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Javier Revuelta Blanco La voz del corazón
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La condición humana es desafiante y hermosa. Implica vivir una experiencia en la materia con plena conciencia de lo que eso significa. Como dice un proverbio anónimo: «La vida no es un problema para ser resuelto, sino un misterio para ser vivido». Para desentrañar este enigma y disfrutar de la vida al máximo, es necesario que comprendamos, aceptemos e integremos el espíritu en la dimensión física. Renunciar a la espiritualidad por prejuicios religiosos o devociones ciegas nos aleja de nuestra verdadera naturaleza humana. Las consecuencias están a la vista. Hemos perdido el rumbo y cabalgamos ciegos en un caballo que se ha desbocado. Negar nuestra esencia es como visitar un bello paraje en la naturaleza y pasarnos todo el día haciendo fotos o mirando el móvil. La vida se nos escurre entre las manos y no aprovechamos lo que tiene para ofrecernos. En cualquier caso, ser espiritual no es el objetivo. La finalidad es ser humano.
El origen de este libro
Durante muchos años, mi vida consistió en un ir y venir desde el mundo del espíritu al de la materia. Para mí, ambas realidades eran excluyentes, es decir, identificarme con una significaba negar la otra. Vivir exclusivamente en la materia me resultaba aburrido. Al principio, los placeres corporales y la ilusión de controlar la realidad me parecían atractivos. Sin embargo, la rigidez de la dimensión física terminaba por provocarme la sensación de estar aprisionado. Así que, llegado un momento, iniciaba un movimiento de liberación en la dirección contraria. Normalmente era la naturaleza la que me proporcionaba los recursos que necesitaba para conectar con mi esencia y recuperar la libertad que tanto anhelaba. No obstante, también utilizaba la meditación, la música, el yoga, la literatura, el reiki…
Permanecer en la dimensión espiritual de mi personalidad me resultaba muy atractivo. Mi creatividad no tenía límites y mi vida se llenaba de proyectos fantásticos. Esta situación presentaba un inconveniente: el aislamiento. Al cabo de un tiempo, comenzaba a sentir la necesidad de concretar todo aquello que mi imaginación había fabricado. Entonces me olvidaba de mi esencia y trataba de vivir exclusivamente en el plano físico. Esta alternancia resultaba muy frustrante, pero finalmente me llevó al equilibrio. Comprendí que lo que yo estaba haciendo era dar forma a un profundo anhelo que me trascendía. Si deseaba ser feliz, debía congeniar esta genuina aspiración con los límites que me imponía la realidad material. De esta forma, comencé a confiar más en mí mismo y a dejarme guiar por la intuición. Al rendirme al espíritu y comprometerme con la vida sobre la Tierra, el universo comenzó a ser generoso conmigo. Desde entonces siempre me ha concedido las oportunidades y los recursos que he necesitado para desarrollar mi misión.
A los siete años tuve mi primera experiencia extrasensorial. Una noche, después de mi lectura diaria, apagué la luz y me dispuse a dormir. En ese instante, una claridad blanca y brillante iluminó la habitación. Abrí los ojos pensando que alguien había entrado y encendido la luz, pero para mi sorpresa todo seguía oscuro. Cuando volví a cerrarlos, el resplandor apareció de nuevo. Me quedé sobrecogido y sentí algo parecido a un chorro de agua luminosa y clara. Era como un plasma que impregnaba mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies. Sentí que una presencia femenina me acompañaba y me protegía. Como si fuera un ángel o un guía que estuviera velando por mí. Al cabo de unos minutos, esa energía se fue como había venido y me quedé profundamente dormido.
Al cumplir los veinte años, comencé a sentir la presencia de seres inmateriales. Todo empezó en un campamento de verano en el que trabajaba como monitor. Un día, a eso de las dos de la madrugada, me despertaron unos extraños lamentos. Al principio pensé que alguno de los niños sufría pesadillas, de modo que me levanté y examiné las literas: todos dormían a pierna suelta. Intenté negar lo que estaba viviendo, pero los gemidos no se detenían. Al cabo de un rato comprendí que alguien, desde un lugar no manifiesto, me estaba intentando decir algo. El día anterior habíamos descubierto un yacimiento de fósiles. Quizás aquellos seres lamentaban que nos los llevásemos de un lugar en el que habían permanecido durante miles de años. Sentí rechazo y no pude comprender que habíamos profanado la tierra y las memorias que allí se guardaban. Cuando las voces se silenciaron, me quedé pensativo y finalmente me dormí. A la mañana siguiente no dije nada. Me pasé el día como ausente, pensando en los extraños gemidos y esperando impaciente la llegada de la noche. Sin embargo, no volvieron a manifestarse.
Desde entonces, mi percepción sensorial comenzó a elevarse de manera progresiva. Al principio, tímidamente, pero después con más rapidez. Llegado un momento, terminó por sobrepasarme. Mi existencia diaria se llenó de sonidos extraños. A veces me veía sorprendido por gruñidos, aullidos, sollozos o risas ensordecedoras. Asimismo comencé a escuchar palabras articuladas de seres que reclamaban mi presencia, me acusaban de traidor o de infiltrado, me amenazaban de muerte o me pedían que me fuera. También los había que solicitaban mi ayuda y manifestaban un profundo dolor. Sentía que unos me atacaban y otros me imploraban, pero no sabía qué hacer ni cómo defenderme. En cualquier caso, no podía ignorar lo que me estaba sucediendo, así que mi única salida consistió en aceptarlo. Más tarde empecé a registrar conversaciones que acontecían en lugares muy lejanos y a sentir cómo mi campo de energía era literalmente ocupado por entidades y seres que me acechaban de forma constante. Durante varios años estuve perdido en esta dimensión astral, influido por presencias que escapaban a mi control y a mi comprensión racional. Convivir con esto no fue tarea fácil. En ocasiones pensé que me estaba volviendo loco y hubo momentos en los que me planteé abandonar este plano.
Finalmente me decidí por entrenar estas facultades que por alguna razón se habían despertado en mí. Al principio no podía entender lo que me sucedía, pero a medida que me arraigaba en mi cuerpo y me hacía consciente de mi individualidad, mi visión se iba aclarando. Con el paso del tiempo descubrí que este espacio es un lugar de relación en el que la energía se mueve muy deprisa y en diferentes frecuencias. Comprendí que forma parte de nuestra personalidad y que el hecho de conectar con las almas que lo habitan no es aleatorio. En un primer momento, esta realidad se manifestó de forma desgarradora e incluso terrorífica, pero después empecé a comunicarme con entidades y seres que vibraban en frecuencias más elevadas y tuve el privilegio de vivir experiencias de gran belleza.
A los veintiséis años volví a sentir la misma presencia que me había visitado de niño. Era de noche. Caminaba por una avenida madrileña muy concurrida disfrutando del bullicio de una ciudad que siempre se mostraba abierta y diversa. De repente se produjo un resplandor que lo iluminó todo. El fulgor fue tan grande que miré hacia los lados pensando que otras personas también lo estarían viendo. Sin embargo, todo el mundo seguía ensimismado en sus tareas y nadie parecía darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Alcé la vista y vi que en el cielo se había abierto una gran fisura, como si alguien hubiera descorrido una cremallera. De esa fractura surgió una luz blanca y espesa que comenzó a derramarse sobre mí. Aquello parecía una película de ciencia ficción, pero al mismo tiempo me resultaba extrañamente familiar. Permanecí unos segundos sin moverme. Acto seguido escuché una voz femenina que me dijo con dulzura: «Nunca dejes de escribir». Todo sucedió muy rápido. Cuando quise reaccionar, la escena ya había recobrado su disposición original en tres dimensiones. Me quedé allí sin saber qué hacer. Respiré hondo y cerré los ojos. Sentí mucha alegría y una enorme gratitud por aquel mensaje tan hermoso. En ese momento comprendí que la realidad multidimensional convive con nosotros y que no hay distancias físicas que nos separen de otros planos.
Para protegerme de las influencias negativas que recibía de esta dimensión y disfrutar de sus bondades, tuve que hacer un esfuerzo ímprobo en mi desarrollo personal. Tardé varios años en aprender a convivir con esta realidad. Quizás por eso hoy puedo hablar sobre ella con responsabilidad. Si lo hago es para arrojar un poco de luz sobre este aspecto de la vida, que es muy poco comprendido. El mundo astral (o esotérico) se suele confundir con el espiritual, pero son dos cosas diferentes. Esta dimensión es en realidad un umbral perceptivo y un espacio de relación. De igual forma que una abeja es capaz de ver la luz polarizada que nosotros no advertimos, algunas personas tenemos ampliada nuestra banda de percepción. Es una puerta que se sitúa más allá del límite que la ciencia tradicional considera normal y nos ofrece una información que no se detecta desde el plano físico.
Este nivel de realidad forma parte de la vida de todo el mundo. La mayoría de las personas tienden a rechazar su existencia por miedo a lo desconocido. No obstante, es un lugar muy familiar. Aquí es donde creas los sueños y conectas con la guía espiritual a través de la intuición. También es el espacio al que irás después de la muerte y desde el que recibes energía e información de tu linaje de sangre ancestral. Además es el lugar en el que se expresan, a nivel energético, las relaciones que estableces con otros seres vivos. Muchas personas tienen experiencias extrasensoriales, pero no se atreven a manifestarlo por temor a ser rechazadas. Como dice el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung: «Si alguien no comprende a otra persona, tiende a considerar que esta está loca». En Occidente hemos reprimido el acceso a este conocimiento por dos razones: el miedo y la ignorancia. Sin embargo, aunque tendemos a negar, ridiculizar o etiquetar todo aquello que no somos capaces de comprender, el misterio de lo desconocido siempre nos resulta atractivo.
Como veremos a lo largo del libro, la realidad no manifiesta es tan real como el mundo material. Es muy importante que seamos conscientes de ella. ¿Por qué razón? La dimensión astral es el lugar en el que se gestan los sistemas colectivos de creencias que están guiando la conducta de las personas y de los colectivos. También es el espacio en el que nuestros deseos comienzan a tomar forma antes de que se materialicen en el plano físico. Todo lo que pensamos y sentimos se deposita en este nivel e influye de forma decisiva en nuestras experiencias vitales futuras. Por este motivo, debemos ser muy cuidadosos y revisar la intención que acompaña a nuestros pensamientos, palabras y acciones.
La dimensión astral es un espacio de relación. Allí la energía vibra en una frecuencia más alta que en la dimensión física y por eso no se puede percibir con los órganos de los sentidos. Este lugar influye en todos los seres vivos que habitan la Tierra y es influido por ellos.
A la edad de treinta y un años sufrí una crisis de salud que afectó a mis articulaciones. Comencé a padecer dolores continuos muy intensos que me condujeron hasta un estado de sensibilidad herida permanente. Cuando acudí al médico, me diagnosticó una atrofia articular generalizada. Al parecer era una enfermedad muy rara de la que solo se conocían unos pocos casos. El dolor iría extendiéndose hacia los músculos y en unos pocos años perdería completamente la movilidad. De improviso, todo mi mundo se me vino abajo. No podía imaginarme pasando el resto de mis días postrado en una silla de ruedas. Mi primera reacción fue negar lo que me pasaba; luego sentí una inmensa rabia y un gran desprecio por la vida. Finalmente deseché el pronóstico médico y admití que, si quería salir de aquel agujero, tenía que cambiar internamente. Mantuve aquel suceso en secreto, pero sin lugar a dudas fue el mayor revulsivo que me impulsó a transformar mi vida.
A partir de entonces me dediqué en cuerpo y alma a tratar de comprender lo que me estaba sucediendo y a buscar una solución definitiva para mi dolencia. Pasé los siguientes años experimentando con una amplia variedad de escuelas y maestros relacionados con el desarrollo personal. Compartí mi vida con yoguis, consteladores familiares, videntes, sanadores, chamanes, masajistas, bailarines, reikistas, sacerdotes, psicólogos, monjes budistas… Al mismo tiempo se me ofreció la oportunidad de ayudar a otras personas, de modo que comencé a trabajar como formador, terapeuta y coach.
Después de buscar con ahínco la solución a mi problema, me di cuenta de que la salud física es una consecuencia de algo que subyace en lo más recóndito del ser. Por consiguiente, lo que hay que sanar no es el cuerpo, sino la personalidad y el alma. Tardé cerca de tres años en recuperarme y, cuando por fin confirmé que ya no tenía dolor físico, me percaté de algo interesante: la persona que había contraído aquella extraña enfermedad ya no existía. Mi forma de ser y de relacionarme con el mundo había sufrido una profunda alteración. Aún me quedaba mucho camino por recorrer, pero disponía de una energía, vitalidad y alegría renovadas. Me sentía muy orgulloso por lo que había conseguido y en mí se fue gestando un anhelo muy sincero de compartir mi experiencia con otras personas. El desarrollo personal se había convertido en el centro y en el motor de mi vida. La aventura no había hecho más que comenzar.
Este libro surge a raíz de un extenso y profundo proceso de transformación y trascendencia personal. Un recorrido que ha cambiado por completo mi percepción y mi forma de estar en el mundo. A diferencia de lo que le sucede a otras personas, mi entrada en la madurez del corazón ha sido lenta, progresiva y meticulosa. He vivido la supremacía del ego y también su estrepitosa caída en el tortuoso laberinto de la enfermedad, la incomprensión y la desesperación más absoluta. He superado muchos obstáculos y comprendido que la connivencia con el alma y finalmente la rendición al espíritu son la clave para sanar de cualquier dolencia física. Sobremanera, es ineludible si deseamos desarrollar el enorme potencial creador que albergamos en nuestro interior.
Me siento muy agradecido a todas las personas con las que he compartido este viaje. En especial a mis maestros y a mis alumnos. Gracias a ellos he podido descubrir el verdadero sentido de mi vida. Si tuviera que definirlo de forma escueta, diría que estamos aquí para vivir experiencias de lo más diverso, para aprender de ellas y para beneficiar a otros seres con nuestras creaciones originales. Para ser feliz hay que hacer dos cosas que, a mi modo de ver, son fundamentales: liberarse del dolor interno y potenciarse en las virtudes y los talentos personales. Cuando te comprometes a este nivel, lo demás sucede de forma natural.
En este libro trato algunos aspectos que nos pueden ayudar a entender el papel que estamos desempeñando los seres humanos en el planeta Tierra y en el universo. También me propongo sentar las bases que sostienen cualquier proceso de transformación personal que se desee hacer de forma consciente. Algunas de estas cuestiones son ya evidencias científicas que no podemos seguir negando por más tiempo. Otras forman parte de mi experiencia personal y, aunque se mueven en los márgenes de la ciencia, lo hacen a nivel especulativo o teórico. Por razones de espacio, el estudio pormenorizado de cada una de las dimensiones de nuestra personalidad será objeto de otro libro.
En cualquier caso, lo importante es contribuir a un proceso que hunde sus raíces en la memoria de los tiempos y en el que ahora mismo está participando mucha gente. El desarrollo personal forma parte ya de nuestra cultura. Se ha introducido en apenas unos años y ha llegado para quedarse. La enorme cantidad de metodologías y propuestas que hay en la actualidad y la amplia variedad de enfoques evidencian que la sociedad lo está pidiendo. En parte porque el viejo paradigma ya no nos sirve para seguir avanzando, pero sobre todo porque formamos parte de un cambio global que está siendo impulsado por la Tierra a nivel energético. Una situación de la que no podemos escabullirnos.
Los adultos tenemos libertad y recursos para decidir sobre nuestro crecimiento personal. Podemos hacer de nuestro viaje un acto consciente y creativo o funcionar por inercia, hasta que un día nos sorprenda la muerte. El viaje es corto y cada uno elige su propio destino. Sin embargo, los niños no tienen esta posibilidad. Si deseamos que cojan el timón de la sociedad, tenemos que allanarles el camino. Necesitan protección y la mejor forma de dársela es ayudándolos a que sean conscientes de su evolución personal para que puedan desarrollar al máximo su condición de seres humanos. En este sentido, nada me complace más que poder contribuir a este propósito. Gracias por tu presencia y buen viaje, querido lector.
Primera Parte. UNA PUERTA ABIERTA A LA ESPIRITUALIDAD
I: EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA
Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.
Jorge Luis Borges
Debemos considerar nuestra evolución personal desde una perspectiva integradora. Esto quiere decir que la realidad física y la espiritual forman parte de nuestras experiencias vitales. Cualquier proceso de sanación o de evolución que pretenda ser significativo debe contemplarlas de forma interdependiente.
El cambio de paradigma
Sabemos ya que el espíritu y la materia son indisociables, pero seguimos separándolos de forma sistemática. El cambio de paradigma al que asistimos trae consigo mucho desconcierto. Una de las contradicciones más explícitas consiste en negar el mundo espiritual para vivir exclusivamente en el material o viceversa. En cualquier caso, la posibilidad de integrar ambas realidades se nos antoja muchas veces confusa, lejana o incluso peligrosa. Negamos esta posibilidad porque vivimos identificados con la dualidad. En un universo dual, la realidad se organiza sobre principios antagónicos. De acuerdo con la doctrina dualista, el espíritu (la luz) representa el bien, y la materia (la oscuridad), el mal. Esta creencia forma parte de nuestra cultura desde hace miles de años. Al principio se usó para explicar el origen de la creación, pero con el paso del tiempo fue impregnando muchas áreas de conocimiento. Hoy en día forma parte de nuestro sistema de pensamiento. La razón se opone a la intuición, lo femenino a lo masculino, la riqueza a la pobreza, el frío al calor, lo que está bien a lo que está mal…
Esta forma de pensar nos fuerza a elegir entre uno de los dos polos de la dualidad y, con ello, nos crea un conflicto. La vida se convierte entonces en un eterno dilema. En lugar de observar de forma neutral los hechos o las experiencias que vivimos, tendemos a juzgarlos o a etiquetarlos y lo hacemos de acuerdo con conceptos que son antagónicos. Al observarte a ti mismo, actúas igual. Te divides. Tratas de hacer las cosas bien porque piensas que hay una forma de hacerlas mal y, cuando te sales de ese cliché, te sientes fatal. La dualidad te conduce a vivir enfrentado contigo mismo. Si piensas en el espíritu y en la materia, lo primero que haces es separarlos y, si alguien te dice que son manifestaciones de una misma realidad, lo niegas. La negación es un mecanismo de defensa22. Nos negamos a creer algo porque no nos atrevemos a experimentarlo. Es una forma de darnos tiempo antes de admitir la posibilidad de que eso que estamos rechazando sea cierto o nos pueda aportar algún valor. Cuando no estamos preparados psicológicamente para asumir una nueva realidad, tendemos a protegernos. Lo hacemos a través de la negativa, la desvalorización o la destrucción. Sin embargo, cuando ya nos sentimos preparados para aceptarla, la admitimos como si la conociéramos de toda la vida.
Vivir desde el corazón nos conduce a integrar los contrarios que forman parte de la dualidad. Para ello tenemos que modificar los supuestos sobre los que basamos nuestro comportamiento y dar un salto de conciencia. En estos momentos, la humanidad se encuentra en un momento de gran trascendencia histórica, pues los sistemas de creencias que gobiernan nuestra vida cotidiana están siendo cuestionados. Esto genera convulsiones en la sociedad, en los grupos humanos y en los individuos y también numerosas contradicciones.
Antiguamente, por ejemplo, visualizar el campo de energía de una persona se consideraba algo sobrenatural. Hoy no tiene nada de raro registrar con ayuda de la tecnología las distintas capas de energía que rodean el cuerpo físico y, en función de los resultados obtenidos, determinar si la persona está sana o tiene problemas de salud23. Nadie niega el hecho de que la energía viaja a través del espacio, pero muchas personas rechazan la posibilidad de que nosotros seamos canales para su recepción y transmisión. La posibilidad de comunicarnos mediante telepatía, clarividencia, clariaudiencia o a través del conocimiento directo se ve todavía como algo raro o esotérico. No obstante, constituye el principio de la inspiración creativa y el motor de la innovación, que es el principal activo económico de nuestros días y uno de los discursos mediáticos dominantes.
La mayor parte de las personas tienden a pensar que la ciencia es una verdad incuestionable cuando lo cierto es que tan solo es transitoria. Casi todos los grandes científicos admiten que, sin una chispa de inspiración divina, sus trabajos no habrían transcendido más allá de sus despachos. Como dice el gran físico y matemático alemán Max Planck: «Para los científicos, Dios está al final de todas las reflexiones». Lo que otorga validez a la ciencia no son las pruebas experimentales ni las fórmulas matemáticas que verifican y ordenan las hipótesis teóricas, sino el sistema de creencias que las admite como ciertas. Si, por ejemplo, caes enfermo de gripe y te tomas la medicación que te receta el médico, es porque confías en sus efectos de manera inequívoca. Seguramente creerás que la investigación farmacológica los legitima. En cambio, si piensas que la gripe es la respuesta natural que produce el organismo para depurarse y evitar el desarrollo de una enfermedad crónica, la pasarás sin medicarte.
El nuevo paradigma científico nos dice que la realidad básica es la conciencia. Sin embargo, mientras no confíes en tu poder para crear la vida que deseas experimentar, lo negarás y seguirás intentando encajar en un esquema social arbitrario. La verdad solo la reconoces cuando la recuerdas, pero el recuerdo no se basa solamente en traer al presente la información que tienes almacenada en la memoria. Para recordar tienes que amar. Es preciso que te dejes sentir y que abras el corazón. De esta forma, te pones en coherencia con el universo y traes a la dimensión humana la información que necesitas procesar para avanzar en equilibrio. El amor es la fuerza más poderosa de la vida. Es el único eslabón capaz de salvar todos los límites que te separan de la salud y la felicidad. Para poder amar tienes que dejarte tocar por tu esencia y consentir que esta te transforme. Eso implica trascender al ego. En suma, tienes que arriesgarte y saltar.
Los modelos de relación que pretenden perpetuar la ilusión de separación entre la vida espiritual y la material ya no sirven. Esto es algo que no podemos seguir negando por más tiempo. Nos encontramos en el vórtice de una vorágine de la que no tenemos precedentes. La revolución tecnológica está acelerando el proceso del cambio y la crisis cultural y social que vivimos en la actualidad lo confirma sin ninguna duda. Ahora no podemos vislumbrar el resultado de esta formidable mudanza y, quizás por eso, tendemos a refugiarnos en lo conocido.
La incertidumbre nos sigue dando miedo. El problema es que la casa se está desmoronando. Hay muchas goteras, las ventanas no cierran y el suelo se resquebraja bajo nuestros pies. Cuando queremos tapar un agujero, aparecen dos o tres en otro lugar… La intervención parcial sobre los problemas y las necesidades que la humanidad tiene planteados ha dejado de ser eficaz. Necesitamos respuestas globales que sean capaces de contemplar todo el panorama. Por esta sencilla razón, nos estamos moviendo hacia el corazón. La mente racional ha fracasado en su intento por dominar la realidad. No es que sea inútil, pero no sirve como guía y no puede liderar el proceso del cambio. Si te duele un órgano, la mente se centra en el problema y trata de resolverlo. El corazón, en cambio, lo relaciona con el resto del cuerpo y te ofrece una solución holística.