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Bernard Hours Juan Bautista de La Salle
Juan Bautista de La Salle
Juan Bautista de La Salle

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Bernard Hours Juan Bautista de La Salle

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Juan Bautista entra al colegio en el momento en que una crisis importante opone la universidad a los jesuitas, apoyada por el consejo de la ciudad y el tribunal. No es imposible que su padre, magistrado, al inscribir a su hijo mayor en el Colegio de Bons-Enfants haya querido manifestar así su solidaridad con la municipalidad. Él piensa, quizás desde entonces, en hacer parte de la magistratura. En efecto, dos años más tarde obtuvo la carga de administrador del Hospital General, que constituye una etapa previa (Bernardo, 1965, CL 4, p. 42). En 1660 la mayor parte de las corporaciones constituidas logra impedir la apertura de un segundo colegio jesuita que tiene en contra a la universidad, al clero, al capítulo de la catedral, a los curas, al tribunal, a la elección y a la comunidad de comerciantes. El mismo año, el rector de la universidad,

Tomás Mercier, intenta hacer anular el acto de unión del colegio jesuita a la universidad, confirmado en 1617. Contra ellos, él lanza un panfleto teñido de tópicos del antijesuitismo galicano:

cada quien sabe que el designo de los jesuitas siempre ha sido introducir en este reino máximas nuevas […] que tienden […] a la extinción de los privilegios de la Iglesia anglicana. Para hacer triunfar ese designio, ellos emprendieron la instrucción de los jóvenes, a fin de poder inquietar a los espíritus y formarlos en su nueva doctrina. Han salido de sus escuelas libros llenos de mala instrucción […] Salieron estudiantes imbuidos de esta misma doctrina, que han sido funestos para Francia. (citado en Bernardo, 1965, CL 4, pp. 147-148)

Rechazados una primera vez, los padres apelan al Consejo de Estado, que les concede la razón en diciembre de 1663, pero la universidad demanda la casación de ese fallo el año siguiente. El proceso se atrasa por largo tiempo. Comienza una guerra de desgaste entre la universidad y los jesuitas ante el Parlamento y el Consejo del Rey, suspendida en 1664 y apaciguada por el arzobispo Antonio

Barberini en 1667, antes de conocer un último episodio en 1723. Así, cuando
Luis de La Salle decide confiar su hijo al Colegio de Bons-Enfants, la situación se había degradado desde hacía unos treinta años y el colegio pierde estudiantes en provecho de su competidor. Coquault deja un testimonio tan desengañado como parcial:

así, el Colegio de Bons-Enfants, que no tiene después de treinta años sino un edificio, mal mantenido, mal conducido por los directores supuestos [la ciudad dormida no vigila ese desorden que es de grandes consecuencias], así el colegio permanecerá completamente sin niños […] los habitantes secundan a los jesuitas sabiendo que su doctrina no es muy buena para la juventud […] Por tener el aplauso del pueblo, fue necesario servirse de la invención de los jesuitas que consiste en organizar a los niños en las clases, desde la sexta a la primera, tanto en griego como en latín, prosa, poesía, según el alcance de las clases, y dar el precio en libros a los mejores. (citado en Cauly, 1885, pp. 369-371)

Sea lo que sea, Juan Bautista entra en un colegio en renovación. La municipalidad secunda la iniciativa reformadora del rector, que comienza con la restauración, gracias a una suscripción pública, de los edificios incendiados en diciembre de 1648. En septiembre de 1660 el consejo de la ciudad decide asumir una parte del salario del director y de los profesores. Los nuevos estatutos los registra el Parlamento en mayo de 1662. Por la mediación de dos consejeros, los magistrados municipales tienen de ahora en adelante derecho a vigilar la gestión del colegio asistiendo a la rendición de cuentas con voz deliberativa. Las familias y los padres también se interesan en los asuntos del colegio y de la universidad. Cuando Juan Bautista entra al colegio, el alguacil de Vermandois, conservador de los privilegios de la universidad, es Juan

a las citaciones de san Agustín, san Bernardo Béguin, el marido de
Carlota Cocquebert de Montfort. Entre los donantes que favorecen al colegio se destaca
Antonio Frémyn, asesor civil y criminal en el tribunal —y tío de Juan Bautista—, quien tiene una renta de 227 libras (Poutet, 1970, t. I, p. 140). El fin de los años 1660 está marcado por un asunto que concierne de modo indirecto a Juan Bautista, a través de su tío Pedro
Dozet. En 1668 este decide renunciar a su cargo de canciller de la universidad, que ejercía desde 1619. Pero se choca con la oposición de Santiago Thuret, clérigo director y gran vicario, quien rechaza a su candidato, aunque el clérigo haya perdido todo derecho de control sobre la universidad y el colegio desde el tiempo del
cardenal de Lorena. El conflicto dura dos años.

Las informaciones sobre la escolaridad de Juan Bautista son escasas. Su jornada en el colegio la definen los estatutos de 1662. Siendo externo, no experimenta la vida comunitaria y organizada de los internos y residentes; pero, por lo demás, la disciplina es igual. En verano la clase comienza a las 7:00 a. m. y dura hasta las 10:00 a. m., luego recomienza a las 2:30 p. m. y va hasta las 5:30 p. m.; en invierno es de 1:30 p. m. a 4:30 p. m.; durante la Cuaresma y los días de ayuno la clase de la mañana va desde las 8:30 a. m. hasta las 11:00 a. m. Sobre las seis horas de estudio cotidianas en clase, una se consagra a la explicación de las reglas y los preceptos, y las otras cinco al comentario, a la interpretación y a la imitación. Además, entre las 9:00 a. m. y las 10:00 a. m., y luego entre las 5:00 p. m. y las 6:00 p. m., los estudiantes escriben en verso o en prosa, o practican el debate. Cada curso comienza con un llamado; los ausentes sin excusa legítima son castigados. Los sábados por la tarde los estudiantes recitan los principales capítulos de la Doctrina cristiana. Todas las clases, en todos los niveles, tienen ejercicios privados y públicos de debate oratorio. El régimen parece ser más exigente para los residentes que para los externos: cada sábado los primeros, después del desayuno y de las gracias, entregan sus composiciones al director o al profesor de la semana, bajo pena de castigo si no presentan al menos tres temas latinos o griegos.

Los estudiantes asisten a una misa cotidiana. Entran a la clase delante de los maestros, a quienes deben saludar, contra los cuales nunca deben murmurar, a quienes no deben hablar sino con deferencia, sin amenaza ni insolencia. Ellos nunca salen de la clase sin permiso o antes de la señal de salida. Deben guardar siempre modestia, simplicidad y moderación, ser amigables y ayudarse mutuamente; evitar cualquier obscenidad, palabras vulgares o injuria, golpes o burlas, so pena de castigo, e incluso evitar todo barbarismo o solecismo en sus conversaciones, siempre en latín. Un explorador señala, incluidos los momentos de descanso, todas las faltas contra la obligación de hablar en latín entre los estudiantes para informar del asunto cada sábado al director o al profesor de la semana.

En una sociedad donde el vestido indica el estatus y la honorabilidad —y en nuestra época, en la cual resurge con regularidad el debate sobre la oportunidad de restablecer el uniforme en la escuela— no carece de interés detenerse un instante en el vestido de Juan Bautista y de sus camaradas. Externo, pero tonsurado en 1662 y canónigo a partir de 1666, parece que Juan Bautista lleva el largo hábito eclesiástico desde el comienzo de su escolaridad, lo que lo sitúa en una posición intermedia y en una cierta ambigüedad con relación a los otros estudiantes. En efecto, los que llevan el hábito largo pertenecen a dos categorías: los internos becados, que tienen también el cinturón y el gorro redondo, y los estudiantes del pequeño seminario fundado por el

cardenal de Lorena, cuyo edificio es contiguo al colegio. Los externos llevan un hábito civil, como lo habría hecho Juan Bautista si no hubiera sido tonsurado. Su vestido no lo aísla, pero él prueba desde su primera adolescencia que ya no pertenece al mismo estado de la mayoría de sus compañeros.

El programa de estudio se somete a la hegemonía aplastante del latín y de las humanidades. Los principiantes aprenden las Reglas de la gramática, explican las Fábulas de Terencio, las Cartas de Cicerón, o aun algunas Bucólicas de Virgilio. Luego Juan Bautista se confronta con Salustio, con los Comentarios sobre la guerra de las Galias de César, con Sobre los deberes de Cicerón o con los más fáciles de sus Discursos, con Virgilio y Ovidio, repitiendo las reglas de la gramática latina y griega. Más tarde, en segundo, y después en retórica, estudió otros discursos de Cicerón, las Tusculanas, sus obras filosóficas y oratorias, los Tópicos de Quintiliano y a los poetas, Virgilio y Horacio, claro está, pero también a Propercio, Persio, Juvenal y Plauto. Evidentemente, la literatura griega no se olvida: Homero, Hesíodo (Los trabajos y los días), Teócrito (Las pastorales), algunos diálogos de Platón, algunos discursos de Demóstenes y de Isócrates, las Odas de Píndaro u otras obras, según la discreción del director y de los profesores.

El curso de Filosofía dura dos años. Juan Bautista lo sigue desde octubre de 1667 hasta julio de 1669. El profesor es Andrés

Cloquet, bachiller en Teología, recién promovido a esta función. Durante el primer año él enseña la lógica, al comienzo de la mañana, y en la tarde la Moral de Aristóteles. El segundo año se dedica, por una parte, a la Física de Aristóteles, en la mañana, de 7:00 a. m. a 9:00 a. m., seguida del curso de Matemática (álgebra, geometría, cosmografía, música), por otra parte, a la Metafísica. Mientras tanto, el 17 de marzo de 1668 Juan Bautista recibe las órdenes menores.

Exceptuando ese marco general, al cual se somete como los otros, se sabe que Juan Bautista participa en la tragedia-ballet ofrecida con ocasión de la distribución anual de los premios para la Quasimodo de 1663. En el Martirio de san Timoteo, él juega el papel de Panfilio. Este último es un cristiano que, bajo la regla de Marco Aurelio, se levanta contra el gobernador Lampado, quien condena a Timoteo a la prisión y a la muerte por sus predicaciones públicas. Panfilio y sus amigos no logran liberar a Timoteo, pero el cielo los ayuda: el mismo día de la ejecución muere el gobernador, abatido por el fuego celestial.

Juan Bautista no figura entre los laureados del premio de instrucción religiosa de 1665, pero es difícil concluir cualquier cosa, dado que las fuentes están incompletas. En su tercer año de clase lo coronan con una distinción de arte oratoria, es decir, de declamación latina, y con un segundo premio de traducción (Poutet, 1992, p. 18). Sus primos

Antonio Lespagnol y
Juan Bautista Cocquebert, en cuarto año, ganan cada uno una recompensa en doctrina cristiana; otro primo, Juan Bautista Lespagnol, gana dos distinciones en doctrina cristiana y en oratoria (Poutet, 1970, t. I, p. 146, n.º 64, p. 147). Y. Poutet demuestra de manera definitiva el error cometido por Lucard en su biografía de 1874, retomado luego por otros autores, en particular por Guibert, sobre una pieza de versos latinos que Juan Bautista habría leído con ocasión de la entrega de los premios en 1666: el Periódico de Coquault evoca la ceremonia, pero no ofrece ningún nombre y la lista de laureados desapareció probablemente mucho antes de 1874; si Lucard la consultó, él no hace ninguna alusión a ella, lo que sorprende de su parte. Es aún menos creíble afirmar que en esta ocasión el canciller
Dozet, seducido por los talentos de su sobrino, le anula su canonjía. Esta hipótesis puede sugerir solo la proximidad relativa de las dos fechas (Poutet, 1970, t. I, p. 158, n.º 43).

En cada uno de los dos años de Filosofía, los estudiantes deben preparar la sustentación de la tesis, llamada sabatina el primer año. El 8 de julio de 1669 Juan Bautista, después de obtener su certificado de escolaridad, jura sermón en latín, y de rodillas, entre las manos del rector de la universidad, Henri

Esnard, recibe las cartas testimoniales que lo autorizan a presentarse ante el jurado. Estas cartas lo sitúan bajo la «autoridad, defensa, guardia y protección» del rector y de la universidad. Le quedan por pasar dos pruebas de tres horas, de las cuales le informan entonces las fechas y la composición del jurado. El 10 de julio recibe el título de maestro en Artes, con la mención summa cum laude. En seguida se inscribe en la Facultad de Teología.

El estudiante

El 1.º de octubre de 1669, con su Maestría en Artes en el bolsillo, él comienza los cursos de Teología en Reims. Se ha podido preguntar por qué no escogió desde este momento partir para París, dado que lo hará el año siguiente. Poutet emitió la hipótesis según la cual la inscripción de Juan Bautista en Reims constituía una garantía de la benevolencia demostrada por el tribunal con respecto a la universidad en el momento en que el conflicto oponía, por un lado, al canciller nombrado por el arzobispo y, por el otro, al cuerpo de profesores: a los ojos de los profesores, ese canciller, simple bachiller, no podía presidir los «jurados» entregando diplomas superiores al suyo (Poutet, 1970, t. I, pp. 228-229). El conflicto en sí no tenía casi nada que ver con el joven estudiante; pero él debió oír hablar a su padre, quien ocupaba una sede en el tribunal y había rechazado a los demandantes. Además, el conflicto conoció varios giros hasta el mes de diciembre de 1670, en el curso del cual el Parlamento de París confirmó las sentencias del Tribunal de Reims. ¿Hay que ver en esas tensiones una razón de la partida de Juan Bautista a París en la entrada académica de 1670? Es imposible responder.

Por el contrario, esa partida corresponde a otra lógica. En París él se inscribe no solo en la Sorbona, donde los diplomas tienen una reputación con la cual la Universidad de Reims, cualquiera que sea la calidad de sus profesores, no puede rivalizar, sino también en el Seminario de San Sulpicio, que se había vuelto una de las principales referencias en materia de formación del clero diocesano. Es muy probable que los La Salle, pensando en el atractivo evidente de su hijo por la vida religiosa y en sus probadas capacidades en este primer año en la universidad, hayan tenido la esperanza de que el paso por París le daría mejores oportunidades para realizar una bella carrera eclesiástica: un canónico doctor en Sorbona e inserto en la potente red sulpiciana tenía muchas posibilidades de ser elegido vicario general por un obispo; quizás se le podía confiar una diócesis más tarde. ¡Qué consagración para la familia y para un hombre joven sinceramente deseoso de consagrarse a la Iglesia! Maillefer precisa, además, que «partió hacia París […] con el objetivo de conseguir allí el grado de doctor» (Maillefer, 1966, CL 6, p. 43). No hay contradicción entre las aspiraciones sociales de los La Salle y su propio compromiso religioso. Lógica profana e inversión religiosa se alimentan de manera mutua: la búsqueda de dignidad orienta la vocación y esta la legitima. Hablar de instrumentalización de lo sagrado sería condenarse a no comprender; pero sin duda hay que ir más lejos aún: la ambición de una familia que, perteneciendo a la oligarquía que rige a la ciudad, busca una bella carrera en el clero para su hijo; esa ambición se nutre con la conciencia de sus misiones y sus prerrogativas, a la vez cristianas y sociales. Es cumplir, a la vez, su deber social y su deber religioso, darle su hijo a la Iglesia para que esté en disposición de asumir en ella responsabilidades a la altura de sus capacidades.

En Reims Juan Bautista sigue en particular los cursos de

Daniel Egan, uno de los oponentes más determinados del nuevo canciller, y de Miguel de
Blanzy. Él escucha la praelectio del primero, seguida de ejercicios teológicos orales, cada tarde de 1:00 p. m. a 2:00 p. m. Enseguida, de 2:30 p. m. a 4:00 p. m., él sigue el curso de Escritura Santa, que el profesor comenta apoyándose sobre los padres. En la mañana, de 8:00 a. m. a 9:00 a. m., Miguel de
Blanzy comenta el Libro de las sentencias de Pedro Lombardo. Lo esencial de la formación durante ese año trata sobre el estudio de la Trinidad, los ángeles, la cuestión del libre albedrío y los sacramentos.

En mitad de octubre de 1670, Juan Bautista no realiza su entrada a Reims, sino a la Sorbona. Se instaló de manera definitiva en París, donde entró al Seminario de San Sulpicio, dirigido por

Luis Tronson hasta el verano de 1671. Se beneficia así de una doble formación en teología. En la universidad sigue los cursos de
Guillermo de Lestocq sobre la Trinidad y de Santiago
Despériers sobre la encarnación. En el seminario, La Barmondière comenta la Moral de Luis Abelly36. Probablemente Juan Bautista frecuenta allí a su pariente mayor Juan Santiago
Baüyn, quien solo está en la preparación de su bachillerato, pero manifiesta una fuerte personalidad y un gran resplandor espiritual. Bernardo escribe que tuvo «una amistad inviolable» con Juan Bautista y este último, de vuelta a París en 1688, se coloca bajo su dirección (Bernardo, 1965, CL 4, p. 14; Poutet, 1970, t. I, pp. 292-293). Blain traza el retrato de un asceta del cual, a su muerte, se repartieron «como reliquias los instrumentos de mortificación con los cuales había martirizado su cuerpo […]».

Es al final de este primer año parisino que sobreviene, el 19 de julio de 1671, la muerte de Nicole Moët. Juan Bautista parece no haber vuelto a ver a su madre después de su partida en el otoño precedente. Bernardo no dice nada, pero Maillefer (1966) en su manuscrito de 1723 afirma: «ese golpe […] suspendió sus resoluciones por algún tiempo» (CL 6, p. 20), lo que Blain (1733) parafrasea así: «ese golpe tan rudo […] suspendió por algún tiempo sus resoluciones de comprometerse en el estado eclesiástico» (t. I, p. 126). En 1740 Maillefer (1966) transforma esas dudas en «incertidumbres agobiantes» (CL 6, p. 20). ¿Viene la información de la memoria escrita por Juan Bautista de la cual dispuso Bernardo? En ese caso, ¿por qué no la habría tenido en cuenta? ¿Es un elemento de la vulgata familiar recogida por Maillefer o pura invención de su parte? Nada en el recorrido de Juan Bautista testifica alguna duda en ese momento.

La universidad cierra por las vacaciones ordinarias al final del mes de julio. Probablemente Juan Bautista pasa una parte de ellas en Reims con su familia y luego vuelve a retomar los cursos en mitad de octubre de 1671. En la Sorbona Lestocq dispensa un curso sobre la Gracia, mientras que

Despériers consagra el suyo a los sacramentos, en particular al bautismo. En San Sulpicio La Barmondière prosigue su comentario a
Abelly. En paralelo, Juan Bautista se inicia en las ceremonias litúrgicas; pero ese año a él también lo perturba un acontecimiento de consecuencias mayores: su padre muere con rapidez el 9 de abril de 1672. Probablemente Juan Bautista recibe la noticia al cabo de 48 horas; sin embargo, no regresa de inmediato a la Champaña. El 12 de abril él sigue su último curso. Al día siguiente entra en retiro: ¿se trata de la recolección de la Semana Santa para preparar las fiestas de Pascua o del retiro previsto por el reglamento para aquellos que dejan el seminario? En el segundo caso, eso significa que Juan Bautista toma la decisión muy rápido, posiblemente bajo la orden de sus tíos
Simón de La Salle,
Nicolás Moët y
Antonio Frémyn, de que ellos sean los ejecutores testamentarios de
Luis de La Salle. Es aún menor y sus tíos, de manera probable, no le dejan otra opción. Después de celebrar la Pascua, él deja definitivamente San Sulpicio dos días después, el 19 de abril. Es seguro que él está en Reims el 23, cuando se detiene la cuenta de tutela del mes de abril. Quizás había llegado hace dos días o incluso tres37.

La desaparición de Luis de La Salle hace de su hijo el jefe de la familia. Más adelante evocaremos la manera en que asegura la tutela de sus hermanos menores. ¿Es un giro mayor en su vida? Sobre el plan afectivo no se sabrá nunca. El tono del siglo no es propio para el desahogo de la interioridad y Juan Bautista no habló nunca de ella. La consecuencia mayor recae sobre la continuidad de los estudios: él tiene la responsabilidad de sus hermanos y hermanas, y le corresponde de ahí en adelante administrar los bienes de la hermandad; pero no parece que el acontecimiento haya modificado la orientación de su vida. Desde hace varios años él está destinado al sacerdocio y a una carrera eclesiástica. La desaparición de su padre lo va a obligar a hacer un corte en sus estudios; sin embargo, él los retomará sin haberse desviado de su trayectoria inicial. Lo va a obligar sobre todo a dejar San Sulpicio y allí se encuentra el mayor tormento: él deja el establecimiento que está a punto de convertirse en el vivero del alto clero.

Es difícil adivinar las impresiones que Juan Bautista pudo retirar de esta primera estadía parisina y a qué influencias pudo haber sido sensible. Durante este periodo, los doctores de Sorbona se dividen entre galicanos y romanos, entre jansenistas y sus adversarios. Supervisados por el canciller, el Parlamento, el arzobispo y el nuncio se enfrentan con guantes de seda, realmente más interesados en neutralizar cada ataque con hábiles contrafuegos que en correr el riesgo de atraer la atención por medio de algún escándalo. El principal asunto es la preparación de los nuevos estatutos de la facultad, iniciada mucho antes de la llegada de Juan Bautista y postergada durante los meses de su estadía parisina antes de concluir en el periodo 1673-1675. Se puede evocar el debate sobre la Asunción de la Virgen, alimentado por las contribuciones de varios doctores, pero ¿hay que ver allí la fuente de la tesis «asuncionista» afirmada por Juan Bautista, en particular en Los deberes de un cristiano? (Poutet, 1970, t. I, n.º 3, pp. 256-257). En 1671 la Sorbona condena al cartesianismo sin que se conozca el impacto sobre él. A lo sumo se puede intentar caracterizar a los profesores cuyos cursos siguió y emitir, sin poder verificarla, la hipótesis de que sus orientaciones quizás contribuyeron a forjar la sensibilidad del joven remense.

Guillermo de Lestocq aparece como romano a lo largo de su carrera, tanto sobre el plano teológico como sobre el eclesiológico. Él apoya la censura del libro de
Arnauld, de hecho como de derecho, y toma de modo sistemático posturas favorables a la autoridad del Papa. Las religiosas Bargellini en 1670 y Nerli en 1673 lo califican respectivamente de «mejor intencionado» y de «católico romano insigne y fuerte». Santiago
Despériers manifiesta una sensibilidad bastante cercana. Aunque haya podido aparecer a veces como galicano moderado o romano al comienzo de su carrera, se le señala a Colbert como un «devoto romano» desde 1664 y las dos religiosas usan para con él los mismos calificativos que para su colega. A finales del año 1672, cuando Juan Bautista ya ha regresado a Reims, él hace parte del grupo de doctores que denuncia ante el arzobispo a un doctor que había manifestado sus reservas sobre la Inmaculada Concepción con ocasión de una predicación del 8 de diciembre. Y en 1682 él toma partido contra la certificación de los Cuatro artículos por la asamblea de la Facultad de Teología (Grès-Gayer, 2002, p. 467).

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