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Raúl Alonso Alemany Los días ciegos
Los días ciegos
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Raúl Alonso Alemany Los días ciegos

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—Sí, ir pronto —le respondí con ganas de quitármelo de encima.

—Mí también —dijo él—. Pero a mí parecer que el planeador de ti ir a otra ciudad, otro lugar.

Sonreí para poner fin a la conversación.

—La vida es en este modo —siguió él, que me hizo perder la concentración en mi mensaje de artificiero: ya no sabía qué cable cortar ni a quién preguntarle, si a quien siempre mentía o si al que siempre decía la verdad—. El hombre nunca sabe dónde es el final. Tú mirar el hombre muerto antes. ¿Esto no es verdad?

Pensé que tal vez fuera una señal que se me pusiera a hablar precisamente en ese momento. ¿Estaba mandándome señales el universo a través de un personaje de mi imaginación?

—Yo cambiar el planeador en el último minuto —añadió—. Ahora yo ir a otro lugar. El hombre nunca sabe dónde es el final —repitió.

—Sí —dije. Y no sé si fue la madrugada o si fue porque quería otra señal, algo que volviera a dejar clarísimo que todo Sheremetievo hablaba de mí, pero el caso es que le pregunté—: ¿Y la chica del largo pelo?

Una sombra cruzó su rostro. Había leído muchas veces esa frase en las novelas que había corregido y leído durante años. A Millás le había leído que frases como aquella ocupaban un lugar en el manual de estilo junto a expresiones como «Cruzó el zaguán», «Olía a naftalina», «Lo miró de hito en hito» o «Frunció el ceño». Pero nunca había visto una frase como esa en tres dimensiones.

Todavía con el móvil y las palabras milagrosas en mis manos, sentí que finalmente la literatura me había atrapado. Ahora sí que era el protagonista de todas las novelas, ahora sí que todos los géneros se confundían en una sola vida, aunque para ello hubiera tenido que cruzar Europa y pasar una noche en un aeropuerto.

La respuesta a por qué de mi soledad en Sheremetievo el día en que le dije a la mujer a la que quería que se quedara conmigo para siempre tenía que ver con cómo me había convertido yo mismo en frases de libros que había leído centenares de veces.

—El hombre nunca sabe dónde es el final —repitió por tercera vez el hombre que no llevaba sombrero de ala ancha—. La sola opción para conseguir el amor de una mujer es estar paciente —añadió, y se fue de nuevo, sin tocarse el sombrero que no llevaba.

Cerré los ojos unos segundos. Las lentillas me molestaban, pero siempre me las pongo cuando he de coger un avión. Me parece que en caso de accidente aéreo es mejor llevar lentes de contacto que gafas, por si hay que ver llegar de lejos las cosas.

Al abrir los ojos, el tipo sin sombrero había desaparecido, y no supe si me lo había imaginado todo. Grupos de pasajeros empezaron a formar colas con pasaportes y billetes en las manos. En fila india, en desorden, con cara de dormidos. En el aire, seguía aquel bullicio alegre y tenso que precede al momento de embarcar: como si no fuera insensato meterse en una cápsula forjada de un material desconocido, con toda esa chapa de pintura blanca y ese cubículo pequeño dispuesto a sobrevolar miles de kilómetros a miles de metros de altura.

Volví entonces a mirar el móvil (cable rojo, cable azul; guardián que dice la verdad, guardián que cuenta siempre mentiras) y ya no vi las infalibles palabras de amor que había escrito para Masha. Solo la pantalla en negro del teléfono; la batería se había agotado mientras el tipo que no llevaba sombrero de ala ancha me decía que nunca se sabe dónde está el final.

En lo alto, una pantalla anunció que quedaban menos de diez minutos para embarcar, el final de mi viaje de amor.

12

Volqué mi maleta en el suelo y desparramé su contenido en busca del cargador del móvil. Algunos pasajeros que compartían conmigo la sala de espera detuvieron sus carcajadas; otros suspendieron sus gestos; hubo quien canceló un bostezo nervioso o inconsciente.

Alguien que deshace la maleta antes de entrar en un avión es el mundo al revés. Todos me miraron.

Esparcí las cosas allí mismo: ropa sucia metida en una bolsa de un supermercado; un neceser de color verde que había comprado en un chino por cincuenta céntimos, ya con la cremallera rota; dos libros que apenas había leído en aquellos días: Una novela rusa, de Emmanuel Carrère, y La historia del amor, de Nicole Krauss; una máquina de afeitar y unas zapatillas de deporte que no había usado; un jersey gordo de color azul que me había comprado para la ocasión; dos camisetas térmicas que desprendían un desagradable olor a colonia y sudor; calcetines, muchos calcetines, gordos, porque yo siempre tengo frío en los pies.

Todas las cosas necesarias para sobrevivir a una historia de amor no correspondido y al frío de Moscú, a una línea desdibujada y a la nieve. Y por fin, debajo de toda mi vida desparramada, el cargador del móvil: blanco, largo y ligeramente pelado en el punto de unión con la clavija.

Miré a mi alrededor para comprobar si la gente seguía pendiente de mí, pero ya solo me observaba una niña japonesa con los ojos bien abiertos, como un dibujo animado. Apoyaba la cabeza en el hombro de su madre y me sonreía. A ella no se le olvidaba que yo era un hombre raro. O puede que para ella aquello no fuera más que un juego; por eso, en cuanto volví a meter apresuradamente mis cosas en la maleta (cuatro minutos para que empezara a embarcar la gente en el avión de vuelta a Barcelona), la niña dobló el labio inferior hacia abajo en busca del temblor y del llanto.

Me la quedé mirando durante unos segundos, suplicándole su complicidad y silencio, para que no me delatara, como un preso huido que busca la ayuda de un guardia novato. Pero no funcionó: la cría se echó a llorar.

Así pues, el día en que le pedí a la mujer a la que amaba que pasara el resto de su vida conmigo, hice llorar a una niña japonesa. Me consolé con la idea de que tal vez dentro de muchos años vería imágenes de un programa de televisión japonés en el que los concursantes deberían tomar un avión rumbo a un destino desconocido, pero antes de hacerlo tendrían que superar una serie de pruebas, una de las cuales sería deshacer las maletas y encontrar un cable blanco ligeramente pelado que les serviría para mandar un mensaje de amor que ni un artificiero. Quizá mi desorden sería el germen que pondría orden en la mente en crisis de esa niña convertida en creadora de concursos televisivos japoneses veinte o treinta años más tarde.

Había perdido otro minuto más por culpa de aquella cría y por pensar esa idiotez. Que la niña llorara, qué más daba. Quien bien te quiere te hará llorar. Además, por lo que yo sabía, eso era básicamente lo que hacían los niños: llorar, hacérselo encima y reír sin sentido. Como cuando todo acaba. La rueda de la vida, de la infancia a la vejez. Pensé en mi padre, en mí mismo convirtiéndome en él.

Busqué un enchufe debajo de los asientos, entre los pies de varios pasajeros que me miraron con desconfianza. Tres minutos para entrar por aquel tubo gris camino del avión y no había dónde enchufar el teléfono y poder mandar mi mensaje redentor. La llave de la felicidad en una oración principal precedida de una subordinada. Pero no había enchufe a la vista. Y, por muy talentosa que fuera mi frase, sin corriente eléctrica no me serviría de nada.

Seguía teniendo una fe inquebrantable en las palabras, pero carecía de energía.

Cogí la maleta por el asa corta y busqué un enchufe debajo de otros bancos, pero los arquitectos rusos no habían previsto que un español enamorado tuviera que mandar un mensaje de vital importancia justo antes de tomar un avión poco después de quedarse sin batería.

Vi a una mujer rubia de espaldas anchas y ropa de vivos colores caminar por un pasillo poco iluminado y con baldosas amarillentas. Llevaba un neceser en la mano. Sonreí: seguro que en el lavabo encontraría un enchufe para desactivar la bomba.

Una cola de mujeres aguardaba su turno, mientras los hombres iban pasando al servicio de caballeros como si tal cosa. Empujé la puerta del lavabo con cierta aprensión, intentando no tocar el pomo, donde imaginé campando a sus anchas a un sinfín de bacterias procedentes de cualquier lugar del mundo: microbios rusos, chinos, españoles, franceses, coreanos, italianos, colombianos… Un montón de palabras, acentos y orina que, a la que te descuidaras, te podría inocular un virus que te hiciera olvidar hasta el color de los zapatos que llevabas puestos.

Al entrar me quedé quieto al lado de la puerta. Miré la zona de los lavamanos. Solo vi un enchufe y no estaba disponible. Lo ocupaba un hombre de rasgos asiáticos que apuraba con su máquina de afeitar una barba invisible. Ese ruido de la maquinilla me taladró el cerebro de inmediato, igual que la mirada complaciente del hombre contra el espejo. Su paz me pareció falsa. La odié al instante porque impedía que yo le diera orden a mi caos, que eligiera entre quien dice siempre la verdad o quien siempre miente.

Así pues, el día en que le dije a la mujer a la que amaba que quería pasar el resto de mi vida a su lado, me acerqué a un desconocido por detrás en el lavabo de un aeropuerto moscovita y le di unas palmaditas en el hombro al tiempo que tosía. Sabía que aquello contravenía una de las reglas fundamentales de cualquier credo heterosexual que se precie: jamás puedes tocar a otro hombre (aunque sea en el hombro y con la punta de los dedos) en un lavabo.

El tipo dio un respingo en cuanto vio mi imagen en el espejo.

—Entonces vi que un hombre de entre treinta y cinco y cuarenta años se reflejaba en el espejo. Me temí lo peor, y la cosa no mejoró cuando sentí sus dedos sobre mi espalda.

—¿Y qué aspecto tenía esa aparición? —preguntaría el presentador del programa coreano de fenómenos paranormales.

—Malo. Francamente malo. Poco pelo, barba mal afeitada y, lo peor de todo —pausa dramática—: los ojos nada rasgados.

El hombre se agitó de nuevo en cuanto sintió mis dedos en su espalda. Empecé a mover la boca para pedirle si podía dejar de afeitarse y permitirme cargar un momento la batería de mi móvil para que pudiera enviar un mensaje que, estaba convencido, devendría en un punto de inflexión en mi vida. Yo hablaba en nombre del amor, de la fe en el lenguaje y de algo enorme, de proporciones descomunales. Mucho más grande que nosotros. Maria Elena me lo había dejado bien claro con la historia de su primo el relojero; solo hay una cosa más grande que el amor o que cualquier guerra: aquello en lo que crees.

—Yo necesitar… Mi teléfono es sin batería —le dije.

Reflejadas en los espejos, vi las espaldas a unos cuantos hombres que orinaban de pie contra la pared: las manos por delante y unos ligeros saltitos al acabar, como cuando se dice Wittgenstein. Ese olor tan característico de lavabo público que alguien limpia cada cinco o seis horas por un sueldo miserable lo invadió todo. Vi al lado del espejo una hoja de papel que indicaba cuándo lo habían desinfectado por última vez, pero lo ponía en ruso, así que no entendí nada.

El mensaje para Masha me quemaba entre las manos. A estas alturas, la gente ya estaría embarcando en el avión. Y todo dependía de que ese tipo me dejara conectar un momento mi teléfono en el enchufe. Sin embargo, el puto coreano siguió afeitándose con parsimonia tras devolverme la mirada con una sonrisilla, esa falsa sonrisa que seguro que le habían enseñado de pequeño: al mal tiempo buena cara y toda esa basura.

Puto gilipollas, pensé.

No me corté: todo dependía de aquello. Me puse a su izquierda y tiré del cable de su máquina de afeitar.

—Y entonces pasó algo que aún me pone los pelos de punta —diría el coreano, negando con la cabeza.

—¿Qué pasó, coreano que se afeita en aeropuertos? —preguntaría el presentador fingiendo una gran sorpresa.

El ruido de la maquinilla se apagó. Sobre el rostro del hombre cruzó un carrusel de emociones, pero ninguna de ellas fue la ira. Sorpresa, tal vez. Resignación, un poco. Indignación, más bien escasa. Pero a mí me daba igual: yo era un hombre enamorado, y a los hombres enamorados todo lo demás nos importa un comino.

—Le dije algo… No recuerdo qué —respondería el coreano—. Pero él no parecía entender mi idioma. Y no sentí más deseo que salir de allí. Tenía solo la mitad del rostro afeitado, pero qué importaba dadas las circunstancias.

—¿Y nadie más vio nada? Antes ha dicho que había otros hombres en el lavabo —insistiría el presentador.

Los tipos que habían dado saltitos al acabar su micción ni siquiera se lavaron los manos, tal vez para evitarme, tal vez porque la mayoría de la gente sigue sin hacerlo.

Con su rostro medio afeitado, el coreano corrió fuera del lavabo. Ahora el único enchufe era mío, qué importaba nada más. Esperé unos segundos a que el teléfono recobrara parte de su vida: negro, un circulito blanco rodando, introduzca un par de números y, adelante, ya puede escribir su mensaje de amor de artificiero.

Escribí el mensaje decisivo y le di a la tecla de enviar varias veces; pero estaba borrosa, también ella fantasmal y mal iluminada. Por un momento, me entró el pánico. Como si en el momento en el que ya había decidido cortar el cable azul, los alicates se deshicieran en mis manos; como si, justo cuando decidía preguntarle al guardián que siempre dice la verdad, me diera cuenta de que el juego no consistía en eso: de que estaba jugando al fútbol con las reglas del ajedrez, de que estaba confundiendo la apertura Réti con un córner lanzado al segundo palo.

Insistí varias veces, incluso borré el mensaje y volví a escribirlo de nuevo, pero no había nada que hacer. Miré con desesperación mi rostro en el espejo y pensé en mi madre. Ella había traído al mundo a un niño rubio con los ojos verdes, sano, bueno y hermoso. ¿Cómo se había convertido él en mí? ¿Qué había sucedido para que se transformara en el tipo del otro lado del espejo? Esa barba mal afeitada, esas ojeras, esas entradas, ese avanzar hasta los cuarenta años con tan poco decoro.

Respiré profundamente: tenía que haber una explicación para todo eso. Fueron unos momentos de una angustia estremecedora hasta que me di cuenta de que la señal del wifi no llegaba al lavabo. Desenchufé el teléfono, cogí la maleta por el asa y salí del baño precipitadamente.

Corrí al trote por los pasillos hasta llegar a la zona de embarque. Bajo la pantalla donde ponía «Barcelona», una chica y un chico sonrientes y vestidos con trajes azules y rojos me miraron con extrañeza: a mí, a un niño rubio con ojos verdes y una maleta rota.

—Barcelona —les dije.

—Sí, señor —respondió la chica con una sonrisa entrenada.

—Sí —repetí yo.

Ella miró a su compañero levantando ligeramente las cejas.

—Billete y pasaporte, señor —dijo la chica.

—Sí, claro —respondí, e intenté también esa sonrisa de manual.

Busqué el pasaporte y la tarjeta de embarque. Vacié mis bolsillos allí mismo: las llaves de casa, una servilleta arrugada, cuarenta y tres rublos y el cable de mi teléfono. Nada de pasaportes ni de tarjetas de embarque.

—¿Algún problema, señor? —intervino el tipo, también con aquella sonrisa de línea aérea.

—No… Yo quiero significar…, sí. Uno un minuto, por favor —dije con mi inglés de cola de embarque.

Nuevos pasajeros empezaban a llegar a la sala para tomar los próximos vuelos; sin embargo, ellos ya no habían pasado toda la noche en el aeropuerto. Mientras buscaba mi pasaporte, sentí que eran unos impostores, porque no había dormido y porque estaba convencido de que si uno toma un vuelo de Moscú a Barcelona, lo más digno es pasar toda la noche en vela y ver a hombres muertos, y recordar a sus padres, y hablar con mujeres que son obsesiones.

13

Me alegré de que me hubiera tocado el asiento de ventanilla, así podría apoyar la cabeza contra ella y suspirar de vez en cuando con la mirada perdida en las nubes. La melancolía es como la mujer del césar: no es solo un estado del alma, también su representación. A veces, más lo segundo que lo primero.

Me había atado el cinturón de seguridad en cuanto me había sentado. Es lo que se recomienda, el protocolo. A mi izquierda, había un asiento vacío, entre una mujer gorda con el pelo cardado e innegablemente rusa (hombros anchos, rubia, combinación de colores vivos en su vestuario) y yo. Estiré mi pie izquierdo lo máximo que pude y suspiré.

En la puerta de embarque había tenido que abrir otra vez la maleta. Debajo de la bolsa de la ropa sucia, había encontrado el pasaporte y la tarjeta de embarque. Agachado en el suelo, los levanté para que aquellos dos chicos que habían dudado de mi condición de pasajero legal se dieran cuenta de que estaban muy equivocados conmigo: todo bajo control. Yo era un tipo que cumplía la ley, que se abrochaba el cinturón cuando tocaba, que no se levantaba de su asiento hasta que el avión se detenía.

En cuanto volví a meterlo todo en la maleta (la ropa interior, el cepillo de dientes, los libros sin abrir), me incorporé de un saltito, puse un pie sobre la maleta e intenté cerrarla como buenamente pude. El chico de la sonrisa ensayada se acercó a mi lado y puso las manos sobre ella para ayudarme. Me pareció que él debía de ser el guardia que siempre decía la verdad; sin embargo, en cuanto logramos cerrarla, la chica empezó a aplaudir tímida y sordamente, con las manitas bien pegadas a su cara redonda. ¿Tal vez fuera ella la que nunca mentía? ¿Por qué, si no, iba a ser tan mona?

Ambos me desearon un buen viaje. Otra vez esas sonrisas ensayadas: qué bien quedarían en las fotos, los corazones agradecidos y gustosos se acumularían en las redes sociales. Me sentí contento por ellos: sobre todo por el que siempre decía la verdad, aunque en el fondo lo mismo daba.

Empecé a andar por el pasillo: cable rojo, cable azul.

Entonces me sobrevino un escalofrío. Me palpé los bolsillos y me invadió el pánico: billete, pasaporte, maleta, cable del teléfono, servilleta arrugada…

—Excúseme, señor —dijo una voz a mis espaldas.

Cinturón de piel marrón que me había comprado cuando tenía quince años, cuarenta y tres rublos, dos caramelos Hall, restos de olor a colonia, una moneda de veinte céntimos de euro…

—Señor, excúseme —insistió la voz.

Me di la vuelta y vi otra vez la sonrisa ensayada de la chica: perfecta, blanca, neutra. Sonrisa de tristeza o de alegría, de veinticuatro horas al día: pase por aquí, entre por allá, gracias por volar con nosotros.

—Su teléfono, señor —dijo ella, que debía de ser la que siempre decía la verdad—. Se lo había dejado en el suelo —añadió.

La miré y le di las gracias con la cabeza mientras recogía el móvil de sus manos. Allí dentro seguía el último mensaje de amor para Masha, el decisivo. Pero aún no lo iba a mandar: me pareció más heroico y dramático esperar a estar sentado en el avión.

Cerré los ojos y volví a suspirar con la cabeza pegada a la ventanilla. Ya no podía prolongar más el momento. La mujer del pelo cardado estaba hablando a gritos con alguien al otro lado del avión, con más de una persona en realidad. En su huida grupal hacia el sol de invierno en España, había decidido sacrificarse por todos los demás y viajar sola las cuatro horas de camino hasta Barcelona, alejada de sus compañeros de aventuras. Eso supuse. Aún no eran las ocho de la mañana, pero ellos gritaban por encima de nuestras cabezas, y yo sabía que había llegado la hora: el día en que le pedí a la mujer a la que quería que se quedara conmigo para siempre, fuera ya no nevaba y el cielo azul asomó por primera vez en los diez días que pasé en Rusia.

Nunca había pasado tanto tiempo sin ver el sol y pensé en incorporar esa sensación a mi mensaje de amor para Masha. Sus ojos azules como el cielo azul. Sonaba tan vulgar…, pero no había dormido y un tipo que estaba muerto había arrojado sobre mi cara un espantoso hedor a vodka para recordarme quién era.

Además, yo sabía que los ojos de Masha no eran solo azules, así, sin más. En sus ojos azules, uno podía ver el mar. Pero no únicamente era el color. Se podía ver el mar porque el mar está lleno de cosas. En el mar hay de todo: hay tesoros escondidos y hay peces muertos; hay algas flotando y hay aguas cristalinas donde ves tu propio cuerpo; hay inmigrantes náufragos y hay piratas asesinos; hay barcos de guerra y hay embarcaciones de recreo. Y también había de todo en los ojos de Masha: había una alegría descontrolada por la vida y había una tristeza súbita; había cuando te mentía y había cuando salías detrás de ella para decirle que la querías; había la tristeza por tener que exiliarse y había la rebeldía contra las leyes de inmigración; había fidelidad y empatía, pero había traición y soledad; había que me dejara marchar de allí sin ella y había que convirtiera una ciudad en la que pasaban meses sin verse el sol en el mejor lugar del mundo.

—Señor, excúseme, señor. —Una voz sonó en mi cabeza.

Abrí los ojos, mis ojos verde-marrones en los que definitivamente no se podía ver el mar. ¿Qué se podría ver en mis ojos? ¿Qué es verde y marrón?

—Señor —me dijo la chica que hacía unos minutos me había dado el teléfono, la que siempre decía la verdad—, ¿usted hablar inglés?

Asentí y mentí, todo a un tiempo.

Y la chica empezó a hablar en un inglés de avión, más profesional que el de la sala de espera, con la boca cerrada y haciendo gestos con las manos cada poco tiempo, mientras la mujer del pelo cardado y yo asentíamos como si entendiéramos media palabra de lo que nos estaba diciendo y de lo que teníamos que hacer en caso de que el «aparato aéreo» se estrellara o amerizara. Como si en ese caso no fuéramos a ponernos a gritar como unos locos. Como si, en el improbable caso de sobrevivir, no fuéramos a subirnos por encima de las cabezas de los otros pasajeros para salir de allí lo antes posible. Sería muy mala suerte que después no se abriera la puerta de emergencia por no haber prestado más atención a las clases de inglés del colegio. Por lo demás, no me inquietaba demasiado el tema del accidente porque llevaba puestas mis lentillas. Eso me hacía sentir incomprensiblemente seguro. En caso de siniestro, estaba preparado: lo vería todo perfectamente.

La chica que siempre decía la verdad continuó hablando y hablando mientras yo seguía con el teléfono en la mano asintiendo y cerrando los ojos cada poco. Por otra parte, consideré una buena señal que se me hubiera puesto a hablar precisamente ella, la persona que me había devuelto el móvil hacía apenas unos minutos.

Cuando por fin acabó sus explicaciones, sonrió y se incorporó un poco para ajustarse la falda, luego caminó hacia la cabina del avión. La mujer de anchas espaldas y pelo cardado me miró con cara de preturista, como si en cualquier momento fuera a preguntarme dónde quedaba la playa o si podía recomendarle un buen restaurante donde tomar una de esas famosas paellas. La evité y encendí de nuevo el teléfono móvil. Fui a la aplicación correspondiente e intenté mandar el mensaje, pero dentro del avión no había señal de wifi.

Otro pequeño error de cálculo.

Debía desactivar esa bomba que tenía entre las manos: cortar el cable de una vez y largarme de allí, preguntarle a uno de los guardias cuál era la solución para todo aquello.

Activé los datos del teléfono mientras oía unos gritos en la parte delantera del avión a los que no presté atención. Aquel alboroto no hablaba de mí, ya no tenía nada que ver con la noche que pasé en el aeropuerto internacional de Sheremetievo, cuando le pedí a Masha que se quedara conmigo para siempre.

Leí unas cuantas veces el mensaje que resumía la historia de mi vida en unas pocas palabras. Tenía siete, doce, quince, veintidós, veinticinco, treinta, treinta y tres años… Una sucesión de tiempo: la vida condensada en un par de frases. Y ahí estaba yo, montado en un avión ruso camino de mi casa y activando el roaming. A la porra todo: cuando estaba con Masha, no había nadie más en el mundo.

Eso era lo único importante, lo único que había que decir.

Es probable que en algún momento los gritos dentro del avión me despistaran de aquel texto, de quien siempre mentía o de quien siempre decía la verdad, del cable rojo o del cable azul, pero no lo recuerdo.

En las dos frases que le escribí a Masha, aparecieron el borracho muerto de los mocasines marrones, apareció mi padre y su enfermedad, el hombre que componía versos y la mujer que los aplaudía, apareció la chica con melena de cuento de hadas y sus amantes (el joven y el viejo), los signos del horóscopo y la gente que creía en el destino; allí estaban los enfermeros, mi madre y mi abuela; aparecieron el relojero, la viuda y Sofia Arnaboldi en su burdel, también la chica que hacía de figurante y el tipo condenado a vivir para siempre en un asilo; apareció la niña japonesa que lloró y el hombre coreano que se había afeitado solo la mitad de la cara; apareció el silencio de Masha la noche que pasé en el aeropuerto tras pedirle que se quedara conmigo para siempre y apareció Maria Elena, dicho así, a la italiana, con acento en la primera «e», con sus palabras y sus silencios eternos, para siempre, para toda la vida, a más de siete mil quinientos kilómetros de distancia de mi avión.

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