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L.E. SABAL Los límites del segundo
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Los disparos y las carreras no cesaban, la gente en la buseta gritaba asustada. Poco antes de la salida del campus, uniformados le ordenaron parar al conductor, se subió un policía y sin dudarlo dijo.
—Usted, allá, salga por favor.
Al parecer yo era el único con cara de estudiante. Me bajaron y le ordenaron al chofer que siguiera su camino. Quedé solo entre tres policías armados, con cascos y escudos antichoques, me rodeaban y me insultaban.
—Tirapiedras hijueputa.
Traté de explicarles que no estaba en la refriega.
—Vengo del gimnasio, soy un deportista —les dije.
—Ahora sí, hijueputa diga algo —y me daban golpecitos en las piernas con sus bolillos.
No me dejé provocar y se me ocurrió mostrarles mi carné de la escuela de natación del distrito.
—Soy deportista, represento a Bogotá.
Uno de ellos observó cuidadosamente el carné y me preguntó:
—¿Dónde entrena?
Le explico y entonces les dice a los otros: «Mi hijo también entrena allá».
—Bueno, huevón, se salvó, váyase para su casa. ¡Al trote mar!
Nunca me había asustado tanto en mi vida. Ni en las peleas de barrio, ni en trifulcas de botellas y butacas, ni en los prostíbulos baratos con drogadictos, esto sí era miedo, carajo. Se sabía de jóvenes que desaparecían y nunca más eran encontrados, y no dudaba que algo tendrían que ver las fuerzas del estado. Regresé al calor de mi casa sintiendo nuevamente que todo estaba bien.
***
—Tenemos que hablar —me dijo Sarita por teléfono una tarde de febrero.
Cuando me hablaban de esta forma un aire helado recorría mi cuerpo. Siempre pensaba en la muerte sin saber por qué, sentía como un vacío por dentro y me imaginaba cayendo en un pozo sin fondo. Mis temores regresaban a atormentarme de vez en cuando. ¿Pero acaso qué había que temer? ¿No era el deportista en ascenso? ¿Temía acaso perder lo poco que había logrado?
«Tenemos que hablar» tal vez era simplemente que me necesitaba, que le hacía falta. En fin, me armé de valor y me dirigí a su casa.
El tema era muy simple y terrible a la vez, la familia había tomado la decisión de enviar a Sarita a estudiar a Londres. Debía presentarse en abril para estudiar el inglés y comenzaría sus estudios a mediados de agosto. Era una decisión firme y ella había tenido que aceptarla, lloraba mientras me contaba,
—No quiero dejarte, pero tengo que hacerlo, podemos escribirnos y a lo mejor puedes ir a visitarme.
Yo no veía fácil esa opción, los pocos viajes que había hecho habían sido patrocinados por la universidad. Podría decirse en verdad que no había viajado, ir a Europa no dejaba de ser un sueño en ese momento. Las cartas, por los demás, podían tomar hasta tres meses en llegar a su destino, las llamadas eran imposibles. Me angustiaba la idea de perderla. Nos hicimos mil promesas, pero ambos sabíamos que sería muy difícil cumplirlas.
Los dos meses siguientes tienen un sabor agridulce para mí, repartía mi tiempo entre las clases, los entrenamientos, y los preparativos de viaje de Sarita. En su casa todos estaban muy animados, no parecían afectados su viaje. Pero claro, ellos podían viajar cuando quisieran, a nadie parecía importarle lo que pasara en nuestra relación.
Veinte días antes de su partida debía viajar con el equipo a Medellín a participar en los Juegos Nacionales. Los padres de Sarita la autorizaron a acompañarme con la condición de que se alojara donde unos familiares cercanos. Me acompañó a los entrenamientos y estuvo conmigo en las eliminatorias, fue la felicidad total.
Mientras se desarrollaban las competencias estábamos prácticamente confinados en la villa olímpica. No fue como lo imaginamos antes de viajar, pero estábamos felices de compartir los días enteros; como lo esperaba llegué a la final, mis tiempos no fueron los mejores, pero estábamos satisfechos. Ocupé un honroso tercer lugar, fui sido superado por muchachos de dieciséis años, o algo así. No obstante, Borja estaba feliz.
—Si hubiera comenzado antes hoy sería campeón, hermano.
«¿Y qué?», me preguntaba, si no fuera por mi novia tal vez no estaría aquí. Secretamente me prometí abandonar las competencias lo más pronto posible.
El día siguiente debíamos regresar a Bogotá, teníamos casi veinticuatro horas para estar solos con Sarita. Almorzamos y sin mucho pensarlo nos dirigimos a un hotel como si fuera el único pendiente de este viaje. Hicimos el amor en una mezcla de pasión y ternura, sabíamos que en cierto modo era la despedida. No tuvo el mismo sabor ni la alegría de siempre, salimos pronto del hotel y nos dedicamos a recorrer los parques y avenidas. Hicimos también algunas compras.
Los días después del regreso estuve preso de melancolía. De una parte, el inminente viaje de Sarita, de otra, me debatía pensando en mi posible retiro del deporte. Tal vez decepcionaría a algunos y perdería mi incipiente popularidad. Todavía tendría que pensarlo un poco más.
Poco antes de su viaje nos encontramos una tarde, hablamos un poco de todo y por momentos nos quedábamos en silencio. Sabía que para ella también sería difícil. La incertidumbre del futuro era agobiante para unos jóvenes como nosotros. Venían nuevos retos, nueva gente, nuevas costumbres. «Quién sabe —pensaba—, a lo mejor vuelva a enamorarse por allá.» Caminamos largo rato por las calles de Chapinero, la agitación de la tarde era vistosa en este sitio de la ciudad. Se escuchaba música en alto volumen en algún almacén de discos, el rock imperaba en esos días. Se decía que este barrio era parecido a uno muy popular en Londres, los jóvenes vestían al estilo hippie. Por la noche volvimos a la casa, yo manejaba el carro de mi tía, cuando antes de llegar ella rompió el silencio.
—No quiero que vayas mañana al aeropuerto, prométeme que no irás.
Estaba claro, no sería una despedida feliz. Al llegar a su casa la abracé y lloramos un poco.
—Te lo prometo —le dije—, no te voy a olvidar.
Sin más, abrió la puerta del carro.
—Adiós —me dijo.
La seguí con la mirada hasta que entró a su casa y luego conduje hasta la mía. Lloré como si enfrentara una pérdida irreparable.
***
Mi decisión de dejar el deporte fue irrevocable, así se lo comuniqué a Borja, que quedó anonadado con la noticia. Era de esperarse, yo era su única carta ganadora. Sin embargo logró convencerme de acompañarlo hasta fin de año como tutor de los más jóvenes.
—Una manita suya me caería muy bien, hermano.
Me comprometí dos veces por semana y tal vez los sábados para practicar. Sentía que me había quitado un peso de encima, era hora de imaginar la vida diferente. Me dirigí a las residencias estudiantiles a encontrarme con Aldemar, hacía varias semanas días que no hablábamos. Lo encontré en su habitación sumergido en el marasmo de siempre.
—Hermano, lávese esa jeta y salgamos a algún lado.
Lo invité a una cerveza, comimos pizza y hablamos. Me desahogué con él y le conté de Sarita, y de mi retiro del deporte.
—Hermano, toca hacer otras cosas, inventarnos otra vaina, yo creo que ya es hora de dejar a Mary Jeanne —me dijo y soltó una carcajada.
Nunca lo había visto así, hicimos planes. Él quería meterse más con sus compas que trabajaban en política.
—Estudiemos francés, hermano. En Lenguas los cursos son libres. ¡Y hay unas chinas buenísimas!
Me pareció una buena idea, en mi colegio siempre fui el mejor en esta clase, además me gustaba la música y tenía buen oído.
***
Una tarde recibí una llamada en casa.
—Es Aldemar —dijo mi tía.
—Oiga, hermano, ¡ya tengo el curso!
—¿Cuál curso?
—El de francés, ya me inscribí y a usted también, los cursos libres comienzan en junio y terminan en octubre. ¿Entonces sí le hacemos?
Sorprendido por su eficacia le respondí que sí. Ya había olvidado nuestra última conversación, este era el nuevo Aldemar, nunca lo hubiera creído posible, pensaba que seguiría para siempre con su pasividad y pesimismo. Yo en cambio pasaba por una etapa con días de euforia y otros de gran melancolía, Sarita me hacía falta, recordaba nuestros días felices y me sentía deprimido, habían pasado más de dos meses desde su partida y no tenía ninguna noticia de ella. De sus padres no sabía nada y no me atrevía a ir a su casa a preguntarles. Finalmente decidí ir a visitarlos con la ilusión de buenas noticias. Para mi asombro la casa estaba totalmente a oscuras y parecía vacía. Le pregunté al celador de la cuadra si sabía qué había pasado.
—Ellos se mudaron casi enseguida que viajó la señorita. Creo que se fueron para el norte.
«No puede ser», me dije y casi de inmediato me envolvieron oscuros pensamientos. ¿Qué pudo haber pasado? ¿Por qué no me avisaron? Por lo visto no me apreciaban tanto como yo creía.
Regresé a mi casa atormentado por la incertidumbre. Era la hora del rosario, mi abuela y mi tía rezaban con devoción. Las interrumpí.
—¿Ustedes sabían que los papás de Sarita se mudaron?
Molestas por la interrupción se miran unos segundos.
—Algo sabía, sí, señor —dice mi tía—. No sé a dónde se fueron, Elena no ha vuelto al voluntariado.
Y continuaron con el rosario.
6
Por esa época la gente se mudaba cada vez más hacia los barrios del norte de la ciudad, la inmigración acelerada de otras ciudades, y el crecimiento incontrolado de barrios pobres llamados de invasión habían ido empujando a las personas adineradas hacia los barrios más nuevos y seguros. Entre más lejos del centro de la ciudad, mejor, opinaban muchos. La construcción de Unicentro había acelerado el desarrollo de una gran zona aledaña casi deshabitada hasta entonces. Hablar de vivir por allá sonaba como irse a otra ciudad. Recuerdo haber escuchado a mi tía comentarle a mi abuela si se animaba a mudarse para el norte.
—No, mija, déjeme aquí tranquila, ya estoy muy vieja para eso.
Mi tía y mi abuela eran personas adustas, hablaban mucho, reían poco, su vida estaba marcada por profundas convicciones religiosas, y pensaba yo, por la muerte de mi padre y de mi abuelo paterno. La familia prácticamente se deshizo y ellas tuvieron que asumir la carga del trabajo. Cada mes venía un pequeño camión cargado de frutas y verduras de la finca de Anolaima. Los campesinos que las traían eran hombres afables y respetuosos. Se sentaban a la mesa con nosotros y nos ponían al día con las noticias del campo. Mi abuela quería saber de sus vecinos y preguntaba mucho. Después de comer mi tía se encerraba en su oficina con ambos y conversaban un rato. Seguramente le rendían cuentas y hacían planes de trabajo.
***
Yo había ido varias veces a la finca con mi tía, quedaba a unas tres horas de viaje en el carro. Al llegar al pueblo tocaba seguir adelante unos cinco kilómetros más por una carretera destapada. De hecho, la carretera estaba destapada desde Bogotá casi en su totalidad. Allí parábamos al lado de los ranchos destartalados que servían de reposo y donde vendían chicha y cerveza y algunos alimentos. Los peones nos esperaban con las bestias ensilladas, de ahí en adelante el camino era más tortuoso aún. Había que bajar por unas laderas con caminos angostos y fangosos durante cuarenta minutos, era verdaderamente fatigante. La vegetación era exuberante. El aroma de las frutas era increíble, parábamos a comer guayabas dulces recogidas en el sitio, el penetrante olor de las mandarinas llegaba a lo largo del camino. Era una tierra feraz y agradecida. Por toda la colina se veían los sembrados de café y finalmente, allá en el fondo, aparecía la casa de mis abuelos, ahora ocupada por los campesinos.
En medio de los arreos y los gritos de bienvenida, la recua se amontonaba justo a la entrada de la casa, con sus cuerpos calientes botando un vaho inquietante. La casona hecha de materiales pobres estaba casi destruida, extrañamente las habitaciones de mis abuelos parecían en buen estado. Dormíamos en pequeñas camas duras y nada confortables, los baños soltaban chorros de agua helada, no había inodoros. Tocaba usar letrinas o buscar un sitio entre los árboles, muchas veces en presencia del ganado.
Pese a todo me entusiasmaba la belleza del lugar, los olores, la sencillez de la gente. Admiraba la rudeza de los hombres y la dedicación de todos al trabajo. Normalmente nos quedábamos tres días en los que hacíamos un recorrido por los sembrados y el trapiche. Y se revisaba el ganado, unas pocas vacas y sus crías, pero mi tía tomaba nota de todo juiciosamente. Los campesinos me llaman «Patroncito» y trataban de complacerme todo el día. A eso de las seis de la tarde quitaban la energía y todo quedaba en penumbras, apenas alumbrados por la escasa luz de las velas. Cenábamos, se rezaba el rosario. Los peones contaban historias y reían estruendosamente. A las siete de la noche nos íbamos a dormir, el silencio era sobrecogedor. Aparte del chillido de chicharras o el de los búhos y el canto de los sapos no se escuchaba nada más, la oscuridad era impresionante. A eso de las cuatro y media de la mañana comenzaba el movimiento, se escuchaban los cascos de las bestias, y el ruido incesante de los pasos en el zaguán de la entrada. El canto de los gallos, el alboroto de las gallinas y pollitos eran llamados de la naturaleza para iniciar la jornada que llegaban a mis oídos como un bálsamo.
Mi sitio preferido era el trapiche, estaba situado a unos trescientos metros de la casa. De lejos se podía ver una construcción sin puertas ni paredes, era como una gran bodega construida con materiales simples, estructura sobre la cual un gran techo derruido sostenido por vigas de madera servía de protección. A unos pocos metros se ubicaba un bello molino de madera sobre un pozo de agua proveniente del riachuelo que atraviesa la finca. Grandes ollas hirvientes contenían el guarapo de caña, otras cocinaban la miel, el penetrante olor dulzón se esparcía hasta la casa.
No me cansaba de admirar el trabajo. Hasta entonces descubrí que la elaboración de la panela era la mayor fuente de los ingresos familiares. Grandes cargas de panela se amontonaban diariamente a la espera de su distribución, los peones trabajaban incesantemente toda la jornada. Conocí también los sembrados de café, eran muchas hectáreas y no alcanzo a recorrerlas completamente en un solo viaje. Mi tía me explicó que no se obtenía mucho café de la finca.
—El café no es de la mejor calidad, creo que falta invertirle en asesoría técnica, tal vez mijo pueda ayudar más adelante.
Pensar que mis abuelos construyeron todo esto con sus propias manos reclamaba mi admiración, nunca lo había visto de esa manera; vida difícil la del campo, pero al mismo tiempo plena de armonía natural.
En la última ocasión regresábamos hacia Bogotá en el carro familiar recargado de productos de la tierra. Más de la mitad se destinaba a las obras de caridad de mi tía. Ella rezaba y permanecía en silencio largo tiempo, yo escuchaba la música en mis casetes. El camino era fatigante y el cansancio de los días en la finca pesaba en todo el cuerpo; curiosamente, había olvidado a Sarita por un tiempo. Mi tía parecía dormida, pero de pronto, como si nada me dijo:
—Clemita y yo hemos decidido dejarle esta finca a usted, mijo, nosotras ya somos viejas y estos trotes acaban con cualquiera. Madre y papá entregaron su vida en esta tierra y de esto hemos vivido, pero luego de la muerte de mi hermano todo cambió. Es hora de que otros asuman la carga.
La escuché en silencio completamente sorprendido por sus palabras. No me extrañó, en mi familia siempre habíamos pensado que algo nos correspondía por derecho, pero no me esperaba que se abordara tan pronto el tema. Por lo demás no entendía que mi tía se sintiera vieja, apenas bordeaba los sesenta años.
—A sus hermanos les dejamos la finca del Huila —continuó mi tía—, ellos sabrán qué hacer. Yo la tengo arrendada por una buena suma, es más grande que esta y la tienen dedicada al café y las frutas, allá sí lo han sabido explotar.
Luego siguió explicándome detalles de ambas propiedades totalmente desconocidos para mí. El producido sumado de las fincas es suficiente para que cualquiera pueda vivir cómodamente. Como resultado de la vida austera, además, poseían enormes ahorros depositados en bancos e inversiones en un par de fiducias. No sabía si alegrarme, sentía como si todos los años de escasez de nuestra infancia y juventud los hubiéramos pasado sentados sobre una mina de oro. El solo valor de las tierras bastaría para considerarse rico en nuestro país. Mientras hablaba mi tía y me llenaba de detalles financieros y de procesos, mi mente divagaba recordando mis años en Cartagena.
No tuve necesidad de decirle nada, ni me atreví siquiera a darle las gracias, creo que mi silencio lo dijo todo.
—Y no se preocupe, mijo, que yo voy a asignarle unos recursos mientras usted se hace cargo del trabajo.
Era muy simple, debía ir a las fincas con frecuencia como antes, solo que ahora ella no volvería.
Y continuó:
—Cuando vengan los administradores a Bogotá nos reuniremos con ellos para que organicemos las cosas conjuntamente. Por ahora será así, las tierras y todo será de ustedes cuando ya no estemos aquí. Eso sí, mijo, debe mantener el compromiso de los mercados mensuales con la misión.
Me sentía como otra persona, mi cerebro bullía de ideas y proyectos; cuando partimos tres días antes era un joven estudiante provinciano prácticamente pobre, ahora regresaba transformado en propietario y emprendedor agrario, un hombre con un futuro envidiable. Ni yo mismo me lo creía. Decidí no contarle a nadie o, tal vez a mi madre cuando fuera a visitarla. Esperaba seguir con el curso normal de mi vida y dejar que el tiempo me indicara el camino.
***
—Le tengo una sorpresa, mijo —me dijo mi tía una tarde al regresar de la U. y me entregó un sobre con varios sellos postales.
Era una carta de Sarita. Subí corriendo hacia mi habitación y la leí con gran emoción. Estaba llena de detalles sobre el viaje y su llegada a Londres. Vivía con una prima de la mamá que estaba establecida allá hacía muchos años, casada con un inglés, sin hijos; vivían cerca de la academia y ya la habían matriculado en la universidad. La carta databa de nueve semanas antes, supuse que las cosas estarían cambiando rápidamente. Noté con pesar que me dedicaba pocas líneas, pero traté de comprenderla, aseguraba que me amaba y que lo nuestro sería para siempre. De inmediato me dispuse a responderle. Mi carta iba llena de mil promesas de amor, hablaba también de melancolía y de mis deseos de un pronto reencuentro. Solo hasta diciembre volvería a recibir noticias suyas. Nuevamente me llenaba de detalles de su vida londinense, ya había iniciado sus estudios de arte en la universidad, me pedía perdones por lo tardío de los mensajes: «El trabajo en el college me abruma y ocupa todo mi tiempo». La mamá estaba con ella pues había ido a visitarla, «Mi mamá ha extendido su visita por más de un mes», «Te quiero por siempre».
***
Ha pasado más de un año desde el viaje de Sarita y no he vuelto a recibir más de sus cartas. Le he escrito un par de veces sin obtener ninguna respuesta, tal parece que este amor llegó a su fin. ¿O sería que se extraviaban las cartas? ¿O que algo malo le ha pasado? Finalmente concluí que era mejor olvidarla, su silencio decía mucho e incluso habíamos perdido todo contacto con sus padres. ¿Estarían relacionados ambos hechos? Solo tenía una foto de ella y la guardaba como un tesoro. En esta nos veíamos abrazados en Monserrate, era lo único que me hacía recordarla de vez en cuando. Su cara se desvanecía poco a poco en mi memoria.
***
Volví a Honda varias veces con mis tías viejas, allí la diversión corría por cuenta de Javier y de Alberto. A mis tías las acompañaba a la misa y al mercado y a eso de las seis de la tarde me dirigía al centro del pueblo. Conocía mejor ahora a mis compañeros, Javier era un chico alto de buena presencia muy blanco y pecoso, su padre los abandonó cuando era un niño, su madre tuvo que trabajar siempre para mantenerlo. Era un chico ambicioso al que le gustaba el dinero. Su novia era una chica sin gracia pero, decían, de una familia adinerada. Javier trabajaba como profesor de un colegio privado en Bogotá, en eso ocupaba su tiempo libre.
Alberto era más bien de mediana estatura, era un joven de físico común, muy locuaz y simpático, presumía de intelectual. Cuando bajaba a Honda trabajaba en la emisora local, tenía un programa de comentarios y de música, esto lo hacía muy popular en el pueblo. Su novia era enfermera, muy bonita, estaban juntos desde el colegio. Algunas veces cuando se hacía muy tarde o nos pasábamos de tragos me quedaba a dormir en la casa de alguno de los dos. Muy lejana de la comodidad de mis tías, me sentía muy a gusto con la familiaridad que se respiraba. Luego, en la universidad no paraban los chistes y las anécdotas de viaje con los otros compañeros.
***
—Mijo, tiene una llamada de Aldemar, parece urgente. —La cara de mi tía mostraba su angustia.
—Hermano, me tienen detenido aquí en un calabozo militar, ayúdeme por favor.
En efecto, en una redada conjunta del ejército y la policía habían realizado un allanamiento a las residencias universitarias. Decían que inteligencia militar tenía evidencias de que allí se escondían militantes urbanos de la guerrilla y habían atrapado a más de cien jóvenes que consideraban sospechosos. Conocía muy bien a Aldemar y sabía que no tenía ningún nexo con esto. Pero sus pelos largos y su barba poblada confundieron a los tombos, para ellos todos eran sospechosos.
Era un sábado por la tarde, las dependencias oficiales estaban cerradas, no se podía hacer trámites legales para sacarlo. No obstante, decidí ir hasta el sitio de detención, a ver qué se podía hacer.
—¿Por qué no llama a su primo, mijo?
Tenía razón mi tía, mi primo estaba en Bogotá hacía varios meses, ahora era capitán del ejército y estaba asignado en la ciudad temporalmente. Afectuoso como siempre recibió mi llamada.
—Claro, primo, no se preocupe, nos vemos allá en una hora.
Los trámites fueron breves, la influencia de mi primo permitió sacar a Aldemar en treinta minutos. Las vueltas de la vida: mi primo era ahora el segundo a cargo de inteligencia militar.
—Oiga, primo, su amigo es un mechudo y mariguano, no joda. Pero vale, el hombre está limpio, solo le pillamos unos gramos de hierba. ¡Cambie de amigos, primo!
Nico me contó que se metieron en las habitaciones y esculcaron todo. Atraparon setenta y ocho estudiantes sin razones aparentes.
—Esto es arbitrario, primo, usted lo sabe.
—Pero fíjese, primito, ahí tenemos al menos seis cachorritos seguros, guerrilleros urbanos, infiltrados, no son estudiantes. Fresco que el lunes soltamos a los demás. Nos vemos, primor de primo. ¿Cuándo nos tomamos una cervecita? En cuatro días me voy para la Guajira de comandante, llámeme, primo.
Nos abrazamos y salí de allí. Ahí en la puerta estaba esperándome Aldemar, despelucado y con varios moretones en la cara.
—Gracias, hermano. Y me abrazó conmocionado.
***
Como por milagro, Aldemar cambió de inmediato. Se recortó la barba, se veía más joven. También se cortó el pelo casi al ras, parecía otra persona. Simultáneamente dejó sus chaquetas caqui y su famosa mochila.
—Hermano, ¿qué le hicieron en la cana? ¿Le cascaron en el cerebro?
—Esa joda me puso a pensar mucho, Julián, estoy cambiando vainas en mi vida.
—¿Va a dejar la marimba, mano?
Y riendo estrepitosamente me respondió.
—Poco a poco. ¡No se pase, hermano!
***
Ahora me reunía más con Aldemar y su combo. Todos celebraban sus cambios físicos. De verdad que lucía muy bien. Aprovechando su nueva cara se lanzaba coqueto con las chicas. Se notaba también su liderazgo en el grupo.
Dos chicas llamaron mi atención una tarde de rumba, eran el alma de la fiesta y todos les hacían rueda para compartir. Sus comentarios eran mordaces y alegres, juntas eran una bomba. Las carcajadas no cesaban en su entorno. Eran Fabi y Elena, a veces se juntaban con Rafico, actor en ciernes, estudiante de filosofía. Todo un circo.
Ambas eran vallunas, Fabi estudiaba economía, recogía su cabellera rubia en un moño o en una cola de caballo. Sus ojos grandes y expresivos parecían invitar al disfrute. Alta y bien formada, de amplia sonrisa, una hembra. Elena era menudita y trigueña, bien proporcionada y muy bella para mi gusto. Estudiaba letras y literatura, se notaba muy cultivada. A simple vista la prefería a ella, Fabi se me antojaba una mujer fuerte de espíritu libre, no me sentía listo aún para esta mujer. Cuando por fin cesó el asedio me acerqué a ellas, me conocían. Me hablaban con frescura como si fuéramos viejos amigos. Alguien se llevó a Fabi a bailar y me quedé solo con Elena. Sin sus panas a su lado se tornó tímida y tranquila, su voz era como un hilo. ¿Era esta su estrategia de seducción? Bailamos y no nos separamos hasta el final de la fiesta, eran las tres de la mañana. Me ofrecí a llevarlas hasta las residencias, ella se sentó a mi lado. Fabi iba atrás francamente dormida. Sin decir una palabra, Elena me besó antes de bajarse. Fue un beso largo y apasionado, luego se bajaron del carro y entraron al edificio, ambas se despidieron agitando sus manos.