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Rona Samir Fénix
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Tras bordear el lago principal y pasar por la calle paralela a la costanera frente a la mayor parte de los edificios gubernamentales, se estacionó en el aparcamiento de la jefatura.
A primera vista no parecía más que un pueblo grande de casas tradicionales, pocos edificios altos, y homogéneos en su estilo arquitectónico. Las piedras que provenían de la montaña y los troncos de los aserraderos eran la materia prima predominante. Aun así, aquí y allá se revelaban al buen observador detalles multiculturales, que no eran más que el reflejo de la sociedad que habitaba esos confines.
Se quedó con el motor en marcha por lo menos quince minutos, mirando el ajetreo diario de la dependencia policial.
El edificio en sí no era realmente feo, solo poco práctico y pasado de moda. Tenía una mezcla de construcción anglicana, que según leyó Mae en algún artículo, fueron los primeros en llegar a la zona, con detalles indefinibles como la cantidad y la antigüedad de las corrientes migratorias que se habían asentado desde el siglo XXVII.
En algún punto, lejos y hace tiempo, la mole probablemente fuera el orgullo del incipiente pueblo. Ahora, lo que realmente daría orgullo sería demolerla por completo y construir una nueva.
Las pequeñas ventanas segmentadas en paneles de doble vidrio, por detrás del nivel de la pared, le recordaron la masa de pan que hacía su madre. Ella hundía los dedos mientras leudaba antes de entrar al horno de ladrillos que estaba afuera, en el patio donde el sol desmayaba. Los “huecos” apenas dejaban entrar luz natural, que en estos lugares, de por sí era escasa casi todo el año.
Mae supuso que habrían querido conservar el calor de las estufas a leña, que en aquel entonces era el único combustible. Casi podía imaginarse aquella gente de piel verdosa y pálida, agorafóbica por opción, abocada a adorar los detalles de una vida simple.
Para ser un día de abril estaba bastante soleado y cálido, algo inusual en esa época del año. El personal entraba y salía como atareadas hormigas con sus uniformes negros en su versión veraniega de mangas cortas donde destellaban los atributos dorados.
Apuesto que esos uniformes ya estaban guardados cubiertos de nailon en algún placar. No me sorprendería que todos olieran a naftalina.
Finalmente se decidió, apagó el motor y se apeó con todo el aplomo que no tenía unos instantes atrás.
En el hall de entrada se dirigió a un pobre diablo que evidentemente no había leído el pronóstico, y sudaba profusamente en su uniforme de abrigo con mangas largas que trataba nerviosamente de arremangar.
—Lo siento, es que el aire frío del split no funciona.
Mae asintió con una sonrisa de cortesía poco natural. Se limitó a preguntar por el lugar y la persona de su cita, y recibió las indicaciones como para encontrar un tesoro, solo que sin un mapa.
Pensó en pedir que se lo repitiera, pero él ya tenía bastante con su propio sauna, así que decidió aventurarse y en tal caso preguntar a alguien más, si se perdía en el intento.
El interior del edificio, como se esperaba, era oscuro. Un total anacronismo, una pieza de museo. De paredes gruesas también de madera barnizada en un tono nogal, las hundidas ventanas se veían más minúsculas desde dentro, como si fuera un refugio de montaña en los Alpes suizos o un búnker de la Segunda Guerra Mundial. Los pequeñísimos paneles dobles se revelaban totalmente sucios con algún tipo de antihumedad entre sí, que fracasaban vergonzosamente en su cometido.
Mierda, no quiero pensar cómo serán las celdas de los detenidos.
El sistema de calefacción a leña había sido reemplazado por otro más novedoso… durante la Revolución Industrial. El agua caliente era trasladada a través de caños visibles en todas las paredes, rematando en radiadores que ya se podían ver en las películas blanco y negro.
En las mudas, diría yo.
El pasillo principal estaba decorado con las fotografías de todos los jefes predecesores, y a Mae le pareció por un instante la Casa de los sustos de las kermeses itinerantes que recorrían las ciudades del interior, como la de su infancia.
La mayoría deben ser solo fantasmas que merodean buscando máquinas de escribir y expedientes de papel.
Al final del pasillo no se pondría mejor. Un salón enorme dividido con separaciones vidriadas que formaban pequeñas oficinas, que creaban la ilusión de espejos infinitos donde todos eran exactamente iguales.
Hacia la derecha, una escalera con un cartel impreso en computadora y pegado a la pared, con cinta de embalar transparente mal puesta, anunciaba “subsuelo”.
El aire se volvía más vetusto a medida que descendía por los escalones de granito desgastado, y al pasar el último peldaño descubrió el motivo. Entre paredes que se descascaraban sobre manchas de humedad, estanterías metálicas hasta tocar el techo, explotaban de cajas de cartón y biblioratos cuyo contenido requeriría probablemente de una prueba de Carbono 14 para establecer la antigüedad.
Las ratas deben ser las mascotas. Tal vez las lleven a los procedimientos antidrogas, con bozales y correas. ¿Cómo no digitalizan todo esto? Creo que realmente entré en ese túnel del tiempo después de todo.
Avanzó dudosa esperando ver alguna otra indicación.
No creo que sea aquí… no puede ser…
Pero lo era. Bastó con girarse sobre sí misma para ver bajo la escalera, casi oculta, como un secreto deshonroso, la puerta del gabinete psicológico.
Estaba entreabierta, y era la hora acordada, así que entró sin más.
El lugar confirmaba absolutamente su viaje en el tiempo. Un ordenador con poco uso era más bien un adorno sobre el escritorio metálico de bordes redondeados, cuya capa de esmalte sintético gris pintado a pincel comenzaba a hacer pequeñas burbujas de aire.
Un archivero metálico de pie con cajones que se deslizaban sobre una guía engrasada, y que exhibían carpetines colgantes de color marrón con rótulos de marco plástico negro y acetato transparente, le pareció algo tan engorroso como absurdo, en plena era digital.
Okey, o el presupuesto aquí es paupérrimo, o mi cita tiene cien años de edad…
Para sacarse la duda de este último pensamiento, levantó desvergonzadamente el portarretrato sobre el escritorio, que se encontraba de espaldas.
Un hombre mayor, de unos 65 años, con una abundante barba canosa sobre un bronceado caribeño, ataviado con la típica camisa hawaiana que solo se usa en las vacaciones, una bermuda color caqui de bolsillos fuelle, y unas sandalias de goma con medias, abrazaba feliz a una joven de solero blanco de bambula que ondulaba la brisa marina. Sus delicados pies desnudos se hundían en la arena blanca. Era bellísima y mucho menor que él.
Viejo degenerado… dónde carajos me metí…
Cuando estaba leyendo los muchos títulos enmarcados en la pared, el hombre de la foto, con un look completamente diferente irrumpió en el sucucho–oficina.
El perfume penetrante y amaderado de su after shave fue lo primero en anunciarse. Luego él, esbelto y delgado, lo cual a su edad o bien era genético o fruto de largas caminatas.
Más bien lo segundo.
Su bronceado solo permanecía en la fotografía, igual que su falta de estilo. Ahora, perfectamente afeitado, peinado, y luciendo un traje gris oscuro de saco cruzado, con una impecable camisa blanca y corbata de seda con arabescos en gris perla de las que se venden en Macy’s de la Quinta Avenida, se acercó sin emitir sonido y quitándose la gabardina beige que llevaba sobre los hombros estilo capa, lo colgó del perchero de madera detrás de la puerta.
¿Qué clase de nombre es…?
—¿Qué clase de nombre es Spadafora Domingoni?
Aunque a esta altura dudó de si lo más extraño era el nombre o la forma en que se ponía, sin ponerse, el abrigo.
¡Qué rayos… mi loquero tiene complejo de Dr. Strange… vamos bárbaro, Mae..!
—La agente Mae Silva, presumo. Buenos días para usted también –dijo impasible.
Mae se disculpó a medias con la mirada, sin pronunciar palabra. Y no lo haría. Era demasiado orgullosa para ello.
—Por favor cierre del todo la puerta y tome asiento. –Bien, que tenemos aquí…una joven irreverente, sin modales, atractiva en cierto modo, pero peligrosamente encaradora. La clase de mujer que trae problemas en cualquier dependencia donde haya hombres.
La joven se dirigió a la puerta que cerró disimulando su mala gana, y tomó asiento frente al sujeto que la observaba por arriba de los cristales de sus anteojos de marco plateado.
El silencio infinito solo se rasgaba con el doble tic, toc, tic, toc de dos relojes de pared con péndulo que no coordinaban el segundero entre sí.
Se sintió incómoda e instintivamente se revolvió el cabello enrulado y rubio a fuerza de químicos, desviando la vista a los relojes en pugna.
—¿Están descompuestos? –preguntó meneando la cabeza en dirección a ellos.
—No –respondió lacónico Spadafora–. En tal caso uno al menos estaría en lo correcto, ¿no lo cree?
—O ambos podrían no tener nada que ver con el tiempo. “En tal caso” la medición es una convención caprichosa. No existe tal cosa –aseveró, solo espero que ahora no se le ocurra darme rompecabezas o estúpidas manchas de tinta para interpretar. Ya tuve suficiente de ello.
Spadafora simuló ignorar su comentario, pero tomó nota mental de cada palabra.
—He leído su legajo completo. Mi colega ha informado situaciones inquietantes –mientras lo decía se empujó los lentes con el dedo índice apoyado sobre el marco, y abrió una carpeta de cartulina de la que sacó una hoja impresa.
Ahora su dedo dibujaba círculos sobre el borde exterior de los labios finos y casi azulados, que revelaban algún tipo de enfermedad coronaria o pulmonar.
—Si bien respeto mucho la opinión del Dr. Mosqueira…
Mae se sobresaltó cuando Spadafora rasgó la hoja y la tiró al cesto de papeles.
—Confío más en mi propio criterio –continuó diciendo– y creo que arrancaremos por la foja cero. –La volvió a mirar por sobre los cristales.
—Claro, sí, como usted disponga –dijo aún sorprendida.
Lo que usted diga, Dr. Strange, usted es el extraño, yo solo quiero dejar el pasado donde pertenece, bien atrás. Para eso estoy aquí, ¿no? Para reescribir “mi legajo”.
—Sin embargo –ahora su voz adquirió un tono marcial mientras se quitaba los lentes y se recostaba sobre el respaldo– que quede claro que esta es su última oportunidad. No se tolerarán dentro de la fuerza actitudes como las informadas por sus superiores. Está a prueba, señorita Silva, y bajo mi estricta supervisión y responsabilidad. Tendremos una charla semanal, indeclinable.
—Pero…
Spadafora interrumpió.
—La única razón para que nuestra cita no se concrete es que uno de nosotros o ambos estemos muertos. ¿Está claro?
—No creo necesario que de momento nadie muera, es un poco extremo, ¿no le parece? –Y expuso una sonrisa torva que se esfumó al instante.
—Miércoles a las 10:30, agente Silva. Deje la puerta abierta al salir, por favor.
4
Liam, sentado en el pequeño sofá del dormitorio, con los codos apoyados sobre las piernas, y las palmas de las manos enmarcando su mentón, observaba desde la penumbra el rostro de su esposa que dormía.
A la luz de la luna nueva que entraba omnipresente por la ventana cuya cortina nunca se cerraba, a pedido de ella, su rostro se veía maravillosamente pálido. Le vino a la mente un poema de García Lorca que siempre le recitaba: “en el aire conmovido mueve la luna sus brazos, y enseña lúbrica y pura sus senos de duro estaño”. Y así yacía, lívida y casi ingrávida, como si se hubiera ido de su cuerpo, como si la luna se la hubiera llevado junto con el niño de la fragua.
La ama. De eso no tiene dudas.
Para él, un hombre pedestre y pragmático, acostumbrado quizá a causa de su trabajo a hundirse en el lodo, a ver el lado oscuro y malvado del ser humano, Sarah ha sido como ese haz de luz blanca en medio de las tinieblas de una noche interminable.
No le dio alas; él no puede volar; pero lo tomó entre las suyas y lo llevó a lugares que jamás hubiera imaginado.
Y aun así, aquí estaba, como tantas otras noches, insomne, sintiéndose que algo faltaba, que algo en sus vidas no cuadraba. Como si su cuerpo se hubiera vuelto repentinamente demasiado pesado, convirtiéndose en un lastre que los arrastraba a ambos en espirales descendentes.
Ni siquiera sabría decir cuándo empezó. En principio parecía contenta con su trabajo en la Biblioteca de Shut Bay. ¿Qué más podría pedir una amante de la poesía y de la literatura? Pero siendo honesto consigo mismo, no había sido su primera opción. De hecho, él la había convencido de tomar ese puesto de técnico responsable de Colección que quedó vacante cuando la octogenaria Matty Mendelson se olvidó un día de respirar, así como venía olvidando otras cosas como tomar los medicamentos, o el camino de regreso a casa.
Quizá él se convenció a sí mismo de que Sarah era feliz allí. Quizá ella lo convenció de que así era.
Sentado en la penumbra, estancado como un hombre hecho de barro que se ha secado, no podía definir si era él quien no encajaba, o simplemente lo era todo el resto.
—Vida… ¿qué sucede?, ¿por qué estás despierto? –preguntó estirando los brazos por sobre su cabeza y volviendo a refugiarse bajo el acolchado al sentir el frío argénteo de la escarcha que atravesaba los vidrios de la ventana.
—¿Recuerdas cuándo nos conocimos?–Liam se incorporó y se metió en la cama acurrucándose como un ovillo nariz con nariz.
—¡Claro que sí! –dijo con una sonrisa cómplice–. Entré en el primer bar del pueblo, y allí estabas, como buen irlandés, haciendo derroche de tus encantos con tu extraño acento de “cantito”.–Ahora lo acariciaba con la yema del dedo índice siguiendo el perfil de su nariz.
—Dijiste… que no sabías de qué lado estar, si del bien o del mal…
—No, no fue así exactamente, pero no puedes negar que tenía toda la atención de un bar de pueblo típicamente lleno de policías… (ahora era Liam quien esbozaba una sonrisa). Tú me preguntaste si era una recluta nueva, y yo dije que lo estaba considerando, porque no estaba segura de qué lado estar. Me refería a civil o uniformada. Pensé que la habías captado.
—Ahhh, ya lo recuerdo bien. “¿Acaso eres una delincuente?, porque si es así, estoy técnicamente de franco”.
—No te lo dije con palabras pero creo que mis ojos decían “por favor arréstame y espósame”.
Liam le besó delicadamente la frente, y luego la miró a los ojos oscuros donde centelleaban hilos de plata.
—¿Te hago feliz?, ¿eres feliz con tu vida?
—¡Claro que sí!, ¿por qué me preguntas eso?
—Esa vez dijiste que querías ayudar, que te gustaba la idea de los malos pagando sus fechorías.
—Todos queremos justicia, ¿no es así?, pero lo cierto es que no estaba segura de si la policía era para mí.
—¿Lo sigues creyendo?… Es que siento que te manipulé inconscientemente para que no lo fueras. Quería algo mejor para ti. Eres tan dulce... cariñosa, frágil y sensible.
—Bueno, tampoco soy un algodón de azúcar…
—Claro que lo eres, ¡déjame lamerte! –Liam le empezó a pasar compulsivamente la lengua por el cuello y el mentón, entre risas estrepitosas y gritos ahogados de Sarah suplicando…
—¡Liam, por Dios! ¡Me haces cosquillas con la barba!
Las risas se apagaron, y les dieron paso a ojos somnolientos y bostezos por repetición.
Sarah se dio la vuelta y se ovilló junto al cuerpo siempre caliente de su esposo.
—En serio, amor. Me gusta mi trabajo. Tú ve por los malos, que alguien tiene que hacerlo.
La rodeó con sus brazos por sobre el busto y suspiró haciendo que el perfume de su champú se elevara hasta aspirarlo por completo, como una droga que lo dejó en estado de éxtasis.
Quisiera creerte, realmente quisiera…
5
—¡Mc Douuu!
Era demasiado temprano para arrancar, y de hecho por ello intentaba deslizarse casi invisiblemente, delante de la oficina del jefe Giovanni. El grito deformando su apellido alargando una letra inexistente, lo anotició de que había fracasado estrepitosamente.
Como si fuera un mimo en plena rutina, se volvió marcha atrás dos pasos y estiró el cuello hacia el lugar de donde salió el ouuu que todavía flotaba en el aire.
Odio que lo pronuncie así.
Resignado manoteó la manija de la puerta transparente, y asomó apenas la cabeza.
—Buenos días, jefe… ¿me llamó?
—Así es. Entra y toma asiento por favor.
El jefe Lito Giovanni tenía por costumbre expresarse con dichos. Él decía que el saber y el ingenio popular nunca le erraban, y que la imagen mental que creaban valía más que cualquier explicación detallada, por más científica que fuera.
Se había hecho un stock bastante importante, y los sacaba como comodines a veces, incluso, en los momentos menos oportunos. Eran como su bagaje cultural, y solía jactarse de ellos. Lo cierto es que el interlocutor, la mayor parte de las veces, no tenía ni idea de lo que estaba hablando.
Hoy no era la excepción.
—Espero que hayas dormido como un lirón Macdou, porque tenemos mucho trabajo.
—Tenemosss… me suena a equipo, y yo trabajo solo, jefe, ya lo sabe.
—¡Justamente!, y como lo bueno, si breve, dos veces bueno, vamos al grano. Te he asignado una recluta.
—Y la buena noticia es queee…. está bromeando, ¿verdad?
—¿Por qué alaargasss todas las letras?, ¿acaso te volviste campesino? O ¿estás dormido? Si es así despégate la almohada de la cara y ponte las pilas. –Y frunció el ceño levantando las espesas cejas recortadas a mano con una tijera aparentemente desafilada, ensayando su cara de molesto sobreactuada.
—Usted sabe que no entreno reclutas, jefe.
—¡Precisamente!, no es una recluta. Viene de pase de otra jurisdicción. Sabe trabajar, pero tiene que ajustar algunas cuestiones. Ahí entras tú. ¡Ojo! No lo digo literal, sino figurado de hecho…Recuerda que donde se come no se caga, Macdou. –Y lo señaló amenazante–. Tu conducta ha sido impecable, muchacho, pero no es de ti de quien dudo.
Estaba tratando de procesar lo último que el jefe había dicho y que le sonó desagradable e innecesario, cuando este continuó leyendo de su monitor a toda velocidad: problemas con la autoridad, algunas situaciones que podrían rayar en el acoso u hostigamiento, denuncias de violencia, bla, bla, bla. Yo diría más loca que una cabra. Pero estoy seguro de que lo solucionarás y podrás enfilarle los patitos.
—Jefe, ¡por qué yo! –protestó aun sabiendo que era inútil.
—¿Y qué quieres? ¿Que se la asigne a Bermejo?, ese idiota vive alzado como primer nieto, y en cuanto a Nielsen… bueno, ya sabes, no le puedes pedir peras al olmo. Por otro lado, la cosa se está poniendo fea, ya sabes, como bailar con tu hermana, y lo cierto es que no te va a venir nada mal alguien que te cuide las espaldas.
—¿Tendré alguna compensación? Me refiero a francos extras, o mejor paga…
—¡Qué más quieres, Macdou! La chancha, los veinte ¿¿y la máquina de hacer chorizos??
El jefe miró por sobre su hombro, y cuando Liam estaba a punto de darse la vuelta para ver el origen de su distracción, Giovanni, el coleccionista de dichos, arremetió con otro más.
—Hablando de Roma… –mientras hacía un ademán con la mano para que ingresara a la oficina vidriada.
La puerta se abrió y la pecera se inundó de los sonidos de papeles, dedos que picoteaban teclados, murmullos y alguna carcajada explosiva más allá.
—Jefe Giovanni…
—Sí, sí, entra por favor –dijo asintiendo con la cabeza e insistiendo con el ademán de la mano derecha–. Te presento a tu compañero, el inspector…
¡¡Ay, no!! Ahí va de nuevo.
—Liam Mc Dow –se apresuró este en decir antes que la mujer registrara la mala pronunciación de su nombre por parte del jefe.
—Soy la agente Mae Silva. –Mientras le estrechaba la mano con firmeza y seguridad, y sin más se sentó en la silla junto a él que permaneció de pie.
El silencio se volvió incómodo, y Liam finalmente se sentó ante la mirada persistente del jefe Giovanni sobre él con un ojo más abierto que el otro.
—Bueno, ahora que hemos hecho las presentaciones de rigor, corta la bocha. Se les asignará un área de patrullaje durante el día, para que Silva conozca la jurisdicción y noche por medio se abocarán a tareas de seguimiento de los casos que les asigne Bermejo.
El verborrágico se puso de pie con un resorte en el trasero.
—Bueno, supongo que no hay preguntas, así que andando que cocodrilo que se duerme es cartera.
Liam se levantó y como buen caballero abrió la puerta para que Mae saliera primero. Al cerrarla desde fuera, pegó una última mirada enfurruñada para constatar que el jefe ya había pasado del asunto y se encontraba de espaldas regando un potus imposiblemente largo que imploraba por luz, enlazado hacia arriba por el marco de la ventana y el barral de la cortina.
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