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Joaquín Fermandois La democracia en Chile
La democracia en Chile
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Joaquín Fermandois La democracia en Chile

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Una guerra internacional, seguida no con mucho entusiasmo por el país, ayudó a consolidar esta organización. A pesar de las dudas que existían, la empresa bélica hasta la batalla de Yungay el 20 de enero de 1839, y el establecimiento de una política internacional que terminaría por ser reconocida por las potencias de la época —nos referimos a los colosos europeos y, en menor medida, a Estados Unidos— constituyeron no solo un cemento para la supervivencia, sino que un combustible de prestigio interno. El derrocamiento de Andrés de Santa Cruz, el líder de la Confederación Perú-Boliviana, situaba la política de Chile en una urdimbre que no se podría describir exclusivamente como internacional. Es indiscutible que la carta escrita por Portales al almirante Manuel Blanco Encalada para nominarlo como jefe militar de la expedición contra la Confederación, y reflexionar sobre la amenaza que constituiría para Chile la unidad de Perú y Bolivia, y acerca de la necesidad de establecer la superioridad chilena en el Pacífico, perfilaba con claridad la posición del Gobierno en el concierto político continental:

La posición de Chile frente a la Confederación Perú-Boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el Gobierno, porque ello equivaldría a su suicidio. No podemos mirar sin inquietud y la mayor alarma la existencia de dos pueblos confederados, y que, a la larga, por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán, como es natural, un solo núcleo. Unidos estos dos Estados, aun cuando no más sea que momentáneamente, serán siempre más que Chile en todo orden de cuestiones y circunstancias. En el supuesto que prevaleciera la Confederación a su actual organizador, y ella fuera dirigida por un hombre menos capaz que Santa Cruz, la existencia de Chile se vería comprometida (…) La Confederación debe desaparecer para siempre jamás del escenario de América. Por su extensión geográfica; por su mayor población blanca; por las riquezas conjuntas del Perú y Bolivia, apenas explotadas ahora; por el dominio que la nueva organización trataría de ejercer en el Pacífico, arrebatándonoslo; por el mayor número también de gente ilustrada de la raza blanca, muy vinculada a las familias de influjo de España que se encuentra en Lima; por la mayor inteligencia de sus hombres públicos, si bien de menos carácter que los chilenos; por todas estas razones, la Confederación ahogaría a Chile antes de muy poco. Cree el Gobierno, y este es un juicio también personal mío, que Chile sería o una dependencia de la Confederación como lo es hoy el Perú, o bien la repulsa a la obra ideada con tanta inteligencia por Santa Cruz debe de ser absoluta (…) (las) fuerzas navales deben operar antes que las militares, dando golpes decisivos. Debemos dominar para siempre en el Pacífico: esta debe ser su máxima ahora, y ojalá fuera la de Chile para siempre.191

Sin perjuicio de esta dimensión del conflicto, la intervención en lo que por lo demás no era otra cosa que una seguidilla de contiendas civiles, tocaba también al equilibrio en el poder y al ordenamiento interno de ambos gobiernos. Continuaba, desde este otro punto de vista, la desgarradora retahíla de sanguinarios combates entre los diversos dirigentes que habían surgido de la emancipación o de los que les habían sucedido. Por ello, la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana fue a la vez una conflagración internacional y un combate entre fuerzas políticas antagónicas, “un algo” de guerra civil. De la primera fisonomía estuvo ausente una de las principales características de las guerras decimonónicas: las transferencias territoriales a favor del victorioso. Simultáneamente, sin embargo, cumplía con otra cara de los conflictos internacionales del siglo, como es el cultivo de una conciencia de país y “nacional” que envolvía no solo al cuerpo político, sino que a todos los grupos sociales. Por cierto, esta crianza de identidad es parte de una evolución cultural que anima al sistema internacional moderno. En todo caso, la Guerra contra la Confederación reportó apoyo popular al proceso político chileno una vez que se ratificó el triunfo militar.192

Siguiendo las ideas del escritor más influyente sobre el tema, Alberto Edwards, lo que habría resultado de toda la obra portaliana habría sido la constitución de un “Estado en forma”, expresión de ascendencia spengleriana.193 Considero este egregio apelativo demasiado ambicioso, teniendo en cuenta la fragilidad esencial de la democracia moderna y los mismos vaivenes de su evolución de Chile. No obstante esta reserva, es indispensable hacer hincapié en algunos elementos de esta visión que a nuestro juicio destacan por sí solos. En primer lugar, no parece del todo inexacto llamar a la evolución política ocurrida hasta la década de 1860 como una suerte de protodemocracia o, en todo caso, como república autoritaria, aunque en estado evolutivo. Había república en cuanto procedimientos, acatamiento a los mismos y la indispensable despersonalización; faltaban otros elementos de la democracia. Se desarrolló una relativa “impersonalización” del poder, perceptible por el hecho simple de haberse sucedido cuatro períodos presidenciales ininterrumpidos de diez años (los decenios de Prieto, Bulnes, Montt y Pérez), por cierto, con reelecciones muy poco competitivas, aunque teniendo al frente una creciente oposición legal. Hasta 1891, los gobiernos tuvieron una injerencia destacada y, desde el punto de vista de la democracia moderna, inadmisible en los resultados electorales, tanto sobre los de los presidentes como los del Parlamento. La fuerza del intervencionismo no quita que el procedimiento fuera causando cada vez más resistencia. La Guerra Civil de 1891 fue, en gran medida, fruto de esa malformación democrática precisamente porque tardaría en ser superada.

El desarrollo de los cuatro decenios entre 1831 y 1871 aportó a la formación republicana elementos imprescindibles, como la estabilidad y la previsibilidad del juego institucional, a la vez que propició una evolución marcada hacia una cultura política pluralista. Como en historia las cosas están envueltas en paradoja, una de las causas más importantes de la estabilidad fue que los varios intentos armados de insurrección, algunos resueltos después de sangrientas batallas campales y miles de muertes, fueron derrotados, aunque los hados pudieron ser distintos. Ejecuciones propiamente tal hubo pocas, menos de una docena en Curicó, pero sí en Lircay hubo varios centenares de muertos, lo que también se debe mencionar en estos casos. Los sucesivos gobiernos ganaron la puja. Después de 1859 no hubo una revuelta seria, sino hasta 1891. La paz con pluralismo político y una cierta mayor participación general se prolongarían durante casi treinta años; es difícil definir la calidad que estos elementos alcanzan, en este o en cualquier otro sistema.

3. ¿POR QUÉ EL MODELO OCCIDENTAL?

Cómo definir democracia

A lo largo del libro se habla bastante acerca del “modelo occidental” como un concepto intercambiable con democracia. No se tratan exactamente de lo mismo, aunque conviven en estrecha relación. Quizás podría hablarse de “sociedad abierta”, según la terminología generalizada por Karl Popper, como lo más íntimo y definitorio de la travesía del modelo occidental.194 Más que un análisis de Occidente, al que también se alude, se quiere hablar de la democracia como una de las propiedades que le ha llegado a ser más característica y que también desde el XIX comenzó a extenderse como paradigma global. Por esto es necesario definir lo que en este libro se entiende por democracia.195

Se caracteriza porque, habiendo aproximadamente un grupo de definiciones teóricas o del lenguaje político de relativa convergencia, el concepto ha admitido también significados distintos y subentendidos que pueden chocar con cualquier unanimidad supuesta. Añade al problema el que se le extiende a otro tipo de campos cuando se habla de democracia económica o social, o a veces en la educación. Este último empleo no toca lo sustancial, aunque no es arbitrario; refleja una proximidad de procesos que se desarrollan en la sociedad humana y que han sido concomitantes con la democracia, al menos con aquella que es tomada como modelo. Su utilización práctica, sin embargo, entraña propuestas polémicas y muchas veces ha llevado a extender el nombre a sistemas completamente antitéticos con la democracia, y no pocos intelectuales asumieron esta última visión. Se trata en todo caso de un debate de la modernidad. Hay otra, no menos moderna por lo demás, que se refiere a si la versión de los últimos siglos —en la medida en que se trate de un mismo proceso de continuidad o desarrollo (o crecimiento)— proviene de los rasgos que asomaron en Grecia y Roma, o si se trata solo de una similitud formal para fenómenos históricos muy distintos, y sin que ambos ejemplos de la antigüedad pudiesen siquiera ser comparados como si tuvieran parentesco o analogía.196 Más adelante se retorna a esto.

Se debe emplear una definición que en primera instancia sea instrumental. Esto, en el sentido de que se explican los criterios que en su conjunto permiten calificar un sistema político como democrático, en lo esencial en su acepción moderna con raíces en la antigüedad. Se parte de la base de que la democracia es parte de ese fenómeno humano que llamamos lo político, un área de nuestro existir que constituye y distribuye formas de poder mediante actos e instituciones que llamamos políticos en el marco de un cuerpo social. Es allí donde se moverá la definición que aquí se establece. Sin embargo, la discusión sobre la democracia es inseparable del papel de la sociedad y de la relación de los grupos sociales entre sí. En este sentido, el bienestar relativo de estos últimos pasará a ocupar un papel protagónico en el proceso democrático y nunca dejará de serlo. Con todo, esto no puede abolir el carácter fundamentalmente político de la democracia como sistema.

Rasgos fenoménicos del proceso democrático

Existe un trasfondo al proceso democrático que no se deja traslucir si enumeramos solo instituciones, actores y prácticas. Es un ambiente que se desarrolla como parte de la evolución civilizatoria, y que casi se confunde con el mismo fenómeno al que denominamos historias o existencia histórica.

1.- A la democracia le corresponde un autogobierno, dentro de la idea de autonomía; es un cuerpo político el que se gobierna a sí mismo, no solo lo constituye un individuo o una cadena de mando, un aparato que solo responde a sí mismo, sin ningún tipo de asentimiento del cuerpo social; algún tipo de participación de este le es sustancial.197 En teoría, el cuerpo podría ser la humanidad entera, pero la existencia histórica articuló a los hombres en sociedades, la base del cuerpo político198. Una de las traducciones más comunes de esta idea es la de la “soberanía popular”. Se trata de una legitimidad que se construye “desde abajo” o, como preferiría decirlo, sobre un consentimiento deliberado y renovado con periodicidad.

2.- La democracia supone algún grado de participación igualitaria u homogénea en el proceso de autogobierno.199 A quienes se define como miembros de ese cuerpo poseen, en al menos una instancia, derecho efectivo de tipo igualitario en relación con todos los demás seres humanos comprendidos en el mismo. Esta participación puede ser una de tipo completo, vale decir, en todas las decisiones participan todos los miembros del cuerpo político cuando este último está compuesto por una muy pequeña comunidad, lo que solo puede darse a un nivel de familia o quizás, aunque muy difícil, a un nivel de un clan u organización intermedia. Es discutible que esto pueda constituir un cuerpo político, salvo en un sentido metafórico. La democracia ateniense, la única de Grecia que en verdad tuvo ese rango de manera destacada, aunque en el estilo bastante diferente a la moderna, no duró mucho. Además, la democracia supone un grado de abstracción en las relaciones humanas. Me explico. En un entorno familiar —la familia misma, un clan, una aldea— es difícil que aun con total participación pueda existir una democracia que suponga deliberación; esta es exigida cuando en una comunidad existencial en “sociedad” se yergue una distancia entre seres que se saben pertenecientes a un sistema, un colectivo si se quiere, pero no se conocen y la necesidad de comunicación —y la sospecha— los hace demandar un tipo de igualdad o derechos en decisiones que los afecten. Quizás no se trata de una condición para juzgar si está o no dentro del campo que se puede llamar “democrático”, pero sí que el surgimiento de la democracia tiene que ver con la percepción de esta realidad, sobre todo a partir de la experiencia romana, en la medida en que se la considera como tal. Es también el momento del surgir de la masa, con talante más o menos consciente, como fenómeno. No es lo mejor de la democracia; sí su compañera inseparable.

3.- La democracia exige la capacidad de renovar, revisar o anular las decisiones ya alcanzadas; y que esa capacidad sea formalizada en principios escritos y en una práctica que se repita con regularidad, en principio sin límite de tiempo. La permanencia y continuidad es un supuesto tácito del sistema. La democracia no consiste en un sistema cerrado, regulado de una vez para siempre. Se está revisando constantemente a sí mismo, entregando plasticidad e incertidumbre, esperanza e inseguridad, mejoramiento e inestabilidad. Escoge ser peligrosa y, sin embargo, donde arraiga crea sociedades más dinámicas comparadas con las no democráticas (estas no constituyen una categoría única), aunque ello no sea garantía de supervivencia. Lo que no puede hacer la democracia es elegir no seguir siendo sí misma y mantenerse como democracia; es un absurdo de la misma una elección libre que tenga la cualidad de ser la última como tal.200 Tema crucial y siempre debatido cuando se arriba a los casos concretos. Los críticos radicales de la democracia, o de quienes más contemporáneamente defienden una “democracia radical”, o contesting democracy, aluden a esta consideración como un límite antidemocrático de la misma.201 Es uno de los corazones del debate democrático. Quizás también se podría definir a la democracia con una expresión chilena, como la institucionalización del “derecho a pataleo”. Esta transformación de lo que podría ser un reflejo condicionado a una manifestación legítima y legal, sí que es una de las manifestaciones de lo moderno.

4.- Como la toma constante de decisiones por la totalidad el cuerpo político es imposible o impracticable, el derecho a tomar decisiones es delegado en representantes. De ahí lo de democracia representativa.202 Los representantes están sometidos a las mismas reglas de renovación y de acceso igualitarios definidos según la formalización escrita, una Constitución casi siempre. Por cierto, lo que es la totalidad de los que tienen derecho a elegir se ha sido definiendo de manera distinta en cada época, en general con la tendencia a la ampliación; y, por lo mismo, crece la contracorriente, la sensación del ciudadano de a pie de que no está representado. Esta representación en alguna fase de su toma de decisión debe hacer pública su deliberación, de modo de exponer un flanco esencial al debate público; de allí lo de democracia deliberativa, atributo que le es también esencial.

5.- La democracia no extiende obligatoriamente su principio a otros campos de la actividad humana, aunque las diversas esferas se influencian entre sí. La democracia es un fenómeno fundamentalmente político, entendiendo que ninguna esfera de lo humano (lo político, lo social, lo económico, lo cultural, lo espiritual) constituye un compartimiento estanco. Los seres humanos en sociedad lo viven en su totalidad a lo largo de su existencia cotidiana. Los procesos económicos y sociales solo expresan la democratización de manera metafórica, lo que en general quiere decir que son modernos, productos de la modernidad. Sin embargo, cuando se habla de una democracia “consolidada” (concepto siempre relativo) o, mejor aún, democracia “modelo”, es porque esos procesos se han desarrollado de manera contigua a la evolución política. La relación entre democracia, por una parte, y economía y sociedad, por la otra, no es de causalidad, sino de contigüidad. Cuando no se da esta relación, la democracia se vuelve precaria por bien que funcione en lo puramente político. Con todo, no es la democracia en sí misma la que necesariamente produce el llamado desarrollo económico y social.203

Esta consideración es de extrema importancia para el caso de la historia de Chile. Por ahora, lo formulo señalando que la democracia es un fenómeno político y será vital en la medida en que se entienda de esta manera. Reitero: ella carecerá de vitalidad y muchas veces de legitimidad si no está acompañada por lo que en un tiempo la sociología política denominaba la modernización social y económica. Me parece que en el fondo de los hechos esto sigue y seguirá siendo igualmente válido en un futuro predecible. Aunque en lo esencial se trata de un fenómeno únicamente político, sucede que la razón deliberativa, un rasgo de la democracia, pone bajo su lupa al orden social en toda su configuración: en su economía, en sus grupos y clases sociales, en la cultura y en los usos y tratos.

En este sentido, como lo insiste mucho Tocqueville y se señala aquí, existen costumbres democráticas diferentes a las que, por ejemplo, existen en el trato mutuo en una sociedad aristocrática. Surge la imitación, una afinidad democrática entre diversos órdenes de la existencia; lo que no significa que toda la existencia deba responder a un ordenamiento democrático, que sería con alta probabilidad un pasaporte para el conformismo y la crisis. Los debates políticos en la modernidad no demoraron mucho en transitar desde los derechos políticos a propugnar o a negar —que, para el caso, es lo mismo— la necesidad de reformular los vínculos económicos y sociales entre los seres humanos. Al ponerlo como un rasgo esencial de la democracia, pareciera que ello debiera ser un elemento definitorio de la misma, lo que, examinado más de cerca, parece ser un error.

A esta contigüidad le acompaña otra, aquella del acceso relativamente igualitario a la justicia por parte de todos; y no solamente se refiere al acceso al sistema judicial, sino frente a la criminalidad corriente, organizada o dispersa que la persona puede encontrar en las calles o en su propia vivienda. Por ejemplo, aunque en un país, como hay varios, aunque funcionase relativamente el aspecto de distribución de poder, de prácticas electorales, de pluralismo y de libertad de información y opinión, si existe una alta cuota de asesinatos —una cifra mensurable, por eso se la menciona— su calidad de democracia queda al menos en entredicho. En un caso extremo, no tan raro, se trata de esos países o lugares donde para el individuo es más seguro entenderse a plegarse al sistema de la mafia y criminalidad que acudir a la policía o a los tribunales de justicia. Es la naranja mecánica, sobre lo que se volverá más adelante en el libro.

6.- A la democracia le es completamente sustancial un grado alto de transparencia en la información y de posibilidad de deliberación pública más o menos espontánea, aunque urgida por las circunstancias.204 Un fundamento de la misma es que exista previamente el dinamismo provisto por la opinión pública, el espacio público; o donde actores individuales o colectivos de la sociedad civil se manifiestan ante el resto y ante el Estado, se instalan en un escenario donde ambos constituyen audiencias. La democracia solo ha existido históricamente cuando asoma la distinción entre el cuerpo político y la experiencia social; dicho en palabras modernas, cuando los seres humanos actúan como si ya supieran o saben que existe la distinción entre Estado y sociedad, aunque no emplearan estas palabras, pero en general entienden su significado, aunque adaptándolo a sus propias expectativas.205 Es el territorio donde se mueve la opinión pública.

7.- La democracia coexiste con otras formas tradicionales y quizás no racionales de legitimidad, pero convive en una tensión inacabada; esas formas no racionales de legitimidad tienen que atravesar el cedazo de la deliberación o convivir basados en una tolerancia que no dañe lo fundamental del autogobierno; tienden a vivificar la cultura y espiritualidad humanas, alimentan el lenguaje de la política, una de cuyas formulaciones son las ideologías.

8.- A la democracia le es inherente una competencia por la distribución de poder que, más que la participación igualitaria, es lo que le entrega dinamismo y posibilidad de supervivencia; existe un elemento dramático que, si sucumbe a la rutina, debilita a veces con fatalidad a todo el sistema. No por nada la democracia emerge cuando se debilita la legitimidad trascendental —o tradicional— de los sistemas políticos y surge la legitimidad relativa —o racional— de esta esfera; es la característica de la modernidad que en principio o en germen radica en toda sociedad humana.

9.- La democracia opera según el principio de que su resultado dependerá de un balance adecuado entre los intereses de la comunidad como cuerpo completo, y la libertad entendida como la de los individuos, de todos los que caben en esta categoría.206 Su novedad en la historia es que precisamente su objetivo declarado es el resguardo de la persona individual. En lo retórico, se expresa en que “pone en su centro a la persona, al hombre”, y a veces en los “derechos humanos”. El esfuerzo por definir y vivificar el Estado de derecho tiene mucho que ver con esto. Tácito —en el mejor de los casos—, el polo de la definición de los deberes es como otro cimiento de la definición de una sociedad animada con vida espontánea. Ese punto de fuga cae de inmediato bajo el fuego cruzado cuando se dice que la libertad del individuo viene a ser solo la de una minoría privilegiada. Los que llegan a ese grupo de ser conscientes de representar a la “persona” son más que una minoría, pero el argumento de fondo —la conciliación entre el bien común y la autonomía personal— deviene central al debate democrático.

10.- La democracia es un proceso inacabado no tanto porque queden espacios de vivencia sin ser tocados por ella. Lo que sucede es que los seres humanos en su existencia histórica van modificando sus ideas acerca de lo que debe ser comprendido dentro de la democracia, amén de la fragilidad de las instituciones humanas. La democracia estará siempre insatisfecha de sí misma, lo que es parte de su ser mismo y quizás decide a lo que obliga en deliberación repetida una y otra vez.207

11.- Tanto por naturaleza como por los procesos, la libertad es un rasgo inseparable de la democracia y tiene expresión tanto dentro del cuerpo social como una sola realidad, como en los individuos.208 La definición misma de libertad tiene las acepciones positiva y negativa, cuya formalización más célebre es la Isaiah Berlin, según la cual la libertad positiva es la capacidad de desplegar la iniciativa sin coacción mayor y la negativa, para él la más decisiva, es la capacidad de impedir coacciones externas.209 La libertad no es simplemente un hacer voluntarioso, caprichoso o desenraizado, sino que se levanta en un contexto previo. No se debe olvidar también una acepción existencial que la identifica como ligada no solo a la experiencia democrática, sino a la de cualquier sistema político, la libertad como la posibilidad y la disposición a poder decir que no aun contra una marea que parezca constituir el grito mayoritario del momento, ya que precisamente “no es el hombre mero reflejo de las cosas externas (…) espacio infinito, pero interior”.210 Esto muestra una raíz de la libertad que sigue siendo igualmente válida en la democracia, referida a que ni en el régimen más democrático que pueda concebirse la libertad está garantizada si no va unida al valor y al riesgo de actualizarla, al menos por parte de una “minoría creadora”, al modo en que la entendía Arnold Toynbee.

12.- La democracia está muchas veces asociada a la crisis porque es el sistema de la crisis, que la pone delante de los ojos e incluso a veces es casi la única que le puede otorgar vida y también la puede destruir.211 Este, por supuesto, es un rasgo que se conoce a través de la historia y no podría ser puesto como condición de democracia; es casi un conocimiento melancólico acerca de los límites de la democracia. Parte de su legitimidad es incitar a poner el dedo en la llaga, acción que debe efectuarse en gran medida delante de un público; puede ser la única garantía de que también se efectúe de forma privada por cada persona, cada miembro de la sociedad. Como en tantos fenómenos, en un momento de la historia —me parece, en Grecia— el hombre pone a la política y a la sociedad delante de sí mismo, contemplándolas y evaluándolas, en una especie de autoconciencia —desdoblamiento y despliegue—, momento en donde deberá dirimir acerca de su ser y deber ser. No escapará jamás a la realidad de crisis que se dio a luz con ese acometido.212

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