de Sócrates.