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Bernard Hours Juan Bautista de La Salle
Juan Bautista de La Salle
Juan Bautista de La Salle

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Bernard Hours Juan Bautista de La Salle

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Del Seminario de San Sulpicio Juan Bautista conserva una huella profunda, aunque sea difícil identificar los vectores de esta influencia. Comentando a

Abelly, La Barmondière utiliza a un autor de la época reconocido como adversario de los jansenistas, con los cuales él había tenido polémica, en particular con Martín de Barcos, sobre la biografía de
Vicente de Paúl. No es sorprendente que Maillefer, contestando la bula Unigenitus, no se extienda en nada sobre esos dieciocho meses en San Sulpicio. Por el contrario, Bernardo hace de él el crisol de la vida espiritual de Juan Bautista:

fue en ese santo lugar donde él puso el fundamento de todas las virtudes que practicó por el resto de su vida con tanto coraje y perseverancia. Fue, digo yo, en ese lugar donde fue abrazado por el amor de Jesús y de María. Y, en fin, fue en esta casa de Dios donde se consagró a él de una manera particular. (Bernardo, 1965, CL 4, p. 15)

Blain reporta también ciertos testimonios de los hermanos al respecto: «él amaba singularmente ese santo vivero de obreros evangélicos, y no hablaba de él sino con grandes pruebas de estima y de respeto» (Blain, 1733, t. I, p. 127). De regreso a Reims, Juan Bautista se reintegra a la universidad en el mes de abril. Vuelve a encontrar a Miguel de

Blanzy y a
Daniel Egan, cuyos cursos sigue al comenzar la mañana, para el primero, y al comenzar la tarde, para el segundo. Termina ese año con las vacaciones universitarias que se inician en el mes de agosto. Luego, durante un año completo, de agosto de 1672 a septiembre de 1673, interrumpe sus cursos universitarios para consagrarse a sus responsabilidades de jefe de familia. En octubre de 1673 retoma sus estudios, que van a llevarlo hasta el birrete de doctor en siete años, cuando muchos estudiantes logran obtener los grados dos veces con mayor rapidez. No hay que asombrarse: el ritmo de los cursos universitarios es susceptible de muchas más adaptaciones a las presiones y a las opciones de cada uno que hoy. Tampoco se puede deducir nada de ese ritmo sobre las capacidades intelectuales de los estudiantes, pero en esa época la rapidez es más a menudo reveladora de prebendas que de facilidades para el estudio, de la lentitud de las restricciones extrínsecas que de seriedad.

Dos años de Filosofía lo conducen al bachillerato en Teología en agosto de 1675, durante el cual sustenta su Tentativa. En el otoño siguiente, Juan Bautista se prepara para el examen de admisión en licencia, dándose una cultura a la vez bastante general y bastante completa en materias tan diversas como Teología Escolástica, Teología Positiva, Historia de la Iglesia, Escritura Santa. En el curso de los dos años siguientes, a partir de enero de 1676, prepara su licencia. Como los otros estudiantes inscritos para ese grado, él guía la controversia de los estudiantes de grados menores al presentar sus Tentativas para el bachillerato. El 19 de agosto de 1677 es el turno de su primo

Felipe Maillefer, quien ofrece un festín en la casa familiar a la salida de la ceremonia. La licencia se obtiene pasando, en un orden indiferente, dos sustentaciones: la Mayor ordinaria, que trata sobre teología moral, y la Patricia, sobre teología positiva. Igualmente, en el curso del segundo año hay que sustentar la Menor ordinaria, sobre la apologética y la controversia. Una vez pasadas esas pruebas, a comienzos del año 1678, él pasa la Paraninfo en enero. La promulgación de los «puestos» de la licencia, dicho de otro modo, la clasificación, tiene lugar en el mes de febrero. Este resultado nos es desconocido; la única certeza: probablemente Juan Bautista no es el primero, porque no pronuncia el discurso de agradecimiento al canciller, al decano y a los profesores.

Licenciado en Teología, tiene de ahora en adelante el derecho a enseñar teología; puede también considerar una carrera eclesiástica que le conduciría, con un poco de suerte, hasta el episcopado. El Concilio de Trento había decidido que la licencia en Teología o en Derecho Canónico constituía el grado mínimo para aspirar a una diócesis. Seguidamente, él hubiera podido también desear el grado de doctor: para eso hay que sustentar las Vesperies, acto bastante formal, y Juan Bautista habría podido presentarlo entre la primavera y el verano de 1678. Pero él interrumpe, entonces, una segunda vez, y esta pausa va a durar más de dos años, de febrero de 1678 hasta la Pascua de 1680. Veremos que es en ese momento cuando se produce el verdadero giro en la vida de san Juan Bautista: vuelve la espalda a toda perspectiva de carrera en la Iglesia y descubre su vocación. Veremos también que la ruptura se declina realmente en varias etapas. El hecho de consagrar la primavera del año 1680 a la obtención del doctorado, el grado universitario más elevado, no pone en cuestión el proceso de conversión que está viviendo. Él va hasta el final antes de voltear definitivamente la página, consciente de que, si no quiere utilizar el doctorado para favorecer una bella ascensión en la institución, el grado le será siempre útil para sentar su legitimidad a los ojos de ella, tanto más útil que la vía en la cual se lanza es una aventura de pionero. En una fecha desconocida situada entre la Pascua, celebrada ese año el 21 de abril, y el fin del mes de junio, él toma juramento, recibe el birrete de doctor y preside la sustentación de una Menor ordinaria. Juan Bautista de La Salle, canónigo de la catedral, es de ahora en adelante doctor en Teología. Él hace parte de la élite del clérigo diocesano. Cabe imaginar cuál habría sido el orgullo de sus padres si hubieran vivido hasta ese momento. También se puede imaginar que en el círculo familiar él disfruta de una consideración a la altura de las expectativas sociales que su función autoriza.

Es difícil caracterizar la manera como recibió y se apropió de la enseñanza recibida en la Universidad de Reims.

Daniel Egan es un jacobita irlandés, originario del condado de Longford, lleno de celo por mantener el catolicismo en su patria. En general, los sacerdotes irlandeses eran en ese entonces poco inclinados tanto al galicanismo como al jansenismo. D. Egan murió en 1699 como gran maestro de la universidad y canónigo de la catedral. En cuanto a Miguel de
Blanzy, es un pariente de
Juan Maillefer padre; canónigo de San Timoteo y luego de la catedral. En 1689 legó al capítulo de Nuestra Señora su biblioteca, de unos 2800 volúmenes; él murió el año siguiente. En 1685 da su aprobación a la edición de la Colección de algunos avisos del canónigo Roland, cuyo manuscrito se le ha podido trasmitir, sin que se pueda afirmar con certitud, a través de Juan Bautista, quien era uno de los ejecutores testamentarios.

Hacia una carrera eclesiástica

Orígenes: las trampas de la hagiografía

El primer hagiógrafo de Juan Bautista marca el tono:

a medida que él crecía en edad, crecía también en sabiduría ante Dios y ante los hombres; y se notaba, día tras día, que este amable niño era guiado por la piedad y tenía una gran inclinación por el estado eclesiástico. Porque tan pronto como supo servirse de sus pequeñas manos, las empleó en construir pequeños oratorios, junto a los cuales él cantaba e imitaba a su manera las augustas ceremonias de la Iglesia. Y era esa su principal ocupación, y le repugnaba tomar las recreaciones que deseaban que él tomara. Parecía ya que fuera razonable, y que la puerilidad o la infancia le hubieran abandonado desde la edad de cuatro o cinco años, por las preguntas y respuestas que él hacía. Lo que parece, entre otros, por lo que él dijo una vez, cuando sus padres se habían reunido para tomar algunas recreaciones; como eso no le agradaba, fue a encontrar a su madrina y le rogó que le leyera la vida de los santos. Era sin duda un feliz presagio que él imitaría sus santas acciones. Así comenzaba a amar lo que provocó placer a los santos, es decir, la oración y la frecuentación de las iglesias, no teniendo para nada ningún otro placer que cuando su padre lo llevaba al oficio divino, al cual era muy exacto. Y era allí donde él hacía ver su piedad, apresurándose a servir en las misas y anhelando, por así decirlo, las funciones de monaguillo. ¡Y con cuánto fervor y modestia acompañaba él sus pequeños pasos! Él atraía las miradas de todos los asistentes e inspiraba la devoción a quienes lo miraban. (Bernardo, 1965, CL 4, pp. 11-12)

Maillefer (1966) retoma muy sobriamente la misma idea de la vocación precoz manifestada por «una natural inclinación a la virtud» (CL 6, pp. 41-42). A su vez, y según su costumbre, Blain (1733) la amplifica: lo que ocupa un párrafo más o menos largo en Bernardo y Maillefer, se extiende sobre más de dos páginas, en formato in-octavo, en él. Algunas líneas bastan para comprender la tonalidad:

desde la cuna parece que la gracia lo distinguió y que ella quería hacer una de sus obras maestras. Nada de pueril en él. Niño, sin tener las inclinaciones de los niños, amaba los ejercicios serios y no hacía aparecer nada en sus acciones propio de la primera edad. Sus entretenimientos, si los tuvo, fueron ensayos de virtud, y la piedad, que es en nosotros el fruto lento y tardío de la gracia, anticipó en él a la razón. Devoto sin gesticulaciones, le agradaban la oración y la lectura de buenos libros; y su inclinación hacia el estado eclesiástico ya se notaba, incluso en sus diversiones, puesto que su placer era levantar iglesias, adornar altares, cantar los cánticos de la Iglesia e imitar ceremonias de la religión Los otros pasatiempos no le gustaban en absoluto; y aunque nació alegre y de buen humor, su inclinación no lo llevaba para nada a las diversiones de lo de su edad. (t. I, p. 118)

Bernardo y Blain, quienes tuvieron acceso a la Memoria de los orígenes redactada por Juan Bautista, no citan de ella ningún pasaje relativo a su infancia. Hay que deducir que el propio autor casi no la evoca del todo. Sin recurrir a su imaginación, tentación del biógrafo frente a las lagunas de sus fuentes, las únicas sobre las cuales pudieron apoyarse son las memorias recogidas inmediatamente después de su muerte. Incluso si algunas pudieron emanar de miembros de la familia, la más grande prudencia se impone: escritas más de medio siglo después por personas que a lo mejor eran niños en esa época, ¿con qué veracidad se pueden acreditar sus palabras? Nos encontramos frente a un modelo hagiográfico bien conocido, el de la continuidad: según las expresiones consagradas, desde la infancia el «sirviente de Dios» es prevenido por la gracia y toda su vida es una marcha segura hacia la santidad. Ese modelo, en oposición al de la ruptura por la conversión, impone de un modo muy natural los lugares comunes que le permiten funcionar. En el niño son los signos de madurez y de renuncia a todo lo que es «pueril» hasta el punto de que los mismos juegos ponen las premisas de la vocación a la santidad. La realidad de los juegos aquí evocada no se debe poner en duda por fuerza. Se han conservado esos juguetes destinados a despertar la piedad de los infantes: pequeños altares con sus ornamentos litúrgicos en escala reducida para los niños, muñecas religiosas para las niñas. Es muy probable que

Luis de La Salle y Nicole Moët se los hayan ofrecido a sus hijos y que Juan Bautista no sea el único de entre los hermanos en haberse divertido con ellos. Pero ha sido necesario esperar el final, es decir, la recogida de los testimonios después de su muerte, para dar retroactivamente un sentido a esos juegos; tanto que el valor de esos testimonios sobre la precocidad de la santidad resulta muy débil.

Además, la vida de Juan Bautista se articula sobre una ruptura, una verdadera conversión, que se juega de 1678 hasta 1683. Pero no es una conversión a la fe o el descubrimiento de una vocación sacerdotal. Esta última se inscribe en la continuidad de una historia y de un horizonte de expectativas familiares. Ninguna conversión preside la ordenación sacerdotal de Juan Bautista: ella es el fruto de una programación que él interiorizó y por la cual hizo una opción, la etapa lógica para un joven canónigo. No debe sorprender que los testimonios reunidos junto a su familia, que interpretan según la necesidad los juegos infantiles, legitimen la idea de una vocación sacerdotal y al mismo tiempo la mirada que sus parientes proyectaban sobre él. De modo implícito, ellos justifican también la desaprobación que casi todos los suyos manifestaron cuando él abandonó la vía que se le había trazado. Habría sido mucho más significativo que esos testimonios evocaran el atractivo del niño Juan Bautista por los pobres o que él se divirtiera con predilección jugando al maestro de escuela, figura social que no pertenecía a su universo infantil como los primeros. La «gracia» había predestinado a Juan Bautista a ser presbítero y a entregarse a la liturgia, lo que corresponde por excelencia al perfil del canónigo escogido para él; pero Juan Bautista no respondió a eso: él renunció a su canonjía y se entregó a la educación de los jóvenes, que no requería el sacerdocio. ¿La gracia no habría sido tan preveniente como lo hubieran querido Bernardo o Blain? Maillefer se contenta con indicar la seriedad del niño y su gusto por la oración o por los buenos libros, lo que en sí mismo no presagia una vocación sacerdotal y deja a la santidad una gama de posibilidades más abierta.

La canonjía: un asunto de capital social

El 11 de marzo de 1662, cuando apenas tenía once años, en la capilla del Palacio Episcopal de Reims, Juan Bautista de La Salle recibe la tonsura de manos del obispo auxiliar de Châlons-en-Campaña, Juan de Malevaud38. En esta fecha el arzobispo de Reims, Antonio

Barberini, no ha tomado aún posesión de su diócesis y es el canónigo Pedro
Dozet, tío de Juan Bautista, quien despacha los asuntos corrientes. Para ser tonsurado hay que haber recibido previamente el sacramento de la confirmación39. Esta última ceremonia no tiene entonces la importancia que tomó después de algunas décadas. Es excepcional que los archivos conserven su huella: se sabe que los obispos, con ocasión de las visitas pastorales, pueden administrarla a todos los fieles que no la han recibido aún, pero es raro que hayan subsistido listas de nombres. No se sabe en qué fecha se confirma Juan Bautista. El Catecismo del Concilio de Trento recomendaba administrar la confirmación entre los siete —«la edad de la razón», a partir de la cual un niño es «apto para sostener el combate de la fe»— y los doce años, como último plazo (Concilio de Trento, 1673, p. 233, citado en Poutet, 1970, t. I, n.º 3, p. 181). Nada impide entonces pensar que él recibió al mismo tiempo la confirmación y la tonsura, o que las dos ceremonias casi no se espaciaron. La tonsura abre el derecho a llevar el hábito eclesiástico. ¿Juan Bautista se vale de él? No se sabe.

Que, como lo dicen los primeros biógrafos, el joven adolescente haya deseado recibir la tonsura, primera etapa de la integración al clero, no tiene nada de inverosímil en sí mismo, incluso si como regla general recibirla tan joven pertenece más a la estrategia familiar que a la voluntad personal. Esta interpretación sería coherente con la hagiografía que nos lo describe como un niño devoto, pero nada obliga a suscribir ese lugar común. Por el contrario, es cierto que él no habría recibido la tonsura sin el aval de su padre, jefe de familia. La ceremonia no compromete de manera definitiva a su beneficiario en la carrera eclesiástica, pero le abre las puertas. Así, más allá del receptor, ella concierne a la familia, independientemente de toda perspectiva espiritual, por razones de consideración social, por una parte, y de trasmisión del patrimonio, por otra. Ahora bien, en el caso de los La Salle los tres concurren a empujar al joven hacia las órdenes. Sus padres son católicos piadosos y celosos, «devotos», según el lenguaje de la época: dar un hijo a la Iglesia hace parte de los sacrificios que ellos han de consentir y que les valdrá quizás un crecimiento de méritos en la comunión de los santos. Sus padres pertenecen también, como lo vimos, a esa aristocracia restringida, entre comercio y nobleza, que controla la ciudad de Reims. La tonsura abre a su hijo la posibilidad de recibir uno o incluso varios beneficios eclesiásticos, prebenda canonical, priorato o abadía, que vendrían a realzar aún más la notabilidad de su nombre y, si se tratara de una prebenda en Reims, la influencia de la familia en la ciudad. Ahora bien, Pedro

Dozet, el tío canónigo, dejará por fuerza algún día su puesto en el capítulo de la catedral. Avanza en edad y puede ser ya tiempo de meterse sobre los rangos para obtener la renuncia a su prebenda en favor de Juan Bautista. La piedad y la seriedad del joven ofrecen toda la garantía sobre la legitimidad de tal expectativa. Sería ingenuo creer que tal estrategia no haya germinado en el espíritu de
Luis de La Salle y de su esposa. Estaría igualmente fuera de lugar escandalizarse y gritar hipocresía: colocando a su hijo mayor en posición de acceso al capítulo de la catedral, ellos cumplen su deber de cristianos; sin dudar en ofrecerlo a Dios, como Abraham lo había hecho con Isaac, son padres cuidadosos en asegurarle un futuro a su progenitura y notables consagrados a la dirección y la protección de la ciudad. En todo eso solo hay sinceridad y buena conciencia.

Hasta aquí la integración de Juan Bautista al capítulo de la catedral no se diferencia de la carrera tomada por varios miembros de su parentesco próximo o más lejano:

Luis y
Nicolás Bachelier, aceptados respectivamente el 30 de agosto de 1663 y el 13 de diciembre de 1668;
Antonio Moët, aceptado en 1659, quien tendrá por sucesor en su silla del coro, en 1700, a su sobrino Carlos Levesque;
Carlos Moët, del cual
Juan
Luis de La Salle recuperará la prebenda en 1694;
Francisco Cocquebert, aceptado el 10 de diciembre de 1667;
Juan Roland, aceptado en 1659 y vicario general en 1682;
Gerardo José Cocquebert, quien muere en 1703 y cuyo hermano había sido el condiscípulo de Juan Bautista en el Colegio de Bons-Enfants; y, en fin, Nicolás
Frémyn (1660-1746), rector de la universidad en el periodo 1690-1691.

Pero hay que ir más lejos aún: los La Salle presentan el mismo perfil que esas familias de notables devotos que forman una red por medio de intermatrimonios repetidos, estudiados, no hace mucho tiempo por D. Dinet en una región próxima, La Borgoña del Norte, los cuales constituyeron el vivero privilegiado del reclutamiento sacerdotal y regular en esta época. Hemos visto que dos hermanos de Juan Bautista, Santiago José y Juan Luis, entraron en las órdenes, así como su hermana

María Rosa. Todos alcanzaron la edad de la razón antes de la muerte de sus padres en 1671 y 1672. Sobre siete hijos llegados a la edad adulta, cuatro entraron en las órdenes. Ningún testimonio existe de una eventual oposición de Luis de La Salle y de Nicole Moët a la vocación de su hijo mayor y la de sus hermanos y hermanas menores. Es verdad que los dos hermanos de Juan Bautista tienen la edad de trece y ocho años, respectivamente, cuando muere su padre, y que le tocó a Juan Bautista zanjar el asunto. Pero es revelador, a contrario, que la cuestión de una entrada en la religión no se haya planteado para los dos últimos, Pedro y
Juan Remí, quienes tenían seis y dos años en el momento del deceso de Luis. Entonces, hay que deducir, como lo hizo hace años Y. Poutet, la eficacia de la educación y del condicionamiento familiar: en la educación recibida de sus padres, los hijos La Salle, al menos esos que alcanzaron la edad de ser marcados por esto, encontraron el terreno favorable a su vocación religiosa.

El Concilio de Trento había decidido que no se podía recibir un beneficio antes de la edad de catorce años40. Juan Bautista tiene un año más cuando, el 19 de julio de 1666, el canónigo

Dozet, de 75 años, renuncia a su prebenda en su favor, en el capítulo de la catedral de Reims que corresponde a la silla del coro n.° 21, la de san
Bruno. Dozet es una personalidad de la ciudad. Canciller de la universidad desde 1619, antiguo archidiácono de la Champaña, fue dos veces vicario general sede vacante, la segunda vez durante doce años; él tuvo la responsabilidad de la administración de la diócesis. Él designó a
Luis de La Salle uno de sus ejecutores testamentarios. Juan Bautista toma posesión de su silla el 7 de enero de 1667 al final de su decimosexto año, pero él no tiene aún voz deliberativa, porque no había recibido las órdenes sagradas.

Un capítulo de la catedral en la época moderna forma una comunidad autónoma, consciente de su rango y vigilante para no dejar pisotear sus prerrogativas. El de Reims, a cargo de la prestigiosa catedral de la Consagración Real, no escapa a esta regla. Fortalecido con sus diez dignatarios, 63 canónigos y 42 capellanes, no permite que nadie venga a darle lecciones, en particular la ciudad. En 1658, después de la batalla de las Dunas, que entrega Dunkerque a

Luis XIV, un Te Deum se ordena en todas las diócesis del reino. El consejo de la ciudad ordena al capítulo organizar la ceremonia; pero obtiene esta respuesta hiriente:

usted no tiene ningún poder ni autoridad en nuestra iglesia; el rey que manda a hacer tales ceremonias se dirige a nuestro arzobispo, y puesto que la sede está vacante, […] a nosotros mismos […] Además, nuestro arzobispo nada puede en nuestra iglesia sin el aviso y consentimiento del capítulo y nosotros podemos todo en nuestra iglesia sin él41.

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