Rona Samir Fénix
Fénix
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Rona Samir Fénix

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—¡Reverendo hijo de puta! –Los ojos de Lorenzo centelleaban de bronca, pero no tuvo la más mínima oportunidad cuando, recuperado, la mole de casi dos metros de Edmundo le cayó a puñetazos en la cara hasta desfigurarle los ojos.

A tientas tiraba golpes de inútil defensa, hasta que terminó en el suelo. Solo alcanzó a divisar el filo metálico que se le venía encima. Todo el peso del cuerpo de su contrincante estaba concentrado en ese cuchillo cuya trayectoria inevitable era simplemente demorada por los brazos cansados y poco entrenados para la violencia de Lorenzo.

La hoja se abrió camino, mientras su corazón se aceleraba golpeteando con desesperación, para luego apaciguarse lentamente y distenderse con el resto de sus músculos. Sus ojos dilatados se desviaron levemente hacia la derecha de Edmundo que seguía encima de él y exhaló ya sin fuerzas:

—Fénix.

La corriente de aire de la puerta abierta y las gotas cayendo violentamente sobre el piso del porche sobresaltaron a Eleonor que sintió su mejilla fría y húmeda.

Desde su posición en el suelo con la vista aún nublada, todo se veía de un extraño color rojo, que juzgó producto de algún derrame ocular.

Sin embargo, conforme reaccionaba, se dio cuenta de que el rojo estaba afuera, no dentro de sus ojos. Se extendía en forma de una laguna viscosa que se derramó desde su pelo cuando se sentó horrorizada, tratando de tapar un grito ahogado con su mano chorreante.

El cuerpo de Lorenzo yacía inerte bajo el peso de Edmundo que sentado encima a horcajadas y ladeado de costado permanecía totalmente inmóvil. Su lengua seguía pegada al paladar. Lo que fuera a decir quedó interrumpido por el abrecartas de bronce clavado en la unión craneocervical.

La madre se incorporó casi de un salto a pesar de su cuerpo dolorido, y dirigió instintivamente la mirada hacia la puerta de la habitación que estaba entreabierta.

El refucilo insonoro alumbró en otra dirección el sendero de pequeñas huellas de pies descalzos que atravesaban el porche mojado, y se diluían afuera de rojo carmesí a distintos tonos de rosa.

Doblada de dolor Eleonor las siguió hasta el umbral de la entrada, desde donde le llegó la visión iluminada con el resplandor de un segundo refucilo seguido de un estruendo ensordecedor.

Desnuda, de pie bajo la lluvia torrencial, su cuerpo pequeño y menudo emanaba una especie de vapor como el de brasas que se apagan.

Contra su pecho, sostenía con fuerza el fénix dibujado por su padre que se escurría en ríos de tinta negra cubriéndola como un manto protector.

2

Las voces tras la puerta llegaban como en marejadas. Más altas, más bajas, como si fueran dichas bajo el agua.

Le recordó ese verano en el que jugaba con su mejor amiga Laura en la pequeña pileta de lona verde que su padre había armado y llenado en el fondo de la casa, para sobrevivir al sopor de las siestas de verano.

—¡Ahora yo! –decía Laurita, corriéndose el mechón rubicundo de la cara que chorreaba agua clorada, y se sumergían a la cuenta de tres.

Con ambas caras enfrentadas, deformes por el agua, improvisaba una palabra de burbujas que ascendían por su rostro.

Segundos después, en la superficie, arriesgaba:

—¡Cachavacha! Dijiste Cachavacha.

—¡Sííí!, ¿cómo supiste?

—Ahora es mi turno… –Y no alcanzaba a decir nada bajo el mundo submarino, porque notaba las pequeñas burbujas que se formaban en las casi nulas pestañas de Laura, y estallaba en carcajadas. Ambas salían del agua riendo y tosiendo con las gargantas irritadas, y los ojos enrojecidos.

Extrañaba esas tardes de compartir un único par de patines de rueditas naranjas con Laurita, rengueando estúpidamente, y de aprender a andar en bici o practicar besos en los troncos de los árboles con Cecilia.

Ahora era una niña solitaria y reservada, sentada frente a la puerta del doctor Schteimberg.

Su vista se perdió en la perspectiva del largo pasillo con tan solo tres puertas. La última parecía a la distancia una puerta minúscula. La mitad de la pared hacia abajo estaba pintada de un color dorado oscuro y el límite era una guarda de papel con arabescos bordó y dorado sin brillo, que se interrumpía en el hueco de cada puerta. En el último tramo, la guarda se había despegado y una punta que colgaba del revés con el pegamento seco se balanceaba cada vez que alguien pasaba.

Lo que falta acá es una mesa de cristal con la galleta que diga “cómeme”… o tal vez deba empequeñecerme con el contenido de la botella y después de llorar mares de lágrimas poder salir por aquella puerta más pequeña.

Se distrajo mirando sus pies que hamacaba involuntariamente, y pensó que era extraño que esta vez su madre no la hubiera amenazado con la frase sempiterna que pronunciaba cada vez que se ponía esas zapatillas celestes, sus favoritas por cierto.

—¡Ahhh, no! Yo contigo así, no voy. Te cambias esas zapatillas rotas y mugrientas.

Siempre le había sonado tonto que su madre no dijera “conmigo no vienes” en lugar de “contigo no voy”. Como si el liderazgo, la decisión de ir a cualquier parte fuera de ella, tan solo una niña, y no de un adulto.

¡Carajo! Debería haberme traído el libro de Alicia que está tan bueno. Esto es un bodrio…

La puerta finalmente se abrió, pero su madre con cara enjuta y el doctor siguieron aún cuchicheando en el umbral por unos minutos.

Cuando Eleonor se dio vuelta y le hizo un gesto para que se acercara, sintió las mismas náuseas del examen de ingreso a la preparatoria unos meses atrás. Aún podía recordar el olor penetrante del after shave del profesor Melker, y el ruido de las hojas rasgadas por los lápices negros 2B de puntas afiladas.

—Estaré aquí afuera esperándote, cariño –le dijo su madre exactamente igual que aquel día.

Se hundió en la silla frente al gran escritorio antiguo de nogal del Dr. Schteimberg, y se sintió perdida entre muebles gigantes. Quizá bebí demasiado de esa pequeña botella…

—Me dijo tu madre que eres una niña muy avispada. Que te gusta mucho leer y pintar, y que tienes una gran imaginación. Y… ¿has pensado qué quieres hacer cuando seas mayor?

—¿Pintora? –dijo ella encogiéndose de hombros indolente.

—Esto no es un examen, pequeña, no hay respuestas correctas o incorrectas. No debes responder con una pregunta. Solo debes decirme lo que sientes, lo que anhelas. ¿Okey?

Se acomodó en su lugar tras asentir brevemente con la cabeza.

—Ahora bien, cuéntame qué es lo que más disfrutas, qué es lo que te hace feliz.

—Jugar con mis amigas, leer y hacer cosas con mi padre…

—¿Qué cosas haces con él?

Pensó que el doctor y ella serían desenterrados muchos miles de años después de entre los escombros, tierra y vegetación, solo piel seca sobre huesos, si le detallaba todo lo que hacía con su padre. ¿Por dónde empezar?

—Pintamos…

—¿Qué cosa pintan?

Este hombre no tiene ni idea…

—Lo que sea, cuadros, las paredes de la casa, mi nueva bicicleta que me regaló mi abuelo. Tiene un antiguo timbre de metal con un dibujo de flores que pintamos de varios colores, ya sabe… –dijo mientras hacía la mímica con su mano.

—Ya veo. Y la casa…

—Sí, pero antes tuvimos que lijar y pasarle agua con lavandina para la humedad. Esa parte no estuvo tan buena. Estornudé mucho.

El doctor se rascó el mentón donde se asomaba una barba incipiente.

—¿Sabes por qué estás aquí? Mi trabajo es ayudarte, pero para ello debes ser honesta conmigo, ¿entiendes? Si no, no podré hacerlo.

Ante la mirada inescrutable de la niña, con voz suave y exageradamente melosa, preguntó:

—¿No es tu padre ornitólogo?

—¿Qué?, ¡no! Claro que no, es pintor.

—Con pintor te refieres a artista… ¿Sabes por qué no está aquí?, ¿por qué no ha venido contigo?

—Está ocupado pintando un gran cuadro que le encargaron para una exposición. Igual es mi madre la que siempre me acompaña al dentista o al médico cuando estoy enferma.

Se miró los pies que comenzó a balancear nuevamente, y dudó al continuar.

—Además habíamos quedado así, que después de ir al cine, tendría unos días muy ocupados.

—Fueron al cine… –Schteimberg trató de ver hasta dónde llegaba, sin mostrar impaciencia.

—Sí, a ver una película de un cantante bastante conocido parece. Yo no lo conozco, pero dicen que es muy famoso. Me gustaron las canciones, aunque a la peli me la tuvo que explicar mi papá.

—Supongo que te refieres a The Wall, sé que está en cartelera desde la semana pasada.

—“Goodbye cruel world I’m leaving you today, goodbye, goodbye, goodbye; Goodbye all you people, there’s nothing you can say to make me change my mind, goodbye”.

El doctor vio una veta, e intentó por allí, intuyendo que podía ser la clave de todo.

—¿Sabes por qué el protagonista se despide del mundo con esa canción?

—Mi padre dice que se construyó una pared. Ya nadie puede hacerle daño…

—¡Bien! –Schteimberg se levantó con un suspiro largo–. Vamos a probar otra cosa.

Tras sacar un objeto de su cajón, bordeó el ancho escritorio y se colocó de pie frente a la niña, reclinado hacia atrás apoyando las nalgas sobre el borde del mueble. El objeto, una base de madera con una aguja que se balanceaba de extremo a extremo, le provocó una extraña somnolencia mientras comenzó a caer en el hueco del árbol persiguiendo al conejo que miraba insistente su reloj de bolsillo: tic, tac, tic, tac.

Las palabras del doctor se escuchaban cada vez más lejanas desde arriba, mientras ella seguía cayendo indefinidamente.

—Hoy es 17 de agosto, es feriado. Quiero que me digas todo lo que sucede este día. –Al tiempo que encendió la pequeña grabadora Grundig que siempre llevaba en el bolsillo de su saco.

—Me levanto dentro de todo temprano. Hoy es un día importante. Mamá me prepara una chocolatada caliente mientras me cepillo los dientes a toda prisa. Me regaña porque no quiero comer nada, dice que estoy demasiado flaca y que si me caigo de la bici solo va a quedar el hueserío. Aún tengo tiempo, así que tomo a Cometa Plateado, y salgo a dar unas vueltas. Aprovecho que no hay nadie en la calle y me voy directo al viejo molino cerca del río. Me encanta el sonido que hace cuando gira. La torre que está construida al lado es muy bonita a pesar de estar medio arruinada y con musgo. Me hace acordar a las torres de los castillos medievales de los libros. Sé que es solo una torre de agua, pero es lo más cercano a una construcción antigua que he visto. Me quedo un buen rato ahí hasta que decido volver. No quiero que me regañen por desaparecerme todo el día de nuevo.

Mamá ha preparado algo sencillo, unos fideos a la manteca. Los tres devoramos rápido y papá se recuesta a descansar una media hora.

Aprovecho para encerrarme en mi pieza y probarme la ropa que me pondré para la exposición. Creo que usaré la camisa celeste con lunares blancos que me hizo mamá. Me miro al espejo y descubro un bochornoso detalle. La camisa es demasiado traslúcida. Se me notan los pechos.

Me acerco a mamá que aún está terminando de lavar los platos y le digo casi llorando que así no puedo ir. Que no quiero ir a ningún lado. Todos me estarán mirando. Mami me responde que solo me mirarán por lo hermosa que estaré, y me pasa el dedo por la mejilla antes de que caiga la primera lágrima.

Nos la pasamos toda la siesta probando un sujetador de tela que cose en su Necchi a pedal. Me encanta la forma, dos triangulitos con las tiritas y todo. Tuvo que desarmar una de sus enaguas más viejas para hacerlo. Me gustaría saber coser como ella.

El Dr. Schteimberg observó que la niña sonreía con los ojos cerrados, mientras se giraba levemente sobre sí misma hacia un lado y hacia otro.

—¿Qué está sucediendo ahora?, ¿qué ves?

Estoy de pie frente al espejo que está en la cara interna de la puerta del placar de mami. Me encanta cómo quedó mi sujetador. Lo amo… y amo a mi mamá por el trabajo que se tomó en lugar de descansar.

—Avancemos unas horas, ya es de noche. Quiero que me digas con quiénes estás, y qué haces.

El psicólogo llevaba muchos años de experiencia en este campo. Sus muchos títulos y horas de capacitación lo acreditaban para aseverar que la niña estaba efectivamente bajo estado de hipnosis. Y es por ello por lo que se volvía más inquietante. Nunca había visto ni sabido de un caso similar. No podía, bajo ese estado, mentir o simular.

Estaba tan fascinado que no quería presionar demasiado, y prefirió dejar que el relato discurriera, tratando de leer entre líneas, si es que efectivamente había algo que leer allí.

La cantidad de detalles lo hacían aún más creíble, y de no ser por tratarse de un caso que terminó en los titulares locales, pensaría que se equivocó de niña.

—Hay muchísima gente. Veo al grupo de pintores amigos de mi padre, Castro; el italiano; Ramírez, todos están conversando animadamente. También está el mentor de mi padre, fue su maestro desde que él era un adolescente. Papá se ve feliz.

Yo también lo estoy. No puedo dejar de pensar en mi pequeño corpiño casero. Estoy consciente de eso todo el tiempo. Saco pecho y me paseo oronda por todos lados, para que todos puedan verme, aunque sé ciertamente que nadie puede verme en realidad. Es solo un secreto que compartimos con mi madre. Pero yo me siento como en mi primer día de adulta. Hoy es para mí un día especial, porque además mi madre y yo compartimos otro secreto. Bueno, al menos de momento no quiero que mi padre se entere… hoy he visto sangre.

Schteimberg ya venía sorprendido por el vocabulario que usaba la niña, no muy común entre ese rango de edad preadolescente, pero supuso que se debía a cómo la había descrito su madre, “una lectora voraz”, cuando dio un respingo de alerta.

—¿Dónde has visto sangre? –preguntó tratando de mantener el tono de voz calmado.

—En mi ropa interior. Me ha dado un poco de vergüenza, casi lloré. Pero mamá me ha dicho que no hay de qué avergonzarse, muy por el contrario. Me besó en la frente y me dijo que ahora era una mujer.

Herbert Schteimberg se sintió estúpido mientras se masajea las sienes con los dedos índices en pequeños movimientos circulares.

Por algún motivo que desconocía, y que lo empezaba a irritar, no podía acceder al subconsciente de la niña.

Súbitamente, aún con los ojos cerrados, su paciente comenzó a convulsionarse mordiéndose los labios, en un claro reflejo de aguantar la risa.

Schteimberg se tensó por completo casi disgustado, pero a la vez aliviado de que todo haya sido una tomada de pelo.

—¿De qué te ríes? –preguntó con tono monocromático.

Pero ante su mayor sorpresa, ella prosiguió en su propia línea temporal.

Estaba ansiosa porque el maestro de mi padre, Angelo Fabrizio, prometió mostrarme su paleta de acuarelas. Hace una hora que está hablando con mi padre, con el estuche metálico de las acuarelas en la mano, cruzado con una banda elástica, y ya amagó tres veces con que la iba a abrir, pero se distrae hablando y no lo hace. El muy anciano ahora hasta le sacó la banda elástica por completo, y mis ojos se adelantan para ver el contenido. Pero lo cierto es que después de más bla, bla, bla, le vuelve a poner la banda y, tras palmear a mi padre en el hombro felicitándolo por la muestra, se pega la media vuelta y se va.

Me siento frustrada porque realmente quería ver esas acuarelas, pero la situación es sumamente graciosa.

—Bien… creo que ya fue suficiente –el frustrado era Schteimberg–, a la cuenta de tres, vas a despertarte apaciblemente y a abrir los ojos. Uno… dos… tres –al tiempo que detuvo la aguja oscilante del metrónomo.

Los ojos pequeños y oscuros, ahora puestos en él, le produjeron un extraño cosquilleo, que trató de ignorar mientras daba la vuelta y se sentaba nuevamente tras su trinchera.

—Bien, esto es lo que vamos a hacer…

El ring del teléfono quebró la frase.

Disculpe, doctor –podía oírse la voz de su secretaria al otro lado de la línea–, pero dice que es urgente.

Bueno, sí, con él siempre lo es. Está bien, páselo, Sofía.

Schteimberg hizo un movimiento sobre la silla giratoria, dándole la espalda a la niña, al tiempo que bajó el volumen del aparato.

—¿Qué pasó, Israel?, ajá… ajá… okey, ¿pero usted hizo lo que yo le indiqué? No, no, la medicación tiene que tomarla tal como le dije en cantidad y horarios, y relajarse. Nooo, no va a pasar… claro que no se va a morir, Israel, confíe en mí…

La voz del otro lado parecía colgar literal y metafóricamente “de un cable”. En este caso, de un cable gris enrulado, que unía el tubo del teléfono con el aparato, y que Schteimberg acomodaba nerviosamente con el dedo de la mano izquierda, mientras con la derecha alejaba de tanto en tanto un poco el auricular de su oreja, en un intento de no quedar sordo.

El pobre diablo parecía desesperado, pero lo mejor que tenía su doctor era prometerle lo imposible; que no moriría…

La niña reflexionó sobre esta vana ilusión, y con un suspiro de tedio se concentró en los muchos títulos con ribetes dorados y firmas grandilocuentes que se encontraban enmarcados en la pared. Sus vidrios necesitaban indefectiblemente limpieza desde dentro. Mucho más que el plumero superficial que pasaba eventualmente Sofía.

Israel siguió con sus lamentaciones entreteniendo al Dr. Schteimberg aún de espaldas, por lo que tomó el recetario y una pluma costosa del lapicero (sobre esta había una pequeña inscripción tallada “Veritas” seguramente hecha en alguna relojería del centro por algún paciente agradecido) y comenzó a garabatear con ella.

El psiquiatra finalmente se giró con un “lo espero la semana que viene”, y al momento de apoyar el tubo sobre el teléfono, se encontró con su firma inserta al final de una indicación en el recetario membretado.

“Contención”, leyó mentalmente tratando de disimular su asombro ante la facilidad de esta niña de engañar hasta un perito grafólogo.

Ahora, además de estúpido, se sintió manipulado por la inquietante visita.

—Veo que eres realmente buena… ¿dibujando?... ¿imitando letras y firmas? ¿O haciéndote pasar por alguien más? –trató de no demostrar su enojo pero la voz entrecortada lo traicionó–. Y…¿cómo se supone que “yo” sugiero “contención”?

Los pequeños hombros frente a él se encogieron brevemente.

—No lo sé. Usted es el doctor.

De vuelta, sentada en el pasillo, esperaba mientras su madre y doctor murmuraban frente a la puerta del consultorio.

—Quiero que entienda que esta no es la misma niña que usted crio, Eleonor. Hay algo oscuro instalado en ella, que no debemos dejar que avance.

—¿Pero cómo puede ser que no registre nada? –La madre se frotó nerviosamente la cara–. ¿Habló de su padrastro al menos?

—Ni siquiera lo mencionó. Vive en una… no sé cómo decirlo. Como en una realidad alternativa, donde sus padres jamás se separaron. Dice que su padre es pintor.

—¿De casas?...

—No. Un artista –respondió lacónico Schteimberg. Luego revoleó la cabeza sobre su cuello, como si le ajustara demasiado el nudo de su corbata–. Escuche, debemos trabajar mucho. Serán muchas horas de terapia… horas… –relojeó brevemente sobre el hombro de Eleonor para observar a la niña– que no tengo disponible, lamentablemente… pero es necesario.

En este punto, la niña, hasta ahora aparentemente distraída en su mundo, se enderezó de un respingo. “Es justo y necesario, realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación…”, ¿cuántas veces había escuchado esas palabras de boca del padre Ismael? Era su parte favorita de la misa, que la sacaba de su sopor místico, por no decir somnífero, y le anunciaba la proximidad del fin, pero de un fin rimbombante, con palabras esperanzadoras, alegres, que exaltaban su espíritu. Le llegaban como una rima que le provocaba una especie de trance, algo así como los cánticos o mantras de monjes tibetanos. Este momento, y las Letanías Lauretanas después del rezo del rosario que le había enseñado su abuelita en latín, eran las razones que la mantenían “cerca de Dios”…

“Torre de David”.

“Torre de marfil”.

—¿Cómo?, ¡pero usted prometió ayudarme! –exclamó con estupor.

—Le daré un listado con los mejores profesionales. No puedo tomar el caso. En serio, lo siento mucho. Y no lo olvide. La niña necesita mucha contención. –Y al decirlo entre dientes, se sintió patético, con la mirada puesta en él desde un rincón de sombras indescifrable.

3

Mae pasó de tercera a punto muerto, y pisó apenas el freno maniobrando con destreza en las curvas cerradas. Al filo del peligro, en el límite de los abismos era donde mejor se apreciaba la belleza que la circundaba.

Acababa de pasar el punto más alto de la montaña, atravesándola por un largo túnel oscuro con luces en la parte superior abovedada, que con la velocidad producían un efecto hipnótico.

Como El túnel del tiempo, pensó en la serie que veía de chica en TCM.

Ahora, ya del otro lado, estaba como Tony y Douglas totalmente perdida en una tierra y un tiempo desconocidos. Pero a diferencia de los científicos, ella no deseaba volver a casa. No existía tal lugar que pudiera añorar, o familia que extrañar. Cuanto más se alejara, mejor sería. Probablemente encajaría a medias en este nuevo destino, pero seguiría buscando llenar ese vacío, ese sentimiento de pertenecer y que alguien le perteneciera. De obtener lo que le fuera arrebatado.

A su izquierda, la ladera rocosa de bordes afilados, ostentaba esporádicamente algún árbol que contra toda probabilidad hundía las garras en las grietas. Era su forma de aferrarse a la vida, nutriéndose de la poca tierra que el viento acumulaba a sus pies.

La rueda del lado del conductor derrapaba de tanto en tanto sobre las piedras de cantos rodados, que salían eyectadas hacia el precipicio haciendo un ruido quejoso como el aguacero repentino sobre la galería de chapa junto al patio.

Tras la herida profunda e incurable de los valles, se elevaban en distintos planos montañas que aún vestían mantos verdes pero que a mayor altura iban adquiriendo tonos dorados y rojizos. La nieve que se empezaba a acumular en las cúspides quemaba la vegetación con sus largos dedos helados.

Reflexionó sobre la ironía de su propia vida. Perdida en curvas descendentes, avanzando sin control hacia lo desconocido, y observando todo lo bello, lo que no le pertenecía, a través de un cristal. Si aceleraba lo suficiente y estiraba la mano, entonces lo tocaría y se sentiría parte de ello al menos por un instante, antes del fin.

Se adentró resignada en la última curva del desfiladero de montañas que cubrían la vista dilatando al espectador el placer hasta el último segundo.

Hacía cinco kilómetros un cartel anunciaba: “Usted está entrando al Condado de World’s end”, y a esta altura uno pensaría que se había perdido si no fuera que inequívocamente era la única ruta.

Súbitamente estaba ahí, en todo su esplendor, Shut Bay, donde según “el señor Google” se asentaba el centro cívico, y la mayor cantidad de habitantes.

Esto era lo más lejos de casa que podría estar. De hecho, si hiciese un kilómetro más, la circunferencia de la Tierra la acercaría indefectiblemente a todo lo que quería dejar atrás.

Solo he venido a perderme en el fin del mundo, como todos aquí.

El valle interconectado por lagos era la zona inmobiliaria más cara, por lo que, a pesar de necesitar del auto, prefirió buscar una pequeña casa en las afueras. Después de su entrevista laboral, por llamarla de alguna forma, solo debía visitar dos propiedades, una en Susanpeak y otra en Seven Falls, y decidirse por una.

Por lo que sabía, el lugar era bastante tranquilo. Solo lo usual; altercados domésticos; adolescentes manejando ebrios, y algún dealer de poca monta con el que habría que lidiar.

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