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Jorge Eguiazu El despertar de un asesino
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Jorge Eguiazu El despertar de un asesino

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Había ya caminado la mitad del recorrido cuando de pronto sintió un gran tirón hacia bajo en sus pantalones, con lo cual quedó totalmente desnudo frente a muchísimos chicos y chicas, compañeros de escuela. Otra vez se oyó la característica carcajada que tantas veces había sentido. Inclusive alcanzó a ver pequeños haces de luz provenientes de celulares y de aquellas personas que no tienen dignidad por los demás, y le sacaban fotos o grababan en video la vergüenza que le impartían.

—Otra vez el hijo de puta de Andrés.—pensó J.C.

—Ya me tiene hasta el culo este malnacido.—continuó pensando.

Al darse vuelta y enfrentarlo, mientras al mismo tiempo se levantaba los pantalones, su sorpresa fue inmensa al ver a Pedrito enfrente de él. Quedó estupefacto, inmóvil, sin poder decir nada de nada. No sabía cómo reaccionar. Aunque tampoco tuvo que hacer mucho. Pedrito fue el que reaccionó.

18

Al ver la cara de J.C., Pedrito sintió que le fallaba enormemente a su mejor y único amigo. No podía entender cómo lo había traicionado.

Andrés había logrado realizar lo que los profesionales llamaban coacción. Había logrado que Pedrito reaccione en contra de su voluntad, ejerciendo un dominio y un sometimiento total en contra de su creencia. El miedo y la intimidación logran someter a las personas y convertirlas en víctimas.

Sin siquiera darse cuenta, Pedrito comenzó a llorar. Las lágrimas recorrían sus mejillas como si fuera un río que rebalsaba. Si alguien lo hubiera visto de cerca no hubiera podido creer que una persona podría derramar tanta agua en tan poco tiempo.

Al pasar medio minuto desde que J.C. se dio vuelta, Pedrito hizo lo mismo. Se giró 180 grados y comenzó a correr. La vergüenza que sentía lo invadía demasiado y sólo se le ocurrió marcharse rápidamente. Parecía Forrest Gump en su mejor momento. Llegó a su casa y se internó en su pieza. Siguió llorando un par de minutos, pensando en lo que había hecho. Sin darse cuenta, y por el cansancio de la larga marcha, se durmió.

19

Pedrito se despertó de a poco. Sentía un ruido seco que sonaba y se repetía. No entendía del todo que era hasta que se despabiló totalmente. Era su mamá que tocaba a la puerta de su pieza.

—Pedrito, te buscan en la puerta.—declaró.

—Es Juan Cruz. –continuó. Se lo ve medio triste, melancólico. ¿Ha pasado algo entre ustedes?—preguntó.

—Mamá, no te metas en mis asuntos.—contestó Pedrito. La madre no podía creer lo que acababa de escuchar.

Aunque no tenía la menor intención de mantener una conversación con J.C., sabía que era algo inevitable. Por experiencia con su madre, sabía que mientras antes lo haga iba a ser mejor.

—Perdón mamá.—dijo Pedrito. No quería faltarte el respeto.—continuó.

—Dile a Juan que me espere 10 minutos y bajo.— terminó diciendo.

Su mamá no dijo nada. Cerró la puerta lentamente y bajó las escaleras.

20

Pedrito, ya preparado mentalmente para la charla, llamó a J.C. para que se reunieran en su habitación. No quería que su madre escuchara lo que tenían que hablar.

Al principio se sentaron en las sillas que había en la habitación, uno enfrente del otro, sin hablar. Reinaba el silencio y la tensión era abrumadora. Ninguno de los dos sabía cómo empezar, hasta que J.C. comenzó.

—¿Qué pasó amigo? ¿Qué te ha llevado a hacer esta locura? No entiendo que te pasa. Dime.—Finalizó J.C.

Pedrito, con un temblor en la voz que se notaba desde lejos, y con apenas un timbre entendible de lo bajito que sonaba, dijo:

—No sé qué me pasó, no puedo entender cómo te hice eso, cómo te traicioné.—comenzó.

—Es que Andrés me tiene en contra de mi voluntad, ejerciendo un dominio sobre mi ser, obligándome a hacer cosas que no quiero, siempre amenazándome con ir a mi mamá y decirle mentiras. El miedo que le tengo es muy grande y pienso que cada vez será peor.— continuó.

—No sé qué hacer amigo. Te pido perdón por lo que te hice, sé que no tengo excusas válidas para que me perdones, pero es la verdad. Actué sin siquiera pensar en las consecuencias, y ahora que las sé, me arrepiento enormemente. Entendería si no quieres ser más mi amigo y si no me perdonaras, pero quiero que sepas que te quiero y que en este momento soy muy sincero. —Terminó diciendo Pedrito.

Pasaron unos dos minutos hasta que J.C. rompió el silencio.

—Amigo, por supuesto que te perdono, no eres más que otra víctima de ese hijo de puta de Andrés. Así como yo lo fui tantas veces.—dijo Juan.

—Creo que es momento que tomemos las riendas en este asunto y le paremos el carro a ese malnacido. Ya estoy harto de que nos use como si fuéramos bolsas de punching ball.— continuó.

—Y hace rato que vengo rondando una idea de cómo deshacernos de él. Y entre los dos lo vamos a lograr.—terminó diciendo.

Dicho eso, Pedrito preguntó de qué se trataba, y prometió que lo ayudaría de cualquier manera posible.

Juan Cruz explicó que la idea era simple. Empezarían a juntar pruebas en contra de Andrés, grabando en video con sus celulares todas las locuras que ese puto de mierda les hacía hacer y también las que hacía en forma individual, como los grafitis y los robos. Guardarían aquellos videos en donde se demostraba que Andrés era el artífice de cada una de esas fechorías. Con los mismos, se presentarían en Dirección y lograrían que lo echen de la escuela.

21

Pedrito y J.C ya habían juntado algunas pruebas en video y fotos de las acciones crueles y abusivas de Andrés y sus amigos. Las mismas eran todas de acciones de vandalismo contra la escuela y sus alrededores, y no era suficiente. Querían tener pruebas de abusos físicos, acosos sexuales y de bullying de la más alta crueldad.

22

A las tres semanas de comenzado el plan, J.C. cayó en cama, con un fuerte estado gripal. De igual manera, el plan seguía en marcha a través de Pedrito. Se mandaban mensajes de texto desde sus celulares e iban planeando las mejores estrategias a seguir.

El día viernes por la mañana, Pedrito le había comentado que Andrés le había dicho que al finalizar el horario escolar lo esperaría en los baños de varones, donde le daría instrucciones para una fechoría que se le había ocurrido, y la que llevarían a cabo el próximo día lunes.

—No te olvides de colocar el celular y graba todo lo que te diga y haga— texteó J.C.—

—Acuérdate de lo que hablamos, de cómo esconder el celular y dónde, de manera que no haya sospechas ni nada parecido.—continuó.

—Te deseo la mejor de las suertes.—terminó.

—Apenas sepas de que se trata, envíame un mensaje de texto o llámame, quiero saber si el material grabado nos va a servir.—concluyó J.C.

Pedrito le comentó que no se preocupara, que ya sabía cómo hacer las cosas y le había prometido que le avisaría del resultado.

23

Ya habían pasado casi dos horas desde que Pedrito se juntaría con Andrés y todavía no tenía noticias de su amigo. Quiso llamar a su celular, pero sabía que, si todavía estaba grabando, el mismo estaría en estado silencioso. Aunque era muy raro que Andrés le dé explicaciones durante dos horas, tampoco era imposible, por lo que tampoco se preocupó demasiado. Aunque sí lo estaba y se engañaba a sí mismo.

Debido a la gripe, y a la poca fuerza que tenía, J.C. se quedó dormido a los pocos minutos. Durante su estado de letargo, soñó con Pedrito. En el sueño lo veía llorar desconsolado, con un alto nivel de vergüenza mostrado en su carita. Dentro de ese mismo sueño se descubrió también llorando desconsolado, sintiendo una angustia y una pena que no supo explicar.

Se despertó de un sobresalto a altas horas de la noche, casi a las cuatro de la mañana. Cuando se le pasó el shock y pudo serenarse, tomó el celular y revisó los mensajes. En la casilla donde ponía Pedrito había un número solamente. Cero.

24

A la mañana siguiente, se sentía bastante mejor de salud. Los remedios que estaba tomando empezaban a surtir efecto. De igual modo, todavía no se sentía capaz de levantarse, y menos aún de salir afuera e ir caminando a la casa de Pedrito y ver qué pasaba.

A medida que trascurría la mañana, su preocupación iba en aumento. Había enviado casi treinta mensajes a Pedrito y llamado unas cuantas veces también. Todo sin respuestas. No entendía nada de nada y su estado psicológico estaba cada vez más inestable. No sabía qué hacer.

25

A las doce del mediodía escuchó unos golpecitos en la puerta de su habitación. Le pareció que los mismos eran demasiado débiles, casi inaudibles, todo lo contrario a lo que lo tenía acostumbrado su mamá, cuando generalmente golpeaba con demasiada fuerza.

Pensó que le traían la comida. Aunque era sosa y sin sal, debido a los cuidados que le estaban haciendo tener, J.C. la comía sin protestar. Amaba a su madre y hacía todo lo que ella le decía y ordenaba. Era su amor.

—Adelante.— dijo J.C.

Lo que vio le llenó de terror y miedo. Su mamá estaba blanca, llena de lágrimas que le surcaban las mejillas. Estaba desconsolada y se notaba mucho.

Apenas cruzó el umbral de la puerta salió disparada hacía la cama de su hijo y lo abrazó en un apretón de oso, que casi le dejó sin aire. Ella seguía llorando desconsoladamente.

Cuando se tranquilizó un poco, aún sin saber cómo hacerlo, y sin siquiera darse cuenta de lo que hacía le dijo a Juan Cruz…

—Amor mío, ha ocurrido algo terrible.—comenzó a decir.

Con mucho esfuerzo y con palabras entrecortadas explicó a su hijo lo sucedido, y aunque J.C. no entendió mucho lo que su madre le transmitió, la idea en general sí la entendió.

Pedrito había sido encontrado en su casa colgado del techo de su habitación. Se había suicidado.

26

El viernes próximo al fatídico suceso, se realizó el entierro de su amigo en un cementerio hermoso, de esos que sólo se ve césped cortado, árboles y flores, y gente sentada hablando con sus familiares perecidos o simplemente disfrutando de la paz que había en esos lugares. Todo lo contrario a aquellos cementerios donde se veían las lápidas y los mausoleos de los muertos. Eran los típicos de películas de terror, donde los zombis cobraban vida.

El proceso fue lento y doloroso. Un cura pronunció algunas palabras de aliento para los familiares. Todos estaban vestidos con la clásica vestimenta negra que se utilizaba en esas ocasiones. J.C. tenía un saco negro petróleo y pantalón acorde del mismo color.

Finalizado el discurso, y luego de bajado el pequeño cajón hacia el pozo abierto de tierra, la gente se empezó a dispersar en diferentes direcciones. La mayoría no hablaba ni decía nada. Otros sollozaban. Algunos pocos lloraban a todo pulmón. Fue uno de los días más tristes en la vida de J.C.

Cuando su madre le dirigió la palabra diciéndole que ya era hora de volver a casa, J.C. le dijo que iría luego. Que tenía que hacer algo importante. Que antes de las veinte horas estaría allí.

27

Utilizando un árbol grande como escudo, vio salir a la mayoría de los alumnos por la puerta de la escuela. Distinguió a Andrés y sus amigos y los siguió con los ojos hasta que dieron vuelta en la esquina.

Cuando la multitud menguó lo suficiente como para pasar desapercibido, especialmente debido a que estaba vestido de traje, enfiló hacia la escuela y se dirigió directamente hacia el baño de varones. Por suerte para él, nadie le prestó atención. Como era viernes, lo único que éstos adolescentes tenían en la cabeza era la joda y la fiesta que harían durante el fin de semana.

Cuando ingresó al baño no había nadie. Continuaba su suerte y se alegró. Se dirigió directamente a los armarios de metal desvencijados donde algunos alumnos prestigiosos poseían su propia casilla. Una de ellas pertenecía a Pedrito y otra a J.C.

Como ambos eran mejores amigos, habían realizado copias de cada una de las llaves y ambos poseían acceso a los dos casilleros.

Las puertas de lata tenían respiraderos en forma de rendijas horizontales, eran aptos para colocar dispositivos de grabación dentro de los mismos y desde allí filmar lo ocurrido. Al abrir el cerrojo, lo primero que encontró fue el celular de Pedrito colocado como lo habían practicado muchas veces. Lo tomó con sus manos, lo introdujo en el bolsillo de su pantalón y se fue a su casa, a paso ligero, pero no tan rápido. No quería levantar sospechas. Pero quería impacientemente saber el contenido del celular.

28

Al llegar a su casa, lo primero que hizo fue subir a su habitación y cambiarse. Luego, una vez que puso el celular de Pedrito a cargar, se fue a la cocina y devoró la comida casera que su madre había preparado.

María Marta no podía entender como una persona podía comer todo lo que había engullido J.C. en tan poco tiempo. Adujo que el motivo era que la ceremonia lo había dejado exhausto y necesitaba energías. La verdad era otra, quería revisar el celular con urgencia.

Al terminar la cena, le pidió a su madre retirarse, con la excusa de que estaba molido, que necesitaba descansar. Aunque siempre le ayudaba a lavar los platos y a pasar momentos juntos, entendió a su hijo y le permitió retirarse.

29

El contenido que encontró en el celular era de alto contenido emocional. El último video grabado tenía una duración de una hora y cuarto, tiempo en que el mismo se quedó sin batería.

J.C. lo vio dos veces seguidas. Quería entender y confirmar lo que había visto. Todavía no podía creer lo que sus ojos le mostraban. Era algo sacado de una película. Siempre había creído en su inocencia, que hechos como el que estaba viendo, no se producían en la realidad.

El video comenzaba con Pedrito colocando el dispositivo en el lugar y de la forma correcta. Luego se ve cuando cierra la puerta del casillero y a Pedrito apoyado sobre una pared a la espera de Andrés.

Éste no tardó en entrar en escena, a los cinco minutos del comienzo de la grabación se lo ve entrar al baño en forma solitaria. Contrario a lo que hubieran pensado ambos, Andrés fue al encuentro sólo, sin ninguno de sus amigotes.

Todo comenzó con Andrés explicándole el plan para el lunes. Terminada la exposición de la idea, se lo ve yendo y encarando a Pedrito. Lo primero que se vio fue a Andrés incrustándole un beso de lengua muy fuerte y voraz dentro de la boca de Pedrito. Cuando lo vio J.C. por primera vez, quedó estupefacto, sin poder creer lo que sus ojos veían. Pero cuando continuó viendo el material audiovisual, quedó aún más impresionado por el contenido mostrado.

Antes de poder terminar el beso apasionado, Pedrito juntó todas sus fuerzas y le propinó un empujón a Andrés, con lo cual logró que trastabillara y se cayera de bruces en el piso del baño.

Cuando Andrés se incorporó, lo que sucedió a continuación fue aún más insólito. Sacó de su mochila una larga hoja de acero afilado. Era un cuchillo de esos de carnicero, con empuñadura de plástico blanco. En el video se ve como brilla con una intensidad fenomenal cuando, en cierto ángulo, la luz le da de lleno sobre la hoja de acero.

Se acercó a Pedrito con una velocidad inusitada y le colocó la hoja de la cuchilla sobre el cuello.

—Pendejo de mierda.—dijo Andrés.

—¿Quién te crees que sos?— continuó.

—Hace varias semanas que te sigo y vi claramente que me hiciste propuestas indecentemente sexuales y ahora te haces el duro. —continuó.

—Ahora vas a ver lo que le pasa a los que me hacen frente y me quieren dejar en ridículo.— prosiguió diciendo.

—Vas a hacer todo lo que diga y si te pasas de listo te vas a llevar de regalo un corte muy grande en el cuello y lo último que vas a ver en éste mundo será mi cara.

—Así que quietecito.—terminó.

Dicho esto, le dio la vuelta al cuerpo de Pedrito y con unas manos muy hábiles le desabrochó el cinturón y le bajó los pantalones y la ropa interior.

A continuación lo penetró varias veces seguidas, ambos en posición vertical, y al transcurrir unos minutos se escuchó un grito de éxtasis emanado de la garganta de Andrés. Había acabado y se sentía lleno de júbilo.

Se limpió la verga con hojas de papel del dispenser del baño. Se acomodó las ropas y vio a Pedrito. Estaba acurrucado sobre el piso y sollozaba con lágrimas de vergüenza.

—Ahora me voy.— dijo Andrés. El lunes seguimos con el plan.— continuó.

—Y te advierto, si le llegas a contar algo a cualquier persona sobre lo ocurrido recién, te buscaré y te mataré. Te desollaré vivo de la misma forma que mi tío y mi padre me ensañaron a hacer con un venado. Te aseguro que no te va a gustar y que sufrirás como nunca. Una muerte en agonía es una de las peores.—dijo.

—Te lo juro por lo que más quieras.—prosiguió. Quedas advertido.— terminó.

Dicho esto, salió por la puerta del baño, como si nada hubiera ocurrido. Pensaba que era indestructible y que no había nada ni nadie que le pudiera cambiar su pensamiento.

Al rato, Pedrito se incorporó del suelo, y sin advertir y acordarse de que su celular estaba grabando, salió del baño como si fuera un títere. Parecía que hilos invisibles lo movían sin que él se diera cuenta. Parecía un sonámbulo.

Ese mismo día, a las dos horas de haber pasado esa locura, Pedrito decidió quitarse la vida.

30

Juan Cruz pensó como nunca lo había hecho en su vida. Tenía en su poder la prueba que habían estado buscando con Pedrito. La diferencia era que en la misma, uno de los principales protagonistas del suceso era su amigo, y él se había suicidado por ello mismo. Pensaba en la memoria de Pedrito y en lo que él hubiera querido.

J.C. quería llevar a Andrés a la justicia, sabiendo que con la prueba irrefutable del video, quedaría por el resto de su vida tras las rejas. Eso si no lo mataban o se suicidaba dentro de la cárcel. Podía y era muy probable que ocurriera una de esas dos cosas. Y aunque sus ganas de hacer eso eran muy fuertes decidió no hacerlo. Sin embargo, las cosas no podían quedar así.

Decidió, después de muchas horas de debate consigo mismo, amenazar a Andrés utilizando el video como su arma principal.

¡Y lo logró! Al amenazarlo con publicar el video en internet, éste quedó desarmado y sin defensas. Juan Cruz, utilizando la ignorancia de Andrés y el poder de su alto C.I. le dijo que debía irse de la escuela para siempre. Que si no lo hacía publicaría el video en internet y por ello pasaría el resto de su vida en la oscuridad de una celda de dos por dos, con el temor siempre presente de ser violado constantemente por los otros reclusos.

También le había comentado que había desarrollado y programado una aplicación en internet, la que publicaría el video si es que J.C. no insertaba una clave cada cinco días, lo que era un salvamento por si le ocurría algo a J.C.

Andrés, en su intento por sobrevivir, aceptó la oportunidad que le brindaba J.C. y renunció a la escuela. De un momento para otro, y sin saber los motivos, Andrés se ausentó y nunca más se lo volvió a ver.

31

J.C. se sentía lleno de energía. Ahora estaba libre de Andrés y sus abusos. Por fin tenía todo su tiempo libre para dedicarse en forma plena a intentar lograr su deseo más apremiante. Conquistar a Violeta.

Capítulo Segundo

El cambio


1

J.C. cumplía diecisiete años y su madre le había comprado una enorme torta de cumpleaños. A pesar de que no tenía amigos en la escuela, algunos de los compañeros que invitó fueron a su casa. Lo más probable fuera que habían ido porque era difícil no aceptar comida y bebida gratis, especialmente en los momentos económicos difíciles que estaba pasando la Argentina.

Como era de esperar, Violeta no acudió a la fiesta, con lo cual J.C. estuvo toda la tarde y gran parte de la noche, en un estado catatónico. Ni siquiera se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor, donde los que habían asistido comían, bebían y se divertían. Su caso era otro, lo único que quería, era que Violeta estuviera ahí. Hasta pensó en echarlos a todos de su casa y encerrarse en su habitación.

Por suerte eso no ocurrió. Se dio cuenta que ya era difícil estar en una escuela donde todos lo miraban de reojo. Todavía no se habían disipado del todo los rumores instalados por Andrés. Sumado a eso, se sospechaba que él era, de alguna forma, el responsable de que éste haya desaparecido de la escuela de un momento a otro, sin explicaciones.

En lugar de eso, decidió tratar de pasar la noche lo mejor que podía, tratando de reforzar y reafirmar las conexiones emocionales con las personas que allí estaban. Necesitaba aliados en la escuela, y ese era el momento de conseguirlos.

Desde que Pedrito se había ido, sentía un vacío enorme en su pecho. Creía que Violeta sería la persona que llenaría ese hueco. Lamentablemente, no había sido ese el caso. Es más, cada vez era más difícil tratar de conquistarla. Ya estaba perdiendo la paciencia.

Al llegar la medianoche, sus compañeros le cantaron el feliz cumpleaños y brindaron con sendos vasos de cerveza. Por suerte su madre no estaba en la casa. Había tardado casi un mes entero en convencerla de que esa noche no estuviera presente.

A las tres de la mañana, la gente empezó a retirarse de a poco. Si bien se creían muy adultos, la mayoría de ellos tenía entre dieciséis y diecisiete años, por lo que todavía eran menores de edad, y tenían que acatar las reglas impartidas por sus respectivos padres.

A las cuatro y cuarto se fue el último grupo de personas que quedaba. En ese momento, J.C. ya estaba alegre y algo ebrio.

Cuando lo asaltó la soledad, se sintió nuevamente vacío. Muy vacío. El efecto del alcohol acrecentaba sus sentimientos, hasta el grado de hablar consigo mismo. Si alguien lo hubiera visto le habría puesto un chaleco blanco, de esos que se atan por atrás. Parecía un sketch de esos de dibujitos donde la persona habla hacia su izquierda y hacia su derecha, con el angelito y con el demonio.

Necesitaba acallar su cerebro. Necesitaba dejar de pensar. Y en ese momento se le ocurrieron sólo dos opciones. O se iba a dormir o cambiaba por algo más fuerte.

2

El último vaso de whisky fue el que terminó fulminándolo. Sin darse cuenta había bajado casi tres cuartos de la botella que había encontrado en la cocina, dentro de la alacena, detrás de las cajas de cereales. Estaba escondida, casi como si sintiera vergüenza de estar ahí. Tomó nota mental de preguntarle a su madre qué más le ocultaba.

En un arrebato de locura, tomó con su mano la botella y salió de su casa. Mientras caminaba pegaba pequeños sorbos del líquido amarronado. Sin saber bien lo que iba a hacer, sabía hacia donde se dirigía. Iba directamente hacia la casa de Violeta.

En quince minutos llegó a la puerta. Se prendió al timbre como si se hubiera dormido sobre el botón. Estaba enamorado y quería con suma urgencia una explicación de por qué Violeta no había ido a su cumpleaños. Y no se iría de allí hasta no obtener una respuesta.

3

El sueño hermoso que estaba teniendo se cortó en forma abrupta. Violeta se sobresaltó, saltando de la cama instantáneamente. Al principio no entendía que pasaba. Sentía un ruido ensordecedor y constante, que no terminaba ni bajaba de intensidad.

Tardó un par de segundos en darse cuenta de la realidad. Ese ruido provenía del timbre de entrada de la puerta principal de la casa. Algún idiota, seguramente borracho, estaba gastando una broma o se había equivocado de casa.

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