L.E. SABAL Los límites del segundo
Los límites del segundo
Los límites del segundo

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L.E. SABAL Los límites del segundo

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Resulta que ahora era un hombre rico casi inesperadamente, era rico y hasta ahora comenzaba a vivir. Sabía, pues tenía la intuición y la energía, que algún día tendría dinero, pero nunca pensé que podría ser tan joven y tan de golpe, casi fatalmente podría decirse. Ante la inminencia de la muerte o por miedo de ella, mi familia, ha puesto la fortuna en mis manos. Como dice el proverbio: «Al que le van a dar le guardan».

—Fíjese cómo son las cosas, mijo, ya ve lo que trae el buen juicio, ayer no tenía nada y ahora tiene todo. Hay que dar gracias a la divina providencia, tiene que ser más piadoso, mijo.

—Yo misma no sé qué voy a hacer con toda esa plata, finalmente todo será para ustedes —seguía hablando mi tía mientras yo conducía—, no se vaya a olvidar de su mamá y de sus hermanos, tiene que darles la mano también.

—No se preocupe, tía, todo saldrá bien, usted sabe que siempre estoy a su lado y cuidando a Clemita.

—Cierto mijo, vea que las buenas obras siempre tienen su premio.

Por la noche, en mi cama, los pensamientos se atropellaban en mi mente, sobre lo que debía hacer y lo que no en adelante. Ideas contradictorias iban y venían hasta que me venció el cansancio. Había tomado sin embargo una decisión: esperaría sin contarle nada a nadie. Tomaría las cosas con calma, seguramente podríamos pensar las cosas con mi tía.

***

Nuestro candidato ganó las elecciones en la universidad, había euforia en nuestro grupo y se celebraba con gran alegría. Aldemar siempre estaba junto a Moisés, algo me decía que tendría su justa recompensa. Estaban presentes todos los compañeros de rumba y de aventuras, muy elegantes, casi parecían otras personas. La cercanía de nuevas responsabilidades había puesto una expresión madura en sus rostros. «Se avecinan nuevos horizontes para la universidad», escuché decir al nuevo rector en su discurso informal. Me rodeaban Fabi y Helenita y varios amigos de farra, yo tenía otros motivos para celebrar.

—No se van a aburguesar ahora, huevones, todavía estamos muy jóvenes —les dije entre risas.

—Gracias, hermano, gracias por todo, yo sé que a usted le debo mucho —me decía Aldemar emocionado.

—Nada, para eso somos amigos.

Los nombramientos no se hicieron esperar. La mejor tajada fue para Aldemar, quien fue posesionado como secretario general de la universidad; otros compañeros fueron nombrados en cargos administrativos con buenos salarios.

A los pocos días de estar en funciones Aldemar me invitó a conocer su despacho. Era una oficina imponente en el séptimo piso del edificio de administración dentro del campus. Por los ventanales se observaba buena parte de las facultades; al frente, el nuevo auditorio de música, y la estupenda arborización de la ciudad blanca.

—¿Y ahora qué?

—Ahora a trabajar, esta joda tiene mucho papeleo y mucho trámite. Se trata de una posición altamente administrativa: planeación, finanzas, contratos, etc., todo bajo la dirección del rector que, además, tiene todo el manejo académico e institucional.

—¿Y usted qué sabe de eso?

—Ahí voy aprendiendo, hermano.

—¿Entonces se acabó la rumba?

—¡Cómo cree, no, no, no! Yo lo estoy llamando o allá le caigo en su casa por la noche.

—Sí, hermano, acompáñeme a rezar el rosario. —Reíamos a más no poder.

***

La tía Margarita pasó a mejor vida. Una serie de complicaciones sumadas le produjeron un accidente cerebral que la dejó en coma durante veinte días. En medio de la campaña por la rectoría y las posteriores celebraciones no dediqué mucho tiempo a visitarla en la clínica.

—De todas formas, hubiera sido inútil, mijo. Ella ya no estaba en este mundo —dijo mi tía.

Ya tenía todo planeado: las exequias y los trámites posteriores.

—Usted que sabe de leyes tendrá que apoyarme en varias cosas, mijo. Pienso clausurar la casa y traerme a las señoras para acá, mientras definimos su situación. Creo que también debemos cerrar Honda hasta que resolvamos las cosas en enero. ¿Le parece bien, mijo? Podemos hablar en estos días y pasar la Navidad aquí tranquilos.

—Pero tía, estoy pensando en ir a acompañar a mamá el fin de año.

—Vaya, no se preocupe, aquí vamos a estar acompañadas.

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