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Marcos Pereda Arriva Italia
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Subiendo el Aspin Gino empieza a notarse raro. «Sentía que mi corazón, que siempre llevo controlado por muy grande que sea el esfuerzo, se desbocaba. Golpeaba tan fuerte en el pecho que casi podía ver retumbar mi maillot. Mi respiración se hace más dificultosa, cada vez que inhalo aire me duele cual si me apuñalaran. Es como si algo dentro de mí se hubiera roto para siempre. En ese momento me invade un enorme miedo, miedo de estar muriéndome, temor de estar matándome».
Aquellos que siguen la carrera empiezan a darse cuenta. Algo no funciona bien en aquel hombre que avanza por los Pirineos. Empieza a levantarse y caer, a levantarse y caer. Y, en un momento dado, habla. Gino Bartali comienza a hablar consigo mismo. Allí, en mitad de la montaña, un poco más alto cada palabra, acabando en gritos. «Vamos, vamos, vamos», dicen que dice, «ahí arriba todo acaba, ahí arriba». Y aúlla de puro dolor, se vuelve a alzar sobre los pedales, se sienta, gime de nuevo, habla solo. El cielo, impasible, contempla los restos de la locura que tantos hombres han ido dejando, hecha jirones, por entre las pendientes de estas montañas mágicas, llenas de duendes, trentis y anjanucas malas. Los periodistas se estremecen. Temen por Bartali, pero no se atreven a decirle nada. Su rostro está concentrado. Más aún, airado. Nadie quiere escuchar aquel vozarrón volviéndose contra él…
Así que, en esas condiciones, Gino Bartali corona el Aspin.
Bajando el puerto en dirección a Arreau un espectador invade la carretera. Gino frena en seco, sale despedido por encima de su bici, huesos en suelo, piel despellejada contra el camino. Se levanta, se mira, mueve las piernas, los brazos, parece que no hay nada. Es un milagro, otro. Furioso, sudando copiosamente, se dirige a la máquina, solo para comprobar que la rueda está rota. Tiene que esperar durante largos minutos hasta que llega el coche de equipo. En aquellos instantes eternos, sentado en la cuneta desierta del Aspin, apenas un punto en la inmensidad pirenaica, Gino Bartali pierde la etapa y gana el Tour.
Porque, efectivamente, sus rivales belgas lo alcanzarán y lo dejarán atrás en el Peyresourde, pero tan solo cede un minuto en la meta, nada importante en cualquier caso. Y en aquel tiempo parado, en aquel interregno de reflexión y descanso impuesto, Gino consigue calmar sus nervios, logra que su respiración torne cadenciosa, alcanza un espacio de relajación. Su pecho ya no duele. Su mente vuelve a estar clara y casi ríe recordando lo de minutos antes, cuando hablaba solo, qué habrán pensado los periodistas, pero qué habrán pensado, creerían que estoy loco… Allí alcanza, de nuevo, la comunión perdida entre cuerpo y espíritu. Allí, mientras Girardengo se acerca con la rueda nueva, gana el Tour de Francia.
¿Fueron las anfetaminas culpables de aquella locura? La respuesta no es clara. Anfetaminas y otras sustancias que buscan aumentar el rendimiento del deportista se utilizaban en aquellos tiempos de forma casi libre y pública, con un desenfado que hoy en día nos llamaría la atención, y Bartali no fue ajeno en modo alguno a esta práctica generalizada. Pero la verdadera «época dorada» de las anfetas en el deporte profesional fue la posguerra, debido al enorme remanente de producción de estas pastillas generado durante el conflicto, cuando se usaban para ayudar a pilotos y centinelas a mantenerse despiertos, pleno rendimiento, durante muchas horas. Es casi seguro que Gino corriera esa etapa «cargado» pero resulta menos claro que los productos que corrieran por su organismo provocasen el comportamiento errático…
No importa, Bartali es el más fuerte. Por eso ni siquiera se inmuta cuando llega a la etapa de Briançon, aquella donde el año pasado casi se deja la vida («piensa en el Destino», dirá Gino al respecto), a nueve minutos del líder. Pasará en cabeza los tres grandes puertos del día (Allos, Vars e Izoard, al fin el puerto fetiche de Bartali, de Coppi, de todos los italianos, le era favorable) y desencadenará la tormenta final a unos diez kilómetros de la Casse Dèserte, cuando las piernas pesaban, cuando las fuerzas luchaban por irse. Nadie más verá a Bartali aquel día hasta la meta, donde se viste de un amarillo que ya no deja en todo el Tour. «El deporte del ciclismo jamás ha visto un escalador como este, un caso único», escribe Félix Levitan, el que acabará siendo patrón del Tour.
El día del Izoard prensa y directivos fascistas están por igual exultantes, sabedores de que tienen la carrera en el bolsillo. Los periódicos no dudan en utilizar retórica militar para definir la actuación de Gino, «sin inmutarse, de forma simple, Bartali disparó entre los ojos de sus últimas víctimas. En plena Casse Dèserte, en una curva que se abre sobre el valle, Gino saludó a su compatriota Vicini, que venía persiguiéndole, en un gesto que podía parecer de osadía pero en realidad revelaba su inmensa satisfacción». Y más tarde, en el hotel, un general del ejército, desplazado para acompañar a la selección durante la prueba, intentaba calmar a la muchedumbre de aficionados que esperaban a Bartali con estas palabras: «No le toquéis, es un dios».
El recibimiento en París, al final del Tour, es apoteósico. Gino vestía su tradicional maillot amarillo de lana (aunque la organización le había ofrecido uno especial de seda para ese último parcial) y lucía fantástico en el Parque de los Príncipes ante más de 30 000 espectadores. Todo es felicidad, misión cumplida, al fin un italiano, un italiano de bien, un hijo del fascismo, había logrado vencer en el Tour de Francia. El Duce ha conseguido de Gino Bartali todo lo que Gino Bartali podía ofrecerle. Y después, de nuevo, desamor, casi desprecio. Bartali no es de los nuestros, es el mejor pero no es de los nuestros. Recordad su discurso final en París tras ganar el Tour… ¿acaso se acordó en algún momento del Duce, o del Fascio? No, no lo hizo, se limitó a agradecer a todo el mundo su apoyo, a dedicar la victoria a todos, todos, y remarcó el todos, los italianos. Sí, aquello fue una provocación. ¿Qué le hubiera costado hablar un poco, unas palabras, de Mussolini? Al no nombrarle lo hizo más presente. Tuvimos que introducir ligeras variaciones en Il Popolo d´Italia al otro día para reproducir su discurso, aquello de los colores del deporte fascista. Sí, quedó bonito, pero él no lo dijo, maldito meapilas. No le hagamos más popular de lo que ya lo es.
La tibieza de los medios italianos contrastaba con el exultante entusiasmo francés, que no había pasado por alto el extraño seguimiento mediático a la carrera de Bartali. L´Auto, nada menos que el diario organizador del Tour, decía que una victoria tan fascinante no había levantado demasiadas reacciones en su país, que no hubo recibimiento en la estación a la vuelta ni recepción oficial con las autoridades. Quizá fue, continuaban, porque Gino era católico. Y concluían con una pregunta maliciosa que no tenía nada que ver (o sí) con el deporte: ¿Acaso es esta la relación armoniosa entre el Vaticano y el Estado italiano que quieren hacernos creer a la opinión internacional?.
El mismo Gino se mostraba, a veces, apesadumbrado al percibir la falta de espontaneidad a su alrededor. En el Velódromo de Turín, durante una exhibición para celebrar su victoria francesa, la atmósfera era reservada. Aquello parecía, más que recinto deportivo, un teatro. Su propia madre, que se había comprado un vestido azul para la ocasión, lloraba con mezcla de felicidad y rabia, entre la admiración al hijo exitoso y la frustración de ver cómo no era lo reconocido que debiera.
Según avanzaba el verano la situación se iba enquistando más y más. El régimen seguía esperando unas palabras conciliadoras de Bartali, aunque solo fuera una declaración protocolaria, y al no llegar estas el encono hacia su figura crecía. El 9 de agosto de 1938 la Ufficio Stampa, la oficina de prensa del Gobierno, enviaba un boletín secreto a todos los medios de comunicación de Italia, de facto una orden oficial que provenía de las alturas. En ella se decía que, de ahí en adelante, los periódicos solamente podrían hablar de Bartali en su faceta deportiva, sin ninguna otra referencia a su vida como ciudadano.
El fascismo, que jamás había podido domeñar la férrea voluntad de Gino Bartali, estaba decidido a convertirlo en un proscrito…
ARRIVA COPPI
Él era bueno
su voluntad era buena,
pero su naturaleza
tenía un destino triste.
Antonio Tabucchi.
Es alto, demasiado delgado. Sus piernas, más largas de lo habitual, dibujan una imagen de un ave zancuda. Fino, fibroso, con esa fuerza que se les pone a veces a los niños que han pasado hambre en su infancia y más tarde consiguen buen tono muscular. El pecho hundido, casi como de tísico. Rostro muy moreno, cetrino, sin conseguir ocultar orígenes humildes, casta de campesinos. La nariz aguileña, apéndice majestuoso y contundente que hará las delicias de todos los caricaturistas. Pómulos marcados, mejillas chupadas como las de los chavales que iban a pedir limosna al final de misa. El pelo negro, untoso siempre por la brillantina, con ondas que se empeñan en ponerse nihilistas cuando llegan a la frente y revelan años de carencia, dandismo impostado. La sonrisa tímida, huidiza, franca cuando surge pequeña, apenas esbozada; maquillada cuando resulta más amplia. Los ojos del color de las avellanas en otoño, tristes de recuerdos, de su Serse, de los años en África. Las manos grandes. La leyenda, inmensa.
Un hombre a medio hacer. Una figura frágil, quebradiza como junco mecido por el viento de finales de enero. Alguien de quien compadecerse.
Eso cuando estaba en tierra firme, cuando caminaba, cuando no le habían salido alas en los pies.
Sobre la bicicleta… sobre la bicicleta la más perfecta obra de arte que ningún demiurgo juguetón osó jamás imaginar. Sobre la bicicleta flexibilidad, palancas enormes que voltean mil veces los pedales sin apenas esfuerzo. Sobre las dos ruedas perfil que devora el aire, rostro de concentración en un mirar lleno de ambición. Cuando despegaba del suelo poco menos que un verso, poco más que un dios. La armonía de Mozart y la contundencia de Beethoven en uno solo. El rasgar indolente, laberíntico, de Manzoni, el latir poderoso y directo de Pavese. Sobre la bicicleta el cuento susurrado en voz baja, apenas soplo de aire antes de dormir, de un Baricco.
Sobre su máquina él, Fausto Coppi, era la criatura más hermosa que jamás haya existido.
Es 29 de mayo, 1940, y el invierno parece haber vuelto a la Toscana. Las nubes bajas apenas dejan ver una docena de metros. La lluvia, inmisericorde, va calando el mundo, y a ratos ráfagas de granizo furioso, intenso, repican sobre campos y caminos. Cuando subes un poco, cuando alcanzas algo de altitud, el agua torna cellisca, y pequeños copitos blancos se van quedando adheridos en los rostros de los pocos valientes que hoy se han acercado a ver el paso del Giro de Italia por el puerto de Abetone.
El ruido de la caravana publicitaria se empieza a intuir curvas más abajo, pero aquella niebla mira y no deja mirar. De pronto un ciclista surge de entre las nubes. Su maillot es verde con mangas rojas. Sube sentado, moviendo cadenciosamente los hombros. «Bartali, Bartali», gritan algunos, quizá por despiste. Gino es el ídolo de la Toscana, el hombre de la tierra, el héroe que todo lo puede. Pero quien pasa delante de ellos, subiendo como si no hubiera mañana, como si la lluvia o el viento fueran tan solo susurros que le acarician los oídos, no es Bartali. Demasiado longilíneo, su pedalada dulce, excesivamente elástica. No, ese hombre con la maglia de la Legnano no es Gino Bartali, Bartali viste de tricolore, como campeón de Italia, Bartali es otro, siempre será, ya, otro. Aquellos tifosi esperan a su ídolo y lo que se abre camino por entre las arenas del tiempo es algo distinto. Están asistiendo al primer paso de Fausto Coppi hacia la inmortalidad. Nunca nadie podrá olvidarlo.
Cuando Fausto sentencia aquel día, con exhibición epatante en las peores condiciones, el que será su primer Giro de Italia, muchos se muestran sorprendidos. Pero él no. Él, desde la tibia luminosidad de sus ojos, ya sabía lo que este muchacho podía dar. Él es Biagio Cavanna, y ha pasado a la historia como el masajista ciego que se ocupaba de las piernas de Coppi y actuaba, a su vez, como confidente del campeón. Pero esa referencia se nos queda corta.
Es tentador presentar a Cavanna como el anciano bondadoso, lleno de sabiduría, que adoctrina a sus pupilos en el deporte y en la existencia, una especie de sensei a la italiana. Pero Cavanna era mucho más. En primer lugar su carácter no era sencillo. Cavanna fue, además de masajista, quien dispuso el entrenamiento y hasta el modo de vida de todos aquellos que acudían para que les dijera si podían ganarse la vida con esto del ciclismo. Cavanna, manos de seda que acariciaban el alma, podía ver el futuro. «Soy capaz de decirte si podrás transformarte en un profesional, pero los campeones… esos nacen». Y Fausto, su Fausto, había nacido.
Coppi llega al mundo en 1919 (es, pues, cinco años más joven que Bartali) en la pequeña localidad de Castellania, en plena Alessandria. Campesinado italiano criado en la época de la Cuota 90, de la Carta de Trabajo fascista. Allí crece en una familia muy humilde, granjeros y comerciantes de menudencias, a quienes debe ayudar ya desde chaval. Y lo hará llevando pedidos a las casas de los clientes, saltándose clases para conseguir meter unas liras en casa. Un día, en el colegio, tendrá que escribir cien veces «debo ir a la escuela, no montar en bicicleta». Pero él sigue, claro. Porque Fausto empieza a pedalear, igual que lo hará años más tarde su pupilo Bahamontes, transportando carne, verduras, bienes de primera necesidad, por las polvorientas sendas de los alrededores de Castellania. Claro que lo de Coppi era trabajo legal, y lo de Federico más bien estraperlo, como cuenta él mismo gozosamente. Tiempos de posguerra, condiciones diferentes.
El caso es que en muchos de esos viajes el joven Coppi llega hasta Novi Ligure. Y en Novi Ligure vive Costante Girardengo, un gran campeón de los tiempos heroicos del ciclismo italiano, el que llevaría, ya retirado, a Bartali hasta la victoria en su Tour de 1938. Dicen que Girardengo ve un día a aquel chaval flaco y desgarbado, antiestético caminando pero armonioso sobre la bici, subiendo una cuesta a toda velocidad, con el carrito del reparto enganchado al sillín. Que en ese momento algo cambió dentro de él, que fue su propio camino de Damasco. Y lo llamó. Fausto se detuvo, todos conocían a Costante, el gran Costante, qué podría querer de alguien como él. Cómo te llamas, dicen que dijo. Fausto, Fausto Coppi, mirada al suelo, tímido, avergonzado. Mira Fausto, vete donde Biagio Cavanna, ¿sabes dónde vive?, el ciego. Vete donde Biagio Cavanna y dile que vas de mi parte, de parte de Girardengo. Dile que andas en bici, que haces reparto. Deja que palpe tus piernas, Fausto, y contesta a las preguntas que te haga. ¿Te gusta realmente la bici? Sí, señor, me gusta mucho. Bien, quizá podamos hacer que compitas. Pero, señor, no tengo tiempo para entrenar, y en casa no hay dinero. Eso ya lo arreglaremos.
Y Fausto… Fausto fue donde Cavanna. Biagio palpó sus músculos, descubrió con sus dedos el perfil afilado que se convertiría en icono, en figura de veneración sacra. Y supo que era especial. Que, quizá, sería el más grande. Todo eso lo supo Biagio. Al chaval no se lo dijo, claro, al chaval solo le dijo que entrenara. Que había tres grandes secretos en el ciclismo: entrenar, comer, dormir. Que debía hacer los tres bien, cuanto más el primero y el último mejor, cuanto menos el del medio también mejor. Que volviera en un par de días, él le prepararía un plan de entrenamiento. Que podría, con esfuerzo, llegar a ser profesional.
Y Cavanna será siempre el entrenador de Coppi. Más aún, se acabará convirtiendo en casi gurú de ese espacio mágico para el ciclismo italiano que rodea Castellania. Allí donde acudían cientos de ciclistas cada año para que el sabio ciego palpase sus cuádriceps. Donde llegaban a vivir largas temporadas tanto Coppi como sus compañeros de confianza, ese escuadrón que ayudaba al campeón en lo físico y, sobre todo, en lo psicológico. Los Carrea, los Milano. Los que aun después de retirarse continuaron viviendo tan cerca del líder, también de esa mezcla de brujo y juglar que era Cavanna. Quienes hablaban de Coppi en términos casi mesiánicos, «no quiero ser sacrílego», decía un équipier, «pero estar junto a Fausto era como estar junto a la divinidad». Porque algo de secta tenía esta agrupación, algo de saber hermético, prohibido, algo de misterios de puertas hacia adentro. Muy bien lo explicará, con su sorna habitual, el gran Luigi Malabrocca, la sempiterna maglia nera del ciclismo italiano: yo entrenaba con ellos, pero no formaba parte de su grupo. Y eso marcaba, en muchos casos, la diferencia.
El joven Fausto compite, y compite cada vez mejor. Con motivo de una de sus primeras carreras, en Pavia, Biagio Cavanna escribe una carta a Giovanni Rossignoli, organizador. El texto es profético: «Querido Giovanni, te envío dos de mis pupilos. Uno se llama Coppi y ganará la prueba, el otro hará lo que pueda. Fíjate detenidamente en Coppi: es como Binda». Los éxitos se multiplican hasta el punto de que en 1939, sin haber cumplido los veinte años, debuta como profesional en las filas del Legnano, el equipo más potente del momento, el que está dirigido por el viejo Pavesi, Pavesi l´Avocati, Pavesi il Mago, Pavesi il Papa; el mismo equipo Legnano donde corre el gran mito, el hombre de hierro, el personaje más popular, Mussolini y el Santo Padre mediante, en la Italia del momento: Gino Bartali. El drama, la épica, estaba a punto de desatarse.
Las primeras carreras en el profesionalismo de Fausto muestran bien a las claras que no es un corredor cualquiera. Tiene algo especial, algo mágico, un halo de tristeza y genialidad que le acompañará durante toda su vida, dentro y fuera del deporte. El nueve de abril de 1939, en el Giro della Toscana, en plena casa de Gino, Coppi intenta su primer golpe, pero la rotura de una rueda hace imposible el duelo. Días después, el cuatro de junio, se corre el Giro del Piamonte. El debutante muestra su rueda trasera a todos, se escapa en una pequeña subida y se marcha hacia la victoria… solo para ver cómo su cadena desengarza unos cientos de metros más arriba y todos sus rivales lo adelantan. Al final llegará tercero a meta. El ganador será, cómo no, Gino Bartali. Él también habla de su compañero. «Ha hecho una carrera increíble, tiene un futuro formidable».
Coppi acude al Giro de Italia de 1940, ese que comenzará a construir el altar de su gesta, como un simple gregario. Bartali es todo, Bartali puede con todo. ¿Lo puede? En la segunda etapa, camino de Génova, un perro cruza por el camino del campeón bajando el Passo della Scoffera. El gran Gino cae, hay agitación, momentos confusos. Unos dicen que se ha roto el fémur, otros que su hombro estaba fuera del sitio y el propio ciclista se lo ha recolocado, los de más allá hablan de una rodilla ennegrecida, tumefacta. Quizás haya un poco de todo. Los doctores del Giro se asustan por la gravedad de sus lesiones, y ordenan que abandone la carrera. El toscano esboza esa sonrisa sardónica suya, esa que la guerra le acabará quitando, y mira fijamente a los ojos de quienes visten color blanco. «Bartali no se marcha», dice. Y retorna a la carretera, no sin antes insultar en voz alta, para que todos lo puedan escuchar, al chucho que a esas alturas estaría asustado a varios kilómetros de allí. Bartali no se marcha, pero sus opciones de vencer en la carrera sí lo hicieron. No por los casi seis minutos que pierde en meta, sino, sobre todo, por el calvario de dolor que está a punto de comenzar para él.
Ese mismo día un gregario de Gino marcha en la escapada cuando el Piadoso cae al suelo. Pavesi decide no pararle, buscando una posible victoria de etapa que al final no llega, porque el chaval solo puede ser segundo. Con todo, Fausto Coppi consigue colocarse en el mismo puesto en la general. Pero nadie, nadie (quizás solo Cavanna) intuye lo que está a punto de ocurrir.
Lo que ocurre es un milagro, un ser mágico que surge entre la niebla, cunetas llenas de nieve, un rostro imperturbable, enfangado, que se ilumina eventualmente por la luz de los relámpagos que quieren romper el cielo de Toscana. Pavesi ha ponderado el riesgo, y decide dar libertad a su «cachorro». Coppi, como harán siempre los grandes campeones, aprovecha su oportunidad. No conseguirá quedarse solo a la primera, sino que lanza una serie de ataques sobre las rampas del Abetone, cada uno más potente, más severo que el anterior. Como si el ciclista estuviera aún inseguro de sus fuerzas, de su verdadero potencial, y lo descubriese poco a poco. Hasta que la tormenta se desata con toda su fiereza. Y Coppi se marcha, en solitario, a una escapada que durará varios años…
El impacto es inmediato en lo deportivo (Fausto gana la etapa con casi cuatro minutos sobre el segundo, y se viste de rosa), pero aún más en lo simbólico. Orio Vergani se zambulle ya desde el principio a loar virtudes, y en su crónica dirá que jamás había visto a nadie subir con esa seguridad, con esa fluidez en su pedaleo, con esa aparente falta de esfuerzo. Parecía un águila que volase sin experimentar ninguna fatiga. Parecía volar, claro.
Coppi sufre el resto de la carrera para mantener el liderato. Es joven, es inexperto, y comete errores de principiante, como ingerir demasiados alimentos (posiblemente en mal estado) antes de la gran jornada dolomítica. Allí, con la maglia rosa vomitando en la cuneta y los mejores marchándose sin remedio, todo parece estar perdido. Pero entonces un brazo aparece sobre los hombros de Fausto. Es Gino Bartali. Le tranquiliza, nada hay perdido, juntos aún podemos lograr la victoria. Y Coppi se levanta, empieza a pedalear. El hombre de moral frágil ha encontrado en el Piadoso su mejor inspiración. Ahora como compañeros, en el futuro será diferente. Pero en este momento, en este año de 1940, Fausto Coppi está disfrutando del mejor gregario que jamás nadie pueda soñar.
Y lo consiguen, capturan a la cabeza de carrera, Fausto pierde apenas cuatro segundos con sus rivales. Al día siguiente, en el tappone, Pavesi no tiene dudas de la fortaleza de sus hombres: son los mejores y los que están más en forma. Nada se les puede oponer. Antes del comienzo de la etapa se adelanta hasta el bar que hay en la cima de Falzarego, el primer puerto de la jornada, y deja pagados dos cafés al dueño. Son para mis dos ciclistas, llegarán aquí antes que nadie. ¿Y cómo sabré que son precisamente los tuyos?, responde, preocupado, el mesonero. El día es frío, la nieve hormiguea por el camino de entrada. Pavesi sonríe. Es fácil, dice, uno viste de rosa y el otro con la maglia tricolor de campeón de Italia. Bartali y Coppi vienen escapados, juntos, hasta la cima de Falzarego. En el coche Pavesi fuma satisfecho. La prueba está ganada.
Cuando la carrera corona a Coppi como su nuevo dueño en Milán todo son sonrisas. Pero flota un clima raro en el ambiente. Pese a que Bartali ha trabajado para su joven compañero, el toscano se descuelga con unas declaraciones en las que da a entender que sin esas obligaciones hubiera podido remontar su desventaja y llegar de rosa a la capital lombarda. Muchos le creen, por algo es el mejor ciclista del mundo. Y sin embargo… sin embargo alrededor del nuevo, del piamontés, del chavalín de Castellania que se ha erigido como vencedor más joven del Giro en toda su historia, hay un halo especial. No parece alguien que se haya aprovechado del marcaje sobre su líder. No es, desde luego, uno que ha gozado de ventaja concedida por los grandes en una escapada bidón. No. Otra cosa. El Abetone. Allí. En el Abetone se pudo ver otra realidad. Etérea, aérea, casi sacra. Coppi no dice nada, sus piernas hablan por él. Muchos creen que ha llegado para quedarse. Se frotan las manos pensando en batallas por venir. Imaginan, sueñan. Es diferente. A nadie se le escapa la visión mitológica del duelo, esa que volverá a aparecer alrededor de Coppi tantas y tantas veces. Fausto ha matado al padre en su debut, Edipo reina. Italia parece contar con los dos grandes campeones del deporte en su tiempo. El futuro es, nunca mejor dicho, color de rosa aquel nueve de junio de 1940.