
Полная версия:
Luca Valera Manual de ética aplicada
- + Увеличить шрифт
- - Уменьшить шрифт
• El “sentido de mérito” (o también “gratificación”) es el sentimiento opuesto al remordimiento, por el que sentimos que actuamos bien, nos congratulamos de haber logrado el resultado o el éxito esperado. Usualmente “expresamos esta experiencia a través de los términos ‘serenidad’, ‘tranquilidad’, ‘satisfacción’, ‘alegría’” (Vendemiati, 2008, p. 52). Y esto es justamente lo que podemos experimentar después de que, con mucha pena y sacrificio, hemos ganado “ser más nosotros mismos”. El sentimiento de gratificación es, entonces, la expresión de la recompensa después de un gran esfuerzo, de una retribución que no deja espacio para la tristeza, ya que ella misma implica la tranquilidad del ánimo. Un buen ejemplo de eso es el discurso de Sócrates en la Apología:
¿Qué merezco sufrir o pagar porque en mi vida no he tenido sosiego, y he abandonado las cosas de las que la mayoría se preocupa: los negocios, la hacienda familiar, los mandos militares, los discursos en la asamblea, cualquier magistratura, las alianzas y luchas de partidos que se producen en la ciudad, por considerar que en realidad soy demasiado honrado como para conservar la vida si me encaminaba a estas cosas? No iba donde no fuera de utilidad para vosotros o para mí, sino que me dirigía a hacer el mayor bien a cada uno en particular, según yo digo; […] Por consiguiente, ¿qué merezco que me pase por ser de este modo? Algo bueno, atenienses, si hay que proponer en verdad según el merecimiento. Y, además, un bien que sea adecuado para mí.
Estas cuatro experiencias, entonces, son experiencias que nos muestran cómo intuitiva y espontáneamente juzgamos las acciones, tanto las nuestras como las de los demás. Implícitamente, estas cuatro experiencias destacan nuestra “humanidad”, es decir, nuestra capacidad de tomar distancia de algunos comportamientos y de desear imitar otros. Así lo señala Mayr (1998,
p. 277):
La diferencia entre un animal, que actúa por instinto, y un ser humano, que tiene la capacidad de tomar decisiones, constituye la línea de demarcación de la ética. Los sentimientos de culpa, mala conciencia, remordimiento, miedo, o bien de simpatía y gratificación, que generalmente acompañan a la realización de actos sometidos a valoración ética, demuestran la naturaleza consciente de la conducta humana.
3. La necesidad de una sistematización en la ética. Los errores del emotivismo
Todo lo dicho podría llevarnos a la conclusión de que efectivamente podemos quedarnos contentos con nuestras impresiones sobre nuestros actos y los de los otros, como si en última instancia fuera suficiente con el “dejarse provocar por lo que acontece”. Por otro lado, también podríamos pensar que, como cada acción conlleva un cierto sentimiento, ese mismo sentimiento representa ya la respuesta ética que necesitábamos. Por último, podríamos quizás considerar que el sentimiento, por el hecho mismo de ser el fruto de mi percepción sobre la acción dada, constituye por sí mismo un juicio de valor. Estos son tres errores muy comunes en el ámbito del debate sobre la ética, que excluyen toda posibilidad de reflexión racional sobre nuestras acciones.
En particular, la última afirmación representa un enfoque ético –o, mejor dicho, extra-ético– muy común: el así llamado “emotivismo”: “El emotivismo es la doctrina según la cual los juicios de valor, y más específicamente los juicios morales, no son nada más que expresiones de preferencias, expresiones de actitudes o sentimientos, en la medida en que estos posean un carácter moral o valorativo” (MacIntyre, 2004, p. 23). El filósofo contemporáneo Alasdair MacIntyre, en su libro Tras la virtud, esboza bien los rasgos centrales de este paradigma, que parece caracterizado por cierta “arbitrariedad privada” (MacIntyre, 2004, p. 19): “Una de las tesis centrales del emotivismo es que no hay ni puede haber ninguna justificación racional válida para postular la existencia de normas morales impersonales y objetivas, y que en efecto no hay tales normas” (MacIntyre, 2004, p. 33).
Se trata, como se ha dicho, de un enfoque extra-ético, ya que no juzga el contenido de los juicios morales personales en sí, sino que, por el solo hecho de ser la expresión de una preferencia o sentimiento, los aprueba. Lo que hace el emotivismo, en última instancia, es prescindir de la idea de juicios universales y racionalmente comprensibles, en favor de un pluralismo débil de visiones distintas e incompatibles sobre las elecciones humanas. Se genera, entonces, una incomunicabilidad de fondo en el ámbito del debate público sobre la ética: las “ganas” son el único lenguaje común que podemos expresar. En efecto, escribe MacIntyre (2004, p. 16):
El rasgo más chocante del lenguaje moral contemporáneo es que gran parte de él se usa para expresar desacuerdos; y el rasgo más sorprendente de los debates en que esos desacuerdos se expresan es su carácter interminable. Con esto no me refiero a que dichos debates siguen y siguen y siguen […], sino a que por lo visto no pueden encontrar un término. Parece que no hay un modo racional de afianzar un acuerdo moral en nuestra cultura.
Lo que perdemos, confiando solamente en las “ganas” o los intereses particulares, es justamente la posibilidad de que nuestras evaluaciones sean racionales, esto es, comprensibles para los demás. En definitiva, lo que se echa de menos es la posibilidad de que tengamos “buenas razones” para elegir esto u otro, para hacer esta cosa u otra más: “Si me falta cualquier buena razón que invocar contra ti, da la impresión de que no tengo ninguna buena razón. Parecerá, pues, que adopto mi postura como consecuencia de alguna decisión no racional” (MacIntyre, 2004, p. 19).
4. ¿Será posible una ética?
Hemos visto, hasta ahora, dos posibles enfoques éticos no satisfactorios, destacando la necesidad de recuperar –aunque solo eso no sea suficiente– nuestras percepciones morales inmediatas sobre nuestras acciones y las de los demás.
En nuestro breve recorrido, hemos pasado de la búsqueda de una moral común, muy a menudo vacía e inaplicable a la vida cotidiana concreta, a quedarnos tranquilos con la imposibilidad de universalizabilidad (Hare, 1965) de nuestros juicios éticos, es decir, la imposibilidad de encontrar puntos de convergencia para evaluar las acciones.
Parece, en lo que hemos visto, que no hay gran espacio para la ética en el debate público contemporáneo… ¿Tenemos que contentarnos con la idea de que es imposible la ética? Si fuese así, estaríamos de acuerdo con Harvey Dent cuando, en el famoso diálogo con Batman, en la película El caballero de la noche, sostiene que la ética no es necesaria y que basta con el azar:
Batman: “No quieres hacerle daño al niño, Harvey”. Dent: “No se trata de lo que quiero hacer, ¡sino de lo que es justo! Tú creías que podíamos ser hombres decentes, ¡en tiempos indecentes! Pero te equivocabas… el mundo es cruel, la única ética en un mundo cruel es el azar… objetivo… imparcial… justo”6.
Si efectivamente Harvey Dent estuviera en lo cierto –si el azar fuera el único criterio de juicio de nuestras acciones– tampoco tendría sentido una reflexión racional sobre nuestro quehacer. Nuestra apuesta, por el contrario, es que esta reflexión ética sobre la cotidianidad –que llamaremos “ética aplicada”– tiene algo que decirnos a todos nosotros y puede guiarnos “racionalmente” hacia el bien. Para que sea así, nuestras afirmaciones éticas deben ser universalmente válidas o aplicables (esta es la “universalizabilidad” de los juicios éticos ya mencionada) y apuntar hacia el bien que podemos conocer y hacer. Lo dicho presupone la posibilidad de alcanzar este bien, al contrario de lo que se dice en el Protágoras de Platón: “Pero tú dices, Pítaco, que es difícil ser bueno. Lo difícil, aunque posible, es llegar a serlo; el serlo, imposible”.
Si creemos en esta posibilidad –con todas las dificultades y complejidades que la vida nos presenta muy a menudo– la ética cobrará sentido.
Bibliografía
Beauchamp, T.L. (2003). “A Defense of the Common Morality”, en: Kennedy Institute of Ethics Journal, vol. 13, n° 3, pp. 259-274.
Beauchamp, T.L., Childress, J.F. (1979). Principles of Biomedical Ethics. New York: Oxford University Press.
Camps, V. (2004). Presentación. En: Camps V, Guariglia O, Salmerón F. (eds.). Concepciones de la ética. Madrid: Trotta.
Cortina, A., Martínez Navarro, E. (2001). Ética. Madrid: AKAL.
Habermas, J. (2002). El futuro de la naturaleza humana ¿Hacia una eugenesia liberal? Barcelona: Paidós.
Hare, R.M. (1965). Freedom and Reason. Oxford: Clarendon Press.
MacIntyre, A. (2004). Tras la virtud. Barcelona: Biblioteca de Bolsillo.
Mayr, E. (1998). Así es la biología. Madrid: Debate.
Valera, L., Terranova, C. (2016). “An Ethical Dilemma in the Field of Gynecology”, en: Persona y bioética, vol. 20, n° 1, pp. 62-69.
Vendemiati, A. (2008). In prima persona. Lineamenti di etica generale. Roma: Urbaniana University Press.
Von Hildebrand, D. (1997). Ética. Madrid: Ediciones Encuentro.
Zagzebski, L.T. (2017). Exemplarist Moral Theory. New York: Oxford University Press.
Bibliografía sugerida
Malo, A. (2015). Yo y los otros. De la identidad a la relación. Madrid: RIALP, pp. 60-100.
Rhonheimer, M. (2000). La perspectiva de la moral. Fundamentos de la ética filosófica. Madrid: RIALP, pp. 15-20; 31-40.
Preguntas para la reflexión
1. Recuerda y escribe algunos ejemplos de tus experiencias personales de escándalo, remordimiento, gratificación, admiración, con referencia a tu vida universitaria.
2. Busca una situación vinculada a tu vida universitaria en la que un “ambiente entró en crisis” (creándose así un problema ético) y trata de evaluarla a la luz de las normas de la moralidad común propuestas por Beauchamp. ¿A qué conclusión llegas?
Capítulo 2
LA ÉTICA DE LA VIRTUD.
¿QUÉ ESPERAS DE UN AMIGO?
Francisco Marambio
… precisamente quien vive bien es feliz y bienaventurado, al contrario del que vive mal. (Platón, República, 354a)
Resumen
En este capítulo se introduce el paradigma ético de la virtud, uno de los tres principales paradigmas de la ética, a partir de una discusión de sus conceptos centrales. En este modelo, el criterio valorativo no es el deber ni las consecuencias de una acción, sino las virtudes que se expresan en el agente moral. Por ello, se discutirá, en primer lugar, el concepto de virtud, a la luz de la definición griega de areté ofrecida por Aristóteles. A continuación, se expondrá la idea de sabiduría práctica o phronesis, virtud intelectual clave para conseguir la unidad de las virtudes humanas, así como el modelo de individuo virtuoso. Como tercer punto se discutirá la conexión entre virtudes y felicidad, destacando el vínculo entre ambas nociones. Y, por último, se examinarán ventajas y desventajas asociadas a este modelo.
A mediados de los años noventa, Jordan Belfort defraudó a cientos de clientes en el mercado bursátil de EE.UU., siguiendo la lógica de “todo vale en los negocios”. Esta actitud agresiva y decidida, le valió ser reconocido públicamente como el “lobo de Wall Street” y llevó su nombre a ser el protagonista de dos autobiografías, un libro de autoayuda y una película de Hollywood. El éxito de Belfort se basa en una premisa que resulta clave para el mundo de los negocios: al parecer, todas las personas queremos lo mismo en la vida, dinero y placer. Un buen corredor de bolsa no hace más que explotar este deseo innato de los seres humanos y lo aprovecha a su favor para incrementar la ganancia, aunque esta no termine siendo real. Si bien fue condenado por sus delitos tributarios, Belfort no pasó más de dos años en prisión y hoy se presenta ante el público con una renovada imagen, la de un hombre sagaz y ambicioso, uno que supo beneficiarse del sistema ¿Cabría, entonces, considerarlo como el ganador de esta historia? Muchos dirían que sí, ya que, a fin de cuentas, consiguió lo que toda persona quiere y el precio que tuvo que pagar por ello fue bajo. Pero ¿existe otra manera de mirar este caso?
Veinticinco siglos antes, el filósofo Sócrates, en su defensa ante el tribunal ateniense, reprochaba con vehemencia esta mirada hedonista y superficial de la vida, que ya parecía ser común entre sus conciudadanos:
Cuando mis hijos sean mayores, atenienses, castigadlos causándoles las mismas molestias que yo a vosotros, si os parece que se preocupan del dinero o de otra cosa cualquiera antes que de la virtud, y si creen que son algo sin serlo, reprochadles, como yo a vosotros, que no se preocupan de lo que es necesario y que creen ser algo sin ser dignos de nada. Si hacéis esto, mis hijos y yo habremos recibido un justo pago de vosotros. (Platón, Apología, 41e-42a)
Era firme convicción de Sócrates que el ser humano tiene que aspirar en su vida a algo más que al dinero y al placer. Quienes se enfocan en alimentar la ambición y el goce como únicos móviles de su existencia, pasan a ser, según esta visión, “dignos de nada”.
Luego de su sentencia, Sócrates se vio enfrentado a reafirmar sus palabras, esta vez con sus actos, al recibir la oferta de su amigo Critón: fugarse para ir en busca de una vida tranquila en alguna región del norte de Grecia. Critón tenía los preparativos listos, los guardias sobornados y una casa esperando a Sócrates en Tesalia, y solo restaba que el filósofo aceptara y podría salir de la prisión sin ningún problema. Sin embargo, como sabemos, Sócrates rechazó la propuesta y decidió quedarse para aceptar su condena. ¿Por qué lo hizo? ¿Cuál fue su justificación? Quizá sintió miedo por las consecuencias que podría recibir su familia y amigos si escapaba, o tal vez consideró que violar una sentencia legal podría ser más perjudicial a la larga, pues la gente dejaría de respetar las leyes; o incluso podemos pensar que Sócrates consideró que era su deber ciudadano quedarse ahí. Pero su respuesta fue otra: siempre es malo y vergonzoso cometer una injusticia; un hombre justo y respetable jamás respondería con un acto injusto, aun cuando sea víctima de una injusticia. O, planteado desde otra perspectiva: la justicia es una virtud que el hombre bueno siempre debe reflejar en sus acciones. La respuesta de Sócrates, entonces, se apoyó en lo que hoy denominamos una ética de la virtud.
Ahora bien, ¿cuál es el fundamento que tendría Sócrates para afirmar que una vida virtuosa es “mejor” que otra enfocada, por ejemplo, en el éxito económico? En otras palabras, ¿por qué deberíamos ser virtuosos?
La ética de la virtud, junto con la teoría del deber (deontología) y la consecuencialista (utilitarista), forman los pilares básicos de la ética normativa de Occidente. Sus orígenes se pueden remontar, precisamente, a los filósofos del mundo griego clásico, Sócrates, Platón y Aristóteles, quienes cimentaron el núcleo de la teoría y sus principales conceptos7. Ella se mantuvo como la teoría ética dominante en el mundo latino y posteriormente en el medieval, donde se unió con ideas propias del cristianismo. Si bien durante la Modernidad la teoría de las virtudes fue postergada en favor de otras visiones, ya en el siglo XX los trabajos de Elizabeth Anscombe (1958), Alasdair MacIntyre (1984) y Martha Nussbaum (1986), entre otros, han vuelto a colocar el concepto de virtud en el centro de la reflexión filosófica, reivindicando su valor y sus aportaciones frente a las tendencias dominantes de la época, como el relativismo y el emotivismo.
A diferencia de los paradigmas señalados, el criterio valorativo en la ética de la virtud no es una norma objetiva, como el deber, ni tampoco alude a la maximización de consecuencias positivas, como en el utilitarismo, sino que apunta a la virtud y el carácter moral de los individuos. De modo que, desde este paradigma, una acción se juzga correcta si y solo si corresponde a una virtud y a aquello que un individuo virtuoso realizaría en determinada situación (Hurtshouse, 1999)8.
En general, las éticas de la virtud se pueden organizar según tres elementos básicos: a) una caracterización de lo que es la virtud, b) una idea de prudencia o sabiduría práctica, y c) un concepto de felicidad o realización humana.
Comencemos, pues, con el primero de estos puntos.
1. ¿Qué es la virtud?
1.1. Virtud como excelencia
Partiendo por lo más general, se puede definir la virtud como una especie de rasgo o cualidad que esperamos en algo o en alguien. En su condición de cualidad, la virtud es aquella característica que, al estar presente, hace que algo se realice de la mejor manera posible. En el lenguaje cotidiano nos expresamos de esta manera, por ejemplo, al hablar de un baterista o un tenista virtuoso. Utilizamos esta expresión para querer señalar un conjunto de características que hacen que el individuo en cuestión destaque en su labor, es decir, que la realice de manera excelente. Un baterista virtuoso es diestro, preciso y creativo; un tenista destacado es ágil, dedicado y fuerte. Por el contrario, un baterista mediocre tiene las cualidades opuestas, falla en la coordinación, no logra dar con el ritmo y se limita a repetir patrones sin creatividad. Lo propio se podría decir de un mal tenista: es lento, indisciplinado y propenso a lesiones. Según esto, la virtud es también un criterio evaluativo: la banda de rock, al momento de elegir, preferirá al baterista que posea las cualidades sobresalientes y dejará al otro relegado a tocar en las fiestas familiares, y el equipo nacional de tenis preferirá al jugador virtuoso por sobre el mediocre para competir en la Copa Davis.
Pero también usamos la palabra virtud para referirnos a una persona en cuanto tal, no solo en su condición de músico o deportista. Así, por ejemplo, decimos que la honestidad, generosidad y compasión son cualidades esperables en una buena persona. Son características, decimos, que se debieran inculcar y fomentar en todas las personas. Desde esta perspectiva, la virtud es un rasgo destacable que hace de su poseedor una buena persona, una persona sobresaliente.9
El origen semántico de virtud encierra también esta ambigüedad. La palabra virtud proviene del latín virtus, que a su vez es un calco semántico del griego areté, término que muchos autores modernos han traducido como excelencia. La virtud, en su raíz etimológica, es una excelencia, es decir, es aquel elemento necesario para la realización excelente (y, podemos agregar, eficaz) de algo (Aristóteles, E.N. 1106a 15-24). El polo opuesto de la virtud tradicionalmente se denomina vicio y se entiende como aquello que, estando presente, daña e impide el desarrollo óptimo de algo.
Es comprensible, de este modo, que la areté griega esté directamente asociada con el bien de algo, en concreto, con su realización excelente. Citando las palabras de un especialista en filosofía griega:
Areté significa que algo es bueno para algo, y era natural que un griego, al oír esta palabra, preguntase: «¿la areté de qué o de quién?» […] Areté, pues, es una palabra incompleta por sí misma. Hay la areté de los atletas, de los jinetes, de los generales, de los zapateros, de los esclavos. Hay una areté política, una areté doméstica, una areté militar. (Guthrie, 1953, p. 14)
Las virtudes, por tanto, se refieren a la realización del bien intrínseco de cada cosa. Los pensadores griegos argumentaban que todo posee su areté o virtud propia, precisamente porque todas las cosas tienen una naturaleza, esencia o fin que les corresponde (esto es lo que se conoce como visión o perspectiva teleológica, del griego telos=fin). Los autores antiguos indican el paralelismo entre la esencia de algo y su excelencia, al describir, por ejemplo, la fertilidad como la excelencia de la tierra10, la lealtad como cualidad del perro11 y la valentía como la virtud propia del guerrero12. Así, el concepto griego de virtud está mucho más cercano al de eficacia, esto es, aquella realización eficaz e íntegra de la naturaleza propia de algo (MacIntyre, 1991, p. 16).
1.2. Virtud humana
Ahora bien, el paso siguiente es hablar de la virtud en un sentido más restringido, un sentido que bien podríamos denominar moral, atendiendo específicamente a la virtud humana. Aristóteles reflexionó en profundidad sobre las virtudes humanas, las que cabría definir como rasgos del carácter adquiridos por el hábito y expresados en acciones habituales. A diferencia de los ejemplos antes mencionados, las virtudes humanas no son cualidades innatas, tal como pueden ser la fertilidad de la tierra o la rapidez del caballo, puesto que suponen hábito y ejercicio. En concreto, la virtud humana no es una mera cualidad; es específicamente un modo de ser.
En el caso de los seres humanos, las virtudes no se dan de manera espontánea (como sí ocurre con ciertas cualidades de las que hablamos antes), sino que requieren de costumbre, ejercicio y estudio para ser adquiridas y consolidadas. Aristóteles observa que las personas tenemos una tendencia natural al desarrollo de virtudes, pero que estas pueden nunca desarrollarse si es que no las ponemos en práctica. Alguien puede tener naturalmente un temperamento moderado, pero si no adquiere buenos hábitos (es decir, si no actúa regularmente de manera moderada), nunca llegará a ser alguien verdaderamente moderado. “Una golondrina no hace verano”, comenta el filósofo en una célebre expresión con la que denota que no es suficiente una o un par de acciones virtuosas para llamar a alguien virtuoso. Si llego temprano un par de veces o digo la verdad ocasionalmente, no seré ni puntual ni veraz, seré, por decirlo así, virtuoso solo por accidente, pero no realmente. Como bien recalca Rachels, la verdadera virtud surge allí donde hay un carácter “firme e inmutable” (Rachels, 2006, p. 268). En este sentido, la educación y el entorno son fundamentales, pues las virtudes bien pueden quedar en la mera potencia si es que no son ejercidas activamente por el sujeto. Dos pasajes de la Ética a Nicómaco de Aristóteles refuerzan nuestras descripciones:
Por tanto, las virtudes no se producen ni por naturaleza, ni contra naturaleza, sino por tener aptitud natural para percibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre. (E.N. 1103a 25)
No tiene, por consiguiente, poca importancia el adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos, sino muchísima o, mejor dicho, total. (ib. 1103b)
Recalcamos que las virtudes no son “contra naturales”, en el sentido de estar impuestas únicamente “desde afuera”, como quien endereza un árbol que estaba torcido; más bien, habría que entenderlas como “potenciales”, es decir, que se encuentran en nosotros en estado latente, esperando ser despertadas.
Pues bien, no cualquier acción habitual es una virtud, sino que se requiere algo más: deliberación y elección. Aristóteles especifica que las virtudes humanas (las virtudes propiamente éticas) se caracterizan como un modo de ser selectivo, en el que se elige el término medio entre el exceso y el defecto. La virtud humana consistiría, entonces, en un cierto “saber elegir”. Los individuos virtuosos –enfatiza Aristóteles– saben elegir el “qué”, el “cómo”, el “cuánto” y el “cuándo” algo debe hacerse. Para aclarar estos puntos, conviene detenerse en la definición aristotélica de la virtud:
Es, por tanto, la virtud un hábito selectivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquella por la cual decidiría el hombre prudente. El término medio lo es entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y también por no alcanzar en un caso y sobrepasar en otro el justo límite en las pasiones y acciones, mientras que la virtud encuentra y elige el término medio. (Aristóteles, E.N. 1106b 35)
Tres aspectos destacan aquí. En primer lugar, como se ha dicho, la virtud es un “hábito selectivo”. Pero ¿qué se elige y sobre qué? Se elige sobre los medios óptimos para alcanzar determinados fines. Tal como lo señala Aristóteles, solo puede haber deliberación y elección donde las cosas pueden ser “de una manera u otra”. Dicho de otro modo, en la virtud es donde se manifiesta, con plenitud, nuestra capacidad de elección libre.
En segundo lugar, se trata de una deliberación que expresa un “término medio”, que lo determina nuestra razón. Pensemos, por ejemplo, en la virtud de la moderación: la persona moderada se encuentra “en el justo medio”, es decir, entre lo “excesivo” y lo “defectuoso”, respecto a sus impulsos o deseos, porque sabe encausarlos adecuadamente, sabe en qué ocasión sus impulsos son dañinos y sabe cuándo no excederse en ellos. Lo propio se puede decir de virtudes como la valentía o la liberalidad, ejemplos predilectos para Aristóteles. Una persona valerosa se encuentra en el punto medio entre ser un temerario (un exceso) y un cobarde (un defecto). El individuo valiente –observa Aristóteles– “soporta y teme lo que debe y por el motivo debido, y en la manera y tiempo debidos…” (E.N. 1115b). En cuanto a la liberalidad (o generosidad, para usar un término más cercano a nosotros), la persona virtuosa sabrá cómo gastar su dinero y sus bienes; no es un derrochador que se empeña en gastarlo todo, pero tampoco un tacaño que conserva y no gasta.