Книга Lo que callan las palabras читать онлайн бесплатно, автор Manuel Alvar Ezquerra – Fictionbook, cтраница 3
Manuel Alvar Ezquerra Lo que callan las palabras
Lo que callan las palabras
Lo que callan las palabras

5

  • 0
Поделиться
  • Рейтинг Литрес:5

Полная версия:

Manuel Alvar Ezquerra Lo que callan las palabras

  • + Увеличить шрифт
  • - Уменьшить шрифт

almóndiga Véase albóndiga.

altar Un altar es ‘en el culto cristiano, especie de mesa consagrada donde el sacerdote celebra el sacrificio de la misa’, y, en general, el ‘montículo, piedra o construcción elevada donde se celebran ritos religiosos como sacrificios, ofrendas, etc.’ de acuerdo con la tercera y primera acepción del diccionario académico. Si copio las dos definiciones es para explicar el origen de la voz, que procede del latín ALTARE, donde significa lo mismo. Ese ALTARE es un derivado de ALTUS ‘alto’, porque los altares, en todas las religiones, se ponen en lugares altos, como nos hace ver la Academia en la segunda acepción de las copiadas. Sebastián de Covarrubias (1611), no olvidemos su condición religiosa, escribió: «altar, el lugar donde se ofrece a Dios el sacrificio, levantado sobre la tierra, cuasi alta ara. Latine altare, is; ara, rae. Cerca de los gentiles había tres maneras de altares: unos eran altos, en los cuales sacrificaban a los dioses celestiales; otros en la superficie de la tierra, a los terrestres; y los terceros eran hondos, a manera de hoyas, cavados debajo de la tierra, donde sacrificaban a los dioses infernales. El levantado en alto se llama propiamente altar, y los otros con él se llaman aras […]».

alto, -ta Para darnos cuenta de la polisemia del adjetivo alto basta con echar un vistazo al diccionario académico, y leer las 43 acepciones que aparecen (entre las del adjetivo y las del sustantivo), más las 11 expresiones, frases y locuciones que siguen, algunas de ellas con varios sentidos. El origen de la voz está claro, ya que procede del adjetivo latino ALTUS ‘alto’. Lo curioso es que este ALTUS es, a su vez, el participio de pasado del verbo ALĔRE, ALTUM, que significa ‘nutrir, alimentar, criar’. En el paso de los valores del participio a los del adjetivo estuvo presente esa idea de criar o alimentar, con lo que alto llegó a ser lo que se acrecentaba o se indicaba la posición, no solamente hacia arriba o en posición elevada, sino también hacia abajo o en posición inferior, de modo que es alto no solamente el ‘de gran estatura’ o ‘que está a gran altitud’, sino también lo que tiene una gran profundidad, como el curso de un río, o el agua del mar, claro que aquí es alto con respecto a la base, no con respecto a los que se encuentran en la superficie, como también puede llegar a referirse a lo alejado, como alta mar. En definitiva, no solamente es alto lo elevado, sino también lo que posee una magnitud grande, o una categoría o posición superior, como la alta tensión, la temporada alta, las altas temperaturas, o un alto comisionado y las clases altas.

Hay otro alto, el que significa ‘detención o parada en la marcha o cualquier otra actividad’, también empleado como interjección, y que no tiene nada que ver con lo anterior, pues procede del alemán Halt ‘parada, detención’, derivado del verbo halten ‘parar, detener’.

Sebastián de Covarrubias (1611) entremezcló las dos palabras, puntualizando con acierto algunas cuestiones: «alto, el lugar levantado, como monte, peñasco, torre y lo demás que tiene en sí altura. Transfiérese al ánimo, y significa cosa escondida, profunda, como alto misterio, alto pensamiento. Fuésele o pasósele por alto, al que no entendió una cosa que importaba, tomada la metáfora del juego de la pelota, cuando pasa por alto, que no la alcanza a volver el que la esperaba. Hacer alto es hacer parada en algún lugar; es término castrense, porque cuando el asta donde va el estandarte, guion o bandera se levanta y se fija en tierra, quedando alta para todo el ejército. Algunas veces tiene significación de imperativo, como alto de aí, andad de aí, porque los que están echados o sentados, para irse, se han primero de alzar y levantar de la tierra o del lugar donde están sentados. Alto significa algunas veces lugar, como lo alto de la casa o ‘lo que se levanta del suelo’. Proverbio: come poco y cena más, duerme en alto y vivirás. Alto se toma muchas veces por ‘profundo’, como en alta mar; otras veces se toma por el cielo, como El de lo alto, el Dios de las alturas. Altibajo, el golpe que se da con la espada derecho, que ni es tajo ni revés, sino derecho, de alto abajo. La casa decimos tener tantos altos por tantos suelos. Brocado de tres altos, porque tiene tres órdenes el fondón, la labor, y sobre ella el escarchado, como anillejos pequeños. Alto es la voz en la música que media entre el tiple y el tenor».

altozano El diccionario de la Academia da cuenta de dos acepciones para la palabra altozano. La primera es la que se emplea habitualmente: ‘cerro o monte de poca altura en terreno llano’. La segunda es propia de América: ‘atrio de una iglesia’. ¿Qué relación puede haber entre ellas dos? Si miramos su origen encontraremos una explicación. La forma antigua era anteuzano, un compuesto de ante- ‘delante’, uzo ‘puerta’, procedente del latín OSTIUM, que también significaba ‘puerta’, y un sufijo derivativo -ano. Es decir, venía a significar ‘que está delante de la puerta’, lo que aplicado a las iglesias es el ‘atrio’, con lo que la segunda de las acepciones parece clara, como claro parece que llegó a América desde el español peninsular. La otra acepción procede de esta, y queda manifiesta en la exposición de Corominas y Pascual: «Como solo tenían antuzano las iglesias, castillos y casas grandes, que por lo general se construían en lugares dominantes [...], pronto se identificó la palabra con el concepto de lugar alto (ya en Mariana) y se convirtió antuzano en altozano [...]». Cuando Sebastián de Covarrubias escribe su Tesoro (1611) este valor está plenamente consolidado, y no hay rastro del otro: «altozano, el montecillo que toma poca tierra y es alto. Los moriscos de Valencia llaman tozal la cumbre o parte alta de la montaña. Otros quieren que sea altozano el montecillo que no lleva gruesas carrascas, que llaman monte bajo, y se acostumbra rozarle muy de ordinario».

alumno, -na Quienes nos dedicamos a la enseñanza tenemos alumnos, sin los cuales no podríamos llevar a cabo nuestra profesión. Esta voz, en la primera acepción del repertorio académico es el ‘discípulo, respecto de su maestro, de la materia que está aprendiendo o de la escuela, colegio o universidad donde estudia’, que es como todos entendemos la palabra. Sin embargo, la segunda nos llama la atención, pues dice ser la ‘persona criada o educada desde su niñez por alguno, respecto de este’. ¿Cómo que criada o educada?, ¿de dónde sale este sentido? La explicación nos la da la propia historia de la palabra, que procede de la latina ALUMNUS ‘alumno’, pero también ‘niño, pupilo, persona criada por otra’, pues se trata de un derivado del verbo ALĔRE ‘nutrir, alimentar, criar’, ya que, figuradamente, la función del profesor es la de alimentar a los alumnos con sus saberes. Sebastián de Covarrubias no recogió la voz en el Tesoro (1611), aunque sí la apuntó en el Suplemento que dejó manuscrito: «alumno, alumnus, el que es criado y sustentado por otro, como el hijo, el criado, el paniaguado. Del verbo alo, is, por sustentar; no es muy usado en castellano».

americana Define el diccionario de la Real Academia Española el sustantivo americana como ‘chaqueta de tela, con solapas y botones, que llega por debajo de la cadera’. La palabra tiene, sin duda, relación con América. Pero ¿por qué? Como sucede con muchas de las prendas de vestir, su historia es algo larga y está relacionada con su evolución. La chaqueta ha ido cambiando para tomar su forma moderna en Inglaterra, de donde pasó a América del norte, adquiriendo allí su configuración actual (con las alteraciones propias introducidas por los cambios de la moda). La prenda volvió a cruzar el Atlántico para llegar a España en el siglo XIX como la chaqueta americana, o simplemente americana. Por la forma que tenía, también fue conocida como chaqueta de saco, designación que se ha mantenido en las Islas Canarias y en América, aunque solo como saco. Véase también el artículo chaqueta.

amilanar En la primera acepción del diccionario académico, amilanar significa ‘intimidar o amedrentar’. Se trata de una formación parasintética a partir de milano, el ave rapaz. La voz se explica por el pánico que provocan las aves de rapiña entre sus presas, que se acobardan y tienden a ocultarse, de donde pasó a aplicarse también a las personas (véase lo expuesto en el artículo azorar). Lo explicó Sebastián de Covarrubias (1611): «amilanarse, vale lo mismo que acobardarse y encogerse, como hacen algunas avecillas del milano. O se dijo del mismo, que cuando el águila u otra ave de rapiña cae a él, se acobarda, no embargante que suele volverse a él con pico y garras, que a veces hiere al halcón, sin que él reciba daño. Amilanado, el cobarde y amedrentado». El primer diccionario de nuestra lengua en recoger la voz es muy poco anterior, el de Alonso Sánchez de la Ballesta (1587).

amoniaco o amoníaco El amoniaco tiene su nombre a partir del latín AMMONIĂCUM, voz que procede del griego ammoniakón, que se deriva de Ammón, importante dios de los egipcios. Así es porque se obtenía de la sal recogida cerca del templo de Ammón en Libia. Cuenta Andrés Laguna en sus comentarios del Dioscórides (1555) que «llámase ammoniaco aquesta goma por dos respectos, conviene a saber, porque destila de su planta sobre la arena, commúnmente llamada ammos en griego, y porque se trae de aquella parte de Libia a donde estaba antiguamente el templo de Ammón […]». De esas palabras parece que se hizo eco Sebastián de Covarrubias (1611) cuando escribe: «armoniaco es una especie de goma que nace de un arbusto o férula, que nace junto a Cyrene de África […]. Es bueno para perfumes y tiene suave olor; corrompimos el vocablo, que en griego es ammoniakon, y díjose así o porque la planta donde se cría la destila sobre el arena, dicha en griego ammos, o porque se trae de aquella parte de África, adonde hubo aquel célebre templo de Ammón […]».

análisis Quien más y quien menos ha tenido que realizarse a lo largo de su vida algún análisis, que, en este sentido, define el diccionario académico como ‘examen cualitativo y cuantitativo de ciertos componentes o sustancias del organismo según métodos especializados, con un fin diagnóstico’, y, de un modo más general, como ‘distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos’. La voz procede del griego análysis ‘liberación, disolución’, compuesto de aná ‘según’ y lysis ‘acción de soltar, separación, disolución’, esto es, aquello que se realiza, o a lo que se llega, mediante la separación de sus elementos componentes. La voz no aparece en nuestros diccionarios anteriores a la fundación de la Academia, salvo en el hispano-inglés contenido en el multilingüe de John Minsheu (1617). Más moderno es otro compuesto, diálisis, con el mismo sustantivo lysis y diá ‘a través de, separadamente’, que el DRAE califica como tecnicismo de la física y de la química con el valor de ‘proceso de difusión selectiva a través de una membrana, que se utiliza para la separación de moléculas de diferente tamaño’.

anarquía La anarquía es la ‘ausencia de poder público’ según define el diccionario de la Academia la primera acepción, de la que nace la siguiente ‘desconcierto, incoherencia, barullo’, mientras que la tercera es ‘anarquismo (doctrina política)’, y no hay ninguna más. Es una palabra tomada del griego anarchía, con el mismo valor, que se deriva de anarchos, compuesta de an ‘sin’ y archós ‘guía, jefe, el más poderoso’, esta última procedente de archein ‘mandar, reinar’. En definitiva, la forma griega ya venía a significar ‘sin jefe, sin gobernante’. A partir de anarquía se han formado otras palabras como anarquista, anarquismo o anárquico.

andamio Véase andén.

andén Los andenes de las estaciones de ferrocarriles, de los muelles de los puertos, de los puentes, etc., nada tienen que ver con andar, por más que por ellos se pueda andar. La palabra procede del latín *ANDAGĬNEM, de INDAGĬNEM ‘cordón, ojeo de la caza y cuantos instrumentos están en uso para caza’, ‘línea, cordón, estacada para estorbar la entrada a los enemigos’. De donde pasaría a designar la faja de terreno que hay alrededor de algo, y como cuentan Corominas y Pascual «es fácil pasar de ahí a ‘faja de terreno larga y estrecha’ en general, sin contar con que INDAGO pudo tomar fácilmente el significado de ‘pista, huellas de la caza’, por influjo del verbo derivado INDAGARE, que significaba ‘seguir la pista’». Así es fácil explicar algunas de las definiciones académicas como ‘en las norias, tahonas y otros ingenios movidos por caballerías, sitio por donde estas andan, dando vueltas alrededor’ o ‘corredor o sitio destinado para andar’, así como otras similares no recogidas por la Institución y de uso regional. La atracción por explicar andén con andar debió producirse muy pronto, a partir de los sentidos señalados, y quizás también por la presencia de andamio, este sí derivado de andar con el sufijo -amio. Antonio de Nebrija en el Vocabulario español-latino (seguramente de 1495) escribió: «andén para andar, ambulacrum, i», casi lo mismo que dice para la otra voz aducida: «andamio, por donde andan, ambulacrum, i».

ángel Gracias a la implantación de la religión, la palabra ángel es bien conocida en nuestra lengua, siendo la primera acepción que registra el diccionario académico ‘en la tradición cristiana, espíritu celeste criado por Dios para su ministerio’, y del mismo ámbito también es la segunda ‘cada uno de los espíritus celestes creados, y en particular los que pertenecen al último de los nueve coros, según la clasificación de la teología tradicional’. De estos valores derivan los siguientes que pone para la voz ‘gracia, simpatía, encanto’, ‘persona en quien se suponen las cualidades propias de los espíritus angélicos, es decir, bondad, belleza e inocencia’. Sin embargo, en su origen el término significaba otra cosa, aunque del valor original no ha quedado nada en nuestra lengua. Procede del latín ANGĔLUM ‘mensajero, ángel’, que, a su vez, viene del griego ánguelos ‘mensajero, enviado’, compartiendo etimología con evangelio. El ángel, es, pues, el mensajero, el que viene a transmitirnos los designios de la divinidad, y el que la sirve, además de cuidar de nosotros mismos. Sebastián de Covarrubias (1611) dijo: «ángel, en el rigor de su significación vale tanto como nuncio o mensajero, y es nombre griego ánguelos, angelus, nuntius. Y porque los espíritus celestiales hacen la voluntad de Dios, y por su mandato vienen a la tierra con mensajes, tienen este nombre, no por naturaleza, sino por oficio y ministerio [...]. Angelical, cosa de ángeles. Agua de ángeles, por excelencia, siendo de suavísimo olor».

anguila La anguila es, según la larga y enciclopédica definición académica, un ‘pez teleósteo, fisóstomo, sin aletas abdominales, de cuerpo largo, cilíndrico, y que llega a medir un metro. Tiene una aleta dorsal que se une primero con la caudal, y dando después vuelta, con la anal, mientras son muy pequeñas las pectorales. Su carne es comestible. Vive en los ríos, pero cuando sus órganos sexuales llegan a la plenitud de su desarrollo, desciende por los ríos y entra en el mar para efectuar su reproducción en determinado lugar del océano Atlántico’. La voz con que la nombramos procede del latín ANGUILLAM, que, a su vez, es un derivado diminutivo de ANGUIS ‘culebra’, por medio del adjetivo ANGUINUS ‘parecido a la culebra’, lo que nos está remitiendo a la forma semejante que tienen ambos animales, por más que la anguila sea acuática, lo que habría producido una forma *anguin(o)la, que daría la forma antigua anguilla, después anguila. Sebastián de ­Covarrubias (1611) habló de ella: «anguilla, pez conocido, que por la mayor parte se cría en el agua cenagosa y de ella entienden se produce, pues no hay anguilla macho ni anguilla hembra, y si una se engendra de otra es de la vascosidad o graseza que dejan estregándose en los peñascos que están debajo del agua. Presupuesto que no se ha hallado ninguna que tenga huevos como los demás peces, ni otra cosa de que pueda ser producida o engendrada la prole [...]. Los que con facilidad quiebran sus palabras y se quitan de ellas con delgadezas y sutilezas son comparados a las anguillas lúbricas y deleznables, que presas se escurren de entre las manos [...]. Los que para medrar inquietan las repúblicas son comparados a los pescadores de anguillas, los cuales, si no enturbian el agua, no pueden pescar ninguna, por lo cual se dijo a río vuelto, ganancia de pescadores para significar un hombre apartado de todos los demás, sin trato ni comercio alguno; pintaban la anguilla con el mote Sibi soli natus [nacido por sí solo], porque la anguilla, como nace del cieno y bascosidad, no reconoce padre ni madre, ni pariente. El profano, el encenagado en vicios, indigno de ser admitido al orden sacro y ministerio eclesiástico, comparaban al anguilla, que por ser sin escamas era contada entre los peces inmundos, y vedada a los judíos por tal. Viniendo a su etimología pone más horror por tener nombre de culebra, no porque lo sea, sino por lo mucho que le semeja, y así anguilla dicitur ab angue, quod specie anguem repraesentet, graece enchelys [anguilla se dice de angue, porque se parece a una serpiente, en griego enchelys]. El golpe que el cómitre da con el rebenque se llama anguillazo, porque tiene el tal azote forma de anguilla y porque antiguamente los romanos azotaban sus hijos con anguillas, según refiere Palmireno [...]».

aniquilar Esta palabra significa, según la definición de su primera acepción en el diccionario de la Academia, ‘reducir a la nada’, que es el sentido etimológico. La voz procede del bajo latín annichilare, que parte del latín tardío annihilare, compuesto de AD- ‘a’ y NIHIL ‘nada’, más el sufijo verbal. La h de NIHIL sufrió un proceso similar al que se produjo en MIHI para llegar a tiquismiquis (véase este artículo). El cambio lo explican Corominas y Pascual: «La forma medieval nichil (con annichilare), en lugar del clásico nihil, se debió a un esfuerzo por pronunciar la h y evitar así la contracción en nil, reputada vulgar; en lugar de h se pronunció primero una chi griega o jota castellana, y luego k». Por ello tenemos aniquilar de annihilare.

anodino, -na Una cosa anodina es algo ‘insignificante, ineficaz, insustancial’, como define la palabra el diccionario académico en su primera acepción, a la que sigue otra de la medicina, poco usada, ‘dicho de un medicamento o de una sustancia: que calma el dolor’. No parece que haya mucha relación entre los dos valores, aunque si miramos la procedencia del término podremos encontrar alguna explicación. Procede del latín ANODY̆NUS, a su vez del griego anodinos ‘sin dolor’, compuesto de an, partícula privativa, y odís, inos ‘dolor de parto, dolor fuerte’, que por su parte viene de odyne ‘dolor’, relacionado con la raíz indoeuropea ed- ‘comer, corroer’. A la vista de ello, y sabiendo que la primera documentación española puede ser la del Dioscórides traducido y anotado por Andrés Laguna (1555), no es difícil concluir que la voz procede del lenguaje médico en el que significaba algo así como ‘que no causa dolor’ o ‘que calma el dolor’, y al extenderse en la lengua vino a ser lo ‘insustancial’, lo ‘insignificante’, lo que no provoca en nosotros reacción alguna.

antojo La palabra antojo es bien conocida por los hablantes de nuestra lengua debido a dos de los sentidos que posee, definidos en el diccionario académico como ‘deseo vivo y pasajero de algo’ y ‘lunar, mancha o tumor eréctil que suelen presentar en la piel algunas personas, y que el vulgo atribuye a caprichos no satisfechos de sus madres durante el embarazo’, que, sin duda, deriva de aquella. Lo que, tal vez, no sea tan sabido es el origen de la voz, que procede del latín ANTE OCŬLUM, literalmente ‘delante del ojo’. Con esa expresión se quería designar aquello que se tiene presente en la mente, como si estuviera físicamente delante de los ojos, el antojo que no se puede apartar de la imaginación. Después, las creencias populares relacionaron las manchas de la piel de algunos niños con los deseos no satisfechos de la gestante, queriendo percibir, incluso, la forma del objeto deseado por la madre, y de este modo esos lunares también se llamaron antojos. Sebastián de Covarrubias (1611), haciéndose eco de las interpretaciones vulgares, escribe a propósito de la palabra: «antojo, algunas veces significa el deseo que alguna preñada tiene de cualquier cosa de comer, o porque la vio o la imaginó o se mentó delante de ella. Unas mujeres son más antojadizas que otras, y no podemos negar que no sea pasión ordinaria de preñez, pues se ha visto mover la criatura o morírsele en el cuerpo cuando no cumple la madre el antojo. Este se llama en latín pica libido, del verbo pico, as, por antojársele algo a la preñada […]. Es alusión de la pega o picaza, que es antojadiza y suele comer cosas que no hacen al gusto, como hierro y trapillos y otras cosas […]. Antojadizo, el que tiene varios apetitos y toma ansia por cumplirlos. Como muchas veces se engaña la vista, al que dice haber visto tal cosa, si los presentes le quieren deslumbrar o desengañarle, dicen que se le antojó». Esta es la misma voz antojos con la que se nombraban los anteojos, sentido todavía presente en el repertorio de la Academia, si bien calificada como anticuada.

antología Dice el diccionario académico que la palabra antología significa ‘colección de piezas escogidas de literatura, música, etc.’ La voz procede del griego anthología, construida a partir de anthos ‘flor’, y el verbo lego ‘escoger’. Esto quiere decir que etimológicamente significa ‘recolección de flores’. De manera figurada llegó al significado con el que conocemos la palabra en la actualidad. Los latinos crearon una palabra con el modelo griego, FLORILEGIUM, a partir de FLOS, FLORIS ‘flor’, y LEGĔRE ‘escoger’, como se ve con el mismo valor originario el término griego. Parece ser que fue Erasmo de Rotterdam (1466-1536) el primero en emplear la palabra latina con el valor de ‘colección de piezas escogidas’, de donde tenemos florilegio en español, que la Academia define como ‘colección de trozos selectos de materias literarias’.

añorar Si miramos la voz añorar en el diccionario académico veremos que la única acepción que registra es la de ‘recordar con pena la ausencia, privación o pérdida de alguien o algo muy querido’, y que procede del catalán enyorar, sin añadir nada más. La forma catalana procede del latín IGNORARE, cuyo valor primitivo en esta lengua era el de ‘ignorar, desconocer, no saber’, y más tarde se concretó en el de ‘no saber dónde está alguien’, ‘no tener noticias de un ausente’. La voz se introdujo en nuestra lengua en época reciente, a finales del siglo XIX, habiéndole dado tiempo a extenderse de tal manera que ya nadie la tiene como extranjera, poco más de un siglo después de habernos llegado, ampliando su sentido, pues ya no solo se añoran las personas, sino también las cosas, los hechos. Continuamente vemos cómo los españoles que residen en otros países añoran la tortilla de patatas y la cerveza, por ejemplo, y cómo los de aquí añoran los tiempos pasados. No se ignoran, muy al contrario, se echan en falta.

apagar El uso habitual de la palabra apagar es el sentido que consigna en primer lugar el diccionario académico, ‘extinguir el fuego o la luz’, que, al decir de Corominas y Pascual, es el resultado de una audaz innovación semántica en la voz, pues antiguamente significaba ‘satisfacer, apaciguar’, y modernamente ‘aplacar, extinguir (la sed, el hambre, el rencor, etc.)’, que se corresponde con la segunda acepción de nuestro diccionario, ‘extinguir, disipar, aplacar algo’. A partir de aquí surge el primer sentido. Es un derivado de del verbo antiguo pagar ‘satisfacer, contentar’, procedente del latín PACARE ‘pacificar’, ‘domar, someter, reducir, vencer’. Sebastián de Covarrubias (1611) fue preciso al explicar el origen del término: «apagar el fuego, matarlo y extinguirlo, o con el agua, su contrario, o con tierra, o esparciéndolo, pisándolo o quebrantándolo. Latine extinguere. Díjose apagar del verbo paco, as, por apaciguar, tomada la metáfora de los que con las armas apaciguan los amotinados y rebeldes, que es un fuego tan pernicioso como el material, y más».

apéndice Un apéndice es una ‘cosa adjunta o añadida a otra, de la cual es como parte accesoria o dependiente’, como lo define el diccionario académico en su primera acepción, junto a la que hay otras relacionadas con ella. Procede la voz del latín APPENDĬCE ‘apéndice, aditamento, suplemento’, derivado del verbo APPENDERE ‘pesar, colgar de algo’, formado a partir de PENDERE ‘colgar, estar colgado’. Esto es, un apéndice es lo que cuelga de otra cosa.

apoteosis El empleo más común de la palabra apoteosis se corresponde con la tercera acepción del diccionario académico: ‘manifestación de gran entusiasmo en algún momento de una celebración o acto colectivo’, si bien no son ignoradas las dos anteriores, ‘ensalzamiento de una persona con grandes honores o alabanzas’ y ‘escena espectacular con que concluyen algunas funciones teatrales, normalmente de géneros ligeros’, todas ellas con una relación que no es difícil de ver. Sin embargo, al leer la cuarta acepción, ‘en el mundo clásico, concesión de la dignidad de dioses a los héroes’, surge la sorpresa, y la pregunta necesaria es la de ¿qué tienen que ver los dioses con las otras apoteosis? La explicación se encuentra en el origen de la voz, pues procede del latín APOTHEOSIS, que, a su vez, viene del griego apotheosis ‘deificación’, compuesto de apó ‘con’ y theosis ‘cualidad de divino’, derivado de theós ‘dios’. Es decir, la apoteosis era la conversión en dios de un héroe, ascendiendo en su consideración, que corresponde con el ensalzamiento de la primera acepción del DRAE, de donde surge el valor de escena espectacular, que, probablemente, tenga que ver con la solemnidad en la que se concedían honores divinos a los emperadores cuando morían, y a continuación el de la manifestación entusiasta, la aclamación, por el júbilo de quienes contemplan esa escena. La palabra es relativamente moderna en nuestra lengua, y en el DRAE no aparece hasta la 2ª edición (1783), pero solamente con el sentido de deificación. Las otras comienzan a figurar en la 11ª (1869).

12345...7
ВходРегистрация
Забыли пароль