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Chris Colfer Un cuento de brujas
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–¡Lucy! –dijo Brystal, boquiabierta–. ¿Qué has hecho…?
–¡CORRAN POR SUS VIDAS! –gritó el Rey Belicton.
Fuerte Longsworth quedó consumido por el pánico. Los ciudadanos se empujaron y corrieron de un lado a otro mientras intentaban abandonar la ciudad, pero estaba tan repleta de gente que no tenían ningún lugar a dónde ir. Con la ola inmensa a solo unos pocos metros de las víctimas, Brystal entró en acción. Una ráfaga de viento con la fuerza de cien huracanes brotó de la punta de su varita y bloqueó la ola como un escudo invisible. Brystal tuvo que usar toda su fuerza para mantener su varita firme y logró detener la mayor parte del agua, pero no podía hacerlo sola.
–¡Amarello! ¡Emerelda! –gritó Brystal hacia atrás–. ¡Ustedes dos detengan el agua que se escapa por los bordes de mi escudo! ¡Cielene, asegúrate que el agua no rebalse por arriba! ¡Tangerina, ayuda a las personas a ponerse a salvo!
–¿Qué hay de mí? –preguntó Lucy–. ¿Qué hago?
Brystal la miró furiosa.
–Nada –respondió–. ¡Tú ya has hecho suficiente!
Lucy observó la escena desconsolada mientras el resto del Consejo de las Hadas seguía las órdenes de Brystal. Amarello corrió hacia la izquierda de Brystal y lanzó una pared de fuego hacia el muro de agua, la cual se evaporó y desapareció. Emerelda creó una pared de esmeraldas para bloquearla en el lado derecho, pero la ola era tan poderosa que la derribó, obligándola a construirla una y otra vez. Cielene movió la mano en un círculo grande y toda el agua que había rebalsado por el borde del escudo de Brystal regresó al Gran Lago del Oeste. Mientras sus amigos bloqueaban el agua, Tangerina envió sus abejas hacia la multitud frenética y el enjambre levantó a los niños y ancianos antes de que quedaran atrapados en una estampida.
Si bien el Consejo de las Hadas levantó una barrera rápida y efectiva, Lucy sabía que sus amigos no podrían bloquear el agua para siempre. Ignoró las instrucciones de Brystal y pensó en un plan para ayudarlos. Lucy llamó a sus gansos y la bandada se deslizó hacia abajo y la levantó del suelo.
–¡Llévenme hacia la colina que está junto al lago! –les dijo–. ¡Y que sea rápido!
Los gansos la llevaron hacia la colina lo más rápido que pudieron. La soltaron sobre la ladera de la colina y, una vez más, Lucy aterrizó sentada con un golpe seco, pum. Pero no tenía tiempo para regañar a las aves. Desde la colina, Lucy tenía una vista perfecta del Consejo de las Hadas mientras luchaba contra la ola monstruosa. Podía notar que sus amigos se estaban cansando, pero el agua estaba cada vez más cerca de la ciudad.
–Espero que funcione –rogó Lucy.
Conjuró toda la magia en su cuerpo y golpeó el suelo con su puño. De pronto, cientos de pianos aparecieron de la nada y rodaron por la colina, provocando una conmoción estruendosa y, por qué no, musical. Todos los ciudadanos asustados se quedaron mirando la avalancha extraña, atónitos. Los pianos se estrellaron contra el suelo y se amontonaron entre el Consejo de las Hadas y la ola enorme. Los instrumentos no dejaban de caer y, pronto, la pila superó a las hadas en altura. En pocos momentos, se creó una nueva represa y Fuerte Longsworth quedó a salvo gracias a una barrera de pianos rotos.
Fueron los cinco minutos más estresantes y caóticos de toda la historia del Reino del Oeste, pero los ciudadanos también acababan de presenciar una de las cosas más espectaculares de sus vidas. Aplaudieron y alentaron con tanta energía que se llegó a sentir en los reinos vecinos.
Lucy bajó de la colina para ver cómo estaban sus amigos. Las hadas estaban tan furiosas que ninguna la pudo mirar a los ojos.
–Bueno, eso fue inesperado –dijo Lucy con una risa nerviosa–. ¿Están bien?
–¡Eres una pesadilla andante! –le gritó Cielene.
–¿Qué rayos estabas pensando? –le preguntó Tangerina.
–¡Podrías habernos matado a todos! –exclamó Emerelda.
–¡Y destruido a toda una ciudad! –continuó Amarello.
Lucy se encogió de hombros inocentemente.
–Oigan, al menos no me ahogué en un vaso de agua –rio–. ¿Lo entienden? ¿Eh?
Brystal dejó salir un suspiro largo y agotado para asegurarse de dejar su ira perfectamente clara. Lucy estaba acostumbrada a enfurecer al resto, pero no podía recordar la última vez que había decepcionado tanto a Brystal. Bajó la cabeza, avergonzada, y mantuvo las manos en sus bolsillos por el resto de la visita.
–Hablaremos luego –le dijo Brystal a las hadas–. Ahora mismo debemos disculparnos por el comportamiento de Lucy ¡y marcharnos antes de perder la confianza de la humanidad para siempre!
El Consejo de las Hadas siguió a Brystal de regreso al escenario, pero de inmediato comprendieron que no era necesario disculparse. Los ciudadanos estaban tan maravillados por la magia que nunca dejaron de festejar. El Rey Belicton regresó al escenario y les estrechó las manos a las hadas profusamente. Incluso él parecía estar encantado con los eventos del día.
Mientras las hadas estaban ocupadas con los elogios interminables, un grupo de personas enganchó cuatro ruedas y ataron a seis caballos al escenario. El escenario empezó a avanzar, inesperadamente, por las calles de Fuerte Longsworth como una carroza inmensa.
–¿Qué está pasando? –preguntó Amarello.
–¿Qué? Es hora del desfile, claro –le contestó el Rey Belicton.
–¡Nunca mencionó nada de un desfile! –se quejó Emerelda.
–Ah, ¿no? –le contestó el Rey Belicton, haciéndose el distraído–. Es una tradición del Reino del Oeste darles a nuestros invitados de honor un desfile por la capital.
Emerelda gruñó y resopló.
–¡Está bien, eso es todo! –exclamó–. Ya tuvimos que soportar una audiencia inesperada, fuimos lo suficientemente buenos como para aceptar su premio, pero definitivamente no participaremos de este estúpido…
–Em, solo déjalo hacer el desfile –intervino Tangerina–. Nos lo merecemos.
–Es lo menos que podemos hacer luego de que Lucy casi destruyera toda su ciudad –agregó Cielene.
Emerelda no estaba contenta, pero sus amigas tenían razón, ya habían tenido suficientes conflictos por un día. Miró al Rey Belicton y le levantó un dedo a la cara.
–Recibirá una carta de mi oficina mañana por la mañana –dijo–. Y le advierto que tendrá palabras fuertes.
El Consejo de las Hadas desfiló por cada calle de Fuerte Longsworth y, si bien la experiencia duró más de lo anticipado, las hadas terminaron disfrutándolo. Los ciudadanos estaban totalmente entusiasmados y su felicidad era contagiosa. Las hadas sonrieron, rieron y, ocasionalmente, se sonrojaron ante las muestras excéntricas de afecto.
–¡Te amo, Hada Madrina!
–¡Quiero ser como tú cuando sea grande!
–¡Te ves fabulosa hoy, Hada Madrina!
–¡Eres mi heroína!
–¡Cásate conmigo, Hada Madrina!
Brystal sonrió y saludó tanto como el resto de las hadas, pero por dentro, no estaba tan alegre como sus amigos. De hecho, estar cerca de los ciudadanos la hacía sentir más incómoda que antes. Estaba desesperada porque el desfile terminara así podría alejarse de todas las sonrisas, pero aun así, no podía explicar por qué sentía eso.
Puede que el desfile haya sido inesperado, pero también fue un acontecimiento muy importante para las hadas. La multitud jovial era prueba de que el Consejo de las Hadas había cambiado al mundo: ¡la comunidad mágica finalmente era aceptada y estaba a salvo de la persecución! No tenía sentido que Brystal se sintiera de otra forma que no fuera triunfante, pero por alguna razón, su corazón no se lo permitía.
Porque nada de esto es real…
La voz apareció de la nada y la desconcertó. Miró alrededor del escenario viajero, pero no encontró a quién había hablado.
Muy en el fondo, sabes que no durará…
Era suave como un susurro, pero a pesar de la conmoción del desfile, la voz sonaba clara como el agua. No importaba hacia dónde giraba o dónde se paraba, era como si alguien le estuviera hablando directo a sus dos oídos a la vez. Y quien quiera que fuera, sonaba muy familiar.
Su afecto…
Su entusiasmo…
Su alegría…
Solo es temporal.
Brystal dejó de intentar encontrar la voz y se concentró en lo que estaba diciendo. ¿Acaso el afecto de la humanidad era tan inestable como sugería la voz? Lo que opinaba la gente sobre la magia había cambiado muy rápido, ¿era posible que volviera a suceder lo mismo? O peor aún, ¿era inevitable?
Hace no mucho tiempo, la gente que celebra tu desfile habría celebrado con la misma intensidad tu ejecución…
Me pregunto cuántas hadas fueron arrastradas por estas mismas calles antes de ser quemadas en la hoguera…
Me pregunto cuántas otras fueron ahogadas en el lago del que acabas de salvar a la ciudad.
La voz hacía que Brystal se sintiera insegura. Mientras miraba a la multitud, vio a los ciudadanos con otros ojos. Había algo siniestro detrás de sus sonrisas y algo primitivo sobre sus alabanzas interminables. Ya no se sentía una apreciada entre admiradores: era solo un trozo de carne entre depredadores. Pero esta no era una epifanía nueva. Esta era la razón por la que Brystal se había sentido incómoda desde el momento de su llegada, solo que no había podido descifrarlo hasta ahora.
La humanidad puede haberse olvidado de los horrores de la historia, pero Brystal nunca olvidaría lo que ellos le habían hecho a las brujas y hadas como ella en el pasado. Y nunca los perdonaría.
Ellos pueden celebrarte hoy…
Pero eventualmente, se cansarán de hacerlo…
La humanidad te odia a ti y a tus amigos, tanto como antes.
De pronto, Brystal descubrió por qué la voz le sonaba tan familiar. No era nadie que estuviera cerca, sino que provenía de su propia cabeza. Ella no estaba oyendo voces, esos eran sus pensamientos.
La historia siempre se repite…
El péndulo siempre se mueve…
Siempre…
Y será mejor que te prepares.
El pensamiento oscuro se desvaneció como si acabaran de activar un interruptor, pero Brystal no sabía dónde estaba ni qué era ese interruptor. La sensación era distinta a cualquier otra cosa que jamás había experimentado. No era ajena a tener ideas peculiares y emociones inquietantes, pero esto parecía ser algo completamente aleatorio y fuera de su control.
Estos pensamientos tenían mente propia.

CAPÍTULO DOS

FELICIDAD
Luego de un día largo de multitudes enérgicas, caridad mágica y desastres no tan naturales, Brystal ansiaba tener una noche tranquila a solas. Desafortunadamente, apenas el Consejo de las Hadas regresó a la Academia de Magia, comprendió que la soledad no estaba disponible para ella en ese momento.
–Brystal, ¿podemos hablar de lo que ocurrió? –le preguntó lucy–. No me has dicho nada desde que nos marchamos del Reino del Oeste.
Con total sinceridad, Brystal sí estaba furiosa con ella, pero el comportamiento de Lucy en la Represa del Oeste no era la razón de su silencio. No podía quitarse de la cabeza los pensamientos extraños que la habían consumido durante el desfile. Cuanto más pensaba en la experiencia, más confusos e inquietantes se tornaban. Esperaba que un descanso breve la ayudara a encontrar una explicación, pero Lucy no parecía estar dispuesta a darle privacidad.
–¡Vaaamooos, Brystal! –se quejó Lucy–. ¿Cuántas veces quieres que te pida perdón?
–Hasta que te crea –le contestó.
Brystal avanzó por la escalinata del frente de la academia y subió por la escalera flotante en el vestíbulo de entrada, pero Lucy insistía.
–Una vez más, me disculpo sinceramente por mi comportamiento de hoy –le dijo Lucy, haciendo una reverencia dramática–. Lo que hice fue infantil, imprudente y completamente peligroso… peeeerooo, tienes que admitir que funcionó.
–¿Funcionó? –le preguntó Brystal, sorprendida por la elección de palabras de Lucy–. ¡No puedes estar hablando en serio!
–¡Claro que sí! ¡La multitud lo amó! –dijo Lucy–. ¡Les dimos un espectáculo que nunca olvidarán y una razón para amar a la magia por siempre!
–¡Casi nos matas y destruyes una ciudad entera!
–¡Sí, pero luego los salvé!
–¡Por una situación que tú causaste! ¡Eso no te convierte en una heroína!
–Ya te lo dije, nunca quise destruir la represa. Honestamente, no sabía qué haría mi magia, solo quería darle un espectáculo al Reino del Oeste. Si solo me hubieras escuchado, ¡nada de esto hubiera ocurrido!
Eso enfureció aún más a Brystal. Se detuvo a mitad de los escalones flotantes y volteó hacia Lucy con una mirada furiosa.
–¡No me eches la culpa a mí! –le dijo Brystal–. ¡Tú pusiste a miles de personas en peligro! ¡Tú casi destruyes una de las ciudades más grandes del mundo! ¡Tú casi arruinas la relación de la comunidad mágica con la humanidad! Y hasta que entiendas eso, lo siento, Lucy, ¡pero quedas fuera del Consejo de las Hadas!
Lucy estaba tan sorprendida que su mandíbula parecía estar a punto de caerse al suelo.
–¡¿Qué?! ¡No puedes echarme del Consejo de las Hadas!
Brystal tampoco estaba segura de poder hacerlo. Hasta ahora, el consejo nunca había necesitado un protocolo para el mal comportamiento.
–Bueno… acabo de hacerlo –contestó Brystal, asintiendo con confianza–. Desde este instante, pierdes todos tus privilegios del consejo hasta que madures lo suficiente para ser responsable por tus acciones. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer.
Brystal dejó a Lucy en estado de shock en los escalones flotantes y se marchó hacia su oficina en el primer piso. Cruzó la pesada doble puerta y suspiró aliviada cuando encontró la habitación vacía.
La oficina era una habitación circular y espaciosa con estantes de libros, gabinetes de pociones y muebles de cristal. Tenía ventanas que llegaban al techo y le ofrecían una vista imponente del terreno de la academia y del océano deslumbrante a lo lejos. Algunas nubes blancas y mullidas se movían suavemente por lo alto del techo, mientras numerosas burbujas brotaban de la chimenea y flotaban por el aire.
La habitación estaba repleta de objetos únicos que Brystal y su predecesora, Madame Weatherberry, habían coleccionado durante los años. En la pared de la chimenea había una réplica inmensa del Mapa de Magia. Estaba lleno de miles de luces brillantes, una para cada bruja o hada que vivía sobre la tierra. Las luces mostraban su ubicación a lo largo de los cuatro reinos y los seis territorios.
Al fondo de la oficina, junto al escritorio de cristal de Brystal, había una esfera muy especial que le permitía ver cómo se veía el mundo desde el espacio. De este modo, Brystal podía monitorear huracanes que surcaban los mares y tormentas que golpeaban la tierra, pero lo más importante de todo era que podía usar este globo terráqueo para vigilar las luces que destellaban sobre las Montañas del Norte.
–Gracias a Dios –se susurró a sí misma–. Todavía estás ahí.
Brystal se sintió aliviada de ver que las luces del norte no se habían movido durante su ausencia. Nunca le contó a nadie por qué esas luces eran tan importantes, pero la verdad era que nadie notaba la frecuencia con la que las revisaba a lo largo del día. Era lo primero que hacía en la mañana y lo último que hacía a la noche, y durante los días en los que el Consejo de las Hadas debía viajar, siempre lo inspeccionaba antes y después de sus viajes.
Las luces significaban que Brystal podía quedarse tranquila, al menos, por una cosa. El día parecía estar lleno de preocupaciones y ni siquiera había terminado.
–¡Estás cometiendo un grave error! –declaró Lucy cuando entró a la oficina por la fuerza.
Durante una fracción de segundo, Brystal se vio tentada de quitarle la magia, pero entendió que no serviría de nada.
–¿Y por qué?
–¡Porque echar a un miembro de la banda siempre termina en desastre! –le explicó Lucy–. ¡Eso mismo ocurrió con los Tenores Globin! Hace unos años, uno de los goblins fue expulsado del grupo por comerse a sus seguidores. ¡Pero la decisión produjo el efecto indeseado! ¡Sin el cuarto miembro de la banda, la gente sintió que les faltaba algo a sus espectáculos y todos dejaron de ir a verlos en vivo!
–¡O quizás dejaron de ir porque se comían a las personas!
Lucy se detuvo por un momento (nunca lo había pensado de esa forma), pero con un gesto rápido de su mano hizo a un lado el comentario y siguió con su punto.
–Mira, entiendo que lo arruiné y merezco un castigo, pero no deberías poner al Consejo de las Hadas en riesgo solo para enseñarme una lección. Todo el mundo sabe que somos seis… ¡y eso es lo que la gente quiere ver! Si empiezan a aparecer solo cinco a nuestros eventos, la gente se sentirá decepcionada. Tal como te lo dije en la Represa del Oeste, si los decepcionamos comenzarán a resentirnos y pronto ¡odiarán a todos los miembros de la comunidad mágica!
–Lucy, sinceramente dudo que el destino de la comunidad mágica dependa de tu asistencia.
–Al principio no, ¡pero luego sí! –insistió Lucy–. Ahora mismo, el Consejo de las Hadas es el número más importante del mundo, pero cuanto más importante sea, más rápido se puede apagar. Lo he presenciado tantas veces que ya perdí la cuenta. Cuando los artistas crecen demasiado rápido, empiezan a cometer errores. Se ponen cómodos y dejan de trabajar para complacer a la gente. Empiezan a invertir menos, rompen promesas y dan por sentado al público. Y justo cuando creen que son imparables… ¡bam!, ¡el público los deja de seguir por un acto que sí cumple con sus expectativas!
–Lucy, ¡este no es el mundo del espectáculo!
–¡Todo es el mundo del espectáculo! ¿Por qué no lo ves?
Brystal respiró profundo y se sentó en la silla detrás de su escritorio de cristal.
–No estoy intentando molestarte, solo estoy cuidándonos –dijo Lucy–. La comunidad mágica está a salvo porque la gente ama al Consejo de las Hadas y si queremos mantener al público de nuestro lado, no podemos arriesgarnos a hacerlos sentir mal. Darle a la gente lo que quiere, cuando lo quieren, es la mejor forma de asegurar nuestra supervivencia.
Tiene razón, lo sabes…
Una vez más, el pensamiento apareció de la nada, desconcertando a Brystal por completo.
Nunca tendrás la aprobación de la humanidad…
Tendrás que ganártela una y otra vez, hasta el fin de los tiempos.
Brystal escuchó a los pensamientos con tanta claridad que se recordó a sí misma que solo estaban en su cabeza.
Puede que te traten como una salvadora, pero la verdad es que no eres nada más que una esclava…
Un bufón en la corte de la humanidad…
Un payaso en sus circos…
Brystal se sentía muy perturbada por lo que le decían los pensamientos. Intentó concentrarse en saber de dónde venían, pero cada vez que aparecía uno, abandonaba tan rápido su mente que no podía trazar un hilo lógico para encontrar su origen. Era como si alguien más estuviera soltándo ideas en su cabeza antes de irse corriendo.
–Me doy cuenta de que lo estás pensando –le dijo Lucy–. No me considero una experta en muchos ámbitos, pero, por primera vez, estoy segura de lo que estoy diciendo. No importa cuánta compasión y caridad le demos a la gente, no estarán satisfechos a menos que los entretengamos. Y, con suerte, yo soy la persona indicada para eso.
Ella no quiere ayudarte…
Solo quiere ayudarse a sí misma…
Te traicionará por un poco de atención…
Te abandonará solo por un poco de gloria.
Brystal intentó ignorar los pensamientos, pero cuanto más lo intentaba, más fuertes parecían hablarle. Se cubrió las orejas para bloquearlos, pero los escuchaba con la misma claridad que antes. Lucy levantó una ceja cuando vio a Brystal y tomó el gesto como un ataque muy personal.
–¿De verdad te vas a tapar los oídos? –le preguntó.
–Lucy, por favor, no quiero seguir hablando de esto –le rogó Brystal.
–¿Tanto te cuesta escucharme?
–Es solo que tengo muchas cosas en la cabeza y yo…
–Es por lo de la Represa del Oeste, ¿verdad? ¿Qué tendré que hacer para volver a tener tu confianza?
–No, no tiene nada que ver con…
–Entonces, ¿cuál es tu problema? ¿Por qué actúas así?
Brystal suspiró y se hundió en la silla detrás de su escritorio. Una parte de ella quería contarle a alguien sobre los pensamientos inquietantes que tenía en su cabeza, pero aún estaba tan confundida que no sabía qué decir. Además, no era un gran momento para tener una conversación profunda con Lucy.
No lo entendería…
Nadie lo entendería…
Todos creerán que estás loca…
Encontrarán una forma de usarlo en tu contra…
Estarán esperando a que aparezca un motivo para deshacerse de ti.
Brystal no quería pensar esas cosas horribles, pero ya no tenía control sobre sus pensamientos. Lucy se cruzó de brazos y la estudió como si fuera un acertijo humano.
–Algo te está perturbando –le dijo–. Puedo sentirlo… Los problemas son mi especialidad.
–Ya te lo dije, no quiero hablar –le contestó Brystal.
–¿Por qué no? ¡Yo te conté todo sobre mí!
–Por favor, detente…
–¡No, no me detendré! ¡No me iré de esta oficina hasta que me digas qué está pasando!
–¡Está bien! ¡Entonces yo me iré!
Brystal se puso de pie y avanzó hacia la puerta, desesperada de tener tiempo a solas. Pero justo cuando estaba a punto de salir de su oficina, la puerta doble se abrió de golpe. Tangerina y Cielene entraron con las cajas de correspondencia de ELOGIOS y PEDIDOS. Ambas estaban repletas de sobres.
–¡Tenemos más correo de nuestros seguidores! –anunció Tangerina.
–¡No creerán cuánto recibimos esta semana! –agregó Cielene.
Las muchachas estaban acompañadas por el caballero inmenso con las astas sobre su cabeza que vigilaba la entrada. El caballero llevaba dos bolsas enormes que contenían muchos más sobres.
–¿Qué está haciendo Horence con el correo? –preguntó Brystal.
–La frontera está bastante más segura desde que el mundo se enamoró de la magia –dijo Tangerina–. Necesitábamos que alguien se encargara del correo, por lo que le dimos un nuevo trabajo.
–Brystal, ¿dónde quieres que ponga tus cartas? –quiso saber Cielene.
–¿Algunas son para mí? –preguntó Brystal.
Tangerina y Cielene la miraron como si estuviera bromeando.
–Todas son para ti –dijo Tangerina.
Brystal no podía creer la cantidad de gente que se había tomado el tiempo de escribirle. Había cientos, quizás miles de cartas y cada una de ellas estaba dirigida al Hada Madrina.
Ninguna de estas personas se preocupa por ti realmente …
Solo quieren algo de ti…
Siempre quieren más y más…
Nunca estarán contentos.
Brystal se quedó inmóvil y lo más estoica posible para que el resto no notara cuánto le estaban afectando el estado de ánimo sus pensamientos.
–Solo déjenla junto a la mesa de té –indicó–. Las leeré más tarde.
