
Полная версия:
Javier Revuelta Blanco La voz del corazón
- + Увеличить шрифт
- - Уменьшить шрифт
Ser humano equivale a experimentarnos en comunión con la totalidad sin perder la conciencia de nuestra individualidad.
Si deseamos desarrollar nuestra condición de seres humanos, necesitamos integrar el espíritu con el ego. Este proceso transcurre de forma gradual y nos conduce hacia un mayor equilibrio. Para recorrer este camino utilizamos dos herramientas: la sabiduría y el amor. Más adelante las veremos con detalle. Ahora centrémonos en las cinco dimensiones de la personalidad. Las tres primeras forman el ego, es decir, nuestra individualidad. Aquí tenemos el cuerpo, las emociones y la mente. El ego es de crucial importancia para la vida sobre la Tierra y presenta la particularidad de responder y adaptarse con bastante fidelidad a nuestros deseos de transformación. Dicho de otra forma, tenemos cierto poder sobre nuestra salud física, podemos regular nuestros estados anímicos y estamos capacitados para controlar la mente.
La cuarta dimensión afecta a las relaciones que mantenemos con otros seres, con los objetos y con los fenómenos de la naturaleza. En este nivel la vida es mucho más incierta y se escapa al control racional. El poder que tenemos sobre otros es solo una ilusión de la mente. Nadie tiene la potestad de hacer feliz a otra persona, de salvarla de su desdicha ni de limitar su libertad de conciencia. Puedes encerrar a alguien en una celda de por vida, lavar su cerebro o chantajearlo, pero nunca podrás apropiarte de su alma.
Esta dimensión es por naturaleza paradójica. ¿Por qué razón? El deseo de entrar en comunión con otras personas se opone a la necesidad de preservar nuestras señas de identidad. Por un lado nos gusta estar unidos a los demás, pero de igual forma sentimos la necesidad de separarnos de ellos. Esta aparente contradicción realiza una función muy valiosa: hace de puente entre el espíritu y el ego. ¿Qué significa esto? Las relaciones evidencian tus límites y ponen de manifiesto tus virtudes personales. En ellas se reflejan las conductas «anómalas» que están condicionando tu experiencia. Cuando reaccionas con ira, miedo, soberbia, odio, desconfianza, insatisfacción, etc., lo que haces es proyectar tu malestar sobre los demás. Los otros te permiten ver aquello que has venido a liberar para poder hacer realidad tus sueños. De alguna forma, ponen en evidencia las resistencias que estas oponiendo a la vida y te dan la oportunidad de reconocerlas y transformarlas.
Al mismo tiempo, te abren la puerta para que puedas recordar los aspectos de ti mismo que aún no has incorporado a tu personalidad. Gracias al otro, eres capaz de reconocer los brillos del alma que están gravitando sobre el ego a la espera de ser encarnados. La satisfacción, el valor, la confianza, la perseverancia, la bondad, la libertad, la compasión, la fe… Las virtudes personales que ves en los demás son en realidad reflejos de tu propia grandeza y te dan la oportunidad de reconocer tu valía y de ponerla en práctica. En esta dimensión de personalidad también te relacionas con los seres inmateriales que pueblan el universo. Si no te abres al espíritu, no los puedes reconocer, pero eso no significa que no existan y que no convivan contigo.
El quinto nivel de experiencia es el espiritual. Todos venimos de este plano y volveremos a él después de la muerte. Tú no eres una excepción. En este espacio tienes la conciencia del alma, que es quien realmente experimenta, aprende y continúa el viaje a través de la existencia. A esta dimensión accedes al transcender la realidad física. Cuando accionas esta llave, recibes las intuiciones geniales que iluminan tu mente y eres nutrido por los sentimientos de placer que experimentas como llovidos del cielo. El espíritu se arraiga en ti a través del afecto y la compasión y gracias a él eres capaz de amarte a ti mismo para poder amar a otros. Sin su impulso no existirías y tampoco podrías modificar la percepción que tienes sobre la realidad. El aliento del espíritu es el latido de tu corazón, es tu cuerpo en constante transformación y es tu esencia divina interna «observándote» y guiándote por la vida.
Las tres primeras dimensiones de la personalidad (cuerpo, emociones y mente) forman el ego. La cuarta (relaciones) sirve de puente para que podamos reconocer e integrar el espíritu.
Dos realidades interconectadas
Tradicionalmente hemos considerado que estos dos grandes ámbitos de la vida –el material y el espiritual– son independientes entre sí. La ciencia se ha ocupado de explicar lo que sucede en la dimensión física y la religión ha hecho lo propio con el espíritu. Este intento de separar dos aspectos que están interconectados nos ha alejado de nuestra verdadera esencia. Sin embargo, también nos ha permitido enfocarnos en la realidad física para experimentarla y conocerla a fondo. De esta forma, ahora podemos transcenderla.
En estos momentos, la humanidad está recuperando la espiritualidad de forma colectiva. Cada vez son más las personas que cuestionan los sistemas de creencias y los dogmas religiosos basados en el miedo, la dependencia y la dominación. El resultado es que se sienten libres de experimentar todo aquello que consideran útil para liberarse de su dolor interno y poder así realizar sus más profundos anhelos. Aunque el despertar de la conciencia no sea un movimiento místico, la espiritualidad está cobrando una gran importancia. En Estados Unidos, por ejemplo, meditan ya veinte millones de personas y el yoga es practicado por el ocho por ciento de la población (en España, por el doce por ciento) y estas cifras crecen año tras año8. Todo parece indicar que las personas son cada vez menos religiosas pero más espirituales.
Por otro lado, los nuevos descubrimientos que ha realizado la ciencia están dinamitando las fronteras entre el mundo material y el espiritual. Aunque no sea esa su intención inicial, lo cierto es que está creando un puente entre ambas realidades. En el universo, lo que encontramos es energía que vibra en distintas frecuencias. La materia es la expresión más densa de esa energía. La cuestión es que ambas, materia y energía, no solo no se pueden separar sino que la primera se forma a partir de la segunda. Es una consecuencia, no una causa. La ciencia también ha demostrado que la mente y el sentimiento son capaces de modificar el curso de esa energía que vibra en el espacio.
Si dotamos a la energía de conciencia, lo que obtenemos es un ser espiritual, es decir, una entidad capaz de observar y transformar la realidad física. En el Instituto de Ciencias Noéticas de Estados Unidos se ha demostrado que la mente es capaz de afectar al comportamiento de la materia a nivel subatómico9. En un experimento conocido con el nombre de Doble Rendija se demostró que la conciencia influye sobre la energía y, por tanto, también sobre la materia. Se seleccionaron dos grupos de personas. Unos eran meditadores experimentados y los otros, no. A todos ellos se les pidió que trataran de influir sobre una corriente de electrones que emitía una máquina. Para ello, debían centrar su atención en un lugar concreto del espacio y sostener la intención de influir sobre las partículas atómicas que pasaban por unas rendijas. Los resultados fueron sorprendentes. Los meditadores experimentados influyeron sobre los electrones de forma mucho más relevante que los no meditadores. Además se demostró que el efecto era más intenso después de unas cuantas sesiones y que los cambios que experimentaba la energía no eran lineales sino repentinos.
En otra investigación llevada a cabo en la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, se pidió a un grupo de personas sin ninguna habilidad especial que intentara influir sobre la distribución de unas bolas que caían aleatoriamente a través de una mampara. En condiciones naturales, formaban una campana, es decir, la mayoría se concentraban en el centro y el resto hacia los lados de forma simétrica (es la típica distribución de Gauss que se estudia en Estadística). Sin embargo, cuando las personas decidían modificar su rumbo con la mente (hacia la izquierda o hacia la derecha), la forma resultante era bien distinta. La psicóloga norteamericana Brenda J. Dunne, que ha dedicado más de veintiocho años al estudio de la influencia que ejerce la conciencia sobe la materia, afirma que después de cientos de miles de pruebas experimentales, este hecho es sencillamente irrefutable. En este sentido, su colaborador, el físico norteamericano Robert G. Jahn, afirma lo siguiente10:
La conclusión que sacamos con esto [refiriéndose al experimento de las bolas] es que la mente es mucho más potente, que no solo observa sino que crea y es capaz de influir sobre la materia. Y eso es alucinante, si me permite la expresión.
Ser espiritual no es una opción, es una realidad. Otra cosa es que no queramos admitirlo o ser conscientes de ello. Todo lo que sentimos y pensamos nos afecta de manera inequívoca. En todo momento estamos influyendo sobre la materia (empezando por nuestro propio cuerpo) y, para ello, nos servimos de la energía que producimos con el pensamiento y el sentimiento. Tenemos dos opciones: negar este poder o hacernos conscientes de cómo estamos usando esta energía. Si hacemos lo segundo, seremos más lúcidos y nos beneficiaremos de ello. En este caso, lo más práctico es poner atención en el momento presente y decidir la intención con la que nos relacionamos con otros seres y con nosotros mismos.
La materia se crea a partir de la energía. Si dotamos a esta de conciencia, lo que obtenemos es un ser espiritual, es decir, alguien que es capaz de transformar la realidad y crear vida.
La ciencia especula también con la idea de que el universo sea multidimensional, es decir, que esté formado por distintos niveles de realidad. Cada uno vibraría en una frecuencia y representaría un aspecto diferenciado de la totalidad. Al parecer, esto es algo muy normal pues muchos fenómenos físicos no se pueden entender en un contexto de solo tres dimensiones11. Por ejemplo, la medicina no puede explicar la remisión espontánea de una enfermedad. ¿Cómo es posible que un ciego recupere la vista o que un tumor maligno desaparezca en apenas unos días?
Lo que sucede es que con los sentidos físicos solo percibimos tres dimensiones. Eso nos conduce a creer que la única apariencia en la que se presenta la vida es la nuestra. Pero esto es solo una falsa impresión. Como veremos más adelante, en cada una de estas dimensiones, la energía adopta una configuración particular y la vida, simple y llanamente, se expresa de otra forma. En cualquier caso, el hecho de que la ciencia esté desmitificando esta versión de la realidad es muy ilusionante. Indica que el espíritu está dejando de ser un misterio y se está convirtiendo en algo normal. En un futuro próximo, todo el mundo reconocerá su espiritualidad sin prejuicios y podrá experimentarla en completa libertad, sin el miedo irracional a ser castigado por ello.
Las realidades paralelas que forman el universo permanecen ocultas a nuestros sentidos, pero no están separadas de nosotros. Lo único que nos impide relacionarnos con el más allá es la costumbre de permanecer enfocados en la materia. Sin embargo, si entramos en el silencio y nos abrimos al espíritu, los umbrales de percepción se amplían y estas dimensiones se vuelven familiares. En este sentido, es fácil imaginar la existencia de seres inmateriales dotados de conciencia que conviven con nosotros (ángeles, guías espirituales, ancestros, seres elementales, entidades…). La relación que mantenemos con ellos está siempre supeditada a nuestra forma de pensar, sentir y actuar en el mundo. Si eres receptivo y estás atento, no te será difícil comprobarlo.
El cosmólogo británico Stephen Hawking no tenía dudas acerca de la existencia de vida más allá de nuestras fronteras. En su opinión, el tema de discusión no debe girar en torno a su existencia, sino a su apariencia. Para afirmar algo así se basaba en un hecho objetivo: en el cosmos hay treinta trillones de sistemas planetarios similares al nuestro. Si a esto le unimos la presencia de dimensiones paralelas, la probabilidad de que no estemos solos es tan alta que parece incuestionable.
La ciencia está llegando a conclusiones que coinciden con muchas de las experiencias espirituales que nutren nuestra cultura desde el origen de los tiempos. Además, confirma algo que los místicos orientales vienen diciendo desde hace miles de años: la dimensión física es el reflejo de un complejo y rico entramado de relaciones energéticas en el que la conciencia desempeña un papel esencial. A partir de aquí, lo más lógico y también lo más sensato es deducir que somos seres multidimensionales y que el ego es solo un aspecto de una realidad trascendente e inaprensible desde la razón. Dicho de otra forma, somos seres espirituales viviendo una experiencia en el plano físico.
La importancia de utilizar la conciencia a voluntad es enorme. A diferencia de los animales y de las plantas, los seres humanos podemos moverla para mejorar nuestras vidas. Las sensaciones físicas nos dicen lo que sucede en el cuerpo. Los estados de ánimo hacen lo propio con el nivel emocional y las ideas nos revelan cómo está funcionando la mente. Al comprender lo que sucede en cada sector de personalidad, podemos potenciar o atenuar la experiencia que estamos viviendo. De hecho, es algo que hacemos de forma cotidiana. Si, por ejemplo, tienes una entrevista de trabajo y estás muy nervioso, intentarás calmarte. Para lograrlo tienes que ser consciente de tu estado emocional, y para eso necesitas mover la conciencia a ese nivel. Solo así podrás respirar con calma y despejar la mente para que no te traicione. Lo mismo sucede cuando te das un golpe en el cuerpo. Al poner las manos en la zona dolorida, sitúas la conciencia sobre ese lugar y le envías energía para mitigar el dolor.
La conciencia tiene la función de observar, comprender, aceptar y permitir que la realidad que está observando se equilibre (o se alinee) en coherencia con una totalidad trascendente de naturaleza amorosa. De esta forma, sostiene el proceso del cambio que emana desde el espíritu y que se vierte sobre la materia. Posee la particularidad de poder estar en varios sitios al mismo tiempo y la encargada de moverla es la mente. Si deseas tener dominio sobre ti mismo y evolucionar de manera favorable, debes aprender a utilizar tu mente con maestría. El objetivo es que haga exactamente lo que deseas.
Los seres humanos tenemos la capacidad de mover la conciencia por las distintas dimensiones de la realidad. De esta forma, podemos transformar la experiencia que vivimos y mejorar nuestra vida y la de los otros seres.
La ciencia moderna nos está diciendo algo que va a cambiar el mundo: la realidad básica no es la materia ni la energía sino la conciencia. El científico norteamericano Dean Radin ha dedicado más de veinticinco años al estudio de la conciencia humana. En su opinión, esta se encarga de organizar la energía y es la responsable de sostener todos los procesos vitales que tienen lugar en los organismos vivos12. Por su parte, el físico británico galés y Premio Nobel de Física en 1973 Brian David Josephson, sostiene que, a la hora de explicar el mundo, los fundamentos no hay que buscarlos en la materia sino en la mente13.
Las implicaciones de este nuevo paradigma aún no se han comprendido del todo, pero son el germen de una revolución sin precedentes en la historia de la humanidad. A partir de ahora, la realidad ya no existe tal y como la percibimos con los sentidos físicos. Somos nosotros los que creamos esa realidad, que incluye nuestro cuerpo y todas las experiencias que estamos viviendo. Lo interesante es que esto está siendo corroborado desde muchos ángulos (física cuántica, computación, neurociencia, epigenética, nueva biología…). Los resultados de las pruebas experimentales que se están llevando a cabo confirman la veracidad de este nuevo axioma. Mucha gente no desea aceptarlo, pero la información está ya al alcance de todo el mundo.
A medida que tomamos conciencia de esta situación, nos hacemos responsables de nuestra vida y recuperamos el poder que hemos venido delegando en otros (maestros, políticos, sacerdotes, médicos…). Cuando comprendemos que somos uno con todo, nuestra experiencia, en lugar de dualista, se torna integrativa y holística. Entonces, sustituimos los cimientos del viejo paradigma, basado en la separación, por una nueva forma de entender la realidad y de actuar sobre ella. La flamante civilización que estamos creando es el resultado de un movimiento interno que parte del corazón. Por este motivo, es irreversible e irrenunciable.
Si somos los creadores de la realidad que experimentamos, ya no tenemos que seguir aferrándonos al ego para definir nuestras señas de identidad. Es obvio que somos algo más. La ciencia clásica ha evitado siempre entrar en el debate de la conciencia y se ha mantenido separada de la realidad que observa. Esto es debido a que está muy influida por la energía masculina, que busca siempre una validación externa de sus acciones. Así crea la falsa ilusión de que puede controlar la naturaleza o, incluso, dominar el mundo. Con esta actitud, la lógica cobra mucha importancia, pero la imaginación y la intuición quedan relegadas a un segundo plano. El físico alemán Albert Einstein dice lo siguiente: «La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional, un fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que rinde honores al sirviente y ha olvidado el regalo». En estos momentos, la ciencia es consciente de que no se puede separar de la realidad que observa. Quizás por esta razón está comenzando a adentrarse en el mundo del espíritu.
También se sabe que el universo es como un gran engranaje y que todo lo que sucede en la naturaleza está regulado por leyes generales. Cualquier forma, animada o inanimada, evoluciona a través de ciclos (el clima, las fases de la luna, los biorritmos, las mareas, la reproducción, la actividad solar…). Estos ciclos actúan en distintas escalas espacio-temporales. Los geológicos, por ejemplo, duran millones de años y afectan a extensiones muy amplias o incluso a la Tierra en su conjunto. Sin embargo, el tiempo que tarda un electrón en completar su ciclo de traslación alrededor del núcleo de un átomo es muy pequeño y el espacio que recorre es infinitesimal. Lo que resulta curioso de estos modelos repetitivos es que todos ellos están relacionados entre sí, es decir, o bien se insertan en ciclos cada vez más grandes, o contienen ciclos cada vez más pequeños14. La vida se expresa periódicamente a través de acontecimientos sucesivos, pero todos ellos forman parte de un mecanismo único que no parece tener ni principio ni fin.
La segunda singularidad de la vida es que se origina a partir de estructuras muy simples y que evoluciona de acuerdo con leyes y patrones matemáticos (la espiral logarítmica y la proporción aurea)15. Toda forma de vida comienza con una esfera16. A partir de ella y a medida que la conciencia interacciona con la energía, se van creando formas geométricas cada vez más complejas. Es como si se tratase de un juego de malabares en el que no cesan de aparecer nuevas y sorprendentes figuras. Diseños como el cubo, el hexágono, el octaedro, etc. actúan como verdaderos códigos ocultos de un lenguaje que sugiere una relación íntima entre el espíritu y la materia. Estos arquetipos contienen un potencial de evolución. En la mitosis celular, por ejemplo, esta dinámica es muy evidente. Las células, al dividirse, crean figuras geométricas, muchas de las cuales están presentes en todas las culturas del mundo. La vesica piscis (que sugiere la unión entre el cielo y la tierra y el portal hacia una nueva vida), el merkaba (que significa carroza y representa el vehículo que pone en relación la luz del espíritu con la materia) o la flor de la vida (que simboliza la red que lo conecta todo) son algunas de ellas.
La geometría sagrada y el proceso de diferenciación celular17

Otro ejemplo que confirma que la vida se origina a partir de estructuras muy sencillas lo encontramos en la cresta neural. El paleontólogo estadounidense John Maisey ha descubierto que todos los vertebrados (aves, mamíferos, peces, reptiles y anfibios) presentamos, en la fase embrionaria, el mismo tejido neuronal. Es como una cresta que se va doblando hasta formar la espina dorsal. Estas células son auténticos vestigios de otra época, con una edad estimada de 450 millones de años18. Otra muestra de arquetipos básicos se puede observar en las diatomeas, que son las algas unicelulares que forman los tipos más comunes de fitoplancton. Sorprenden por su diseño matemático. Viven en todos los océanos de la Tierra y son las responsables de producir nada menos que el cincuenta por ciento de la materia orgánica que sirve como base de la cadena alimentaria oceánica.
Diatomeas19

Este entramado vital sugiere la existencia de un principio dinámico o de una red de conciencia encargada de regular todos los procesos creativos, algo parecido a una enorme tela de araña en la que cada parte está relacionada con el todo. En física cuántica, este fenómeno se conoce con el nombre de holomovimiento20. Si todo lo que existe está interconectado, con independencia del tiempo y del espacio, nada de lo que sucede en la vida es producto del azar. Cualquier suceso afecta a todo y es regulado por esa totalidad. De ahí que los pensamientos, las palabras y los estados de ánimo sean el germen de nuestras experiencias futuras. Al hilo de estas reflexiones, podríamos decir que Dios está en el punto de mira de la ciencia. Algunos científicos, como el físico teórico estadounidense Michio Kaku, están sugiriendo ya la existencia de una fuerza inteligente encargada de gobernarlo todo21.
El nuevo paradigma científico está disolviendo las fronteras entre el espíritu y la materia. Nos invita a considerar que la vida es una creación intencionada y orquestada por la conciencia.
Aun a pesar de que la ciencia se muestre conservadora, la existencia de un universo multidimensional no es una novedad. Es algo que ha estado presente desde que el hombre comenzara a tener experiencias de carácter sagrado. Sacerdotes, brujas, maestros, chamanes y videntes, entre otros, lo han experimentado desde entonces y lo han ido incorporaban a los rituales religiosos y esotéricos. Los viajes astrales, la ensoñación, los exorcismos, la bilocación, la sanación de enfermos mediante el uso de energía, la visión mística, la clariaudiencia, etc. ponen de manifiesto algo que los seres humanos siempre hemos sabido: que la vida presenta una faceta multidimensional. Digamos que más allá de lo material hay algo más. Es un misterio. No podemos percibirlo con los órganos de los sentidos y mucho menos controlarlo con la mente, pero sí podemos experimentarlo y aprender a convivir con ello.
Durante mucho tiempo, la opción de explorar las distintas dimensiones de la realidad estuvo reservada a unos pocos elegidos. El resto se tenía que conformar con una fábula muy elocuente que decía lo siguiente: existe una jerarquía celestial y otra terrenal que media entre esta y el resto de los mortales y se encarga de tomar las decisiones que afectan a la vida de las personas. Este relato permanece aún vigente en nuestros días y constituye el discurso dominante de la mayoría de las religiones. El mensaje original dice que el espíritu de Dios está dentro de nosotros. Sin embargo, se nos ha excluido de la ecuación. El espíritu pasó a ser algo externo procedente de algún lugar remoto. Para alcanzar a Dios había que estudiar su doctrina y cumplir con sus mandatos. Contábamos con su bondad y su misericordia, pero su cólera era terrible. Además, se excluía la experimentación soberana como vía de acceso a la divinidad. De este modo, Dios se convirtió en un juez supremo y las personas pasamos a desempeñar el rol de seres extraviados e indefensos.
Al crear un límite a la conciencia, las religiones se convirtieron en instrumentos de dominación y control social. De alguna forma, olvidaron su función original de ayudar a comprender la experiencia trascendente y guiar a las personas y a los pueblos sin interferir en su destino. Este escenario ha sido poco propicio para el desarrollo saludable de la espiritualidad. Nos ha alejado de nuestra esencia amorosa y nos mantiene cautivos de dogmas morales y sistemas arbitrarios de creencias. Por suerte, está cambiando a pasos agigantados.