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Daniel Borrego Lara El despertar del vencejo
El despertar del vencejo
El despertar del vencejo

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Daniel Borrego Lara El despertar del vencejo

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Al menos Adánez se consolaba con el hecho de que ya se encontraba muerto de un balazo cuando quien quiera que fuese se había dedicado a jugar a forense con aquel infeliz. Aquello le tranquilizaba a la par que le intrigaba. ¿Por qué aquel ensañamiento gratuito? ¿Qué podía llevar a una mente a cometer aquel acto tan desviado de la razón? Por último, lo que más le inquietó, fue una marca hecha con cuchillo en el centro de la frente. Una marca que jamás había visto en su vida.

La comisaría central se hallaba situada al final de la Avenida de Andalucía, la arteria principal de Málaga. El edificio consistía en un moderno entramado rectangular de múltiples departamentos, divididos en cuatro plantas y coronados por un helipuerto en su azotea. El departamento de inspección criminal estaba situado en el ala oeste del edificio y compuesto por seis despachos de tamaño medio caracterizados por un nivel de desorden general elevado, a excepción del despacho del inspector Villanueva, hombre más preocupado de la pulcritud y el orden que del contenido almacenado, según opinión del resto de inspectores.

El despacho de Adánez no constituía una excepción de la regla general. Constaba de una mesa de trabajo con dos baldas de documentos situadas en cada esquina inferior, así como varios montones de expedientes en las esquinas superiores de la mesa, dejando un espacio libre en la franja central. Detrás de la mesa, un armario repleto de archivadores de distintos colores. Entre el armario y la mesa de trabajo, una mesa pequeña donde se apoyaba un ordenador de pantalla plana, con múltiples notas adhesivas fluorescentes pegadas en los bordes.

Cuando Alba Carreter llamó a la puerta, el inspector hablaba por teléfono con el fiscal. Alzó el dedo en señal de espera y le hizo gestos de que entrase, al tiempo que colgaba el teléfono.

―¿Qué se le ofrece?

―Hola, soy Alba Carreter, mujer de Hugo Morales.

―Ah, sí, siéntese por favor. ¿Cómo se encuentra?

―Pues… que quiere usted que le diga… ―balbució mientras se sentaba con los ojos lagrimosos.

―Bueno, intentaremos que esto sea lo más breve posible. No obstante, cuando quiera tomarse un descanso me lo dice.

―De acuerdo. Bueno, en primer lugar, me gustaría saber cómo ha sucedido.

―Si le parece, usted contésteme a las preguntas que yo le vaya haciendo y después le informaremos de todo lo concerniente a la muerte de su marido que le pueda ser comunicado ―dijo con un tono entre severo y condescendiente―. En primer lugar, me gustaría saber si su marido tenía algún enemigo declarado.

―No que yo sepa. Era una persona bastante afable.

―¿Le había notado algún cambio de actitud las últimas semanas?

―Mi marido tenía épocas con menos trabajo y otras con más trabajo. Últimamente tenía mucho, hasta el punto de que se quedaba cenando y llegaba muy tarde.

―¿Sabe en qué estaba trabajando?

―Bueno… él era contable del grupo de empresas Aguilera… no sé si habrá usted hablado con ellos… pero desde luego ellos deben saber lo que hacía.

―Sí, gracias. ¿Sabe si cuando se quedaba a trabajar se quedaba siempre en la oficina?

―Eh… ¿a qué se refiere? sí, claro… bueno, nunca he dudado de mi marido. ―La duda se reflejó nítidamente en la cara de aquella mujer desolada.

―Señora, ¿cuál era su círculo de amistades más asiduo?

―Bueno, aparte de mi hermano y mi cuñada, con quienes solíamos salir una o dos veces al mes, no quedábamos con demasiados amigos… bueno sí, con mi amiga Ester y su marido, esporádicamente y, ahora que lo dice, este último mes hemos salido varias veces con su jefe a cenar.

―¿Con el señor Aguilera? ―preguntó Adánez con cierto escepticismo.

―No, que va, Xavier… Ripoll… Xavier Ripollet, era su jefe directo, un tipo bastante encantador.

―De acuerdo. Y en su casa, ¿ha notado algún elemento raro últimamente?

―No.

―Llamadas extrañas, algún patrón de conducta diferente a lo habitual, algún mensaje de alguien desconocido… no sé… algo diferente.

―Lo lamento, créame que me gustaría ayudarle más que nada en el mundo, pero no he observado ninguna actitud diferente de lo normal, aparte de su obcecación con el trabajo, pero nada fuera de lo común.

―Muchas gracias. Hemos terminado.

―Pero…

―Señora, estamos investigando y aún no tenemos ninguna certeza de nada, por lo que no estoy autorizado a revelarle ninguna información. En cuanto se me autorice, esté tranquila que será la primera en saber qué ha sucedido.

Cuando Alba Carreter cruzó la puerta de la comisaría, una ráfaga de realidad le abofeteó la cara. Caminó sonámbula a plena luz del día sin reparar en los viandantes. De vez en cuando percibía alguna mirada de curiosidad ante las finas lágrimas que le caían por su mejilla. ¿Por qué tenía que ser la vida tan complicada? Se repetía sin cesar. No daba tregua. Su marido no había sido el mejor marido del mundo, pero tampoco el peor. Era cierto que tenía sus defectos, cómo no, pero también poseía una serie de virtudes que ella consideraba indispensables. Se atragantaba solo de pensar en no poder contar con su apoyo día a día. ¿Qué iba a ser de ella?

Caminaba con mucha dificultad, ya que el pecho le oprimía a cada pequeño paso que daba. Mientras lloraba, una mueca de felicidad asomó a su rostro. Lo estaba viendo como si fuera ayer, en el recreo del instituto, con esa melenita bien medida de chico malo, pero aseado. Irradiaba un magnetismo que no pasó inadvertido para aquella jovenzuela. Poco o nada le disuadieron sus constantes escarceos con las drogas, pues, a pesar de que no era una afición santa de su devoción, había pocos jóvenes del instituto que no hubieran consumido alguna vez cannabis. Como un buen melillense, no le faltaba nunca marihuana para echarse un porro a la boca. Aunque pronto Alba serenó a aquel joven que, a la vez que derrochaba optimismo, escondía una triste historia de pobreza y marginalidad bajo su coraza. Su trabajo le costó, pues no se corrige tan fácilmente a un chico educado en uno de los barrios más conflictivos de Melilla. Cuando, al poco de conocerlo, le explicó el cuidado que debía mantener con según qué personajes se paseaban por su ciudad, se quedó boquiabierta. Siendo un crío, durante la feria, por mirar directamente a los ojos a un energúmeno de su barrio, le pusieron un cigarro a escasos dos centímetros del ojo derecho, hasta que un hombre mayor que estaba viendo la escena impidió la tragedia. En consecuencia, las gamberradas que Hugo cometió con posterioridad podían considerarse peccata minuta.

Uno de los momentos culminantes, en el que Alba estuvo a punto de tirar la toalla, fue aquella vez que Hugo destrozó los retretes del instituto con una gigante traca de petardos enormes. El estallido retumbó en todo el instituto y en los edificios adyacentes. A raíz de ello, una larga expulsión del instituto y un mote que le acompañaría siempre, Traku. El ultimátum que su chica le puso sobre la mesa acabó por enderezarle, hasta el punto de convertirse en un hombre de provecho.

Mientras soñaba despierta con encontrar a su marido esperándole con una sonrisa, Alba alcanzó la puerta del edificio de su casa con vacilación, sin atinar con la llave del portal. Residía en la zona de Torre Atalaya, un enjambre de construcciones modernas de pisos situados a las afueras, un barrio relativamente nuevo donde preponderaba la gente de clase media-alta. Alba y su marido vivían en un tercero, pero por temor a encontrarse en silencio ante la mirada de algún vecino durante los escasos treinta segundos que duraba la subida del ascensor, se decantó por subir por las escaleras, haciendo de tripas corazón con el dolor que le afligía.

A la altura del segundo hubo de apartarse para dejar pasar a un hombre que bajaba a gran velocidad. De nuevo se peleó con el manojo de llaves hasta dar con la correcta. Nada más atravesar el umbral de la estancia, se dio cuenta de que algo iba mal.

El piso estaba totalmente revuelto, con todo manga por hombro. A la izquierda, en el salón, todos los estantes del armario del comedor limpios, con su contenido esparcido por el suelo, en donde también estaban los cojines del sofá. Antes de dedicar más tiempo a revisar qué faltaba, fue directa al teléfono, descolgó el auricular y marcó el número del inspector Adánez.

―Adánez al habla.

―Inspector, soy Alba Carreter ―dijo medio sollozando―. Alguien ha desvalijado mi piso.

―Mierda, ¿sabe si se han llevado algo de valor?

―No me ha dado tiempo a comprobarlo, pero puedo decirle con total seguridad que no ha sido un robo común.

―¿Cómo puede saberlo con tanta seguridad?

―Inspector, nada más que en este salón hay aparatos informáticos de gran valor y todo está en su lugar.

―De acuerdo, ¿ha visto a alguien raro a lo largo del día de hoy? ¿Alguien que no fuera vecino?

―No, nadie. Aunque… espere, ahora que lo dice…aggggggg.

―¡Señora Carreter! ¡Alba!

Era la segunda vez en menos de veinticuatro horas que esa mujer le dejaba con la palabra en la boca. Lamentablemente, ni se lo tendría en cuenta ni sería capaz de reprochárselo nunca.


3

La entrevista




―Buenos días. Venía a ver al señor Aguilera, había quedado con él.

La secretaria, apostada detrás de un mostrador que dejaba ver su cara alargada, su largo cabello moreno y sus gafas elegantes y sensuales, alzó la mirada con poco entusiasmo.

―La señora…

―Señorita Boani, Anahid Boani.

―Espere un momento… Señor Aguilera, está aquí la señorita Anahid Boani… De acuerdo. Pase, por favor, le está esperando.

El domicilio social del grupo de empresas Aguilera se encontraba en un edificio acristalado que se erigía imponente en las afueras. No obstante, el dueño del grupo pasaba casi todo el tiempo en su cuartel general, mucho más céntrico y presentable para recibir a clientes y personalidades de la esfera política y de los negocios. El despacho de Andrés Aguilera estaba situado en la segunda planta de un edificio antiguo situado hacia la mitad de la calle Larios. Se encontraba presidido por una amplia mesa de reunión, de caoba, con ocho sillas alrededor de estilo victoriano. En una esquina, sobre el parqué, un robusto perchero con varias chaquetas colgadas. A la izquierda, de frente, un amplio ventanal desde donde se podía ver, al otro lado de la calle, la parte alta del luminoso de la tienda de ropa Springfield. En la pared de la izquierda, un inmenso armario lleno de libros de contabilidad, derecho y legislación de todo tipo.

El señor Aguilera se encontraba hablando por teléfono tras la mesa, de frente al ventanal, giró el cuello para hacer un gesto de que pasara a la joven periodista mientras terminaba de despedir a su interlocutor y se levantaba para saludarla.

―Bueno, bueno. Así que la hija de mi queridísimo amigo Boani ―dijo, mientras abría los brazos y le daba dos besos.

―Buenos días, señor Aguilera.

―Andrés, por favor. Desde luego, no has salido a tu padre, por suerte.

―Muchas gracias ―dijo Anahid con una sonrisa de oreja a oreja―. ¡Vaya vistas! Anda que no le saldrán amigos en Semana Santa.

―Desde luego, pero es preferible verlo desde la azotea del edificio. Te puedo asegurar que ver El Cautivo desde arriba impresiona como pocas cosas en esta vida. Es realmente precioso.

―Yo es que no soy católica.

―Ya, pero supongo que alguna vez habrás visto alguna procesión.

―Alguna he visto.

―Pero siéntate, chiquilla, y empieza a disparar porque tengo la mañana algo ajustada.

―Empecemos pues. Voy a poner una grabadora, si no le importa.

―Vale, pero con una condición, si vas a estar un rato preguntándome, te ruego que me trates de tú, y si después para publicarlo tienes que poner el usted, pues adelante, pero de verdad que estaría más cómodo.

―No hay problema.

Anahid había analizado con minuciosidad todo el currículo empresarial de su entrevistado y había elaborado un gráfico con todas las empresas del grupo, de precisión tal que hasta el interpelado se sintió a veces incómodo no porque le preguntasen algo más secreto de lo normal, sino porque había empresas de las cuales casi no conocía de su existencia. No quería estrenarse con una entrevista de las que ella consideraba tostón, pues nunca había sido partidaria de aburrir al lector con aspectos más propios de la prensa salmón que de lo que los lectores de un periódico generalista demandaban, a saber, su parte más íntima y personal.

Tras una breve llamada del director financiero de una de las empresas, requiriéndole para aclarar un par de dudas que el segundo de a bordo, Xavier Ripollet, no había podido despejar, Anahid prosiguió con la entrevista.

―Bueno, Andrés, después de tanta empresa, me gustaría saber algo más de ti. Naciste en Granada, más concretamente en Santa Fe. ¿Cómo podríamos describir tu infancia granadina?

―Maravillosa. Mi padre era, por herencia de mi abuelo, agricultor. Mi abuelo se dedicaba al tabaco. De agricultor del tabaco pasó a ser empresario del tabaco.

―¿En qué radica la diferencia?

―Es sutil, pero importante. La cantidad de explotaciones que poseía. Fue un gran ahorrador y un magnífico agricultor. Conocía la tierra como pocos. Fue acumulando tierras y secaderos por todo el pueblo, hasta el punto de ser uno de los grandes terratenientes. Tras la guerra civil, lo perdió todo.

―Pero, si fue un gran terrateniente, después de la guerra se vería beneficiado.

―Se equivoca de cabo a rabo.

El señor Aguilera estaba tratando a una veinteañera de usted. Al parecer, hablar de su abuelo le estaba poniendo tenso.

―¿Quieres con esto decir que era un rojo?

El gesto del empresario se torció. Indudablemente, le estaba contrariando. Pero Anahid, lejos de pensar en echarse atrás, se dijo para sí misma que era él quien había sacado el tema.

―No es que fuese rojo. Eres muy joven para saber de aquella guerra algo más de lo que te hayan contado. Al igual que yo, que no había nacido. La diferencia entre nosotros estriba en que a mi familia le afectó y a la tuya no, porque no estabais aquí. El caso es que lo perdió todo.

― ¿Y qué hizo entonces?

―Trabajó en lo mismo para uno de los terratenientes del régimen. Mi padre aprendió el oficio desde muy pequeño.

― ¿Dónde vivían? ¿Conoció a su abuelo?

―Mi abuelo falleció cuando yo tenía diez años. Vivimos en una casa de aperos del patrón hasta que mi padre ahorró lo suficiente para comprar un terreno camino de Belicena. Cuando yo contaba veinte años, mi padre falleció en un accidente.

―¿Un accidente?

―Sí, bueno, murió en un incendio.

―Tengo entendido que tiene un hermano.

―Tenía. Murió junto a mi padre y mi madre en aquel incendio.

―Lo siento.

Aguilera bajó pensativo la cabeza mientras la chica pronunciaba aquellas palabras. Acto seguido, alzó la mirada con rabia.

―No necesito la compasión de nadie ni nunca la he necesitado. La vida es así. Me repuse y me he hecho un hombre solo, sin ayuda de nadie.

―Perdón si le he molestado.

―Para nada. Es que hay frases hechas que nunca he soportado.

―Tiene usted razón.

―Tú.

―Vaaalee. Sigamos. Entonces, se quedó solo con veinte años.

―Exacto, y me vine a vivir a Málaga con mis tíos. Estudié Económicas y aquí me ves, hecho un hombre de provecho.

―Y felizmente casado…

―Con dos maravillosos hijos.

―¿Qué edades tienen?

― Once y trece años.

―Se le cae la baba.

―Son lo mejor que me ha pasado en la vida.

―¿Le queda tiempo para ellos?

―Menos de lo que desearía, pero en cierto modo todo esto es para ellos.

En ese momento, sonaron varios tonos cortos y seguidos del teléfono, al tiempo que parpadearon unas luces rojas.

―Dígame Sonsoles… ajá… si… de acuerdo.

Colgó el auricular con gesto contrariado y miró fijamente a los ojos de la periodista.

―Señorita Boani, como puede comprobar el negocio es el negocio, y lamento decirle que me requieren en una de las empresas.

―No hay problema, ya suponía que debía ir contrarreloj.

―La pena es mía, justo cuando la entrevista se ponía bonita. En cualquier caso, podemos continuarla en otro momento, aunque voy a estar bastante liado los próximos días.

―Gracias por su disposición, pero creo que tengo material suficiente.

―El gusto es mío. Dele recuerdos a su padre.

―Se los daré, descuide.


4

La anciana del Café Central




La mañana había amanecido soleada y con una temperatura muy agradable. Nada hacía presagiar que los acontecimientos desembocarían en otro asesinato. Los ardores que le habían acompañado durante la noche ya no se marcharían. Adánez reunió al grupo de homicidios para organizar una investigación que se empezaba a complicar. Normalmente, no era muy amigo de grandes dispendios ni excesiva utilización de recursos. Cualquiera del grupo al que se le encargara el caso bastaba para resolver la mayoría de homicidios que se presentaban, si bien este asunto estaba tomando un cariz diferente. No le gustó nada no poder vislumbrar un móvil del asesinato del contable, un robo hubiera sido lo lógico, aunque pudiera ser que la puta no viese que realmente le robaron porque tuviera más dinero escondido. En cualquier caso, no era un robo. Alguien que roba no se molesta en ensañarse tanto. Había una especial brutalidad en el modus operandi que tendía más a la venganza, un ajuste de cuentas. ¿Por qué? ¿Qué estaba escondiendo la aparente vida normal y rutinaria del contable? Debía descubrirlo. En menos de veinticuatro horas, la inocente esposa era asesinada por la misma persona, o eso suponía.

Cuando entró junto con Tomás Gallego en la escena del crimen, ambos vieron rápidamente que el homicida había estado buscando algo. De nuevo el robo parecía lo más plausible pero, en este caso, sería imposible determinar si se habían llevado algo, aunque ya en su última conversación la difunta le dejó claro al inspector que no había sido un robo al uso. Efectivamente, todos los objetos de valor de la vivienda estaban en su sitio, así como al poco tiempo comprobaron que la caja fuerte estaba intacta. El asesino había estado buscando algo. ¿El qué? Averiguarlo era su cometido.

A Tomás Gallego se le conocía en el cuerpo por Vualá, alias que aludía a su especial manera de celebrar sus descubrimientos. Era un personaje excéntrico y muy metódico, algo introvertido y poco sociable. Parecía gustarle más relacionarse con los datos y las pruebas que con las personas, todo ello a pesar de ser relativamente joven, pues contaba treinta y seis años. De figura delgada, piel morena, pelo oscuro, cara angulosa, nariz aquilina, ojos con rasgos hindúes y mirada penetrante. Realmente era un experto descifrando los escenarios de un crimen. En este caso lo tenía muy claro.

―Alberto, no tiene mucha historia el asunto. El asesino entró, revolvió todo el piso buscando lo que fuera, no lo encontró y esperó a que apareciera la mujer para preguntárselo. Ante su negativa la estranguló con el cable del teléfono.

―Se te olvida un pequeño matiz, el hecho de que yo estuviera hablando con ella justo cuando la asesinaron y de que no le diera tiempo a preguntarle nada.

―Tienes razón ―espetó Gallego llevándose la mano a la barbilla―. Aunque pudiera ser que escuchases como le atragantaba con el cable del teléfono, pero eso no quiere decir que la matase en ese momento. Pudo darle tiempo a preguntarle por lo que buscaba.

―Es posible, veremos que dice el forense en cuanto a los tiempos.


Pasaban pocos minutos de las cinco y Javier aún yacía babeando sobre el sofá, roncando una sonata al compás de un documental de La 2 que versaba sobre el Serengeti. De pronto sonó esa deliciosa melodía de Shakira que tanto le gustaba, pero que en aquel preciso instante odió profundamente. Alzó el brazo de forma mecánica, casi sin abrir los ojos, para distinguir, no sin ciertos problemas, a leer en la pantalla del móvil la palabra “canijo”.

“Canijo”, para un malagueño de pro, podía ser cualquiera de sus amigos, pues en la jerga popular era una palabra muy utilizada. En este caso canijo hacía referencia a Roberto, o “Robert”, como solía llamarlo, acortando el nombre con aires anglosajones, influenciado por las series y películas norteamericanas que había devorado a lo largo de su vida. No tenía ninguna gana de coger el teléfono, pero sabía que si no lo hacía sería tildado por su grupo de rajado. La tarde anterior habían dejado un campeonato del Pro Evolution Soccer a medio terminar, en semifinales ni más ni menos, y no unas semifinales cualesquiera. Estaban en liza Brasil, Argentina, Italia y España. Javier jugaba por España, algo retocada en las características técnicas del equipo, Robert por Brasil, David por Argentina y Curro por Italia. El favorito en las apuestas era Curro, un hombre pegado a un mando de PlayStation. Javier descolgó y contestó de mala gana.

―¿Qué quieres pesado?

―Tú qué crees. Vamos para ya.

―Vale, pero terminamos la partida y os piráis que tengo cosas que hacer.

―Bueno, pero nos pondrás algo de picar por lo menos, ¿no?

―Algo os pondré.

Acto seguido, sabedor de que mientras Robert recogía a los otros dos tardaría al menos media hora en llegar, bajó el volumen de la tele todavía más y se recostó de nuevo sobre el sofá para aprovechar los últimos coletazos de siesta.

Javier se consideraba un joven muy normal. Le gustaba salir de marcha, jugar a los videojuegos con sus amigos, chatear por Internet y navegar buscando los archivos y las noticias más insólitas que descargar. Prefería el deporte de salón y mando a distancia que el ejercitado directamente, aunque a veces echaba una pachanguita al fútbol con los amigos. Tenía una auténtica relación amor odio con sus amigos, pero en el fondo los adoraba. Su adoración no iba más allá de la propia dependencia de un joven para con su grupo de amigos. Javier se sentía muy atraído por las mujeres, y en especial por todas aquellas que no fuesen su novia, Anahid, la única a la que amaba con todo el amor inmaduro propio de su juventud. Se habían conocido con tan solo diez años. Aún recordaba aquella mañana de domingo en la que el señor Boani, como todos los domingos, acudió a la cafetería central a desayunar junto con toda su familia. Javier acompañaba a su madre los fines de semana a la cafetería donde trabajaba, ya que esta no tenía con quien dejarle.

Javier había nacido en Almendralejo en el seno de una familia no muy bien avenida. Desde que era un crío pudo percibir que las conversaciones entre sus padres no eran las habituales que escuchaba cuando visitaba las casas de sus amigos. Su padre trabajaba recogiendo la basura. Se levantaba de noche y cuando volvía, al alba, su madre se disponía para entrar en el primer turno de la cafetería. Sus progenitores casi no se cruzaban. Los días laborables prácticamente no veía a su padre, únicamente para cenar, pues cuando volvía del colegio se encontraba dormido. Los fines de semana eran especialmente agrios. Su padre, como casi todos los días, llegaba tras haber rondado todos los bares de la ruta de contenedores, alcanzando una ebriedad considerable. Su madre, sabedora del nivel etílico del marido, procuraba evitarlo para no tener problemas. Pero evitarlo era imposible. Aquel hombre la buscaba con la agresividad propia de la bebida y de la gran falta de amor de aquellas cuatro paredes. Siempre había alguna chispa que encendía la llama, la tontería más inimaginable, pero el hecho es que la llama siempre prendía. La discusión comenzaba y los gritos iban “in crescendo”, hasta el punto de empezar los golpes. Casi siempre él la cogía primero de los hombros, o del cuello, zarandeándola sin ánimo de golpear. Cuando ella se intentaba desasir de aquel blocaje, pues aquellos agarrones le provocaban dolorosos moratones, él le propinaba una bofetada, para comprobar la capacidad de reacción de su dominada. Como la madre se pusiera más brava, entonces los golpes se hacían más duros, hasta el extremo de cerrar el puño. Aquel vil necesitaba poseer y dominar, no quedándose tranquilo hasta comprobar que la fierecilla estaba domada.

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