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María Sierra Holocausto gitano
Holocausto gitano
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María Sierra Holocausto gitano

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Como puede apreciarse en la definición anterior, la categoría de «otras» víctimas invisibiliza o al menos coloca en un lugar secundario a grupos que sufrieron la misma destrucción masiva, como es el caso de la población romaní europea. En este contexto se explica que se haya hablado con cierta frecuencia de un «holocausto olvidado» para referirse al caso de los gitanos. De hecho, aunque las investigaciones existentes son ya muchas, como se verá a continuación, es muy limitada la transferencia del conocimiento científico al espacio de lo público y, consecuentemente, muy escaso el impacto social y político de estas investigaciones, nada comparable a lo que sucede con el caso judío. En este mismo contexto hay que situar el surgimiento de nombres en romanés propuestos más recientemente por algunos intelectuales romaníes, con la intención de reclamar lugares de reconocimiento y memoria para estas víctimas de la política racial nazi. El académico afincado en los Estados Unidos Ian Hancock ha empleado la palabra porrajmos, un neologismo que significa ‘destruir’ o ‘devorar’. Debido a algunas connotaciones sexuales de este término, otros autores como el lingüista francés Marcel Courthiade lo han discutido; su propuesta alternativa de samuradipen —‘destrucción de todos’ o ‘destrucción en masa’— es la que emplean actualmente la Unión Internacional Romaní y la mayoría de las asociaciones locales.

Estos nombres buscan levantar el velo de silencio e invisibilidad que durante mucho tiempo se impuso sobre estas víctimas de la política racial nazi y, a la vez, vienen a recalcar la singularidad del caso romaní. Es cierto que la persecución y el asesinato masivo de los gitanos europeos por el nazismo y otros gobiernos fascistas presenta rasgos específicos, como se mostrará en el Capítulo 2 de este libro. En varios sentidos, estas características peculiares agravan lo que fue el patrón general de limpieza racial que llevó a la práctica el régimen nazi. Sin embargo, creo que inscribir el genocidio romaní en el contexto del conjunto de políticas genocidas del Tercer Reich explica más de lo que oculta. Estudiar de forma fragmentaria este complejo fenómeno histórico conlleva una guetificación del conocimiento que, de alguna manera, colabora a la guetificación social que precisamente el nazismo pretendió. Por el contrario, encontrar relaciones y establecer comparaciones —de las que se derivan no solo similitudes, sino también diferencias— entre los distintos casos de persecución racial y asesinato colectivo perpetrados por el nazismo proporciona un tipo de conocimiento útil para combatir mejor los tópicos que pesaron sobre los gitanos europeos en aquel tiempo.

Desde su mismo título, este libro emplea el término holocausto. Primero, porque permite la comparación entre casos y habilita un esquema de comprensión general. Segundo, porque se trata de un término de uso extendido académica y socialmente, lo que trabaja a favor de la principal intención de la obra: contribuir a la conversión del conocimiento científico en conocimiento público. Por todo ello, consciente de que Holocausto tiene las connotaciones de origen antes mencionadas, aquí se prefiere holocausto con minúscula, utilizable en plural. Se trata de situarse en una tensión productiva entre la postura que remarca la inconmensurabilidad del fenómeno histórico así denominado y la opción de buscar referencias comparativas que lo hagan inteligible. Remito al libro de Enrique Moradiellos La semilla de la barbarie, para una posición que comparto sobre la conveniencia de usar este término. El hecho de que estemos hablando de un programa de eliminación sistemática de grupos raciales considerados inferiores que afectó a millones de personas, acometido con todos los recursos administrativos del Estado, implementado por una extensa burocracia que incluyó a técnicos de diverso tipo (científicos, ingenieros, policías, militares…), ejecutado a través de un sistema industrial de destrucción masiva y aplicado sobre la población civil más allá de cualquier lógica militar de combate, nos sitúa ante un hecho histórico con un impacto moral especial no ya solo para los historiadores, sino también para cualquier ciudadano consciente.

Es cierto, por otra parte, que el holocausto debe ser entendido en su contexto histórico —un contexto de extrema violencia— para no convertirlo en un fenómeno tan excepcional que en su asimilación social actual quede encapsulado en la categoría de lo insólito, monstruoso e inigualable. Como ha señalado Enzo Traverso (2009), Europa vivió inmersa en una situación parecida a una guerra civil desde 1914 hasta 1945, con la extensión de una cultura dominada por imaginarios violentos y el triunfo del concepto de «guerra total», que no respetó las divisorias tradicionales entre frente y retaguardia, entre militares combatientes y población civil. Si la Primera Guerra Mundial fue la matriz de todo ello, Traverso y otros autores coinciden en señalar la invasión nazi de la Unión Soviética en 1941 como un punto sin retorno en la deshumanización del enemigo y la violencia consiguiente. Si no entendemos estas coordenadas generales, perderemos de vista todo lo que el régimen nazi pudo encontrar «servido en bandeja» en forma de medidas legales, estudios científicos y productos culturales previos de carácter decididamente racista. Ignoraremos también la complicidad de buena parte de la sociedad ante los fenómenos de hostigamiento, maltrato, deportación y asesinato de aquellos marcados como «enemigos» raciales de la nación. Olvidaremos que el asesinato de millones de personas por estos motivos es algo que tuvo responsables y ejecutores con nombres propios, pero también otros que nos son desconocidos. Perderemos, en definitiva, la capacidad de estar advertidos contra la «banalidad del mal» que denunció Hannah Arendt en su crónica del juicio de Eichmann en Jerusalén, y quedaremos bajo la ingenua convicción de que el holocausto es un asunto del pasado, ya cerrado.

En la tensión terminológica en la que se sitúa este libro, el nombre de genocidio es probablemente la opción más segura. Como se explicará al comienzo del Capítulo 2, hay poca duda sobre que este término se pueda aplicar al fenómeno de destrucción de la población romaní europea bajo el nazismo. Como categoría jurídica, el término genocidio nació justamente tras la Segunda Guerra Mundial, en un esfuerzo por crear instrumentos con los que atender el reto del tratamiento legal y judicial de los crímenes nazis. Fue, en este sentido, una categoría promovida por un jurista judío de origen polaco exiliado en Estados Unidos, Raphael Lemkin, quien por cierto incluyó a los gitanos en tempranas formulaciones de su idea. Pero, más allá de su significado legal, genocidio es la categoría académica más empleada hoy en día en los estudios sobre la persecución y destrucción de las comunidades romaníes en la Europa de Hitler. Remito al libro de Anton Weiss-Wendt, The Nazi Genocide of the Roma (2013), y especialmente a su introducción, para el debate sobre la oportunidad de emplear este término, especialmente a partir de las nuevas evidencias de archivo surgidas en países del este de Europa y en la antigua Unión Soviética, que muestran la magnitud y la determinación ideológica de los episodios de persecución sufridos por los gitanos por el hecho de ser «gitanos».

El mencionado libro de Weiss-Wendt ofrece también un buen balance de una cuestión más que está relacionada con las anteriores y que ha sido abordada igualmente por otros estudiosos: la comparación entre el holocausto judío y el holocausto gitano. No me refiero ahora a las grandes diferencias entre los movimientos que han impulsado el estudio y reconocimiento de ambos casos, sino a las posiciones desde las cuales se ha venido desarrollando la investigación. En este sentido, hay algunas voces contrarias o cuando menos refractarias a semejante comparación, tanto de historiadores judíos que se resisten a aceptar la inclusión de otros grupos de víctimas en términos de igualdad, como de activistas romaníes que han preferido destacar la singularidad de la persecución contra los gitanos. En este espectro se sitúa, aunque sin ser lo uno ni lo otro, la obra del historiador Guenter Lewy (2000), una aportación importante para el avance del conocimiento sobre el holocausto gitano que, sin embargo, opta por minimizar el alcance del genocidio que afectó al pueblo romaní en comparación con el caso judío.

Sin embargo, la mayoría de los investigadores coinciden actualmente en señalar las similitudes de la política racial de agresión hacia ambos colectivos y de sus efectos: la consideración en términos raciales del «problema» que para el nazismo representaba la presencia de estas minorías, los procesos de privación de derechos legales, los destinos comunes en la deportación a guetos y campos de concentración —señaladamente hacia el muy simbólico de Auschwitz—, el fusilamiento de judíos y gitanos por los Einsatzgruppen (las unidades móviles especiales de acción que acompañaban al ejército alemán en su avance hacia el este), etc. No es extraño que muchos historiadores que han abordado el análisis del genocidio romaní provengan, de hecho, del campo de estudio del holocausto judío, pues en los mismos archivos que trabajaban con este último fin encontraron evidencias del destino parejo de los romaníes europeos. Esta disposición a la comparación y a la comunicación entre casos no conlleva un borrado de las diferencias ni una negación de las singularidades. Como ha planteado Weiss, no se trata de pesar el número de víctimas en una comparación burda, sino de enfocar la investigación de manera que permita una contextualización constante de los nuevos datos y un estudio global de la política racial nazi.

En el estado de la cuestión que se ofrece en la Parte I de este libro se ha procurado atender a este consejo, reparando tanto en las semejanzas como en las diferencias que permite la comparación (Capítulo 2), rastreando precedentes a largo plazo de los procesos estudiados (Capítulo 1) y reflexionando sobre el agravamiento de las secuelas de la persecución nazi debido a la desconsideración posterior de sus víctimas romaníes (Capítulo 3). En la redacción se han evitado las notas a pie de página, con el objeto de hacer la lectura más ágil, pero se ha indicado siempre el origen de los principales datos e interpretaciones manejados, proporcionando el nombre de los autores (y las fechas de sus aportaciones en el caso de emplearse varias) para remitir con ello a una bibliografía final que, por su extensión y carácter comentado, pretende ofrecer al lector interesado una guía de lecturas para profundizar en el tema. En la Parte II se han empleado un conjunto de memorias de supervivientes que se detallan tanto al principio de esta sección como en la misma bibliografía final, y a las que se hace igualmente referencia precisa a lo largo del texto. Las traducciones de las citas que originariamente estaban en inglés y francés son de la propia autora, quien agradece la ayuda de Gloria Rodríguez Tur y Virginia Maza para las citas en alemán.

Como se observará, este libro también emplea material gráfico procedente de diversos archivos. El esfuerzo realizado para localizar y reproducir estas imágenes tiene en sí mismo una historia que merecería ser contada. Quedará para otra ocasión, pero sí es preciso decir aquí que esta historia sería un buen complemento del Capítulo 3, especialmente para la cuestión de cómo la investigación y la divulgación intervienen en el conocimiento público y la conciencia social en temas tan relevantes cívicamente como este: el contacto directo con los varios centros documentales en los que se conservan estas imágenes demuestra que hay instituciones que realmente cumplen con la labor declarada de ayudar a difundir la historia y la memoria de los holocaustos, mientras que otros defraudan la esperanza de los supervivientes y sus familias como donantes de documentos personales. Al final de este libro se ofrece un listado de las imágenes empleadas, con todos los detalles de referencia y localización posibles. Como autora de estas páginas, animo a una lectura crítica también de esa parte de mi discurso: como dice Susan Sontag, las fotografías nunca representan sin más una realidad supuestamente objetiva, sino que la interpretan e incluso crean [Il. 1]. La selección de imágenes que aquí se presenta, en parte mediada por las posibilidades documentales aludidas, no deja de ser eso, una selección, que forma parte del conjunto de opciones realizadas en este libro.

Aunque sean opciones de las que, obviamente, solo soy responsable como autora, quiero agradecer contribuciones, opiniones y compañías de quienes me han ayudado en esta tarea. Todo trabajo académico se gesta en un entorno en el que el intercambio con los colegas siempre enriquece de forma genérica, pero en esta ocasión además he podido contar con el apoyo directo de dos historiadores que conocen muy bien este espacio y con los que he intercambiado ideas o materiales documentales: gracias a Miguel Martorell, generoso compañero de viaje por tierras oscuras, y gracias también a Eve Rosenhaft, por prestarme su conocimiento experto del genocidio romaní de muchas pequeñas maneras. A Carlos Forcadell le debo, hace tiempo, la confianza de saber que es mejor ponerme toda entera en aquello que escribo. También le debo haber conocido a Virginia Maza, con quien he tenido la suerte de cruzarme durante este trabajo en bucles que prometen continuar y a la que quiero agradecer sus regalos en forma de citas de literatura alemana. Puesto que este libro ha supuesto un reto especial por varios motivos, también mi familia ha participado de mis afanes: agradezco a Sara Sierra, Paco Sierra y Sara Trujillo la atención paciente y empática en todas las ocasiones en las que conduje nuestras conversaciones con apasionamiento hacia mi propio universo mental concentracionario. Finalmente, a Juan Pro le toca la difícil suerte de formar parte de ambos círculos, el profesional y el familiar, y de estar implicado en todos mis empeños. Aquí me limito a agradecerle la lectura más atenta que tuvo este manuscrito antes de que Ricardo Artola, entusiasta editor, lo convirtiese en libro.

NOTA:

Este trabajo se ha realizado en el marco de los proyectos HAR2015-64744P, PID2019-105741GB-I00 y BESTROM-HERA

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Gitanos y antigitanismo:

historias paralelas

Como sucede con el caso del pueblo judío, la operación de liquidación sistemática de la población romaní europea que ideó y ejecutó el nazismo solo se entiende cabalmente si se inscribe en la historia del antigitanismo, un fenómeno complejo que tiene una trayectoria tan larga como la historia misma del pueblo roma en el mundo occidental. Este capítulo abordará, en consecuencia, lo que podemos considerar precedentes del genocidio romaní proyectado por el nazismo. Sin restar especificidad a las acciones que tuvieron lugar en etapas históricas anteriores, puesto que responden a distintas mentalidades y formas de entender la organización de la sociedad, lo cierto es que el trato que las naciones europeas han dado a las diversas minorías romaníes ha estado caracterizado de forma persistente por el rechazo, la negación de su cultura, el hostigamiento e, incluso, el intento de eliminación. Por decirlo con otras palabras, las políticas nazis contra los gitanos encontraron el terreno abonado por una larga tradición legal y cultural que había venido estigmatizando a este colectivo, considerándolo extraño y peligroso para la sociedad. Sin ese soporte, difícilmente hubiera sido factible el programa de exterminio de los gitanos ideado por el nazismo.

El maltrato y la persecución han sido (y son aún) tan persistentes que no debería resultar difícil entender la reacción defensiva de cierre por parte del grupo así interpelado, cuya misma definición es por este motivo problemática. La cuestión de los nombres, a la que se ha hecho referencia en la introducción, es una buena muestra de la complejidad de una identidad contestada como pocas: quienes los llamaron gitanos lo hicieron con intención peyorativa y desde fuera de la comunidad así denominada; quienes fueron llamados gitanos (y maltratados como tales) durante la Segunda Guerra Mundial intentaron luego redefinir su identidad colectiva bajo otros nombres a la luz de la experiencia del holocausto; por último, la memoria de esta experiencia tiene hoy en día lecturas diversas entre quienes se consideran herederos del pueblo romaní o gitano y tienen que seguir luchando contra estereotipos negativos sobre su identidad colectiva.

Llegar a Europa en tiempos revueltos

A partir de una reconstrucción realizada a la luz de la filología, los gitanos habrían llegado a Europa procedentes de algún lugar al nordeste de la India, de donde salieron en un momento indefinido de la Edad Media para instalarse en diversos territorios del antiguo Imperio bizantino, primero en Asia Menor y luego en la península balcánica, donde hay ya sí constancia histórica de su asentamiento y actividad económica. Más tarde, en el contexto de otros movimientos de población relacionados con el avance turco sobre estas zonas, se extendieron por toda Europa, de manera que durante los siglos XIV y XV grupos de «egipcianos» o «bohemios» —según los nombres equívocos que iban recibiendo allí donde llegaban— se irían asentado en la mayoría de las regiones del viejo continente: Moldavia, Valaquia, Hungría, Alemania, Suiza, Francia, Países Bajos, Inglaterra, España… Pronto, de la mano del mismo Colón en sus primeros viajes a América, alcanzaron también al nuevo mundo del otro lado del Atlántico.

Este es el relato habitual sobre los orígenes del pueblo gitano europeo, que sortea grandes vacíos documentales para sus primeras etapas y encierra una contradicción muy llamativa visto desde la concepción racial del nazismo: la paradoja del linaje ario de este pueblo, afirmada precisamente por un erudito alemán en el siglo XVIII, Grellmann [Il. 2]. Más allá de todo esto, tal forma de contar la entrada en la historia europea del pueblo romaní conlleva un problema científico y político que suele pasar inadvertido: al presentarlos como inmigrantes de origen distante e incluso misterioso, se subraya —aunque sea inintencionadamente— la condición foránea de quienes han estado sin embargo viviendo en suelo europeo de forma continuada desde la Baja Edad Media. Europa es históricamente un continente de aluvión demográfico; pero no se aplica el mismo esquema, que marca con el exotismo de un origen lejano como rasgo indeleble, a todos los grupos humanos que la han venido ocupando, atravesando y poblando. El relato histórico no es neutro y asimila con naturalidad a algunos pobladores mientras que de otros enfatiza su origen foráneo. Así lo refleja el nombre de egipciano que está detrás tanto de la palabra inglesa gypsy como de la española gitano: ya fuera porque remitiera a una zona del Peloponeso conocida como Pequeño Egipto o porque los vinculara con el mismo Egipto africano, son equívocos de distinto signo confluyentes en una denominación que los define como un grupo ajeno al cuerpo social históricamente arraigado en el territorio nacional.

Los motivos de esta representación de los gitanos como extraños tienen mucho que ver con la sensación de choque cultural que en el mismo siglo XV experimentaron los alemanes, italianos, holandeses o españoles, por poner solo algunos casos, cuando observaron a los recién llegados. El famoso Diario de un burgués de París describe el asombro de la población en 1427 ante la entrada de grupos con lengua, vestimenta y costumbres extrañas, cuyo aspecto y prácticas causaban a la vez curiosidad y reparo: «Casi todos tenían ambas orejas perforadas y llevaban en cada una de ellas uno o dos aros de plata, decían que en su país era signo de nobleza. Los hombres eran muy negros, de cabellos crespos. Las mujeres las más feas y oscuras que puedan verse (…) A pesar de su pobreza, había entre ellos brujas que adivinaban examinando las líneas de la palma de la mano lo que a uno le había ocurrido o había de pasarle». Por todo ello, durante su estancia en París «hubo tal afluencia de gentes… deseosas de ver como jamás las hubo ni para la bendición del Bendito». Desde esos primeros momentos se percibe ya la reacción de cierre y rechazo de unas sociedades que se entendían a sí mismas como civilizadas, para las que el nomadismo resultaba además sospechoso por múltiples motivos y aumentaba prejuicios raciales.

Pero, a la hora de fraguar un tratamiento legal de carácter decididamente antigitano, aún más decisivo que este genérico temor social frente a lo desconocido y lo considerado diferente fue el concreto momento político en el que estas poblaciones llegaron a Europa. Porque el impulso definitivo para la construcción del Estado-nación moderno se produjo precisamente en este tiempo. En el siglo XV muchos soberanos europeos se emplearon duramente en la difícil tarea de afirmar el poder real como poder civil superior frente a otros poderes e instituciones, impulsando procesos de definición del Estado-nación que implicaron también conflictos territoriales. Desde el principio de este complejo fenómeno histórico que se consolidaría en el siglo XVI puede ya observarse la importancia otorgada por los soberanos al control de las poblaciones y sus movimientos, así como la búsqueda de la homogeneización cultural de los diversos grupos de súbditos. Los gitanos llegaron en un tiempo en el que la diversidad, nunca bien vista políticamente, se estaba convirtiendo en algo especialmente indeseable. La legislación relativa a su asentamiento se inició, pues, en este preciso momento de cierre político y cultural de las monarquías europeas. Además, el empuje del Imperio turco-otomano desde los Balcanes y el Mediterráneo recalcó el componente religioso incluido en estas operaciones de definición política de las naciones europeas. Desde el principio, en los reinos cristianos los grupos romaníes empezaron a ser tachados de sospechosos por supuestas tareas de espionaje a favor del poder musulmán. Esta etiqueta —espías amparados en una forma de vida móvil— habría de ser operativa también durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, cuando no pocos de ellos fueron detenidos por espionaje y asesinados en nombre de la seguridad nacional, sin importar que muchos romaníes hubieran servido en el ejército de sus respectivos países y luchado en el frente.

Por todo ello, volviendo a los orígenes, estos grupos fueron castigados con el estigma de eternos extranjeros dentro del suelo patrio, y la legislación de los siglos XVI, XVII y XVIII procuró su desaparición en toda Europa, bien por la vía de la asimilación forzada —un borrado de sus características étnicas específicas—, bien por la vía de la expulsión o la aniquilación. La acumulación de medidas específicas sobre los gitanos en los diversos reinos europeos a lo largo de la Edad Moderna adquiere dimensiones inconmensurables. Pragmáticas, edictos, decretos… se superponen en todos lados siguiendo un mismo patrón básico: controlar a un grupo que se construye legalmente como un enemigo interno incrustado en el cuerpo social. Esto se hizo tanto reconociendo la existencia de su especificidad cultural —aunque fuera para perseguirla— como negándola, al afirmar que la etiqueta «gitano» solo escondía a vagabundos y delincuentes comunes.

En los territorios alemanes, por ejemplo, a pesar de los iniciales salvoconductos que les permitieron entrar como peregrinos por razones religiosas, se desató muy pronto la escalada de disposiciones antigitanas locales y regionales: la ciudad de Fráncfort fue la primera en expulsarlos legalmente en 1449, mientras que en otras solo se les permitía acampar a las afueras; en cualquier caso, a finales del siglo XV la Dieta imperial promulgó un edicto que revocaba todos los salvoconductos emitidos con anterioridad por el emperador Segismundo cuando permitió la entrada de grupos gitanos, ilegalizándose su presencia en el territorio del Sacro Imperio Romano Germánico. Entre mediados del siglo XVI y mediados del siglo XVIII se promulgaron aproximadamente 120 leyes de distinto alcance que los castigaban con penas físicas y trabajos forzados si eran encontrados en estas tierras prohibidas. En algunos casos se les castigó directamente con la pena de muerte, como decidió en 1661 el príncipe elector de Sajonia para sus dominios. En otros, las leyes dispusieron también la separación obligatoria de los niños de sus padres, para ser educados en familias o instituciones consideradas cristianas.

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