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Chris Colfer Un cuento de brujas
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Chris Colfer Un cuento de brujas

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–¡Nos encantaría revisar el correo, si quieres! –le dijo Tangerina.

–¡A veces la gente envía regalos! –agregó Cielene.

Lucy se cruzó de brazos y les lanzó una mirada furiosa.

–¿Nos pueden dejar solas? –les preguntó–. Brystal y yo estábamos en medio de una conversación antes de que nos interrumpieran.

–De hecho, ya me iba –aclaró Brystal–. Siéntanse libres de mirar el correo y quedarse con cualquier regalo que encuentren.

Tangerina y Cielene se sentaron en el sofá de cristal y hurgaron entre todo el correo con mucho entusiasmo. Pero, una vez más, antes de que Brystal llegara a la puerta, apareció otra invitada. Emerelda entró a la oficina con un paso firme, mientras escribía en un anotador de esmeraldas.

–Brystal, ¿tienes un minuto? –le preguntó Emerelda–. Estaba repasando nuestros horarios para la próxima semana y tengo algunas preguntas. Estoy intentando ordenar los detalles para que no haya sorpresas. No permitiré que ningún otro miembro de la realeza se aproveche de nosotras otra vez. Si lo hacen una vez, su culpa. Si lo hacen dos veces, mi culpa.

–Honestamente, Em, no es un buen momento.

–No te preocupes, no me tomará mucho –dijo Emerelda y repasó sus notas–. La Reina Endustria quisiera nombrar a un barco con tu nombre durante nuestra visita al Reino del Este la próxima semana. Le dije que depende de qué tipo de barco sea. No quiero que nadie use al Hada Madrina para cazar ballenas.

–Bien pensado –indicó Brystal, acercándose lentamente hacia la puerta–. Estoy de acuerdo, depende del tipo de barco.

–Ahora bien, próximo asunto. El Rey White quiere ponerle tu nombre a un feriado –continuó Emerelda–. Quieren conmemorar el día que pusiste a la Reina de las Nieves en reclusión. No veo un problema con esto siempre y cuando nosotras elijamos el nombre del feriado. Deberíamos ver qué tipo de festividades se llevarán a cabo ese día. No queremos que la gente juegue a ponerle la varita al hada para celebrarte.

–Suena bien –dijo Brystal–. ¿Eso es todo?

–No, todavía no –respondió Emerelda–. El Rey Champion XIV quiere levantar una estatua en tu honor en la plaza central de Colinas Carruaje. Si estás cómoda con esto, sugiero que nosotras elijamos al escultor. Lo último que queremos es algo abstracto que traume a los niños.

–Dile al rey que yo misma le escribiré sobre ese asunto –dijo Brystal, empujando la puerta–. Ahora, si me disculpas, voy a tomar un poco de aire fresco.

–¡Brystal! –reclamó Lucy–. ¿De verdad te marcharás antes de que terminemos de hablar?

–¡Brystal! –gritó Tangerina–. ¡Alguien del Reino del Norte te envió el brazalete más hermoso que jamás vi! ¡Y me queda muy bien!

–¡Brystal! –la llamó Cielene–. ¡Alguien del Reino del Sur te envió una oruga muerta! Ah, espera, la carta dice que se suponía que debía ser una mariposa hermosa cuando la abrieras. Bueno, qué lástima.

Cuando Brystal abrió la puerta, una anciana alegre entró a la oficina. Tenía cabello violeta, un delantal púrpura y estaba muy contenta de ver a Brystal, pero Brystal estaba agotada de tener que lidiar con otra visita.

–Oh, ¡qué bueno que estás aquí! –dijo la anciana–. Eres muy difícil de encontrar. ¡O estás muy ocupada o eres muy buena evitándome! ¡JA-JA!

–Hola, señora Vee –saludó Brystal–. ¿Qué puedo hacer por usted?

–Me preguntaba si ya tomaste una decisión sobre el pedido que te envié –le dijo la señora Vee.

–Ehm… sí, claro que sí –le contestó Brystal–. ¿Me puede recordar cuál era el pedido?

–Quiero derribar una pared y expandir la cocina –le contestó la señora Vee–. Tenemos muchas más bocas que alimentar. ¡Una imagen puede valer más que mil palabras, pero un solo horno no puede cocinar para mil personas! ¡JA-JA!

–Claro que puede expandir su cocina, señora Vee –le contestó Brystal–. Mis disculpas por no responderle antes. El consejo ha estado muy ocupado.

Mientras Brystal pasaba junto a la señora Vee, Amarello apareció corriendo y le bloqueó la salida.

–¡Brystal! ¡Vengo de la sala suroeste de la academia! –anunció respirando con dificultad.

–¿Qué? ¿Qué pasó? –le preguntó.

–¡Un hechizo salió muy mal durante las lecciones de esta tarde! –le avisó Amarello–. ¡Todas las hadas del quinto piso se encogieron y ahora son diminutas!

–¿Y me necesitan para cambiar eso?

–De hecho, quieren tu permiso para permanecer pequeñas. Supuestamente, notaron los beneficios de las reducciones, pero no entiendo qué le ven de bueno. De todas formas, quieren una respuesta antes de que les suba el ánimo…. ¿O baje, quizás?

Brystal se quejó y puso los ojos en blanco.

–¡Claro! ¡Lo que quieran! ¡No me importa!

Brystal empujó a Amarello y avanzó por el corredor. Estaba acostumbrada a tomar decisiones y encontrar soluciones, pero hoy se sentía como si se estuviera ahogando en los pedidos y preguntas.

Es demasiado…

Son demasiadas decisiones…

No deberías cargar sola con todo esto.

Por primera vez, Brystal estaba de acuerdo con los pensamientos extraños. Lo único que quería era tener un momento a solas. Lo único que necesitaba era un momento de silencio, pero eso parecía imposible.

Tus amigos nunca sabrán lo que sientes…

Estallarían con tanta presión…

Quedarían aplastadas por las responsabilidades.

Los pensamientos le aceleraron el corazón más y más. Si no se alejaba del resto, temía explotar. Desafortunadamente, cuando Brystal avanzó por el corredor, sus amigos la siguieron.

–¡Brystal! ¿Te gustaría enviar una nota de agradecimiento por mi brazalete?

–¡Brystal! El Rey Champion necesita una respuesta para mañana.

–¡Brystal! ¿Las hadas pequeñas deberían preocuparse de los grifos?

–¡Brystal! ¿Conoces algún hada con una especialidad para las renovaciones? ¡JA-JA!

–¡Brystal! ¿Deberíamos hacerle un funeral a la oruga?

–¡Brystal! ¿Cuándo vamos a terminar nuestra conversación?

–¡CIERREN LA BOCA!

Su crisis nerviosa desconcertó a las hadas, pero ninguna parecía tan sorprendida como Brystal misma. Se sentía avergonzada de haberles levantado la voz, pero por primera vez en todo el día, finalmente tenía silencio, dentro y fuera de su cabeza.

–Yo… yo… yo… lo siento –les dijo–. No quería gritarles… Es solo que fue un día muy largo y quiero estar sola… Por favor, déjenme sola…

Brystal se marchó por el corredor antes de que sus amigos pudieran responder. Las hadas respetaron su pedido y no la persiguieron.

–¿Qué le pasa? –le susurró Tangerina al resto.

Lucy observó a Brystal con determinación.

–No tengo idea –le respondió con otro susurro–. Pero lo voy a descubrir.


Brystal tomó una larga caminata para aclarar su cabeza y, por suerte, los pensamientos desagradables no la siguieron. Estaba desesperada por encontrar cómo y por qué escuchaba esas cosas, pero desafortunadamente, la paz y la tranquilidad no le dieron ninguna respuesta. Los pensamientos la dejaban peor cada vez que ocurrían y, cuanto más intentaba comprenderlos, más frustrada se sentía.

Caminó por el Territorio de las Hadas, con la esperanza de que el lugar pintoresco la hiciera sentir mejor. Mientras caminaba, Brystal se concentró en todas las cosas positivas que tenía a su alrededor y se recordó a sí misma todas las razones por las que debía ser feliz.

Durante el último año, la ahora Academia de Magia “Celeste Weatherberry” había cambiado tanto que era irreconocible. El castillo se había expandido casi diez veces su tamaño original para albergar a todas las hadas que se habían mudado allí. Sus torres radiantes se elevaban treinta pisos y sus paredes doradas cubrían una extensión de diez acres. Y cada vez que llegaba una nueva hada, el castillo se volvía más grande.

Los unicornios, grifos y las pequeñas hadas aladas ya no eran especies en peligro y deambulaban por la propiedad con sus rebaños y grupos llenos de salud. Los animales ayudaban a fertilizar la tierra, lo que permitía que crecieran flores más coloridas y árboles más verdes que antes.

Mirara donde mirara, Brystal veía hadas practicando su magia y enseñándole a otras a desarrollar sus habilidades. Las hadas saludaban a Brystal y le hacían leves reverencias cuando pasaban a su lado, y ella podía sentir la gratitud que irradiaba de sus corazones. Gracias a ella, la pequeña academia de Madame Weatherberry había transformado el Territorio de las Hadas y por primera vez en la historia, la comunidad mágica tenía un lugar seguro para vivir en paz y prosperar.

Todas las hadas sabían que Brystal era la responsable de su felicidad, pero, más allá de la alegría que creaba para el resto, ella no parecía guardar nada para sí misma.

Al atardecer, Brystal bajó por el acantilado hacia la playa de la academia. Se sentó sobre una banca de rocas y observó la puesta de sol. El cielo estaba cubierto por nubes rosadas y el océano brillaba a medida que el sol se hundía en el horizonte. Era una vista asombrosa, uno de los atardeceres más espectaculares que Brystal jamás había visto en el Territorio de las Hadas, pero ni siquiera eso le levantó el ánimo.

–Solo tienes que ser feliz… –se dijo Brystal a sí misma–. Ser feliz… ser feliz… ser feliz…

Lamentablemente, sin importar cuántas veces se lo repitiera, su corazón no parecía escucharla.

–¿Con quién hablas?

Brystal giró sobre su hombro y vio a una niña de ocho años detrás de ella. La niña tenía ojos castaños y estaba despeinada, y llevaba una ropa elástica que había hecho con sabia de árbol. Si bien había crecido un poco en el último año, para Brystal siempre sería la pequeña niña que conoció en el Correccional Atabotas.

–Hola, Pip –le dijo Brystal–. Lamento mucho que me hayas encontrado hablando sola.

–No te preocupes. Algunas de mis mejores conversaciones las tengo conmigo misma. ¿Quieres que te haga compañía?

Más compañía era lo último que Brystal quería, pero como estar sola no la había ayudado como esperaba, le vendría bien una distracción. Le dio una palmada a la banca de rocas y Pip se sentó a su lado.

–¿Cómo vienes con tus clases? –le preguntó Brystal.

–Bien –le contestó Pip–. Ya completé las de mejoras, rehabilitación y manifestación. Mañana empezaré a trabajar en imaginación.

–Eso es grandioso. ¿Estuviste trabajando en tu especialidad también?

–¡Sí! ¡Mira esto!

Pip tomó un anillo de su bolsillo y le mostró a Brystal cómo podía apretujar su brazo entero para pasarlo a través de este, como si su extremidad estuviera hecha de arcilla.

–Muy impresionante –la animó Brystal.

–Ayer metí mi cuerpo entero en un envase de pepinillos –le contó Pip–. Desafortunadamente, me quedé atrapada allí por tres horas. Meterse en las cosas es mucho más fácil que salir, pero supongo que así es la vida.

–Desearía haber estado allí para ayudarte. El Consejo de las Hadas ha estado tan ocupado que apenas tengo tiempo para mí.

–Todos están hablando de su visita al Reino del Oeste. Oí que fue todo un éxito.

–Fue demasiado memorable para mi agrado pero ayudamos a mucha gente y los hicimos muy felices en el proceso. Supongo que eso es todo lo que importa.

–Pero no luces muy feliz –notó Pip–. ¿Hay algo que te molesta?

Brystal miró hacia la puesta de sol y suspiró, no tenía fuerzas para seguir ocultándolo.

–La felicidad me está costando mucho en este momento –confesó–. No lo entiendas mal, quiero estar feliz. Hay tantas cosas por las cuales estar agradecidas, pero por alguna razón, no puedo evitar tener pensamientos negativos sobre todo lo que me rodea. Siento que estoy atrapada en mi propio envase de pepinillos.

–¿Estás segura de que estás siendo negativa? –le preguntó Pip–. Por mi experiencia, hay una línea muy delgada entre ser negativa y simplemente realista. Cuando vivía en el Correccional Atabotas, había días en los que me levantaba pensando, Guau, voy a estar aquí para siempre; y otros en los que me despertaba pensando, Maldición, voy a estar aquí para siempre. Pero eran puntos de vista completamente diferentes.

–No, yo definitivamente estoy siendo negativa –dijo Brystal–. Mis pensamientos me ponen de un humor horrible y hacen que me preocupe y me sienta paranoica. Dios, desearía que Madame Weatherberry aún estuviera aquí, ella sabría exactamente cómo ayudarme.

–Y si estuviera aquí, ¿qué te diría? –le preguntó Pip.

Brystal cerró los ojos e imaginó a Madame Weatherberry sentada a su lado. Esbozó una sonrisa triste cuando recordó los ojos violetas de su mentora y el tacto suave de sus manos enguantadas.

–Probablemente me alentaría a llegar al fondo del problema –respondió Brystal–. Honestamente, creo que ser el Hada Madrina me está agotando. Sabía que sería mucha responsabilidad, pero todo eso vino con un componente emocional que nunca esperé.

–¿En serio? –le preguntó Pip–. ¿Cómo es eso?

Brystal se quedó en silencio mientras pensaba una respuesta. Le resultaba tan difícil explicarse a sí misma lo que sentía, que era mucho más complicado explicárselo a otra persona.

–El mundo me conoce y me adora por una cualidad que solía ocultar y odiar de mí. Y si bien sé que no tengo nada que temer ni sentirme avergonzada, muy en lo profundo, aún cargo con ese miedo y vergüenza. En algún momento, me ocupé tanto de cambiar al mundo que me olvidé de cambiarme a mí. Y ahora creo que estas emociones viejas están empezando a jugar con mi mente.

Este nuevo descubrimiento no resolvió sus problemas, pero la hizo sentir un poco mejor. Pip miró hacia el océano con una expresión sombría, como si ella supiera exactamente lo que Brystal estaba diciendo.

–Creo que te entiendo –le dijo–. Cuando estaba en el Correccional Atabotas, nunca sentí que perteneciera a ese lugar. Es decir, habría sido raro si pensaba eso. Pero si bien ahora vivo en el Territorio de las Hadas, el vacío sigue conmigo. Como nadie me enseñó a pertenecer a ningún lugar, simplemente me siento vacía en cada lugar al que voy. Supongo que yo también cargo con esas emociones viejas.

Brystal sentía lástima por Pip y deseaba sentirse mejor para ayudarla.

–Quizás pertenecer no se puede enseñar –reflexionó–. Quizás solo sea algo que debamos practicar.

Pip asintió.

–Quizás la felicidad también –le dijo.

Las niñas intercambiaron sonrisas algo desanimadas y admiraron el atardecer en silencio. La tranquilidad solo fue interrumpida cuando oyeron un susurro.

¡Ah, mira! ¡Allí está!

¡Shh! ¡No hagas movimientos bruscos!

Brystal volteó y vio a Tangerina y Cielene en la playa detrás de ella.

–Está bien. No les voy a gritar.

–Lo siento, sabíamos que querías estar sola –se disculpó Tangerina.

–Es solo… ehm… hay algo que vino en el correo que deberías ver –le dijo Cielene.

–¿De quién es? –preguntó Brystal.

Tangerina y Cielene se miraron preocupadas.

–De tu familia –respondieron.

De pronto, Brystal sintió un nudo en el estómago. No había hablado con ningún miembro de su familia desde hacía un año. Debía ser importante si la estaban buscando. Brystal se puso de pie y Tangerina le entregó un sobre cuadrado. A diferencia de las otras cartas, este sobre estaba dirigido a Brystal Evergreen, en lugar de al Hada Madrina, y la dirección de su familia figuraba en el remitente. Brystal abrió el sobre y se encontró con una tarjeta gruesa con unas letras pomposas:


–Oh, por Dios –exclamó Brystal.

–¿Qué ocurre? –preguntó Tangerina casi sin aliento.

–¡Mi hermano se va a casar!

–¡Oh, gracias a Dios! –dijo Cielene–. ¡Tenía miedo de que se hubiera muerto alguien!

Brystal no sabía qué era más increíble: la idea de que Barrie se estuviera por casar o el hecho de que la invitaran a ella a la boda.

–Felicitaciones –le dijo Pip–. Eso debería hacerte feliz.

Brystal estaba de acuerdo, pero más allá de las buenas noticias, se sentía igual de melancólica que antes.

–Tienes razón –le respondió Brystal–. Debería hacerme feliz… Debería

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