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Jorge Eguiazu El despertar de un asesino
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Jorge Eguiazu El despertar de un asesino

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Aunque había empezado tardíamente por haber nacido en el mes de Julio, no parecía más grande que los demás.

En cambio J.C. sí. Se volvió un gordito rechoncho en un par de meses, ante del comienzo de la escuela. Él les decía a sus padres que debía ser un tema hormonal, de crecimiento. En el fondo de su ser sabía que todo era culpa suya. El nerviosismo y el miedo que se le había arraigado en lo más profundo de su ser era como una garrapata que lo comía vivo.

Comía mal, más que nada chatarra. Papas fritas de paquetes, helados, hamburguesas y gaseosas eran sus alimentos favoritos. Y aunque sabía que le hacía mal, no se detuvo por ello.

Si bien Pedrito no era tan inteligente como él, poseía un C.I. de 121, y aunque también estaba por arriba del promedio, parecía que la diferencia entre ambos era mucho más grande de lo que numéricamente se mostraba.

A los dos meses de haber comenzado el primer año, ambos, Juan Cruz y Pedrito, comenzaron a ser afectados por maltratos, burlas y humillaciones por parte de los más brabucones de la escuela. Pasaron a ser víctimas de sufrimiento por bullying.

6

Andrés Coria era un chico perdido. Su pasado y su familia habían formado a una persona rebelde, a la que no le importaba nada de nada, y de acuerdo a su creencia, podía hacer lo que él quisiera, sin remordimientos, penas ni culpas.

Sus padres eran principalmente los culpables de ello. Madre drogadicta y padre alcohólico. Si bien se querían y se amaban, a veces se armaban peleas familiares donde todos salían heridos de alguna forma.

Cuando cumplió diez años tenía a su madre en rehabilitación por culpa de las drogas; y a su padre en prisión, por haber matado a una persona a piñas en una pelea de bar.

Ahora vivía con su tío, el cual no era santo de su devoción, sino que todo lo contrario. Traficaba droga y robaba todo lo que podía. Y aunque era un ser despreciable, no molestaba y lo dejaba hacer su vida como se le antojaba, mientras no interfiera en la suya.

Cuando J.C. comenzó la escuela, Andrés ya había repetido de año y había formado una pequeña pandilla de brabucones en la escuela, con la que hacía todo tipo de maldades y fechorías.

7

La primera experiencia de bullying sufrida por J.C. fue en forma conjunta con su mejor amigo Pedrito. Ocurrió a mediados de abril en la escuela. Específicamente fue dentro del baño de varones, donde Andrés y sus compinches los arrinconaron.

Ocurrió en uno de los recreos y ambos la pasaron mal. Los presentes en el baño sólo eran los afectados y los pendejos de mierda de la pandilla.

Apenas entraron al recinto, Andrés y cuatro de sus admiradores les siguieron inmediatamente. Uno de ellos se quedó en la puerta haciendo guardia, aunque previamente había pegado una hoja en la puerta del baño declarando que estaba fuera de servicio e indicándoles que fueran al de la planta alta.

Los otros tres los arrinconaron contra la pared del fondo y amenazaron con golpearlos sino les daban el dinero que traían.

—Denme toda la plata que tienen encima.— o van a ver los que les espera.— dijo Andrés.

—Y tengan en cuenta que de ahora en más todas las semanas deberán pagarme para que no les peguemos, y les puedo asegurar que les va a doler.—continuó.

Ante la negativa de J.C. a entregarles el dinero, ya que sabía del sacrificio de sus padres para conseguirlo, se ganó una tremenda patada en los testículos que lo dejó inmediatamente sin aire y con un dolor atroz.

En ese momento, Pedrito arrojó todo lo que tenía a Andrés. Algunas monedas se le cayeron al suelo produciendo un ruido atípico en ese lugar.

Cuando J.C. recibió la patada, se deslizó hacia el suelo a puro dolor y quedó tendido allí mismo. Los brabucones revolvieron sus bolsillos y sacaron su billetera. Extrajeron los pocos billetes que tenía y se los pasaron a Andrés.

El jefe del grupo juntó la plata de ambos y se dispuso a contar, billete a billete, en voz alta.

—10$, 20$, 70$, 90$, 100$, 110$, 120$— exclamó.

—La próxima semana si no quieren que les pase lo mismo o peor deberán traerme el doble, 250$— vociferó.

Dicho esto, J.C. comenzó a reírse de forma muy fuerte y cada vez más elevado. Se le había pasado un poco el dolor y lo invadió el odio y el rencor, ya no el miedo que sentía antes.

La risa se transformó en carcajada. Era idéntica a una de las comadrejas de la película ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, antes de morir y abandonar sus cuerpos. Nadie entendía nada y quedaron todos quietos y perplejos. Luego, cuando la risa fue mermando, en gran parte debido a que ya había pasado el momento, Juan Cruz habló.

—Por mi parte puedes irte al carajo, a la mismísima mierda. No te daré ni siquiera una mísera moneda.

—Pensaba que mi C.I. de 139 no era tan diferente a los 95 que tiene la gente normal.— prosiguió.

—¡Pero en tu caso la diferencia es gigante! Debes tener un C.I. de 40.— ja ja ja ja se reía J.C.

—¡120 multiplicado por 2 es igual a 240, no a 250!, no puedo creer que haya personas tan brutas, si es que puedo considerarte como una persona. Ja ja ja ja.— siguió riéndose J.C.

Andrés, saliendo de su estupor, propinó otra fuerte patada sobre las costillas de J.C. y se contuvo de continuar con Pedrito. Tenía mucha vergüenza y estaba enfurecido al mismo tiempo.

Sin decir palabras dio media vuelta, se dirigió a la puerta del baño y salió. Sus compañeros lo siguieron.

J.C. aunque estaba muy dolorido, estaba contento, se le había pasado el miedo y de alguna forma había enfrentado lo que siempre temió. Aunque sabía que lo sucedido sólo era la punta del iceberg.

La secundaria iba a ser muy complicada y difícil de pasar. Dejaría cicatrices profundas si no hacía nada para parar el aluvión de situaciones muy difíciles que se avecinaban.

De igual manera estaba feliz.

8

A los tres días del suceso del baño de la escuela, tanto Juan Cruz como Pedrito fueron convocados para participar en las olimpíadas matemáticas celebradas durante tres días en un pueblo vecino.

Quería creer que, durante ese lapso, Andrés se calmaría y se olvidaría de lo ocurrido. Sabía que era muy difícil pero no imposible. La valentía demostrada ese día era la mejor forma de comprobación.

Por otro lado, ya más tranquilo, J.C. pensó en frío lo que había hecho. Había vuelto a sumergirse en un miedo profundo y temible. Creía que había cometido uno de los más grandes errores de su vida.

Por suerte para ambos, las jornadas de competición estuvieron fabulosas. Como era de esperarse, ambos pasaron los exámenes con las notas más altas y obtuvieron un pase a las competencias regionales. Si las superaban irían a las nacionales.

Pero como todo lo que empieza tiene un fin, a los tres días, tuvieron que emprender el regreso a sus casas.

9

A la vuelta de las olimpíadas, la escuela parecía otra. O mejor dicho, los chicos y chicas parecían diferentes. Aunque ambos amigos no comprendían que pasaba, no tardaron mucho en entender los motivos.

Andrés, en un estado de bronca, que se le acumulaba cada vez más, comenzó un rápido proceso de investigación de antecedentes de esos dos pendejos que se la habían jugado en el baño días atrás.

Ingresó en forma ilegal a robar los expedientes de cada uno de ellos. Y lo que encontró lo dejó estupefacto. No le habían mentido, en cada expediente decía claramente que ambos eran casi genios y que tenían un intelecto al que él jamás accedería. Eso le dio más bronca y repulsión, por lo que se prometió hacerles la vida imposible siempre que pudiera.

Esta diferencia le dio una idea. Comenzó un plan llamado Exclusión, el cual tenía tres días para llevarlo a cabo, antes de que los pendejos de mierda esos volvieran del puto concurso al que habían ido.

Para lograr este tipo de violencia, tenía que convencer a uno o varios grupos de alumnos que decidieran hacerlos a un lado. Actuarían como si estas personas no existieran, haciendo que se aíslen. Luego, esperaría que dicho comportamiento se contagiara en todo el colegio, logrando su cometido.

La exclusión psicológica la logró instalando la mentira más imaginativa que se le había ocurrido. Y después decía que él era un burro. Pobre de él.—pensó.

Consistía en instalar en el pensamiento colectivo del colegio que ambos cerebritos decían que eran los más inteligentes de todos y que los demás eran unos brutos que no podían ni realizar una operación sencilla de sumatoria. Inclusive más que los profesores mismos. También había sumado a la mentira que los habían oido burlándose y cagándose de risa del resto del curso.

Cuando J.C. y Pedrito volvieron, no tardaron mucho tiempo en entender lo que pasaba. Y era justamente que Andrés había logrado su cometido. Había logrado excluirlos de la escuela, aunque estuvieran dentro de la misma.

10

Durante el resto del año, si bien padecieron muchos casos de abusos, tanto físicos como psicológicos, pudieron pasar los meses sin tanto sufrimiento. Mucho de eso se debía a que Pedrito había logrado convencer a J.C. de que le pagasen a Andrés la cuota de dinero exigida. Pedrito era de una familia acaudalada, por lo que no había inconvenientes en pagar por los dos. Había planeado una forma para que su madre le diera ese dinero sin levantar sospechas. Minimizar los riesgos eran sus prioridades y hacer eso era un valor adicional que servía mucho y mantenía contento a Andrés.

11

Durante las vacaciones de verano Andrés se fue de viaje con su tío y su padre, el cual había salido de la cárcel un mes antes de navidad, por un fallo judicial por mala pericia policíaca, con lo cual salió en libertad.

Fueron a una cabaña cerca de Bariloche, donde la mayoría del tiempo la pasó mal. Ambos parientes lo obligaban a hacer cosas que no quería. Y lo peor que le podría pasar a él, era que lo trataran como un siervo y un esclavo.

Creía que su padre, durante todo el tiempo que había pasado en prisión, había dejado la bebida. Se equivocó rotundamente. La junta con su tío intensificaba el fervor que ambos compartían por la misma, especialmente por el ron blanco, el cual siempre los dejaba liquidados.

Lo peor era el comportamiento post resaca. Eran insoportablemente mandones y vagos. Había que hacerles todo. Faltaría que les tenga que lavar los dientes o bañarlos y limpiarles las cagadas. Parecían ancianos inertes que necesitaban ayuda constante e incondicional.

Además, muchas veces traían chicas de los viajes de egresados, muchas veces menores de edad, y se enfiestaban con ellas ofreciéndoles sustancias prohibidas como pago o recompensa por tener sexo desenfrenado con ellos. Algunas veces, cuando estaban muy borrachos y el miembro no se les paraba, lo obligaban a él a cogerse a las pendejas y mientras lo hacía ellos observaban y se masturbaban como podían. La mayoría de las veces no acababan y algunas hasta se quedaban dormidos. Esas eran las mejores veces, ya que dejaba de lado a las chicas, les daba lo prometido y las enviaba de vuelta a sus hoteles.

Lo más dramático ocurrió una noche donde su padre fue a la casa de una señora mayor para pasar la noche. En esa oportunidad, su tío no obtuvo conquista alguna y por ende sólo se dedicó a la bebida, su gran amor.

Esa noche todo se volvió oscuro, se trastocó. Su tío volvió a la cabaña mucho más ebrio que de costumbre, y enfiló derechito a la cama donde descansaba Andrés. Se metió dentro de las frazadas y lo empezó a manosear por todas partes. En ese momento Andrés se despertó perplejo y aturdido. No entendía nada lo que le pasaba. Estaba entumecido y no se podía mover.

Como si no entendiera su reacción, y como si no reaccionara a los pensamientos e impulsos de su cerebro, tuvo una erección. Su tío, al darse cuenta de ello, sonrió. Luego, como si fuera la vez cien, le hizo el amor de forma suave y tierna. Acabaron juntos en una explosión de éxtasis. Andrés se sentía pleno y satisfecho, experimentando algo nuevo y hermoso. Pero eso acabó cuando una voz gruesa dijo...

—Si le contás lo sucedido a tu viejo te mato de un tiro en la cabeza.—te lo juro por mi vida.—aclaró su tío.

Los próximos días hasta que volvieron fueron un calvario. Le hicieron sufrir como nunca en su vida. Fue el primer momento en que se arrepentía de haberse puesto contento cuando su padre salió de la cárcel.

Los dos se encargaron de hacerle los días imposibles. Su tío mucho más. Esto provocó que su vuelta al colegio sea mucho peor. Necesitaba vengarse de su tío y de su padre, pero como no podía necesitaba otra víctima que lo ayudara a descargarse. Y por suerte para él, conocía a dos chicos que encajaban a la perfección.

12

Durante los siguientes meses de segundo año J.C. y Pedrito sufrieron muchos casos de abusos, acosos, actos intimidantes y crueles, por parte de Andrés y sus amigos agresores.

Les pusieron apodos por su apariencia física o su estado mental, llamándoles nerds, gordos fofos, chanchitos, mentirosos, bola ocho, y muchos otros apodos dolientes.

Una vez, al formar un grupo de trabajo para realizar una tarea diaria, todos sus compañeros los dejaron solos, sin incluirlos en los grupos formados por los demás alumnos. De ahí en más éste hecho se repitió siempre por lo que ellos optaron por formar un grupo de dos.

Muchas veces les escondieron la mochila con todas sus pertenencias, y a veces las encontraban llenas de agua o de basura. Incluso en una ocasión, Pedrito encontró en la suya una rata muerta. Esa noche le costó dormir.

Lo peor y más desagradable era cuando le sumergían las cabezas en el retrete del baño o cuando le rompían la ropa. Una vez los dejaron sólo con su ropa interior. Pudieron salir de la escuela sin que sus madres lo supieran gracias al señor que limpiaba el colegio, que los descubrió en ese estado dentro del baño, por lo que les dio ropa que en su momento alguien había olvidado en la escuela y que se amontonaba en los armarios de cosas perdidas.

También se comenzó a esparcir el rumor acerca de la actividad sexual de Pedrito, denigrándolo hasta lo más bajo que una persona puede caer.

13

Durante un día caluroso de fines de primavera, donde todos los chicos se reunían afuera de la escuela durante los descansos, J.C. decidió hacer lo mismo que sus compañeros.

El día era hermoso, los rayos solares brillaban y caían sobre los rostros y cuerpos que buscaban su calor, con el sólo propósito de lograr un bronceado aceptable. Algunas de las chicas incluso se animaban a quitarse la remera o camisa y quedarse con sólo el sujetador.

Debido a que Pedrito se había quedado en su casa por un caso de fiebre, J.C. estaba solo. Si bien el resto de sus compañeros habían comenzado a hablarle, todavía se sentía excluido de los grupos que se formaban, especialmente porque siempre había dentro de ellos, algún personaje que no tenía problemas en decir que no lo quería con ellos. A J.C. eso no le importaba, sabía que con el tiempo todo eso iba a ir desapareciendo, a no ser que alguno de los malditos hijos de puta que comenzaron los falsos rumores acrecienten su maldad y continúen tratando de lograr su objetivo en forma plena.

No podía entender como los alumnos comunes creían las mentiras de Andrés y sus secuaces. Quizá fuera por miedo. No lo sabía. Pero en realidad no le importaba. Su único objetivo real en estos momentos era terminar la secundaria y seguir adelante con su vida.

El señor Manson, dueño del almacén donde su familia realizaba la mayoría de las compras, le había recomendado un libro de autoayuda que hablaba sobre casos de bullying, y principalmente de cómo evitarlos. Hacía ya dos días que lo había sacado de la biblioteca, pero no había tenido tiempo de comenzar a leerlo, por lo que ese día era perfecto. Uno de los profesores no había ido a dar clases por problemas de salud y no se había llegado a tiempo de conseguir un reemplazante, por lo que tenía dos horas libres.

Salió del edificio principal de la escuela y se dirigió hacia el parque. Iba tan absorto pensando en el libro que nunca vio a Andrés y a sus compinches. Si hubiera visto el rostro del joven y la malicia que rebalsaban de las cuencas de sus ojos seguramente hubiera pegado media vuelta y se hubiera metido dentro de la escuela. Aunque era un resguardo importante, no significaba inmunidad. El primer caso del baño y las muchas otras veces que les hicieron cosas horribles lo demostraban.

Iba tan concentrado que se pegó un susto terrible cuando se llevó puesto por delante al cuerpo de Andrés. Él era gordito, pero tampoco lo era tanto, y su peso corporal tampoco era tan importante como para desplazar el cuerpo bien formado de Andrés. Ni siquiera lo movió.

—Perdón, no estaba viendo mientras caminaba.—comenzó a decir J.C. mientras alzaba la mirada para ver a quién se había llevado puesto.

Cuando la línea de su visual se topó con los ojos fríos y llenos de maldad de Andrés, se estremeció. Un frío instantáneo e inmenso le recorrió la espalda como si fuera una gota de sudor frío.

Aunque logró serenarse rápidamente, su miedo volvió de la misma manera, cuando Andrés lo agarró con sus dos manos del cuello de la chomba verde que llevaba puesta, y lo alzó un poco en el aire.

—¿Por qué carajo no miras donde caminas, nerd de mierda?— Le gritó de tal forma que todo el parque se enmudeció.—

—Eres una vergüenza para esta escuela, no entiendo como tu mamá no te regaló en adopción o te dejó tirado en algún basural.— continuó.

En ese momento, casi toda la multitud que estaba jugando y realizando otras actividades se congregó frente a la disputa iniciada. La naturaleza humana es principalmente curiosa y un hecho como el que estaba ocurriendo hacía que todas las personas quisieran saber que pasaba y ver como terminaba.

Si bien las personas presentes entendían la situación, separando las cosas entre el bien y el mal, sabían que no convenía meterse con Andrés, por lo que nadie se interpuso en la pelea, ni para separarlos ni evitar lo que sea que podría llegar a pasar.

Andrés, en su papel principal novelesco, siguió gritando y maldiciendo a J.C., diciéndole tantas groserías y puteadas que con el contenido de su vocabulario se podría hacer un libro pequeño de frases hirientes y malintencionadas.

Juan Cruz, en su estado de cagazo total, y ensordecido por los gritos, no se percató del artilugio que prepararon los amigos de Andrés. De igual manera, fue tan rápido lo ocurrido, que pensó que, aunque lo hubiera visto o incluso sospechado, le hubiera sido muy difícil escapar del mismo.

En un momento dado, Andrés, que todavía lo tenía agarrado de las solapas de la remera, lo empujó hacia atrás con fuerza, y debido a que había una persona detrás de J.C. puesto en cuatro patas, se cayó al suelo, donde previamente habían puesto casi cuatro kilos de mierda de perro que habían juntado para realizar la broma a J.C.

Todos los presentes comenzaron a reírse a todo pulmón. Era como un reflejo, donde uno mismo no tiene control, y su cuerpo se pone a reír a carcajadas, aun sabiendo que estaba mal hacerlo. Se rieron hasta que cada persona fue perdiendo sus fuerzas. Algunas hasta desprendieron lágrimas de llanto al hacer un esfuerzo sobre humano para no reír. Además, la risa era contagiosa, por lo que era aún más difícil intentar frenarla. Simplemente salían de sus bocas, aunque no quisieran.

14

Mientras J.C. era empujado hacia la mierda de perros, al caer vio un rostro entre la multitud que nunca había visto. Se enamoró instantáneamente de ese rostro al que describió como angelical. Su caída fue como en cámara súper lenta, devorando con sus ojos ese rostro tan lindo y precioso, que no le importó lo que le estaba sucediendo.

Cuando cayó abruptamente, lo primero que hizo fue dirigir la mirada hacia donde estaba la muchacha. La vio reírse, pero de una forma tímida y triste, como si ni siquiera se diera cuenta de lo que hacía. Ese fue el momento en que J.C. juró que iba a tratar con todas sus fuerzas y armas que Andrés no se metiera más con él. Necesitaba utilizar todo su tiempo libre en conquistar a aquella chica, y no perder el tiempo en esconderse y evitar que Andrés y sus amigos les hicieran las bromas y fechorías a las que casi ya se estaba acostumbrando.

15

Debido a que ya casi estaban terminando el año, J.C. no tuvo mucho tiempo para pretender conquistar a la chica de sus sueños. De igual manera, antes de intentar nada, tenía que averiguar todo lo posible. Él era tan meticuloso que no se atrevería a probar algo hasta tanto no sepa todo sobre ella. Quería conocer su pasado, su presente y hasta conocer sus anhelos, sus sueños y su ideal de futuro.

En esas vacaciones de verano, su amor ideal se fue a la casa de unos tíos, por lo que no tuvo más remedio que esperar. Durante ese lapso soñó con conquistarla y enamorarla. Violeta iba a ser su novia, y no importaba cómo ni cuándo. Lo iba a ser de una manera u otra.

16

El siguiente año empezó con el pie izquierdo. Andrés había duplicado sus esfuerzos por hacerles la vida imposible a J.C. y a Pedrito. Aunque parecía, y no sabía por qué, ese año había comenzado con más énfasis en maltratar a Pedrito que a él.

Andrés parecía dominado y poseído por algún ser sobrenatural de pura maldad. Hacía cosas nuevas que demostraban que su locura había aumentado enormemente. Realizaba robos dentro de la escuela, de todo tipo de cosas, elementos escolares, dinero, prendas, e inclusive, les robaba a los profesores. Una vez le robó al profesor de dibujo técnico las llaves de la moto, y se la llevó a dar vueltas por la ciudad, y luego la dejó tirada en un callejón interno, debido a que se había acabado el combustible.

También había empezado a realizar obras de vandalismo, a romper los vidrios de las ventanas, los bancos y mesas, incluso hasta rompió la cabeza de la estatua de Sarmiento que estaba en uno de los patios de la escuela. Ni hablar de los miles de grafitis escritos y dibujados en todos los muros de la escuela. Había en interiores como exteriores, de una agresividad inusitadamente alta, tanto a profesores como a alumnos.

Una vez, hasta amenazó a una alumna con un cuchillo que había traído de su casa, con la intención de que ella le chupe la verga. Aunque éste hecho era un rumor, los que lo conocían creían que era verdad.

Al pobre de Pedrito le hacía la vida imposible. Casi la mayoría de las cosas se las hacía a él, salvo cuando estaban juntos. Ahí la ligaban juntos.

Estos sucesos habían producido un cambio en la actitud de Pedrito. Se lo veía cambiado. Más temeroso, más retraído. Ya casi no hablaba. Y cuando estaban juntos hablaba todavía menos. J.C. no entendía por qué, pero respetaba a Pedrito y decidió que cuando el tiempo lo disponga se aclararía todo.

17

Al pasar unos tres meses, Pedrito estaba más retraído que nunca. Ya ni siquiera comían juntos. Tampoco realizaban muchas cosas en forma conjunta. Se habían separado, y aunque seguían siendo amigos, ya no tenían la relación de antes.

Mucha culpa de eso también se debía a la actitud de Juan Cruz, ya que dedicaba su tiempo en conquistar a Violeta, y aunque ella no le daba importancia, la acosaba cada vez más seguido. Le enviaba flores, cartas de amor, regalos, la esperaba a la salida de la escuela y muchas otras cosas más. Sin éxito.

Un día martes, J.C. se dirigía al comedor de la escuela para comer un pequeño tentempié mientras repasaba unos resúmenes para el próximo examen que tenía. Caminaba plácidamente por el pasillo principal de la sala, donde hacia ambos lados se llenaba de alumnos sentados en las sillas, comiendo, charlando y descansando. Esta vez estaba demasiado lleno el lugar y creía que le iba a ser difícil sentarse, más aún debido a que todavía había cierta exclusión para con él.

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