Книга Álvaro d'Ors читать онлайн бесплатно, автор Gabriel Pérez Gómez – Fictionbook, cтраница 4
Gabriel Pérez Gómez Álvaro d'Ors
Álvaro d'Ors
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Gabriel Pérez Gómez Álvaro d'Ors

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El pequeño Álvaro dejará constancia de algunos de estos viajes en unos «cuadernos de verano» en los que anota los lugares que visita y algunas circunstancias particulares de algo que hace, lee o que le llama la atención. Se conservan tres de estas libretas, correspondientes a los años 1928, 1929 y 1932. El desarrollo de los viajes sigue un esquema muy parecido en las tres ocasiones: la familia pasa una primera parte del verano entre Barcelona y Argentona y después hace un viaje largo hasta una ciudad que sirve de base para desplazarse a otros lugares. Por ejemplo, en el verano de 1928 se trasladaron hasta Berna. Desde allí viajaron a Gurnigel, Lucerna, Zúrich, Constanza, Koblenza, Basilea, Ginebra… Al año siguiente, desde Heidelberg van a Frankfurt, Weimar, Leipzig, Viena y Praga. En 1932, la «base de operaciones» fue Brusino Arsizio, con idas a Lugano, Zúrich y Ginebra.

Las observaciones que hace Álvaro, con trece años recién cumplidos, demuestran una madurez impropia de su edad. En el primero de los cuadernos a los que nos hemos referido, da cuenta de las actividades en las que participa: desde un «baile de trajes» hasta un partido de tenis; desde un concierto hasta una representación teatral, pasando por una serie de visitas a museos, incluidos algunos particulares. Al año siguiente, el periplo comienza con una visita a la Exposición Universal de Barcelona[48]. Después hay muchísimas referencias a los museos que recorre y, en especial, a los pintores[49]. Finalmente, el último de los cuadernos de viaje, tres años más tarde, nos muestra a un chico con una notable lucidez: sigue dando cuenta de los lugares por los que pasa y anota alguna observación de la zona, del paisaje o de alguna actividad suya como es la pesca; pero casi todos los días reseña algo del trabajo intelectual que lleva entre manos: traduce fragmentos de Pitágoras, Jenofonte, Platón, Sócrates, Diodoro de Sicilia y Ovidio; está leyendo, entre otros, la introducción a la edición de Catulo (Budé); la Histoire d’Espagne de L. Bertrand, una selección de prosa inglesa (Prose of Today), el Happy Insensibility de Keats, y una antología de Milton[50].

Mención especial merecen los «inicios de vacaciones» entre Barcelona y Argentona. A su paso por la Ciudad Condal acostumbraba a hospedarse en la casa familiar de la calle Caspe 44, muy cerca del lugar donde «Pérez y Paradinas» tenía los almacenes centrales de la empresa. Eran días que aprovechaba, entre otras actividades, para ir a comprar libros, visitar exposiciones y acudir al teatro o a conciertos. Por lo que se refiere a Argentona, se trataba del lugar donde veraneaba la abuela Teresa, en una casa conocida como el «Chalet del Torrente», situada frente al Hotel Solé (hoy Hotel Vila d’Argentona). A la abuela la solían acompañar alguna de sus hijas y las mujeres del servicio. La casa también era frecuentada en las mismas fechas por el resto de sus primos: Guillermo, Álvaro —familiarmente «Alvarito»—, María Eugenia y Ana María (hijos del tío Álvaro), así como José Luis y Fernando (hijos de la tía Pilar)[51]. Por razones de edad, el primo con quien más relación iba a mantener en esos momentos sería Guillermo, si bien jugaba también con los pequeños[52]. Este trato intenso con los Pérez-Peix hará que crezca en la abuela Teresa una especial predilección por el nieto, que también se une a ella por un vínculo afectivo muy grande. Así se desprende de los frecuentes viajes que Álvaro hizo para pasar temporadas con ella, solo o acompañado de su madre, siendo niño o un joven estudiante.

EN EL INSTITUTO-ESCUELA

En los primeros años de Madrid, María Pérez Peix ponía especial interés en que el pequeño Álvaro fuera a remar al Retiro —situado relativamente cerca de la casa familiar—, o al lago de la Casa de Campo, convencida de que este ejercicio físico iba a robustecer su espalda. Solía decirle con frecuencia que «tenía la espalda débil» y que, por tanto, necesitaba ejercitarse en el remo para fortalecerla. Hay bastantes testimonios gráficos de Álvaro d’Ors en los que se le puede ver, todavía niño, habituándose al manejo de la barca y los remos. A pesar de este deporte, siempre diría que nunca llegó a tener demasiada fuerza en los brazos, que se le cansaban enseguida y que eran su «punto flaco». En cambio, constataba, no tendría nunca problemas con las piernas y sería capaz de soportar largas caminatas. Así lo demostró casi hasta el fin de su vida, andando habitualmente los tres kilómetros que había desde su domicilio hasta la Universidad de Navarra, a pesar del viento, el frío, la nieve o el hielo tan frecuentes[53].

El cambio que el pequeño Álvaro percibe con su instalación en Madrid no se debe solo al ambiente o a los modos de hablar de la capital, sino que también hay algo que le afecta más directamente: a sus ocho años ya no pone demasiados reparos a hacer lo que el resto de los niños de su edad y acepta que le ha llegado la hora de ir al colegio. Tenía miedo de que, al no haber asistido antes a clase, lo encuadraran con otros chicos más pequeños, por lo que, cuando sus padres hacen gestiones para escolarizarlo, se dedica a estudiar por su cuenta las materias propias del ciclo pre-escolar. Así se deduce de una carta que le escribe su madre: «No quiero que te canses mucho estudiando porque estás muy delgado y aún tienes tiempo de hacerlo porque eres pequeño todavía. Además ya sabes que te dije que es seguro pases de clase»[54].

De esta manera, en septiembre de 1923, le llega el momento de escolarizarse, y sus padres lo envían al mismo centro en el que ya estaba estudiando su hermano Juan Pablo (que había llegado a Madrid un curso antes): el Instituto-Escuela. Allí estudiaría los tres años de Preparatoria y después, entre septiembre de 1926 y junio de 1932, el Bachillerato: nueve años que resultarían cruciales para el resto de su vida.

Con el ingreso de Álvaro en la preparatoria del Instituto-Escuela se cumplen de alguna forma las predicciones de su padre a Juan Ramón Jiménez, cuando le decía que tomara nota de él «como futuro residente» (de la Residencia de Estudiantes), porque el Instituto-Escuela, al igual que la Residencia de Estudiantes y el Museo Pedagógico, dependía administrativamente de la Junta para la Ampliación de Estudios —que también había sido fundada y dirigida por discípulos y colaboradores de Francisco Giner de los Ríos—. Sin ser propiamente un órgano de la Institución Libre de Enseñanza, por ella había pasado buena parte de su profesorado, y su espíritu krausista lo impregnaba todo. El Instituto-Escuela era un centro de enseñanza experimental, un colegio piloto público aunque de iniciativa privada, absolutamente novedoso, que seguía los modelos más avanzados de la pedagogía europea y que resultaba sorprendente para el momento español. El método de enseñanza del flamante centro educativo tuvo muy buena acogida entre los intelectuales asentados en la capital de España, de tal manera que muchas familias que podrían enviar a sus hijos a caros centros privados, optaron por buscar recomendaciones para lograr una plaza allí. El Instituto-Escuela fue una auténtica revolución para su época, ya que introdujo una serie de novedades como la supresión del sistema de premios y castigos o del orden por méritos en la clase, no había notas y la promoción de un curso a otro se hacía de acuerdo con el aprovechamiento global de los alumnos. Lo previsto, por ejemplo, era que las clases no superaran los 30 alumnos y que las «prácticas», casi desconocidas en otros colegios, se hicieran en grupos de no más de una quincena de escolares. Por lo que se refiere al plan de estudios, además de las asignaturas que se cursaban en los centros estatales (algunas de ellas ampliadas), se incluían aquí el griego, el francés, el inglés y el alemán, la música y los trabajos artísticos y manuales. Como parte del programa —y era algo a lo que se daba especial importancia— los escolares debían hacer visitas al campo, museos y otros lugares de interés. También los alumnos del Instituto-Escuela fueron pioneros en los “viajes de estudios”, desconocidos en la España de entonces. La promoción de Álvaro hizo el suyo por Andalucía y Marruecos[55].

El Insti, como lo llamaban familiarmente los estudiantes, tenía tres sedes: en la calle Rafael Calvo, para los niños de Preparatoria; en los Altos del Hipódromo, en un terreno próximo al de la «Residencia de Estudiantes», para los chavales del ciclo intermedio, y en Atocha, para los tres últimos cursos de Bachillerato:

Cuando yo empecé a estudiar, llevaba el Instituto unos pocos años de actividad. La Preparatoria se alojaba en un edificio prestado de la calle Rafael Calvo esquina a Miguel Ángel; a su frente, un solar (años después edificado) servía de campo de deportes; la dirección competía a María de Maeztu (hermana de Don Ramiro, que había de caer en manos de los rojos en 1936), una mujer de talento pedagógico, que dirigía también la vecina Residencia de Señoritas de la calle Fortuny (en ella residió algún tiempo Laurita Busca, viuda de nuestro inolvidable Dr. Ortiz de Landázuri). El Bachillerato se alojaba en unos edificios en los Altos del Hipódromo, donde después de la Guerra se vino a instalar, ampliado, el también “piloto” Instituto Ramiro de Maeztu; en la misma zona, que Juan Ramón Jiménez llamaba Colina de los Chopos, de la Residencia de Estudiantes, que había de convertirse en Residencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; sobre ese ambiente ha escrito con gran nostalgia, explicable en él, pues fue Director de aquella Residencia, Jiménez Fraud, en su Historia de la Universidad (Alianza Editorial). Para los tres últimos cursos del Bachillerato, en régimen ya de coeducación, nos trasladamos al edificio que se hallaba detrás de la Escuela de Ingenieros de Caminos, en Atocha, y allí había de instalarse, después de la Guerra, el Instituto Isabel la Católica. Así, aunque la Guerra puso fin a la vida del Instituto-Escuela, no ha dejado de haber cierta continuidad perceptible en el orden local de la enseñanza secundaria, y en la misma pedagogía, aunque haya cambiado la inspiración[56].

Para llegar hasta la primera de las sedes, Álvaro iba caminando habitualmente[57]. Después, para acudir a los Altos del Hipódromo, ya con los mayores, se vería obligado a tomar el tranvía número 11.

Contra lo que cabía esperar en un ambiente laicista, propio de los discípulos de Giner de los Ríos que regían el centro, en el Instituto-Escuela se respetaban las creencias religiosas de los alumnos. Como escribió Álvaro d’Ors a propósito de este asunto:

Quizá pueda atribuirse a ese estilo «institucionista» un afectado respeto por la intimidad religiosa. Yo no recuerdo nada en boca de los profesores, que fuera irritante para un católico. Se impartía enseñanza de Religión cuando los padres así lo deseaban; la daba el sacerdote Don Segundo Espeso, a decir verdad, sin que supiera captar nuestro interés, como lo captaba, en cambio, el sacerdote donostiarra Atauri, profesor de Ciencias Naturales, cuyos dibujos en el encerado con tizas de colores recuerdo yo con deleite[58]. A pesar de proceder muchos alumnos de estirpes intelectuales, y de izquierdas, la mayoría «dábamos» Religión, pues recuerdo que, en mi curso al menos, había dos grupos aproximadamente iguales, y uno de ellos lo componíamos los que estudiábamos, a la vez, Religión e Inglés, de modo que debía de haber alguno más de Religión y Alemán, el otro idioma alternativo (aparte del Francés que no era electivo). Por otro lado, aunque es verdad que nada se hacía por fomentar la vida de piedad, que se dejaba al cuidado de los padres, cuando se organizaban excursiones los domingos, se salía siempre a tiempo para que —se decía expresamente— los que quisieran pudieran haber asistido antes a Misa[59].

En palabras de Juan Torroba Gómez-Acebo (1915-2000), compañero de clase de Álvaro d’Ors y su amigo de infancia más longevo, eran características del Instituto-Escuela «la enseñanza cíclica, la coeducación, los idiomas, la música, los trabajos manuales, los deportes, las visitas a los museos, las excursiones, y, sobre todo, la preferencia de los apuntes de clase sobre los libros»[60]. Según comentaría Álvaro d’Ors a su discípulo Rafael Domingo, «el torno de alfarero, las colecciones de insectos, el dibujo de mapas y las traducciones» contribuyeron definitivamente en su primera formación[61]. Para la directora de la sección elemental preparatoria no pasó inadvertido el niño que habían puesto bajo su responsabilidad:

Fui mal estudiante hasta los 10/11 años. Empecé en Madrid en el Instituto-Escuela (Miguel Ángel), y empecé a destacar al segundo año (de Preparatoria), cuando iba a ingresar en el Bachiller, pero, según me dijo después mi madre, María de Maeztu, que dirigía la Preparatoria, ya había pronosticado desde el primer año que sería buen estudiante. Lo fui, en efecto, pero muy irregular. Nunca entendí bien las Matemáticas, Física, Química; sí, en cambio, las Ciencias Naturales, y, naturalmente, las Letras[62].

Prefería pasar largos ratos en casa, en la biblioteca o dibujando, antes que en la calle con otros niños de su edad[63]. Cuando, finalmente, hacía caso de su madre y salía a jugar, volvía a casa muchas veces con las rodillas desolladas por las caídas, lo que le llevaba a reafirmarse en que hacía bien en no querer salir a la calle. Pero su madre no se daba por vencida y le compró unas rodilleras para que no tuviera excusas.

Rasgo típico de su personalidad —que se acusaría con los años—, ya desde pequeño pretendía saber con exactitud cuáles eran las intenciones concretas de las personas de las que dependía, incluso en esos momentos en los que los mayores no tienen planes o estos son muy vagos. Así se desprende de la anécdota que él mismo cuenta, a propósito de un paseo con su tío José Enrique Ors —en una de las rarísimas visitas que hizo a España—.

Estando con él de vacaciones en Barcelona, nos llevó a los tres sobrinos al Turó Park, y al sentarnos en torno a una mesita para tomar algo, yo, inseguro del alcance de la invitación, pregunté: «Tío, ¿venimos a refrescar o a merendar?» Como él me confortara en lo mejor, no dudé en pedir un bocadillo de solomillo[64].

En estos momentos de su vida, mediados los años 20, por casa de los d’Ors desfilan las principales figuras intelectuales que viven en Madrid o están de paso por la capital. Don Eugenio, amante de las tertulias y de las veladas, es un buen anfitrión y sus invitados sienten el placer de que alguien les entienda, les anime o les oriente. En estas circunstancias, siendo aún muy niño, Álvaro d’Ors conoce a Federico García Lorca, cuando una tarde siente curiosidad por la voz fascinante que oye en el salón, separado del resto de la casa por una puerta corredera de cristales traslúcidos. Era el autor del Romancero gitano, que en esos instantes estaba recitando —casi cantando— uno de sus poemas. Álvaro d’Ors recordaba cómo fue arrimándose hasta la puerta para escuchar mejor y permanecer allí, anclado, mientras duraba el recital. Su silueta infantil se hacía evidente para el poeta, que, desde el otro lado del salón, fue acercándose hasta el vidrio poco a poco para, en coincidencia con el último golpe de voz, descorrer la puerta violentamente y encontrarse con el niño sorprendido.

Quizá por su falta de escolarización previa y su educación atípica, la figura de Álvaro d’Ors se percibe como muy diferente a la del resto de sus compañeros de aquellos primeros años. Su amigo Juan Torroba decía que conservaba «la imagen de Álvaro d’Ors como un muchacho distinto de los demás, pues, aunque era muy joven, ya había viajado por Europa y tenía, por ejemplo, conocimientos de idiomas que estábamos muy lejos de tener los demás. También, ya empezaba a leer mucho más que sus compañeros»[65].

Según reconocería Álvaro d’Ors más tarde, el haber viajado al extranjero y «chapurrear» algunos idiomas en aquellos años le hacía sentir cierta superioridad sobre sus compañeros, lo que él mismo interpretaba como signo de su «incapacidad de sobresalir en lo ordinario»[66]. Torroba destaca la talla intelectual de su amigo, a pesar de que en la misma clase estudiaban otros niños muy sobresalientes: «[En el instituto] no nos clasificaban a los alumnos, como en otros colegios, por orden de méritos, es decir, no había un ‘primero de la clase’. Sin embargo, la realidad es que, de hecho, Álvaro d’Ors lo fue a lo largo de todo el bachillerato (…) Lo mismo le ocurriría en la Universidad y en el ejercicio de su profesión, y siempre sin ningún alarde por su parte, pues cualquier tipo de exhibicionismo era totalmente ajeno a su personalidad»[67].

Un personaje que resultaba muy atractivo para los estudiantes de aquel momento, por su idiosincrasia y el celo que ponía en el trato con sus alumnos, era el catedrático de Filosofía Martín Navarro Flores; un hombre que salió de Cuevas de Almanzora (Almería) para trabajar como conserje de la Institución Libre de Enseñanza y al que Giner de los Ríos tomó bajo su amparo, lo animó a que cursara estudios superiores y consiguiera llegar a una cátedra de Filosofía de Segunda Enseñanza. Con su barba, prematuramente blanca, parecía que quería asemejarse a su maestro.

Citaba mucho, naturalmente, a Giner, incluso al mítico Krause de los institucionistas, pero también a Stuart Mill, a Maine de Biran, y no recuerdo ya a cuántos otros filósofos; pero su pedagogía más eficaz era la moral —una Moral vivida como Estética—, de necesidad del deporte, de corrección en el trato con las compañeras, de limpieza, de gusto al arte, de afición a las excursiones… Recuerdo que, para fomentarlas los domingos y disuadirnos de quedar en Madrid, solía predicarnos «el señor Navarro» con esta frase: «Chicos, chicos: al cine no hay que ir»[68].

Junto a Navarro Flores, otros profesores del Instituto-Escuela de los que Álvaro d’Ors guardaba especiales recuerdos fueron el ya citado Tomás de Atauri, de Ciencias Naturales, el historiador Luis Brull de Leoz, el latinista Miguel Herrero García[69], Barbara Finley para el inglés y Odette Boudes de Martínez para el francés[70]. No cabe duda de que el ambiente general, el «estilo institucionista» del centro, también le caló de alguna manera, aunque siempre tuviera criterio firme acerca de lo que era aceptable o no del modelo que se le ponía a su alcance.

En esa ética algo peculiar del Instituto, así como se tenía por algo superior la competencia y honradez profesionales, se despreciaban los honores, la prepotencia, y la misma riqueza sin más. Recuerdo cómo quedaban algo marginados por sus compañeros algunos alumnos de familias conocidamente opulentas; uno, al que un criado le llevaba un termo a la hora del almuerzo, en el recreo, quedó marcado como «Pepito biberón»[71].

Sin que sepamos las causas, hay un momento en estos años del Instituto-Escuela en el que Álvaro d’Ors es expulsado de clase por un día. La noticia la proporciona él mismo años más tarde, en plena guerra civil, cuando se acuerda de aquellas circunstancias porque el día en que fue castigado comenzó a redactar un diario:

Hay que confesar que el diario es siempre un síntoma de aburrimiento, porque con la lectura vienen incluso ideas, impresiones y disparates que piden ser redactados, pero que pocas veces llegan a serlo. El diario es síntoma de soledad. Yo me complazco en reconocer que hago mal los diarios. Hace años, después de haber leído el diario de Kostia Riatzef (me parece que era así), el colegial ruso, con ocasión de que me expulsaron del Instituto por un motivo injustificado (¡como que volví a entrar al día siguiente sin más que dos palabras con el Delegado!), mi ánimo se hinchó de resentida intimidad y me puse a escribir también yo un diario en un cuaderno sin empezar, y escribí mucho. Al día siguiente, avergonzado de mi ensayo, arranqué las primeras hojas y destiné el cuaderno a un oficio más objetivo: había recobrado el sentido de la compañía. Siempre he tenido un horror por la soledad y un vértigo ante la intimidad solitaria[72].

De acuerdo con los planes de estudio del momento, a partir del cuarto curso del bachillerato los alumnos debían elegir entre Ciencias y Letras; opción esta última por la que claramente se inclina Álvaro d’Ors, junto a Juan Barnés, Juan Torroba, Manuel Pausa y Joaquín Sánchez Covisa, las chicas, entre las que se encontraba Carmen García Parra, quizás una de las mejores amigas de Álvaro en aquella época. El curso que comenzaba iba a llevar a las aulas del Instituto-Escuela un nuevo compañero de clase que provenía de otro colegio: Julio Caro Baroja. La sección de los de letras tenía menos alumnos que la de los “científicos”, todo un privilegio que permitía un seguimiento muy personal por parte de los profesores, capaces de estimular el interés de sus discípulos de manera más personal. Sobre esta segunda etapa, el sobrino de Pío Baroja nos dice: «Álvaro d’Ors fue en su clase, antes de que estudiáramos juntos y en la mía, un modelo de alumno aplicado y tenía personalidad. Era alto, rubio, flaco, con una frente grande y una cara chupada. En la mirada recordaba algo a su padre y claro es que sentía una gran admiración por él. Aunque no podía haber grandes puntos de contacto entre Álvaro y yo, fuimos amigos y creo que no reñimos ni discutimos ninguna vez en la escuela o fuera de ella. La distancia inicial servía para que nos mantuviéramos en una especie de cordialidad apartada. Él era religioso, yo no. Él creía en una serie de cosas en que yo desconfiaba y tenía un brillo y una explicación de que he carecido hasta hoy. D’Ors era buen compañero de clase»[73]. Lo mismo que Caro Baroja dice de d’Ors venía a decir este de su amigo. Cuando Caro publicó su libro de memorias y nuestro protagonista se encontró con el párrafo que acabamos de transcribir, se mostró especialmente satisfecho de la última frase, en la que le consideraba «buen compañero».

Hay una fotografía de estos momentos, obtenida por Álvaro durante una de las muchas excursiones que hacían los alumnos del Instituto-Escuela. Entre otros compañeros de curso, aparecen retratados Valentín Gamazo, Juan Negrín, Rafael Bartolozzi, Maruchi Fresno y Julio Caro Baroja. En el comentario que hace Álvaro d’Ors de esa fotografía, al situar a su amigo dice: En el fondo, solitario como de costumbre, con su boina vasca, Julio Caro Baroja[74].

Sobre las posiciones ideológicas y vitales de cada uno, Caro Baroja es muy explícito, aunque su descripción no resulte muy considerada para con algunos compañeros del Instituto: «Barnés representaba el ala izquierda de la clase, d’Ors la derecha, yo la disconformidad. Los otros (…) condiscípulos rumiaban su insignificancia de modo pacífico»[75]. Como consecuencia de su trato con Caro Baroja, Álvaro d’Ors se interesó por asuntos de etnología vasca de los que aquel ya hablaba con pasión, así como por los ensalmos populares que utilizaban los curanderos. Todavía se conservan una porción de cuartillas amarillentas con apuntes suyos de aquella época en los que se recogen las más variadas recetas, procedentes del mundo romano[76]. En 1978, Álvaro d’Ors contribuirá en un libro-homenaje que se hizo a su amigo, precisamente con uno de estos temas sobre los que habían hablado en su juventud: «Sobre hechizo de cosechas en las Doce Tablas»[77]. Casi al final de sus días los dos amigos recibirían el premio de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza en distintas ediciones. En su discurso de aceptación y agradecimiento, d’Ors se refirió a este extremo y dijo que el premio de su amigo sí había sido merecido[78].

Por lo que se refiere a Juan Barnés, también era uno de los mejores amigos de Álvaro en estos momentos. Según Caro Baroja, «Barnés parecía un morito fino (...) era el que mejor se entendía con las chicas, el más atractivo para ellas. En segundo término sabía tratarnos a cada uno de nosotros como nos convenía. La amistad profunda que tenía por Álvaro d’Ors, a pesar de lo diferentes que eran sus ideas, no le impedía tener también una, acaso aún mayor, por mí»[79].

La amistad estaba por encima de las convicciones de ambos, a pesar de que, con los años, se fueran afianzando en ideas diametralmente opuestas. En cierto modo era comprensible que Barnés se declarara ateo y de izquierdas («de la cáscara amarga», como él mismo dice): su padre era un krausista, destacado miembro de Izquierda Republicana y profesor de Historia en el mismo Instituto-Escuela[80]. Con el tiempo sería ministro de Educación (Instrucción Pública y Bellas Artes, según la nomenclatura de la época) en dos ocasiones; en la primera de ellas (1933), entre otras actuaciones suyas, tras la expulsión de los jesuitas de España trató de convertir el seminario de Comillas en una colonia veraniega. Después, como ministro del gabinete de Casares Quiroga, fue Barnés uno de los promotores de la prohibición a los religiosos de ejercer la enseñanza y el encargado de hacerla cumplir. Como él mismo dijo en sesión parlamentaria, «la obra creadora de una gran enseñanza oficial es la que tendrá que aventar, echar fuera del palenque de la cultura esa enseñanza mezquina, pobre, que dan las congregaciones religiosas»[81]. Se entiende, pues, que su hijo Juan liderara el ala izquierda de la clase en la que estudiaba. Pese a este ambiente familiar y a sus propias doctrinas radicales, Juan Barnés correspondió a la amistad de Álvaro con total lealtad, sin rehuir, tanto en las conversaciones como en la correspondencia que mantiene con «su amigo de derechas», cualquier tipo de asuntos por íntimos que fueran, incluido el de la religión[82].

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