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Elkin Emilio Villegas Mesa De Cicerón a nuestros días
De Cicerón a nuestros días
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Elkin Emilio Villegas Mesa De Cicerón a nuestros días

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Nuestra finalidad, entonces, al ocuparnos de las obligaciones en Cicerón como defensor público de los derechos humanos, la paz y la sociedad, no es crear la impresión y la confianza de que en algo nos parecemos a él, sino dar indicios, con espíritu crítico, de que el signo lingüístico sirve de manera simultánea, como dice el filósofo Paul Ricoeur, para ocultar mostrando y para exponer escondiendo la verdad.57

El camino a recorrer para desarrollar el presente trabajo se compone de dos partes, cada una compuesta por cuatro capítulos. En la primera parte, en el capítulo I se reflexiona sobre la vida y la obra de Cicerón, pues considero que constituye una forma ejemplar para nosotros en los tiempos que corren, caracterizados por la ausencia de principios éticos e influidos por un discurso utilitarista que se ha olvidado de los fundamentos de la honestidad y de una vida virtuosa al servicio de la vida y de la comunidad. En el capítulo II procuro relacionar el lenguaje y la cultura, desde la filosofía y la óptica de Cicerón. En esta parte de me distancio un poco de la obra directa de Cicerón para pensar, en los tiempos actuales, algunos problemas de la filosofía del lenguaje, con la ayuda de autores contemporáneos que sin duda han sido influidos por las ideas del orador romano. Planteo pues la conjetura de que, aunque Cicerón no conoció las diferencias entre lo real, lo simbólico y lo imaginario, tales registros se esbozaron (aunque con cierta reducción intencional de lo afectivo, como en Lacan) entre los griegos y por tanto en la obra del romano. En el capítulo III intento analizar el discurso y la oratoria de Cicerón desde los recursos teóricos de nuestra formación; y en el capítulo IV, que cierra la primera parte, realizo una reseña crítica e interpretada de la ética de los deberes en Cicerón, en contrapunto con los problemas actuales.

Posteriormente, en el capítulo I de la segunda parte examino el discurso de las Catilinarias desde la perspectiva de los deberes morales. En el capítulo II reflexiono sobre la relación entre los deberes y los derechos humanos, pues pienso que sin la asunción de obligaciones el ser humano no está en condiciones de recibir algo a cambio. En este punto es ineludible comentar que quien solo busca que sus derechos sean concedidos, sin ser consciente primero de su deber de contemplar obligaciones consigo mismo (ética), con los otros (política) y con las cosas (ciencia), es solo un ser infantiloide. Los derechos humanos son una especie de concesión, efecto de la renuncia a la satisfacción de las inclinaciones. En el capítulo III me ocupo de la relación entre las nociones de sociedad, política y deberes humanos (las cuales están atravesadas de afecto en relación con lo imaginario) para criticar cómo tales deberes están más ausentes que presentes en la dialéctica de la sociedad y de la política actual.58 Según el diccionario de la Real Academia Española, la “deontología es la ciencia de los deberes”, los cuales constituyen en el presente trabajo el fundamento de los derechos humanos y de la anhelada paz en sociedad. Esta paz, al parecer, ha sido siempre esquiva a la especie humana, desde la más remota oscuridad de los tiempos, por la presencia innata o estructural de la pulsión de muerte o destructividad. En el capítulo IV, para finalizar, pienso, desde la óptica de Cicerón, los deleites, entendidos como satisfacción de las pasiones, que a su vez son interpretadas como tóxicos del ser, el lazo social y los derechos humanos. En esta última parte se insinúa cómo, entre los griegos y los romanos, la falta de moderación en los deleites era vista como algo perjudicial, no solo para realizar el ideal del “cuidado de sí”, sino también para cuidar de los otros, de las cosas y aún de lo sacro. Sin embargo, las pasiones (o pulsiones en sentido freudiano), entendidas en la obra de Cicerón como el polo opuesto a los deberes morales, son sin duda el otro nombre imprescindible en el curso del presente trabajo, de la falta o del agujero estructural del ser y de todas aquellas utopías sociales, no obstante necesarias, como la de la paz. En realidad, la falta, el deseo y la ley hacen parte constitutiva del sujeto y de las dinámicas de la sociedad.

47 Roma, cuyo origen se asocia con el mito de Rómulo y Remo, en la perspectiva de Cicerón en Sobre la república, “es un Estado concebido como pueblo organizado, no solamente sobre el fundamento de la utilidad común, sino ante todo sobre la convivencia jurídica, y que con respecto a la comunidad humana ocupa una posición central, capaz de organizar el mundo” (Cicerón, 1992, p. XXV). Al parecer, a Cicerón le funcionaba muy bien la conciencia moral, tanto que su obra sobre Los deberes se podría concebir como el efecto de una culpabilidad que lo movía a crear y a reparar. Entre nosotros, en cambio, la conciencia moral y el consecuente sentimiento de culpabilidad, parecen no obrar en nuestra época, por el influjo mercantil.

48 No como las respuestas que una investigadora, la politóloga Natalia Springer, está obligada a presentar ante la Fiscalía General de la Nación, tras firmar varios contratos por más de cuatro mil millones de pesos, tal y como ella misma ha dado cuenta de ello, en una entrevista realizada en W Radio, en la que ha denunciado, de paso, al final de la entrevista, una serie de mentiras y envidias que han caracterizado la psicología social, el espíritu y la mentalidad de muchos en nuestro país. Mientras en la antigüedad el político era el constructor de la polis, en la actualidad, por la vía del consumismo y de la perversión, es quien destituye el Nombre del Padre, los deberes y los ideales.

49 Dado que esta no se ha dado nunca en el curso de la historia, la cual está plagada de múltiples guerras que se suceden unas a otras, y que la paz no se da por el simple hecho de firmar acuerdos forzados, sino por la efectiva libidinización de la vida interior, la relación con los otros y las prácticas sociales o los ofícios, lo cual se perfila como uno de los grandes obstáculos en la época del consumismo para reorientar las concepciones políticas actuales a partir de la oratoria y la sensibilidad grecorromana de Cicerón o del discurso psicoanalítico.

50 Tal y como lo enseña Taylor Caldwell (2011) en su obra La columna de hierro, sobre la vida de Marco Tulio Cicerón y respecto a los rasgos de carácter de Lucio Sergio Catilina y sus amigos Cneio Pisón y Quinto Curio (pp. 69-70).

51 A tal trabajo se oponen los deleites enunciados por el mismo Cicerón (tal y como se dirá en la parte final de este libro), los cuales son nombrados por Jacques Lacan con el concepto de goce; el cual es, de manera sucinta, una emergencia o un “acontecimiento del cuerpo”. Expresión que se encuentra en el poeta y filósofo romano Lucrecio, a quien Cicerón conocía y admiraba, pero también en un filósofo contemporáneo como Heidegger, quien se refería a él como huella o, más exactamente, como letra. Entonces, se trata de un acontecimiento del cuerpo por medio del goce que se relaciona, según Jacques Alain-Miller, con la noción de sinthome en Lacan, entendida también aquí de modo breve como una sublimación de las pasiones y del sentimiento de culpa, el cual se transformó, a mi manera de ver, en virtudes, luego en deberes y mandamientos y más tarde en derechos humanos. De donde se sigue que quien los elabora y procura ponerlos en práctica (como los griegos con las virtudes) opera de un modo similar a quien ha pasado de la dimensión del sufrimiento, propio del goce incluido en los síntomas, a la condición de la liberación de ellos por la vía de la sublimación, que se pone en escena en la actitud civilizada de quien respeta los derechos humanos. La sublimación que implican los derechos humanos es también un goce, solo que al servicio de la preservación de la especie humana.

52 En esta onda de pensamiento, Cicerón decía: “Para que los malvados conservaran algún temor en esta vida, los antiguos quisieron que en el infierno existieran suplicios para los impíos, pues creían, con razón, que sin ellos la misma muerte no era de temer” (citado en Cura, 2004, p. 63). Es probable que la falta de temor a la muerte (castración) haya incidido para que en el sujeto actual se mermaran el sentimiento de culpabilidad y la disposición anímica hacia la enmienda y la reparación. En fin, por lo que aquí decimos, a manera de denuncia por la falta de deberes morales en la época del discurso sobre los derechos humanos, espero no correr la misma suerte que Catón Servio, quien fuera encarcelado y condenado “por denunciar en un libro la corrupción y el despotismo del gobierno actual” (Caldwell, 2011, p. 367). Si ello llegara a ocurrir, dado que sigue siendo peligroso decir la verdad aún en ámbitos académicos e intelectuales, me gustaría que nuestro derecho a la libre expresión del pensamiento fuera defendido públicamente por el espíritu de Cicerón, el cual todos los abogados del mundo llevan inconscientemente inscrito en su ser.

53 Parece que Cicerón sospechó y se adelantó, con su concepción sobre los deberes, a lo que Lutz Heinrich (1992), nos dice: “Entre todas las religiones no hay ninguna tan ventajosa para los príncipes como la cristiana, pues esta somete a aquellos no solo la vida y los bienes de los súbditos, sino también el sentido y la conciencia; no solo ata las manos, sino también los afectos y los pensamientos” (1992, p. 278). Las sociedades de la prohibición paterna están atravesadas por el paradigma del sacrificio, el respeto al semejante y la ley.

54 Expresión que remite a una pasión nuestra radial que, sin duda, imprimió un interés temprano creciente, por los modos de operar de la psicología del sujeto criminal. En esta perspectiva se inscribe en Colombia: Momentos de Radio: La ley contra el hampa. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=9keT4FpMGrk.

55 Según Cicerón, en Sobre la república: “La mejor constitución política es la que consta de la combinación de los tres estadios principales: el monárquico, el aristocrático y el popular, unidos con moderación de forma que no irriten con castigos a los de corazón duro y fiero” (1992, p. 68). Y en otro lugar dice: “Debemos conservar la Constitución que, como Escipión demostró en sus seis libros, es la mejor” (citado en Cura, 2004, p. 45).

56 Por ello nos dice Stavrakakis que Lacan “terminó por admitir que es preciso tomar en cuenta las nociones metapsicológicas de Freud —que señalan la importancia de la energía libidinal y de la pulsión— si se quiere arribar a una comprensión más exhaustiva de la realidad humana” (2010, p. 90).

57 Un problema que al parecer no se consideró entre los negociadores del conflicto armado con las FARC en La Habana, tras la conformación de una “Comisión de la verdad”, la cual se perfiló como uno de los mecanismos de reparación a las víctimas. El problema estuvo en creer que la verdad se puede decir toda, que no existen mecanismos de defensa y que a la tendencia al engaño se le puede destituir. Esta Comisión se asemeja a los esfuerzos realizados por Marco Tulio Cicerón en la época más turbulenta de Roma y, a mi manera de ver, también podría estar integrada (si tuviéramos más apertura y participación democrática) por un psicoanalista, que pueda señalar algunos baches a la hora de construir una paz relativa, parcial e imperfecta. No una paz utópica, imaginaria e inexistente como la que al parecer la mayoría espera. En la perspectiva de Foucault, la “Comisión de la verdad” es un asunto del poder, de lo que un grupo decide a partir de sus propios intereses. La Comisión debía formarse, según el periódico EL TIEMPO, “por 11 personas que debían inspirar confianza en la ciudadanía y serían elegidas por un comité de escogencia compuesto por nueve integrantes. La finalidad era tener una duración de tres años incluyendo la elaboración del informe final y debía contar con seis meses para preparar todo lo necesario para su funcionamiento” (ELTIEMPO.COM, 4 de junio de 2015). Sin embargo, ¿cuánto de todo ello se ha logrado?

58 En este punto es preciso hablar, tal y como lo hace una de las revistas de la Asociación de Estudios Políticos del Reino Unido, de “la política de la falta”, en la cual, según Stavrakakis, se lee que “en los últimos tiempos se ha popularizado cada vez más entre los teóricos el abordaje de la política desde el psicoanálisis lacaniano […] Inspirados en la obra de Jacques Lacan, los teóricos recurren cada vez más al concepto de ‘falta constitutiva’” (2010, p. 17). En torno a la “falta constitutiva”, dice Stavrakakis en Lacan y lo político: “Siempre se construye lo social” (2007, p. 47). Adicionalmente, el autor se pregunta: “Ahora bien, si la dimensión del afecto y el goce es tan crucial en la identificación colectiva, ¿por qué ha pasado inadvertida para tantos teóricos sociales, analistas políticos y políticos modernos? […] cuanto más se reprima la dimensión afectiva de la subjetividad y la identificación políticas, cuanto más un proyecto político hegemónico excluya significantes asociados a la pasión política o investidos de ella dentro de una determinada configuración sociopolítica, esta dimensión buscará expresarse cada vez más a través de formaciones políticas sustitutas (‘síntomas sociales’)” (pp. 234, 239).

PRIMERA PARTE

Vida, obra y efectos actuales de la filosofía de Cicerón

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