Книга Las cosas que dejamos pendientes читать онлайн бесплатно, автор Джулс Хониг – Fictionbook, cтраница 3
Джулс Хониг Las cosas que dejamos pendientes
Las cosas que dejamos pendientes
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Джулс Хониг Las cosas que dejamos pendientes

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Cassie cierra el portátil y se acerca a una de las cajas. Busca un jersey, pero encuentra la pequeña caja de recuerdos que abrió la primera noche. Esta vez la baja de la estantería. Se sienta en el suelo y saca las fotografías.

Hay imágenes de fiestas, excursiones y cumpleaños. En una, Cassie tiene el pelo mucho más corto y está haciendo una cara absurda. En otra aparecen cinco amigos delante de la universidad. Mateo está al fondo, mirando hacia alguien fuera de la fotografía. Cassie pasa a la siguiente. Ella y Mateo están sentados en unas escaleras. No miran a la cámara. Cassie se ríe de algo y él la mira a ella. Permanece unos segundos observando la imagen. Después le da la vuelta. No hay nada escrito. Cassie no sabe por qué siente alivio. Guarda las fotografías otra vez, pero deja esa encima de la mesa. No significa nada, se dice. Esta vez ni siquiera intenta creérselo.

El mensaje

Más tarde empieza a llover. No es una tormenta fuerte, sino una lluvia tranquila que cubre los cristales con pequeñas gotas y convierte las luces de la calle en manchas amarillas. Cassie apaga la lámpara principal y deja encendida solo la que está junto al sofá. La habitación se vuelve cálida y silenciosa. Está leyendo cuando el móvil vibra. Mira la pantalla. Mateo.

Durante un segundo, Cassie no abre el mensaje. Es ridículo. Han hablado esa misma tarde. No hay ninguna razón para que un mensaje suyo parezca importante. Lo abre.

Mateo: ¿Has sobrevivido al café de tu casa?

Cassie sonríe.

Cassie: Por ahora.

Mateo: Me alegro.

Cassie: Gracias por tu preocupación.

Mateo: Es profesional. No quiero perder una clienta.

Cassie: Una clienta que ayer pagó.

Mateo: Un detalle.

Cassie deja el móvil sobre el sofá. Un minuto después vuelve a vibrar.

Mateo: Por cierto.

Cassie espera. Aparecen los tres puntos que indican que está escribiendo. Desaparecen. Vuelven a aparecer.

Mateo: ¿Sigues tomando el café sin azúcar?

Cassie mira el mensaje y se ríe en voz baja.

Cassie: Sí.

Mateo: Lo sabía.

Cassie: Ayer tomé azúcar.

Mateo: Medio sobre por orgullo no cuenta.

Cassie: Eres insoportable.

Mateo: Eso también lo recuerdas.

Cassie apoya la cabeza contra el sofá. Afuera, la lluvia sigue cayendo sobre los tejados y una ráfaga de viento mueve las ramas del árbol que ve desde la ventana. Por primera vez, la conversación no sucede porque se han cruzado por casualidad. Mateo ha decidido escribirle. Ella también decide continuar.

Cassie: ¿Has sobrevivido a la reunión?

Mateo: Sí. El plano tenía sentido.

Cassie: Qué decepción.

Mateo: Gracias por confiar en mí.

Hablan durante casi veinte minutos. Nada importante: un profesor, la panadería, el vecino de la guitarra, una serie que ambos conocen. Es una conversación sencilla, de esas que antes tenían sin pensar. Cuando parece que ha terminado, Cassie deja el teléfono. Vibra otra vez.

Mateo: Una pregunta.

Cassie: Depende.

Mateo: ¿Has vuelto para quedarte?

Cassie deja de sonreír. Es la misma pregunta de la primera noche. Esta vez no está Mateo delante para verla pensar. Mira la fotografía que ha dejado sobre la mesa. Luego mira las cajas, la lluvia detrás de la ventana y las luces de una ciudad que conoce y no conoce al mismo tiempo. Empieza a escribir una respuesta. La borra. Escribe otra. También la borra. Finalmente envía solo cuatro palabras.

Cassie: Todavía no lo sé.

Los tres puntos aparecen casi de inmediato.

Mateo: Vale.

Nada más. Cassie espera unos segundos, pero no llega otro mensaje. Podría sentirse decepcionada. En cambio, agradece que no insista. Deja el teléfono boca abajo.

Afuera, Salamanca continúa bajo la lluvia de octubre. Las calles que recorrió esa tarde estarán casi vacías ahora, y las hojas se pegarán otra vez a las piedras mojadas. Mañana algunos lugares volverán a parecer nuevos y otros le traerán recuerdos que creía olvidados. Cassie mira una vez más la fotografía. No sabe todavía si ha vuelto para quedarse. Pero por primera vez empieza a preguntarse qué tendría que ocurrir para querer hacerlo.

Ejercicios de vocabulario

1. Completa las frases

1. Cassie decide __________ por el centro en lugar de volver directamente a casa.

2. Algunos lugares antiguos le __________ de sus primeros años en Salamanca.

3. Al pasar por una plaza, un recuerdo de Mateo le __________.

4. Cassie puede __________ muchos lugares aunque algunos negocios hayan cambiado.

5. La ciudad parece diferente, pero algunas cosas han __________.

6. Cassie y Mateo vuelven a __________ por casualidad cerca de la universidad.

7. Ella está __________ preguntarle más cosas sobre su vida, pero decide no hacerlo.

8. Cassie comprende que no quiere quedarse __________ en el pasado.

9. Algunas fotografías le permiten __________ de sus años universitarios.

10. Para construir una nueva vida, Cassie sabe que tendrá que __________.

2. Relaciona

1. traer recuerdos

2. venir a la memoria

3. cruzarse con alguien

4. estar a punto de

5. atreverse a

6. seguir adelante

a. encontrarse con alguien por casualidad

b. recordar algo de repente

c. tener el valor de hacer algo

d. continuar con la vida

e. hacer que una persona recuerde el pasado

f. estar muy cerca de hacer algo

3. Verdadero o falso

1. Cassie toma el autobús porque hace demasiado frío.

2. Nora conoce perfectamente Salamanca.

3. Cassie encuentra varios lugares relacionados con sus recuerdos universitarios.

4. Mateo está trabajando en el café cuando Cassie se cruza con él.

5. Mateo dice que se alegra de que Cassie haya vuelto.

6. Cassie baja al Café Libertad esa misma noche.

7. Mateo escribe a Cassie por iniciativa propia.

8. Cassie responde que definitivamente se quedará en Salamanca.

4. Explica con tus propias palabras

1. ¿Por qué Cassie siente que Salamanca es conocida y nueva al mismo tiempo?

2. ¿Por qué no quiere que cada día termine con Mateo?

3. ¿Qué importancia tiene la fotografía que deja sobre la mesa?

4. ¿Por qué la pregunta «¿Has vuelto para quedarte?» resulta difícil para Cassie?

5. ¿Qué cambia entre Cassie y Mateo al final de la capítulo?

5. Usa el vocabulario

Escribe una frase propia con cada expresión:

1. tener nostalgia

2. guardar un recuerdo

3. estar a punto de

4. atreverse a

5. seguir adelante

Respuestas

Ejercicio 1

1. dar un paseo

2. traen recuerdos

3. viene a la memoria

4. reconocer

5. permanecido igual

6. cruzarse

7. a punto de

8. atrás

9. guardar recuerdos

10. seguir adelante

Ejercicio 2

1-e

2-b

3-a

4-f

5-c

6-d

Ejercicio 3

1. Falso

2. Falso

3. Verdadero

4. Falso

5. Verdadero

6. Falso

7. Verdadero

8. Falso

Ejercicio 4

Respuestas orientativas:

1. Porque reconoce calles y lugares de su pasado, pero también encuentra cambios y nuevas rutinas.

2. Porque quiere construir una vida propia en Salamanca y no hacer que su regreso dependa únicamente de Mateo.

3. Representa una parte del pasado que Cassie todavía no ha decidido cómo interpretar.

4. Porque aún no sabe qué quiere hacer con su nueva etapa ni si Salamanca será una solución permanente.

5. Mateo le escribe sin que una coincidencia los obligue a hablar; por primera vez uno de los dos busca voluntariamente al otro.

Ejercicio 5

Respuestas libres.

Capítulo 4. Un café, nada más

Vocabulario


Español

Русский


quedar con alguien

договариваться о встрече с кем-либо


proponer un plan

предложить план


aceptar una invitación

принять приглашение


tener una cita

иметь свидание / назначенную встречу


restarle importancia a algo

преуменьшать значение чего-либо


ponerse nervioso/a

начать нервничать


evitar la mirada

избегать взгляда


romper un silencio

нарушить молчание


sacar conclusiones

делать выводы


dar explicaciones

давать объяснения


quedarse en silencio

замолчать


tener la sensación de

иметь ощущение, что


estar pendiente de

постоянно следить / ждать чего-либо


dejar algo claro

прояснить что-либо


darle vueltas a algo

постоянно обдумывать что-либо

Una invitación sencilla

El viernes llega con una mañana fría y luminosa. Durante la noche ha bajado la temperatura y, cuando Cassie abre la ventana, el aire entra en el apartamento con olor a humedad, hojas mojadas y café recién hecho desde la planta baja. Cierra enseguida, pero permanece unos segundos junto al cristal. En los tejados hay una luz pálida, casi blanca, y las sombras de las chimeneas se alargan sobre las tejas. Octubre avanza despacio, cambiando la ciudad un poco cada día.

Cassie lleva tres días diciéndose que la presencia de Mateo debajo de su casa no modifica absolutamente nada. Tiene clases, trabajos, una compañera nueva con la que ya ha quedado para estudiar el sábado y suficientes cajas sin abrir como para mantenerse ocupada hasta Navidad. Sin embargo, cada mañana reconoce el ruido de la persiana metálica del Café Libertad al levantarse y, cada noche, sabe aproximadamente a qué hora cierran. No está pendiente de él, se explica mientras prepara el desayuno. Simplemente vive encima de una cafetería. Sería imposible no escucharla. El móvil vibra sobre la mesa.

Mateo: ¿Tienes clase esta tarde?

Cassie mira el mensaje más tiempo del necesario.

Cassie: No. ¿Por qué?

La respuesta tarda casi un minuto.

Mateo: Porque termino a las seis.

Cassie espera. Nada.

Cassie: Información muy interesante.

Mateo: Gracias.

Cassie: ¿Hay una segunda parte?

Mateo: Podríamos tomar algo.

Cassie deja el teléfono sobre la mesa y se sirve más té, aunque la taza todavía está casi llena. La invitación es completamente normal. Dos antiguos amigos pueden quedar para tomar algo. No existe ninguna ley que convierta automáticamente un café en una cita solo porque hace cuatro años casi ocurrió algo entre ellos. Casi. Cassie vuelve a mirar la pantalla.

Cassie: Vale.

Mateo: ¿Vale qué?

Cassie: Que podemos tomar algo.

Mateo: Ah. Pensaba que estabas valorando mi información sobre el horario.

Cassie: No te emociones.

Mateo: A las seis y media. Plaza de Anaya.

Cassie: Allí estaré.

Después de enviar el mensaje, Cassie se queda mirando el teléfono. No ha pasado nada extraordinario, pero el viernes parece de repente un poco distinto.

No es una cita

A las cinco y media, Cassie está delante del armario con una camisa en cada mano. Aquello la irrita. No porque no sepa qué ponerse, sino porque sabe perfectamente que está dedicando demasiado tiempo a una decisión que normalmente tomaría en treinta segundos. Deja la camisa negra sobre la cama, se pone un jersey color crema, se lo quita, vuelve a ponérselo y termina riéndose de sí misma.

-No es una cita -dice en voz alta.

Desde el piso de arriba llega una nota de guitarra particularmente desafortunada.

-Gracias por tu opinión.

Finalmente elige vaqueros, botas y un abrigo marrón. Se recoge el pelo, lo suelta otra vez y decide que ese es el límite de dignidad que está dispuesta a perder por un café.

Cuando sale, la tarde ya tiene el color dorado y frío de los días de octubre que empiezan a terminar demasiado pronto. El sol se esconde detrás de los edificios y las calles del centro están llenas de gente que aprovecha las últimas horas de luz. En algunos balcones cuelgan plantas secas; frente a las tiendas aparecen pequeñas pizarras con dibujos de calabazas, bebidas calientes y hojas de otoño. Un vendedor coloca castañas en un puesto y el humo se mezcla con el aire frío. Cassie camina hacia la Plaza de Anaya intentando no llegar demasiado pronto. Llega ocho minutos demasiado pronto. Mateo todavía no está.

Se sienta en un banco desde el que puede ver la catedral. La piedra parece naranja bajo la luz de la tarde, y varias hojas giran por el suelo cada vez que sopla el viento. Cassie saca el móvil, lo guarda, vuelve a sacarlo y abre un correo que no le interesa.

A las seis y veintiocho ve a Mateo acercarse desde la calle de la Rúa. Lleva un abrigo gris y una bufanda oscura. Camina deprisa, pero cuando la ve reduce el paso y sonríe.

-Has llegado antes.

-Dos minutos.

-Llevas aquí más de dos minutos.

-¿Ahora también eres experto en horarios?

-Te conozco.

Cassie guarda el móvil.

-Me conocías.

La respuesta sale más seria de lo que pretendía. Mateo se queda un instante en silencio. Después asiente.

-Tienes razón.

No intenta convertirlo en una broma, y Cassie agradece que no lo haga.

-¿Vamos? -pregunta él.

-¿Adónde?

-He pensado que sería absurdo llevarte al café de mi familia.

-Por fin una buena decisión.

Mateo sonríe.

-Conozco otro sitio.

Empiezan a caminar juntos. Cassie no pregunta si aquello es una cita. Mateo tampoco. Los dos parecen haber llegado al mismo acuerdo silencioso: llamarlo café y no darle más importancia de la necesaria. Por supuesto, eso hace que Cassie le dé todavía más vueltas.

Una mesa junto a la ventana

El lugar que elige Mateo está en una calle tranquila, lejos de la zona más turística. Es una cafetería pequeña con mesas de madera, estanterías llenas de libros y grandes ventanas cubiertas por gotas de una lluvia que acaba de empezar. En el interior huele a canela, chocolate y pan caliente. Cerca de la entrada hay una cesta con mantas para los clientes que prefieren sentarse fuera, aunque esa tarde nadie parece tener suficiente valor.

-¿Desde cuándo conoces este sitio? -pregunta Cassie mientras se quita el abrigo.

-Desde hace un par de años.

-Claro. Otra parte de tu misteriosa vida moderna.

-Mi vida no es misteriosa.

-Has vivido en Valencia sin que yo lo supiera.

-Medio mundo ha vivido en Valencia sin que tú lo supieras.

-Eso no ayuda.

Encuentran una mesa junto a la ventana. Mateo pide café solo y Cassie, después de pensarlo un momento, café con leche sin azúcar. Mateo no comenta nada. Cassie espera. Nada.

-¿No vas a decirlo?

-¿Qué?

-Lo del azúcar.

-No.

-¿Por qué?

-Porque si lo digo, vas a acusarme de estar demasiado pendiente de tu café.

Cassie intenta ocultar una sonrisa.

-Una decisión inteligente.

-Sé tomarlas de vez en cuando.

Cuando llegan las bebidas, hablan primero de cosas sencillas. Mateo le cuenta que su proyecto final es un centro cultural diseñado para recuperar un edificio industrial abandonado. Cassie le pregunta más de lo que esperaba porque, cuando él habla de arquitectura, cambia. Mueve las manos, busca ejemplos en todo lo que tiene alrededor y se olvida de mantener esa actitud tranquila que suele tener detrás de la barra.

-¿Siempre quisiste hacer eso? -pregunta ella.

-¿Arquitectura?

-Sí.

-Casi siempre. Hubo seis meses en los que quería ser fotógrafo.

-¿Cuándo?

-A los dieciséis.

-No cuenta.

-¿Por qué?

-Porque a los dieciséis yo quería vivir en Nueva York y escribir para una revista.

Mateo levanta una ceja.

-Eso explica muchas cosas.

-¿Qué cosas?

-Tu obsesión con comprar cuadernos que nunca terminabas.

-Los cuadernos bonitos no se usan. Se conservan.

-Eso no tiene ningún sentido.

Cassie se ríe. Afuera, la lluvia cae con más fuerza y pequeñas corrientes de agua avanzan entre las piedras de la calle. La luz se ha vuelto azul y gris, pero dentro de la cafetería las lámparas amarillas crean una sensación cálida. La ventana refleja sus caras y, por un momento, Cassie recuerda otras tardes de años atrás, cuando podían pasar horas hablando sin pensar en lo que significaba. Ahora piensa demasiado en todo. Tal vez Mateo también.

Hay pequeños silencios que antes no existían. Instantes en los que uno parece estar a punto de preguntar algo y decide no hacerlo. Miradas que duran medio segundo más de lo normal y después se apartan. Cassie juega con la cucharilla.

-¿Por qué me has invitado?

Mateo la mira.

-¿Necesito una razón?

-No.

-Entonces, ¿por qué preguntas?

-Porque hace cuatro años que no quedamos solos.

Mateo apoya los brazos sobre la mesa.

-Precisamente por eso.

La respuesta es sencilla, pero Cassie nota que algo cambia entre ellos. Ya no están hablando del máster, del café ni de Arquitectura. Están hablando de ellos.

Lo que pasó después

Durante unos segundos solo se oye la lluvia contra la ventana y el sonido de una taza al chocar con un plato en otra mesa. Cassie podría cambiar de tema. Lo ha hecho varias veces desde que volvió. Esta vez decide no hacerlo.

-¿Te enfadaste conmigo cuando me fui? -pregunta.

Mateo no responde inmediatamente.

-No exactamente.

-¿Qué significa eso?

-Que al principio no. Sabía que querías irte y que era importante para ti.

-A Madrid fui mucho después.

-Ya lo sé. Hablo del intercambio.

Cassie baja la mirada. Claro. Antes de Madrid hubo otras ciudades, otras decisiones y aquella primera salida de Salamanca que, en cierto modo, había empezado todo.

-Después seguimos hablando -dice ella.

-Sí.

-Durante bastante tiempo.

-Sí.

Cassie suspira.

-No puedes responder solo «sí» a todo.

Mateo sonríe ligeramente.

-Me estás haciendo preguntas cuya respuesta es sí.

Ella le lanza una mirada seria y él deja de sonreír.

-Hablábamos mucho al principio -continúa Mateo-. Después menos. Tú estabas ocupada. Yo también. Cuando volviste, las cosas ya eran diferentes.

-¿Diferentes cómo?

Mateo mira hacia la ventana. Una mujer corre bajo un paraguas rojo mientras intenta proteger una bolsa de papel de la lluvia.

-No lo sé. Habíamos perdido el ritmo.

Cassie piensa en aquella época. Recuerda mensajes a medianoche, fotografías enviadas desde estaciones y aeropuertos, audios demasiado largos y llamadas que a veces duraban una hora. Después recuerda cómo todo empezó a hacerse más breve. «¿Qué tal?» «Bien, ¿y tú?» «Mucho trabajo.» «Yo también.» Hasta que un día ninguno escribió.

-No hubo una pelea -dice Cassie.

-No.

-Ni siquiera recuerdo cuál fue nuestro último mensaje.

-Yo tampoco.

Eso le parece más triste de lo que debería. Cassie mira sus manos alrededor de la taza.

-A veces pensaba en escribirte.

Mateo levanta la mirada.

-¿Y por qué no lo hiciste?

La pregunta no suena acusadora. Cassie preferiría que lo fuera. Sería más fácil defenderse.

-No sé. Cuanto más tiempo pasaba, más raro parecía.

-Lo entiendo.

-¿Tú también?

-Sí.

Ella sonríe con cansancio.

-Otra vez «sí».

-Esta vez era una respuesta completa.

Cassie se ríe, pero la conversación no vuelve del todo a la ligereza anterior.

-Además... -empieza Mateo.

Se detiene.

-¿Además qué?

-Nada.

-No puedes hacer eso.

-¿Qué cosa?

-Empezar una frase y abandonarla.

Mateo toma un poco de café, aunque probablemente ya está frío.

-Había otras cosas.

Cassie sabe inmediatamente a qué se refiere. No necesita una explicación. La noche antes de que ella se marchara. Una calle casi vacía. Mateo demasiado cerca. Cassie apartándose en el último momento. El recuerdo aparece tan rápido que siente calor en la cara.

-Podemos no hablar de eso hoy -dice Mateo.

Cassie levanta la mirada. Él también lo recuerda. Por supuesto que lo recuerda.

-De acuerdo.

Ninguno cambia de tema inmediatamente. Dejan que el silencio permanezca unos segundos, como si admitir que existe aquella parte de la historia fuera suficiente por ahora.

Bajo las luces de octubre

Cuando salen de la cafetería, la lluvia ha terminado. La ciudad está húmeda y brillante, y las luces de los escaparates se reflejan sobre las piedras oscuras. El aire es más frío y Cassie se cierra el abrigo hasta el cuello. Mateo se coloca la bufanda mientras mira el cielo.

-No traje paraguas.

-Gran capacidad de planificación.

-No estaba lloviendo cuando salí.

-Estamos en octubre.

-Eso tampoco es un argumento científico.

Empiezan a caminar hacia el centro. No tienen prisa. Las calles se han vaciado un poco y el ruido de sus pasos se mezcla con conversaciones lejanas y el sonido de platos desde los restaurantes. Cerca de una plaza, alguien ha colocado pequeñas luces entre las ramas de unos árboles. Las hojas amarillas brillan durante un segundo antes de caer al suelo.

Cassie siente que la conversación dentro del café debería haber hecho el paseo incómodo. Sin embargo, ocurre lo contrario. Haber mencionado el pasado, aunque solo fuera una parte, parece haber quitado algo de peso a todo lo que no dicen.

-¿Te arrepientes de haberte ido? -pregunta Mateo.

Cassie tarda en contestar.

-No. Creo que necesitaba irme.

-¿Aunque las cosas no salieran como esperabas?

-Sobre todo por eso.

Mateo la mira.

-Eso suena muy adulto.

-No te acostumbres.

Él sonríe. Cassie mete las manos en los bolsillos.

-¿Y tú? ¿Te arrepientes de haberte quedado?

-A veces.

La respuesta la sorprende.

-¿En serio?

-Salamanca me gusta, pero durante un tiempo tuve la sensación de que todos se iban y yo seguía aquí. Después fui a Valencia y descubrí que también podía echar de menos esto.

-Así que volviste.

-Sí.

-¿Para quedarte?

Mateo la mira de lado.

-Ahora me estás robando mis preguntas.

Cassie sonríe.

-Contesta.

-Por ahora, sí.

Por ahora. Cassie reconoce la prudencia de esas palabras porque ella vive dentro de una respuesta parecida. Al llegar a la Plaza Mayor, se detienen. La piedra está iluminada y el suelo mojado refleja las fachadas como si hubiera otra plaza debajo de sus pies. Hay menos gente que durante el día. Una pareja se hace fotos junto a los arcos y un camarero recoge las sillas de una terraza. Mateo mira el reloj.

-Tengo que abrir mañana temprano.

-Entonces deberías irte.

-Sí.

Pero ninguno se mueve. Cassie siente una pequeña tensión absurda. No sabe si deben despedirse con un abrazo. Antes habría sido automático. Ahora cualquier gesto parece necesitar una decisión. Mateo parece pensar lo mismo. Al final, se acerca y la abraza brevemente. Es un abrazo normal. Amistoso. Demasiado corto para significar nada. Lo bastante largo para que Cassie reconozca su perfume. Cuando se separan, ella evita mirarlo durante un segundo.

-Buenas noches.

-Buenas noches, Cassie.

Mateo empieza a caminar en dirección contraria. Después de unos pasos se vuelve.

-Una cosa.

-¿Qué?

-Era solo un café.

Cassie lo mira, sorprendida.

-¿Perdón?

-Tienes cara de estar dándole vueltas.

-No estoy dándole vueltas a nada.

-Claro.

Ella cruza los brazos.

-Eres insoportable.

-Ya lo habíamos establecido.

Mateo se aleja sonriendo. Cassie espera hasta que desaparece bajo uno de los arcos y luego continúa hacia casa. Era solo un café. Nada más. Eso se repite mientras cruza las calles húmedas, mientras sube los tres pisos y mientras deja el abrigo sobre una silla. Después mira el móvil. Hay un mensaje de Mateo.

Mateo: Gracias por venir.

Cassie sonríe antes de poder evitarlo.

Cassie: Gracias por invitarme.

Mateo: Buenas noches.

Cassie: Buenas noches.

Deja el teléfono sobre la mesa y se acerca a la ventana. Abajo, las luces del Café Libertad están apagadas. El viento arrastra algunas hojas por la calle y la noche tiene ese silencio frío que solo aparece cuando el otoño empieza a instalarse de verdad. Cassie apoya la frente contra el cristal. Solo un café. Quizá. Pero hacía mucho tiempo que algo tan sencillo no le daba tanto miedo.

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