
Полная версия:
Gabriel Pérez Gómez Álvaro d'Ors
- + Увеличить шрифт
- - Уменьшить шрифт
Como hombre viajero por excelencia, y dotado a la vez de una memoria prodigiosa[25], que le permitía retener todo lo leído una sola vez, nunca tuvo él la codicia de conservador libresco, como tampoco la tuvo de coleccionista de cuadros. Parecía haber reducido su sentido de propiedad a su inteligencia y buen gusto nada más (...) Aprovechaba sus frecuentes viajes para sumergirme en su biblioteca. Allí encontré muchas lecturas interesantes y hasta edificantes, y también otras que no lo eran[26].
El resumen que hace Álvaro d’Ors de esta época es bastante explícito:
Me crié entre diálogos, caricias y libros. Con el tiempo, llegué a reconocerme en aquel recuerdo de no sé qué escritor francés: La cendre latine et la poussière grecque m’entouraient (sic): j’étais haut comm’un infolio (sic)[27].
Por razones de edad, establecería una relación más cercana con su hermano Juan Pablo (cinco años mayor que él), que iba a ejercer una gran influencia en su persona durante estos primeros tiempos de infancia. Víctor, con siete años más y un temperamento apasionado y cariñoso, tanto lo consideraba un juguete como un estorbo.
En una temporada en que sus padres estaban de viaje, como había ocurrido en otras muchas ocasiones, el pequeño Álvaro se instaló en el domicilio de sus abuelos en la Calle Caspe. Aprovechando esta circunstancia, la abuela Teresa decidió normalizarlo por su cuenta y lo envió al mismo centro en el que estudiaba su primo Guillermo Pérez Bofill: el Colegio San Luis Gonzaga, en la calle de Buenavista, que dirigía alguien apellidado Corretcher. Es posible que Álvaro aprovechara el transporte de Guillermo, al que un cochero llevaba a diario en carruaje. Pero, decididamente, la escolarización no estaba hecha para él, ya que, a los pocos días de asistir a clase a regañadientes, le ocurrió algo que le haría reafirmarse en su voluntad de no ir más a la escuela y que también le marcaría de algún modo para el resto de su vida:
Al tercer día quizá, me mandaron leer en un Quijote pequeño, ruin y grasiento. Debí de hacerlo muy mal. A la salida un compañero grandullón me dijo: «¡Burro!». La abuela aceptó mi decisión de no volver ya más al Colegio[28].
Esta anécdota, que quizá no habría tenido ninguna consecuencia para cualquier otro niño de su edad, se quedó grabada en Álvaro: aquello supuso para él un pequeño «complejo de no saber lo que sabe todo el mundo».
Por lo que se refiere a la familia Ors, el roce debió ser menos asiduo y prácticamente limitado al tío Juan y a Tel·lina. Solo en los últimos años de su vida, Álvaro refirió alguna historia de sus abuelos, José y Celia, a propósito del hallazgo de unos recuerdos escritos de su padre y que se remontaban a la época cubana de la bisabuela paterna[29].
MAMA, FES-ME ROS!
Dada su posición económica, la familia materna de Álvaro d’Ors pertenecía a la más representativa burguesía barcelonesa de los finales del siglo XIX. El abuelo, Álvaro Pérez, tenía un aspecto que no pasaba desapercibido, con su cara huesuda, ojos azules penetrantes, barba blanca y trajes de corte impecable. Al tío Fernando le tocó el papel de «gran derrochador» de la familia: se hacía conducir en coche para ir desde su casa hasta las oficinas y almacén de la empresa, en la misma calle Caspe, a solo varias manzanas de distancia. Una vez allí, alguien al que se le daba el título de «secretario» desenrollaba una alfombra roja desde la puerta de la calle hasta el estribo del auto: apenas debía desgastar sus zapatos[30]. Los Pérez-Peix disponían de un coche Hispano-Suiza, de dos Lincoln, con sus chóferes correspondientes, y de un Willys, que tenía menos partidarios porque la suspensión era incómoda, pero que se utilizaba para los paseos por el campo, a los que era tan aficionada la abuela.
Con este ambiente familiar, Víctor, Juan Pablo y Álvaro, mientras vivieron en Barcelona, tuvieron una existencia muy cómoda. Aunque educados por sus padres en la austeridad y sin mayores caprichos, habitaban en una casa de un barrio elegante, hablaban de manera educada y se vestían como buenos hijos de burgueses. Solo atendiendo a estos aspectos, su diferenciación social era más que evidente en una época convulsa, de lucha de clases y todavía con la Semana Trágica de Barcelona en la memoria colectiva. Entre los recuerdos de infancia de Álvaro d’Ors se encuentra precisamente el de la situación de la ciudad, con sus tensiones laborales y políticas:
Desde el balcón de nuestra casa pude ver yo —y no sin cierta simpatía— los proletarios en huelga o que desfilaban en protesta de reclamaciones laborales: con gorros de visera, amplias blusas y alpargatas; me dieron una intuición directa y viva de lo que podían ser los conflictos laborales. Alguna otra vez veía desfilar soldados, como los de plomo, que yo tenía[31].
En alguna ocasión se refirió a este clima popular y a los gritos que repetían los manifestantes, que se le quedaron grabados. Uno de ellos, remachado a coro por una buena porción de obreros que protestaban, era el de Volem pa amb oli!, pa amb oli volem! («¡Queremos pan con aceite!»). En otra ocasión, le impresionó algo que oyó a un exaltado durante una concentración de anarquistas y que venía a hacer un resumen cabal de su espíritu iconoclasta: Que tothom li cali foc a casa seva! («¡Que todo el mundo le prenda fuego a su casa!»).
Álvaro d’Ors comentó alguna vez el recuerdo nostálgico que guardaba de estos primeros momentos de infancia, cuando un día, en la casa de su tío-abuelo Juan Ors, se encontró con el hijo de una lavandera, desgarbado, feúcho y que, además, parecía no tener padre conocido, dado que su madre estaba soltera. El pequeño Álvaro iba elegantemente vestido con un traje de terciopelo oscuro. En la casa del tío Juan todo eran alabanzas y piropos hacia él, hasta que se escuchó con toda nitidez la voz del otro niño que, en tono suplicante, se dirigía a la lavandera:
—Mama, fes-me ros! (¡Mamá, hazme rubio!).
Siempre que Álvaro d’Ors contaba a los suyos esta anécdota se sentía conmovido por haber sido, involuntariamente, la causa de la envidia de otra persona. También decía que de ahí provenía su vergüenza de ser alabado públicamente[32].
«UN AUTO Y UN PIANO HACEN UN TREN»
A pesar de la inteligencia evidente del pequeño de los d’Ors, había un aspecto del saber en el que se sentía derrotado siempre: tenía verdadera animadversión por las cuestiones mecánicas o que implicaran algún tipo de habilidad manual. Le superaban. De aquí le vino para el resto de su vida una franca admiración por las personas capaces de ejercer estas destrezas[33].
Esto explica que, con el tiempo, se declarara torpe para conducir un vehículo, arreglar un electrodoméstico o desmontar cualquier artilugio con tornillos, por simple que fuera. Siempre pensaba que lo estropearía más; que, si lo intentaba, iba a ser incapaz de recolocar las piezas en su sitio, o que iban a sobrarle algunas. También el uso de aparatos mecánicos —aunque fueran sencillos— le producía cierto respeto, ante el temor de que pudiera averiarlos con una utilización inadecuada. Una cosa era entender cómo funcionan determinados mecanismos y otra era su manipulación concreta. En este sentido puede encontrarse una cierta similitud con Eugenio d’Ors, de quien su hijo menor recordaba que no era capaz de colocar ordenadamente el contenido de una maleta. También conviene resaltar aquí la admiración que le causaba su tío-abuelo Juan Ors cuando, cercanas las Navidades, acudía cada año a casa de Xènius para instalar un enorme Belén —un pesebre, como se decía en Cataluña—, cuyo armazón de madera construía él mismo.
Esta vertiente de su personalidad era más que evidente en sus juegos infantiles: no le gustaba jugar con el Meccano que tanto había divertido a sus hermanos mayores, especialmente a Víctor. En cambio, le apasionaban los puzzles o, como se llamaban en la época, «rompecabezas», que resolvía con prontitud. Esta capacidad de componer lo disperso y unir lo aparentemente heterogéneo —que después sería un elemento fundamental en su trabajo científico— se hizo patente con una frase suya que luego le recordarían sus padres en más de una ocasión, como típica de su personalidad: «Un auto y un piano hacen un tren».
Pero una cosa era lo que podía hacer con la cabeza y otra lo que con las manos: daba la sensación de que «se bloqueaba» ante la necesidad de poner en práctica cualquier destreza manual. Quizá el momento estelar de su ignorancia mecánica tuvo lugar también en su infancia, poco antes del traslado de la familia a Madrid:
Yo jugaba con mi patinet, alrededor de la Casa de les Punxes. No corría mucho, pero me entretenía: tenía la sensación de que cumplía con el deber de jugar como los demás niños (a los que yo veía como más fuertes y hábiles). La campanilla de mi patinet casi no sonaba. Me encontró Juanito Jover (¡luego ingeniero!) y se empeñó en arreglarme el timbre. Se sentó en uno de los bancos del paseo central, bajo los plátanos. Descompuso todo y fue dejando las piezas sobre el banco. Yo le miraba angustiado, de pie, con mi patinet cogido entre las manos. Era la hora de comer: desde una ventana, la madre (o chacha) de Juanito gritó: «¡Juanito, a comer!». Salió corriendo. Dejaba un montón de piezas sueltas. Mi patinet se quedó sin timbre para siempre[34].
Siempre que contaba este sucedido, Álvaro ponía especial énfasis en la desolación que le produjo ver el timbre de su patinete completamente despiezado; parecía estar reviviendo los hechos y ponía cara de gran impotencia, extendiendo la mano en la que, después de sus cambios de voz para recrear la escena, sus interlocutores podían ver los componentes del timbre desmontado que acababa de recoger del banco. Tenía muchas cualidades de actor.
Cuando, llegados los años 80, el mundo de la informática se hizo moneda corriente en la Universidad española y, poco a poco, fueron desapareciendo las máquinas de escribir, Álvaro d’Ors se negó a aprender el nuevo sistema de tratamiento de la información, alegando su ineptitud para adquirir destreza con los ordenadores, ya que tenía la impresión de que los estropearía si tecleaba algo incorrecto[35].
1923. EL EXILIO MADRILEÑO
En agosto de 1917 moría Enric Prat de la Riba, el primer presidente de la Mancomunidad de Cataluña y protector de don Eugenio. A partir de ese momento comienza a gestarse lo que, en palabras de la familia d’Ors, viene a llamarse «el exilio madrileño». Los nuevos artífices de la política catalana no terminaban de conectar con el modo de pensar de Xènius, su idea del «imperialismo» y del papel de Cataluña dentro de este esquema.
Sería precisamente Josep Puig i Cadafalch[36], el arquitecto autor de la Casa de les Punxes en que vivía la familia d’Ors, el encargado de suceder a Prat de la Riba y quien se convertiría en principal adversario de d’Ors. Xènius —que nunca militó en la Lliga— había logrado influir en Prat de la Riba en el sentido de «ampliar los horizontes» del político con otras ideas más alejadas de la visión tradicional de los nacionalismos. Pero este entendimiento no se produjo con Puig i Cadafalch: tras unos años de nadar a contracorriente, se quedó sin la estabilidad que necesitaba para seguir trabajando como había hecho hasta entonces y terminó por presentar su dimisión. El detonante fueron los gastos —algunos imprevistos— originados por la puesta en funcionamiento de la biblioteca de Canet de Mar (que sus adversarios criticaron abiertamente), pero podía haber sido cualquier otra nimiedad. En opinión de su hijo Álvaro, Xènius, en la medida en que era un intelectual, no servía para hacer política:
Hay un dicho, [sobre mi padre] que me parece recordar que es auténtico, de cuando le preguntó alguien: «Don Eugenio, ¿no tiene Vd. ganas de entrar en la política?», y él respondió «Sí, pero me las aguanto». Su experiencia política personal fue la de Cataluña: la de un intelectual que funciona bien en tanto le protege un político poderoso (Prat de la Riba), y cae en desgracia cuando aquél se muere, pues no sabe luchar por sí mismo. Porque un rasgo de la familia es que no sabemos «luchar», y, por eso mismo, no somos deportistas, ni ricos[37].
Según dijo públicamente Eugenio d’Ors en los primeros momentos de este periodo crítico, constataba que existían unas «diferencias fundamentales de criterio» con los nuevos artífices de la política catalana que, en enero de 1920, se tradujeron en una serie de actuaciones de la presidencia de la Mancomunidad que él consideraba como «vejatorias» hacia su persona, y que, en todo caso, suponían una descoordinación en los servicios, nada favorable al desarrollo normal de la política cultural de Cataluña: «Me creo en el deber de facilitar una solución que tenga la doble ventaja de suprimir el estorbo que mi presencia (...) signifique para la Presidencia y el devolverme a mí una libertad de juicio que puede ser que se me haga necesaria. En consecuencia, pongo a disposición del Consejo Permanente el cargo con el que fui honrado en junio de 1917 por el Consejo que aún presidía don Enric Prat de la Riba»[38].
La presidencia de la Mancomunidad le aceptó enseguida la dimisión y, además, salió al paso de lo dicho por Xènius a la opinión pública con otro comunicado en donde se daba a entender que había otras razones de fondo que aconsejaban aquella decisión. La Mancomunidad, en su nota, afirmaba que «no es exacto que la dimisión del señor d’Ors tenga como fundamento una divergencia de ideas. La ocasiona una cuestión de prácticas administrativas»[39]. En otras palabras: con esta fórmula se trataba de atajar cualquier tipo de debate ideológico al sugerir que las cuentas no estaban claras.
Después de este desplante y de la polvareda que el asunto levantó en los ámbitos culturales catalanes, a pesar de que quedaba perfectamente clara la honorabilidad de don Eugenio, este ya no se encontraba cómodo en su tierra. Poco a poco lo fueron desposeyendo de todos los cargos que desempeñaba, por lo que su estabilidad económica también se vio afectada. En estas circunstancias decidió que su mejor opción era la de irse de Cataluña, al menos por una temporada.
En consecuencia, en julio de 1921 don Eugenio hizo un viaje a Argentina, donde permaneció alrededor de medio año, quizá con la esperanza de que, después de una gira en la que creció su prestigio por aquellas latitudes, a su vuelta a España las aguas de la política catalana estuvieran más sosegadas. Pero no ocurrió así, porque la acogida que tuvo a su regreso no fue la que esperaba. Podría hablarse incluso de una cierta indiferencia: trató de rehacer su vida como periodista y, aunque lo nombraron presidente de la Associació de la Premsa Diària de Barcelona, no le convenció su nueva situación y terminó por desistir.
Finalmente se decidió a ir a Madrid para probar suerte en la capital; una decisión que se interpretaría como un agravio a Cataluña en determinados ambientes nacionalistas, que hubieran preferido que su exilio se hubiera producido en París o en cualquier otro lugar y no precisamente en la capital del Reino[40]. Nuevamente solo, Eugenio d’Ors se alojó en una pensión próxima al Museo del Prado (allí escribió uno de sus libros más conocidos: Tres horas en el Museo del Prado) al tiempo que buscaba trabajo y se introducía, sin ninguna dificultad, en los ambientes intelectuales de la capital de España. Unos meses más tarde, después de algunos pasos en otras publicaciones, una vez asegurada su estabilidad económica mediante un contrato con el diario ABC, viajó a Madrid su mujer; luego sus hijos mayores y finalmente Álvaro, que mientras tanto se había quedado con sus abuelos maternos. En este preciso momento de traslados y forzosas separaciones familiares, él se estaba preparando para hacer su Primera Comunión, que recibió el 3 de julio de 1923 en la Capilla de las Religiosas de María Reparadora, en Barcelona. Previamente había acudido a la catequesis, en buena medida bajo la tutela de la abuela Teresa.
Me preparaban para la Primera Comunión las monjas Reparadoras (aquella temporada yo vivía en Caspe, con la abuela). Tenía 8 años. El ambiente de las monjas, con su oscuridad de pasillos, sus sistemas de premios, sus lecciones de Catecismo (nunca llegué a aprenderlo bien: ¡burro!), me repugnaba. Ya hacía años habían intentado llevarme al Colegio de Cluny, sin éxito, pues no resistía aquel tipo de educación. A pesar de la repugnancia que me inspiraban las monjas Reparadoras, llegué a una devoción exquisita del Espíritu Santo, que simbolizaba en una pequeñita palomita de Nacimiento que me habían dado las monjas. Jugaba todo el día con mi palomita como si conversara con el Espíritu Santo[41].
Con motivo de la Primera Comunión, la abuela le regaló un rosario que llevaría en el bolsillo durante muchos años, aunque tardara tiempo en comenzar a rezarlo regularmente. A este año remonta Álvaro d’Ors sus primeros recuerdos en relación con la devoción al Corazón de Jesús:
De esa época y posteriores, recuerdo la gran devoción que yo tenía a un Sagrado Corazón de Borrell de la alcoba de mi abuela, en que yo solía dormir, a pesar de que la imagen no me gustaba [piedad contra gusto de las circunstancias humanas][42].
Muchos años después traería a colación estos recuerdos cuando, con motivo de algunos excesos litúrgicos post-conciliares que claramente le disgustaban —lo mismo que la imagen aludida—, decía que había que seguir adelante con la piedad, «a pesar de los pesares».
La familia d’Ors-Pérez se instaló en Madrid en un piso alquilado en el barrio de Salamanca. Se trataba de un pequeño apartamento interior de la calle Hermosilla, tan diminuto que los hijos mayores, con 15 y 13 años, se vieron forzados a vivir en una residencia para bachilleres mientras no se encontraba otro acomodo. Poco después se trasladaron todos —ya con Álvaro entre ellos— a otra vivienda del mismo edificio, pero que ya era un piso exterior. Como quiera que no estaban sobrados de espacio, al pequeño le tocaba dormir en un sofá-cama del cuarto de estar. Finalmente, meses después pudieron mudarse a otro lugar del mismo barrio, en la calle Jorge Juan 37, al tercer piso del edificio en el que también vivían los Garrigues y Díaz Cañabate.
Con su instalación en Madrid, el género periodístico inventado por Xènius, el Glosari que prácticamente a diario había venido publicando en catalán, pasará a convertirse en el Glosario, en castellano, y La veu de Catalunya será sustituida por el ABC. No obstante, seguirá colaborando en Las Noticias y El Día Gráfico de Barcelona hasta 1926. A partir de este momento se hace patente la ruptura de Eugenio d’Ors con el mundo político y cultural de Cataluña, del que él había sido parte tan activa. Mientras vivió en Barcelona se le podía permitir ser crítico con las ideas nacionalistas de los suyos, defendiendo sus tesis imperialistas, pero una vez instalado en Madrid, las mismas opiniones ya se entendieron con otros ojos, como si fueran un ataque a Cataluña. A pesar de esta experiencia negativa, Xènius haría gala hasta su muerte del gran amor que sentía por su tierra natal.
Como es de suponer, los d’Ors Pérez-Peix también vivieron intensamente estos acontecimientos: para el joven Álvaro, la salida de Cataluña supuso el darse cuenta —quizá por primera vez en su vida— de que existía algo llamado política. Pero el cambio de domicilio no tuvo especiales complicaciones para él: el agua de Madrid se podía beber directamente del grifo y su acento catalán se fue perdiendo con la misma rapidez con que aprendía que a las panaderías se les llamaba tahonas, que las tiendas de ultramarinos aquí eran coloniales y que el pesebre navideño, en la capital se convertía en belén.
UN VIAJERO OBSERVADOR
En los años 20 la peseta era una moneda fuerte, y algunos españoles de clase media podían viajar por el continente a unos precios similares a los de España sin que su economía se resintiera. De esta manera, la familia d’Ors aprovechaba los veranos para acudir a Heidelberg, Viena, Venecia, Roma o cualquier otra ciudad donde hubiera algo que valiera la pena ver, oír o visitar. Rastreando los “Ecos de Sociedad” del ABC, se pueden encontrar noticias de los lugares a los que se dirige la familia de su colaborador[43]. Estos viajes le van a dar a Álvaro la oportunidad de empezar a aprender algunos idiomas, conocer otras culturas, visitar muchos monumentos, contemplar obras de arte…, de abrir su mente a otras realidades muy diferentes de las que podía ver en la España de aquellos años.
La prosperidad económica de España en tiempos de la Dictadura, en coincidencia con la postración europea de la post-guerra, permitía a los españoles viajar con una peseta fuerte, y moverse muy por encima del nivel del veraneo habitual en una familia de clase media; mi pequeña maleta iba cubierta de las pegatinas que solían poner entonces los hoteles de todo el mundo[44].
Un niño observador como era Álvaro solía estar atento a las personas con las que se encontraba en sus viajes, de manera que desarrolló la habilidad de detectar con qué tipo de gente se topaba. De esta destreza haría uso a lo largo de su vida, para percibir su adecuación al ambiente en el que se encontraba. Según comentaría alguna vez, estos juicios podían ser temerarios o producto de una valoración excesiva de cualquier detalle pequeño; pero, al mismo tiempo, le desarrollaban una imaginación viva, que después sería muy apta para la conjetura científica:
Solía prejuzgar relaciones por el aspecto de las personas; p. ej. sensibilidad para oler parejas irregulares, complicidades de timos, simpatías o antipatías (...) Mi aproximación a las personas ha sido siempre instintiva, casi magnética. Al entrar en un hall de hotel, p. ej., sin distinguir propiamente a nadie, tenía como una percepción interior del tipo de gente que había allí (si había alguna «mujer de la vida», un «Don Juan» —los llamaban entre los hermanos «tiroriros»—, un profesor universitario, un deficiente mental). Todo venía a mi radar sin apenas ver nada, como por magnetismo; y yo mismo me adaptaba al ambiente de conjunto, con cambio incluso de actitud corporal, de gestos. >Sensibilidad para captar el ambiente, en especial el del auditorio de una conferencia, y saber si siguen o se aburren, sin necesidad de mirar las caras. También, valoración, a veces, excesiva y temeraria de los menores gestos de la gente[45].
En 1923, el primer verano madrileño de los d’Ors, la familia había decidido ir a pasar una temporada en los Alpes. Era algo especialmente apetecido por todos ellos, ya que necesitaban tener unos días de descanso, fuera de las tensiones acumuladas con su avecinamiento progresivo en Madrid. María Pérez tomó algunas fotografías de estas vacaciones —varias de las cuales se conservan—, en donde puede verse a don Eugenio con sus hijos en la ladera de Schafberg-Alp o paseando por un sendero. En estas circunstancias, cómodamente instalados en un albergue alpino, les sorprendió la noticia del golpe de estado del general Miguel Primo de Rivera.
Hallándome con mi familia en Suiza, nos llegó la noticia del golpe de Estado de la Dictadura. Era natural que yo tuviera fijos mis ojos en la reacción de mi padre. Como ya he hecho constar en otras ocasiones, en ese preciso momento él había terminado su Guillermo Tell, no en Suiza, sino en un lugar de los Alpes austriacos, Schafberg-Alp, al que se accedía en funicular desde Sant-Gilgen. Allí quedó concluida esa obra dramática. Unos canes que aparecen en ella —«Berta» y «Cintra»— tomaron el nombre de los que había en la pequeña hostería de alta montaña donde nos habíamos alojado por unas semanas. Este pequeño dato me parece de interés, porque algunos peor informados han venido diciendo que ese drama se escribió para halagar al nuevo dictador. Es falso. Como he explicado en otras ocasiones, esa obra paterna debe ponerse en estrecha relación con otra similar: el Nou Prometeu, algo anterior: ambas piezas dramáticas fueron como el desahogo de un intelectual contra las dos fuerzas políticas responsables de su voluntario exilio de Cataluña[46].
A Álvaro d’Ors se le quedó grabada otra escena de estas vacaciones: su padre estuvo jugando con él, colocándole una manzana sobre la cabeza, como había hecho Guillermo Tell con su hijo, aunque aquí no hubiera ni ballesta ni flechas. Muchos años más tarde, nuestro protagonista recordaría aquel que posiblemente fuera el último viaje familiar, asociado a un método educativo que solía utilizar don Eugenio:
Durante mi infancia y adolescencia, el paso por Suiza era obligado en todos nuestros veraneos. La última vez, (…) mi padre me sometió a la prueba, superada felizmente, de describir una rueca...[47].