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Joaquín Fermandois La democracia en Chile
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El general Luis de la Cruz articulaba un racionamiento opuesto que comenzaba a emerger desde el temor a la anarquía. Utilizaba el mismo símil que más adelante haría pasar a la posteridad al presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln: “Si una familia se divide, sus miembros, que disfrutaban antes de los bienes en común, ¿harán más fortuna separados? Los que tengan menos bienes i menos medios de subsistir, serán los que más se resientan de la disolución de la familia. He aquí los efectos del federalismo”.173 En 1829, un periódico aparentemente liberal era portavoz del hastío que surgía con esta sensación de desgobierno:
La república goza de la más perfecta tranquilidad. La Provincia de Coquimbo está en revolución, y la de Aconcagua se ha levantado en masa.—…En Colchagua se han ahorcado las autoridades federales.—En el Maule se ha declarado el gobierno fuera de la ley.—En Valdivia se ha resuelto marchar sobre la Capital (camino tendrán que hacer)…174
El relato y la valoración de este período no son compartidos en unanimidad por los historiadores actuales. Se complica porque el presente de Chile, y no solo el régimen de Pinochet como espejo, se proyecta a ese pasado de los 1820. Puede ser que, como muchas constituciones utópicas, en la medida en que la de 1828 sea considerada como tal, la Carta liberal haya contenido los suficientes elementos para evolucionar acogiendo las enseñanzas de la vida práctica, tal como, por ejemplo, la práctica forjada sobre la Constitución de 1980 tuvo que recoger las experiencias del desarrollo democrático a partir de los plebiscitos de 1988 y 1989; y así continuó.175
Portales y la república autoritaria
El período que siguió al quiebre civil ha estado estrechamente vinculado en la memoria al nombre de Diego Portales, produciendo la impresión de que su paso por el Estado se trató de un caudillaje voluntarioso que transformó a la sociedad chilena por completo. Del cuadro hagiográfico en torno al personaje ha sido fácil dar el paso hacia su imagen contraria, como el déspota o la mano ejecutoria a las órdenes de oscuros intereses. Esta disyuntiva de extremos a menudo no nos ha permitido darnos cuenta de que el fin de la era liberal, bautizada como anarquía con criterio parcial, estuvo precedido de un hastío que fue alimentándose de la combinación entre la frustración por los cambios constantes y el estancamiento objetivo, y que era fruto de la discordia permanente de las autoridades. Hoy diríamos que el Estado estaba paralizado, si bien se trataba de un tipo de entidad mucho más rudimentaria que el complejo montaje del Estado contemporáneo a nosotros. Como país nuevo, fruto de esta primera ola de descolonización, la organización del Estado en todo lo que no fuera continuidad con evolución de las instituciones coloniales fue lo que derivó de los años de Portales; logró la síntesis entre una energía cinética indiana y la dinámica de mediados del XIX.176
Este sentimiento se densificó en el grupo de los estanqueros liderados por Portales; ellos fueron el Gran Elector de Chile. Desde aquí emergería la gravitación política individual del Ministro, aunque todavía para comprender el decisivo tránsito entre 1829 y 1830 hay que reconocer el peso considerable de los caudillos militares, los generales Joaquín Prieto y Ramón Freire, si bien solo este último se acerca más a la hechura de un real caudillo análogo a esa figura emblemática de América hispana del XIX, que todavía reaparece como pesadilla del pasado, con alguna efectividad política hasta el XXI. A los dilemas de política interior se añadía la conciencia de un Chile que podía quedar a merced de intervenciones extranjeras —el peligro era casi exclusivamente Inglaterra, la gran potencia marítima y agente “globalizador” del siglo— debido a la falta de ordenamiento interno.
En un periódico fundado en 1828 con el objeto de examinar el pacto que debía constituir a la nación, se escribía:
Pero entre nosotros ¿qué es lo que puede dejarse subsistir de todo lo que constituye nuestro cuerpo social? Nada, porque nada de lo que poseemos nos conviene como pueblo libre i nación soberana. Esto es lo que agrava i hace más crítico el difícil problema de constituciones. No solo nos es urjente organizar los altos poderes, sino todos los ramos inferiores de la máquina política. Careciendo absolutamente de leyes civiles i criminales, necesitamos a los menos que nuestra Carta fije las barreras en que ha de detenerse la autoridad, cuando se halle en contacto con los intereses privados. La imprenta no tiene ni límites señalados ni garantías positivas. La Constitución debe establecerlas o dejarnos espuestos a todos los peligros que trae consigo el abuso de un arma tan poderosa. La responsabilidad es entre nosotros una palabra sin sentido. No sabemos quién responde, de qué se responde, ni ante quién se responde. Las relaciones entre las autoridades supremas i las inferiores están sin definir ni clasificar: la escala de la subordinación carece de apoyo; si se perpetúa esta incertidumbre, es imposible que el servicio público se haga con regularidad i con honradez.177
La sensación de cansancio que trasuntaba la línea editorial del El Constituyente era un estado de ánimo que envolvía a una parte considerable de los chilenos políticamente despiertos, lo cual no significaba que todos ellos compartieran el resultado de la reacción conservadora que se produjo. En esta visión crítica y pesimista había sentimientos y expresiones contrapuestas sobre el estado de las cosas. Mariano Egaña, el principal redactor de la Constitución de 1833, llegó a hacerse portavoz de un sentimiento que, confeso o no, traducía algunas reacciones latinoamericanas que han estado en muchas persuasiones políticas ulteriores:
Esta democracia, mi padre, es el mayor enemigo que tiene la América, y que por muchos años le ocasionará muchos desastres, hasta traerle su completa ruina. Las federaciones, las puebladas, las sediciones, la inquietud continua que no dejan alentar al comercio, a la industria y a la difusión de los conocimientos útiles: en fin, tantos crímenes y tantos desatinos que se cometen desde Tejas hasta Chiloé, todos son efectos de esta furia democrática que es el mayor azote de los pueblos sin experiencia y sin rectas nociones políticas.178
En otras circunstancias se podrían citar palabras del mismo Mariano Egaña que son contradictorias con las de esta epístola a su padre Juan, obligando al estudioso a añadir un análisis acerca de lo que entendía por democracia. En fin, el cansancio o el temor con la democracia es consustancial al establecimiento de esta y ha sido manifestado de izquierda a derecha. Esta atmósfera perfiló el fin de la anarquía o semianarquía, quizá. Aparecería la conjura que quería eliminar de raíz todas las conjuras. En el sur, el general Joaquín Prieto junto a su sobrino, el coronel Manuel Bulnes —que para el caso eran representantes del bando o’higginiano—, unieron la espada a la política dejando huella indeleble en el desarrollo institucional de Chile. Se apoyaron en un sentimiento difuso, pero fuerte dentro de la clase política, para establecer un marco de acción que no estuviera sujeto a los vaivenes de las luchas políticas. Los estanqueros, encabezados por Portales, los pelucones y los epígonos de O’Higgins que esperaban su restauración les proporcionaron el lenguaje para que la sublevación fuera políticamente fecunda.
A la batalla de Ochagavía el 14 de diciembre de 1829, de resultado impreciso, siguieron unos meses de indecisión e incertidumbre en los que Ramón Freire, rostro del frágil consenso que pronto se quebraría, pasó de ser árbitro del conflicto a un actor más del mismo al enemistarse con Prieto, líder de las tropas conservadoras. La suerte se decidió en la batalla de Lircay el 17 de abril de 1830 en favor de las fuerzas antiliberales (hay que repetir que este epíteto no debe tomarse muy en serio). Por un lapso muchos seguirían creyendo que el nuevo gobierno, presidido sucesivamente por Francisco Ruiz-Tagle (pelucón) y José Tomás Ovalle (estanquero), y del cual Diego Portales asomaría rápidamente como el hombre fuerte, haciéndose de los ministerios del Interior y Relaciones Exteriores y Guerra y Marina, no duraría mucho más que los anteriores. Sin embargo, ya sea reverenciado, reconocido u odiado, lo que se llegaría a conocer como el régimen portaliano ha pasado a constituir una referencia fundamental al pensar el Chile republicano e inevitable al considerar la democracia.179
Todavía hoy es materia de discusión si fue la persona de Diego Portales Palazuelos (1793-1837), una clase social con conciencia política o una fórmula de un grupo de poder lo que contribuyó decisivamente a definir el futuro político de Chile por, al menos, treinta años; ello, toda vez que es válido conjeturar que las huellas de ese influjo fueron incluso más duraderas que el período de tres decenios. Siempre que algún acontecimiento o proceso está relacionado con una figura que califica como emblema o hasta signo totémico, se plantea el mismo problema de si es el hombre, el elenco, en un sentido amplio de la palabra, o lo que con acierto se ha llamado las “fuerzas profundas” de la época, lo que se debe imponer como el hilo conductor de la trama que contamos los historiadores.180 Nunca podrá haber certeza absoluta para definir una verdad que en apariencia es muy simple. Aquí uno se juega por creer que la realidad política ofrece una variedad bastante limitada de alternativas y que esta es la hendidura por donde pueden emerger los “grandes hombres” que definen un momento, un proceso o un sistema. Es el caso de Portales.
Este ha sido considerado alternativamente uno de los padres de la patria o un déspota, o un dictador, en un lenguaje levemente más neutro.181 Más que los vítores o las vindictas a las que retrospectivamente se somete al estadista —es seguro que merece este nombre— lo problemático de Portales es que tanto su obra política como la concepción de democracia en que aquella se encuadra tienen un cariz ambiguo, si es que se quiere mostrar la existencia de una democracia. Si, en cambio, sostenemos que la democracia es un proceso, un aprendizaje, un desarrollo inacabado que sin excepciones está acompañado de avances con simultáneos retrocesos, y si aceptamos que a la democracia le es inherente el que dentro de su cuerpo político convivan usos e instituciones democráticas con otras no democráticas —pero integrando un Estado de derecho—, entonces podemos comprender por qué con Portales existe el comienzo de una cierta singularidad chilena en el contexto hispanoamericano y, de una manera tenue, también en el panorama mundial. Para resumirlo, no fue democracia, pero sí una fase de su establecimiento o, lo que me atrevo a calificar para una parte importante del siglo XIX, una protodemocracia. En ello también influyó esa potencia caprichosa que denominamos azar.
Veamos. Durante el ministerio de Portales e incluso después de él se vivieron períodos bajo continuos estados de sitio, con escasa o nula representatividad de los opositores en los organismos públicos, aunque era una facultad prevista en la Constitución de 1833. Al mismo tiempo, hasta el motín de Quillota en 1837, que finalizó con el asesinato de Portales, el ambiente estuvo plagado de intrigas e intentos civiles y/o militares de levantamiento, insurrección o golpe. Hasta mediados de siglo no existió una verdadera libertad de prensa, aunque las comunicaciones públicas tampoco eran orquestadas lisa y llanamente por el aparato de gobierno.182 La principal herramienta punitiva del Ejecutivo fue la censura, una expresión típica del antiguo régimen, de los tiempos inmediatamente precedentes a los procesos de democratización. Las ejecuciones de opositores políticos y de conspiradores o de los que se acusó que eran tales, fue intermitente (no mucho). Los debates se daban en el seno del Gobierno o entre conversaciones de los adictos, otro síndrome autoritario. En este sentido, el así llamado sistema portaliano fue una especie de autoritarismo consultivo y en lo político se sostendría, amén de introducir cambios socioeconómicos que prepararían su liberalización posterior, inalterable hasta fines de la década de 1850.183
El estudio de la Constitución de 1833, en el marco de la historia constitucional del país, no sería revelador del carácter del sistema portaliano, no al menos en su totalidad.184 Es cierto que ponía un énfasis mayor que su predecesora, de 1828, en el poder presidencial. Esta orientación también se impuso en la Carta de 1925, sin negar que en el funcionamiento de este sistema, al menos a partir de 1932, había en líneas generales un genuino proceso político democrático, y un Estado de derecho que se fue consolidando gracias al pluralismo de fuerzas políticas y la tradicional división de poderes del Estado. No era así la práctica que rodeó las primeras décadas del desarrollo constitucional bajo la Carta de 1833. Las concepciones de Portales y del mundo político colindante, refiriéndonos con esto a algo más que a los partidarios reconocidos del Ministro, coincidían en un punto capital. La tarea de la hora —en este discurso— residía en lograr una democracia postergada mientras se creaban en un tiempo razonable todos los hábitos y procedimientos para alcanzar un estado de genuina condición democrática, quizás lo que en esa época se llamaba con acierto civilización. Así era el “proyecto”, realizado en cierta medida.
La promesa del advenimiento de un futuro utópico ha sido el argumento principal de los regímenes autoritarios en la modernidad —por lo demás, mayoritarios en número durante los últimos dos siglos si consideramos al globo por completo—; entre otras cosas, dicha propaganda les ha permitido hallar un equilibrio u orden interno, erigido sobre el discurso de estar conduciendo a sus países a una condición que se supone perfecta, y que aproximadamente se refiere a los ejemplos de las democracias europeas y de Estados Unidos. Es el caso del lenguaje franco del mismo Diego Portales y que está contenido en la célebre carta que envió a su socio de negocios, José Manuel Cea, desde Lima en marzo de 1822, valga la precisión, mucho antes de que el empresario se convirtiera en un verdadero líder político:
A mí las cosas políticas no me interesan, pero como buen ciudadano puedo opinar con toda libertad y aún censurar los actos del Gobierno. La Democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República. La Monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra y ¿qué ganamos? La República es el sistema que hay que adoptar; ¿pero sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un Gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el Gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual.185
En efecto, en las palabras de Portales se apela a una democracia postergada hacia el futuro, que debe ser vigilada para que no se vuelva lo contrario de sí misma. En esencia esta no es una actitud necesariamente antidemocrática, considerando que no han sido pocas las legislaciones de auténticos Estados de derecho que han contenido algunas limitaciones. Los mismos estados de excepción constitucional pueden contarse como una de esas restricciones. La dificultad e inestabilidad de la formación de los nuevos Estados poscoloniales en los siglos XIX y XX, de aquellos que emergieron del cambio de una legitimidad tradicional a otra moderna durante el siglo XX, o de aquellos que surgieron después del derrumbe de la Unión Soviética o de Yugoslavia en los 1990, ha demostrado hasta el cansancio lo pedregoso del camino de la democracia. Se trata de un ejemplo de cómo el argumento de la crianza de ella —los ejemplos precedentes ratifican que el caso se da para un arco bastante amplio y divergente de estructuras sociales—, perdura largo tiempo, cuando no es sempiterno.
O bien se produce la inversión orwelliana del lenguaje y los regímenes no liberales pasan a referirse a sí mismos como democracias superiores, extrayendo más directamente su legitimación de lo que se llama, en cómoda jerga generalizadora, el pueblo. Esta deformación, muchas veces encubierta, proviene del lenguaje de los diversos populismos de los siglos XX y XXI o, ya desembozadamente, de la transmutación de la palabra democracia en una entidad que ha hallado la perfección en un montaje característico de los totalitarismos del siglo XX.186 Al momento de escribir estas líneas, uno de los grandes dilemas universales es la dirección que tomarán en las próximas décadas grandes Estados, como Rusia y China, que básicamente corresponden a modelos autoritarios —un autoritarismo moderno—, aunque escasamente arriben (quizás, todavía) a lo que aquí se llama democracia postergada.
La postergación de la democracia es el contexto amplio en el que se coloca la experiencia portaliana o lo que se ha considerado como tal. No alcanzó a ser una dictadura (comisarial) mucho más allá de la vida de Portales, entre otras razones porque se estaba todavía bajo el influjo del antiguo régimen y, al revés que la Junta de 1973, no tenía detrás de sí una experiencia democrática de cierta madurez, si bien con tendencias suicidas. Dentro de este esquema sobresale, además, el acto fundacional mismo de Portales, el ministro todopoderoso que impulsó y organizó la estrategia general del país en los 1830; aún dentro de la antigua discusión entre el personaje y la fuerza profunda, es difícil imaginar este momento creativo sin un impulso como el que le infundió Portales. A la vez, se ha visto la supuesta indiferencia ante el poder formal por parte del Ministro por el hecho más que extraordinario —y en apariencia no una simple maniobra— de haber renunciado a sus responsabilidades ministeriales en 1831 (si bien el Ministerio de Guerra lo abandonó al año siguiente) y radicarse luego principalmente en Valparaíso, ciudad de la que asumió la Gobernación a fines de 1832, hasta su regreso al gabinete en 1835. La desafección del poder se interpreta como un eslabón que constituye una parte fundamental de su meta anhelada, el logro de la “impersonalidad”, aspecto este que ha sido lo más destacado por la fuerte apología del sistema que llega hasta nuestros días.187
A este rasgo, acentuadísimo en la obra de Alberto Edwards, se contrapone otra característica del “Estado portaliano”, resaltada por Mario Góngora en su Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. El Gobierno se apoyaba en un sector social que, aunque no era carente de ideas, y con la salvedad del equipo bastante extraordinario que acompañó el desarrollo del orden impulsado por el Ministro en los años que seguirían, al obedecer en general con casi unanimidad a la autoridad del Ejecutivo, mostraba un instinto de conservación que constituyó la base real del régimen. Formaban esta clase los propietarios agrícolas y grupos encumbrados que confesaban una conciencia de minoría dirigente, algo que se daba especialmente en Santiago, una constante de la historia del país.188 Como se ha dicho, este sector dirigente, notorio desde los orígenes de la independencia, debe ser considerado para este caso como una clase política, término que nunca calza completamente ni con los actores con más recursos dentro de ella, ni con la llamada clase alta. Ciertamente hay una conciencia de unidad del mundo de los propietarios y antiguos “vecinos” —noción fundamental— surgidos del sistema de hacienda y de la relativa homogeneidad del valle central; esto es lo que recogió y acrecentó el sistema o estado portaliano.
Uno de los ingredientes principales de la acción política de Portales durante sus años como Ministro —que fue, en parte, sustancial al recuerdo póstumo de su obra— era la pedagogía disciplinaria. Me refiero al afán de asegurar el acatamiento de la población a las normas de convivencia política y social, y al funcionamiento del Estado en el horizonte en que aquellas se realizaban, obediencia sobre la cual podría elevarse una elite de la clase política a la que, una vez llegada la necesidad, le estaría permitido al Gobierno abandonar la ley, quizás “interpretándola” o recurriendo a los estados de excepción, y la separación teórica de los poderes y definir, a partir de esa falta de controles, qué se debía hacer con la soberanía. El propio Portales lo dijo, con su característico estilo procaz, en otra carta que envió desde Valparaíso a su hombre de confianza en los círculos santiaguinos, Antonio Garfias, en diciembre de 1834:
A propósito de una consulta que hice a don Mariano relativa al derecho que asegura la Constitución sobre prisión de individuos sin orden competente de juez, pero en los cuales pueden recaer fuertes motivos de que traman oposiciones violentas al gobierno, como ocurre en un caso que sigo con mucho interés y prudencia en este puerto, el bueno de don Mariano me ha contestado no una carta sino un informe, no un informe sino un tratado, sobre la ninguna facultad que puede tener el gobierno para detener sospechosos por sus movimientos políticos. Me ha hecho una historia tan larga, con tantas citas, que he quedado en la mayor confusión y, como si el papelote que me ha remitido fuera poco, me ha facilitado un libro sobre el habeas corpus. En resumen, de seguir el criterio del jurisperito Egaña, frente a la amenaza de un individuo para derribar la autoridad, el gobierno debe cruzarse de brazos, mientras como dice él, no sea sorprendido infraganti. Con los hombres de ley no puede uno entenderse; y así ¿para qué ¡carajo! sirven las constituciones y papeles, si son incapaces de poner remedio a un mal que se sabe existe, que se va a producir y que no puede conjurarse de antemano, tomando las medidas que pueden cortarlo? Pues es preciso que el delito sea infraganti.
En Chile la ley no sirve para otra cosa que no sea para producir la anarquía, la ausencia de sanciones, el libertinaje, el pleito eterno, el compadrazgo y la amistad.
Si yo, por ejemplo, apreso a un individuo que sé que está urdiendo una conspiración, violo la ley. ¡Maldita ley, entonces, si no deja al brazo del Gobierno proceder libremente en el momento oportuno! Para proceder, llegado el caso del delito infraganti, se agotan las pruebas y las contrapruebas, se reciben testigos, que muchas veces no saben lo que van a declarar, se complica la causa y el juez queda perplejo. Este respeto por el delincuente, o presunto delincuente, acabará con el país en poco tiempo. El gobierno parece dispuesto a perpetuar una orientación de esta especie, enseñando una consideración a la ley que me parece sencillamente indigna. Los jóvenes aprenden que el delincuente merece más consideración que el hombre probo; por eso los abogados que he conocido son cabezas dispuestas a la conmiseración en un grado que los hace ridículos. De mí sé decirle que con ley o sin ella, esa señora que llaman la Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas. Y ¡qué importa que lo sea, cuando en un año la parvulita lo ha sido tantas veces por su perfecta inutilidad! Escribí a Tocornal sobre este mismo asunto, y dígale Ud., ahora lo que pienso. A Egaña que se vaya al carajo con sus citas y demostraciones legales. Que la ley la hace uno, procediendo con honradez y sin espíritu de favor. A los tontos les caerá bien la defensa del delincuente; a mí me parece mal el que se les pueda amparar en nombre de la Constitución, cuya majestad no es otra cosa que una burla ridícula de la monarquía de nuestros días. Hable con Tocornal, porque él ya está en autos de lo que pienso hacer. Pero a Egaña, dígale que sus filosofías no venían al caso. ¡Pobre diablo!”.189
En el mediano plazo, no sería esta deformación lo que iba a predominar al interior del sistema portaliano, aunque había algo del “garrote y zanahoria”. Sin embargo, calza demasiado bien con la dinámica de los países hispanoamericanos y de su clásica inestabilidad política. Comienzo de ella es la autointerpretación, por parte de los detentores del poder, de hallarse en un estado de excepción, en una historia que se repite y se repite.
Si bien Portales no aspiraba a lograr una inmunidad política para sí mismo, en la práctica el equipo liderado por el presidente Joaquín Prieto no podía prescindir del Ministro. No resulta sorprendente la existencia de la sombra tras el poder, aunque esta imagen le viene escasamente a un personaje de tanto relieve para sus contemporáneos. Sin embargo, a la postre, el manejo desde la segunda fila, que se da hasta 1835 cuando vuelve al gabinete, o terminaría por eclipsar la autoridad de Portales o lo obligaría a emerger a la primera fila. Hacia 1837 parecía que la segunda posibilidad iba a imponerse. El asesinato que truncó su trayectoria nos impide saber en qué medida iba Portales a asumir un protagonismo aún mayor, o si realmente tenía la intención y tenía la disposición de ánimo de dejar una maquinaria funcionando sin su presencia. El motín de Quillota y sus consecuencias probaron que no era el hombre indispensable de ahí en adelante —quizás se produjera todo lo contrario—, aunque nada indica que el estilo político que continuaría en las dos décadas siguientes fuera distinto a la intención central del Ministro. Tal vez su asesinato el 6 de junio de 1837 consolidó el programa de acción que él había inspirado; además, por tres lustros el sistema institucional que ayudó a levantar resistió los desafíos de rebelión que se produjeron.190