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Jane Glover Handel en Londres
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En el otoño de 1712 Handel estaba de nuevo en Londres, e inmediatamente se zambulló en otro invierno de feroz actividad. Escribió para el Queen’s Theatre no una, sino dos óperas: primero, Il pastor fido, interpretada seis veces entre el 22 de noviembre y el 21 de febrero, y luego Teseo, representada trece veces entre el 10 de enero y el 16 de mayo. Rossi fue de nuevo su libretista para Il Pastor fido, pero lo más interesante es que para Teseo el libretista fuera Nicola Haym, quien muy recientemente había abogado con vehemencia contra la ópera en italiano, pero que ahora cambiaba de bando, iniciando una larga colaboración con el retornado gigante.
Pero esta temporada iba a ser algo diferente. Después de las representaciones de Rinaldo, Aaron Hill había sido despedido del Queen’s Theatre por haber gastado demasiado dinero en sus sensacionales efectos. Se confiscaron los decorados y el vestuario, y se dieron instrucciones para que fueran reutilizados con imaginación en vez de ser reemplazados. Owen Swiney fue llamado de nuevo desde Drury Lane para ocupar el lugar de Hill. Tal vez Handel esperaba una cierta continuidad, además del tipo de extravagancias visuales que Hill había suministrado con tanto entusiasmo; de ser así, seguramente debió quedar decepcionado ante las nuevas restricciones. También se había quedado sin las excelentes prestaciones de su cantante estrella Nicolini, que había regresado a Italia. Pero otros de los cantantes eran conocidos de Handel: sus propios Armida y Eustazio, Pilotti-Schiavonetti y Valentini, habían regresado; Valeriano Pellegrini, que fue llamado para reemplazar a Nicolini, había cantado Nerone en la Agrippina de Handel en Venecia, en 1709, y el resto de la compañía estaba integrado por buenos cantantes que habían actuado en las reposiciones de Rinaldo. A primera vista resultaba prometedor.
Sin embargo, la temporada de invierno resultó ser un anticlímax. Il pastor fido era una historia ligera, basada en la famosa tragicommedia pastoral de Guarini. Rossi redujo los cinco actos de Guarini a tres, y sus dieciocho personajes a seis, y el propio Handel eliminó gran parte de los recitativos en el proceso de composición, lo cual hizo que la narración, cantada como siempre en italiano, resultase aún más confusa de lo habitual. La música, una vez más, estaba basada en gran medida en arias preexistentes, aunque Handel añadió una estupenda obertura y siete números nuevos. Il pastor fido fue interpretada junto con otra pieza pastoral, Dorinda, escrita en la tradición del pasticcio por varios compositores; las dos obras compartían el reparto así como los trajes y decorados de segunda mano. Pero la obligación de servir estos dos vinos nuevos en los viejos odres de los almacenes de Haymarket decepcionó al público. Un «Registro de la Ópera» comenzado ese año por Francis Colman, que daba cuenta de los títulos, fechas y listas de reparto de todas las óperas interpretadas en Londres, se refería de forma sucinta a Il pastor fido: «Ye Habits were old, and Ye Opera short»20. [Los hábitos eran viejos, y la ópera corta.]
Teseo, que siguió a Il pastor fido en el Queen’s Theatre, era una obra mucho más importante. El chaquetero literario Haym tomó un libreto escrito en francés por Quinault para Lully en 1675, reelaborándolo en italiano para el público inglés. Curiosamente, conservó la estructura de cinco actos de Quinault –única en toda la producción operística de Handel–, pero adaptó los textos de las arias para acomodarlos a la italiana forma da capo. La historia le resultó más inspiradora, pues escribió veinticuatro números nuevos, junto con otros dieciséis autopréstamos, todos ellos de una calidad enorme. Destaca sobre todo la música de Medea, otra hechicera, cuyo personaje evoluciona magníficamente a lo largo de sus numerosas páginas solistas, hasta la total desintegración en la derrota. Una vez más, Handel disponía del armamento musical para su villana, desde palpitantes cuerdas, un oboe solista y una exquisita línea vocal en «Dolce riposo» (Medea es, sin duda, cualquier cosa menos una mujer serena), con sus inquietantes interrupciones e imitaciones, hasta una salvaje escena de encantamiento en el acto central, pasando por su enloquecido colapso final en el quinto acto («Morirò ma vendicata»). Con idependencia del destino de Teseo en su conjunto, el personaje de Medea sigue siendo una de las creaciones más poderosas de Handel. Junto con su gran predecesora, la Armida de Rinaldo, estableció una constante en el compositor, que a lo largo de su carrera seguiría brillando en músicas para ocultistas igualmente impredecibles.
A diferencia de Il pastor fido, a Teseo le fueron permitidos algunos decorados y trajes nuevos; el nuevo director del teatro, Owen Swiney, sin duda compartía la apasionada convicción de Aaron Hill de que la presentación visual era tan importante para el público como el contenido y la ejecución musical. De modo que en Teseo, como informó Colman en su «Registro de la Ópera», «los trajes eran nuevos y más ricos que en el pasado, con 4 nuevas escenas y otros decorados y máquinas»21. Pero todo aquello había que pagarlo, y Swiney, viéndose después de la segunda representación con enormes facturas que no podía pagar, se apoderó de los ingresos de la taquilla y se esfumó en la noche. «Mr Swiny echa el freno & se escapa & deja a los cantantes sin pagar & escenas y trajes también sin pagar», como continuaba jovialmente Colman. En ese momento, los cantantes, y presumiblemente también Handel, tomaron las riendas del asunto: «Los cantantes estaban desconcertados, pero al final llegaron a la conclusión de que continuarían con sus óperas por su propia cuenta, y de que dividirían entre ellos las ganancias»22. Hacia el final de la tanda de trece funciones de Teseo, el público era escaso. Handel no experimentó nada parecido al zumbido triunfal que había producido Rinaldo. Sin embargo, había realizado importantes colaboraciones con dos personas que serían muy importantes para él en los años venideros: en primer lugar con Haym como libretista, y en segundo lugar con la persona que tuvo que asumir la dirección del Queen’s Theatre tras la repentina espantada de Swiney, John Jacob Heidegger, hijo de un profesor de teología en Zúrich y generalmente conocido como «el Conde Suizo».
La tibia acogida de sus dos óperas podría haber persuadido a Handel para regresar a Hannover. Pero tenía otros encargos en Inglaterra. Tras la firma de los acuerdos de paz en Utrecht (el famoso tratado se firmó el 13 de marzo de 1713), comenzaron los preparativos para su celebración formal en Londres. A Handel se le pidió que escribiera un Te Deum y un Jubilate, dos cánticos del servicio de oración matutina adoptados por los reformadores ingleses a partir del oficio católico de maitines. Inglaterra se había acostumbrado a distinguir con estos cánticos los acontecimientos ceremoniales y las victorias militares, desde la Oda a Santa Cecilia de Purcell de 1694. Handel completó su «Utrecht» Te Deum, la primera de las cinco adaptaciones del Te Deum que produciría a lo largo de los años, el 14 de enero de 1713, poco después del estreno de Teseo el 10 de enero, y terminaría el Jubilate en medio de aquellas turbulentas funciones. Aunque estas composiciones de corte formal, muy en el estilo de sus ilustres antepasadas purcellianas, obtuvieron un preestreno en la Banqueting House de Whitehall en marzo, en los días en que se firmó el tratado, no se estrenaron oficialmente hasta el 7 de julio, en la catedral de San Pablo. Y para entonces Handel también había escrito su gran oda Eternal Source of Light Divine para el cuadragésimo octavo cumpleaños de la reina Ana, el 6 de febrero.
Esta extensa oda resultó ser otro punto de inflexión para Handel en Londres. Es cierto que, dos años antes, había actuado para el cumpleaños de Su Majestad, con Nicolini y otros colegas de Rinaldo. Pero ahora se trataba de componer para los músicos de la capilla real y, consciente como siempre de las fortalezas y debilidades de sus intérpretes, sabía reconocer la calidad cuando se presentaba. El coro de la capilla real estaba dirigido por William Croft –un músico dotado, cuya supremacía en la música eclesiástica inglesa corría el peligro de ser usurpada por Handel– y contaba entre su disciplinado y experto conjunto con un talento extraordinario, el alto Richard Elford, además de otros a los que se les podía confiar elocuentes frases solistas. El texto de la oda era de Ambrose Philips, y su estribillo repetido, «The day that gave great Anna birth, / Who fix’d a lasting peace on earth» [El día que vio nacer a la gran Anna, / Que estableció una paz duradera en la tierra], era una referencia tópica al papel de la reina en las negociaciones de paz. Para el comienzo de la oda, que describe un suave amanecer, Handel compuso un asombroso pasaje en arioso para la voz de alto de Elford, con cuerdas sostenidas y una sola trompeta, un toque magistral que agregaba serenidad y majestuosidad a un pasaje de natural reverencia. Cada aparición del estribillo estaba punteada por intervenciones solistas, y la sección final, «United nations shall combine» [Las naciones unidas sumarán sus fuerzas], estaba escrita para doble coro. El efecto acumulativo y alegórico de esta estructura –cuya duración supera los cuarenta minutos– es impresionante, y Handel echaría mano de algunos de los ingredientes de su éxito en piezas ceremoniales posteriores. En la capilla real también conoció al bajo Bernard Gates, que cantó el verso solista «Let envy there conceal her head». Aproximadamente de su misma edad, Gates estaba realizando una distinguida carrera que se entrelazaría durante décadas con la de Handel, y que finalmente lo llevaría al eminente puesto de Maestro del coro en la abadía de Westminster. Y el verso «Kind health descends on downy wings» era un encantador dueto para una de las cantantes teatrales de Handel, Jane Berbier (que había cantado Eustazio en la reposición de Rinaldo en 1712, y que ahora era Dorinda en Il pastor fido y Arcane en Teseo), y una joven alumna de William Croft, Anastasia Robinson, que pronto se convertiría en un miembro importante del círculo teatral de Handel. Finalmente, la «Oda de Cumpleaños» no se interpretó en el día previsto, ya que la reina estaba sufriendo severamente de su gota crónica, y tan solo efectuó una breve aparición en público (para jugar a las cartas). Pero, aunque es muy probable que el anthem no fuese interpretado durante todo el año, contribuyó a fortalecer la posición de Handel en la corte, ya que pasó de ser un visitante de paso a convertirse en un participante asiduo y bienvenido.
En la cubierta del cuaderno bilingüe de Teseo, Handel había sido descrito como «Maestro di Capella di S.A.E. di Hannover», en reconocimiento de sus lealtades alemanas. Pero aquel verano de 1713 su salario en Hannover no fue renovado. No había nada oscuro detrás: simplemente no se hallaba presente para ganárselo, y en todo caso el elector estaba recortando los gastos de su casa real a raíz de los altos costes de su participación en la guerra. Pero pocos meses después, en lo que casi podría considerarse como un gesto recíproco, la propia reina Ana, que siempre había tenido debilidad por Handel, concedió una enorme pensión vitalicia de 200 libras esterlinas al año «a nuestro fiel y querido George Frederick Handel Esq»23, como decía la notificación, una forma verbal que continúa hasta el día de hoy. Las comunicaciones entre Londres y el elector Jorge fueron mantenidas por el diplomático hannoveriano Thomas Grote, quien envió informes sobre las celebraciones formales del Tratado de Utrecht en Londres y sobre la participación de Handel en las mismas. Las memorias de Mainwaring de 1760 malinterpretaron completamente la situación en 1713: «Había transcurrido de nuevo el tiempo a partir del cual el permiso obtenido debía ser prorrogado. Pero, bien fuera por temor a cruzar el mar, o por haber contraído alguna enfermedad a causa de la comida del país en el que se encontraba, el caso es que la promesa que había dado al marcharse de algún modo se le había borrado de la memoria»24. Lo que quedaba implícito era que Handel había mancillado su reputación al no regresar a Hannover. Pero no ha quedado registro alguno del mínimo signo de alarma, ni en el mismo Hannover ni a través de su enviado oficial en Londres. Y de este modo Handel continuó hilvanando sus relaciones con Londres, reponiendo de nuevo Rinaldo en mayo de 1713 y embarcándose en otra ópera.
Silla es uno de los enigmas operísticos de Handel. No hay constancia de que fuera representada; en todo caso, no en el Queen’s Theatre en Haymarket. Y, de haber recibido una representación privada, como quizá sea lo más probable, también esta circunstancia ha quedado indocumentada. La calidad, tanto del libreto, obra de Rossi, como del tratamiento del mismo por parte de Handel, es francamente decepcionante, y sugiere que se preparó de forma apresurada. La descuidada adaptación que realizó Rossi de un viejo argumento se antoja torpe y predecible (la peor combinación posible), pero también lo es la puesta en música de Handel. A pesar de algunas arias individuales realmente notables, que más tarde encontrarían mejor acomodo en futuras óperas, Handel dejó pasar oportunidades que normalmente habría aprovechado (marchas triunfales, tormentas marinas, danzas espectrales) y no logró dotar a ninguno de sus personajes de profundidad o colorido.
Estas deficiencias se explican tal vez por la posibilidad de que se produjese una única representación privada, y un indicio clave lo encontramos en la dedicatoria del libreto al duque D’Aumont, el recién llegado embajador francés en Londres. Tras el acuerdo de paz, Gran Bretaña y Francia, antiguos antagonistas enconados, estaban haciendo serios esfuerzos por enterrar el hacha de guerra. Luis XIV envió a D’Aumont a Londres para exhibir ante los ingleses una efusiva generosidad, que se manifestó en magníficos espectáculos y bailes de máscaras. Quizá fue en uno de ellos donde Silla, improvisada apresuradamente para los tipos vocales de la compañía para la que Handel había estado escribiendo toda la temporada en Haymarket, fue interpretada. Y el tema de la ópera, cuyo personaje principal es un dictador militar cruel e injusto, también podría haber tenido un trasfondo satírico, puesto que D’Aumont había acusado en repetidas ocasiones a Marlborough, el jefe de las fuerzas armadas británicas, de prolongar deliberadamente la guerra. Los dos Marlboroughs habían caído recientemente en desgracia en la corte tras años de poderosa influencia, por lo que esta humillación operística podía ser vista como la ocasión para un espectacular Schadenfreude *. Ciertamente, al público londinense no se le escaparían las resonancias del tema, y el propio Handel, pensando ahora como un auténtico londinense, las habría entendido a la perfección.
Desde su primera estancia londinense en 1711, los contactos sociales de Handel habían girado en torno al Queen’s Theatre en Haymarket, para el que ya había escrito tres óperas. El arquitecto de ese teatro, y ahora también del Blenheim Palace, la gran mansión de los Marlborough cerca de Oxford, fue sir John Vanbrugh, quien también era miembro del Kit-Cat Club, una sociedad literaria y política que echó a andar en la época de la Gloriosa Revolución de 1688, cuando se reunía en una pastelería propiedad de Christopher (Kit) Catling. El fundador fue el editor Jacob Tonson, cuya idea original era invitar a cenar a escritores jóvenes y prometedores, ofreciéndoles exquisitas tartas y deliciosos vinos a cambio del derecho de preferencia sobre sus mejores obras. Se convirtió consecuentemente en una buena oportunidad para que los jóvenes leones literarios estableciesen contactos, y se hizo también muy popular entre nobles acaudalados con fuertes lealtades políticas, ya que, además de su relevancia en el ambiente literario, muy pronto devino en un foro para el apasionado intercambio de ideas políticas. El Kit-Cat Club generalmente se alineó con la facción whig en su apoyo a la línea protestante de sucesión; en la segunda década del siglo XVIII, entre sus miembros se encontraban las formidables figuras políticas y literarias de los lores Halifax (el principal arquitecto de la estabilidad constitucional, que limitaba el poder del monarca), Carlisle y Burlington, los escritores y editores del Spectator Addison y Steele, y el retratista sir Geoffrey Kneller, quien de hecho retrató a todos sus compañeros (estas pinturas se encuentran actualmente en la National Portrait Gallery). Todavía el principal espíritu impulsor del club, Jacob Tonson, compró una casa en Barn-Elms (Barnes), en las afueras de Londres, y la hizo restaurar por Vanbrugh para ofrecer alojamiento y comida gratis, disponiéndola como lugar alternativo de reuniones para los Kit-Cats. Cerca de esta casa en Barn-Elms había una mansión propiedad de un tal Mr. Henry Andrews, y, según la General History of the Science and Practice of Music de Hawkins (1776), este tal Mr. Andrews era el casero de Handel, o quizá su anfitrión: «Ahora que estaba decidido a hacer de Inglaterra su país de residencia, Handel comenzó a aceptar invitaciones de personas de rango y fortuna que deseaban conocerlo, y aceptó la invitación de un tal Mr. Andrews, de Barn- Elms en Surry, que también tenía una residencia en la ciudad, para que se alojase en su casa»25.
No queda del todo claro si el contrato de arrendamiento de Handel (o la aceptación de hospitalidad) se produjo en realidad en Barn-Elms o en la residencia de Mr. Andrews en Londres. En 1799, William Coxe, hijastro del alumno y copista de Handel, J. C. Smith, escribió en un libro de anécdotas handelianas que, al cabo de un año, era en realidad en ambos lugares:
«En el transcurso del verano, Handel pasó varios meses en Barn Elms en Surrey, con Mr. Andrews; y en el invierno, en la casa de ese caballero en la ciudad»26.
Otro generoso anfitrión de Handel en estos primeros años londinenses fue el joven Richard Boyle, tercer conde de Burlington. De solo diecinueve años en 1713, ya era (desde los diez años, de hecho) propietario de numerosos títulos y haciendas, incluyendo Burlington House, en Piccadilly, una casa de campo en Chiswick, y grandes propiedades en Yorkshire e Irlanda. Tanto Il pastor fido como Teseo le habían sido dedicadas, y muchos escritores posteriores, entre ellos Hawkins y Coxe, afirman que Handel vivió en Burlington House durante tres años. En este lugar, como en el círculo del Kit-Cat en Barn-Elms, Handel conoció a otras luminarias artísticas y literarias, incluyendo a Alexander Pope, John Gay y al músico aficionado y médico personal de la reina, el Dr. John Arbuthnot, a quien ya había conocido en la corte. Coxe describió sus relaciones con el círculo de Piccadilly: «Pope no solo carecía de conocimiento alguno de la ciencia musical, sino que no hallaba satisfacción en “la concordia de los dulces sonidos”. A Gay le gustaba la música sin entenderla, pero se olvidaba de ella en cuanto cesaba de sonar. Arbuthnot, por el contrario, que poseía juicio musical y era además compositor, reconoció la valía de Handel y desarrolló una gran estima por él»27.
Pope, Gay y Arbuthnot habían fundado el Scriblerus Club, un grupo rival del Kit-Cat Club (del cual no eran miembros, como tampoco lo era Handel). Significativamente, Handel fue capaz de moverse con libertad y confianza, de forma sociable pero prudente, entre todos estos ambientes literarios, contribuyendo a ellos de modo relevante. Tal como Gay informaría más tarde en su poema Trivia acerca de las actividades en Burlington House (dando una impresión perfectamente válida de que apreciaba lo que allí se escuchaba, a pesar de las dudas de Coxe acerca de su sensibilidad musical):
There Hendel strikes the Strings, the melting Strain
Transports the Soul, and thrills through ev’ry Vein;
There oft I enter (but in cleaner Shoes)
For Burlington’s belov’d by every Muse * 28.
Sin duda la combinación de Vanbrugh y el Kit-Cat Club, Burlington y el Scriblerus Club, una vibrante red social de artistas y activistas artísticos y políticos con un intenso compromiso con la sucesión protestante (es decir, hannoveriana), tuvo enormes repercusiones para Handel. Nunca declararía lealtad hacia ninguna facción política, como tampoco abriría su corazón a ninguna relación amorosa permanente. Sería siempre un outsider. Pero su progreso a través de la sociedad londinense, y la interpretación que dio en su música de los acontecimientos políticos y sentimentales, muestran su sagaz e instintiva comprensión de ambos. Y aquí Handel fue reforzando tranquilamente su posición en vista de la gran conmoción política que sin duda se avecinaba.
La gota de la reina Ana, que ya le había arruinado la coronación, había continuado molestándola cada vez con mayor frecuencia, y también fue aquejada de porfiria. Era conocida su afición al alcohol (una estatua de ella que se erigió en el exterior de la catedral de San Pablo fue objeto de mofa por parte de sus súbditos, que advirtieron que no miraba hacia la catedral, sino hacia la tienda de vinos de enfrente), lo que pudo haber agravado sus dolencias. Todavía albergaba agobiantes sentimientos de culpa al contemplar todo el asunto de su sucesión, pues era ella quien había conspirado para destituir a su padre, Jacobo II, y su propia incapacidad para engendrar un heredero vivo había sido la causa del nombramiento de la electora Sofía de Hannover como su sucesora. Idealmente quería que su hermanastro Jacobo Estuardo, que a sus veinticinco años se agitaba en su exilio francés, cambiase su religión, momento en el cual ella podría revocar el Acta de Establecimiento y asegurar la línea Estuardo para la siguiente generación. Pero en marzo de 1713 el pretendiente confirmó inequívocamente su negativa a renunciar a su fe católica, y la reina Ana se encontró de nuevo en el punto de partida, enfrentándose sombríamente a la inevitable necesidad de entregar su trono a personas a las que nunca había conocido y por las que instintivamente sentía antipatía. En el otoño de 1713, cuando llegó a Londres el nuevo delegado de Hannover, Georg von Schutz, los rumores entre los círculos whig le convencieron de que la reina albergaba, de hecho, un «gran prejuicio» hacia los hannoverianos, y que preferiría «dejar la corona al mayor de los extraños antes que… a la familia electoral»29. Fueran cuales fueran sus verdaderos sentimientos, estas habladurías dejaron consternada a la reina. En la primavera de 1714 envió a Thomas Harley, primo de su ministro, en una misión diplomática especial a Hannover: debía ofrecer a la electora Sofía una pensión extraída de su propia Lista Civil de la Reina. Además, Ana se comprometía a hacer todo lo que estuviera en su mano, «de acuerdo con su honor, con su seguridad y con las leyes», para proteger la sucesión, como Horace Walpole recordó en sus memorias, en 1798. Y reafirmó su determinación en la sesión de apertura del Parlamento, en marzo de 1714, quejándose de que cualquier insinuación contraria era «el colmo de la malicia»30.
Pero también había murmullos en Hannover. La familia electoral había estado presionando para tener alguna presencia en Gran Bretaña, posiblemente en la figura de Jorge Augusto, hijo del elector. La reina Ana se había resistido vehementemente a tal sugerencia, temiendo que se estableciera una corte rival en su reino, debilitando su propia autoridad. Sin embargo, por cortesía, en 1706, admitió al príncipe electoral en la Orden de la Jarretera y le otorgó un generoso puñado de títulos: Duque de Cambridge, conde de Milford Haven, vizconde Northallerton, barón Tewkesbury. Ahora, en 1714, los whigs animaron a Georg von Schutz a reclamar que el príncipe ocupara su escaño en la Cámara de los Lores. Aunque la reina se mostró horrorizada ante tal posibilidad, Harley la convenció de que, legalmente, no podía negarse. Mientras los rumores se propagaban con avidez por Londres (sonaban las campanas y se brindaba por la inminente llegada del príncipe electoral), Ana volvió a sucumbir a la fiebre y a la incapacidad. En mayo recuperó sus fuerzas, y de hecho su determinación, y escribió con firmeza a Hannover, rechazando firmemente sus demandas. Curiosamente, esta comunicación precipitó el final de la disputa, ya que, a los pocos días de recibir la carta de la reina, la viuda electora Sofía tuvo un síncope y murió a los ochenta y tres años, y poco después la propia reina Ana enfermó de nuevo y sufrió una serie de derrames cerebrales. Falleció el 1 de agosto. Su médico, el Dr. Arbuthnot, informó a Alexander Pope que «nunca el sueño fue más bienvenido para un viajero cansado que la muerte para ella»31. Tenía cuarenta y nueve años.