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Lawrence M. Friedman Río torrentoso
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Crippen solía ser descrito como una persona ‘muy amable y equilibrada’. Parecía alguien perfectamente normal, muy lejos de la imagen usual de un asesino. Hubo algunos elementos durante su juicio similares a los del caso de Lizzie Borden: el conflicto existente en el crimen mismo, y la apariencia y hábitos del acusado. ¿Era posible que este doctor, un hombre de baja estatura que usaba anteojos, fuera en realidad un cruel asesino? ¿Un hombre que podría matar a su esposa, cortarla en pedazos y enterrar parte de su cuerpo debajo del piso del sótano? En este caso, el jurado creyó que sí, pese a que Crippen insistió en todo momento en su inocencia. Algunas dudas persisten hasta el día de hoy. Por ejemplo, un equipo de investigadores estadounidenses insiste en que el cuerpo en el sótano no era el de la esposa de Crippen, bajo la base del ADN mitrocondrial tomado de las nietas de Cora Crippen. Según afirman, este ADN no coincide con el ADN del torso que se encontró debajo del sótano.28
A veces, el mismo hecho de que un caso se llevara a juicio tenía un significado más amplio. Significaba desenmascarar, o tratar de desenmascarar, una sórdida realidad. Significaba arrastrarse a una habitación oscura para mirar el retrato de Dorian Gray. Significaba cuestionar la probidad, la ética, incluso la cordura de personas prominentes, personas respetables, personas que mostraban al mundo solo su lado de Dr. Jekyll. Esto también fue así en aquellos juicios que surgieron a partir de escándalos sexuales. En un juicio estadounidense sensacionalista en 1875, alguien acusó señalando a Henry Ward Beecher, el clérigo más famoso y respetado del país. El demandante, Theodore Tilton, insistió en que Beecher, el conocido hombre de Dios, estaba profundamente empapado en pecado: Beecher —afirmó Tilton— había cometido adulterio con su esposa. Tilton señaló que este líder de la vida religiosa estadounidense tenía una identidad sexual secreta. El jurado, al final, no pudo ponerse de acuerdo. El juicio no terminó con una decisión estruendosa, sino más bien con “el quejido de un jurado colgado.”29
El caso Loeb-Leopold, en 1924, ha sido llamado el juicio del siglo30 (aunque ha habido otros candidatos para este título). Dos jóvenes ricos en Chicago, estudiantes universitarios, que tenían todas las ventajas en la vida, asesinaron a un niño llamado Bobby Franks, que era el primo de uno de los asesinos, a quien ellos habían recogido mientras el niño caminaba hacia su casa. Richard Loeb y Nathan Leopold, los asesinos, provenían de entornos similares: eran compañeros de clase en la universidad y habían formado un fuerte vínculo, quizás uno con connotaciones sexuales. Leopold, en particular, era un estudiante brillante, un maestro de idiomas; y también un experto en el estudios de aves. Aparentemente, los dos hombres pensaban que eran seres especiales, libres de los lazos de las normas sociales ordinarias. El asesinato fue planeado solo por la pura emoción de llevarlo a cabo; o para demostrar que eran capaces de cometer el crimen perfecto. Pero resultó que el crimen estaba muy lejos de ser perfecto. La sospecha cayó sobre ellos con bastante rapidez: un par de anteojos, que se dejaron en la escena del crimen, fueron fácilmente rastreados hasta Leopold. Enfrentados con la evidencia, ambos confesaron. Como habían admitido su culpa, no se realizó un juicio común, ya que el verdadero problema se encontraba en el castigo que recibirían. ¿El juez sentenciaría a muerte a Leopold y Loeb? Las familias de los acusados contrataron a Clarence Darrow, quizás el abogado litigante más famoso de la época, para representar a Leopold y Loeb. Las audiencias fueron una sensación mediática. Darrow hizo un apasionado argumento contra la pena de muerte. Y, por alguna razón, el juez les perdonó la vida a los dos hombres, imponiéndoles una condena de cadena perpetua. Tiempo después, Loeb fue asesinado mientras estaba en prisión por otro preso; mientras que Leopold fue finalmente liberado y vivió tranquilamente por el resto de su vida en Puerto Rico.
El juicio de Loeb y Leopold cautivó al público. A diferencia, por ejemplo, del caso de Lizzie Borden, no había ningún misterio sobre el crimen en sí: Loeb y Leopold eran claramente culpables y habían admitido ese hecho. Lo que hacía fascinante al caso fue un rompecabezas diferente relacionado con en el corazón de los hechos. ¿Cómo pudieron los dos hombres haberse desviado tanto? Respecto a ello, había un parecido con el caso de Lizzie Borden. La pregunta en ambos casos era: ¿quiénes eran realmente los acusados? ¿cuál era su identidad encubierta? En el caso de Lizzie, ¿podría ser culpable de tal crimen? Si fue así, debía haber habido una especie de podredumbre seca debajo de la superficie de la sociedad burguesa. Para Loeb y Leopold, el problema de su identidad era menos misterioso pero igualmente trascendental. Hombres jóvenes, con todas las ventajas en la vida; estudiantes brillantes, hombres con un futuro brillante: ¿cómo podrían haber seguido un camino tan vil y oscuro? ¿cuál era la fuente de su segunda personalidad, el Mr. Hyde dentro de sus almas?
Muchos casos famosos tienen algo de este tenor. Un eco directo del caso Loeb-Leopold fue, en la década de 1950, el juicio sensacionalista de Pauline Parker y Juliet Hulme, en Nueva Zelanda. Las chicas eran unas adolescentes que mataron a la madre de Pauline, Honorah Rieper, con un ladrillo envuelto en una media. La versión que narraron fue que Honorah se había caído y lastimado en la cabeza; pero la verdad salió rápidamente, y fueron llevadas a juicio. Las chicas eran amigas muy cercanas; sus familias tenían planes de separarlas, y este fue aparentemente el motivo del asesinato. Las chicas eran menores de edad, lo que hizo que se descartara una sentencia de muerte. El juicio, por supuesto, llamó mucho la atención. Al igual que el crimen de Loeb y Leopold, este crimen fue tomado como un signo de “podredumbre moral que afectaba a los adolescentes”. Las “vidas secretas fétidas” de las niñas “eran una clara evidencia de una enfermedad que infectaba a los jóvenes”.31 La defensa trató, principalmente, de probar que las acusadas tenía problemas psiquiátricos; pero el jurado emitió un veredicto de culpabilidad. Las niñas pasaron cinco años en prisión y luego fueron liberadas. Aparentemente, nunca se volvieron a ver entre ellas. Irónicamente, Juliet Hulme más tarde tuvo una exitosa carrera como novelista criminal, escribiendo bajo el nombre de Anne Perry.
El juicio de la guardería McMartin, en la década de 1980 en el sur de California, fue el juicio penal más largo y quizás el más costoso en la historia de Estados Unidos.32 Una mujer, Judy Johnson, madre de un niño de la guardería, inició el proceso cuando hizo terribles acusaciones en contra de los trabajadores del centro. Afirmó que estos habían abusado sexualmente de los niños. Se llegaron a contar incluso historias más terribles e increíbles sobre la guardería: se habrían llevado a cabo horrendos rituales diabólicos, donde los niños eran las víctimas. Por fuera, los McMartins eran personas amables y afectuosas, que amaban a los niños. Pero, ¿era esto solo una máscara, una capa? ¿eran por dentro abusadores de niños, satanistas y cosas peores? ¿se parecían más al Mr. Hyde que al Dr. Jekyll?
Pero, ¿por qué alguien sospecharía tal cosa? Quien los había acusado inicialmente, Judy Johnson, era una mujer enferma: esquizofrénica paranoica y alcohólica crónica. Murió de enfermedad hepática unos años después de haber puesto en marcha todo el juicio. ¿Por qué alguien le creyó? En cierto modo, el caso McMartin era bastante diferente a los casos de Lizzie Borden, Loeb-Leopold, de las niños asesinas de Nueva Zelanda. En esos casos, el crimen, el asesinato, eran lo suficientemente creíbles. Se plantearon preguntas fundamentales sobre la verdadera identidad de los acusados; sobre sus motivos; y, más allá de eso, preguntas sobre la sociedad misma. En el caso de McMartin, sin embargo, casi con certeza el ‘crimen’ nunca llegó a ocurrir en absoluto. Al final, después de este insólito juicio, todos los acusados en el caso McMartin fueron absueltos. Sin embargo, en un aspecto, el juicio de McMartin compartió un rasgo importante con, por ejemplo, el caso de Lizzie Borden: un olfato, una sospecha oscura, una noción de que algo estaba mal y podrido en el orden social. El caso McMartin es, por supuesto, más reciente que los crímenes de Jack el Destripador, o el juicio de Lizzie Borden. Las fuentes del malestar son diferentes; pero tiene como un factor en común el cambio en el papel social de las mujeres, las tensiones de la vida familiar, la crisis en las relaciones de género. Todo ello se cernió sobre los juicios como una neblina química mortal. En nuestros tiempos, millones de mujeres han ingresado a la fuerza laboral, por elección o necesidad. Muchas de estas mujeres tienen hijos; y muchos de estos niños son demasiado pequeños para ir a la escuela. Alguien debe cuidar a estos niños. La guardería es una solución al problema; pero muchos padres (madres y padres por igual) pueden sentirse atormentados por sentimientos de culpa e inseguridad. Los niños, durante horas y horas, cinco días a la semana, quedan al cuidado de extraños. Estos trabajadores de guarderías parecen tan inocentes, amorosos, dedicados a los niños, pero ¿cómo podemos estar tan seguros? Los padres se hacen la misma pregunta que se plantea en los juicios: estos acusados, estas personas a quienes hemos confiado a nuestros hijos ¿quiénes son realmente?
1. BRUJERÍA Y MÁS ALLÁ
El juicio McMartin fue un episodio insólito. Y fue particularmente insólito ya que ocurrió, no en el pasado distante, sino en los años recientes. La pregunta sobre la identidad —y, específicamente, la dicotomía Jekyll/Hyde— fue, en muchos sentidos, una cuestión propia de la vida discurrida durante la era de la revolución industrial. Pero McMartin también nos recuerda que los temores sobre la brujería, las fuerzas oscuras y malvadas, del satanismo, no solo tienen una larga historia en el pasado; sino que han sobrevivido hasta cierto punto, a pesar de los avances en ciencia y tecnología, y de la disminución de la creencia en lo sobrenatural. Es importante no exagerar la discontinuidad, pensar que nadie cree en Satanás ni exagerar la continuidad.
En lo que podríamos llamar la era precientífica, millones de personas devotas creían en santos y milagros, y también en diablos y demonios. Creían en la existencia de un submundo secreto y malévolo. Las criaturas que vivían en ese mundo podían ocasionalmente tomar la forma de personas normales. Particularmente en los siglos XVI y XVII, estalló una epidemia de juicios de brujería en toda Europa. Estos juicios fueron especialmente frecuentes en Alemania. También en Inglaterra hubo juicios: en 1612, doce personas (en su mayoría mujeres) fueron acusadas de brujería en Lancashire; diez fueron declaradas culpables y ejecutadas.33
Los juicios de brujería en Salem, Massachusetts, en el siglo XVII, en 1692 y 1693, son un ejemplo estadounidense particularmente conocido. El término “caza de brujas”, que fue usado para estos juicios, ha llegado a formar parte del lenguaje común. El episodio de Salem se desencadenó en febrero de 1692, cuando dos chicas jóvenes comenzaron a actuar de formas extraña, lo que generó la idea de que la comunidad estaba infestada de brujas, afectando a varias personas en el pueblo. Finalmente, veinte personas fueron condenadas y ejecutadas por brujería. Los destacados líderes religiosos —como Cotton Mather— fueron parte también de la creencia en la brujería, y estuvieron de acuerdo con la realización de los juicios. Mather y otros creían que el diablo estaba haciendo un arduo trabajo en Massachusetts, tratando de corromper a la sociedad y de conseguir almas. Creían que la fuerte fe religiosa de Nueva Inglaterra había hecho que el diablo ansiara apasionadamente subvertir a la colonia. Los novo-ingleses, escribió Mather (en 1692), “son un pueblo de Dios establecido en el lugar que alguna vez fue el Territorio del Diablo”. La llegada de este pueblo fue lo que “irritó” al diablo, que “inmediatamente probó todo tipo de métodos para derrocar a la pobre plantación”.34
La histeria en torno a la brujería logró extinguirse, en Nueva Inglaterra y en otros lugares. En Inglaterra, la Ley de Brujería de 1735 (9 Geo. II, c.5) puso fin a los juicios de brujería y, de hecho, prohibió las acusaciones de brujería. Pero la creencia en diablos, demonios y brujas nunca desapareció; simplemente pasó a la clandestinidad. Muchas personas continuaron creyendo en estas “maravillas del mundo invisible”: fuerzas secretas y ocultas que pueden corromper las almas de los seres humanos e incluso poseerlas. En 1822, un hombre llamado Joseph Lewis, en el condado de Norfolk, Virginia, mató a tiros a un afroamericano, Jack Bass, porque sospechaba que este lo había hechizado a él y a su esposa. Antes del hecho, una adivina le había asegurado a Lewis que sus sospechas estaban bien fundadas. En 1905, un florista en San Francisco, Louis De Paoli (su especialidad eran las violetas) golpeó a su cuñada hasta la muerte con una silla. De Paoli y su esposa estaban convencidos de que la mujer los había hechizado a ellos y a sus hijos.35 Los sacerdotes católicos tienen la potestad para realizar ritos de exorcismo, que son métodos utilizados para expulsar al diablo de personas poseídas por espíritus malignos. El exorcismo todavía existe, al menos en teoría; aunque la Iglesia rara vez lo usa. Desde el año 1999, la arquidiócesis de Chicago nombró a un “exorcista a tiempo completo”; año en el que también el Vaticano emitió un “rito católico autorizado para el exorcismo”. Los predicadores evangélicos también realizan “ceremonias de limpieza espiritual.”36 Las brujas, históricamente, fueron consideradas malvadas; pero en la actualidad, los ‘wiccanos’ y los ‘aquelarres’ de brujas han formado una especie de religión, aunque los pactos con el diablo y la conspiración satánica no forman parte de su repertorio; parecen, en general, ser devotos inofensivos de alguna forma de neopaganismo.
Para la mayoría del resto de nosotros, la creencia en las brujas parece ridícula, incluso primitiva. La brujería es tratada como una broma, una excusa para disfrazarse en Halloween, y nada más. Esto ya era así, por supuesto, en el siglo XIX. Sin embargo, la historia del Dr. Jekyll y el Mr. Hyde puede verse, entre otras cosas, como una historia secular de brujería. El Dr. Jekyll usó la ciencia, y no el diablo, para transformarse y liberar su ser oculto y malvado. Drácula de Bram Stoker (1897) introdujo en la literatura y el folklore una de las figuras más siniestras y perdurables: Drácula, el vampiro de Transilvania.37 Este monstruo del mal a veces tomaba la forma de un murciélago gigante. Dormía durante el día en un ataúd; la luz del día era su enemiga; acechaba a sus víctimas de noche; y su único alimento era la sangre humana. No solo bebía la sangre de sus víctimas, sino que sus mordidas, si duraban mucho, las transformaban en vampiros, convirtiéndolas en miembros del ejército de muertos vivientes, criaturas como el propio Drácula.
El libro de Stoker tenía fuertes connotaciones sexuales. Drácula parecía preferir la sangre de mujeres jóvenes, atractivas (y vírgenes); su mordida podía ser vista como una especie de iniciación sexual, que les robaba a estas mujeres su inocencia primaria, conduciéndolas a una vida más pecaminosa, malvada y sexualizada. Transilvania, donde Drácula vivía en un castillo oscuro y misterioso, era (para los ingleses) un lugar remoto y exótico, envuelto en misterio, un lugar de leyendas siniestras que formaban parte del folklore. Drácula fue escrito en forma de un diario, con relatos del día a día. Comenzaba con los relatos diarios de Jonathan Harker, un joven inglés que viajó al castillo de Drácula por negocios inmobiliarios. En el libro de Stoker, Drácula tiene un plan (que lleva a cabo) para abandonar su hogar ancestral en los Balcanes; se transporta en un barco (y en un ataúd) a Inglaterra, junto con cincuenta cajas de tierra de Transilvania. Su plan en Inglaterra era encontrar nuevas víctimas y sangre fresca (no se explica por qué no podía hacer ello en Transilvania). Drácula logra deslumbrar (con sus dientes) a una joven, Lucy Westernra, que muere (aunque luego vuelve a la vida como una mujer vampiro). Harker y los otros héroes del libro, buenos y valientes ingleses, se dan cuenta del secreto de Drácula; aprenden a dominar las técnicas antivampiros para frustrar sus planeas malvados. Logran salvar la vida y el alma de la heroína del libro, la esposa de Harker. Finalmente, Drácula intenta (sin éxito) escapar, para regresar a Transilvania con su única caja de tierra rumana restante (todos las demás habían sido destruidas por los héroes). Pero, mientras yace en su ataúd, le cortan la garganta y su cuerpo se convierte en polvo.
Drácula, la novela, fue un gran éxito. Ha fascinado a los lectores desde que se publicó; llegó a inspirar una película clásica (1931), protagonizada por Bela Lugosi como el Conde. Tiene una evidente afinidad con los viejos cuentos de brujería, maldad y lo sobrenatural. Está vinculado a un género específico de la literatura inglesa, la novela gótica, que se puso de moda un poco antes de su publicación. Las historias de fantasmas fueron muy famosas en la literatura victoriana. Al insertar a su siniestro vampiro en Inglaterra, Stoker invocó la dualidad victoriana: la sociedad inglesa era, en apariencia, apacible y próspera, pero tenía un trasfondo oscuro y misterioso. En resumen, Drácula tenía un cierto parentesco con el Mr. Hyde, con Jack el Destripador y con todas las personalidades ocultas y duales de la literatura victoriana. Simbolizaba la oscuridad bajo la superficie de la gran metrópoli. Además, el subtexto oculto del libro insinuaba la sexualidad secreta de la sociedad victoriana: un aspecto de la identidad social que fue rigurosamente censurado y reprimido. Volveremos a este tema.
Stoker nunca esperó que su lector realmente creyera en el Conde Drácula, el vampiro de Transilvania. La emoción de una historia de terror no proviene de una creencia verdadera.38 A lo largo del período moderno, persistió una especie de clandestinidad psicológica: grupos reducidos en la sociedad, personas que todavía creen en brujas, o en extraterrestres, en grandes conspiraciones, engaños gigantes y fuerzas siniestras que permanecen reprimidas y ocultas a la vista. Las redes sociales son una herramienta vital para todos estos grupos. Quienes creen en temas como aquellos pueden comunicarse entre sí; pueden formar grupos virtuales; pueden encontrar personas de ideas afines; y pueden reforzar sus fantasías más paranoicas. Internet abre la puerta a almas afines que creen, desde el fondo de sus corazones, que el mundo es plano, no redondo; que el alunizaje nunca tuvo lugar; que la Fuerza Aérea estadounidense mantiene cautivos en el desierto a los extraterrestres. Algunos creen, como si fuera el evangelio, en los Protocolos de los sabios de Sión; una falsificación antisemita; o en conspiraciones para destruir la hegemonía de los ‘blancos’. Otros practican cultos que predican mensajes sobre un próximo Armagedón. Uno cuantos están seguros de que el fuego o la destrucción sobrenatural está a punto de acabar con la vida en el planeta tal como la conocemos, y que después de este cataclismo, solo unos pocos elegidos sobrevivirán. Todo ello muestra que la creencia en las ‘maravillas del mundo invisible’ nunca ha terminado. Tal vez ha disminuido, pero se sigue considerando como una fuerza a tener en cuenta. Y la continua ambigüedad sobre la identidad personal —el hecho de que realmente no podemos saber quiénes son estas otras personas, las que vemos todos los días; que no podemos estar seguros de que la realidad externa refleja la verdadera realidad interna: todo esto permite que ‘el mundo invisible’ continúe sumando creyentes.
18 Simon A. Cole, Suspect Identities: A History of Fingerprinting and Criminal Identification (2001), p. 3. Como Judith Flanders señala en The Invention of Murder: How the Victorians Revelled in Death and Detection and Created Modern Crime (2011), p. 295, la urbanización “había creado un mundo donde un gran número de extraños vivían uno al lado del otro en la ignorancia de la naturaleza real de los demás”.
19 Al respecto, ver L. Perry Curtis, Jr., Jack the Ripper and the London Press (2001).
20 La bibliografía sobre el caso Lizzie Borden es extremadamente amplia. De un interés particular es el análisis sobre el significado del caso en Cara W. Robertson, “Representing ‘Miss Lizzie’: Cultural Convictions in the Trial of Lizzie Borden,” Yale J. Law and the Humanities 8:350 (1996); Robertson a abordado exhaustivamente el juicio en The Trial of Lizzie Borden: A True Story (2019); ver también Joseph A. Conforti, Lizzie Border on Trial: Murder, Ethnicity, and Gender (2015); A. Cheree Carlson, The Crimes of Womanhood: Defining Femininity in a Court of Law (2009), pp. 85-110; Sarah Miller, The Borden Murders: Lizzie Borden and the Trial of the Century (2016).
21 Edwin H. Porter, The Fall River Tragedy: A History of the Borden Murders (1985; facsimil de la edición de 1893), p. 268.
22 Joseph Conforti, Lizzie Borden on Trial, en 194.
23 La madrastra fue la primera en morir. Si Andrew Borden hubiera sido asesinado antes que su esposa, ella habría obtenido una parte de la herencia. De hecho, las dos hijas obtuvieron la herencia completa. Al menos, esta situación y este motivo son conjeturas más o menos plausibles. Andrew Borden aparentemente murió sin haber dejado un testamento; Emma Borden administró la herencia e informó que ella y Lizzie eran las “únicas hijas y herederas legales” de Andrew Borden. New Bedford Journal, Feb. 9, 1894, p. 4. Cuando Lizzie murió en 1927, ella dejó una fortuna calculada alrededor de $1,000,000, una suma considerable para aquel tiempo. New York Times, June 8, 1927, p. 20.
24 Paul Collins, Blood and Ivy: The 1849 Murder That Scandalized Harvard (2018), p. 201.
25 El caso fue Sheppard v. Maxwell, 384 EE.UU. 333 (1966).
26 Ver Cynthia L. Cooper y Sam Reese Sheppard, Mockery of Justice: The True Story of the Sheppard Murder Case (1995). El coautor fue el hijo del Dr. Sheppard.
27 Al respecto, ver Tom Cullen, The Mild Murderer: The True Story of the Dr. Crippen Case (1989).
28 “Crippen Mystery Remains Despite DNA Claim,” BBC News, http://news.bbc.co.uk/2/hi/uk_news/7050714.stm, de fecha 18 de octubre de 2007.
29 Richard Wightman Fox, Trials of Intimacy: Love and Loss in the Beecher-Tilton Scandal (1999), p. 27.
30 Hal Higdon, The Crime of the Century: The Leopold and Loeb Case 1975).
31 Peter Graham, So Brilliantly Clever: Parker, Hulme, and the Murder that Shocked the World (2011), p. 173.
32 Ver Debbie Nathan y Michael Snedeker, Satan’s Silence: Ritual Abuse and the Making of a Modern American Witch Hunt (1995); Paul y Shirley Eberle, The Abuse of Innocence: The McMartin Preschool Trial (1993).
33 Sobre la historia de la hechicería, ver, por ejemplo, Sigrid Brauner, Fearless Wives and Frightened Shrews: The Construction of the Witch in Early Modern Germany (1995).
34 Cotton Mather, The Wonders of the Invisible World (1692), subtitulado “Being an Account of the Tryals of Several Witches Lately Executed in New-England.”
35 Owen Davies, America Bewitched: The Story of Witchcraft after Salem (2013), p. 100.
36 John W. Fountain, “Exorcists and Exorcisms Proliferate Across U.S.,” New York Times, Nov. 28, 2000, p. A. 16. Un incidente controvertido en la década de 1940 dio lugar a una novela y una película popular, El exorcista, estrenada en 1973, que “provocó una avalancha de películas que tratan sobre la posesión demoníaca y el satanismo.” Ibídem.
37 Ver Jim Steinmeyer, Who Was Dracula? Bram Stoker’s Trail of Blood (2013).
38 De hecho, los buenos vampiros tienen un lugar en la cultura popular moderna; la serie de novelas Crepúsculo, de Stephanie Meyers, a principios del siglo XXI, presenta una familia de vampiros que bebe sangre animal, no humana.
Capítulo 3
Los delitos de la movilidad
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