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Manuel Alvar Ezquerra Lo que callan las palabras
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Manuel Alvar Ezquerra Lo que callan las palabras

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acera Para rastrear el origen de la palabra acera en el diccionario de la Real Academia Española hace falta un tanto de paciencia, pues desde esa voz remite a hacera, de esta a facera, y de esta otra a facero, donde nos dice que procede del latín *FACIARĬUS, derivado de FACĬES ‘cara’. ¿Cuál es el camino que lleva de un lado a otro? El antiguo facera significó ‘fachada’ (la cara de las casas), después ‘cada una de las filas de casas que hay a los dos lados de una calle o a los cuatro de una plaza’ y finalmente ‘la orilla de la calle junto a estas filas de casas’.

aciago, -ga El adjetivo aciago tiene el sentido de ‘infausto, infeliz, desgraciado, de mal agüero’, si seguimos la definición del diccionario académico. Procede del latín aegyptiacus ‘egipcio’, en la construcción aegyptiacus dies que en la Edad Media se utilizaba para referirse a ciertos días del año que se consideraban infaustos o peligrosos, en recuerdo de los astrólogos egipcios. Sebastián de Covarrubias (1611) dijo: «aciago, día infeliz, desgraciado, prodigioso y de mal agüero, el cual tomaron de los malos sucesos que en tales días les han sucedido así a las repúblicas como a los particulares. Los romanos tenían por día aciago el día que fueron vencidos en la batalla de Cannas y otros que hace mención Aulo Gelio [...]. Por manera que estos días llamaron atros, negros, infelices, luctuosos. Y de allí (según algunos), corrompiendo el vocablo en la lengua castellana, derivada de la romana, dijeron días astriagos y, en mayor corrupción, aciagos. Otros quieren que esté corrompido este nombre días aciagos de días egiciagos, porque los egipcios tuvieron por desdichados días aquellos en que recibieron las plagas del Señor, que ellos llamaban Dios de los hebreos, y en particular aquel en que Faraón, con todo su ejército, fue absorto y anegado en el mar Bermejo, y esto afirman algunos rabinos. Los árabes dicen traer su origen de la palabra azar, que vale (como tenemos dicho) mala suerte y desgracia, y de días azariagos se hubiesen dicho aciagos [...]».

adefesio La palabra adefesio se emplea en nuestra lengua con una cierta frecuencia, especialmente en la frase estar o ir hecho un adefesio. El diccionario académico pone para la voz tres acepciones diferentes, las tres de carácter coloquial: ‘despropósito, disparate, extravagancia’, ‘traje, prenda de vestir o adorno ridículo y extravagante’ y ‘persona o cosa ridícula, extravagante o muy fea’. La propia institución explica el origen del término, que procede del latín AD EPHESĬOS, a los efesios, título de una de las epístolas de San Pablo, donde narra las penalidades (entre ellas el cautiverio, y el riesgo que corrió su vida a manos de exaltados azuzados por los comerciantes) que pasó el santo en Éfeso, ciudad de Asia Menor, en la actual Turquía, durante su predicación (años 54-56), sin haber conseguido muchas conversiones a la fe, entre otras cosas por el influjo que ejercía el conocido templo de Diana que había de Éfeso. La expresión AD EPHESĬOS pasó a ser una locución adverbial con el valor de ‘en balde’, ‘fuera de propósito, disparatadamente’. Por alusión, se aplicó a quienes pasaban por situaciones similares o mostraban señales de haberlas padecido. Cuenta Sebastián de Covarrubias (1611): «adefesios, mucho tiempo me dio cuidado el averiguar qué fundamento pudo tener un proverbio común cuando uno dice alguna cosa que no cuadra ni viene a propósito, y no hallo otro fuera del que diré. Hubo entre los efesios un varón consumado en virtud, letras y valor de ánimo, llamado Hermodoro [...]. Pues como se persuadieron a que Hermodoro quería tiranizar la república, no embargante que él pretendiese desengañarlos y darles a entender la verdad, jamás le dieron oídos. Y todo cuanto él y algún otro bien intencionado les dezía, o no lo querían oír o les parecía disparate y fuera de propósito. De donde nació el proverbio hablar ad efesios, cuando en opinión de los que oyen alguna razón o excusa no la admiten y les parece que no viene a propósito porque no les cuadra [...]». La historia narrada parece no corresponder a la verdad del origen de la expresión, como tampoco la tiene la de aquel sacerdote que debiendo leer una de las epístolas a los corintios de San Pablo tomó equivocadamente la dirigida a los efesios, con las correspondientes críticas, quedando la expresión ad efesios para señalar disparates como el cometido por dicho sacerdote.

afeitar La primera acepción de la voz afeitar en el diccionario académico es ‘raer con navaja, cuchilla o máquina la barba o el bigote, y, por ext., el pelo de cualquier parte del cuerpo’. Procede del latín AFFECTARE ‘poner demasiado cuidado, estudio y arte’, ‘arreglar’, frecuentativo de AFFICĔRE ‘causar’, derivado de FACĔRE ‘hacer’. Originariamente significó ‘adornar, hermosear, arreglar’, de donde partió el derivado afeite ‘cosmético’. A este propósito cabe señalar que los romanos se rasuraban la barba, mientras que los bárbaros se la dejaban crecer, siendo señal de distinción durante la Edad Media. A causa de ello, constituía una de las mayores afrentas que alguien podía recibir que le mesaran las barbas, por lo que resultaba conveniente recogérselas ante el enemigo o el contrario para evitar la afrenta. Sebastián de Covarrubias (1611) escribió: «afeite, el aderezo que se pone a alguna cosa para que parezca bien y particularmente el que las mujeres se ponen en la cara, manos y pechos para parecer blancas y rojas, aunque sean negras y descoloridas, desmintiendo a la naturaleza y queriendo salir con lo imposible se pretenden mudar el pellejo [...]. Afeitar se toma muchas veces por quitarse los hombres el cabello. Y propiamente se afeitan aquellos que con gran curiosidad e importunidad van señalando al barbero este y el otro pelo, que a su parecer no está igual con los demás. En especial si pretende remozarse y desechar canas. Aféitanse las mulas cuando les hacen las crines. Aféitanse los jardines cuando los igualan las espalderas y las guarniciones de los cuadros en los jardines. Púdose decir afeite y afeitar, del verbo affectar, por el mucho cuidado que se pone en querer parecer bien, o de la palabra portuguesa feito, porque no es natural sino hecho y contrahecho, o de ficto por ser color fingido, y puede ser del verbo factitare, frecuentativo del verbo facio, por la mucha frecuencia y cuidado que las mujeres tienen de afeitarse [...]».

afeite Véase afeitar.

ágata Es el nombre de una piedra preciosa, cuarzo lapídeo, duro, translúcido y con franjas o capas de uno u otro color, cuyo nombre se debe al río ACHATES, y este del griego Akhates, en el suroeste de Sicilia. Sebastián de Covarrubias (1611) explicó: «ágata, latine imo; graece Akhates, Achates. Es una piedra preciosa distinta de unas venecicas de varias colores, que con ellas forma diversidad de figuras. Dicen haberse hallado las primeras en un río de Sicilia dicho Achate, de donde tomó el nombre. Después se hallaron en la India y en la Frigia [...]».

agencia Una agencia es una ‘empresa destinada a gestionar asuntos ajenos o a prestar determinados servicios’, la ‘sucursal o delegación subordinada de una empresa’, y otras acepciones que tienen que ver con esas que pone el diccionario académico, en el que se hace constar su origen, el latín AGENTĬA, voz derivada de AGENS, -ENTIS ‘el que hace’, participio de presente del verbo AGERE ‘hacer’. Esto es, la agencia o el agente son los que hacen las cosas para otros. La voz comienza a figurar en los diccionarios en el siglo XVIII, aunque su uso, como es lógico, es anterior, poniendo Corominas y Pascual la fecha de 1609. Agente, sin embargo, es anterior, dando estos autores la fecha de hacia 1560, aunque en la lexicografía no aparece hasta que recoge la voz Bartolomé Bravo en 1601.

agenda La palabra agenda significa, en la primera acepción de la palabra del diccionario académico, ‘libro o cuaderno en que se apunta, para no olvidarlo, aquello que se ha de hacer’, de la que surgió la otra que se emplea, ‘relación de los temas que han de tratarse en una junta o de las actividades sucesivas que han de ejecutarse’. La palabra es de reciente introducción en la lengua, pues no aparece en el DRAE hasta la duodécima edición (1884). Seguramente fue tomada del francés, también agenda, aunque del género masculino, un agenda. Sea así, sea procedente directamente del latín, su origen es AGENDA, neutro del gerundio del verbo AGERE ‘hacer’, y que no significaría otra cosa sino ‘aquello que hay que hacer’. Por tanto, la agenda es la relación de las cosas que se han de hacer, así como el lugar en que se anota.

agente Véase agencia.

agostar Véase agosto.

agosto El nombre del octavo mes del año procede del nombre de CAIUS IULIUS CAESAR AUGUSTUS, esto es, César Augusto, o, simplemente, Augusto (63 a. C. – 14 d. C.). En el calendario romano recibía la denominación de SEXTILIS, por ser el sexto entre los que lo configuraban, hasta que aparecieron enero y febrero en la reforma hecha por Julio César (100 a. C. – 44 a. C.) en el calendario juliano. Augusto le cambió el nombre al mes en su propio honor, como pocos años antes había hecho César con el mes precedente para honrar a su familia, la Julia. Sebastián de Covarrubias (1611) demuestra ser conocedor de esos hechos cuando dice: «agosto, uno de los meses del año que, habiéndose llamado sextil en tiempo de Octavio César, tomó nombre de Augusto en memoria del dicho emperador, a quien dieron este renombre primeramente, y después de él a los demás emperadores hasta hoy día [...]. Regularmente, en el mes de agosto coge el labrador el trabajo de todo el año, e hinche sus trojes de trigo y cebada y de las demás semillas. Y de aquí, por alusión, decimos al que ha recogido mucha hacienda, mal o bien, que ha hecho su agosto. Proverbio: Agosto y vendimia no es cada día, y sí cada año, unos con ganancia y otros con daño. Y porque va el Sol va bajando del solsticio y refresca las noches, hay otro proverbio que pertenece a los muy delicados para que se arropen: Agosto, frío en rostro [...]». De agosto se deriva agostar, que en la primera acepción del diccionario académico es ‘dicho del excesivo calor: secar o abrasar las plantas’, pues agosto es un mes muy caluroso y seco.

aguinaldo El aguinaldo es, entre otras cosas, el ‘regalo que se da en Navidad o en la fiesta de la Epifanía’ o el ‘regalo que se da en alguna otra fiesta u ocasión’. Se trata de una voz en la que hay una metátesis, un cambio de sonidos, a partir del antiguo aguilando, cuyo origen no está claro, aunque la Academia, como Corominas y Pascual, apunta a que quizá proceda de la expresión latina HOC IN ANNO, que vale ‘en este año’, expresión que se utilizaba en las canciones populares de Año Nuevo. Sebastián de Covarrubias (1611) escribió: «aguinaldo, es lo que se presenta de cosas de comer o vestir por la fiesta de Pascua de Navidad. Este presente llamaron los latinos xenium, munus hospitibus dari solitum. Pues de esta palabra, mudando la x en g, se dijo genialdo y añadiéndole el artículo, agenialdo, y corrompido del todo, aguinaldo. Otros quieren se haya dicho del nombre genius hospitalitatis, voluptatis et naturae Deus, y de allí se tomó aquella frases indulgere genio, comer y beber y holgarse. Casi en el mismo tiempo que nosotros usamos los aguinaldos, tenían los gentiles sus días geniales, que eran por el mes de diciembre, cuando unos a otros se enviaban presentes y regalos de algunas cosas de comer y pertenecientes a la mesa […]. Pero en el Concilio Altisiodorense se manda que no se den los aguinaldos diabólicos en el día de Año Nuevo, que se usaban en la gentilidad a título de geniales [...]. Más a propósito parece ser otra etimología tomada del verbo griego guinomai, nascor, y de ginome, gininaldo, agimnaldo, y finalmente, aguinaldo, por darse el día del natal y en el principio del año [...]».

ahorrar No parece que haya muchos hablantes de nuestra lengua que no sepan lo que significa la palabra ahorrar, al menos en sus sentidos más comunes, claro está. Si miramos el diccionario académico veremos una acepción que califica de poco usada y que define como ‘dar libertad al esclavo o prisionero’, ante lo cual cabe que nos preguntemos ¿qué tiene que ver liberar a un esclavo con guardar dinero? Si miramos la etimología de la voz, sabremos que procede de horro, ‘dicho de una persona: que, habiendo sido esclava, alcanza la libertad’, del árabe hispánico ḥúrr, a su vez del clásico ḥurr ‘libre’, que explica esa acepción poco usada que pone la Academia. Del sentido de liberar a un esclavo surgió otro, ‘liberar de una carga cualquiera’, a partir del cual se generó uno más general de ‘liberar de una carga, obligación, etc.’, antes de llegar a un valor más absoluto de ‘dejar libre’, que, aplicado a la economía, se refiere a las cantidades que quedan libres, que se ahorran. Sebastián de Covarrubias (1611) dio cuenta de parte de esta evolución: «ahorrar, quitar de la comida y del gasto ordinario, libertándolo de que no sirva; pero haciendo a veces cautivo al que lo ahorra, si defrauda a su genio de lo necesario. No ahorrarse con nadie, ser solo para sí. Ahorrar, dar libertad al esclavo, vide horro». Y en horro pone: «horro, el que habiendo sido esclavo alcanzó libertad de su señor […]. Algunos quieren que horro sea forro y se haya dicho a foro por la libertad que adquiere de poder parecer en juicio, pero dicen ser arábigo […]. Ahorrar, sacar del gasto ordinario alguna cosa y guardarla. Ahorro, la ganancia y provecho de lo que habiéndose de gastar, se escusa. Ahorrado, el que lleva poca ropa por que va más suelto y libre».

ajedrez El juego del ajedrez es conocido desde antiguo, habiéndole consagrado una de sus obras Alfonso X El Sabio (1221-1284), el Libro del ajedrez, dados y tablas. Lo introdujeron los árabes, quienes lo conocieron en Persia. Nuestra Academia define, y explica, el ajedrez como ‘juego entre dos personas, cada una de las cuales dispone de 16 piezas movibles que se colocan sobre un tablero dividido en 64 escaques. Estas piezas son un rey, una reina, dos alfiles, dos caballos, dos roques o torres y ocho peones; las de un jugador se distinguen por su color de las del otro, y no marchan de igual modo las de diferente clase. Gana quien da jaque mate al adversario’. La palabra ajedrez procede del árabe hispánico aššaṭranǧ o aššiṭranǧ, del árabe clásico šiṭranǧ, que a su vez viene del pelvi čatrang, y este del sánscrito čaturaṅga ‘de cuatro miembros’, como alusión a las cuatro armas del ejército: infantería, caballería, elefantes y carros de combate, representados en el juego. Por otro lado, la primera versión del ajedrez, del norte de la India, se jugaba entre cuatro jugadores, no entre dos como es lo habitual. Sebastián de Covarrubias (1611) le dedicó un largo artículo: «ajedrez, es un juego muy usado en todas las naciones, y refiere Polidoro Virgilio, […] que el juego del ajedrez se inventó cerca de los años de mil y seiscientos y treinta y cinco de la creación del mundo, por un sapientísimo varón dicho Xerses, el cual, queriendo por este camino enfrenar con algún temor la crueldad de cierto príncipe tirano y advertirle con esta nueva invención, le enseñó por ella que la majestad, sin fuerzas y sin ayuda y favor de los hombres, vale poco y es mal segura, porque en este juego se hacía demostración que el rey podía ser fácilmente oprimido si no anduviese cuidadoso de sí y fuese de los suyos defendido, como se ve en el entablamiento de las piezas y en el movimiento y uso de ellas. Porque a las esquinas se ponen los roques, que son los castillos roqueros; junto a ellos estaban los arfiles, corrompido del alfiles, que vale tanto fil como elefante, porque peleaban con ellos, como es notorio, y nota que marfil vale tanto en arábigo como diente o cuerno de elefante. Tras ellos los caballos, figurando en estos la caballería. La reina, el consejo de guerra, la prudencia, y estos llevan en medio al rey. Delante, en la vanguardia, van los peones, que es la infantería, los escaques son las castramentaciones y el lugar que cada uno debe guardar. Dijéronse escaques, ab scandendo, porque se va por ellos subiendo a encontrar con el enemigo, y todos ellos en común, trebejos, de trebejar, que es cutir y herirse unos con otros, de donde se dijo día de trabajo y día de cutio […]». Para la explicación del alfil que da Covarrubias, véase el origen de la voz en su artículo. Véase también escaquearse.

albaricoque El albaricoque es una fruta conocida, aunque los nombres que recibe a veces se mezclan con los del melocotón, por más que sean dos frutas fáciles de distinguir. Dice la Academia que la palabra albaricoque procede del árabe hispánico albarqúq, a su vez del árabe clásico burqūq, tomado del griego berikokkon. Corominas y Pascual no coinciden plenamente con esa propuesta, pues dicen habernos llegado del árabe birqûq, birqûq, quizás a partir del griego praikokion, tomado a su vez del latín PERSICA PRAECOCIA, que significaba ‘melocotones precoces’. Sebastián de Covarrubias (1611) no tenía clara la etimología cuando escribe: «albarquoque, vuelve Antonio Nebrija persicum praecoquum; otros malum armeniacum; y porque también los llaman los griegos berikhokkia, quieren algunos que, añadido el artículo arábigo, se hayan dicho al-berikhokkia, albericoques. Presupuesto esto, parece que el toscano se inclina a esta etimología, pues le llama bericoco. Otros dicen está corrompido el vocablo de albecorque, que reducido a la lengua hebrea viene de becor, primogenitus, por ser la primera fruta que madura de todas las de cuesco».

albérchigo El albérchigo es una de las variedades de melocotón, aunque también es uno de los nombres que recibe el albaricoque en muchas zonas de la Península. La palabra nos viene, de acuerdo con la etimología propuesta por Corominas y Pascual, de una forma mozárabe procedente del latín PERSĬCUM ‘melocotón’, de la denominación MALUM PERSĬCUM, esto es, la fruta de Persia. La Academia discrepa algo en el origen, y piensa que nos ha llegado desde el árabe hablado en la Península *albéršiq, tomado del griego persikón, que significa también ‘de Persia’. Sea como fuere, no hay duda de que la denominación se debe a que era una fruta procedente de Persia. Fr. Diego de Guadix (1593) explicó a su manera el origen de la voz: «albérchigo llaman en España a cierta suerte o natío de durazno. Este nombre viene por todas las revueltas y corrupciones que diré. Consta de al, que en arábigo significa ‘el’, y de bérxico, que es una corrupción que lenguas de árabes hizieron en este nombre pérsico, de suerte que todo junto, albérxico, significará ‘el pérsico’. Y los españoles, andándonos a caza de más fácil pronunciación, hemos mudado la x en che, y envidando sobre la corrupción de los árabes hemos hecho esta corrupción albérchigo. Y en la parte de España a que llaman Extremadura hacen otro envite con otra más disforme corrupción, porque dicen prégigo. En la ciudad de Sevilla y su comarca han hecho otra corrupción más donosa, que es mudarle el género de masculino en femenino, llamándolo albérchiga [...]». Menos fino anduvo Sebastián de Covarrubias (1611) cuando lo confunde con el albaricoque, aunque no se extiende en muchas explicaciones: «albérchigo, especie de albarcoque, cuasi albérkiko, o, como otros dicen, alpérsico. Son como duraznicos pequeños y de carne muy delicada, y tienen el hueso de dentro crespo, que no se despide de la carne. Especie de albarcoque, albérkiko».

albóndiga Pese a que se trata de un alimento harto conocido entre nosotros, no quiero dejar de copiar la única definición del diccionario académico, que dice así: ‘cada una de las bolas que se hacen de carne o pescado picado menudamente y trabado con ralladuras de pan, huevos batidos y especias, y que se comen guisadas o fritas’. Dejo la preparación culinaria al gusto de cada cual, aunque no se apartará mucho del enunciado de la Academia. Si traigo aquí la palabra es por su origen. Ese al- inicial nos advierte de que puede tratarse de uno de tantos arabismos de nuestra lengua, como así es, pues procede del árabe hispánico albúnduqa, que, por su parte, viene del árabe clásico bunduqah ‘bola’. La palabra llegó a esta lengua desde el griego, [káryon] pontikón ‘[nuez] póntica’. Quiere ello decir que se comparaba la albóndiga a la avellana, la nux pontica (véase la entrada avellana), por su forma redondeada, el tamaño que debían tener, y el color. Sebastián de Covarrubias (1611) recogió la voz corroborando lo dicho: «albóndiga, el nombre y el guisado es muy conocido. Es carne picada y sazonada con especies, hecha en forma de nueces o bodoques. Del nombre bunduqun, que en arábigo vale tanto como avellana, por la semejanza que tiene en ser redonda. Y bunduqun propiamente significa la ciudad de Venecia, de donde llevaron las posturas de los avellanos o su fruta, y por eso le pusieron el nombre de la tierra de donde se llevó, como es ordinario, pues decimos damascenas, çaragocíes, a las ciruelas de Damasco y Zaragoza. Bergamotas y pintas, a las peras de Bérgamo y Pinto, etc. Esta interpretación es de Diego de Urrea. El padre Guadix dice que albóndiga es vocablo corrompido de albidaca, que vale ‘carne picada y mezclada con otra’, el diminutivo de albóndiga es albondiguilla. Juan López de Velasco dice viene del nombre bonduq, que en arábigo vale cosa redonda».

Además de la forma albóndiga, en la lengua hay una almóndiga, frecuentemente tenida por vulgar, pero que en el DRAE aparece sin marca de uso ninguna.

albur La palabra albur no es de mucho uso en la lengua, y no suele encontrarse fuera de la expresión dejar al albur, y construcciones similares, en que se hace referencia a que algún asunto se deja al azar. El diccionario de la Academia registra como primera acepción la de un pez, que define remitiendo a mújol. De acuerdo con la explicación académica, el término procede del árabe hispánico albúri, que parte del árabe clásico būrī, y este del egipcio br, y hace referencia al copto bōre. Corominas y Pascual dicen que el nombre árabe es un derivado de la ciudad egipcia de Bura. ¿Y cómo se pasa de nombrar un pescado al azar? Explican estos autores que existe un juego de naipes llamado albur, de origen indio, en el que el banquero sacaba una carta (la Academia dice que dos) y que podía hacer ganar a este o al jugador. El nombre le vino por comparación con el pescado que saca el pescador del agua. A partir de ahí vino a designar la contingencia, el azar. Sebastián de Covarrubias (1611) explicó de una manera muy descriptiva lo designado: «albur, pez muy regalado. Latine mugil, is, et mugilis, que por tener gran cabeza los griegos le llamaron kephalon. Es entre los peces escamosos el más ligero y se arroja en alto en forma que, aun trayéndole en la red, suele saltar por encima y dejar burlados los pescadores, según refiere Eliano [...]. Cuenta de él Plinio [...] que si tiene escondida la cabeza en el arena o entre peñas, piensa que está todo escondido y seguro, como hacen algunas aves bobas. Francisco López Tamarid pone este nombre albur entre los arábigos». A partir de esas vivas imágenes es fácil explicarse cómo pasó al lance del juego de cartas.

alfil El alfil es una ‘pieza grande del juego del ajedrez, que camina diagonalmente de una en otra casilla o recorriendo de una vez todas las que halla libres’, como vemos en la definición del diccionario académico. Con los alfiles se representa en el juego una de las cuatro armas del ejército indio, los elefantes (véase en el artículo ajedrez). La palabra procede del árabe hispánico alfíl, del clásico fīl, que a su vez viene del pelvi pīl ‘elefante’. De él escribe Sebastián de Covarrubias (1611): «arfil, una de las piezas de ajedrez que corre los escaques por los lados o esquinas. El padre Guadix dice que vale tanto como caballo ligero, firiz vale caballero, y, contraído, firz, con el artículo alfirz, y corrompido, alfir y arfil. Diego de Urrea dice que en su terminación arábiga se dice filum, del verbo feyete, que vale agorar, y así arfil será lo mismo que buen agüero. Otros quieren ser griego, dicho archil o arxil, de arkhos, princeps, porque después del rey y la reina, que llaman dama, tiene el principado. Gaspar Salcedo, en sus alusiones sobre S. Math.: arfiles, cuasi arciferentes, idest, arqueros».

alheña Véase henna.

almohada La almohada es un objeto de uso cotidiano, si bien la palabra que empleamos para nombrarlo es de introducción tardía en la lengua, en el siglo XIV, para sustituir, probablemente, a la patrimonial haceruelo, derivada de haz ‘cara’. Lo curioso es que almohada también está relacionada con la cara, pues la voz procede del árabe hispánico y magrebí almuẖádda ‘almohada’, que en árabe clásico es miẖaddah, a su vez derivado de ẖadd ‘mejilla’. Así, pues, la almohada es el objeto para que posemos sobre él la mejilla. Sebastián de Covarrubias (1611) discutió el origen de la voz para hacerla proceder del hebreo: «almohada, dice Diego de Urrea que en su terminación arábiga se dice mehaddetum, del nombre haddum, que significa ‘mejilla’. Y por ser nombre local, almohada tiene la letra m, o la partícula mo, que significa ‘lugar, cosa sobre que está otra’, y así, almohaddetum corrompido, decimos almohada. Sin embargo de esto, digo que puede ser nombre hebreo, del verbo mahad, que significa declinare, reclinare, y sobre el almohada declinamos la cabeza. En latín la llamamos cervical, a cervice, porque reposa sobre ella la cerviz y la cabeza; y por otro nombre pulvinar, a plumis quibus farciebatur [por las plumas con que se rellenaba] […]. Almohadas llaman ciertas piedras de sillería que en cuadros salen y resaltan de la obra. Y una carnosidad que se hace a las mulas en los lados de los sillares se dicen almohadillas, por estar levantadas; y almohadillas sobre que las mujeres cosen y labran».

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