L.E. SABAL Los límites del segundo
Los límites del segundo
Los límites del segundo

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L.E. SABAL Los límites del segundo

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A menos de un kilómetro de nuestro sitio de descanso se observaban luces que se movían a lo largo de la playa, era casi medianoche y continuábamos tomando whisky.

—Es la gente del cacique Aguilar —dijo Márquez—. ¿Alcanzan a ver el barco anclado frente a la playa? Lo están cargando de marihuana, lo hacen tres veces por semana siempre a la misma hora.

—¿No les preocupa nuestra presencia?

—¡Qué va! Nada les preocupa, o compran a la gente o la mandan a matar, así funciona la vaina, mijo —afirmó Márquez.

—Es hora de irnos, primo, ya es tarde.

—¿Cómo se van a ir ahora? Es peligroso y todo debe de estar encharcado.

—Recuerde, sargento, que yo debo dormir en el comando.

Sin más explicaciones nos embarcamos en el jeep y nos adentramos en la trocha. Apenas era posible ver unos metros adelante con la luz de los faros, Nico me pasó una pistola.

—Guárdela en su pantalón, primo, ahora sí es mejor prevenir.

Sin contestarle nada la tomé y la encajé en mi cintura, estaba nervioso, hacía frío. Todavía sentía el efecto del alcohol en mi sangre, no entendía cómo Nico podía manejar el todoterreno; no había semáforos ni señales de ningún tipo, conducir a esa hora era como viajar al infierno. Guiado por su proverbial olfato y orientación navegamos en la más absoluta oscuridad a través de la trocha. Como si estuviéramos en una casa del terror de vez en cuando caíamos en grandes charcos o chocábamos con arbustos, las ramas nos golpeaban el cuerpo y el rostro.

—No se ve ni mierda, primo, pero creo que vamos bien.

Súbitamente el vehículo se detuvo, por más que aceleraba no avanzaba en ningún sentido.

—Mierda, estamos atascados, primo. Bájese y ayude a empujar a ver si lo sacamos.

Salté al piso y sentí que mis piernas se hundían en una masa espesa, quedé enterrado hasta arriba de las rodillas.

—Imposible, primo, estoy hundido en el barro hasta la cintura.

—No puede ser, ¡dónde putas nos metimos! Súbase, primo, nada qué hacer. Tenemos que largarnos de aquí, si nos encuentran esos perros nos matan.

—¿Como así, seguimos a pie? ¿Y el carro?

—Lo dejamos aquí, luego mandamos a recogerlo. Creo que estamos a unos diez kilómetros del batallón, toca andar por ahí una hora.

Con el fusil al hombro y una linterna en la mano, Nico dirigía el paso, prácticamente no podía verlo y nos estrellábamos continuamente.

—Es mejor correr, primo, de otra forma no llegamos.

—¿Qué hora es?

—Son las tres y media, en una hora amanecerá.

Como buen militar mi primo estaba en buena forma, afortunadamente yo también. Corríamos, pero mi vestimenta no era la apropiada, mi primo portaba su camuflado y botas, yo tenía unos simples tenis. El barro pegado en las suelas me hacía resbalar y me impedía seguirle el ritmo. A través de la trocha saltábamos a ciegas cuando caíamos en el agua, era una carrera angustiosa, brincábamos en la oscuridad como locos. En algunos momentos dejábamos de correr, pero seguíamos avanzando, luego de tomar aire continuábamos la travesía al trote. Las gruesas nubes que tapaban la luz de repente se despejaron y pudimos por fin ver el camino. Unos kilómetros más al sur unas pocas luces nos sirvieron de faro.

—Eso es Uribia, primo, estamos cerca.

Ya no corríamos, seguimos en una enérgica caminata sin soltar palabra. Media hora más tarde asomó la primera luz del día, todo parecía normal nuevamente. Estábamos embarrados de pies a cabeza, apenas se podían ver nuestros ojos en la cara. Nos miramos y estallamos en carcajadas, no podíamos hablar, solo reímos hasta más no poder.

—Primo, ¡si se viera la cara! ¡Qué carrera tan hijueputa, primo!

Más tranquilos ahora, continuamos caminando hacia el pueblo. Una camioneta del ejército se aproximó a toda velocidad, llegaban los escoltas, nos habían visto desde lejos.

—Suban, ¿de dónde sale, mi capitán? —exclamaron divertidos.

En menos de diez minutos llegamos finalmente al batallón.

—Vaya, primo, lávese la cara y vamos por el jeep.

—¿Ahora?

—Sí, de una o se lo roban, vamos, primo.

Un tanque de guerra nos esperaba en la entrada, limpio y reluciente, parecía recién salido de la fábrica.

—¿Nos vamos en esto?

—Hay que darle uso a esta vaina, así vamos seguros. ¡Suba, primo! Métase y conozca el tanque, yo me voy acá arriba con mi cabo.

Es una máquina de última generación, el soldado que conducía me mostró orgulloso los controles.

—Esto es como un huracán, mi señor, se mete por donde quiera, nada lo detiene. ¡Un cañonazo de esta vaina puede destrozar todo el batallón!

El tanque avanzaba en efecto sin tropiezos, aplastando cada arbusto en su camino, vadeaba cada charco como si fuera un juego. En veinte minutos encontramos el jeep, los soldados lo encadenaronn al tanque y lo sacaron suavemente fuera el fango.

Después, todo fue totalmente anecdótico; en la cantina los oficiales se gozaron nuestro relato, fuimos objeto de burlas y gracejos durante el desayuno. El resto de la mañana me quedé sentado en una mecedora observando la rutina de los soldados, todavía pensaba en la noche anterior, una sonrisa llegó a mis labios, pero mi cuerpo se estremeció recordando el peligro.

—Esta tarde regreso a Cartagena, primo.

—Ya lo sé, venga, primo que quiero darle algo —me dijo mientras buscaba en su escritorio.

Era un sobre de manila grande cuidadosamente sellado.

—Quiero que se lleve esto, pero no lo abra hasta que llegue a su casa.

—¿Qué es esto, Nico?

—Esos perros vinieron ayer y me lo dejaron con la guardia. Es una plata. Ellos creen que me están comprando, pero yo quiero mi vida limpia, llévese esa vaina y gástela por allá en mi nombre.

—¿Y por qué no lo devuelve?

—Imposible. ¿A quién? Fresco primo, no hay problema, con eso seguro le alcanza para comprar unos tenis nuevos —bromeó, y me abrazó afectuoso.

En el bus de regreso pensaba durante un rato mis aventuras de vacaciones y sonreía para mis adentros. Ni el mejor de los viajes podría igualar tanta diversión; me dormí profundamente hasta que llegamos a la Heroica, eran las once de la noche.

Todo parecía tranquilo en el Segundo, las luces de mi casa estaban prendidas, seguramente mi madre estaría aún despierta esperándome. Me abrió la puerta presurosa y me abrazó.

—¿Cómo le fue, mijo?

También estaban despiertos mis hermanos, querían mostrarme las obras de inmediato. El techo estaba terminado, la casa se veía diferente. Nos miramos y sonreímos, unas lágrimas cayeron en el rostro de mi madre.

—Los baños han quedado espectaculares, más grandes y nuevos, del techo a los pisos —dijo mi hermano.

—¡Ahora sí da gusto sentarse en el trono! —dijo riendo una de mis hermanas.

—Ahí sí te cabe el culito —dijo la otra.

Mirábamos las obras complacidos, seguramente que en el fondo todos, como yo, pensaban en los tiempos difíciles.

—Vamos a poner esta casa como nueva. Todavía no hemos terminado —afirmé.

Los días que quedaban de mis vacaciones me los había reservado mi hermano; nos encontrábamos en el Centro con su grupo de compañeros y nos divertíamos conversando y tomando cerveza. Eran todos chicos de clase media, algunos trabajaban y estudiaban simultáneamente. Me tenían reservada a Maritza. Blanca, de pelo negro muy corto, también deportista, representaba a la universidad. Era muy simpática y congeniamos rápidamente. El sábado nos reunimos todos en la playa, había música y bebidas. Esta vez nos acompañaban dos instructoras de la universidad.

—¿Son tus profesoras?

—Ellas son guías en prácticas de laboratorio, apenas comienzan su carrera docente. Nos hemos entendido bien con ellas y como son jóvenes las invitamos.

Una de ellas atrajo mi atención de inmediato. Lindo cuerpo, piel muy blanca, ojos claros, algunas pecas adornaban su pecho y los hombros, estaba buenísima. Debía de tener unos treinta años. Cruzamos miradas varias veces, parecía que la atracción era mutua. Rápidamente las abordé pero me concentré en Yvette. Eran paisas, ambas solteras, habían llegado hace un año a la ciudad con un contrato de trabajo en la universidad. Estaban felices viviendo en Cartagena.

—Todo es diferente, y la gente siempre se ve alegre y confiada —decían.

Hablamos un poco mientras tomamos cerveza o ron, la animación crecía en el grupo. Era evidente que había una fuerte atracción con la profe. Al caer la tarde casi todos estábamos borrachos, ahora planeaban ir a la disco así que volvimos a nuestras casas a asearnos y vestirnos rápidamente. No estaba seguro de que la profe llegara también por la noche.

—¿Ajá y qué pasó con Yvette? Los vi muy bien conectados, Maritza estaba aburrida —me dijo mi hermano.

—No sé, más tarde veremos, con tu compañera no hay nada.

—Bueno, cuídame a la profe, no vayas a cagarla.

Antes de salir cenamos un delicioso mote de queso preparado por mi madre.

—Delicioso, mamá, listos para el combate —dijo mi hermano.

Ciertamente, bien alimentados y con la mente despejada salimos al encuentro de las chicas. Casi todos los del grupo estaban aquí, pero no habían venido Maritza ni las profes.

—No vinieron —dijo mi hermano en tono burlón—. ¡Qué carajo, entremos!

El ambiente era delicioso, se bailaba envueltos en la penumbra del lugar, la música era variada y muy alegre, los juegos de luces invitaban al disfrute. Las bebidas no faltaban en la mesa, todos hablaban a gritos por encima del volumen de la fiesta. Una de las chicas me sacó a bailar y de pronto me vi envuelto en un torbellino de saltos y de abrazos, de vueltas y revueltas. La chica era incansable, llevábamos más de quince minutos sin parar, la conversación era imposible. Nunca he sido amigo de bailar por deporte, para mí el baile es el preludio del amor, solo me siento a gusto bailando con una mujer que me atrae. Por fin volvimos a sentarnos, apenas estaba sirviendo una bebida cuando vi a Yvette aparecer entre las sombras.

—¡La profe! —gritó alguno.

Todos aplaudieron y la recibieron afectuosamente. Llegó sola, estupenda. Ahora me parecía más bella, enfundada en un pantalón blanco y con una blusa de seda del mismo color. Portaba un collar de piedras verdes que resaltaba sobre su piel blanca; golpeada por las luces intermitentes su cara se multiplicaba en mi retina sin descanso. Sin dudarlo, rápidamente se acomodó a mi lado.

—Hola, vine por ti.

Así, sin rodeos, como deben ser las cosas. Media hora más tarde estábamos enfrascados en una sesión de besos interminable. Bailamos sin pausa, apasionadamente. Los chicos del grupo nos miraban de soslayo sin interrumpirnos. La profe se entregaba sin prevenciones. Finalmente yo no era uno de sus alumnos.

—¿Nos vamos de aquí? Podemos ir a un hotel, no quiero molestar a María en el apartamento —me dijo.

No hubo más que hablar. Hicimos un amor loco y desesperado; fue una noche de éxtasis como nunca había experimentado. Ella se veía relajada y feliz, su cara mostraba ahora un tono rosado, sus ojos brillaban en la oscuridad de la habitación. Bajamos temprano al restaurante del hotel para tomar el desayuno, queríamos ir a las islas del Rosario, el transporte marítimo salía antes de las nueve. La había enterado de que viajaría de regreso en una semana, queríamos aprovechar el tiempo.

Nos embarcamos en una pequeña lancha que nos condujo rápidamente a una isla hotel, tomamos una habitación y salimos a recorrer el lugar. Abundante vegetación rodeaba todo el entorno del hotel, caminitos de piedra conducían a los sitios de recreo. Allí, una piscina de agua salada, y la zona de hamacas, más allá el camino que conducía a la playa. Era una pequeña extensión de no más de cien metros de arena blanca. Y el mar abierto en toda su extensión. A los turistas se les advertía de que la isla era un espacio de relax, nadar era sumamente peligroso porque el mar es profundo alrededor. Con tan solo diez habitaciones, por momentos la isla parecía deshabitada, no se escuchaba música ni ruidos, solo la naturaleza. Era un lugar perfecto para el descanso. Nos tendimos en la playa y dormitamos un rato.

Yvette era una joven profesional, seria, con proyectos y metas definidos para su vida. Hasta ahora había vivido tranquila sin mayores preocupaciones, su familia la apoyaba incondicionalmente, el matrimonio no estaba entre sus planes.

—Me parece increíble estar aquí en esta especie de locura.

—De pronto te hacía falta saltar al abismo.

—Tal vez, te conocí y no me pude contener. —Y reía feliz.

Permanecimos allí cerca de una hora. El almuerzo se tomaba en bohíos de techos de palma, los asientos y las mesas eran de aspecto rústico, pero bien servidos.

Los otros huéspedes eran casi todos extranjeros, compartimos mesa con una pareja de franceses que me dieron la oportunidad de practicar mi incipiente francés. Reímos mucho a causa de los tropiezos y errores en la conversación. De vuelta a la habitación, nuevamente dimos rienda suelta a la pasión, quería recordar por mucho tiempo sus lindos ojos claros y sus bellos senos.

De la recepción nos llamaron para avisarnos que la lancha salía de regreso en media hora, era imperioso para evitar el mar de leva después de las cinco de la tarde.

Al llegar a la ciudad la llevé a su apartamento.

—Ha sido muy lindo —me dijo y se despidió con un largo beso.

***

En mi casa había un poco de preocupación, pues no sabían dónde estaba.

Mi madre me reconvino como si fuera un chiquillo.

—Pero mijo, tenga cuidado, acaba de conocer a esa muchacha y se pierde con ella.

Mis hermanos celebraban escandalosamente.

—La mamá se preocupa por su niño. ¡Si estaba en luna de miel! —exclamó mi hermano.

Más tarde mi madre y yo nos sentamos en la terraza y conversamos largamente sobre el futuro inmediato. Por primera vez se veía una luz de esperanza en mi hogar. Los días siguientes los dediqué a mi madre, hacíamos caminatas por el barrio, que terminaban siempre sentados frente a la bahía. Mi madre me contaba historias de la familia y me ponía al día sobre mis hermanos.

—Mijo, dirá que no me canso de hablar. ¿Pero no ve que las cartas se demoran? Y las llamadas por teléfono son caras y difíciles de conseguir.

Por la tarde nos sentábamos en la terraza, a veces nos acompañaba Leo con mis sobrinos, veíamos pasar a los vecinos al ritmo de las mecedoras.

—Adiós —decían.

—Adiós —saludábamos todos.

Entrada la tarde iba al Centro a encontrarme con Yvette. Terminada su jornada de trabajo nos veíamos para cenar. Caminábamos por las callecitas, subíamos a las murallas.

—No me canso de mirar la puesta del sol sobre el mar, me parece lo más romántico que hay —murmuraba extasiada.

—Te tengo una invitación a cenar —me dijo Yvette—. Hice una reservación en el Caribe para despedirnos antes de tu viaje.

Esa noche la cena estuvo deliciosa, aunque reímos mucho se sentía algo de tristeza en el ambiente. Una copa de vino fue suficiente para que habláramos de sentimientos.

—No te voy a olvidar —me dijo recostándose a mi lado—. Estos días han sido los mejores de mi vida, si estuvieras aquí serías mi compañero para siempre.

La abracé y la besé repetidamente, no había venido a enamorarme, pero sí, la sentía como alguien muy especial, podría llegar a amarla.

—¿Quieres ir a bailar?

—No mi amor, reservé también una habitación —me respondió con una carcajada.

Hicimos el amor como la primera vez, con la pasión de dos amantes. No estaba seguro de si era amor, pero ya no había tiempo para confirmarlo.

El adiós fue triste como siempre. Abrazados en la puerta de su apartamento nos hicimos promesas y nos despedimos, sería imposible olvidarla, con suerte volvería a encontrarla.

***

¿Por qué las despedidas siempre deben ser tristes? Nadie estaba enfermo, nadie había muerto, la economía crecía y el amor también. ¿Entonces? Quizás el adiós nos daba pesar porque teníamos miedo, siempre lo habíamos tenido. Es como una manía, entre más luchamos por dejarla más nos persigue. Pero había que cambiar esto, el horizonte parecía abrirse ahora, era tiempo de vivir.

Abracé a mi madre y a mis hermanos. Partí en un taxi para el aeropuerto.

8

De regreso en Bogotá me sentía contento, me hacía falta esta ciudad. La mala noticia era que una de las tías viejas estaba muy grave en el hospital.

—Es que mijo lo sabe: han fumado y tomado alcohol por media vida, así les cobra la salud.

—Ajá, de todas formas, ya han pasado la barrera de los ochenta, no es poca cosa.

—Pues mijo, yo tengo noventa y uno y aquí me tiene.

—Ah, pero tú eres otra cosa, Clemita —y la abracé.

—Mañana debemos ir a visitarlas, recuerde que somos sus únicos parientes cercanos.

La tía Teresa estaba en las últimas, no nos han permitido verla en el hospital, su deceso era inminente. Las dos hermanas esperaban sentadas en una salita, nunca las había visto como ese día, encogidas y apesadumbradas.

—Esa es la vida —dijo la una.

—Pero mijo, ¡usted cada día más hermoso! —exclamó la otra, en un intento por darse ánimos.

—Parece que nos está llegando la hora.

—No hable así, Margarita —dijo mi tía, recuerde que se hace la voluntad divina.

La tía Teresa murió esa misma noche, estuvo cuatro días agonizante. Y así se cumplió la voluntad divina.

***

—Tienen que ir a visitarnos, nos pidió Margarita, no se olviden de nosotras.

—¡Cómo se le ocurre! Claro que iremos, estaremos muy pendientes de ustedes —replicó rápidamente mi tía.

La otra mala noticia fue que pasadas apenas dos semanas la tía Pilar falleció también repentinamente. Su viejo corazón no soportó la pena por su hermana. La familia se desgranaba velozmente.

Nuevamente las exequias, el pesar, las condolencias, los rosarios, y el adiós. Margarita, la menor de los cuatro hermanos, había quedado sola, bajo el cuidado de sus dos fieles domésticas. Su salud también era precaria, no se auguraban buenos vientos para el tiempo que le quedaba.

***

El reinicio de las clases fue fantástico, todos regresamos renovados. Este sería el último año en la universidad; al dejar los entrenamientos había podido dedicar mucho tiempo a los estudios y había podido incluso adelantarme. Si contara mis aventuras de vacaciones no me creerían, así que me limité a escuchar a mis compañeros y reír de sus ocurrencias. Hicimos planes y nos pusimos metas, estábamos optimistas, el futuro pintaba prometedor.

Aldemar había cumplido su compromiso de visitar la finca.

—Hermano, usted tiene una mina de oro allá. Todo marcha sobre ruedas, pero creo que la productividad todavía es muy baja. Ya le diré qué más se puede hacer.

—Lo que haya que hacer lo hacemos, toca levantar más plata, hermano.

—Recuerde que usted también tiene un compromiso conmigo. Casi toda la campaña se hace en el campus, pero algunas veces toca visitar a ciertos personajes afuera, en todo caso yo lo tengo informado, no me vaya a fallar.

—Cuente conmigo, hermano. Quiero conocer un poco de esta intriga, quién sabe, puede que sirva de algo más adelante.

—Cierto, toca aprender de la política menuda.

***

Las visitas a la tía Margarita se hicieron frecuentes, ahora íbamos una vez por semana. Margarita era una mujer de complexión pequeña, su cara se veía abotargada, se maquillaba excesivamente y se adornaba con finas joyas. Caminaba con bastón y su respiración siempre parecía agitada. Me asombraba su persistencia al hábito de fumar, hablaba sin parar, y decía groserías como algo natural.

—Me importa una mierda lo que digan los médicos, mijito. Al final todos estiramos la pata, ahí ve a mis hermanos.

Se apoyaba en mi brazo en el camino, por momentos casi debía cargarla.

—Gracias mijito, se está ganando el cielo, Juliancito.

Se reunían para tomar onces, rezaban el rosario, miraban fotos y hablaban de viejos recuerdos. En algunas ocasiones nos pedía que le ayudáramos a organizar cuentas, documentos. Margarita era una mujer rica: amén de su pensión, tenía importantes ahorros y todos los bienes heredados de sus hermanos. Siempre que nos despedíamos le entregaba un sobre a mi tía y algunas joyas.

—Llévese esto, mija, a mí ya no me hace falta.

Mi tía recibía las cosas a regañadientes, es una mujer modesta y, por lo demás, no necesitaba de ningún regalo. A mí siempre me ponía en el bolsillo unos billetes. «Para que invite a sus novias, mijito.»

Una mañana la acompañamos al médico, le habían hecho exámenes exhaustivos y era hora de revisar los resultados. Mi tía entró con Margarita al consultorio, yo esperé entretanto en la recepción. Cuarenta y cinco minutos después el médico las llevó a la puerta.

—Entonces a cuidarse, las espero por aquí en dos semanas. Mi tía se veía algo pálida.

—Camine, mijo, gracias por la espera.

Margarita en cambio estaba colorada, como si acabáramos de llegar a la cálida Honda. Se diría que se encontraba relajada. Mientras las conducía a la casa ninguna dijo una palabra, mutismo total.

—Déjeme en la puerta, mija, no es necesario que entren. Aquí me cuidan las señoras, no se preocupen.

—Tiene cáncer terminal —dijo mi tía rompiendo su silencio, le dan máximo tres meses de vida.

Mientras conducía ahora era yo quien se quedó callado. No sabía qué decir, la idea de la muerte me producía tristes recuerdos, no podía ni imaginar su final. Nos pidió que no fuéramos a visitarla por unos días. «Yo los llamo cuando esté lista para que me visiten.»

Pasados cuatro días desde que la llevamos al médico regresamos a su casa.

—¿Cómo se siente, Margarita?

—Bien, mija, no se preocupe, las señoras me cuidan y tengo una enfermera por las noches. Me dan unas pepas para el dolor, sí así es la partida, ¡qué carajos!

Ahora permanecía conectada a una bala de oxígeno, admirablemente parecía tranquila.

—Recemos un rosario, mijita.

La larga letanía apenas murmurada por las tías me parecía interminable, las acompañé sin participar como siempre. Mi mente divagaba entre pensamientos de muerte y los recuerdos de mis vacaciones, tánatos y eros. Allí permanecí somnoliento hasta que por fin terminaron.

—Acérquese, mijito, que no soy el diablo; venga, mija, y hablamos. Ustedes son mis únicos parientes, ya lo saben, en esta familia nadie tuvo el coraje de procrear, no sé si por miedo o por egoísmo. Esta semana he hecho mi testamento, el abogado ya lo tiene debidamente legalizado.

—Pero Margarita…

—Déjeme terminar, mijita, les voy a dejar todo a ustedes, daría pesar que el esfuerzo de toda una vida se lo trague el Gobierno de mierda que tenemos.

—Usted sabe que no necesitamos nada, Margarita.

Yo no atinaba a decir palabra alguna, tal era mi estupor. Conociendo su devoción y su temple característico siempre pensé que esa platica iría a alguna institución de caridad.

—Así que mija, esta casa con todos sus tesoros, joyas, cuadros, porcelanas, todo es para usted. También puede disponer de los bienes que acumularon mis hermanos, la lista precisa la tiene el doctor Guerrero.

—Como a este chino le gusta tanto Honda, le dejo la casa de allá, usted es el único que tiene alientos para viajar, mijo, y yo estoy muy agradecida por su compañía.

—Gracias, tía, no sé qué decir.

—No diga nada, mijito, yo sé. También le dejo mis cuentas en el banco y algunas inversiones, es bastante platica, mijito. Usted que es joven y estudioso sabrá cómo multiplicarla, nosotros siempre quisimos mucho a su papá, así que me da gusto dejarle estas cositas.

Sin decir nada la abrazamos y lloramos con ella un poco.

—Bueno, no más meloserías —dijo sonriendo—. Creo que me iré contenta, he recibido mucho en esta vida. Eso sí, quiero que les den un tiempo razonable a mis empleadas para que se acomoden en otro sitio, y que les asignen una pensión a ambas por sus servicios. Todo está estipulado en el testamento.

—Como usted diga, Margarita —respondió mi tía.

***

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