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Manuel Alvar Ezquerra Lo que callan las palabras
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Manuel Alvar Ezquerra Lo que callan las palabras

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apreciar Véase precioso.

aquilatar Véase quilate.

ardilla El nombre de este animal es claramente un diminutivo, aunque la palabra de que se parte no suele ser conocida por la mayor parte de los hablantes, el antiguo castellano harda o arda, forma de origen incierto, no latino, aunque común al bereber, al hispanoárabe y al vasco. No parece que tenga que ver, como algunos han pretendido, con el verbo arder, apoyándose en la imagen que sugiere el movimiento inquieto de su cola y el color rojizo de su pelaje, que podrían evocar la llama de un fuego, entre ellos Sebastián de Covarrubias (1611) en el artículo harda, donde dice que «el nombre castellano harda, quitada la aspiración, puede venir del verbo arder porque es ardiente, fogosa y presta y tan inquieta que nunca está queda; y así la llaman por otro nombre pyrolos que vale tanto como ‘fogoso’, del nombre griego pyrrós, ignis».

ardite La palabra ardite no es de mucho uso en la lengua, empleándose de manera casi exclusiva en expresiones como no dársele un ardite o no me importa un ardite, donde más parece un eufemismo por no emplear otras voces malsonantes que pueden aparecer en ese tipo de construcciones. La voz es de procedencia gascona, y en su origen servía para nombrar una moneda de oro acuñada en Aquitania por el Príncipe Negro (Eduardo de Woodstock, Príncipe de Gales, 1330-1376). Esa forma es probable que procediera del inglés farthing, nombre de una moneda antigua de reducido valor. El nombre gascón sirvió después para nombrar una ‘moneda de poco valor que hubo antiguamente en Castilla’, como reza la primera acepción del diccionario académico. Por su escaso valor, pasó a nombrar también cualquier ‘cosa insignificante o de muy poco valor’, como recoge ese mismo diccionario en la segunda acepción, sentido con el que se emplea en expresiones como las citadas, con las que se da a entender que no le concedemos la menor importancia a aquello de lo que se habla, que no le prestamos atención ninguna.

armario El armario es el ‘mueble con puertas y anaqueles o perchas para guardar ropa y otros objetos’, según la definición académica. Procede de la voz latina ARMARĬUM, que originalmente significaba ‘lugar donde se guardan las armas’, de donde pasó a designar el mueble en que se podían guardar diversos objetos, no solamente armas. Fr. Diego de Guadix (1593) pretendía que procediese del árabe, por interpretar mal una de las variantes de la palabra, aunque sin desconocer su origen latino: «almario llaman en algunas partes de España a un alhacenilla de madera o ventana ciega en la pared, con sus portezuelas, para reponer y guardar en ella cosas. Consta de al, que en arábigo significa ‘la’, y de mario o almario, que en latín significa esta dicha alhacenilla, así que todo junto, almario, en arábigo y latín significa ‘la alhacena’. Parecer ha sido de hombres doctos que este nombre no es almario, sino armario, que es corrupción de este nombre latino armarium; tome el lector lo que más cuadrare con su ingenio». Sebastián de Covarrubias (1611) recogió la voz haciéndose eco de lo dicho por el P. Guadix.

armatoste Define la Academia en su diccionario la palabra armatoste como ‘objeto grande y de poca utilidad’. Para la Institución la voz es de origen incierto, aunque la compara con el catalán antiguo armatost. La forma catalana designaba al ‘aparato con que se armaban antiguamente las ballestas’, compuesta del verbo armar y el adverbio tost ‘pronto’, pues facilitaba el acto de armar la ballesta, si bien pudo componerse en castellano con el antiguo toste, ­adverbio tomado del catalán. El paso del nombre del aparato al del objeto grande y poco útil se explica por la generalización de las armas de fuego que hicieron del armatoste algo inservible y embarazoso, dando origen al nuevo sentido, que pasó del castellano al catalán, en un movimiento de ida y vuelta. Ayala Manrique (1693) explica: «armatoste, un ingenio para armar los ballestones antiguos, donde el que disparaba ponía el pie [...]. Ahora, en vulgar estilo, llamamos armatoste a un trasto embarazoso, viejo e inútil [...]. Dice Co­varrubias que es vocablo bárbaro; a mí me parece que claramente se deriva de la voz italiana tosto, que es ‘luego’, para denotar cosa que está hecha con arte, de modo que en un instante se pone como ha de estar, y armatoste es ‘arma presto’. Hoy, vulgarmente, lo aplicamos a cualquiera cosa embarazosa o corpulenta y poco útil; es voz jocosa y baja».

armiño La palabra armiño es más conocida por la piel que por el animal del cual se obtiene. La piel se aprecia por el color blanco que toman al acercarse el periodo invernal en los animales que habitan en las frías regiones del norte de Europa y Asia, y en algunas montañas más meridionales. La voz española procede de la latina [MUS] ARMENĬUS, esto es, [ratón] armenio, pues las pieles llegaban a través del Mediterráneo, habiéndose embarcado en el Mar Muerto, procedentes supuestamente de Armenia. Por el mar donde se embarcaban las pieles también se conocía el animal como MUS PONTICUS, es decir ratón del Mar Muerto, por el Ponto o Ponto Euxino, como se conocía en la Antigüedad el Mar Muerto. Armenia entonces era el país más conocido de Asia Menor, por lo que se tenían las pieles como procedentes de él, por más que su origen estuviese más lejos, en lugares poco o nada conocidos. Sebastián de Covarrubias (1611), bastante bien informado, aunque no con toda la precisión, escribió: «armiño […]. De los armiños hace mención Plinio [...], y llamoles ratones pónticos por criarse en el Ponto; otros que se crían en los Alpes llaman álpicos. A España nos los traen de Venecia, y allí vienen de esas partes septentrionales; son todos blancos como la nieve, excepto la extremidad de la cola, que es negra. Llámanlos armelinos de armus, el espalda, porque en las ropas rozagantes de príncipes y grandes ministros, en las partes septentrionales y en otras, vuelven sobre los hombros unas capillas de estos aforros de armiños, y en Roma los traen los canónigos de San Pedro […]».

arrullar Todos sabemos lo que es arrullar a un niño para que se duerma, aunque también sea ‘dicho de un palomo o de un tórtolo: atraer con arrullos a la hembra, o esta a aquel’, como define la primera acepción el diccionario de la Academia. Se trata de una voz onomatopéyica formada con la raíz rull que Vicente García de Diego define como ‘onomatopeya del canto de la paloma y del canto de la que aduerme al niño’, gemela de la raíz roll con los mismos valores. La voz es conocida de antiguo en la lengua, habiendo dado cuenta de ella Sebastián de Covarrubias (1611): «arrullar, adormecer el niño con cantarle algún sonecico, repitiendo esta palabra: ro, ro, y él mismo suele con un quejidito en esta forma adormecerse, que llaman arrullarse».

asco Véase asqueroso.

asesino, -na Nadie duda del significado del adjetivo asesino, ni de su empleo como sustantivo. Sin embargo, su origen no es tan del dominio público, pues procede del árabe ḥaššāšīn, que quiere decir ‘adictos al cáñamo indio’, o como explican Corominas y Pascual: «del árabe ḥaššāšî ‘bebedor de ḥašîš, bebida narcótica de hojas de cáñamo’, nombre aplicado a los secuaces del sectario musulmán conocido como el Viejo de la Montaña (siglo XI) que fanatizados por su jefe y embriagados de ḥašîš, se dedicaban a ejecutar sangrientas venganzas políticas». Esto es, en el fondo del asesino está el hachís, término procedente, de acuerdo con la Academia, de ese ḥašîš, cuyo valor en árabe clásico es, para la Institución, el de ‘hierba’. La palabra era conocida en la lengua desde la Edad Media, como prueba Hugo de Celso (1538): «asazinos son llamados los que disfrazados de vestidos fingiendo ser de estado o calidad que no son, matan a los hombres y así mismo son dichos asazinos los que matan a otro por algo que les dan o prometen a los tales asazinos, y así mismo los por cuyo mandado hacen los tales delitos, y los que a sabiendas los reciben en sus casas, o los encubren, deben morir por ello [...]». Pero la forma de la voz no se fija hasta el siglo XVIII, como podemos ver, por ejemplo, todavía en Sebastián de Covarrubias (1611), junto a otras consideraciones en las que no parece ir demasiado desencaminado: «asasino, el infiel que disimuladamente y con traición acomete a algún cristiano, y este nombre dan las historias a los que temerariamente han emprendido matar príncipes cristianos por mano de infieles [...]. De aquí se extendió aqueste vocablo asasino significase comúnmente al que mata a otro por dinero que le dieron o prometieron, aunque no en rigor, pues significa lo que tenemos dicho».

asqueroso, -sa Aunque pueda parecerlo, el adjetivo asqueroso no es un derivado de asco, pese a tener alguna relación con él, pues significa tanto ‘que causa asco’ como ‘que tiene asco’ o ‘propenso a tenerlo’, siguiendo las tres primeras acepciones que ofrece el diccionario académico. La última, indudablemente, surge de ellas: ‘que causa repulsión moral o física’. La palabra procede del latín vulgar *ESCHAROSUS ‘lleno de costras’, derivado de ESCHǍRA ‘costra que se forma con la quemadura de un hierro candente’, a su vez procedente del griego eskhara ‘hogar, fogata, brasero; costra, postilla’. Quiere ello decir que a lo largo de la evolución desde el griego se pasó de la denominación del fuego, a la del hierro calentado en él, y a la postilla de la herida causada con él. En el latín vulgar se creó un adjetivo para nombrar a quien tenía muchas de esas costras, cuya vista no sería de lo más agradable, por lo que tomó el sentido de lo que causa repugnancia, y el del quien la tiene. Esa repugnancia se decía usgo, término que todavía recoge el diccionario de la Academia pese a su escaso empleo, procedente de un supuesto verbo *osgar, a su vez del latín vulgar *OSICARE, derivado del verbo irregular ODI, ODISSE, OSUS ‘odiar, aborrecer, atestar’, y que debió cruzarse con asqueroso para cambiarse en el asco que conocemos. Sebastián de Covarrubias (1611) cuenta: «asco, es lo mismo que el latino llama nausea […]. Y según esto, creo está corrompido el verbo de nauseo, o del sonido que hace en la garganta ahhs, ahsco, o del nombre griego aiskhos, aeschos, turpitudo, sordes, porque toda cosa sucia da horror y asco. Asqueroso, el sucio que mueve asco. Asquerosito llaman al melindroso. Hacer ascos de una cosa, menospreciarla».

astillero El astillero en su primera acepción es, según el diccionario académico, el ‘establecimiento donde se construyen y reparan buques’, voz al parecer derivada de astilla, aunque no en el sentido con que la conocemos hoy de ‘pedacito que salta de un objeto’, o de un ‘pedazo de madera’, sino del primitivo valor de ‘depósito de maderos’ que también consigna el DRAE, o ‘almacén o montón de madera’, que hoy ya no se usa, o no es de uso común. De ese valor primigenio de ‘depósito, almacén’, se pasó a nombrar el taller del carpintero y, en general, cualquier taller (como todavía se usa hoy el francés atelier, y nuestro taller), y de una manera más específica el astillero.

astracán El diccionario académico recoge dos acepciones para astracán, relacionadas entre sí, la primera es ‘piel de cordero nonato o recién nacido, muy fina y con el pelo rizado’, y la segunda el ‘tejido de lana o de pelo de cabra, de mucho cuerpo y que forma rizos en la superficie exterior’. El nombre se debe –a través del francés– a Ástrajan, ciudad rusa europea del Caspio, pues de allí parecen proceder la primeras pieles de este tipo. De ella se deriva astracanada con que se denominada la ‘farsa teatral disparatada y chabacana’, con abundantes juegos de palabras y situaciones disparatadas, cuyos autores más conocidos fueron Pedro Muñoz Seca (1879-1936), autor de La venganza de don Mendo, y Pedro Pérez Fernández (1885-1956), autor de Los extremeños se tocan, así como todo aquello que tiene alguna de las características que se le suponen a este subgénero. Cabe suponer que el nombre le viene por el tipo de público femenino que acudía a las representaciones, vestido con prendas confeccionadas con tal tejido, pretendiendo aparentar un poder adquisitivo o un nivel social, y cultural, del que distaban mucho.

astracanada Véase astracán.

atacar Véase taco.

ateneo Con la palabra ateneo nos referimos a ‘cada una de ciertas asociaciones, la mayor parte de las veces científicas o literarias’ y al ‘local en donde se reúnen estas asociaciones’, según las dos acepciones que recoge el diccionario académico. La voz procede del latín ATHENAEUM, que a su vez viene del griego Athenaion, el templo de Atenea (la Minerva de los romanos), diosa de la sabiduría y de la guerra, en Atenas, en el cual se reunían filósofos, poetas, oradores, artistas, etc., para dar a conocer sus pensamientos y escritos. Cuando en el siglo XIX comienzan a fundarse asociaciones culturales, tanto por parte de la burguesía como por parte de la clase obrera, se les dio el nombre de ateneo en recuerdo del original ateniense. Como complemento, véase el artículo academia.

ático Si miramos la palabra ático en el diccionario de nuestra Academia, podemos ver dos grupos de acepciones claramente diferenciadas. Por una parte, las de adjetivos (que también pueden ser sustantivos) referidos al Ática o a Atenas, en Grecia, y, por otra, las de sustantivos del ámbito de la arquitectura, siendo la más habitual la del ‘último piso de un edificio, generalmente retranqueado y del que forma parte, a veces, una azotea’. Ante ellas la pregunta que surge inmediatamente es la de si tienen relación entre sí. La respuesta es afirmativa, y de un grupo se pasa al otro a través de uno de los órdenes de la arquitectura, que no está entre las acepciones de la voz en el repertorio académico, aunque era el único sentido que aparecía en el primero de los elaborados por la Institución, el que conocemos como Diccionario de Autoridades. Es el presbítero Francisco Martínez (1788) quien nos da la explicación que andamos buscando en el artículo ático: «Era antiguamente un edificio construido por el estilo ateniense en donde no se veía techo alguno. Hoy día dan igual nombre al alto de casa que termina una fachada y por lo común solo tiene dos tercias de la estancia o habitación interior. Llaman también ático a un pequeño alto, o estado que se levanta sobre los pabellones de los ángulos y el medio de un edificio». A este sigue otro, el del ático continuo: «es aquel que rige alrededor de un edificio sin interrupción. Ático interpuesto es aquel que está situado entre dos estancias y adornado por lo regular de columnas o pilastras». Pocos años después, Benito Bails (1802) definía ático como ‘piso de poca altura, que está en la parte superior de un edificio, resalto o pabellón’. Esto es, originariamente era el cuerpo de una fachada que disimulaba u ocultaba la techumbre de la edificación, que más tarde fue cubierto, y, finalmente, se hizo habitable, aunque no con las mismas características (extensión, altura) del resto de la edificación, retranqueado porque no forma parte de la fachada.

atril Según la definición del diccionario de la Real Academia Española, el atril es el ‘mueble en forma de plano inclinado, con pie o sin él, que sirve para sostener libros, partituras, etc., y leer con más comodidad’. La palabra procede del latín *LECTORILE, derivado de LECTOR, -ORIS ‘lector’. Esto es, se trata de un mueble que sirve para leer. En su evolución, la voz perdió la l-, absorbida en el artículo precedente: el letril > el etril, cambiando más adelante la e- por una a-, debido a lo inusual que resultaba como sílaba inicial. Cuando Sebastián de Covarrubias (1611) llegó a ella no anduvo muy acertado en su origen: «atril, el facistol sobre el cual ponemos el libro para cantar. Díjose de la palabra atrium, que comúnmente vale la entrada de la casa, el portal o el zaguán, o el corral que está en entrando la puerta o patio, como se usa en muchas partes, que en la delantera de la casa no hay más que el muro, y luego se entra en un patio, y al cabo de él está la casa y habitación [...]. La Sagrada Escritura hace mención de tres atrios que había en el templo y en el que estaban los sacerdotes que cantaban alabanzas al Señor; debieron de usar de los facistoles para ir extendiendo sobre ellos sus libros, y por haberse usado allí se llamaron atriles, o, lo más cierto, porque el coro donde residen los eclesiásticos se llama atrio, a semejanza del atrio del templo de Salomón, y porque aquel facistol está en medio del coro o en medio del atrio se llamó atril».

atroz Entre las definiciones que nos proporciona el diccionario de la Academia del adjetivo atroz están la de ‘fiero, cruel, inhumano’ y el sentido coloquial ‘pésimo, muy desagradable’, ambas de empleo frecuente. La palabra tiene su origen en la latina ATROX, ATROCIS ‘atroz, cruel, horrible, peligroso; feroz, duro, implacable’, a su vez derivado de ATER, ATRA, ATRUM ‘negro, oscuro; sombrío, aciago; pérfido’. El aspecto sombrío de lo negro y los malos presagios asociados a él, pasaron al otro adjetivo latino, y se conservan en el nuestro, aunque se ha perdido la vinculación con el negro, no así con los otros aspectos que encierra. Sebastián de Covarrubias (1611) recogió la voz y escribió: «atroz, latine atrox. Vale ‘áspero, cruel, de atroz y horrendo aspecto’. Los griegos llaman atrokia a las cosas que son crudas y acerbas […]. Algunos quieren se haya dicho del nombre trux, cis, ferox, crudelis, y entonces la a aumentará la significación. Llamamos delitos atroces los que en sí tienen infidelidad contra Dios y contra el rey; traición, crueldad e impiedad contra el prójimo [...]».

atutía La palabra atutía no se emplea correctamente por no saberse su origen, pues se trata de uno de los fósiles que quedan en la lengua, empleada también bajo la forma tutía. La atutía es un ungüento medicinal elaborado a partir de óxido de cinc que se utilizaba como remedio universal, de donde surgió la expresión de no hay atutía o tutía, con la que se quiere expresar que no hay manera de vencer una dificultad. La Academia la considera una expresión coloquial ‘U[sada] para dar a entender a alguien que no debe tener esperanza de conseguir lo que desea o de evitar lo que teme’. El desconocimiento de los elementos de la expresión hace que se segmente como no hay tu tía, pero nada tiene que ver con el parentesco, ni cosa que se le parezca, pues procede del árabe hispánico attutíyya, que a su vez viene del árabe clásico tūtiyā[‘], y este del sánscrito tuttha.

austral La palabra austral es un adjetivo derivado de austro, el ‘viento procedente del sur’ o el ‘sur’ mismo, aunque en la actualidad el sustantivo apenas tiene uso fuero del ámbito literario. La palabra austro procede de la latina AUSTER, -TRI ‘viento del mediodía’. Cuando Sebastián de Covarrubias (1611) consignó esa palabra puso: «austro, el viento que sopla de mediodía, dicho en latín auster, ab auriendis aquis, licet non aspiretur in principio [auster, porque pone las aguas de color dorado, aunque al principio no sea favorable]. Es nebuloso y húmedo, y por esta razón los griegos lo llamaron notus, del nombre notis, nitidos, humiditas, humor. Plaga austral, la que cae a medio día». Véase también el artículo boreal.

austro Véase austral.

avellana La avellana es un fruto seco bien conocido por la comercialización que se hace de él, y por la cantidad de avellanos que pueden encontrarse en el campo en terrenos húmedos. Su nombre procede del latín ABELLANA [NUX], esto es [la nuez] de Abella, o Avella en su grafía actual, municipio de la provincia de Avellino, en la Campania italiana, famosa por las avellanas que produce desde la Antigüedad. Sebastián de Covarrubias (1611) nos lo contó, aunque podemos encontrar la explicación en diccionarios anteriores: «avellana, fruta conocida. Latine nux, avellana. Y díjose así de Avela, lugar de Campania, donde hay abundancia de avellanas. Díjose también nux pontica, por haberlas traído del Ponto, de la ciudad de Heraclea, por lo cual, según Teofrasto, se llamaron nuces heracleoticas; y prenestinas, según Macrobio, porque los de Preneste, estando por Aníbal cercados, se pudieron entretener y sustentar con la copia de avellanas que tenían dentro del lugar, de que abunda la comarca». En algunas zonas del sur de España (Andalucía, Extremadura, Murcia) se llama también avellana (y variantes en la pronunciación, en ocasiones con alguna especificación como avellana americana, avellana castellana, avellana cordobesa, avellana fina) al cacahuete, otro fruto seco de procedencia exterior.

avestruz El avestruz es una ave que no nos resulta desconocida pese a su carácter más o menos exótico, ya que su nombre se utiliza en varias expresiones recogidas en el diccionario académico y que el animal comienza a criarse en España para el consumo, minoritario, de su carne, además de utilizarse sus plumas como adorno desde ahce mucho tiempo. La voz nos ha llegado a través del provenzal estrutz, procedente del latín STRUTHĬO, que lo tomó del griego struthós ‘gorrión, avestruz’. En nuestra lengua se antepuso ave al nombre dando lugar al compuesto con el que conocemos el animal, avestruz. Este nombre aparece en la lengua desde la Edad Media, tomado de los bestiarios, por lo que figura en los diccionarios desde Nebrija. Sebastián de Covarrubias (1611) nos dejó escrito: «avestruz, latine struthius, i; struthio camellus, i. Es la mayor de las aves, si ave se puede llamar, porque aunque tiene alas no vuela con ellas, tan solo le sirven de aligerar su corrida sin jamás levantarse de tierra. Tiene las uñas hendidas como el ciervo, y cuando huye va asiendo con ellas las piedras y las arroja a quien le sigue. Traga todo cuanto le arrojan y lo digiere, y es tan estólido y bobo que si esconde tan solamente la cabeza entre alguna mata piensa que está todo él encubierto y seguro de los cazadores. Sus huevos son hermosos de grandes y por devoción los cuelgan en algunos santuarios. Sus plumas, curadas y teñidas de varias colores, adornan las celadas de los soldados, las gorras y sombreros de los galanes [...]». Ese STRUTHIO CAMELLUS de que habla el canónigo de Cuenca es la traducción latina del griego struthokámelos ‘avestruz’, compuesto de struthós ‘gorrión’ y kámelos ‘camello’, pues resultaba difícil nombrar con la misma palabra al gorrión y al camello, aves los dos, pero de tamaño bien diferente, por lo que al segundo se añadió kámelos en griego, CAMELLUS en latín, en referencia a su tamaño, especificación que no ha pasado a las otras lenguas.

avión El nombre de la aeronave procede del francés avion, documentado por vez primera en esa lengua en 1890. Se formó en ella a partir de la raíz avi- ‘ave’, y el sufijo -on, presente en el vocabulario de la ornitología, aunque puede ser también por analogía con otras palabras francesas que poseen la misma terminación.

El diccionario académico registra otra entrada avión, la primera, que vale ‘pájaro, especie de vencejo’, sin más especificaciones, pues son varios pájaros los que pueden recibir este nombre, todos de la familia de las golondrinas. En este caso, parece procedente del latín GAVĬA ‘gaviota’, que debió perder la g- por influjo de ave, como explica Menéndez Pidal, por más que Corominas y Pascual vean dificultades para el paso de la denominación de una ave a la otra, pues no son parecidas. Sebastián de Covarrubias (1611) recogió esta denominación, proponiendo otra procedencia nada verosímil: «avión, pájaro conocido, que por otro nombre se llama vencejo, y arrijaque en arábigo. Díjose avión, de aviar, por ‘andar vía’; anda de ordinario en el aire y no se sienta en el suelo por tener los pies muy cortos. Es avecica peregrina, que viene a estas tierras los veranos y vuelve a invernar a otras calientes».

azafata Es una palabra que había caído en desuso y que el vocabulario español de la aviación ha relanzado. Designaba, según la acepción que todavía hoy recoge el diccionario académico, a la ‘criada de la reina, a quien servía los vestidos y alhajas que se había de poner y los recogía cuando se los quitaba’ para lo que utilizaba una bandeja llamada azafate, voz de la que procede la que nos interesa ahora, derivada del árabe hispánico *assafáṭ, que a su vez viene del árabe clásico safaṭ ‘cesta de hojas de palma, enser donde las mujeres ponen sus perfumes y otros objetos’. Cuando se reintrodujo en español para la mujer encargada de atender a los pasajeros a bordo de los aviones se quería dar a entender que el trato a los pasajeros era regio. Después se ha aplicado a las que atienden a los pasajeros de otros medios de transporte, incluso en otros servicios que no son el vuelo, de donde ha pasado a nombrar la que, contratada para la ocasión, proporciona informaciones y ayuda a quienes participan en asambleas, congresos, etc. Y como los hombres han accedido a esos puestos de trabajo, se ha creado un masculino azafato, ya admitido en el repertorio de la Academia.

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