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Gabriel Pérez Gómez Álvaro d'Ors
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1932. UNIVERSIDAD
El caserón de la calle de San Bernardo de Madrid era la sede de la Universidad Central, “la Central”, como se la conocía en los ambientes universitarios. El mismo edificio albergaba la Facultad de Derecho, en la que Álvaro d’Ors se matriculó para hacer su primer curso en octubre de 1932.
Como tenía aptitudes suficientes y motivaciones para ello, también se inscribiría un año más tarde en la Facultad de Filosofía y Letras, de manera que en el curso de 1933-1934 hizo 2.º de Derecho y 1.º de Filosofía. El hecho de estudiar dos carreras a la vez no pasó desapercibido para algunos compañeros[112].
Ese mismo año se estrenaba el edificio de Filosofía y Letras, en la naciente Ciudad Universitaria, situada entonces «muy alejada del centro», por decisión de Alfonso XIII, a quien el Marqués de Casa Aguilar, su dentista, había aconsejado que se construyera en el extrarradio a fin de que los inevitables conflictos estudiantiles que habrían de producirse afectaran lo menos posible a la vida de la capital. Para ingresar en esta Facultad hubo de hacer el examen oportuno ante el filósofo Manuel García Morente, entonces Decano[113].
El contacto con el mundo del Derecho, y especialmente con quien se convertiría en su maestro, José Castillejo, resultará determinante en su formación:
Empecé la carrera de Derecho en la Central, en 1932, bajo la dirección de Don José Castillejo, un conocido «institucionista», que me encaminó por el Derecho Romano. Mi preferencia por el Latín y el Griego (éste se estudiaba ya en el Instituto-Escuela cuando no figuraba en los planes oficiales) me predisponía para esa opción de estudio. De manera muy libre seguí también los cursos de Filología Clásica en la Facultad de Filosofía y Letras, instalada en la Ciudad Universitaria[114].
De esta forma resume Álvaro d’Ors su paso por la Universidad como estudiante, si bien esta época de su vida no es en absoluto la de un alumno normal: además de seguir las clases y trabajos de las dos facultades en las que estaba matriculado, comenzó a asistir también a seminarios y cursos monográficos que se desarrollaban en el Centro de Estudios Históricos (situado en la calle Duque de Medinaceli 4, igual que en la actualidad), que dirigía Ramón Menéndez Pidal[115]. Al mismo tiempo se interesaba por las lecturas que le recomendaba su maestro Castillejo para ir familiarizándose con el Derecho Romano:
Me tocó hacer la carrera en los años irregulares de la República, cuando, sobre todo desde la revolución de 1934, las incidencias callejeras perturbaban las clases (en el 1935-36 no hubo prácticamente clases en la Facultad de Derecho de Madrid). Tampoco todos los profesores del claustro eran de la misma calidad y eficiencia (…) únicamente debo mencionar aquí al que me encauzó en la especialidad, don José Castillejo y Duarte, pedagogo de temperamento, del que reconozco haber heredado el gusto por los casos prácticos, no, en cambio, su admirable costumbre de escribir en el encerado un amplio cuadro sinóptico de la lección que iba explicando, lo que ha conservado, y con gran perfección, otro discípulo suyo, don Ursicino Álvarez Suárez, que, por la ventaja que me lleva, puede considerarse también como maestro mío[116].
Las relaciones con Castillejo fueron excelentes. Álvaro d’Ors apreciaba la sólida personalidad del catedrático, que tenía unas miras y unos contactos internacionales notablemente superiores a los habituales en la Universidad española de la época. Formado en Alemania, Francia e Inglaterra, su figura era distinta de la del resto de catedráticos también, entre otras cosas, porque acudía regularmente a la Universidad en bicicleta. En el momento de conocer a Álvaro, se debió producir una corriente de simpatía mutua que iría creciendo con el estímulo del profesor y la adecuada respuesta del alumno: Álvaro reunía algunas cualidades que Castillejo apreciaba, como su desenvoltura en varias lenguas extranjeras, conocimientos sólidos de latín y griego y un gusto especial por la antigüedad clásica[117]. De esta manera se destacó inmediatamente como alumno brillante, y ya en el primer curso de carrera José Castillejo se hizo cargo de él y lo acogió como discípulo, dándole entrada en su seminario, lo que no era habitual en la práctica académica del momento[118]. La relación entre maestro y discípulo seguiría viva en los años siguientes, mientras Álvaro todavía continuaba sus estudios. De manera totalmente irregular, siendo aún un alumno, se encargaría de impartir unos cursillos de Derecho Romano (sobre derechos reales), bajo el amparo de su catedrático, que lo apoyaba incluso hasta más allá de lo académicamente permitido:
Empecé a dar clases en la Universidad Central dos años antes de nuestra guerra del 36. Fue esa primer y precoz docencia algo ilegal —como tantas otras cosas ilícitas de mi vida, honrosamente ilícitas— pues se debió a la singular benevolencia de mi maestro José Castillejo, que me encargó de unas lecciones («optativas», diríamos hoy) de Derecho Romano, cuando yo todavía no me había licenciado en aquella Facultad; recuerdo que incluso pretendía él que me nombraran «ayudante», pero el entonces Decano, don Adolfo Posada, con toda la razón, se negó[119].
Esa prueba fue decisiva para mí, pues me permitió ver sin titubeos que el oficio de universitario era mi camino[120].
Muchos años más tarde, Álvaro d’Ors volvería a referirse a Castillejo con otra perspectiva:
Era un excelente enseñante, aunque muy elemental, de Derecho Romano (…) Su «libro» (…) era (…) una buena exposición del marco histórico —«historia externa» decía él— con buena información; aunque algo singular, era como esos libros de los catedráticos de entonces que abultaban la primera parte del «Programa», aunque él explicaba en clase todo el «Programa»... y hacía casos (imitando a Kohler, su maestro en Berlín) (…) Efectivamente, iba a veces en bicicleta, como le vio su mujer en esa Escuela Internacional, que no sé yo ahora si no era la misma que la Plurilingüe. Él me hablaba —en los años 30— de una escuela en la que enseñaban los principales idiomas a la vez, y se veía que era su gran ilusión; como era calvo, se comprende que su mujer hable de «cabeza ovoide». Un hombre singular, Castillejo: un manchego recastado en Inglaterra (con escasa influencia alemana, a pesar de haber estudiado allí). Nunca pensó en ser ministro o cosa parecida[121].
No obstante lo dicho hasta ahora, conviene matizar que esta buena sintonía entre maestro y discípulo se refiere fundamentalmente al ámbito académico, ya que en el terreno de las convicciones personales no ocurría lo mismo: Castillejo era un hombre cuyo pensamiento en materia religiosa, filosófica y hasta política estaba muy lejos del de su alumno[122].
De estos años de estudio en «la Central», Álvaro d’Ors destaca su relación con unos compañeros que cursaban la carrera en la misma Facultad de Derecho y que, como él, procedían del Instituto-Escuela. El pequeño grupo solía acudir al Hylogui[123] para tomarse unas cervezas y conversar. Los cuatro se encontraban en posiciones ideológicas muy distintas, sin que ello les impidiera ser buenos amigos:
Cuatro compañeros del Instituto-Escuela vinimos a formar en la Facultad de Derecho un pequeño grupo distinguido, no solo por las notas, sino por cierto estilo de vida: la poca estimación de la riqueza, la ausencia de palabrotas y la falta de ambiciones vulgares, así como por cierta naturalidad elegante en el trato con las pocas compañeras de entonces. De estos cuatro amigos, Juan Barnés murió en las filas rojas, Joaquín Sánchez-Covisa fue economista en su exilio venezolano (aunque volvía a veces a España); sobrevivimos Juan Torroba Gómez-Acebo, diplomático, y yo, que militamos con los nacionales. Con este último he mantenido, a pesar de las distancias geográficas, la más constante amistad de mi vida. La distinta suerte de estos cuatro estudiantes de los años 30 en la Central puede dar una idea de lo que ha sido el reparto del hado algo trágico de nuestra generación[124].
La época de preguerra se dejó sentir especialmente en la Universidad y, todavía más en la Facultad de Derecho. Las tensiones y las luchas entre los partidos políticos y sindicatos estudiantiles de izquierdas (fundamentalmente la FUE) y los de derechas (AET y falangistas) repercutían directamente en la vida académica:
Desde el primer momento, las tensiones políticas de la calle se apoderaron de la Facultad, pero se hicieron impeditivas de la normalidad a partir de 1934; eran frecuentes los encuentros, incluso armados, en los pasillos de la Facultad, aparte de las huelgas y manifestaciones callejeras. En el curso 1935-36 —último antes de la Guerra— las clases hubieron de suspenderse poco después de empezar, y luego, después de las vacaciones de Navidad, hasta los exámenes de junio. En conjunto, pues, la vida universitaria de esos años, en la Facultad de Derecho, resultó deficiente y, al final, nula. Esto no impide que algunos estudiantes hayamos podido conservar un excelente recuerdo de algunos maestros[125].
A este ambiente de huelgas y algaradas estudiantiles no eran ajenos algunos profesores que con su actitud claramente exaltada, contribuían a crispar más la situación. No era extraño que a la hora de los exámenes orales volcaran sus filias o sus fobias con determinados alumnos de los que conocían o presumían sus posiciones religiosas o políticas. Un ejemplo de intransigencia en este terreno era Luis Jiménez de Asúa, catedrático de Derecho Penal[126]:
Yo fui alumno de él, pero ese curso me matriculé «libre», para evitar el encuentro personal, que, sabiendo de su talante, podía prever que no iba a ser cómodo para mí, a causa de su notorio sectarismo ideológico. Aprobé el examen escrito, pero, cuando invitó a un nuevo examen (creo que oral) para «mejorar», con la amenaza de posible suspenso, me acobardé, y contenté con ese «aprobado». Por otro lado, nos estafó al cobrar, al principio de curso, por unos pocos pliegos de su libro, que no tuvieron continuación (los conservo), el precio entero del libro. Puedes creer que era un profesor muy poco querido por los alumnos, y menos por las pocas alumnas de entonces. El atentado que sufrió, al volver a su casa, en la calle de Goya, fue una mala torpeza; pero eran «estudiantes católicos», de los que recuerdo bien a uno, que fue muerto en Madrid en los primeros momentos de la Guerra: un acto del todo reprochable, pero que revelaba la malquerencia de muchos alumnos[127].
Por su coherencia personal, Álvaro d’Ors recordaría con admiración la figura de Eloy Montero, catedrático de Derecho Canónico, ya que supo llevar su condición de sacerdote con normalidad y mantenerse firme en sus ideas en aquellos años turbulentos:
Yo recuerdo, en todo caso, y lo recuerdo con nostalgia, que, cuando andaban quemando iglesias y conventos, expulsando a los religiosos y demás desmanes de la República, siendo yo estudiante de la Central, Don Eloy Montero, catedrático allí de Derecho Canónico, no tuvo ni asomo de deserción: seguía con su sotana, hablando claro sobre las exigencias de la Iglesia[128].
Otros profesores de Derecho, de los que guardaría buen recuerdo, fueron Nicolás Pérez Serrano (Derecho Político), Galo Sánchez Sánchez (Historia del Derecho) y Felipe Clemente de Diego (Derecho Civil), aunque con este último se matriculó como alumno libre[129].
En este ambiente crispado que le tocó vivir, Álvaro d’Ors llegó a presagiar la guerra civil que iba a asolar España a lo largo de un examen que hizo para subir nota en Derecho Internacional:
Siendo yo estudiante de la Central, y (...) un joven de talante pacífico y exclusivamente intelectual, presentía, cuando todavía no era previsible el Alzamiento del 36, esta necesidad de una como «redención cruenta» del ser auténtico de España. Tuve ocasión de expresar este sentimiento oscuro en un examen escrito para matrícula de honor en el curso de Derecho Internacional Público que dirigía don Antonio de Luna. El tema por él propuesto era un comentario a un texto de Bernardino de Saint-Pierre. Hablé yo entonces, en aquel ejercicio (que, naturalmente, se habrá perdido), de una necesidad de «redención cruenta» de la España entonces sumergida en una gravísima crisis de identidad (No es sorprendente que mi ejercicio no fuera favorablemente juzgado)[130].
Para los tiempos que corrían, la Facultad de Letras era el polo opuesto al ambiente que se vivía en la calle de San Bernardo: un auténtico remanso para cultivar la mente. El edificio estaba limpio. Entre el alumnado había ya un porcentaje significativo de mujeres, y la organización de las clases, seminarios y bibliotecas que había impulsado Manuel García Morente, catedrático de Metafísica y Decano de la Facultad, se dejaba sentir positivamente en todo el conjunto. Julián Marías, Carlos Alonso del Real, Julio Caro Baroja, Carmen García Parra, Antonio Tovar, Martín Almagro o Manuel Fernández Galiano son algunos de los compañeros que compartieron aulas con Álvaro d’Ors. Los profesores con los que tuvo un trato más intenso fueron, de acuerdo con sus intereses, los de Filología Clásica: Pedro Urbano González de la Calle[131], del latín, y José Alemany Bolufer y su adjunto, el canónigo Daniel García Hugues, de griego.
UN DURO GOLPE
A pesar de los antecedentes que dan a entender una infancia feliz, y el inicio de una juventud repleta de lecturas, estudios, viajes, buenos amigos y otros muchos acontecimientos envidiables por cualquier chico de su época, la vida de Álvaro d’Ors no siempre transcurre de esta apacible manera. Hay un momento en el que recibe un golpe especialmente fuerte que calará muy hondo en sus sentimientos. Pese a su madurez personal, se encuentra aún en una edad vulnerable cuando se produce.
Su vida había estado hasta entonces rodeada del cariño y de la estimulante personalidad de sus padres. A este afecto correspondió él siempre, expresando sus sentimientos de acuerdo con su propio carácter afectivo. Pero llega un momento en el que sus padres deciden divorciarse. Muy pocas personas habrán oído a Álvaro d’Ors referirse a esta ruptura, a pesar de que fue un divorcio sonado, suficientemente conocido en su momento y aireado por la prensa, porque se trató de uno de los primeros que tuvieron lugar en España tras la aprobación de la correspondiente ley por parte del Gobierno de la República[132]. Así pues, en 1934, en el inicio de su juventud —19 años—, Álvaro d’Ors tuvo que hacer frente a las inevitables tensiones familiares con las que se vio obligado a convivir.
El noviazgo de Eugenio d’Ors y María Pérez Peix había sido muy largo, en buena medida por la oposición del padre de la novia, que hubiera querido casar a su hija mayor con algún industrial conocido y con buena posición económica, sin que su empeño prosperara. En cambio, Xènius, a pesar de vivir con cierta holgura, no tenía especial fortuna personal (tan solo lo correspondiente a su herencia materna: unas viviendas alquiladas con rentas bajas), ni parecía apuntar hacia ninguna de las vías habituales en la época para enriquecerse. Sus aficiones artísticas y literarias le habían hecho aparecer ante la familia de ella como un bohemio. Cuando finalmente se casaron, el 10 de octubre de 1906, en la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles de Barcelona, la boda se celebró casi en la intimidad familiar, sin los fastos ni los gastos que cabía esperar por parte de una persona con la posición de Álvaro Pérez, a quien se le casaba su primera hija. Tampoco quiso actuar como padrino en la ceremonia, y su papel lo ocupó el poeta Joan Maragall. Hasta tres años más tarde no iría a ver a los recién casados a su residencia de París, y siempre manteniendo una cierta distancia con su yerno, con quien nunca llegó a tener una relación normal. En palabras de Víctor d’Ors, «las tensiones se percibían en aquellas comidas largas y suculentas de 5 platos de los domingos en la calle de Caspe»[133].
Tanto Eugenio como María eran contrarios al divorcio como recurso para arreglar los problemas de un matrimonio. Su formación cristiana y también la mera visión humana de las consecuencias de esta acción les hacían situarse en el bando opuesto[134]. No obstante estas premisas, en un momento determinado se produjo el divorcio. A partir de aquí, el distanciamiento entre Eugenio d’Ors y la familia Pérez-Peix fue total. María Pérez Peix encontró un apoyo grande en su hermana Pilar, que, casada con un oficial de la Guardia Real, Alfonso Martínez Pérez, residía también en Madrid. Por su parte, Xènius se quedó prácticamente sin familia, ya que su hermano José Enrique había fallecido poco tiempo antes. Los hijos menores, Juan Pablo y Álvaro, alternaron periodos viviendo con su madre o en alguna residencia, mientras que Víctor, ya con 26 años, se independizó por completo.
Pasado el tiempo, casi al final de la guerra civil española, Álvaro intentaría que el matrimonio se reconciliase[135]. Pero los Pérez-Peix se opusieron frontalmente a esta posibilidad y no consintieron que María, después del escándalo vivido en su momento, lo arreglara todo «como si no hubiera pasado nada». Da la sensación de que el inevitable cúmulo de desagradables situaciones paralelas que se suelen producir en estos procesos había recaído más en las familias que entre los propios esposos, y que fueron los parientes los que hicieron valer, finalmente, su opinión contraria a cualquier tipo de concierto.
A partir del divorcio, las relaciones de Álvaro d’Ors con su padre se verían afectadas para el resto de su vida. Seguiría viéndole con mediana regularidad, en la medida en que don Eugenio viviera en España, dado que su aversión a la República recién instaurada le hacía pasar temporadas cada vez más largas en París[136]. Quizás algún psicólogo pudiera referirse a la ruptura de los padres de Álvaro como un trauma sufrido en plena adolescencia; la cuestión es que jamás hablaría a su familia sobre este asunto[137].
Durante el resto de su vida adoptaría siempre una postura muy firme sobre el hecho mismo del divorcio[138] («uno de los mayores males de nuestra sociedad» solía decir), al tiempo que se volcaba en comprensión y adhesión hacia los hijos de los matrimonios rotos que ocasionalmente conocía. Y casi siempre, antes de que la convivencia se rompiera, aconsejaba a los cónyuges que pusieran el vínculo matrimonial por encima de las tensiones con sus respectivas familias de origen, e incluso por encima de los problemas derivados de la convivencia con los hijos. El vínculo del matrimonio —decía— está por encima de lo que puedan hacer o decir los hijos.
En una ocasión, ya en los años 90, Rafael Domingo le preguntó acerca de lo que debería decir si alguien se interesaba por el divorcio de sus padres y cómo le había afectado a él. Su respuesta fue tan contundente como escueta: «Pues diga usted que Álvaro d’Ors nunca quiso hablar de este asunto».
JUNIO DE 1936. LOS CUADERNOS
En marzo de 1936, poco antes de que terminara su curso, Álvaro d’Ors comenzó a usar unos cuadernos con tapas de hule negro del tamaño de un octavo. Muy probablemente los compró en una papelería de la Calle del Pez, donde habitualmente se surtía de este tipo de material. Es posible que empezara a escribir allí sin ser consciente de la trascendencia que tendría ese primer gesto que iba a convertirse en una parte muy importante de su personal sistema de trabajo durante más de 50 años.
Muy ordinariamente la lectura exige tomar anotaciones que no se refieren a un trabajo en curso. Quizá sea excesivo hacer un fichero gigante, de difícil ordenación, con todas las notas de la lectura. Aunque no sea un modo perfecto, estas anotaciones pueden hacerse en un cuaderno de bolsillo que lleves siempre contigo, en el que pueden registrarse otras muchas cosas, sin llegar a ser un «diario». Esos datos quedan ahí por el orden cronológico de tu vida. La dificultad para encontrarlos después estará en recordar el tiempo en que se hizo la lectura o se recibió el estímulo que sea, pero la duración de un cuaderno te permitirá tener a mano, durante cierto tiempo, un buen número de anotaciones más recientes. A lo largo de los años encontrarás en los sucesivos cuadernos un rico complemento de tu memoria[139].
Apuntaba en estos cuadernos sus impresiones sobre cuestiones muy variadas: notas sobre lecturas que había hecho, pensamientos apenas esbozados, mínimas anotaciones de sucesos en los que había participado, reflexiones que eran producto de su oración personal y pequeños o larguísimos esbozos que después servirían para futuros trabajos científicos. No eran propiamente un diario, ni unos apuntes íntimos, ni un cuaderno de trabajo, pero tenían un poco de todo. En estos Cuadernos adelanta la esencia de bastantes de las obras que después desarrollará a lo largo de su vida intelectual.
En el momento de la muerte de su autor, la colección de libretas de hule negro había llegado a ser de 77 tomos, sobrepasando la página 8.000 (correlativamente numeradas), a pesar de que apenas escribió en ellas durante los últimos años de su vida. También constituye una fuente de información esencial sobre su propia historia y su obra. Como él mismo no les puso título alguno, su denominación a posteriori resulta un poco complicada. Familiarmente se aludía a ellas como «los cuadernos de papá», «los cuadernos negros» o «los cuadernos de hule». A nuestros efectos, los venimos citando como Cuadernos Personales (C.P.).
El primero de ellos está redactado íntegramente en Madrid, entre marzo y julio de 1936. Tiene 72 páginas, escritas con su letra inconfundible —y a veces difícil de leer, ya que, si en circunstancias normales la caligrafía de Álvaro d’Ors es complicada, en el caso de muchas de sus anotaciones, que están hechas sobre la marcha, en un banco de la calle, en una cafetería o en un tren, resulta todavía más difícil—. En el primer Cuaderno no hay ninguna anotación personal sobre su vida en aquellos días. En la libreta aparecen “notas de lectura”, más o menos extensas, de libros o artículos[140], anotaciones de carácter filológico[141], comentarios jurídicos[142], ideas sobre posibles trabajos[143], o elencos bibliográficos sobre algunos temas[144].
No resulta sorprendente que al final de este primer Cuaderno enumere los trabajos que le ocupan durante el mes de julio, que vienen a coincidir en gran medida con los temas de las anotaciones y, en parte, con las lecturas precedentes. Como se puede ver, predominan los asuntos filológicos:
Trabajos en curso en el mes de Julio:
Fabula togata
Edición de las Epist. de Séneca (Sem. Univ.)
Edición del Pro Caecina (Centro)
Alejandro Severo, emperador civil.
Las incantationes[145].
Conviene recordar que, a pesar de la altura intelectual y el grado de madurez que evidencian los temas de los que se ocupa, en marzo de 1936 estamos ante un joven que todavía no ha cumplido los 21 años. La amplitud de sus intereses y el programa de estudio que se había trazado se encontraban muy por encima de lo habitual entre los muchachos de su época. De estos trabajos que reseña, el relativo a la «comedia togada»[146] se lo acababa de entregar a su profesor de Filología Latina, Pedro Urbano González de la Calle, justamente antes de dejar Madrid para sus vacaciones. Era algo más que el germen de lo que debería ser su tesis doctoral en Letras. Así lo recuerda en una anotación de diciembre de 1936:
En ese trabajo, si mal no recuerdo, había un estudio sobre el estilo de Afranio, en el que me refería a las particularidades estilísticas de este autor de togata y principalmente a los recursos fonéticos (aliteración, etc.). Luego había unas observaciones sobre las Menipeas de Varrón (¡mis queridas Menipeas! ¿Volveré alguna vez a inclinar mi cabeza sobre tus insignificantes fragmentos?). En esas observaciones intentaba aclarar un pasaje que habla de gente desnuda en invierno con una referencia a las fiestas lupercales. También quería fundarme en otros pasajes de este texto para apoyar la tesis de que el culto de Attis había sido introducido en época de M. Terencio Varrón —¡mi querido Varrón!—. ¿Qué más había en ese trabajo de este curso? Me acuerdo que la noche antes de entregar ese trabajo desgajé de él un estudio sobre el verso galiambo, porque descubrí una pequeña inexactitud que requería la corrección de algunas cuartillas. También en algún momento había pensado presentar conjuntamente un estudio sobre los Carmina, ¡mis queridas fórmulas mágicas!: huat, haut, huat ista pista domiabo damnastros! y aquellas otras admirables de Marcelo o de Vegecio Renato, ¡el gran veterinario!, o de Plinio, ¡el gran Plinio! Pero en este asunto de los Carmina había un mare magnum tan magnum que preferí no robar el tiempo de don Pedro con aquello. Pero, ¿qué más presenté? Había algo más; en total eran unas ochenta cuartillas… Ahora me acuerdo de que también había algunas correcciones al texto del Pro Caecina que presenta la Collection des Belles Lettres. Yo preparaba este texto para la colección del Centro de Estudios Históricos. Me acuerdo que en Julio le dije a Bonfante (¡Buenas tardes don Moisés! —¡qué lejos está todo eso!—) que esperaba tener todo preparado para Noviembre y que daba un término tan lejano porque no creía poder volver a trabajar en aquello hasta Octubre[147].