Iago Tudela Lágrima Dulce
Lágrima Dulce
Lágrima Dulce

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Iago Tudela Lágrima Dulce

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Melissa se señaló a sí misma con el dedo, confusa, y se dirigió a él.

—Melissa, me han sorprendido gratamente tus aportaciones en clase —dijo el profesor.

Los escasos cincuenta centímetros que separaban a la alumna del profesor hacían patente la descuidada barba de este, que, unida al mechón rizado que caía por su frente y a la seguridad profesional, le otorgaban un atractivo innato del que Melissa no se había percatado hasta ese momento.

—Gracias —musitó con voz débil.

—Me gustaría que te unieras al seminario que imparto los martes después de las clases. Está dirigido a alumnos con inquietudes que quieran profundizar en la materia, y creo que tú reúnes las aptitudes.

—Ah, claro. Sí, sí, por supuesto. Muchas gracias.

—Espero verte allí —dijo el profesor con una sonrisa mientras con dos dedos le deslizaba una tarjeta.

Melissa la cogió y esperó a salir de clase para leerla. En ella estaba inscrito el nombre del seminario, el horario, el teléfono y el profesor que lo impartía: Ganiz García.

10

Barcelona, octubre 2019

—Hablaré yo. Quédate con lo importante.

Julián Pedraza asintió con la cabeza mientras giraba el volante para embocar Vía Layetana dirección al muelle. A pesar de sus veintiocho años, era el hombre de confianza de la inspectora Guijarro. Solo en los casos que ella decidía le dejaba tomar la palabra. Y los delitos de sangre no eran uno de ellos. Ambos lo sabían, pero Lucía Guijarro no era de las que daban las cosas por sentado y las órdenes, pensaba, por reiteradas que fuesen, ayudaban a acotar el margen del error.

El corte de pelo militar de Pedraza dejaba al descubierto las venas de sus sienes. Esta vez vestía de paisano con una sudadera oscura con capucha, camiseta interior blanca y unos tejanos que sostenían oculta la pistola en su cintura. Gracias a un físico envidiable, sus casi ciento noventa centímetros de altura y su extrema diligencia en el trabajo, Julián no solo había obtenido los mejores resultados en las pruebas de acceso al cuerpo de policía, sino que había logrado ganarse la confianza de la inspectora. Algo nada fácil. No obstante, Lucía se esforzaba diariamente por redimir cualquier mínima deferencia con el chaval, y los refuerzos positivos que le otorgaba se reducían a una ligera palmada en la espalda o un silencio, acompañado de un inapreciable mohín en los labios. Esa era la educación que ella había recibido y que le había ayudado a alcanzar el puesto de inspectora del cuerpo de Policía en un empleo y ámbito laboral tutelado por hombres. Los primeros días en la oficina como inspectora, los tuvo que conciliar con ser el blanco de vulgares miradas de reproche y comentarios con sucintas pinceladas machistas. Un martes a la hora del desayuno agarró por los testículos a uno de los autores delante de todo el cuerpo y, desde entonces, se esfumaron las dudas.

El mar Mediterráneo se vislumbraba a través de la luna delantera del coche oficial. Este torció a la derecha para tomar el paseo Colón, que era un hormiguero de personas de todas nacionalidades y razas transitando por el barrio Gótico. Medio centenar de manteros ofrecían descarados sus ilícitas mercancías a los turistas que paseaban por su lado y que con desdén despreciaban. Pocos se agachaban a inspeccionar el género, que seguramente la noche anterior había sido introducido por el puerto que tenían a sus espaldas procedente de países asiáticos. Julián se los quedó mirando con resignación a través de la ventanilla del coche, sintiendo una punzada de inconformidad en su interior.

El clima inducía a confusión y por las calles camisetas de tirantes se reñían con chaquetas y gabardinas. Era algo común en la Ciudad Condal, sobre todo, en las estaciones de primavera y otoño.

—Es ahí —señaló Guijarro.

Julián aparcó el coche en un camino de tierra que daba acceso a la casa. Volver al escenario del crimen produjo a Lucía un escalofrío que disimuló, profesional, abrochándose la chaqueta. La valla que cercaba el recinto estaba abierta como si ella misma hubiera despejado el camino al esperar visita. Las deportivas que calzaban los dos policías resonaban en la gravilla a cada paso que daban, como si estuvieran pisando los cereales del desayuno.

El juez De Marcos los aguardaba sentado en una mesa redonda de acero, con tres vasos de agua sobre ella, situada debajo del porche. Con un ademán distraído, los invitó a sentarse. La inspectora lo miró a los ojos para agradecerle la invitación, y vio una mirada inerte, absorbida por el dolor de quien ha perdido a una hija. Una mirada que no miraba.

La inspectora sabía que estos momentos eran los más desagradecidos de su trabajo y que ninguna formación, ninguna prueba, ninguna terapia te preparaba lo suficiente como para afrontar con la frialdad necesaria el interrogatorio de alguien que acaba de perder a un ser querido. Una persona a la cual la ira, la demencia o la venganza de un insensato le ha desarbolado de un cañonazo el mástil que sostiene una de las velas que empuja su vida, la cual ahora navega a la deriva. A pesar de ello, por suerte o por desgracia, Lucía se había tenido que enfrentar asiduamente a situaciones como aquella, y para lo que no te prepara lo suficiente un libro, te instruye la experiencia. A manotazos.

—Señor De Marcos, agradezco que haya accedido…

—Sé cómo funciona —interrumpió, hosco, el juez—. Hagan las preguntas que deban hacer.

La voz rasgada del juez De Marcos sonó lánguida, con ápices de rabia contenida.

—En primer lugar, lamento lo ocurrido —tanteó la inspectora—. Mi compañero y yo estamos trabajando en descifrar el mensaje que el asesino de su hija dejó escrito en el pecho, así como el simbolismo de los objetos que depositó en ella. Tanto la venda como el consolador. Este tipo de crímenes repletos de simbología no son comunes. Así que la investigación la llevaremos con la máxima discreción, con tal de mantener alejada a la prensa y evitar noticias sensacionalistas engordadas con falsas suposiciones. De esta forma, es posible que el caso no lo vea por televisión o los medios, pero ello no quiere decir que no estemos dejándonos la piel en él.

Asintió De Marcos, impasible.

—Nos ayudaría saber —continuó Guijarro— si podría haber alguien en su entorno que quisiera hacerle daño a usted o a su familia, o con quien pudiera tener cierta enemistad.

—No tengo más enemigos que los que pueda tener cualquier otro juez.

—Los jueces son un blanco fácil. Lamentablemente, llevan colgada una diana en la espalda debido a la responsabilidad que conlleva su trabajo. Así que cualquier cosa, por pequeña que sea, nos serviría de ayuda.

De Marcos bebió un sorbo de agua, dejó el vaso y miró fijamente a la inspectora.

—Creo que ya he dado mi respuesta a esa pregunta.

La inspectora reculó y trató de tomar otro camino.

—Debido a las circunstancias en las que nos encontramos el escenario del crimen, creemos que el autor quiere transmitir un mensaje del que, de momento, desconocemos la índole. Sin embargo, la casuística nos dice que este tipo de homicidas suelen simpatizar con creencias extremistas. ¿Su familia profesa alguna religión?

—Somos católicos no practicantes.

—¿Alguien de su familia o usted mismo ha publicado algún mensaje religioso en los últimos días? Twitter, Facebook…

—Respeto profundamente la intimidad de mis hijas, así que no leo lo que puedan publicar. Además, no tengo redes sociales.

—¿Están afiliados a algún partido político?

—No. Y tampoco respaldamos el movimiento independentista, si era esa la siguiente pregunta.

Las cuestiones formuladas hasta ahora bastaron a la inspectora para darse cuenta del perfil de interlocutor con el que se enfrentaba. La mayoría de los casos albergan a viudas desconsoladas que, envueltas en lágrimas, otorgan las respuestas más asequibles que les venían a la mente. Este caso era diferente; el juez era un tipo inteligente, que enmascaraba su dolor bajo una coraza de hostilidad, y ello provocaba que la situación fuera más delicada si cabe.

Guijarro apoyó los codos en sus rodillas y entrelazó los dedos de las manos.

—El juguete sexual con el que apareció el cuerpo de su hija nos hace pensar que pudo haber violación. —La incomodidad que produjo en la inspectora esa argumentación fue percibida por el juez—. Estamos revisando las cintas de las dos cámaras de seguridad, pero aquella noche había casi cien personas en la fiesta, lo que dificulta la tarea. ¿Sabe si su hija tenía algún novio o algún amigo que frecuentase?

—No que yo conozca.

—Necesitaríamos una lista de los diez o quince amigos más cercanos de Aitana.

—No será problema.

—Usted y su mujer se encontraban de viaje. ¿A quién proporcionaron esta información?

—Únicamente a compañeros de trabajo y a familiares por si necesitábamos que se acercasen a echarles un ojo a las niñas. Son mayorcitas, pero adolescentes.

De Marcos se removió en la silla, adoptando su cuerpo una nueva postura. La inspectora percibió el gesto de hastío del juez y temía que los despachara en breve.

—Hemos interrogado a su vecino y nos ha dicho que no oyó nada a la hora del crimen. ¿Tiene buena relación con él?

—Ni buena ni mala —contestó De Marcos con desapego.

—¿Pertenece usted a algún grupo o asociación?

Suspiró De Marcos antes de responder. Perdió la vista, recordando:

—Participo en coloquios e imparto formaciones dentro de la Escuela Judicial. Fuera de eso, nada más.

—¿Y algunas de esas formaciones tratan temas dogmáticos?, ¿religiosos?

Negó el juez con la cabeza.

—No es esa la finalidad de la formación ni las reuniones.

La inspectora dirigió una mirada cómplice a Julián que, en ese momento, miraba al interior de la casa a través de las puertas acristaladas que daban acceso al jardín. Vio a una mujer con una taza en las manos, sentada en un taburete alto con los codos apoyados en la isla que separaba la cocina del comedor. En el sofá, una joven adolescente miraba su teléfono móvil. «Esposa e hija, sin duda», pensó el policía. La otra parte de la familia tocada por la varita de la desolación, intentando seguir con una vida que ahora arrastraba los grilletes de la muerte encadenados a sus tobillos.

Guijarro siguió la mirada de Julián hacia el interior de la casa.

—A partir de esta noche una patrulla hará guardia en la entrada de su domicilio para velar por su seguridad y la de su familia. ¿Podríamos hacer un par de preguntas a su esposa y a su hija?

El gesto del juez De Marcos se tornó sombrío, mostrando una disconformidad patente ante la pregunta. Esta vez, sus ojos saltaban inquisidores de un policía a otro, parándose desafiantes en los de la inspectora.

—No es casualidad que los haya esperado en el porche. Lo que tienen que hacer es coger a ese hijo de puta.

Los dos policías retomaron el camino de gravilla y subieron al coche sin mediar palabra.

—Un hueso duro —murmuró Pedraza, rompiendo el silencio.

Ladeó la cabeza la inspectora.

—Creo que por dentro está destrozado, pero no lo muestra.

—Seguramente. Lo veo patriarcal. Conservador. Arraigado en las costumbres del padre de familia que debe proteger a su mujer e hija. No permite que le vean flaquear.

Pedraza arrancó y el coche se incorporó a la carretera dejando una nube de polvo tras su estela.

—Pediremos a informática que recopilen todas las publicaciones que hayan hecho sus hijas en las redes sociales en los últimos meses. Escudriñaremos cada contestación o reacción. Ahora cualquiera es youtuber y se ve con potestad para opinar sandeces sobre cualquier tema. Cuentacuentos los llamo yo.

Asintió Pedraza, solícito.

—Familiares y compañeros de trabajo eran los únicos conocedores de que las hijas estaban solas en casa, dado que sus padres estaban de vacaciones.

—No estará de más echar un ojo a tiranteces que haya podido haber en los tribunales.

—Lo investigaré. ¿Por qué no le has dicho nada sobre las imágenes de las cámaras de seguridad?

Se encogió ella de hombros.

—De momento no nos han aportado mucho. Para decirle eso, prefiero no decirle nada.

Vibró el móvil de la inspectora en el bolsillo interior de la chaqueta y abrió el mensaje que acababa de recibir.

—Vamos a la morgue. El forense ya tiene resultados.

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