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Lawrence M. Friedman Río torrentoso
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A mediados del siglo XIX, Estados Unidos era quizás muy diferente de Inglaterra; y también de Europa, América Latina y Asia. Hoy, culturalmente hablando, y en términos de ciencia, tecnología, y (en muchos países) estructura política, estas diferencias son quizás menos obvias. La movilidad ha aumentado en todas partes. Y esto ha tenido un profundo impacto en la identidad personal, que es nuestro tema. Lo hace más o un problema, o un tema. Cómo sucedió esto en el siglo XIX, y cuáles fueron las consecuencias, se explicará en los siguientes capítulos. Después de ello, analizaremos tiempos más contemporáneos.
7 Nota del traductor: Aquí el autor utiliza la expresión ‘rolling stones’, que se usa para referirse a una persona que está siempre viajando y cambiando de trabajo, y que tiene la ventaja de no tener responsabilidades, pero también la desventaja de no tener un lugar permanente para vivir.
8 Larry Long, Migration and Residential Mobility in the United States (1988), p. 29.
9 Patricia Kelly Hall y Steven Ruggles, “Restless in the Midst of Their Prosperity: New Evidence on the Internal Migration of Americans, 1850-2000”, J. American History 91:829 (2004).
10 Lawrence M. Friedman y Paul Davies, “California Death Trip,” Indiana L. Rev. 36:17 (2003).
11 Andrew Miles, Social Mobility in Nineteenth and Early Twentieth-Century England (1999), pp. 177-178.
12 Ver en general, Alexander Keyssar, The Right to Vote: The Contested History of Democracy in the United States (2000).
13 Frances Trollope, en Domestic Manners of the Americans (published originally in 1832), sostuvo que en los Estados Unidos “llamar sirviente a un ciudadano libre implica más que una pequeña traición a la República”. En su opinión, para una mujer joven, incluso la “pobreza abyecta” era “preferible al servicio doméstico”, lo que probablemente era una exageración. Ibid (1949 edition, p. 52).
14 Ibid., p. 234. Masticar tabaco era “un hábito vil y universal.”
15 Anthony Trollope, North America (publicado originalmente en 1862); la cita es de una edición de 1951, pp. 266-267.
16 Ver en general, J. R. Pole, The Pursuit of Equality in American History (2nd ed., 1993).
17 Frances Trollope, Domestic Manners of the Americans, p. 121.
Capítulo 2
Un gemelo malvado
La famosa novela de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y el Mr. Hyde, se publicó en 1886. El Dr. Henry Jekyll, el personaje principal, es un inglés que vive en Londres; él es un miembro de la clase alta, un hombre con sirvientes, un hombre que viaja entre círculos exclusivos. Desde su nacimiento, el Dr. Jekyll, según cuenta su historia, había sido dotado de “piezas excelentes” y de un suministro importante de dinero, lo que le parecían garantizar “un futuro honorable y distinguido”. Sin embargo, el Dr. Jekyll también era culpable de “irregularidades”; él hablaba de una “profunda duplicidad de la vida”. (Stevenson nunca nos dice en qué consistían estas “irregularidades” o “duplicidades”). El Dr. Jekyll cree que el hombre tiene una especie de “naturaleza dual”; una persona como él tiene un ser externo respetable y un ser interno, más propenso al mal. A través de ciertas drogas, el Dr. Jekyll puede liberar ese ser interior y malvado. Puede convertir al Dr. Jekyll en una criatura enana y siniestra, a quien le da el nombre de Edward Hyde. Hyde es el alma del mal. Para otras personas, que lo ven en las calles, parece feo y deformado, aunque nadie puede identificar ninguna deformidad específica. Las drogas hacen que el Dr. Jekyll sea capaz de “destronar” al ser exterior, dejando que la criatura demoníaca, el Mr. Hyde, se suelte en el mundo. Las drogas superan “la verdadera fortaleza de la identidad”; Hyde merodea por la ciudad, cometiendo crímenes, de los cuales, por supuesto, lamenta cuando vuelve una vez más a su otro yo, el bueno y respetable Henry Jekyll. Esta situación tenía que terminar en tragedia; y sucede así cuando Hyde comete un asesinato; las drogas comienzan a perder el poder de revertir la personalidad de Hyde; esta personalidad parece tomar el control completamente cada vez más. El Dr. Jekyll se da cuenta de que no hay salida para él; tanto Jekyll como Hyde deben morir; y así lo hacen.
Esta brillante historia se puede interpretar de muchas maneras. En un nivel, se trata de la naturaleza humana y su mezcla entre el bien y el mal. También se trata de lo que más tarde se conocerá como personalidad dividida. Sin embargo, también puede leerse como la historia de una crisis de identidad. Aquellos que solo ven al malvado Mr. Hyde, que se lo cruzan en la calle, que se lo encuentran mientras merodea, no saben, y no pueden saber, que, en cierto modo, no existe la persona llamada Mr. Hyde; él es, más bien, un aspecto del rico y respetable Henry Jekyll. Del mismo modo, amigos, sirvientes y colegas de Henry Jekyll, personas que creían conocerlo, nunca se imaginaron que existía otro yo, otra personalidad; no tenían idea de que Jekyll era, al mismo tiempo, el malvado Mr. Hyde. En suma, nunca conocieron la “verdadera” identidad de Jekyll o Hyde; y ellos (y el resto de nosotros) nunca podrían decir quién era él “realmente”, si el Dr. Jekyll, el Mr. Hyde, o ambos, o ninguno. Jekyll y Hyde vivían en una sociedad moderna, “anónima” y socialmente móvil, en la que “la vestimenta, la apariencia y el acento distintivos estaban perdiendo su poder para evidenciar a primera vista el estatus social de una persona”. En sociedades “rebosantes de personas extrañas”, y en ellas “el criminal más atroz podía mostrarse en la forma más inocente.”18 El Mr. Hyde no se ‘mostró’ a través de una ‘apariencia inocente’; pero su apariencia, sus modales, su comportamiento, no daban pistas de que él también era el Dr. Jekyll; o, para decirlo de otra manera, que él era el otro aspecto del Dr. Jekyll.
En la famosa novela de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, un conocido artista, Basil Hallward, pinta un retrato de Dorian Gray, un hombre joven y guapo de la sociedad educada. En una especie de pacto con el demonio (los detalles son oscuros), Gray logra un estado inusual: se mantendrá joven y guapo, mientras que en el retrato, escondido en la casa de Gray, envejecerá. Y de hecho así lo hace, volviéndose cada vez más horrible y desagradable, mientras que el Dorian Gray exterior permanece exactamente como era. Gray, mientras tanto, cae bajo influencias malvadas, y su vida se convierte en una búsqueda pecaminosa de placer. Hallward, el artista, que visita a Gray en su casa, está horrorizado con lo que ha hecho —el retrato ahora es feo, desagradable. Gray y Hallward discuten, y Dorian Gray apuñala a Hallward hasta la muerte. Después de dieciocho años de crímenes y libertinaje, Gray lamenta su vida pecaminosa. Al final, arrepentido y lleno de desesperación, Gray toma un cuchillo y corta el retrato con el mismo cuchillo que usó para matar a Hallward, y luego decide suicidarse. Lo encuentran muerto, con un cuchillo incrustado en el cuerpo, su cara se ha vuelto vieja y fea; el retrato, mientras tanto, ha vuelto a su etapa anterior; muestra a un hombre joven y guapo —Dorian Gray, tal como era y tal como apareció en el mundo exterior, más de 18 años antes.
La novela de Wilde se publicó aproximadamente al mismo tiempo que la novela de Stevenson. Es un trabajo complejo, toca muchos temas, sobre la naturaleza del arte y el artista, sobre el bien y el mal. Pero, en cierto sentido, también, la novela puede verse como una especie de versión invertida de la historia de Jekyll-Hyde. El retrato feo y deformado es un aspecto de Dorian Gray —es, en cierto sentido, el verdadero Dorian Gray, que corresponde al malvado Mr. Hyde. En cierto modo, tampoco hay un Dr. Jekyll aquí. El hombre joven y guapo que todos ven, la identidad externa, no es el verdadero Dorian Gray: Dorian es (o se convierte en) un villano —un asesino, de hecho. El enigma de la identidad personal es común a ambas obras. Al encontrarse con Dorian Gray en la calle, o en un salón, nadie podía darse cuenta de su secreto: el retrato, oculto en las profundidades de su casa, envejeciendo y volviéndose feo con el paso del tiempo. Y, como la historia de Jekyll-Hyde, la historia de Dorian Gray estaba destinada a terminar en tragedia. La vida de Oscar Wilde, como sabemos, también terminó en tragedia; y también debido a una identidad dividida en la vida real: Wilde, el talentoso y famoso hombre de letras; y Wilde, el que escondía su homosexualidad en el closet; o quizás el homosexual que no estaba lo suficientemente encerrado en el closet.
La literatura victoriana, en general, parecía obsesionada con las dualidades de la identidad, reflejando el mundo borroso, confuso y complejo del siglo XIX, que era un mundo cada vez más urbanizado. Las novelas de Stevenson y de Wilde estaban situadas en Londres, una megalópolis enorme y mórbida, un hormiguero de vastas masas anónimas. Londres era la sede del gobierno y del Parlamento. El Palacio de Buckingham, donde vivía la Reina, estaba cerca. Muchos miembros de la aristocracia tenían hogares en Londres; miembros de la nobleza terrateniente a menudo venían a Londres para la temporada social. Londres también era el hogar de comerciantes, hombres de negocios, miembros de la clase media, profesionales —y, muy notablemente, también de masas de gente pobre, que vivían en barrios pobres, insalubres y abarrotados, y que se ganaban la vida como mejor podían. Por la noche, las calles de Londres eran oscuras y peligrosas. La famosa niebla de Londres envolvió la ciudad. Como todas las grandes ciudades, albergaba millones de secretos. Secretos —y crímenes. El crimen fascinó a los londinenses; invadió los panfletos, folletos y periódicos del mercado de masas, llenos de historias sobre asesinatos espeluznantes y otros crímenes; eran parte del medio cultural del cual surgió la novela policial, de la que hablaremos más adelante.
El Mr. Hyde y Dorian Gray fueron asesinos ficticios en Londres. Pero había muchos ejemplos de asesinos reales. Una serie particular de crímenes, que comenzó en agosto de 1888, cautivó y horrorizó particularmente a los londinenses. Los crímenes tuvieron lugar en el barrio Whitechapel. Una prostituta llamada Mary Ann Nichols puede haber sido la primera víctima de esos crímenes seriales. Fue asesinada y mutilada por un asesino cuya identidad era y es desconocida. Pero todos conocen su apodo: Jack el Destripador. Este hombre cometió una serie de asesinatos brutales y horribles (el número exacto no está claro). Las víctimas eran todas mujeres, en su mayoría prostitutas. Los periódicos de Londres se deleitaron con estos crímenes, vendiendo toneladas de periódicos.19 La policía nunca pudo desenmascarar a Jack el Destripador, y los crímenes siguen sin resolverse hasta hoy. Por ahora, este es el más misterioso de los casos sin resolver. Pese a ello, se ha dedicado una vasta literatura a Jack el Destripador. Las teorías se acumulan. Libro tras libro ha tratado de dar esta o aquella ‘solución’ al misterio; a veces con suposiciones sobre la identidad del asesino. Ninguna de estas teorías, no obstante, ha ganado aceptación general. Después de todos estos años, probablemente nunca llegaremos a conocer la respuesta. Aparentemente, Jack el Destripador se libró de sus horribles crímenes.
Así, la historia de la vida real de Jack el Destripador no se aleja demasiado del caso (ficticio) del Dr. Jekyll y el Mr. Hyde. Jack el Destripador podría haber sido alguien que, a la luz del día, parecía normal, inofensivo; alguien que vivía una vida de clase media, tal vez incluso una de clase alta. Pudo haber sido un carnicero o comerciante local, un doctor, o incluso un aristócrata que rondaba el barrio por la noche. Este hombre misterioso incluso fue señalado, en un momento, como un miembro de la familia real: el Príncipe Alberto Víctor, nieto de la Reina Victoria, el hijo mayor del Príncipe de Gales, un hombre que era el segundo en la línea del trono. Sin embargo, el Príncipe, quien murió a la edad de 28 años, claramente no era Jack el Destripador. En el momento de los asesinatos se encontraba a cientos de millas de distancia. Aun así, es intrigante que su nombre haya aparecido, que la gente incluso haya podido sospechar de un miembro de la familia real, un Príncipe de sangre real; un Príncipe que, según sospechaban, era capaz de deslizarse disfrazado y en secreto desde su palacio hacia la niebla de Londres, donde asesinó brutalmente y mutiló a una serie de prostitutas. Este rumor dice algo sobre la identidad y sus ambigüedades durante la época victoriana.
Esta ambigüedad, este misterio, debe ser parte de la razón por la cual Jack el Destripador fue y sigue siendo tan fascinante, o por la cual, en general, los misterios sin resolver tienen un control tan fuerte sobre la imaginación de tanta gente. Tales misterios son misterios de identidad. Asumen que las personas que conocemos, que vemos, con las que tratamos todos los días, no son quienes creemos que son; su superficie exterior oculta una parte interior oscura y satánica: un Hyde dentro de la superficie del Dr. Jekyll; un Dorian Gray con un retrato podrido escondido en su casa. Incluso de los ricos y famosos: hombres como el Príncipe Alberto Víctor, como el ficticio Dr. Jekyll y Dorian Gray, podrían tener personalidades divididas; podrían ser hombres con secretos oscuros, hombres que definitivamente no son lo que sugiere su apariencia externa, su forma de hablar, sus modales, y comportamiento; ni lo que su posición en la sociedad sugiere.
El problema de la identidad —el misterio y la ambigüedad de la identidad— se cierne como una nube negra sobre muchos de los juicios penales famosos y sensacionalistas de los tiempos modernos. De hecho, el misterio de la identidad personal es lo que hace que estos juicios sean tan fascinantes. Hubo, sin duda, juicios antes del siglo XIX, y algunos fueron notorios y atrajeron la atención. Pero la ambigüedad sobre la identidad —y, por supuesto, la aparición de una prensa de consumo masivo— llevó los rumores de los hechos que se juzgaban mucho más allá de los lugares donde habían ocurrido; lo que aumentó también el nivel de misterio en estos juicios. En las retorcidas y anónimas calles de la gran ciudad, al amparo de la noche, la oscuridad y la niebla, siempre hay muertes repentinas e inexplicables, y asesinatos sin testigos, asesinatos como los de Jack el Destripador. Si bien la prensa barata y amarillista ayudó a despertar la emoción del público, su cobertura cayó en suelo fértil.
Los grandes juicios, en su mayor parte, surgieron del crimen de la gran ciudad. Pero las grandes ciudades no tenían el monopolio de los juicios que aparecían en los titulares. Mencionemos, por ejemplo, el juicio de Lizzie Borden, en Fall River, Massachusetts, en la década de 1890.20 El crimen en sí fue brutal, horrible y espeluznante. En un caluroso día de mediados de año, el 4 de agosto de 1892, alguien tomó un hacha y destrozó las cabezas de los señores Bordens, esposo y esposa, en su propia casa; un crimen inusualmente sangriento y repugnante. Los Borden eran ciudadanos destacados de Fall River —personas con dinero localmente prominentes, correctas y respetadas, que asistían a la iglesia. Andrew Borden se había casado dos veces; su primera esposa dio a luz a dos hijas. Después de que ella murió, Andrew se volvió a casar. Él, su segunda esposa y las dos hijas vivían juntos en el cómodo hogar de Borden.
El crimen, naturalmente, horrorizó a la comunidad entera. La sospecha cayó sobre una de las hijas, Lizzie. Había buenas razones para sospechar de ella —¿por qué quemó uno de sus vestidos en medio del calor extremo de agosto, por ejemplo? Pero, al mismo tiempo, era una mujer respetable, una asistente asidua de la iglesia, honrada, una mujer sin ninguna mancha en su historial. Pronto Lizzie se enfrentó a un juicio por asesinato. El juicio fue más que una sensación local: se convirtió en noticia nacional. Los periodistas invadieron la sala del tribunal y transmitieron miles de mensajes al público hambriento. Cada hecho y cada faceta del caso fue reportado; y siguió así sin descanso. ¿Lizzie mató a su madrastra y luego a su padre? Un misterio estaba en el corazón del caso. ¿Quién fue Lizzie Borden? ¿Era ella Jekyll o Hyde? Lizzie —señaló su defensa—, era miembro de una buena familia, una familia de ‘las mejores personas’, ‘dedicadas al servicio de Dios y del hombre’. ¿Realmente podría ser una asesina? ¿Una criminal sin corazón? ¿Una psicópata que destrozó la cabeza de su propio padre con un hacha? ¿Una psicópata que se escondía bajo el disfraz de la honorabilidad burguesa y bajo la apariencia de su estatus de clase alta? Imposible. En resumen, la defensa sostuvo que era totalmente improbable: un veredicto de culpabilidad implicaba que Lizzie fuera “un demonio, ¿lo parecía ella?” Durante los “largos y extenuantes días” en la sala del tribunal “¿se ha visto en ella algo que demuestre su falta de sentimientos humanos o de su porte femenino?”21 Aquí la defensa apeló no a la evidencia, sino al contexto: una mujer como Lizzie Borden no podría llevar algún tipo de doble vida. Tales crímenes eran “moral y físicamente imposibles para la joven acusada.”22 El jurado, obvia y rápidamente, estuvo de acuerdo. En unos diez minutos, llegaron a un veredicto unánime: Lizzie Borden era inocente; no culpable de asesinato.
Por supuesto, no tenemos forma de saber qué pasó por la mente de los miembros del jurado. Muy probablemente, aceptaron el argumento de la defensa. No podían concebir a Lizzie Borden como ‘la asesina del hacha’. Ella era una ‘mujer de clase alta’, y no podía encajar en la figura de un ser malvado como el Mr. Hyde. Era una mujer, muy probablemente virgen, y se encontraba en el pilar de la comunidad. Esto seguramente influyó en el jurado. O, tal vez, fue una cuestión más simple: los miembros del jurado pudieron haber sentido que la evidencia no era suficiente como para condenar a Lizzie Borden por asesinato.
Aun así, la pregunta sobre la identidad estuvo en el corazón del juicio de Borden. Y nunca se ha ido del todo. Esta cuestión fue lo que le dio al juicio tanta atención. Tal vez, ningún otro juicio por asesinato en Estados Unidos, ha sido tan famoso y ha dado lugar a una literatura tan grande como este. La gente todavía hasta hoy está tratando de ‘resolver’ el misterio. Por supuesto, la ‘solución’ más probable es la obvia: Lizzie Borden era culpable; Lizzie Borden mató a su padre y a su madrastra. Solo el motivo del crimen permanece oscuro; aunque, quizás, el dinero pudo haber estado en la raíz del crimen: las dos muertes convirtieron a Lizzie Borden en una heredera.23 En cualquier caso, el misterio del juicio de Borden es lo que ha intrigado a la gente desde entonces hasta ahora; y misterios de este tipo atraen a las personas hacia grandes juicio, como las polillas hacia la luz. En estos juicios famosos y espeluznantes, los dos lados grafican imágenes radicalmente diferentes. Los acusados y sus abogados insisten en su inocencia. Lo que uno ve —afirman—, es lo uno obtiene. No hay ningún Mr. Hyde debajo de la superficie de la vida del Dr. Jekyll. Por su parte, la fiscalía plantea el argumento contrario: el acusado, por inocente que parezca o intente aparecer, es realmente un villano, un asesino, una personalidad deformada. El jurado debe responder a la pregunta de la identidad: ¿cuál de las versiones es la verdadera? ¿quién es realmente esta persona? ¿es el Dr. Jekyll o el Mr. Hyde? ¿o ambos?
La pregunta sobre la identidad es lo que motiva a los reporteros a llenar columna tras columna en los periódicos. A principios del siglo XIX, en 1849, el juicio del profesor John Webster, un brahmán de Boston, fue el juicio más sensacionalista de su época. Webster fue juzgado por asesinato. Fue acusado de matar a otro brahmán, George Parkman, profesor de medicina en Harvard, y de cortar su cuerpo en el sótano de la Escuela de medicina. Webster estaba profundamente endeudado con Parkman, y necesitaba deshacerse de los pagarés que este último tenía, y que amenazaban a Webster con caer en la ruina financiera. El Presidente del Tribunal Supremo de la Commonwealth, Lemuel Shaw, presidió el juicio. La sala del tribunal estaba atascada diariamente por la prensa; reporteros de Boston y de periódicos de fuera de la ciudad, acudieron en masa a la sala del tribunal para ver, escuchar y difundir la noticia a un público ansioso. La evidencia contra Webster era fuerte; no obstante, ¿era posible que este hombre, perfecto hasta el extremo, cometiera un crimen tan terrible? Uno de los abogados defensores describió en resumen a Webster como un hombre que “durante más de un cuarto de siglo” había sido “un respetado profesor” en Harvard, y “el orgullo de nuestro Estado”. También era un hombre de familia: de hecho, “el centro” de su familia, un “objeto de idolatría” de sus seres queridos, un sujeto de sus “afectos más puros y santos.”24 ¿Podría un hombre realmente ser, en la base, un malvado Mr. Hyde, capaz de este acto atroz y desagradable? Pero la respuesta, para este jurado, fue claramente que sí. Encontraron a Webster culpable de los cargos. De acuerdo con la ley de Massachusetts, el castigo fue la muerte. John Webster murió en la horca en Massachusetts.
Hasta el día de hoy, las preguntas sobre la identidad —los misterios en torno a ella— son las que proporcionan ‘sazón’ a los juicios que generan titulares en los periódicos. La pregunta en estos juicios es casi la misma: ¿quiénes eran realmente los acusados? En la década de 1950, el juicio del Dr. Sam Sheppard fue quizás el juicio más sensacionalista del momento. El Dr. Sam fue acusado de asesinar a su esposa embarazada. Esto —tal como ocurrió en el juicio de Borden— parecía romper con el orden natural. El Dr. Sam era un hombre respetable, un hombre profesional, un osteópata, que vivía en los suburbios de Cleveland. También era un hombre de familia. ¿Podría también ser un cruel asesino? ¿O fue el asesinato cometido (como él afirmó) por un extraño de ‘pelo espeso’? Sheppard fue condenado en medio de una atmósfera de publicidad frenética, lo que generó que se le inicie un nuevo juicio más adelante; la Corte Suprema de los Estados Unidos señaló que su juicio fue un circo publicitario tan salvaje, tan contaminado por la locura de los medios, que lindó con los niveles de la injusticia.25 En el nuevo juicio, Sheppard fue absuelto. Con toda seguridad, a diferencia de Lizzie Borden, el Dr. Sheppard era inocente.26 En la década de 1990, el juicio de O. J. Simpson tuvo la atención del mundo. O. J. Simpson era un héroe deportivo, un ‘miembro del salón de la fama’, una celebridad de primer rango. ¿Pero podía también ser un asesino? ¿Él fue quien asesinó a sangre fría a su ex esposa, Nicole, y a una de sus amigas? El jurado absolvió a Simpson; Simpson era afroamericano, y las cuestiones de raza eran importantes en el caso. Muchos blancos consideraron que el jurado tomó la decisión equivocada, mientras que muchos negros sintieron lo contrario.
Todos estos juicios plantean preguntas sobre la identidad personal del acusado. Pero también pueden plantear —y de hecho lo hacen— preguntas más amplias sobre la identidad. En el caso de Lizzie Borden, la sociedad burguesa estaba en camino a ser juzgada. Lizzie Borden era una mujer, una ciudadana modelo, pero ¿también era culpable de un doble asesinato brutal? Si la respuesta hubiera sido que sí, esto habría tenido consecuencias devastadoras. Hubiera significado que las apariencias externas podían ser fraudes, que el comportamiento honorable podía ser una fina capa, un ‘pueblo de Potemkin’; y que si uno volteaba la roca, todo tipo de alimañas podrían salir arrastrándose.
Un tema similar resuena en muchos juicios famosos. El Dr. Harvey Crippen fue acusado en un famoso juicio inglés.27 Crippen era un osteópata nacido en Estados Unidos, que se había mudado a Inglaterra con su segunda esposa, Cora. Sin embargo, de pronto, Cora desapareció misteriosamente en 1910. Crippen, mientras tanto, había empezado a vivir con una amante, afirmando que su esposa había regresado a los Estados Unidos; pero su versión sobre los planes de ella y las razones de por qué se había ido eran inconsistentes. La gente comenzó a sospechar, hasta que Scotland Yard encontró un torso humano enterrado bajo el piso del sótano de Crippen. El resto del cuerpo nunca fue encontrado. Mientras tanto, Crippen estaba en un barco con destino a América, junto con su amante (disfrazada de un chico joven). Las autoridades arrestaron a Crippen (en aguas canadienses) y lo enviaron de regreso a Inglaterra. Fue llevado a juicio y acusado de asesinar a su esposa. Crippen insistió en su inocencia; pero el jurado, luego de un breve período de deliberación, lo encontró culpable. Fue ahorcado en noviembre de 1910.