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Eloy Tizón Velocidad de los jardines
Velocidad de los jardines
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Eloy Tizón Velocidad de los jardines

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Tu segunda máquina de escribir es una Olympia Carrera eléctrica, regalada por tus padres, qué diferencia, cuyo suave teclado aligera y facilita el proceso de editar. Así, poco a poco, al cabo de varios años de obcecación y tropiezos (y también de grandes dosis de ilusión y deseo), vas completando relatos: «Austin», «Familia, desierto, teatro, casa», «Cubriré de flores tu palidez».

Acodado en tu escritorio, con vistas a una pared de ladrillo visto y antenas. Robando horas a empleos pantanosos de ocho horas de oficina: estudios de diseño gráfico, agencias de publicidad. Nadie te asegura que vayan a ser publicados. La posibilidad de que tu empeño termine en el vertedero te aterra y te impulsa a seguir, sobre todo en esas épocas en que la prosa acalambrada de la vida se veía desbordada por el vuelo del arte.

No será fácil, lo sabes; te preparas mentalmente para una larga contienda. En la radio suena «Smells Like Teen Spirit» de Nirvana. El cenicero está lleno. Escribes a mano, a rachas, entre continuas interrupciones, no uno, sino dos cuentos de adolescentes en el instituto: Olivia Reyes existió y tú la quisiste, pero con otro nombre.

Nevermind. Paciencia. Un cuento se escribe con un poco de música y un poco de sangre. No se necesita mucho más. Intuyes que la fórmula del cuento puede ser esta:

Cuento = rigor técnico + compasión humana.

Los libros son puntuales. Llegan cuando uno los merece, nunca antes. El último cuento, el que da título al libro, lo escribiste en dos fines de semana consecutivos, separados por el parón obligado de un infierno laboral. Es un cuento escrito conteniendo la respiración, casi en éxtasis, para no perder el tono. No sabes cómo terminarlo, si serás capaz, te parece un reto y una responsabilidad estar a la altura y ser justo con tus días de instituto. El segundo domingo piensas que te enfrentas a un trabajo considerable, que quizá te lleve la jornada entera, o más. Sin embargo, lo terminas en veinte minutos y el resto del día te quedas anonadado, sin saber qué hacer, vagando por la casa soleada y tranquila, con la conciencia feliz y asustada de haber concluido ya (¿Sí? ¿No?) tu libro.

Lo más difícil de escribir, como siempre, es no escribir; saber qué hacer cuando no escribes. Ese vacío, con qué se llena.

Un libro. Lo acabas justo antes de marcharte de casa de tus padres y alquilar tu primer piso frente al parque del Retiro, fuera del barrio y la novela familiar. Lo titulas Velocidad de los jardines. Esa fue tu despedida de un tiempo y una edad; de ahí su nostalgia premonitoria. Recibe el visto bueno de su primer lector: el crítico literario Rafael Conte. Te sugirió un par de cambios de cirugía menor –que tú aplicaste– y el resto le pareció bien. Qué alivio. Lo fotocopias, encuadernas y envías por correo a una sola editorial, Anagrama, esperas una respuesta de Barcelona, esperas más, no te hagas ilusiones. Al cabo de cuatro meses lo aceptan. Recibes el contrato de edición junto a un anticipo mínimo. Corriges pruebas. Escoges, para la foto de solapa, un retrato tuyo en sombras en el que apenas se te distingue. Cuando unos meses más tarde, en una fiesta, te presenten a tu editor, este no te reconocerá.

En el momento en que se publica, en octubre de 1992, tú ya estás a punto de volar a un apartamento distinto, en Chamartín. Tienes 28 años. Te has quedado sin empleo. Eres un parado más, uno de tantos. La ostentación por la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona te resulta ajena. La caja con el logotipo de la editorial se confunde con las demás cajas marrones y precintadas de la mudanza.

Termina un ciclo y empieza otro. Salen unas cuantas reseñas aquí y allá, un par de entrevistas radiofónicas, tampoco sucede mucho más, las calles anegadas de otoño en los bajos de los coches. No hubo presentación. Durante el primer año se vendió la cifra exacta de 898 ejemplares, de una tirada inicial de 2000. La primavera siguiente, en la caseta de la feria del libro del Retiro (sin redes sociales ni email ni teléfonos móviles; el mundo todavía era analógico), durante toda la mañana firmaste dos ejemplares, uno de ellos a una semiconocida. ¿Esto era todo? Esperabas otra cosa, algo mejor. Se supone que has alcanzado tu sueño, pero tu sueño sigue estando allá lejos, a una distancia telescópica.

Demasiado moderno para los clásicos y demasiado clásico para los modernos, te has quedado en tierra de nadie. Lo escribió un poeta: «Un libro que tú has escrito y que, como todos los tuyos, jamás dejará de vengarse de ti».

Tu primer último libro.

Después, de manera espontánea y sin contar con el beneplácito de nadie, sin la menor promoción, al margen del autor y los editores, a lo largo de muchos años, incluso décadas, tu librito va abriéndose paso con extrema cautela, encontrando él solo a sus lectores, a sus oídos cómplices, que a su vez lo recomiendan a otros lectores. Todo sucede muy lento, muy parsimonioso, acorde con el título del libro: como oír crecer la hierba. Una cosa subterránea y casi clandestina, a cuentagotas, parece que está quieto pero si te fijas con atención verás cómo sí se mueve, igual que aquel zoótropo.

Ante tu asombro se convierte en una especie de contraseña para iniciados, de título secreto, susurrado, sshhhh, ¿tú lo has leído?, a mí me han comentado que sshhhh, de modo que no llega a borrarse por completo de la memoria lectora (ese otro mapa del tesoro que entintamos entre todos), por suerte la llamita no se extingue y sigue irradiando, aún resplandece, comienzas a recibir en los buzones de tus diferentes pisos de alquiler por los que sigues rodando un goteo de mensajes de gratitud, de ánimo, de afecto, gracias a lo cual el libro resucita y tiene una segunda vida. Y ahora, veinticinco años después, con la complicidad cariñosa de Juan Casamayor y Páginas de Espuma, ¿una tercera?

Han pasado años, muchos, has olvidado el significado exacto de estas prosas, si es que alguna vez lo tuvieron. Sobre su contenido literario prefieres no extenderte demasiado; corres el riesgo de que te entiendan. Piensas que es un libro sin término medio: se ama o se odia. Lo cual te parece bien. Con este libro ha sucedido algo extraño. Lo tenía todo para ser olvidado y sin embargo, ya ves, no lo ha sido. Intentaste construirlo con materiales nobles, para que dure. Es una conspiración de los lectores; todo el mérito es suyo, de su constancia e interés. Has tenido mucha suerte, otros no han tenido tanta. Ahora lo ves lleno de tiempo. Pletórico de tiempo, otra vez nuevo.

Puede que el lenguaje de la tribu sea muy viejo y esté muy manoseado ya por tanto abuso, pero la descarga de belleza, sensualidad y adrenalina que desencadena en el sistema nervioso de un temperamento sensible persiste y no perderá vigencia. La ruta emocional de la escritura no tiene fin. Todo está relacionado con todo. Usamos las palabras del mundo para referirnos a algo que no es exactamente del mundo. Por esos mismos años se publican otros libros de relatos de autores de tu generación que admiras desde lejos y que te despiertan cierto sentimiento de pertenencia y gratitud: Los aéreos de Luis Magrinyà (1993), El que apaga la luz de Juan Bonilla (1994), El aburrimiento, Lester de Hipólito G. Navarro (1996) o Frío de vivir de Carlos Castán (1997), entre otros, te hacen sentir menos solo.

Escribir, como vivir, siempre deja cicatrices. Renunciaste a fumar por primera vez hacia 1991, de golpe, de un día para otro. Recaíste en 1993, a lo largo de un año funesto, debido a la muerte de tu hermana mayor, a los treinta años –un episodio demasiado traumático como para ser revivido aquí, a pesar de que ella continúa presente todos los días.

Si es cierto, como una vez leíste, que los nativos de Madagascar no cuentan historias para convencer a nadie, sino para conmover a los muertos, entonces tú ya tienes suficiente motivación para escribir: el deseo imposible de conmover a tu hermana muerta, enterrada bajo una lápida en la que se lee: «Sigues brillando».

A partir de entonces, el sentimiento de orfandad ya no te abandonará.

Desde la terraza del apartamento observas cómo el oleaje se empeña en devolver a la orilla de la playa, una y otra vez, el mismo rodillo de madera rebozado de espuma y algas y chillidos de gaviotas. Delante de ese bostezo de mar aplastaste con determinación tu último cigarrillo contra un cenicero de cristal de roca hace un cuarto de siglo (¿seguirá existiendo aún?) y ya no has vuelto a encender uno jamás, excepto en algunos sueños culpables (típica fantasía de exfumador). Apenas pruebas alcohol, ni carne hormonada. Emprendes a diario largas caminatas sin rumbo. Estás, en líneas generales, bien de salud. No has muerto, pese a que las balas zumban a tu alrededor, puedes oírlas. Has visto desaparecer a muchos. Estar vivo es un milagro. Cualquier tiempo pasado fue menos bueno. Con los años, te irás aterciopelando, nos pasa a todos. Encontrarás nuevos libros y sueños, nuevas casas y maletas, separaciones y hoteles, cambios de pareja y empleos, toldos y catedrales, una sobrina genial y una escritora y pianista de pelo corto que te ha enseñado a querer la acústica de los iglús.

Y muchas cosas más.

No has podido vivir de tu escritura ni un solo mes, a pesar de lo cual te consideras agraciado. Has conocido ráfagas de felicidad e inviernos de angustia, el lote completo: das por bueno todo lo vivido. Salvo algunas canalladas que has soportado, sigues creyendo en unas cuantas viejas y básicas bondades humanas: cierta nobleza de espíritu, propensión a la generosidad, afán de superación, frescura de mente, sentido del humor, respeto a la palabra dada, ternura irónica, amores lentos.

Piensa esto: ¿vivir es una suma o es una resta?

A lo largo de estas dos décadas y media contraerás y descontraerás varias veces la enfermedad del amor. Entrarás y saldrás de vidas, de cuerpos, de biografías, de mundos. Con la conciencia palpitante de partir de cero, una y otra vez. Vuelta a la casilla de salida. Cada cierto tiempo hay que reiniciar la luz.

Una vez tuviste una novia. Y esa novia tenía un perro. Y ese perro se llamaba Flas. Era un dálmata más bien aburguesado que se pasaba la mayor parte del día tumbado, bostezando con el lomo pegado a los radiadores. La familia de tu novia había adiestrado a Flas para salir solo a la calle, a aliviar sus necesidades, y el perro cada noche bajaba con resignación urgente las cuatro plantas de aquel bloque de viviendas y correteaba por los desmontes de enfrente, desfogándose hasta la extenuación, tras lo cual regresaba al piso solo, jadeante, la lengua fuera (parecía el pico de una corbata rosa, que se hubiese tragado y regurgitado a medias), arañando con las patas la puerta, para que alguien le abriese.

Quién sabe qué cosas haría y vería Flas en sus escapadas nocturnas. Qué sombras, qué hondonadas. Cuántos olores raros. Aventuras folletinescas, dignas de un guerrero sandokán. Romances de medio minuto. Flores de harina y pelo.

Ahora piensas que todos nosotros éramos, sin ser conscientes de ello, como ese perro de tu novia, el dálmata Flas, chuchos sin bozal que habíamos descubierto de repente cómo llevar una doble vida. Habíamos aprendido a manejar el resorte que nos permitía escapar solos a la calle, a la intemperie, para deambular sin correas, lejos del control de las cámaras de vigilancia, correr sin dueños, bailar alucinados, olfateándolo todo –el vértigo de emoción que sobreviene un segundo antes de enamorarte, con su sabor a mercurio–, confiando en encontrar por intuición canina el camino de regreso al hogar, como si a estas alturas del siglo regresar al hogar fuese posible o existiese aún un hogar al que regresar.

Uno, un poco, se convierte en lo que ama. Resulta inevitable. Un ser humano termina pareciéndose a lo que sueña. El carpintero, a su silla. El astrónomo, a su eclipse. A ti una noche te creció una barba rusa, intensa, de tanto leer a los rusos, y al levantar la vista del libro te descubriste con gafas miopes y ojos peterburgueses reflejado en los espejos, y ya eras otro, soy otro. Todos somos otros cuando alguien nos ama o deja de amarnos.

Miro el corzo que corre por la cinta del camino o del zoótropo y soy el corzo que corre. Miro la lluvia y soy lluvia. Miro el halcón encaramado a la torre, con algo de candelabro rojo, y soy ese halcón que me contempla desde lo alto, mirándome mirar. El gusto por vivir no se me acaba nunca. Escribir es entrecomillar la vida. Si escribo que puedo volar, entonces –y solo entonces– comienzo a percibir el viento bajo las alas.

Atreverse a eso. Escribir, como Pavese: «Un gesto. No escribiré más». Y luego seguir escribiendo.

VELOCIDAD DE LOS JARDINES

a Concha L.

Carta a Nabokov

Las concepciones sobre el espacio y el tiempo que deseo exponerle han sido desarrolladas en el terreno de la física experimental, y de ahí procede su fuerza. Son radicales: de ellas se deduce que el espacio en sí mismo y el tiempo en sí mismo están condenados a desaparecer como sombras y que solo una especie de unión entre uno y otro conservará todavía una realidad independiente.

H. Minkowsky

Tú, ahora que ya estás en Terra, y habitas tu muerte amueblada de trineos, o a menos que seas un espectro de nebulosas viajando por el anillo de los mundos, la palpitación de un dígito, dondequiera que estés, un rectángulo de césped amarillo –no– debajo de un almendro de Montreux, Zembla. De modo que morir era eso. Tú que no verás más la luz pulverizada de la tarde, ni una hermosa cinta de grasa sobre la acera, ni un trozo de crepúsculo ondulante en el parabrisas de un taxi. ¿O acaso está el dejar de vivir / todavía lejos del estar muerto? Han sido talados los árboles de Vyra, y un poco de ceniza te cubre las facciones. Querido Sirin, tus insomnios sobre alfiles y peones en la noche de Berlín, con persianas torcidas como párpados mal cerrados. Sabrás que pasó la Historia, pasó sobre raíles monstruosos, con sus alambradas de púas, su tesoro de miserias, sus tijeras para el viento y el viento en las claraboyas que repite lo que sabes, la zarza escondida, pálido fuego.

Cuando desde Antiterra te pensamos, señalamos con el dedo tres esquinas del cielo, cierta úlcera luminosa, un celaje de estrellas que para ti eran llamadas a pie de página de un texto indescifrable, o no eran nada. Aquí en Antiterra –te explico– continúan ocurriendo cosas rarísimas y pasajeras, lámparas cicatrizadas, muchachas sin senos, una caracola marina conserva en su interior el grito verdinegro de las aguas donde todavía está ahogándose Lucette. Sí, los parques de toda Europa viajaron con vosotros, y pudo verse un tobogán y su reflejo inverso en un charco, y un niño se deslizaba hacia su propia imagen, y su hermano gemelo ascendía desde el charco agitando los brazos.

Por alguna razón me siento más cómodo llamándote Sirin. Así es, la memoria se asienta sobre bases muy frágiles e indestructibles, una columna de polvo en el desván del verano, la retícula de sombra de una hamaca, y así sucesivamente. La vida del exilio: cuartos de frenético empapelado, ventanas que dan a una corriente de aire, y tú estás en medio de la habitación, entre espejos improvisados y maletas boquiabiertas, o vestido de guardameta en la bruma verdosa del Trinity College. En los escaparates fluye una dulce peletería, mientras la Historia deja a su paso fascículos de horror (tenacillas al rojo, párpados arrancados), y en un bosque de Rusia alguien cuenta los pasos para un duelo, suena la detonación, los decorados cambian, y solamente estás tú años más tarde con una raqueta de tenis en la mano abandonando la pista.

Según los gráficos de Rattner, Terra es una franja más o menos elíptica situada en algún punto intermedio del entendimiento, un tirabuzón de luces frescas sobrenadando en una aterciopelada jalea, determinada célula brillante en la mente lastimada de los locos –Aqua, ¿puedes oírme?–, una cisterna de sombras adonde irán a parar nuestras desamparadas conciencias, o quién sabe qué. De todas tus fotografías, prefiero una en la que apareces por un pequeño sendero con una gorra de visera y un cazamariposas.

Estimado profesor Veen, ahora sabemos que la única forma posible de morir sería la abolición de la memoria, la linterna clandestina, el prisma coloreado (¡Henri Bergson y Marcel Proust!), capaz de abrirse en un cosmorama de imágenes y palabras. Qué puede importar que los larvarios hayan sido abandonados, y las nínfulas crezcan, y Dolores Haze nos reciba en la puerta de su casa portando un secador averiado y las uñas despintadas. Bajo la bata floreada se oculta un vientre encinto. Muchachas de uniforme pasan frente a tu ventana y dentro de uno, dos veranos, desaparecerán sus apuntes escolares y sus rodillas turbadoras y su risa quemada por los bordes y las muchachas que pasan.

Hoy vuelve a ser el cumpleaños de Ada; el sol cabrillea en el borde de la piscina y sobre las bandejas, el olor del cloro asciende hasta los grupos que bromean, parece ser algo eterno. Pero cuando llegas a la fiesta la casa está vacía y una nota dice que los invitados se han marchado; que han dejado de ser jóvenes; que no te conocen en absoluto; que asisten a un sepelio o están encerrados en un asilo golpeando con los tenedores en las mesas.

Ahora, por ejemplo: tú continúas muriendo, la sangre bombea contra las paredes de mi rostro, en algún lugar del globo una telefonista conecta una clavija en la centralita, las galaxias se expanden a velocidad creciente de su foco de explosión; puede que llueva; alguien toma un avión con la intención de asesinar a otro alguien igualmente impreciso, al mismo tiempo que dos cuerpos celestes entran en colisión, y dentro de millares de años un telescopio registrará tal vez un momentáneo resplandor en la bolsa negra del espacio. Y esto es así y está bien que así sea.

El cazamariposas atroz de la muerte nunca alcanzará a la pequeña, frágil crisálida que se aloja en el cerebro que se acuerda. En medio de la noche, el castillo de Ardis como un soberbio candelabro de plata líquida, levemente desenfocado por la distancia. Las manos de Tamara en los museos son dos plantas acuáticas, dos establecimientos de algas, son como relieves en una vieja polvera las sombras tutelares del pasado. Tú que viste el ocaso de un siglo reflejado en el timbre de tu bicicleta. Sirin, qué extraño pasajero. Entre los alerces del jardín existe un lugar vacío, una urna de luz donde no es posible el daño y te imagino. Tu linterna mágica, la biblioteca de Ada, la ardiente transparencia de Ardis Hall, desmienten que haya muerte.

Los viajes de Anatalia

Mamá en el andén paga lo justo al taxista, al maletero, vigila cómo el enorme equipaje pardo, el cajón con las partituras, sus cajas y sombrereras, la ropa de los niños, nuestra, va siendo engullido trozo a trozo por el vagón mercancías. Sin rostro. Mi madre y su portamonedas conceden un beso a tía Berta, corre un viento frío, partamos, partamos, mamá asciende escalones, esto se llama departamento y es de oscura madera densa, yo preferiría viajar en barco, mamá aspira el barnizado, corrige un portafolios, ¿cómo has dicho que se llama? Un trompetista de uniforme pasa comiendo absurdamente una gragea. Anatalia abre sus grandes ojos claros y mira cómo el circo de los hombres levanta la carpa de la mañana con su esfuerzo, sus ingredientes, con todo su oro en promesa y su desgracia. Comenzamos a movernos, era verdad que esto andaba, saludad a tía Berta, tía, tía, se llama departamento, cuidado con el viento, las bufandas, ¿os habéis dejado algo?, se oye la voz de mamá diciendo gracias por todo, y sentaos en vuestros sitios, mientras se empequeñece la estación y estamos respirando y yo miro el neceser que está a punto de caerse.

Al atravesar la frontera, se vieron restos de trincheras, tanquetas retorcidas, pedazos de vidrio. ¿Tenéis hambre? Al atravesar la frontera un caballero gordo y como sin esperanza es arrojado a patadas por el Servicio de Aduanas. El camarero levanta la tapa de la sopa como si se levantase la tapa de los sesos. Dice mi madre: Allí ya veréis, tendremos diez o doce cuartos para todos, espejos empañados, solfeo, y un jardinero que imagino aburrido cambiando de orientación los rosales. Esgrima. Tendremos (no tosas, Anatalia) esos afilados lacayos que patinan sobre el mármol y un pequeño estanque de agua contaminada que provocará cólicos y tisanas qué, qué os parece.

Elba parece ir leyendo en el cristal las páginas del paisaje. O quién sabe. Acaso todos estén pensando en la villa del verano, las meriendas en el Campo de los Arces, aquella tarde que pusimos una piedra sobre otra para marcar un sendero y al día siguiente no estaba; nos parece muy bien; pienso en la biblioteca roja y su escalera para alcanzar los estantes más altos con los libros que los pequeños no tenemos por qué leer. Bajo la vidriera llameante, el abuelo recorta titulares sobre los comienzos de la aviación y los ordena con adhesivo en un álbum. Turguéniev reposa en yeso. Dinos, ¿desde allí también iremos caminando hasta el Campo de los Arces? ¿Instalaremos panales? ¿Falta mucho, di, para llegar? Y lo que es más importante, ¿podríamos repetir confitura de grosella?

Querida tía Berta:

Muchos abrazos de todos, no sabes lo bien que lo pasamos ahora y Clara no se come las uñas. Mis sabores preferidos de esta semana son: la menta. Nos acordamos mucho de casa, la hierba recién cortada, el catecismo que nos enseñabas debajo de una gotera y todavía nos lo sabemos, no creas. La postal representa una puesta de sol y dos naranjos (dile a Niso que no olvide nuestra apuesta). El sitio adonde vamos se llama: Establecimiento de Baños, allí los jardineros se aburren. ¿Has vacunado ya a Elmer? Hoy estamos viajando entre jaulas de faisanes. Pero hay momentos en que, no sé, conozco el peso del aire, veo la temperatura, me asusto, y entonces cruje el entarimado (perdóname los tachones), ascienden los dirigibles, y todo es una gran mancha, tía.

Anatalia

Huíamos de la separación, del desorden, de la separación del desorden, del asma de Anatalia y de todo lo que hiere. Pero el asma, ay, siguió viajando con nosotros, se hospedó en los mismos paradores, pidió pomelo en el desayuno y regresó con los pies fatigados tras la visita a museos.

Mamá no descuida una ruina; las visitamos todas. Nos hace comparar dinteles, memorizar gárgolas, amanecemos góticos, a ver quién me dice qué es esto, el día se despliega innumerable y nosotros caminamos, caminamos, esto es un gladiador de escayola horriblemente mutilado, mamá. Acudimos a cada piedra, a cada «hecho relevante», como diría Procopio, el administrador tuerto, bello, reticente, opaco, siempre géminis, contable de fracasos, con su infusión de media tarde y su corbata exhaustiva. Una columna toda rota y con cenizas es un «hecho relevante». En el salón de música del tren nos sentimos desbordados. Mamá se levanta de su asiento, dice que necesita tomar un poco de aire (así: necesito tomar un poco de aire), su silueta se nos aleja mientras al fondo la orquesta derriba valses, agita esos harapos de música, un ritornello obsesivo que los ejecutantes vierten, una y otra vez, sobre la espalda de los pasajeros.

Un poco de gelatina tiembla sobre el mantel. Enfrente de nosotros, un oriental va leyendo un libro con forro de papel pintado. A lo lejos se escucha un fondo de engranajes y calderas, música sobre música, y dos viajeros irritados discutiendo porque aquella tarde el vagón entero olía insoportablemente a mar.

¿Por qué decimos que Dios es creador? Porque todas las cosas las hizo de la nada. ¿Por qué decimos que Dios es Señor de todas las cosas? Porque todas Le pertenecen, y cuida de ellas con sabiduría y bondad pero no consigo dormirme o estamos atravesando algún túnel. Es cierto que yo podría contar mi historia, una historia hecha de sombras, partitura del vacío, rosa líquida de nada. En mi infancia llueve siempre. Yo camino hacia el colegio de la mano de mamá, y estoy temblando. Como a toda prisa para llegar a tiempo a clase y vomito entre dos autos. Hay un buzón absurdo en la esquina que recuerda mucho un cumpleaños.

De pequeño soy Julio Verne. Mi soledad y mi cuarto se van poblando de mástiles y planisferios, de planetas sumergidos y resacas, de maderas encalladas. En mi escritorio suceden furiosísimos motines, naufragan los batiscafos, mi cama es una isla que se desplaza. El correo del zar cruza la estepa, no hay tiempo, van a matarlo, y la primera comunión, estarás contento, ya está tan cerca.

Julio Verne hizo la primera comunión vestido de blanco y fue comprendiendo poco a poco lo que significaba llevar nuestro apellido, la carga de desamparo y astenia que arrastraba su ortografía, la locura del diptongo, qué extrañeza, y el acento final que lo clausura, duro y concreto como un acento.

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