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Raúl Alonso Alemany Los días ciegos
Los días ciegos
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Raúl Alonso Alemany Los días ciegos

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Tan lejos, tan cerca.

Pulsé en la pantalla sobre «enviar» y el mensaje se fue de mí. En ese momento, por primera vez en los últimos meses me sentí plenamente feliz. Apagué el teléfono y cerré los ojos, a pesar de los gritos que escuché a mi alrededor.

Noté que alguien se sentaba a mi lado, pues en un segundo mi cuerpo se echó para atrás y para delante sobre el asiento. Sin embargo, continué con los ojos cerrados: el cable ya estaba cortado y le había preguntado a quien siempre decía la verdad. Solo quedaba esperar que el avión despegara o que saltara por los aires tras abrirse la puerta equivocada. Y mientras por fin empezaba a dormirme, sentí que me importaba un comino lo que sucediera de ahí en adelante.

Al cabo de unos minutos, alguien me zarandeó suavemente en el hombro, pero no hice caso. Preferí pensar que me lo había imaginado, que era parte del sueño que empezaba a formarse en mi cabeza y a relajar mi cuerpo después de aquellos meses de agonía, fermento, agonía y sueño, que escribió Federico García Lorca. Porque mi vida también era literatura y yo necesitaba un momento de descanso.

No obstante, tras notar que insistía con aquel gesto tan irritante no me quedó más remedio que abrir un poco los ojos. Y más cuando escuché aquella voz que fue como un susurró en mi oído, casi como una caricia:

—Ese tipo está loco.

La vi con el único ojo que había abierto del todo: la chica de la melena de cuento de hadas estaba sentada a mi lado y me hablaba en español sobre alguien que estaba loco. ¿Tal vez se refería a mí? La observé medio dormido, aún con el avión en tierra. Ella me miró esperando una respuesta y yo seguí su mirada hasta el pasillo del avión.

Yo solo quería dormir para olvidarme del mundo: mientras estuviera durmiendo, todo sería posible.

Apenas una fila de asientos más adelante, la chica que siempre decía la verdad discutía con un hombre vestido con un chándal de la selección rusa de algún deporte que no supe identificar: curling, patinaje, halterofilia o baloncesto. Era alto y con algo de barriga; llevaba una cadena de oro en el cuello que debía de haber vuelto loco al arco de seguridad del aeropuerto; tenía el pelo corto y una nariz chata y enrojecida. Estaba gritando.

—Da miedo —insistió la chica de la melena de cuento de hadas—. No sé qué diablos está haciendo, solo faltaba que no pudiéramos despegar por culpa de ese tío. —Resopló mientras tamborileaba con sus dedos sobre una revista de avión: sándwich de jamón y queso, Coca-Cola con limón, una ensalada lila.

Bajé la vista y me fijé en sus zapatos, todavía sin abrir la boca: de color gris, con tacón de aguja y limpios.

—Me llamo Ania, por cierto —dijo mientras mi ojo izquierdo recorría el asiento de delante hasta el pasillo central, donde el hombre del chándal ruso seguía dando voces, rodeado de la chica que siempre decía la verdad y de varios miembros de la tripulación.

Era como si estuvieran representando un espectáculo para todos los pasajeros, que seguíamos fielmente aquel inverosímil teatrillo ruso. Allí sentados, sin hacer nada: porque cuando te subes a un avión la suerte está echada y se establece una suerte de muda solidaridad e idea de tribu entre los pasajeros. Un avión es como nacer otra vez. Los mirábamos con los ojos abiertos, atentos y mudos. Tal vez aquello completara la representación anterior, la del cadáver de zapatos marrones y del olor a vodka.

—¿Qué hacen? —le pregunté a la chica de la melena de cuento.

—No sé, estaba gritando algo de una mujer. No he podido entender nada más.

Por la puerta delantera del avión aparecieron los dos guardias que había visto en los pasillos del aeropuerto, los que habían sustituido a mis personajes de la noche en que le pedí a Masha que se quedara conmigo.

En ese momento, una mujer embarazada de unos cinco o seis meses se levantó al otro lado del pasillo y miró con temor hacia donde estaba gritando el hombre del chándal. Dijo algo, pero no sé el qué. El ruso le contestó algo, pero no sé qué fue. Ella le replicó, pero solo fueron sonidos. Él gritó, pero nada más allá del tono.

Los guardias llegaron a la altura del tipo del chándal y uno de ellos lo cogió por el brazo mientras él seguía dando voces y la mujer embarazada salía al pasillo y decía algo.

—Qué horror —dijo Ania.

—Sí —respondí yo, pero en ruso: «Da».

Y entonces el hombre del chándal se libró del brazo del guardia, dio cuatro pasos de gigante por el pasillo, llegó a la altura de la mujer embarazada y, con un grito de ultratumba, le soltó, con una fuerza desmedida, un puñetazo animal en la boca del estómago.

Allí donde empezaba la vida.

Segunda parte

LOS DÍAS CIEGOS

14

Mientras esperaba, revisé de nuevo mi teléfono móvil: lo encendía, lo apagaba, lo dejaba rodar sobre mi mano.

La gente se acumuló en el andén. Había cotillón esparcido por el suelo y en las chaquetas de gente joven (o más joven que yo, si es que no es lo mismo); había vasos de plástico y aullidos de fiesta, palabra que observé desde lejos y que con el tiempo había ido sometiendo a la mera alegría; había líquido en el suelo, allí donde se pegarían los zapatos al día siguiente, y había una luz blanquecina que le ahorraba a la Administración algo de dinero a final de año y te hacía sentir como en la sala de espera de un hospital.

—Feliz año —me dijo un hombre que se acercó a mi lado.

—Feliz año —le contesté, apenas sin mirarlo.

—Gran fiesta esta noche —me dijo—. Hoy debe ser gran día. El primer día del año es gran día —insistió, e hizo un gesto grande con las manos.

—Sí, grande —respondí yo con las manos en los bolsillos.

Deseé que el destino o mi horóscopo no trajeran a mi lado la compañía de ese hombre para empezar el año. Dijera lo que dijera mi carta astral.

Asentí y aproveché el último vaivén de mi cabeza para dejar la mirada clavada en el suelo: baldosas casi negras cruzadas con otras más pequeñas de un color blanco sucio. Hacía años que allí no se podía fumar, pero en las vías del tren vi restos de colillas, dos bolsas de plástico y un tique de compra de un supermercado. Oí también el suspiro de aquel hombre y percibí el olor ácido de su colonia. Me fijé en sus zapatos, pues no había abandonado aquella costumbre. Es más: me había entregado a ella con una pasión desmedida. Eran blancos pero con la punta negra y reluciente; lustrados, capaces de reflejar la luz blanquecina de la estación; los de un mafioso de película.

—Hoy se tiene que celebrar —continuó él—. En mi país, la gente sale a la calle y hacen fiestas allí en mitad. Todo el mundo invita a todo el mundo. Hay alegría. Las personas bailan y se tocan —dijo. Sonrió con una dentadura de dientes blancos y alineados en perfecto orden. Tenía la boca grande y unas encías enormes—. Echo de menos mi país, pero en España vivís bien. Hay que disfrutar vida, porque todo es muy rápido, amigo.

—Todo es muy rápido, pero el metro no llega —bromeé, lanzando un gesto al reloj que anunciaba la llegada del próximo tren: siete minutos.

El tipo no captó mi broma, o puede que no le hiciera la menor gracia. Se me quedó mirando y me observó: una edad indefinida entre los treinta y los cuarenta; pelo cortado al tres; pantalones vaqueros y zapatos de ante; un abrigo negro y una camisa de color azul con pequeños cuadros.

Mi ropa era plana. Estándar. Centroeuropea.

La suya estaba viva. Todo colorido. Del mundo entero. Porque en su país la vida no daba miedo.

—¿Qué haces tú esta noche, amigo? —me preguntó.

—De momento, esperar el metro —le contesté.

—Ja, ja… Pero no solo es esperar en la vida, ¿verdad? Hoy gran noche de fiesta. Alegría —dijo.

Un matrimonio de unos setenta años pasó a nuestro lado y el tipo les sonrió. Ellos, que eran bajitos y andaban cogidos del brazo, nos saludaron con una sonrisa fugaz, como llegados de otro mundo: «Esta noche no cogemos el coche para ir a casa de tu hijo a cenar, que luego bebes y es peor. Y ya tenemos una edad, Martín». Y Martín, que habría asentido, ahora nos observaba desde un banco del andén. Él, que tenía el cabello canoso cortado con una maquinilla eléctrica, vio a un hombre blanco hablando con un hombre negro. El blanco tenía un gesto cansado en su mirada mientras asentía a las palabras del negro; no parecía que fueran amigos. El negro vestía con ligereza y una elegancia rebelde. No paraba de hablar, pero apenas gesticulaba.

Su mujer le dijo algo al oído, satisfecha de su propia decisión. Observó a su alrededor: para ella, coger el metro a las dos de la mañana era una aventura. Martín no la escuchó. Aun así, asintió con la cabeza, observó aquel vestido verde turquesa que le apretaba las carnes el primer día del año 2016 y echó de menos su coche. Martín añoró el tiempo en el que las cosas se daban por supuestas y no hacía falta discutir de todo, cuando la iniciativa era la tradición y un hombre podía conducir su coche hasta para ir a la vuelta de la esquina, fuera Navidad o el Día de Todos los Santos.

—Yo ahora voy a una grande fiesta —me dijo el hombre—. Mi nombre es Menelik —añadió, y me tendió la mano: anillos dorados y una cadena plateada.

Se la estreché.

—Yo soy Luis —mentí.

—Luis —repitió Menelik, como si no se fiara mucho de mi respuesta—. Tú tienes que venir esta noche a la fiesta conmigo, Luis. Va a haber mucha gente, mucha alegría. No te puedes arrepentir de eso. La gente es alegre en el lugar.

—Gracias, pero lo siento… Gracias, sí…, pero es que ya tengo planes… He quedado en casa de unos amigos… para tomar algo —mintió Luis.

—Yo no tima a nadie, ¿eh? —respondió Menelik, que siguió desconfiando de Luis: quizás hubiera algo en su cara—. Te ofrezco buen plan, amigo. No tima a nadie —repitió. Esta vez levantó las manos, mostrándome las palmas—. Yo no quiero dinero de nadie. Mira, mira.

Se metió una mano en un bolsillo de la americana y por una fracción de segundo pensé que iba a sacar una Colt del calibre cuarenta y tres y acabar conmigo allí mismo: había colillas, dos bolsas de plástico, un tique de supermercado y un hombre muerto con un disparo en la cabeza, entre ceja y ceja; llevaba el pelo cortado al tres. Pero no fue eso lo que sucedió. Menelik sacó varios billetes de cincuenta que exhibió al aire dos minutos antes de que el metro llegara a la estación.

Pero aquellos billetes no decían nada de mí. Martín los miró agitarse mientras su mujer observaba las faldas cortas y prietas de unas adolescentes que podrían ser sus nietas. La mujer negó y se rio. Apoyó la cabeza rubia y teñida en el abrigo negro de su marido.

—Yo te invita, amigo. Si quieres venir, bien. Si no quieres, yo respeto —añadió Menelik—. Pero yo respeta, ¿eh? —dijo, no sé si algo enfadado o completamente poseído por su poder adquisitivo. Se pasó la lengua una y otra vez por la boca cerrada.

—Sí, sí. Gracias, gracias, pero de verdad que no puedo, he quedado en ir a casa de unos amigos.

Y supongo que Menelik no nos creyó a ninguno de los dos, ni a Luis ni a mí, pero sonrió como si lo hiciera. Me dio una tarjeta donde había apuntado una dirección y un teléfono, y me dijo que, si quería, si me apetecía, si dejaba de ser Luis, en definitiva, lo llamara o me pasara directamente por allí. Me dijo adiós con la barbilla y caminó acariciando las baldosas con cierto swing hasta el otro extremo del andén, donde se puso a hablar con un grupo de chicos que se rieron al cabo de unos segundos con unas carcajadas que resonaron por toda la estación.

Lo cierto es que aquella Nochevieja yo no tenía nada que hacer. El plan de no tener planes. Por un momento, me planteé acercarme a Menelik y decirle que aceptaba su invitación: ya veía mi carne dada a los gusanos apareciendo en el puerto de Marsella, con una gaviota sobre mi cabeza sin vida; Smith, de Homicidios, llegaría hasta mis restos mortales después de un madrugón, con un café en la mano y el vaho del frío del amanecer saliendo por su boca. Del cadáver se podría ocupar mi primo Andrés, que había heredado la funeraria y los coches de mi tío Jesús.

«La vida es ensuciarse», me dije con decisión. ¿Qué podía perder? Di un paso hacia ellos para unirme a su fiesta, pero entonces llegó el tren.

Era la segunda parada de la línea, así que aún había asientos libres cuando entré en el vagón. No obstante, desaparecieron rápidamente. La gente los ocupó tras mirar a derecha y a izquierda y precipitarse hacia ellos.

Me apoyé en una de las puertas. Tenía el sabor del turrón y de las uvas que me había obligado a engullir apenas una hora antes. Mi padre había estado dormitando recostado en la mesa del comedor, completamente ajeno a los días que estaban por venir. Todo aquello ya quedaba fuera de su competencia, bastante tenía él con su alzhéimer y con los ictus que anunciaban que la última página de su historia andaba cerca.

Al otro lado de la mesa, mi madre miraba con desinterés la televisión y rellenaba los minutos de aquella noche con silencios y palabras. Del resto se ocupaba un programa de la televisión pública, el mando a distancia, los resoplidos del perro y una sucesión de monosílabos y palabras pequeñas que de vez en cuando salían de mi boca.

Al dar las doce, mi madre y yo nos tomamos las uvas y nadie llamó por teléfono. Ni a ella ni a mí, a pesar de que siempre nos habíamos esforzado porque todo saliera lo mejor posible y todo el mundo estuviera la mar de a gusto.

Y la escena fue así: mi madre sonríe y dice que feliz año; mi padre duerme y un pequeño reguero de baba le cae de la boca trazando su propio camino entre las miguillas de pan y turrón que se le han quedado pegadas en las comisuras de los labios; el perro, tumbado en el sofá, abre los ojos cuando llegan las doce y oye un griterío en la casa del vecino; yo digo con poco convencimiento que feliz año a todos; mi madre se levanta y me da un beso en la mejilla; luego se acerca a mi padre, le pasa una servilleta por la boca; el perro se despereza; mi madre despierta a mi padre y se lo lleva a la cama; en la televisión, el primer anuncio del año es de un aceite de oliva.

Cuando unas cuantas paradas antes de llegar a la mía decidí encender el móvil, unas chicas empezaron a bailar en mitad del vagón. Tal vez estuvieran camino de la fiesta de Menelik. Una de ellas ocupó el centro del tren y otra subió el sonido de su teléfono: una canción enlatada con bases de batería y trompetas se propagó como una bomba de racimo por el vagón. Las demás chicas empezaron a dar palmas a su amiga, mientras otra de ellas registraba la ocasión con su móvil; la cámara iba del cuerpo de la chica a las miradas embobadas de los pasajeros.

Un chaval con el pelo cortado al cepillo se acercó a ella, con los ojos vidriosos y el pantalón excitado. Empezó a contonearse a su lado, pero el ritmo no era lo suyo: lo suyo era la obscenidad. Se podía ver en su mirada y en la sonrisilla cómplice. Buscó la aprobación en los ojos vidriosos de otro muchachote que llevaba el pelo igualmente cortado al cepillo y que vestía con una americana muy parecida a la de su amigo: ancha, grande y fea. Eran como dos gotas de agua, de un agua cutre y suburbial.

Encendí mi móvil para escapar del vagón. Temía que alguien reparara en mí y tuviera que fingir ante ellos una sonrisa de compañía aérea, y ya sabía que eso se me daba fatal. Esperé encontrar en mi teléfono varios mensajes en los que me felicitaran el año; quizás algún mensaje que hablara de mí, algo que por fin me aclarara, un mes después, si mi historia de amor había salido con vida del aeropuerto internacional de Sheremetievo.

15

El tren tomó una curva lentamente y la gente empezó a dar palmas al ritmo de la música de la chica que se contoneaba en medio del vagón.

—Vaya fiesta, nen —dijo un chaval a mi lado, y acompañó su afirmación con una risa de mandril.

Se lo había dicho a una chica pelirroja y culona que se puso de espaldas a la bailarina del centro del vagón y que, cogiendo por el cuello a su acompañante, alzó su móvil por encima de la cabeza y puso morritos: foto. Se besaron con algo de torpeza, sin encontrarse plenamente los labios.

—Vaya fiesta —coincidió ella tras el clic de la cámara, y se puso a teclear mientras acariciaba con la mano izquierda la nuca del chico, cuya cabeza no paraba de moverse al compás de la música.

Observé de nuevo cómo la palabra «fiesta» se propagaba por el vagón, esparciendo sus tentáculos de ruido y desorden. La alegría se había vuelto algo viejo y demasiado artesanal como para que funcionara en noches como aquella. Era mejor la fiesta. Porque las fiestas se montan y se desmontan fácilmente. Son un producto prefabricado, como muebles de IKEA; si no te gustan, tampoco es tan grande la inversión y los puedes tirar a la basura y comprar otros. En las fiestas sucede lo mismo: montas unas gradas, después las desmontas y te vas para casa. Y hay patatas, canapés, alcohol y salas especialmente habilitadas para ello: se alquilan por horas y todo fluye.

De igual modo, ya no había tristeza: otro viejo producto de orfebrería. A la gente del vagón del metro no les alcanzaría ese sentimiento cuando al cabo de unos días volvieran a sus desdichadas rutinas.

Aquello tenía sus ventajas, resultaba profiláctico, te protegía de males mayores. Para qué erigir una catedral si Dios ya no existe. Es suficiente con una tienda de campaña donde pasar la noche cantando canciones con una guitarra. Basta con que la fiesta ocupe el lugar de la alegría. Basta con que el deseo ocupe el sitio del amor y el bajón barra a la tristeza.

Todo mucho más rápido y más efectivo: usar y tirar.

O puede que fuera cosa mía. Tal vez hubiera desarrollado una especie de anticuerpo para ese tipo de situaciones después de la noche de Sheremetievo. O quizá mi anatomía hubiera quedado inutilizada para interpretar la felicidad después de aquel puñetazo sobre el vientre de una mujer embarazada.

Hay gente que es alérgica al polen, al polvo o a la penicilina, y puede que yo lo fuera a la palabra «fiesta». Nadie se metería con un alérgico a la penicilina, pero ser alérgico a la fiesta era un estigma social. Por eso me sentí mal y empecé a dar palmas desde una esquina del vagón, para participar en la fiesta del mundo.

Uno de los chicos del pelo cortado al cepillo se acercó de nuevo a la chica que bailaba. La música, las palmas, la excitación. Empezó a moverse alrededor de la muchacha con un ritmo de barra de discoteca, tentativo, pero sin acercarse demasiado al centro de la pista.

La gente que subió al vagón en la siguiente parada se encontró con aquel espectáculo festivo y se fue sumando con palmas y movimientos asertivos de la cabeza: primero, sorprendidos; luego, gratamente admitidos en aquella fiesta improvisada.

Mientras tanto, el chico del pelo al cepillo ya había dejado su cubata imaginario encima de la barra y se había ido animando para darlo todo en el centro de la pista. Tenía los ojos rojos y una sonrisilla en el rostro. Igual que su alter ego, que seguía la escena desde otro rincón: la misma sonrisilla, los mismos ojos rojos.

Y entonces fue cuando la fiesta se salió de madre.

El bailarín, como en un acto tribal de iniciación, le tocó el culo a la chica: sin rodeos. Le dejó las manos en el trasero unos cuantos segundos, satisfecho por haber comenzado aquel extravagante rito de apareamiento.

El volumen enlatado de la música hizo que casi nadie oyera la voz que salió desde otro punto del vagón. El eco de la fiesta se había ido propagando por el tren como una ola en un campo de fútbol. Comprobé la hora y los nuevos mensajes en mi teléfono móvil. Volvía a ser de madrugada y a estar rodeado de gente que no conocía, y como en Sheremetievo volví a no encontrar la respuesta que deseaba.

—¿Qué estás haciendo?

—Y a ti qué te importa —dijo el chico del cepillo.

—¿Qué estás haciendo? —repitió Menelik desde la otra esquina del vagón.

—Y a ti qué te importa.

—A mí me importa lo que importa.

—Y yo hago lo que yo hago.

Todavía se oían los ecos de las palmas desperdigadas por otras partes del tren, pero el silencio que había entre una frase y otra lo puso todo patas arriba: un duelo al sol en un vagón de metro de la periferia. No podía ser más cutre.

—Apártate de la chica.

—Por que tú lo digas.

—¿Qué te parece? Dice que por que yo lo diga —respondió Menelik mirando a su lado derecho, a un lugar que quedaba ciego desde mi posición.

Se oyeron unas risotadas, como de gigantes escondidos en una cueva oscura o de gente apostada bajo una escalera de incendios en una calle de Chicago.

—¿No te parece gracioso?

—Sí, gracioso —dijo una de las voces ciegas.

Apenas se oían los ecos de las palmas festivas. El tren se había detenido en el túnel poco antes de llegar a la siguiente parada; sin venir a cuento ni que hubiera una razón técnica para ello; tal vez fuera una estrategia de los empleados del metro para quejarse de sus malas condiciones laborales.

—Tú te callas —dijo el chico del cepillo.

—Ja, ja, ja. ¿Qué te parece? Ahora da órdenes. No solo es un tipo gracioso, también es chulo.

El amigo invisible de Menelik se rio, al tiempo que el espejo del chico del cepillo salía de su esquina.

El tren reanudó su marcha en silencio.

—¿Tienes algún problema?

—¿Y tú de dónde salir?

—He salido de donde me sale de los huevos.

—Habla bien, niño.

—¿Que hable bien? Cállate, negro.

En ese momento, diría que un signo de admiración recorrió el vagón: ojos como platos, gente que se aparta discretamente ante lo que está a punto de suceder y sonrisas que desaparecen a la velocidad de la luz. Pero sé que no es así. Sé que eso era yo, que estoy enfermo de literatura y cuentos chinos.

La chica que bailaba se había apartado del centro de la escena discretamente. Toda fiesta tiene su punto de violencia, y esta ocasión no iba a ser menos. Es otra de las cosas que diferencia la fiesta de la mera alegría: la fiesta siempre promete estallar en mil pedazos en cualquier momento. Es la servidumbre que hay que pagar por las prisas y el cartón piedra, todo se deshace más fácilmente.

Un tipo con zapatos rojos y calcetines a juego con su corbata grababa la escena con su móvil. Movió el cuello para que crujiera, primero a la derecha, luego a la izquierda, mientras cerraba los ojos. Su cámara siguió apuntando al objetivo.

—¡Tú eres racista, hijo puta! —gritó Menelik.

—Vete a la mierda, puto negro.

El hombre que ocultaba su voz debajo de la escalera de incendios salió de su escondite de peli americana y se puso al lado de Menelik.

El tipo del cepillo se colocó a la derecha de su gemelo.

—Déjalo, Men —rogó la chica que bailaba.

—Siéntate ahí —le soltó Menelik.

—Puto negro machista —le respondió Pelo Cepillo.

Su alter ego sonrió y miró fijamente al amigo de Menelik: dos contra dos.

—¿Y tú qué miras?

—Poca cosa.

—He preguntado: ¿qué miras?

—Y yo te he dicho: poca cosa.

Cada vez había menos gente a su alrededor. Entre los dos bandos, había surgido una tierra de nadie. Un espacio pegajoso con rastros de confeti. En el instante en que uno de los contendientes lo pisara, se iniciaría la batalla. Ese era el episodio violento del que hablaría el periódico al día siguiente como una de las pocas cosas que hubo que lamentar en una noche de fiesta y buenos propósitos.

Incluso los codiciados asientos habían quedado vacíos a su alrededor. Solo los que estábamos atrapados entre un lado y otro en el vagón seguíamos allí, como extras de aquel West Side Story de pacotilla: el tipo que grababa, la chica que se hacía fotos poniendo morritos, su novio y yo.

—No tener permiso para tocar a chica —dijo el amigo de Menelik.

—¿Y quién me tiene que dar permiso para qué?

—¿Eh?

—Eso.

En realidad, puede que todo pasara mucho más deprisa de como lo estoy contando, pero así he decidido recordarlo.

—Puto negro.

—Puto fascista.

—¿A que te meto una hostia y te envío a tu país, puto negro?

—¿A que meto yo a ti, puto cabrón? Tú no tener huevos.

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