Книга Holocausto gitano читать онлайн бесплатно, автор María Sierra – Fictionbook, cтраница 3
María Sierra Holocausto gitano
Holocausto gitano
Holocausto gitano

3

  • 0
Поделиться

Полная версия:

María Sierra Holocausto gitano

  • + Увеличить шрифт
  • - Уменьшить шрифт

En el siglo XVIII, el espíritu ilustrado aplicado a las tareas de gobierno mostró aquí su lado oscuro, y el control de las poblaciones y la utilidad económica de los súbditos se hicieron más imperativos precisamente para los gobernantes más cercanos al reformismo modernizador. Sin que desaparecieran las medidas anteriores, se impuso entonces una política de sedentarización y asimilación forzosa: durante los reinados de la emperatriz María Teresa y luego de su hijo José II en Austria, de igual manera durante el del rey Federico II (llamado el Grande) en Prusia, se confinó a los gitanos a unos pocos emplazamientos y ocupaciones considerados legales, imponiendo sobre ellos férreos controles.

Lo sucedido en esta zona de Europa a lo largo de la Edad Moderna no fue excepcional: prolongar sin más este maltrato legal al Tercer Reich nazi, suponiendo que existiera un patrón alemán de antigitanismo, sería erróneo. Una rápida mirada a España nos confronta con una persecución tan insistente, si no más, sin que ello impidiera luego el empleo de «lo gitano» como parte de la simbología nacional. También aquí los grupos que entraron en principio con autorización real (e incluso contaron en ocasiones con la buena acogida de nobles locales) vieron cómo la condición de peregrino perdía rápidamente su prestigio en el país de los Reyes Católicos, soberanos empeñados en una amplia operación de construcción nacional cargada de componentes culturales y religiosos. Igual que sucedió con otras minorías —judíos y moriscos—, los gitanos fueron amenazados de expulsión; en caso de querer permanecer en tierras españolas, una pragmática de 1499 los obligaba a abandonar su lengua e indumentaria y someterse a la obediencia de algún señor. Se anunció entonces, entre otras penas para los incumplidores, la de esclavitud y trabajo forzado, que monarcas posteriores mantuvieron. En 1619 Felipe III endureció el castigo en forma de pena de muerte para los renuentes, mientras que pragmáticas posteriores, como las de Felipe IV en 1633 o Carlos II en 1695, optaron por imponer la asimilación forzada antes que la expulsión, obligando a los gitanos a residir en una lista cerrada de villas, a comparecer ante la justicia para ser censados, a trabajar en muy pocos oficios y a evitar su lengua «jerigonza». También en la España del siglo XVIII la Ilustración mostró su cara más cruel cuando, asesorado por el marqués de la Ensenada, Fernando VI promulgó en 1749 una orden para el apresamiento general de toda la población gitana del país, conocida como la Gran Redada. La operación sacó de sus casas a familias asentadas, las privó de sus bienes, obligó a hombres y mujeres a trabajos forzados, y los mantuvo separados buscando la extinción biológica del grupo.

Los argumentos con los que se compuso este denso aparato legal, así como el discurso político de distinto origen que lo acompañó (de consejeros reales, representantes en Cortes y Dietas, gobernantes locales, eruditos dedicados a los problemas de la nación, instrucciones policiales, etc.) revelan varias cosas. Primero, que los grupos romaníes habían llegado para quedarse, pues la reiteración en las medidas y los castigos no hacía sino reconocer implícitamente el fracaso de los intentos de expulsión o asimilación. Segundo, que estaban incorporados a la vida social y económica mayoritaria en superior medida de lo que admitía el estereotipo que los reducía a bandas errantes de vagabundos y delincuentes. Las leyes, además de prohibir las particularidades culturales de los gitanos, limitaban los oficios que podrían ejercer, los fijaban en determinadas tierras y promovían censos para registrar su existencia. Hablando de nómadas desocupados y fuera de la ley, un tópico obsesivo en un tiempo en el que el bandolerismo aumentó a partir de fracturas sociales tan graves como la generada por la guerra de los Treinta Años, las leyes hacían en realidad referencia a otros gitanos.

Leídas del revés, estas medidas nos hablan de un proceso de asentamiento de diversos grupos romaníes en toda Europa que conllevó la residencia en determinados domicilios y el ejercicio de determinadas profesiones. Algunas, comunes con las clases trabajadoras de las sociedades receptoras, como el cultivo de la tierra, tarea en la que compartieron fatigas con otros segmentos de la población; otras estuvieron más específicamente vinculadas a un perfil laboral colectivo, como la forja del hierro y otros metales, la reparación de objetos varios, el cuidado y comercio de caballerías o el entretenimiento musical y teatral de la población (en países como Hungría y Rusia su presencia en los espacios musicales sería considerada característica de las respectivas culturas nacionales ya en el siglo XVIII). En particular, el comercio a pequeña escala y la reparación de objetos que conllevaba la movilidad del artesano fueron dedicaciones frecuentes, en relación con la también frecuente prohibición de incorporarse a los gremios establecidos.

Por paradójico que resulte, este tipo de políticas dirigidas supuestamente a asimilar a los gitanos generaban desarraigo y producían criminalidad. Algunas de las medidas impedían que los afectados ejercieran ciertos oficios o los obligaban a mover sus residencias a determinados emplazamientos prefijados. Otras prohibían formas de vida que no eran exclusivamente gitanas, como la mendicidad o la movilidad, pero que quedaban doblemente criminalizadas en tanto que gitanas. Por todo ello, se puede afirmar que en esta etapa histórica se puso ya en marcha una lógica gubernamental respecto a la población romaní que continuaría vigente hasta el nazismo y aún después, puesto que el aparato legal y el discurso normativo de las monarquías europeas de la Edad Moderna crearon categorías criminales aplicables a toda una comunidad en cuanto que tal. Quedó activada la triple operación de categorización (asignación de un nombre al colectivo), «etiquetaje» (identificación de sus miembros) y estigmatización (invocación de juicios de valor negativos) que habría de tener un largo recorrido histórico, según han indicado los investigadores Lucassen, Willems y Cottar.

Uno de los principales problemas fue el efecto extralegal de estas leyes, puesto que, después de haber castigado penal y civilmente a los considerados delincuentes o peligrosos para la comunidad, este aparato normativo seguía proyectando sobre el imaginario colectivo de las sociedades mayoritarias una representación globalmente negativa de los llamados gitanos que les perjudicará durante generaciones. Sobre todo, si tenemos en cuenta que otros discursos contribuyeron a extender y amplificar esta imagen, de forma quizá más difusa pero igualmente efectiva, imprimiéndola en lo que podemos llamar el «sentido común» de una sociedad.

Como sabemos, la literatura y las artes plásticas, entre otros vehículos culturales, han sido particularmente influyentes a la hora de configurar el conjunto de presunciones que un grupo humano da por hechas, asumiendo su existencia como algo natural, sin preguntarse por su artificialidad o intención política. Durante el Renacimiento y el Barroco, novelas y tramas teatrales recurrieron a los gitanos cuando había que introducir en los argumentos la delincuencia o, cuando menos, la marginalidad social. A veces ni siquiera como tema directo, sino como ambiente o excusa. Fueron un recurso literario muy eficaz, puesto que podían servir para explicar esa ruptura del orden que activa toda historia, que mueve toda trama; no digamos ya por su valor como contenedor de moralejas y otras fórmulas pedagógicas. Abundan en consecuencia los relatos en los que los gitanos son presentados, sin mediar explicación, como bandidos que desafían las leyes sociales, brujas terribles o mujeres de peligroso atractivo, ladrones de niños en cuyo robo se sitúa la clave del enigma de la historia… Desde La Gitanilla de Cervantes a Les Fourberies de Scapin de Molière, pasando por La Belle Egyptienne de Sallebray o Moll Flanders de Defoe, antes de llegar a la eclosión del Romanticismo, escritores de todos los países y estilos utilizaron a los gitanos para introducir a la par intriga argumental y tensión social en sus obras. Los rasgos amables con los que se tocaba a determinados personajes o situaciones excepcionales eran perfectamente compatibles con la estigmatización global del grupo.

Óleos y grabados aprovecharon también el filón temático de los gitanos como elemento exótico y anecdótico, un dato de color móvil en medio del paisaje o una ocasión para introducir en el relato plástico el contraste entre personajes «normales» y sus «otros». Así, la figura de la mujer gitana como adivinadora de fortuna se convirtió en un tema visitado por Georges de La Tour, Nicolas Régnier o Watteau, entre muchos otros [Il. 3]; por su parte, para una legión de paisajistas como David Teniers, Jan Steen o Thomas Gainsborough, los campamentos y caravanas gitanos sirvieron para ilustrar el contraste entre naturaleza y humanidad —sugiriendo algo así como un eslabón perdido en el proceso de civilización—. En estas representaciones, la tipificación de una apariencia genéricamente gitana para identificarlos como tales empleó los recursos de la vestimenta y el adorno que se les atribuyeron como propios, mientras que también se fijaron (y no sin titubeos) aquellos rasgos físicos como la piel oscura, a juego con ojos y cabellos negros, que igualmente deberían diferenciarlos, esta vez en clave racial. Además, la apariencia externa se hacía casar con las inclinaciones internas retratadas: la tendencia al engaño y al robo en su trato con los «ciudadanos honrados», el vagabundeo y la ociosidad.

Esta representación ficcional de los gitanos, literaria y plástica, traducía y alimentaba el discurso legal y político de las elites gobernantes antes que la realidad social de las variadas formas de vida gitanas. Además, contribuyó de forma sustancial a la creación de estereotipos simplificadores que marcaron la historia colectiva de estas minorías. Sin embargo, lo que vino después supuso un salto cualitativo decisivo en la creación de una representación de los gitanos que, además de determinar sus vidas cotidianas, les robó el derecho a definir su propia imagen durante generaciones.

El largo siglo XIX y los estereotipos románticos

Como periodo en el que cristalizó el paradigma cultural de la modernidad occidental, el siglo XIX es un momento clave para entender la consolidación de las representaciones y los discursos sobre los gitanos que siguen determinando aún hoy día la imagen del pueblo romaní. Los procesos culturales, con implicaciones políticas, a los que me referiré a continuación arrancan de las últimas décadas del siglo XVIII y se prolongan en sus líneas básicas durante los primeros decenios del XX, por lo que también aquí podríamos hablar de un «largo siglo XIX» en el sentido propuesto por el historiador Eric Hobsbawm. Durante este tiempo, al menos en aquellos países en los que fue imponiéndose el liberalismo como proyecto político, el hostigamiento institucional anterior se remansó en alguna medida. No dejó de haber leyes que señalaran específicamente a los gitanos como objetivo colectivo penal y policial, pero al menos desapareció la estigmatización jurídica específica en el registro de normas de rango superior, como las constituciones, en deuda con una noción de la ciudadanía que teóricamente debía respetar la máxima de la igualdad legal. No fue así, por el contrario, en aquellas zonas de Europa donde aún no se había instaurado el nuevo régimen liberal: en regiones como Valaquia y Moldavia la esclavitud fue la situación legal de la mayoría de la población romaní hasta bien entrado el siglo XIX.

Allí donde llegó, este relativo avance político-legislativo no implicó sin embargo que se desactivara la creación de estereotipos que habían venido cebándose sobre las poblaciones romaníes desde su instalación en Europa. Todo lo contrario: mientras en la esfera de la legislación se produjo un enfriamiento temporal de la atención a lo que ya se había catalogado previamente como «problema gitano», en el espacio de las construcciones culturales los gitanos centraron el interés creciente de artistas, científicos y comentaristas de primera o segunda fila. La voz de estos observadores externos fue decisiva a la hora de fraguar unas imágenes que, tomando materiales de siglos anteriores, se proyectarían hacia el posterior tiempo de las guerras mundiales. La frecuencia y la insistencia con las que tanto el arte como la ciencia produjeron imágenes sobre el pueblo romaní —tomado como un colectivo uniforme— son de tal calibre que puede hablarse de un efecto de borrado de las personas reales, invisibles para la mirada social mayoritaria del propio tiempo y ocultas en los registros históricos para tiempos posteriores tras la espesa capa de representaciones exógenas.

De la mano del Romanticismo, lo gitano se convirtió en motivo de una auténtica moda en el siglo XIX, cuando se extendió por toda Europa una sensibilidad cultural que favoreció por distintos motivos la observación de estas comunidades y su utilización como tema de representación artística o de reflexión erudita. A la extensión de esta moda «gitanista» colaboró en gran medida el fenómeno del viaje romántico, una práctica que se desarrolló hasta generar una primera industria turística en el mundo occidental. Sectores crecientes de las burguesías europeas y americanas, y especialmente quienes se consideraban artistas, se plantearon el viaje como una experiencia de búsqueda de formas de vida distintas a las de sus sociedades de origen, e incluso de descubrimiento de culturas supuestamente perdidas o en peligro de extinción. Los gitanos se convirtieron en uno de los trofeos de este esfuerzo, y los relatos de los viajeros registraron su existencia allí donde los iban encontrando, a veces con un pretendido realismo altamente engañoso. Guías, cuadros, grabados, poemas y fotografías realizados en este contexto se convertían a su vez en fuente de inspiración para quienes no habían conocido directamente la experiencia del viaje, construyéndose un imaginario cada vez más denso de exotismo y alteridad.

Teniendo en cuenta que se buscaban «realidades» que no estuvieran contaminadas por el avance del progreso y fueran atractivas por su radical diferencia respecto a la cultura de origen del observador, no es extraño que España se convirtiera en uno de los destinos románticos por excelencia. Para aquellos primeros turistas ingleses, franceses, norteamericanos, etc. (y, por mediación de ellos, para su público), España significó no solo la cercanía a África, a un pasado musulmán y una Edad Media fácilmente mitificables, sino también la presencia de una población gitana especialmente numerosa, sobre todo en Andalucía [Il. 4]. De hecho, muchos de los estereotipos románticos europeos e incluso universales sobre los gitanos crecieron a partir de este espacio concreto, a la vez real y figurado. Entendida como epítome de España, la figuración de una Andalucía agitanada ofreció a los viajeros románticos un terreno fértil para el cruce de imaginarios exóticos.

Desde su mirada eurocéntrica, resultaba lógico relacionar las periferias del Sur y el Oriente; y bajo el estímulo de monumentos tan impactantes como la Alhambra granadina u otros restos del pasado musulmán andaluz, los gitanos podían ser interpretados como un fragmento de aquel lejano Oriente incrustado en Occidente, algo que ayudaba a explicar su presencia y apariencia. Una viajera inglesa, Isabella F. Romer, lo contó en su libro de recuerdos como una impresión compartida con otros viajeros al ver bailar a un grupo de gitanas en Granada: «el Coronel H … quedó impresionado por la similitud de estas danzas con las de las bailarinas Nauch en la India y Persia; yo, por mi parte, encontré escasa diferencia con las que había visto realizar a las jóvenes danzarinas en los harenes de Turquía» (The Rhone…, 1843). No faltaron productores locales de cultura que rentabilizaran esta suposición, emplazando figuras gitanas o agitanadas en escenarios moriscos para la realización de postales, fotografías y otros souvenirs de viaje con gran éxito de público. Como veremos, el fenómeno del «gitanismo» tiene muchos paralelos con el del orientalismo en el sentido acuñado por Edward Said: una apropiación de la imagen del otro en nombre del conocimiento experto y desde posturas de superioridad cultural, que forma parte de un dispositivo de dominio colonial de mayor alcance que el control territorial y económico directo.

Las imágenes que los románticos construyeron sobre los gitanos se alimentan de una tensión que es la clave de su potencia persuasiva: la compaginación en un mismo conjunto representativo de rasgos positivos y otros negativos, como si fueran partes indisolubles de una misma identidad, que se presenta así rica en matices y posibilidades, resulta en consecuencia más creíble y se incorpora con facilidad al entramado básico del sentido común mayoritario. Aparentemente, el discurso es en buena medida amable e incluso admirativo. Los gitanos son, según este relato, un pueblo especial por conservar rasgos de una humanidad primitiva, no alterada en su naturaleza por el proceso de civilización, algo que podría dotarlos de una personalidad colectiva muy atractiva para la mentalidad romántica. Supuestamente, serían seres más libres, espontáneos, auténticos, sensibles, cercanos al mundo natural; y por ello estarían mejor dotados colectivamente para el arte y el disfrute de la vida, serían más valientes y arriesgados, mantendrían relaciones sociales menos adocenadas por la hipocresía burguesa. En esta línea, es sabido que el Romanticismo empleó desde muy pronto en la ficción el espacio de los campamentos gitanos como un refugio para héroes perseguidos, donde se acogían a la protección leal de los jefes o podían enamorarse de una bonita muchacha. Incluso hubo figuras prototípicamente heroicas que la ficción romántica encarnó en gitanos: bandoleros buenos y valientes en conflicto con un orden manifiestamente injusto y mujeres extraordinariamente bellas capaces de licuar fronteras sociales —un reparto de roles que refleja la normativa de género burguesa desde la que se imaginaban estas representaciones que, como todo estereotipo, hablan más del grupo social que fabrica la imagen que del grupo «retratado»—.

Pero la admirada libertad que se asignaba colectivamente a los gitanos podía incluir rasgos negativos, en los que el discurso cultural del XIX también insistía: si se rebelaban contra las ataduras comunes, podían por otra parte ser irremediablemente asociales y alegales; incluso, criminales, en relación con una moral primitiva que no habría avanzado en el conocimiento del bien y el mal como la sociedad civilizada. Los gitanos, según este discurso, eran peligrosos porque no respetaban las normas y, además, estaban acostumbrados a vivir en caravanas, una residencia móvil que no conocía de fronteras ni de fidelidades nacionales. Si bien vivían más cerca de la madre naturaleza y sabían canalizar su magia, resultaban atrasados material y racionalmente, y podían con facilidad quedar del lado de la barbarie al rechazar el camino del progreso.

Así, según este discurso, si estaban dotados para las artes por su peculiar sensibilidad, también eran pasionales en exceso, dejándose llevar por sus impulsos primarios, algo que los acercaba a seres humanos arcaicos o incluso a especies animales. De hecho, las metáforas animalizadoras (pájaro, lobo…) e infantilizadoras fueron frecuentes en las descripciones literarias, igual de frecuente que fue erotizar la presencia gitana en toda clase de representaciones. La insistencia en rasgos como la sensualidad, la voluptuosidad y la libertad de comportamiento sexual, alcanza su cenit en referencia a la mujer gitana, presentada con frecuencia como una hembra tan atractiva como peligrosa por su naturaleza lasciva. «No hay en el mundo hembras más licenciosas en sus palabras y gestos, en sus bailes y sus cánticos, que las gitanas», escribió George Borrow, uno de los gitanólogos más influyentes del siglo XIX (Los Zíncali, 1841). Son muchos los cuadros, fotografías o novelas que, leídos como discursos sobre el «otro», revelan claramente cuánta lascivia había en la mirada —masculina— de los autores que construyeron estas imágenes.

Sin duda, el caso más conocido en esta construcción es Carmen, la gitana imaginada por Prosper Mérimée en forma de novela corta en 1845 y elevada a los altares de la fama por Georges Bizet con la ópera que se estrenó en París en 1875. «Era una belleza extraña y salvaje (…) Sus ojos, sobre todo, tenían una expresión a la vez voluptuosa y feroz que no he encontrado después en ninguna mirada humana». Así se introduce en la novela a esta mujer fascinante, cuyo físico de gitana refleja un interior aún más peligroso, pues Carmen es un alma libre, no sujeta a reglas sociales o morales, solo regida por una sexualidad apasionada. Su amante pierde la cabeza y el honor corriendo tras ella, agitanándose y haciéndose delincuente por ella; como sabemos, solo la muerte pone fin a la pasión descontrolada inspirada por tan irresistible mujer. Esta historia ha dado pie a muchas interpretaciones con posterioridad, máxime si tenemos en cuenta la versatilidad de las lecturas que la han reelaborado en mil y un productos culturales. No entraré aquí en esta cuestión, pero sí mencionaré al menos un par de coordenadas históricas para contextualizar este relato en el sentido que nos interesa, el de su función y sus efectos como estereotipo denso sobre el pueblo gitano.

Por un lado, hay que tener en cuenta que precisamente en esta época se estaban consolidando los modelos de género burgueses que atribuyeron a la mujer el espacio de lo doméstico y los sentimientos maternales, hasta dibujar el prototipo del «ángel del hogar» como perfecta —silente y obediente— compañera del varón, quien a la vez era imaginado como el protagonista natural de la esfera pública liberal —racional, productivo, autocontrolado—. La figuración de contramodelos ha sido siempre un procedimiento eficaz para reforzar el valor de los ideales normativos que se busca imponer, y así Carmen, y en general las gitanas, eran representadas como la antítesis de la auténtica (y correcta) feminidad [Il. 5]. Su compañía resultaba, en consecuencia, peligrosa para los hombres, por seductora, devoradora y fatal. En algunos relatos, las mujeres gitanas se comparaban con panteras por su forma de moverse y, sobre todo, de bailar; en el terreno de la música, Franz Liszt las describió como hechiceras de belleza y canto hipnóticos, el terror de madres y tutores de los jóvenes aristócratas rusos (Des Bohémiens et leur musique…, 1859). Las varias moralejas y pedagogías insertas en historias e imágenes de todo tipo no impedían, sino más bien lo contrario, que estas representaciones fueran también cauce para fantasías masculinas de carácter sexual y emocional, dirigiendo sobre la figura de la mujer gitana una mirada similar a la proyectada sobre otras feminidades vistas en términos raciales, una más en un conjunto de bellezas exóticas que servía de vía de escape.

La segunda observación se refiere al largo y extenso éxito de esta representación de la mujer gitana, en la que el género atraviesa y refuerza el estereotipo general de lo gitano. Desde su nacimiento a mediados del siglo XIX, diversas versiones de Carmen se estrenaron de forma continuada en distintos soportes plásticos y auditivos. De la música y el teatro la figura saltó al cine, alcanzando a un público cada vez más amplio. La primera representación fílmica de Carmen fue un cortometraje británico de 1907; le siguieron enseguida numerosas películas mudas, algunas de directores tan significados como Charles Chaplin (1915) y Ernst Lubitsch (1918), que incorporaban a actrices del naciente star-system cinematográfico como Pola Negri [Il. 6].

A lo largo de estos desarrollos se puede observar la compatibilidad entre las operaciones de sublimación y estigmatización que intervienen en cualquier estereotipo complejo. Las gitanas protagonistas de estas ficciones eran atractivas hasta decir basta, pero su naturaleza como mujeres las castigaba a una vida descontrolada e infeliz; la inferioridad cultural de su raza servía para explicar su carácter y sus acciones, así como para trazar fronteras morales y sociales entre los distintos protagonistas, algo que quedaba reforzado cuando otros personajes secundarios gitanos aparecían en escena, pues raramente les alcanzaba algo de esa excepcionalidad que hacía de estas Cármenes seres poderosamente atractivos. Tan atractivos que en la década de 1940 la cineasta preferida de Hitler, Leni Riefenstahl, no solo ideó una película que contaba la historia de una bella bailarina vagabunda, objeto del capricho de un marqués perverso, sino que se decidió a protagonizarla ella misma. Por justicia patética, merece la pena visualizar la escena de Tiefland (Tierra Baja) en la que se esfuerza sin éxito por interpretar un baile seductor a la manera gitana —sin que falten castañuelas, grandes pendientes, falda de volantes y mantoncillo—. Pero sobre todo es importante tener en cuenta, para comprender la banalización del mal a la que colaboran los estereotipos, que la cineasta hacía esto mientras el nazismo acometía una política de persecución de los nómadas, identificados con los gitanos, sobre la que volveremos más adelante. Este caso demuestra de forma especialmente contundente cómo sublimación y estigmatización pueden operar de la mano, afectando a la vida de las personas reales: Riefenstahl usó como extras para su película a prisioneros romaníes de campos como Marzahn y Maxglan, enviados luego a morir a Auschwitz como tantos otros.

ВходРегистрация
Забыли пароль