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Daniel Borrego Lara El despertar del vencejo
El despertar del vencejo
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Daniel Borrego Lara El despertar del vencejo

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Los viernes, cuando Javier se despedía de sus amigos en el colegio, se le iba cambiando la cara. Intuía, con la intuición propia e inocente que puede tener un niño, que su madre no lo pasaba bien durante la semana. Pero jamás podía imaginar que casi todos los días de su vida eran iguales. Para él los sábados y los domingos suponían una auténtica pesadilla. Rezaba con todas sus fuerzas para que las horas volasen. Cuando empezaban los gritos se iba corriendo a su cuarto y se encerraba apretando sus párpados fuertemente, casi estrujándose las sienes con sus manos. A veces, veía como se abría la puerta y aquel infeliz demonio se abalanzaba sobre él con gran violencia. En ese momento se interponía su madre, salvadora, para pasar a ser ella de nuevo el centro de aquellos insaciables ataques.

Una madrugada, sobre las seis, su madre abrió la puerta suavemente y lo despertó. Le dijo con toda la tranquilidad y la sutileza que pudo.

―Cariño, levántate que nos vamos.

―¿A dónde?

―A un sitio maravilloso donde vamos a vivir muy felices tú y yo.

―¿Y papá?

―Papá tiene que quedarse aquí por su trabajo.

Aquel pequeño niño de tan solo ocho años sabía que su madre le estaba mintiendo, y sabía que no debía preguntar más. Se levantó y se dispuso a hacer la maleta. Tres días más tarde, llegaron a Málaga, donde esperaba no volver a sufrir los fines de semana.

Los fines de semana, como no había colegio, Javier acompañaba a su madre a su trabajo, camarera en la cafetería Central. En aquella cafetería siempre encontraba algo con que jugar. Era una de las cafeterías más típicas de Málaga. Combinaba el sabor antiguo de un local que había envejecido sin ningún lavado de cara digno de mención con el encanto de su terraza, dispuesta en plena plaza de la Constitución, donde terminaba la calle Larios, la calle con más solera y más transitada de Málaga. En su terraza se habían sentado desde el turista cansado hasta el artista bohemio buscando dosis de realidad. Comoquiera que aquella calle siempre estaba repleta de familias paseando, nunca faltaba algún niño con el que jugar. De vez en cuando conseguía que su madre le perdiese de vista y se adentraba por el Pasaje Chinitas, un pasaje para él maravilloso, con puertas en forma de arco, vestigios de antepasados árabes.

Una mañana venía de la calle Larios, donde había estado mirando absorto varios escaparates de tiendas de moda y, como cada vez que volvía de una escapada, se paró en el que más le gustaba, el de una joyería inundada de relojes situada a escasos veinte metros de la cafetería. Podía pasarse horas contemplando aquellos pequeños prodigios de la ingeniería. Los había de todas las formas y colores. Los que más le gustaban eran los Sanyo deportivos, con cuantas más esferas y contadores mejor. Estaba observando un reloj nuevo que habían traído hacía pocos días, cuando la vio entrar. Iba de la mano de la que parecía ser su madre, una mujer de unos cincuenta años muy bien vestida y con aires orientales. Era la niña más preciosa que jamás había visto. Tenía una piel demasiado morena para ser española. Javier no sabía mucho de geografía, pero sí sabía que ese moreno que esa niña lucía no provenía de tomar el sol en la playa. Lucía un pelo muy oscuro, liso, de un color negro azabache, unos ojos grandes y redondos con las pupilas de color marrón muy intenso. La boca fue lo que más le impresionó, de unos labios carnosos, sin ser demasiado grandes, adornados por una dentadura literalmente perfecta, con dientes blancos como la leche.

Estuvieron aquellas dos damas largo rato hablando con el dependiente hasta que compraron lo que a Javier le pareció eran unos pendientes de plata. Salieron del local y la niña, dándose cuenta de que aquel jovenzuelo no le había quitado ojo de encima, le dedicó la mejor de sus sonrisas, como la princesa que sonríe saludando condescendiente para con la plebe. Cuál no fue la sorpresa de Javier cuando contempló metros atrás como madre e hija fueron a dar con sus cuerpos en los asientos de una gran mesa situada en la terraza del café. La vida de Javier viró radicalmente. Pasó de odiar los viernes y traumatizarse cada vez que llegaba el fin de semana, a desear con todas sus fuerzas que asomase, contando los días y las horas, hasta que aterrizase el domingo para ver a aquella pequeña princesita.

Uno de aquellos domingos Javier se encontraba hablando con Carmen, una maravillosa anciana ciega que se encontraba siempre sentada en los servicios de la cafetería cobrando el ínfimo canon a los clientes por entrar a los servicios a utilizarlos. Esta cafetería era la única, probablemente, de Málaga donde se cobraba por entrar al aseo. Aquella tradición, muy típica en Francia, no se había instaurado en Málaga. Carmen solía contarle historias de su juventud mezcladas con dosis de fantasía que sabía que a los niños les encantaban. Javier disfrutaba escuchando a aquella anciana que podía ser su abuela explicando cuánta hambre había pasado en la posguerra, qué fue de aquel amor al cual le perdió la pista durante la guerra civil o cualquier otra vicisitud que le hubiera acontecido.

Enfrascada en una de aquellas fábulas con moralejas aleccionadoras para aquel chico estaba, cuando apareció aquella niña preciosa. Se apostó junto a Javier y se dispuso a escuchar. Allí empezó una maravillosa historia de amor entre dos chiquillos que, sin tener nada en común, fueron conociéndose al albur de las narraciones de aquella carismática anciana. Pasaron los años y fueron creciendo entre juegos, en los que hacían de detectives siguiendo los pasos de sus ídolos: Los cinco, de Enyd Blyton. Iban descubriendo auténticas conspiraciones mafiosas de casi todos los comerciantes de Calle Larios, no sin olvidarse de las callejuelas paralelas. Una de esas mañanas, con catorce años de edad, fue Javier quien le declaró su amor. Era un tema que ambos sabían, pero que nunca habían tocado, salvo alguna mañana años atrás en que habían jugado a los matrimonios. Desde entonces, fueron inseparables.


5

El bancario y el buen

padre de familia




Simón mantenía la mirada perdida en un punto indefinido entre el pomo de la puerta y el suelo, absorto entre diversas imágenes que se le iban agolpando en la cabeza. Era un buen padre de familia, aunque a veces se paraba a pensar en qué se consideraba ser buen padre de familia. Tenía cuatro hijos; su mujer, ama de casa, llevaba la pesada carga de la organización y alimentación. Como no entraban más sueldos en casa, necesitaba de tres trabajos para que la idílica familia numerosa subsistiese. El pequeño, pero importante obstáculo consistía en que, si todos querían crecer bien alimentados, tenían que renunciar en la práctica a tener el modelo de tutor presente en sus vidas, toda vez que a su padre lo veían muy de vez en cuando, y desde luego no de muy buen humor, cansado y con pocas o ningunas ganas de explicar la lección de matemáticas de turno. Aun así, todo el mundo lo consideraba un buen padre de familia. Aquel dichoso ritmo vital a veces había provocado cierta dejación de funciones en alguno de sus trabajos, aunque nunca había tenido un percance digno de relevancia. Aún recordaba con cierta vergüenza aquella noche en la que, apenas una hora después de iniciar su jornada como vigilante de seguridad nocturno en el grupo de empresas Aguilera, se quedó dormido profundamente en su silla. No hubiera tenido mayor importancia si no fuera porque justo aquel día el señor Aguilera prolongó su jornada hasta la una y media de la madrugada, saliendo, para colmo de males, por la puerta principal en vez del edificio lateral que desembocaba en los aparcamientos. La bronca que le echó retumbó en todo el edificio. Por varios meses estuvo preocupado por su trabajo, hasta que las aguas volvieron a su cauce.

Pocas veces había coincidido con el señor Aguilera, dueño del edificio y de todo el grupo de empresas, que solía irse como muy tarde a las nueve de la noche. Si el señor Aguilera dejaba de trabajar más allá de las doce era sinónimo de tensión en la empresa. Los gritos que Aguilera propinaba a Morales la otra noche le estallaban en la cabeza. Los recordaba como truenos que rebotaban y avanzaban a través de la soledad silenciosa del edificio. El empresario no paraba de balbucir frases que golpeaban los tímpanos y salían con gran velocidad de su cavidad auricular para proseguir su camino entre pasillos de hormigón y cristal. Tras la primera frase de aquella procesión de improperios, su cabeza se transportó hacia algún punto geométrico entre Cuba y Miami, portando en su mano alguna bebida afrodisíaca de color azul que irradiaba una luminosidad cautivadora bajo los rayos centelleantes de un sol abrasador, cayendo como ríos de vida a lo largo de su faringe, mezclándose sin solución de continuidad los sonidos del pequeño borboteo del cáliz americano con el eco de los chillidos atronadores que deambulaban por los pasillos, paseando por su mente en pequeñas dosis que iban cayendo en palabras sueltas: tabla, cliente, código, código, código…

No sabía bien cuanto tiempo había pasado desde que se hiciese el silencio en esa pequeña ciudad de cristal que dormía bajo su atenta mirada, cuando clavó sus pupilas en una de las cámaras de seguridad que dominaba el departamento de Administración y Contabilidad, viendo como, en el centro de la cámara, Morales iba retrocediendo con una mirada que denotaba mezcla de pánico e incredulidad, para, en un veloz movimiento, girarse y echar a correr. Por un momento le perdió del ángulo de visión y deslizó su mirada hacia la cámara del pasillo que conducía a la salida lateral del edificio, continuación lógica de la trayectoria que había emprendido el corredor, con una impaciencia que se tornó en desesperación en los apenas cinco segundos que tardó ese pequeño relámpago que corría despavorido devorando metros. En ese instante, un impulso frenético de heroicidad le invadió y salió como una flecha hacia los jardines de la entrada, recortó en oblicuo hacia el edificio lateral para contemplar al fondo como una figura atravesaba, cual estrella fugaz, los jardines que conducían hacia el aparcamiento exterior. Estuvo a punto de continuar la carrera tras sus pasos, pero el recuerdo de la fatídica noche de su somnolencia y los euros que suponía a final de mes su nómina bajo las órdenes de aquel jefe que, según recordaba, aún debía estar en el edificio, sumado a la imagen de su posible reacción ante un puesto de vigilancia desocupado, provocaron una reacción a lo Flash Gordon en sentido opuesto al recorrido que había emprendido antes. En cuanto llegó a las cámaras miró rápidamente la que enfocaba el aparcamiento exterior, para después ver las que atendían al garaje cubierto, pudiendo comprobar cómo no quedaba ningún coche aparcado. Bueno, había un Seat Córdoba negro del cual aún quedaban quince cuotas por pagar y que suponía una de las razones por las que había vuelto a su puesto, esperando la salida de un jefe que no volvió a aparecer.

Cuando le comunicaron de la muerte de Morales, se le cayó el mundo a sus pies. Ese hombre siempre había tenido detalles con él, siempre educación, siempre interés por su familia. Le parecía de lo mejorcito de la empresa, con una dedicación superior a la de cualquier otro, incluido su jefe, Ripollet, que siempre le pareció algo frío e intransigente. Era un buen hombre y la pena que le había invadido desde la noticia no dejaba de acompañarle. En cualquier caso, hasta que no recibiese instrucciones de sus superiores no declararía haber visto nada fuera de lo común y, mucho menos, haría alusión a la posibilidad de que hubiera grabación alguna. Si se lo pedían, les remitiría a sus superiores, y solo en ese caso le referiría lo observado al señor Aguilera. No quería importunarle lo más mínimo; él era un buen padre de familia.


Toda la mañana llevaba barruntando lo que le diría a su jefe en cuanto le llamase a capítulo. Era la tercera semana de la campaña de planes de pensiones y aún no había conseguido ninguna aportación extraordinaria de ninguno de sus clientes más significativos. Kiko no tenía especial devoción por este tipo de productos, si bien sabía que era de los pocos vehículos para optimizar la fiscalidad del ahorro de sus clientes. Gestionaba una cartera de doscientos clientes con algo más de ciento cincuenta millones de volumen de inversión, siendo el núcleo duro de su balance las diez principales empresas del tejido empresarial malagueño, así como sus directivos y grupos familiares. La entidad financiera para la que trabajaba se caracterizaba por dar muy buen servicio a las empresas con un fuerte grado de internacionalización, siendo el de extranjero el departamento estrella. La mayor parte de su jornada laboral la pasaba visitando clientes en sus respectivos domicilios sociales, si bien cuando se recluía en su cuartel general, situado en la oficina de empresas de calle Larios, sabía que las horas frente al ordenador metiendo datos tenían hora de inicio, pero nunca sabía la hora exacta de finalización.

Estaba incorporando un balance para estudiar una línea de descuento cuando Treviño lo llamó a su despacho. A medida que subía las escaleras iba ensayando los argumentos para rebatir a su jefe. Cuando llegó al despacho detectó al momento que algo no iba bien.

Alonso Robles, jefe de Auditoría, se encontraba sentado junto a su jefe, con cara de circunstancias.

―Buenas Kiko, pasa y cierra la puerta― dijo Treviño con voz hueca ―. Mira, Kiko, está aquí Alonso porque quería preguntarte un par de cosillas que le gustaría que le explicases.

La cara de Kiko se agrietó de golpe. Había tantas cosas por las que a un gestor de empresas lo podrían poner de patitas en la calle que no sabía por dónde le iban a salir.

―Hola, Kiko, ¿cuántos años hace que nos conocemos?… ¿diez?, ¿doce? En todo este tiempo cuando te he preguntado alguna cosa me la has solventado sin pestañear. Espero que en esta ocasión no sea menos, aunque te anticipo que esta vez estoy bastante más preocupado que las otras.

―Bueno, espero que así sea… dispara.

―Hace un par de años abriste unas cuentas a una empresa armenia, Hishev Entertainment. ¿A qué se dedica esta empresa?

―Hmm, creo recordar que a diseño de juegos de ordenador y de consolas.

―¿Y qué facturación tiene?

―Joder, Alonso… pues… unos cuatrocientos o quinientos mil euros creo que tenía en el último balance.

―¿De cuándo es el último balance?

―Te lo miro si quieres, pero del año pasado, no sé si lo tengo actualizado a este año, creo que no.

―Vale, pero entiendo que debe ser una facturación parecida, ¿no?

―Sí, supongo.

―Primera pregunta… ¿qué carajo hace una empresa con esa facturación en tu cartera?

―Bueno, llevas razón, pero las perspectivas eran muy buenas.

―¿Perspectivas en base a qué?

―Pues me la presentó un muy buen cliente, ya que iba a ser su proveedor.

―¿Qué cliente te la presentó?

―Budi Animados S. L., una de las empresas del Grupo Aguilera.

―¡Maravilloso!, ¿y quién es el administrador de esa empresa?

―Emm, ¿de cuál? De Hishev es Nicolai Afeiiev, y de Budi es Aguilera.

―Correcto, ¿y cómo realizan los pagos?

Kiko empezaba a vislumbrar por donde quería ir Robles, por lo que empezó a ponerse a la defensiva.

―Pues de la matriz, en Armenia, pero todo está bastanteado y nunca me ha llegado un aviso de blanqueo de capitales.

―¡Hombreeee!, blanqueo de capitales… bonita palabra. Blanqueo no avisa hasta que avisa.

―Joder Kiko… transferencias desde Armenia, en qué coño estabas pensando, ¡¡tú te crees que puedes jugarte tu carrera con una empresa de mierda!! ―vociferó Treviño.

La tensión iba en aumento, y la cara de circunstancias de Kiko aún más.

―Lo peor de esto no es el hecho en sí, el problema es que yo, que te conozco, puedo pensar que te la han colado por tu afán de hacerle la rosca a esta gente de Aguilera. Pero ya te digo yo que el SEPBLAC va a pensar que hay algo que se nos escapa, y que tú te lo estás llevando crudo ―continuó Robles.

―¿SEPBLAC? pero si ya lo has visto, no tiene tamaño apenas.

―Joder, Kiko, pareces nuevo, qué carajo importa el volumen, el problema es el origen de los fondos, y por cierto… si estuvieras encima de esas empresas pequeñitas verías que por rotación al final suman bastante dinero las transferencias recibidas.

―¿Quién te presentó a este tal Nicolai? ―preguntó Treviño.

―Morales, el contable, es con quien siempre trato del grupo.

―Vale, y este hombre es normal que esté apoderado en las cuentas de las empresas del grupo.

―Bueno, normal, normal, no es, lo habitual es que siempre estén como representantes o el señor Aguilera o Ripollet, el director financiero, aunque en algunas firmas también figura Morales.

―Ok, amigo, pues vete pensando cómo le explicas al SEPBLAC por qué ha ido retirando dinero en efectivo ese Morales.

La cara de Kiko palideció.


6

El hermano del empresario




Anahid estuvo toda la mañana dándole vueltas a la conversación que había mantenido con el señor Aguilera, repasando sus errores y repreguntándose para sus adentros. Sabía que, por más que quisiera, nunca estaría contenta porque era muy exigente consigo misma. Había repasado todas las fuentes habidas y por haber de la prensa malagueña y granadina, así como se había documentado en el registro mercantil. Por más que le daba vueltas había algo que no le cuadraba de la conversación. No sabía si eran paranoias de entrevistadora primeriza o una especial intuición para la mentira que los años pegados a un comerciante curtido en mil batallas le habían inculcado. Cuando preguntó al señor Aguilera sobre su hermano deseó por un instante que la tierra le tragase, pues un error así no se lo podía permitir. De hecho, sabedora de aquel accidente, se había hecho la tonta para que el interpelado no se sintiese incómodo. El caso es que en todas las biografías que había leído solo mencionaban a sus padres como víctimas de aquel incendio, pero no recordaba haber leído que su hermano fuera víctima de aquello. Iba en el coche, meditabunda, y decidió llamar a su novio, pues tenía que descargar tensión contándole cómo le había ido.

―Hola, nene, ¿dónde andas?

Javier, que había tenido que darle al botón de pause y estaba con el teléfono en la oreja mientras sostenía el mando de la PlayStation, contestó con muestras evidentes de querer zanjar aquella conversación en un abrir y cerrar de ojos.

―Cari, estamos en plena final, y tengo que remontar dos goles.

―Joder tío, siempre estás igual, para una vez que necesito hablar… buff… venga adiós.

―No, espera, vamos, cuéntame, que estos pueden esperar, ¿cómo te ha ido?

―Así asá, pero en medio lo han interrumpido y, aunque me ha dicho que continuemos otro día, a este hombre va a ser difícil pillarle. Pero creo que, aunque sea por teléfono, voy a tener que repreguntarle un par de cosas.

―Si él te ha dado la opción, pues no te cortes.

―Ya, pero es que hay una cosa que me tiene toda rayada, ¿te acuerdas del incendio que te comenté de sus padres?

―Sí, claro.

―Pues ha salido el tema y, al parecer, el hermano también la palmó en el incendio. Tengo que repasar lo que tengo, pero juraría no haberlo leído por ningún lado.

―Qué raro, tía… ¿quieres que te eche una mano?

―¿Cuál mano, la que tienes pegada al mando de la play?

―No, tía, te juro que termino esta partida, que ya está perdida, echo a estos mamones y me siento en el ordenador a buscar como un loco.

―Te lo agradecería porque estoy que me como las uñas. Además… no sé cómo explicarlo… le he visto unos ojos de trolero que me tienen en ascuas… creo que algo raro hay.

―Lo dicho, me pongo a ello. Un beso.

―Otro.


Kiko salió casi con ganas de vomitar de aquel despacho. No paraba de darle vueltas a lo que había escuchado. Le embargaba una mezcla de impotencia, miedo y vergüenza que le aprisionaba el pecho. Estaba henchido de rabia. Aún recordaba la mañana que había aparecido aquel miserable de Morales en su despacho. Cuando Kiko captó al grupo de empresas Aguilera, casi le hacen un monumento en su entidad. Una firma así solo se consigue por dos vías, o por perseverancia o por agenda. En este caso fue la amistad de su padre con el señor Aguilera la vía de entrada. Pero casi desde que empezaron las relaciones, la persona con la que estuvo bregando siempre fue el contable, Morales, y en negociaciones de más ceros de la cuenta, Ripollet. No soportaba a ninguno de ellos, pero esto no dejaba de ser algo habitual, ya que los contables y los directores financieros eran los encargados de apretarle las clavijas en las negociaciones de precios. Todo el día exigiendo y sacando decimales a los costes financieros, algo que atentaba directamente contra el margen de su cartera y, por ende, su bonus por objetivos. Ese estúpido de Morales era el peor de todos; con su aire de timidez presionaba y presionaba hasta la extenuación. Pero cuando vino aquella mañana cruzó una línea que antes no había cruzado.

Entró, como de costumbre, sin llamar a la puerta. Soltó el puñado de pagarés para descontar encima de la mesa y se sentó, esperando y casi exigiendo con la mirada que dejase aquello que tenía entre manos para ponerme con su empresa.

―Mira, Kiko, tengo que pedirte un favor.

―Lo que quieras, Hugo.

―Hemos empezado a trabajar con unos clientes armenios y necesito que les abras una cuenta. Aquí tienes todo el expediente con la documentación. El administrador, Nicolai, vendrá a firmar la semana que viene. También tienes la documentación de la empresa que vamos a abrir para esta línea de negocio, que va a dedicarse al desarrollo de programas para videojuegos.

―No os pega, la verdad, pero si creéis que tenéis que diversificar tanto la línea de negocio, vosotros mismos. ¿Vais a necesitar algo de extranjero?

―Nada de financiación.

―Ok, pero ya sabes que este tipo de países requieren de una vigilancia reforzada en materia de prevención de blanqueo… espero que esté bastanteado para la semana que viene.

―Kiko, a mí no me des explicaciones de cómo trabaja tu empresa. Yo solo sé que estas dos cuentas deben estar abiertas para la semana que viene.

Cuando ese prepotente se marchó, echó un vistazo a la documentación y, aunque todo parecía estar en regla, algo le olía mal. Además, en la cuenta del grupo no figuraba como apoderado Ripollet ni había solicitado banca en línea, por lo que no pudo evitar llamar a Morales de nuevo al día siguiente para indagar.

―Kiko, no me toques los cojones.

Desde ese momento, supo que esa cuenta le daría quebraderos de cabeza. Pero lo que no se podía figurar es que ese cabrón estuviera metiendo mano en la caja. Eso sí que no. «Ese cabrón va a acabar con mi carrera, mi vida». Iba caminando sin rumbo con una punzada en el pecho que no le dejaba respirar. «¿Qué hago? ¿El SEPBLAC? ¡Joder! Estoy bien jodido», pensó con desesperación. «Tengo que pillarlo con las manos en la masa y ajustarle las cuentas. Sí, eso, voy a pillarle», se dijo enfurecido.

Salió lanzado hacia no sabía dónde buscando a ese bastardo. Pensó en ir a su empresa, pero no, allí no conseguiría nada. Volvió a su despacho y empezó a mirar las cuentas, para ver desde que sucursal había sacado el dinero. Observó que, tal como decía Robles, había transferencias entrantes de extranjero, después transferencias nacionales de la cuenta de Hishev a la de Budi Animados, así como posteriores retiradas de efectivo desde la sucursal de Teatinos. “Claro, por allí vive él”, se dijo. Decidió ir a aquella sucursal y hablar con la cajera.

―Hola, Clara, me gustaría hacerte un par de preguntillas.

―Que sean facilitas, please.

―Para ti, chupadas. Bueno, te cuento. Hay un cliente de mi cartera, la sociedad Budi Animados, del que me gustaría saber algunas operaciones que ha hecho últimamente.

―Si te refieres al contable del grupo Aguilera, siempre quiere billetes grandes y dice que es para atender pagos de minorista del sector de los videojuegos.

―Ah, bien. ¿Y cada cuanto viene, más o menos?

―Los viernes a última hora, antes de irse a su casa.

―O sea, que hoy debería venir a retirar el dinero.

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