L.E. SABAL Los límites del segundo
Los límites del segundo
Los límites del segundo

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L.E. SABAL Los límites del segundo

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—¡Chao, nos vemos!

***

Los viajes mensuales a la finca se cumplían como estaba acordado. Ahora iba solo casi siempre, mi tía se había liberado de este trabajo. Cada día aprendía más del negocio con la ayuda de los dos capataces. Montados a caballo inspeccionábamos cada aspecto de los sembrados, ellos conocían todo, eran maravillosamente sabios por su cultura ancestral. Los trataba con mucho aprecio como compañeros de trabajo, ellos se mostraban cómodos conmigo. Había mucho por hacer, la finca estaba mal explotada.

En Bogotá me inscribí a los cursos de la Caja Agraria y de los cafeteros. Aldemar me secundaba en los cursos, era un amante de la naturaleza y también quería aprender. Con el tiempo, iría conmigo a la finca en muchas ocasiones.

Ahora siempre tenía dinero disponible, mi tía fue muy generosa y me asignó una buena suma mensual. Los ingresos familiares se habían incrementado y eso la tenía muy satisfecha. Mi abuela había cumplido ya los noventa y un años y aún seguía en pie, cuando se enteraba sobre la finca se miraba con mi tía en señal de aprobación.

—¿Sí, ve, hija? Yo le dije que el chino tenía madera, ese es mi nieto —se ufanaba.

***

Lenita y yo éramos una extraña pareja, no era realmente mi novia, desaparecía por semanas sin ninguna explicación, era una mujer libre. Habíamos tenido sexo un par de veces, pero no había sido grato, ella sufría interiormente por alguna razón, y siempre lloraba al terminar, era un sexo triste. Cuando estaba de buen humor era otra persona, cambiaba totalmente cuando estaba con Fabi.

Lo mejor del combo de Aldemar eran las rumbas que se inventaban. Había de todo en ellas, comenzaban con mucho humo y seguían con aguardiente, se discutía sobre temas diversos: cultura, música, política. Se escuchaba a Serrat, la nueva trova, y la bossa nova, en la medida que subía el ánimo se pasaba sin ninguna transición a Santana, a Led Zeppelin, y los Stones. De pronto como un estallido explotaban la salsa y el merengue, la parranda llegaba a su clímax. Mi pareja favorita era Fabi, éramos grandes amigos y nos sentíamos bien en el baile. Era muy alegre y divertida, me atraía mucho, pero manteníamos la distancia.

—¡Oiga, hermano, usted sí es muy de buenas, ya pasó por la chiquita y ahora va por la grande! —me gritaba Aldemar ya borracho.

—No sea huevón, hermano, vámonos ya.

En veladas como esta y en otras Aldemar dormía en mi casa. La habitación de huéspedes siempre estaba disponible para él.

—Quiero pedirle un favor, hermano —le dije el día siguiente de una noche de rumba—. Pienso ir a Cartagena en agosto a visitar a la familia, y como sé que usted nunca sale le quiero pedir que me remplace un fin de semana y vaya a la finca. Solo se da una vuelta y ya. Después me cuenta, yo lo recompenso cuando vuelva.

—De acuerdo, así me gusta. Ya es hora de ir entrando en los negocios. A propósito —me dijo bajando la voz—, yo también lo voy a necesitar a usted. En noviembre se elige el nuevo rector de la universidad, mi gente está muy comprometida con el decano de mi facultad y queremos ayudarle.

—¿Ah? ¿Y yo qué puedo hacer? ¿Y a usted de qué le sirve esa vaina?

—Yo voy bien ahí, usted solo tiene que acompañarnos, aunque no lo crea usted es muy popular en la U.

***

La noticia de la muerte del tío Carlos nos llegó repentinamente, un infarto lo fulminó mientras jugaba una partida en el club de ajedrez. Simplemente se derrumbó sobre la mesa. Con mi tía acompañamos a las tías viejas a las exequias, había mucho pesar en la casa. El tío era el único hombre de la familia, las tías viejas quedaban solas ahora. Los paseos y la diversión estaban suspendidos indefinidamente, el tío era el menor de todos, sus hermanas presentían tiempos difíciles.

La mansión de las tías viejas era enorme: un gran salón amoblado al estilo francés se abría desde la puerta de entrada, estaba atestado de vitrinas con finas porcelanas y otros adornos, la mayor parte de estos traídos de múltiples viajes al exterior. Cuadros antiguos y platería colgaban en las paredes, la ostentosa exhibición debía costar una buena fortuna. Más allá, al fondo, un gran comedor del mismo estilo, estaba siempre vestido con ricos manteles y bordados. Afuera, en el patio interior, una pequeña casa para su dos empleadas y el hijo de una de ellas rodeada de un bello jardín bajo un gran brevo protector.

Muchas veces me pregunté cómo mis parientes pudieron vivir con tal prosperidad y mi familia no. ¿Por qué se olvidaron de nosotros? Me propuse visitarlas con más frecuencia en adelante, tal vez mi suerte hasta ahora comenzaba.

7

Regresé a Cartagena después de cuatro años, con solo bajar del avión la oleada de calor me abrazó sin piedad, la brisa corría suavemente, el olor del mar me llenaba de vigor. Me sentí de inmediato en lo mío, estaba muy feliz. Mi madre llegó con mis hermanas a recibirme; con ellas, mis dos primeros sobrinos, a quienes no conocía.

El encuentro fue emocionante, todos nos abrazamos y lloramos un poco, encontré a mi madre más vieja, los años la habían golpeado con fuerza, pero ella se mostraba airosa como siempre.

La primera sorpresa me la dio el Segundo, estaba completamente completamente pavimentado con sus andenes perfectos, bien terminados. Parecía otro sitio, no más huecos, ni charcos, ni piedras regadas por todas partes, no más polvo ni basura al frente de la casa.

—¡Y tenemos alcantarillado! ¡No más diablos, ni inundaciones de mierda! —exclamó mi hermana menor y todos reímos escandalosamente.

—¿No está mi hermano en casa?

—Mijo, él se va temprano y vuelve tarde, entre la universidad y la novia no deja tiempo para nada más. Está muy contento con su llegada, creo que ya le tiene programa armado.

—Uy, pero usted qué come por allá, mijo, se ve más grande, fornido. ¡Qué pinta! Ahora sí parece un hombre, cuídese de todas las vecinas —exclamaban mis hermanas.

Los niños gritaban y corrían detrás del perro, todos hablaban al tiempo, había mucho ruido.

—¿Qué ha pasado aquí, madre? ¿Por qué no han hecho nada para arreglar la casa? ¿Dónde están sus esposos y mi hermano, que no han podido pintar ni una puerta?

Mi madre me abrazó y trató de explicarme.

—El esposo de Leo se fue, se separaron, ya no está aquí, su cuñado está en la universidad, viene más tarde. Las obras de la calle costaron caras y aquí, mijo, lo sabe, únicamente yo tengo un sueldo, pero tranquilo, disfrute su descanso y ahí vamos viendo.

Desconcertado obedecí, no había venido a armar problemas, tendría que pensar con calma. Por la tarde llegaron mi hermano y mi cuñado. Ordenamos pizza y tomamos cerveza, todos reunidos en la sala reímos y contamos anécdotas, era tiempo de divertirse. Los días siguientes me dediqué a visitar la ciudad, quería caminar sus calles, respirar su ambiente. Recorrí los sitios históricos como un turista más. Fui a la playa a disfrutar del mar.

Por la tarde hacía una siesta larga, luego me levantaba reconfortado, mi madre me halagaba con sus mimos y me invitaba a comer fritos o me compraba las panochas que tomábamos con Kola. Yo la llevaba a caminar conmigo por el barrio admirando de nuevo sus bellas mansiones; íbamos también al malecón que bordea la bahía, y nos sentábamos a conversar observando el magnífico panorama. Le conté a mi madre algunas cosas de mi vida con mi tía y mi abuela. Ella, comprensiva, me escuchaba atentamente.

—Cómo me alegro de que se haya acoplado tan bien allá con la familia. Ojalá siga progresando y pueda ayudar a sus hermanos, ellos no tienen la culpa de nada, a ellos les ha tocado dura la vida.

—Cierto, madre, yo lo sé; pero tenemos que hablar en serio a ver cómo vamos cambiando las cosas.

***

Una tarde vino Simón a mi casa.

—Ajá, ¿dónde está el cachaco?

Visiblemente sorprendido me abrazó.

—Coño, te veo muy cambiado.

Mi madre lo recibió con agrado, siempre había tenido mucho aprecio por su familia, habíamos sido amigos desde niños. Dejó sus estudios en Barranquilla y ahora trabajaba como asesor en una firma de arquitectos y dictaba clases en una universidad.

—¿Ya tienes programa para esta noche? Tengo dos puertorriqueñas que llegaron ayer, podemos salir con ellas.

Le acepté la invitación y quedamos de vernos más tarde.

—Es mejor no andar mucho con él, tiene mala reputación —me dijeron mis hermanas—. Dicen que le gustan los hombres.

—Él siempre ha sido respetuoso y amable con nosotros —dijo mi madre.

Yo solo las escuchaba y sonreía. Por la noche, pasó en su flamante automóvil a recogerme. No veía ningún cambio visible en él, los mismos ademanes, la misma voz profunda, tal vez un poco nervioso. Sus historias ya no estaban llenas de optimismo, no sentía la arrogancia de su trato.

—Mi papá me ha cortado su ayuda, hace rato que no le hablo a ese viejo hp.

—¿Y esa vaina?

—Él quiere verme ahí metido en el taller como un obrero cualquiera y yo no le acepto esa vaina, no joda.

Recogimos a las boricuas en el hotel, efectivamente eran dos chicas estupendas que descansaban una semana en la ciudad. No supe cómo Simón las consiguió, ellas solo querían disfrutar sus vacaciones. Cenamos, fuimos a bailar, reímos mucho contándonos cosas de aquí y de allá. A la madrugada mi pareja me invitó al hotel e hicimos el amor. No supe más de Simón y su pareja, nunca volvimos a tocar el tema.

Les conté a mis hermanas al día siguiente y ellas insistían en que no debía frecuentar a Simón.

—Ese tipo es marica —dijo mi hermano—. Sale con viejas para disimular. Ya no anda con las niñas de la high class, lo zafaron, ahora solo sale con puticas. Tranquilo que yo te presento a mis compañeras, hay unas buenísimas.

—Bueno, tranquilos, yo vine a descansar, más bien prepárense para ver cómo vamos a hacer para arreglar esta casa.

En este punto la charla se tensó un poco y terminó rápidamente.

—¿Ve, mijo? Tenga paciencia —me advirtió mi madre.

Le conté entonces que iba a la Guajira a pasar unos días con mi primo.

—No sabía que estaba por allá, tenga cuidado, mijo, es como peligroso.

Mis hermanos, que habían vuelto a prestar atención a la conversación, insistían.

—Hay mucha droga por allá, y hay tensiones en la frontera. ¿Ese no es el trabajo del primo?

***

Antes de viajar me reuní con mi madre para hablar de las cuentas. Le pedí esta charla pues quería abordar el tema con todo el rigor. Ella aceptó algo renuente, pero en el fondo sabía que era necesario. Revisamos a fondo la economía familiar, ingresos, gastos, deudas, créditos. Como temía el resultado era un desastre, dependíamos únicamente de mi madre que, por lo demás, estaba próxima a su jubilación. Era la misma situación de toda una vida y me propuse remediarla. Mi propia madre estaba sorprendida con el balance.

—A la larga hemos sido afortunados, mijo, yo creo que hemos recibido muchos milagros.

—Vamos a comenzar esta tarea y a recuperarnos de inmediato, madre, ahora mismo quiero mandar a hacer nuevos baños y ampliarlos, y también terminar los techos.

Al ver el desconcierto en su cara la tranquilicé.

—Recuerda que yo trabajo, madre, tengo suficientes ahorros.

—Pero mijo, es su platica.

—Fresca madre, podemos con todo. Las deudas puedo pagarlas en tres cuotas, pero eso sí, no más créditos, te voy a mandar un dinerito cada mes. Pero aquí mis hermanos deberán trabajar y aportar, ya son adultos, deben hacerse responsables.

—Está bien —me dijo entre lágrimas, y nos abrazamos con la ilusión de recuperar el tiempo perdido.

Mi madre se puso de inmediato manos a la obra, mi hermano y mi cuñado serían interventores y ayudantes, mis hermanas se encargarían de los contratos. En dos días todo estaba listo para comenzar.

Muy temprano el día siguiente partí hacia la Guajira. Era un viaje largo y sofocante, el bus no tenía aire acondicionado, las carreteras eran irregulares. Llegamos a Barranquilla en dos horas y media. Me encontré en medio del barullo reinante en la terminal, allí debíamos cambiar de bus por otro de igual condición. La música y los gritos de vendedores, ayudantes y choferes producían un estrepitoso alboroto.

Entre más nos alejábamos hacia el norte más pobreza se observaba, pequeños poblados al borde de la carretera aparecían de la nada; aldeas donde florecía la miseria, niños flacos o barrigones, viejos famélicos curtidos por el sol, casuchas a medio construir. Cerca de Santa Marta la vegetación se volvió boscosa y tupida, hacía calor en toda la región. Más pequeña que Barranquilla, la Perla era un pueblo grande donde aún se conservaban muchas construcciones de la colonia española.

La carretera nos regresó a la misma pobreza del recorrido anterior; de pronto comenzó a cambiar el entorno, nos encontramos de frente con los paisajes desérticos, algunos cactus por aquí y por allá eran toda la vegetación observable. Pasamos de largo por Riohacha y finalmente llegamos a Uribia, donde me esperaba mi primo. No había ni una sola calle pavimentada, la brisa levantaba una polvareda infernal, fue como si llegáramos al final del mundo. ¿Era la cabeza o la cola del país?

Nico me esperaba en una camioneta de platón del ejército. Adelante, él mismo condujo conmigo a su lado, atrás cuatro soldados fuertemente armados nos custodiaban.

—¡Qué bueno tenerlo por acá, primo! Esta región es muy bella, le voy a mostrar lo que más pueda. Aquí no se puede descansar, el trabajo no lo permite y es muy verraco acostarse al mediodía con este calor.

Se mostraba locuaz y muy contento de verme. Le conté cosas de Bogotá y de mi casa en Cartagena.

—Usted se da la gran vida por allá, primo. Esta profesión en cambio es dura, pero a la larga uno se acostumbra.

***

En los pocos años que había estado en el ejército mi primo había sido asignado a varios comandos en el país, había estado en combates con la guerrilla y se había distinguido en la inteligencia militar. Era un oficial promisorio. El Batallón se extendía por un área extensa resguardado por una muralla de ladrillo con varios puntos de vigías, protegidos por vidrios blindados. La entrada estaba conformada por tres retenes muy custodiados que se encargaban de verificar la seguridad del lugar. Mi primo era la más alta autoridad presente por lo cual nos ofrecían un trato muy especial de manera permanente. No había ningún lujo sin embargo, en las instalaciones la austeridad y la simpleza eran las marcas del rigor militar. Las viviendas de los soldados se ubicaban en galpones, barracas, donde las literas se acomodaban ordenadamente. Los baños constaban de duchas comunes y una buena cantidad de regaderas y lavamanos. El orden y el aseo eran proverbiales, como en una casa de monjas. Aquí se albergaba una tropa de trescientos soldados y suboficiales que permanecían encerrados la mayor parte del día, solo los patrullajes diarios los sacaban de su rutina de internos.

El pabellón de los oficiales era un edificio de cuatro pisos, con habitaciones individuales y algunas oficinas para administración y reuniones. Tampoco allí se observaba ninguna ostentación, se respiraba un aire de objetos y muebles antiguos, reinaba la soledad. La única decoración consistía en las fotos gigantes del mando del ejército, desde el presidente hasta mi querido primo.

—Ey, ya estás muy cerca del curubito.

—Casi, primo, aunque sea en fotos —y reía.

La primera noche cenamos con algunos de los oficiales en un restaurante, bajo el incesante ronroneo de los abanicos.

—Usted no ha visto la comida en la cantina, primo. No hay chef ni nada por el estilo, los cocineros son soldados que prefieren la cocina a las otras duras labores en el campamento.

—El pollo allá tiene miles de horas de vuelo —añadió otro oficial. Todos reímos a carcajadas.

—El norte de la Guajira ha sido tomado por la delincuencia organizada, la marihuana y el contrabando comparten el territorio sin control —me explicó Nico con tono misterioso.

—¿Y ustedes no hacen nada?

—Nosotros no estamos para eso, primo. Esa tarea es de la policía. A nosotros nos corresponde el orden y la soberanía, la frontera con Venezuela. Claro que si los topamos de frente seguro nos toca actuar, pero todos nos cuidamos de que eso no pase, tranquilo, aquí no pasa nada.

El siguiente día nos levantamos con la tropa y desayunamos, mi primo quería llevarme a conocer las salinas de Manaure. Había que viajar temprano para evitar el sol. Era un viaje de cincuenta kilómetros por carretera destapada. Esta vez viajamos en un jeep cabinado, nos acompañaban dos soldados.

Los paisajes eran alucinantes, el contraste de zonas desérticas con los campos inundados de charcos era muy llamativo, a lo lejos se podía ver la costa prácticamente deshabitada, y el mar verde característico del Atlántico.

Lo primero que me sorprendió fueron los grandes montículos blancos que se formaban en una amplísima zona, eran colinas de sal secándose al sol, su imagen se reflejaba en los innumerables charcos dando una sensación de vastedad. El olor penetrante de la sal marina me transportó de inmediato a los aromas de mi ciudad, eran sensaciones fuertemente impregnadas en mis recuerdos más profundos.

Nos recibió la alcaldesa, mujer enérgica oriunda de la región, perteneciente a una familia wayú. Ella misma nos sirvió de guía, ilustrando cada paso del proceso en las salinas. Fuimos sus invitados a almorzar, y departimos largo rato con ella y con algunos de sus funcionarios. Regresamos a Uribia a eso de las seis de la tarde. Agotado por el calor me tumbé en mi cama y dormí profundamente.

El timbre del despertador me hizo brincar de la cama la mañana siguiente, se escuchaba el movimiento de la tropa dando comienzo a su rutina diaria. Vestido ya de camuflado, Nico me pidió apresurarme, eran las cuatro y treinta de la mañana.

—Vamos, primo, arréglese, acuérdese que salimos temprano, vamos a Punta Gallinas.

—Es el punto más al norte de Sudamérica, no hay nada por allá, pero es una belleza —me comentó mientras terminábamos el café.

Los soldados cargaron el jeep con varios morrales y un costal, y un bidón de gasolina; mi primo llevaba dos pistolas al cinto.

—¿Vamos para la guerra?

—Aquí nunca se sabe, Juliancito, y vamos a viajar solos. Le llevamos un mercadito a mi sargento Márquez y provisiones para el camino.

Sentía un poco de aprensión pues se hacían muchos comentarios sobre las guerras de traficantes y de las venganzas familiares. Pero estaba seguro con mi primo, me subí confiado al todoterreno. Partimos a las cinco y treinta de la mañana, todavía se sentía el fresco de la madrugada. El sol allá despunta desde las cuatro, en una hora estaría todo tan claro como al mediodía.

El recorrido era largo e incierto, no había carreteras, era necesario avanzar en medio de trochas siguiendo los caminos marcados por otros vehículos. No había mapas, mi primo viajaba guiado por su radar mental, era muy bueno en esto. En el camino aparecían como por milagro, escondidas detrás de arbustos o enterradas en sitios impensables, pequeñas tabletas de orientación: Puerto Bolívar, Nazaret…

—La mejor guía es seguir al borde del mar, o al menos tenerlo a la vista, primo —me dijo.

Por momentos la espesura de los arbustos me hacía pensar que estábamos atrapados y completamente perdidos, sin embargo, seguíamos avanzando. Al llegar a un espacio abierto nos detuvimos a refrescarnos. Tomamos agua abundante, comimos bananos y naranjas.

—Tenemos que volver a las trochas, primo, por allá es el camino.

Un ruido intenso de motores parecía preocupar a mi primo, su rostro se ponía tenso y tocaba instintivamente su pistola. Se detuvo un momento y pasó el fusil hacia mi puesto.

—Téngame ahí, primo. ¿Sabe manejar armas?

—¿Por qué? ¿Qué pasa? —le pregunté alarmado.

—Vienen camiones cerca, es posible que nos encontremos, es mejor no mirarlos, son contrabandistas o caciques.

Avanzamos despacio entre la naturaleza, mis reflejos estaban en alerta máxima, pensaba en mis competencias, pero esto era diferente, además nunca había usado un arma.

Primero apareció una camioneta último modelo totalmente embarrada y polvorienta, no podía distinguir su color. Alcancé a ver unos cinco hombres, llevaban las ventanas abajo, dos de ellos iban parados en la puerta trasera mirando hacia atrás. Pasaron lentamente al lado del jeep, tan cerca que casi nos tocamos. Nadie dijo nada, seguimos avanzando lentamente. A unos cincuenta metros venía el primer camión, se veía completamente cargado de mercancía, cajas, pude distinguir una nevera. Hombres armados viajaban casi colgados del camión. Nos miraron curiosos; nosotros evitamos las miradas. El segundo camión era inmenso, solo cargaban grandes fardos y envolturas.

—No los mire, primo, estos llevan marihuana.

Se repitió el mismo paso anterior hasta que uno de ellos, fusil al hombro, levantó la mano.

—¡Ey, nos vemos, capitán!

—¿Qué tal, primo? ¿Se cagó? ¡Nos pegaron un susto, no joda!

***

Cuando por fin salimos de las trochas se abrió ante nosotros el desierto, carreteras marcadas por la marcha de vehículos nos indicaban el norte. En el camino, las rancherías de no más de diez a quince viviendas aparecían a nuestro paso. El espectáculo era extraordinario, grandes extensiones de arena dorada, lagunas saladas, dunas, acantilados. Paramos en una ranchería para descansar y abastecernos, eran las once de la mañana. Los nativos esperaban una tormenta.

—No les creo mucho —dice Nico—, además todavía no es época de lluvias.

Al mediodía llegamos a Punta Gallinas.

—Ahí lo tiene, primito, el faro situado en la punta de Sudamérica, somos afortunados de estar aquí.

Era un área completamente deshabitada, no habíamos visto una sola persona en los últimos quince minutos de viaje. Anchas playas de suave arena nos invitaban a lanzarnos al agua. Corrimos como niños y nadamos por unos veinte minutos, luego almorzamos, arepas de huevo, una presa de pollo y más naranjas y bananos. Tomamos agua hasta saciarnos. Sentados al borde de la playa observamos en silencio el horizonte.

—Mi sargento Márquez está casado con una wayú, vive adelante de Manaure y nos espera esta tarde, primo. Nos toca devolvernos ahora.

Esta vez sería más fácil, ya teníamos el camino marcado; media hora después avanzábamos bajo un verdadero diluvio, los rayos y truenos eran aterradores, estábamos completamente empapados. Mi primo conducía imperturbable; ha llovido durante hora y media. Luego, como si nada, el sol volvió a brillar en el cielo.

—Ya estamos cerca, primo. ¡Ánimo!

Márquez y su mujer vivían con su pequeño hijo de cuatro años en una ranchería a unos veinte kilómetros de Manaure. Nos recibieron afectuosos mientras los perros ladraban y nos olían. Eran las cuatro de la tarde, nos quitamos las ropas mojadas para ponerlas al sol. Caminamos alrededor de la parcela donde unos pocos chivos y burros descansaban a la sombra. No había ningún cultivo alrededor.

—Todo lo traemos de Uribia, mi capitán. Acá todo escasea.

—Échese en este chinchorro, joven, se le nota el cansancio.

Tenía razón, me acosté y me dormí de inmediato. El ruido de la música me despertó dos horas más tarde, se escuchaban vallenatos y las voces de Nico y Márquez, el sol empezaba a descender en el horizonte.

—Venga, primo, tómese un trago. Me pasó una botella de whisky, y tomé un sorbo a pico de botella. Ellos reían animadamente y se burlaban de mí.

—Hemos pasado unos sustos muy bravos, ¡el primo estaba cagado!

Yo me divertía con sus bromas sin ninguna vergüenza. Era hora de divertirse, ellos cantaban y la mujer de Márquez hacía coro. Todos bebíamos de la misma botella. Casi sin advertirlo el sol había desaparecido, la oscuridad era absoluta, en el rancho se prendieron varios mecheros que nos daban suficiente luz sentados frente a la casa. Comenzaba a hacer frío y prendieron una fogata a nuestros pies. La mujer de Márquez preparaba algo en la cocina. Los hombres continuamos tomando whisky frente a la fogata. La conversación giraba en torno a situaciones del batallón, contaban anécdotas de la vida militar que provocaban grandes risotadas. Los vallenatos continuaban en la grabadora de Márquez. Graciela nos sorprendió de pronto con un delicioso friche, ñame, arroz y tajadas. Justo a tiempo, el trago comenzaba a hacer estragos en mi estómago.

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