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L.E. SABAL Los límites del segundo
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La quinta se situaba en una colina desde donde se podía apreciar la ciudad, famosa por sus puentes y por la conocida subienda del pescado. En esta temporada miles de peces suben desde la costa por el río Magdalena a aparearse. Era una atracción turística que proveía de recursos a muchas familias ribereñas. Se comía pescado en desayuno, almuerzo y cena.
El fin de semana bajábamos al mercado local a aprovisionarnos. Un día en medio del barullo de la plaza me encontré de frente con Javier, un compañero de la facultad.
—Oiga, hermano, ¿qué hace por acá?
—Lo mismo que usted, de vacaciones.
—Pero yo soy de aquí, aquí vivo yo, camine, le presento a mi mamá.
La mamá vendía fritos en la plaza de mercado. Llevaba puesto un delantal y sudaba brutalmente por el calor de las pailas de aceite. Era una señora de unos cincuenta años, pecosa como él, me saludó muy amable.
—¿Quiere probar?
Pero las tías ya me llamaban y tuve que despedirme.
—Alberto también es de aquí, saque un tiempito y nos encontramos esta noche. ¿Dónde se aloja, hermano?
—Arriba en la loma, cerca de los bomberos.
—Bueno, nos vemos, en la Golosa nos encuentra.
Me quedé en este encuentro y me di cuenta de que no sabía nada de mis compañeros de estudio. Todos de clase media o pobres, como nosotros, hijos de una misma madre sola, tratando de salir adelante en medio de la adversidad.
Por la noche decidí bajar al pueblo a encontrarme con los amigos. La Golosa era un bar amplísimo con balcones que miraban hacia el río, el clima era fresco, la música trepidante me llenaba de bríos. Los encuentré con un grupo grande de aproximadamee diez chicos y chicas. Todos jóvenes estudiantes como yo, la mayoría eran oriundos de Honda.
—¡Miren quién llegó: el burguesito del salón!
Nos abrazamos y nos presentamos, luego me invitaron a tomar. Se hablaba de todo y reíamos por nada. También bailamos mucho toda la noche. Al final, casi borrachos nos despedimos.
Alberto me había invitado a almorzar a su casa el día siguiente. Así que me dirigí hacia allá en el carro de mi tía. No era común por estos barrios ver pasar un carro elegante. Todavía en el país no era fácil que las familias tuviesen su propio carro, este era aún un privilegio para pocos.
La familia de Alberto eataba conformada por tres personas; la mamá, una hermana y él. La señora, mucho mayor que la de Javier, era curiosa y habladora, me hacía muchas preguntas. La hermana hablaba poco. Muy orgulloso, Alberto me mostró su casa. Era como un rancho grande, con amplia sala y comedor, amoblados humildemente y con mucha pulcritud, el aire circulaba por puertas y ventanas dándole una frescura especial. Había un patio trasero donde tenían conejos, patos y perros, me divertí a las carcajadas pues los patos perseguían al perro mientras cagaba. Luego se comían sus heces.
Naturalmente almorzamos pescado, con un estupendo sancocho de plátano. Más tarde me despedí y les prometí volver muy pronto.
—Esta es su casa —me dijo la mamá.
Los días siguientes mis dos compañeros se dedicaron a mostrarme los sitios turísticos y los balnearios más populares. Eran extremadamente amables y simpáticos, gracias a ellos mis vacaciones fueron deliciosas.
***
En la universidad hice amistad con Claudia T., estudiante de sociología. Nos veíamos todos los días, la acompañaba siempre hasta la salida del campus después de clases. En ocasiones se quedaba callada y me miraba con amor, o así me parecía, pero no sentía lo mismo.
Una tarde deambulábamos sin rumbo y nos acercamos al complejo deportivo de la universidad. Ella no era amante del deporte, yo en cambio, siempre los había practicado. Sin orden, sin disciplina y sin éxito, en realidad. Pero cuando vives en la costa o en tierra caliente el mismo clima te impulsa a salir y a desfogarte. Los juegos callejeros eran comunes, el fútbol, que jugábamos descalzos, las tapitas o béisbol con tapas de gaseosa, o el volibol en el colegio, un poco de todo, el costeño es muy veloz y ágil, así se le reconoce en los deportes. La natación no la veíamos como un deporte, simplemente era parte de la vida, especialmente de los jóvenes. No sé cuándo ni cómo aprendí, pero, al igual que todos mis amigos, lanzarnos al mar era más que todo una diversión. Nadábamos hasta bien adentro y cuando las olas eran suficientemente grandes nos dejábamos llevar por las crestas a toda velocidad sumergidos en el vasto poder de las aguas. Impulsados por la ola alcanzábamos grandes velocidades sin ninguna protección hasta que llegábamos cerca de la playa donde celebrábamos quién había cogido la ola más grande o quién había avanzado más. De vez en cuando las corrientes cruzadas se apoderaban de nuestro cuerpo y nos aporreaban como si fuésemos pequeñas briznas de arena, en ese caso tocaba dejarse llevar por la ola, de nada servía querer tomar el control. La máxima prueba de valor se hacía en el Laguito, cuerpo de agua situado en Bocagrande, como una piscina natural para los nadadores. Estaba comunicado con el mar por una boca natural de apenas unos veinte metros de abertura. En su parte más ancha el lago puede medir más de doscientos metros, se dice que son aguas muy profundas y que puede haber peces grandes en el fondo. Para llegar allí había que caminar desde la parte posterior del hotel Caribe, atravesando una espesa maleza por unos quince minutos. La vista era magnífica, la idea de atravesarlo nadando era estremecedora, pero de eso se trataba: era como un ritual de iniciación, una vez que lo hacías podías considerarte un hombre completo o una mujer. Anita, una de nuestras vecinas, era la mejor nadadora de todos, lo atravesaba con gran facilidad y se burlaba de los hombres sin piedad, en algún momento todos estuvimos enamorados de ella.
***
El complejo deportivo de la universidad constaba de un estadio de fútbol y de atletismo, gimnasio, salones de esgrima, de karate, canchas de volibol y de básquet, varias canchas de tenis y una piscina olímpica. Detrás del complejo quedaban cinco grandes edificios, eran las residencias universitarias.
Admirados por lo extenso del conjunto nos dedicamos a recorrerlo. Recordé entonces que hace unos meses Borja me invitó a entrenar con él y nos dirigimos a la piscina. Allí estaba dentro del agua, impartiendo instrucciones a otros jóvenes. Me acerqué y lo saludé.
—¿Hola, dónde andaba? ¿Todo bien? ¿Viene a entrenar?
No estaba muy seguro, el compromiso me producía alergia. ¿Acaso era un deportista? De todas maneras sentía que algo así me hacía falta, por algo mis pasos me trajeron hasta aquí.
—Por ahí, usted sabe. ¿Cuándo puedo venir?
—Cuando quiera, hermano, aquí estoy todas las tardes. Se consigue una pantaloneta para nadar y gafas para el agua.
—Okey, vengo la próxima semana. —Lo dije y no podía creerlo. Qué locura…
Claudia estaba muy sorprendida.
—Yo creí que eras un perezoso. —Reí y me besó como dándome una recompensa, y regresamos haciendo bromas por el camino.
Nos despedimos. No quería darle vuelo a esta situación, necesitaba concentrarme en el estudio, encontrarle sentido a mi vida, darle un rumbo al camino. Creo que ella me entendió, era muy perceptiva y de verdad me apreciaba.
***
Los entrenamientos era más duros de lo que yo pensaba, me imaginaba jornadas de diversión haciendo nuevos amigos. Para comenzar, en realidad no sabía nadar, ni estilos, ni respiración, solo tenía buena resistencia y algo de velocidad, tenía mucho por aprender. Sin embargo, mi progreso había sido rápido, era evidente que tenía condiciones. Así pasaron meses hasta que fui consciente de que había cambiado. Mi cuerpo, mi fortaleza, la disciplina, mi confianza eran cada vez mayores.
Un día me dijo Borja:
—Hermanito, llegó la hora, vamos a una competencia en Guaymaral. Van varias universidades y clubes de la ciudad. ¿Está bien?
—¿Yo? ¿Usted cree que ya puedo?
—Vamos a ver, sin mucha presión, yo tengo confianza.
Hasta ahora poco importaban las marcas, el estilo y la técnica eran lo más importante, pero una competencia… Borja me tomaba los tiempos y no se mostraba preocupado.
—Por ahora lo importante es participar, que coja confianza, experiencia, yo creo que vamos bien —me dijo.
***
El ambiente de las competencias era extraordinario. La animación, las barras, los calentamientos, el desfile de bellas chicas. Extrañamente me sentía relajado; muchos deportistas ya se conocían y se hacían chanzas y comentarios. Yo solo conocía al grupo de mi universidad, seis compañeros, todos más jóvenes que yo. Desde las gradas nos silbaban o nos animaban. Y siempre había mucho ruido, no era fácil enfocarse en medio de la algarabía.
Gané fácilmente las eliminatorias, y la final de manera holgada. Borja estaba eufórico, yo también. Las barras gritaban hasta el cansancio y ahora me aplaudían. Comenzaba a ser popular.
—Con un poco más de trabajo podremos competir a nivel nacional. ¡Muy bueno! —dijo Borja.
Yo todavía no me veía como un gran deportista.
Las competencias se hicieron más frecuentes y seguía obteniendo buenos resultados, con sorpresa descubrí que era un ganador, mis marcas mejoraban en cada encuentro, competir estimulaba mi progreso.
No era ajeno ahora a la agitación social del momento. La política era intensa, la música me apasionaba, los cambios en las costumbres hacían mella en mí. Tenía amigos en la Facultad de Ciencias humanas, eran diferentes: se vestían y hablaban diferente, había algo que me atraía de esta rebeldía. Todos posaban de intelectuales, creo que en verdad lo eran. Las chicas eran fantásticas, alegres, vivaces, inteligentes. La mini estaba de moda, la facultad era como un imán para mi gusto. Hice amistad con un joven hippie de mi edad. Se llamaba Aldemar D., era de Pereira, usaba el pelo largo y barba, muy bien parecido. «Es igual a Jesucristo», diría mi tía al conocerlo. Era adicto a la marihuana. Parecíamos diferentes, pero en el fondo éramos iguales, nos hicimos grandes amigos.
Aldemar era un tipo raro, no hablaba mucho, pero tenía muy buen humor. No tomaba alcohol, ni se ejercitaba. Le gustaban las mujeres, pero nunca lo veía en ninguna relación. Parecía tímido, pero yo sabía que no era así. Tal vez los efectos de la marihuana afectaban su personalidad. Comía poco y me di cuenta de que lo hacía simplemente porque no tenía dinero. Lo invité a cenar a mi casa un día y comió abundantemente. Mi tía y mi abuela lo apreciaban, era sagaz y no tocaba temas controversiales.
Se convirtió en asiduo de mi casa, donde prácticamente tomaría almuerzo o cena durante tres años. A veces se pasaba de farra con sus amigos de vicio y desaparecía del panorama por unos días. No sabía a dónde iba ni quiénes eran sus amigos, temía por su seguridad. Poco a poco fui conociendo a su combo, todos parecidos a él. Me unía de vez en cuando a sus rumbas, a las que asistían muchas chicas. La humareda era agobiante pero el ambiente era relajado y muy pacífico. Se hablaba mucho de política y de arte, el porro daba para todo, se ponían locuaces y eufóricos. Las chicas igual, muy complacientes y felices, mi amigo se desdoblaba y actuaba como un joven normal. La pasábamos muy bien.
5
Otra vez domingo, otra vez a misa. Afortunadamente había convertido la iglesia en mi atalaya de observación. Había desarrollado tal destreza en la observación que sabía dónde buscar con precisión. Un rápido muestreo y desechaba las filas de las abuelas, y de las tías, desde ahí, unas filas más atrás, las mamás jóvenes y sus hijas. Siempre en cuarta fila doña «Empera» y sus dos hijas, de unos diecisiete y dieciocho respectivamente, muy elegantes y recatadas. Pero yo sabía observar: las manos, la nuca, el pelo, las orejas, y los ojos. En ellos podía adivinar el hielo o la pasión, no podían ocultarlo. El día sería maravilloso, tendría una visión sublime, ese día mi corazón temblaría como un reloj loco.
Justo a mi lado, en la fila izquierda, muy concentrada en la oración, se sentaba una mujer blanca de pelo castaño y largo hasta la mitad de la espalda, facciones finas, ademanes estudiados. Se diría que era alguien de buena educación, de buen nivel económico, a juzgar por las joyas que llevaba. A su lado, una belleza de unos diecinueve, blanca, dos o tres pecas adornaban su cara, ojos grandes y negros, largas pestañas, cuerpo grácil, estatura mediana. Lindo perfil, miraba inquieta a su alrededor. Una belleza, hasta la mamá merecía una buena revisión.
—Podéis ir en paz…
Fue la misa más corta que había visto, tan concentrado estaba en la contemplación de Paula, así tenía que llamarse. Mi imaginación volaba estimulada por su presencia.
—Camine, mijo, que no nos coja el embotellamiento afuera —dice mi abuela.
Empujé a mi tía y a mi abuela disimuladamente a donde caminaban Paula y su mamá, quedamos muy cerca de ellas. Podía oler su perfume, y veía su cabello, corto, sedoso, brillante. Por un instante volteó la cabeza y me miró, yo sonreí. ¿Se habría fijado en mí?
Unos días después, al regresar una tarde de mis entrenamientos, observé un bus escolar que se detuvo a dos cuadras de mi casa para dejar a un estudiante. Era mi Paula, no podía creer esta coincidencia, lucía increíble con su uniforme de colegio. Me detuve y la observé caminar hacia su casa, tuve la impresión de que me miraba de reojo. Llegué feliz a mi casa, me hice la promesa de verla nuevamente, hice planes para observarla. Regresaba siempre a la misma hora de la U. y la miraba de lejos, abiertamente, esperaba que me viera, que un día me saludara. Pero esto nunca pasó.
El domingo siguiente me alisté temprano y bajé a desayunar con mi tía y mi abuela.
—¡A la misa! —exclamé.
Ellas me miraban con ojos incrédulos.
Misma fila, mismos asientos, la escena estaba puesta: los actores, el cura, mis viejas, el cuerpo de Cristo. Y ahí estaba Paula. Pantalones verdes de pana, zapatos azul oscuros, jersey rosado de rombos verdes, camisa blanca, divina. No había lugar para rodeos, al grano de inmediato. ¿Me sonrió o lo soñé?
—Tía, ¿conoce a esa familia?
—Ponga atención al padre.
Sí, Paula me sonríe. ¿Y ahora qué?
En el tumulto de la salida las perdí, no tuve la oportunidad de acercarme, tendría que ser paciente.
Los dos domingos siguientes no la volví a ver, tal vez cambiaron su horario de la misa. Y yo no había podido llegar a tiempo a la llegada de su bus. Las clases y los entrenamientos copaban mis horarios.
En la universidad el tedio me atrapaba. Los entrenamientos se hacían cada vez más intensos con vistas a los juegos nacionales universitarios. Las lluvias volvieron imparables; en la altiplanicie las estaciones son imprecisas, en un solo día llueve y de pronto hace sol, y más tarde vuelve a llover. Después de las tres, una niebla densa baja a la ciudad, el campus queda a oscuras, las clases deben hacerse con las luces prendidas. Era parte del ambiente londinense de Bogotá. Los mayores usaban trajes oscuros, camisa blanca y corbata, algunos portaban sombrero, el paraguas era imprescindible. Las señoras a veces se permitían un tono gris, o azul en sus faldas.
Los jóvenes, en cambio, vivían en constante ebullición: la música, la moda, todo cambiaba velozmente. Permeados por el contagio de los provincianos, que éramos muchos, los cachacos jóvenes comenzaban a vestirse de colores, las chicas usaban minifaldas y botas.
A pesar de los nubarrones, mi mente solo veía la luz del enamoramiento, no había vuelto a encontrar a Paula pero no dudaba que un día volvería a verla.
Una tarde regresaba a casa con mi tula de deportes al hombro, había tenido una sesión muy fuerte en la piscina, tenía hambre. Por suerte mi abuela se preocupaba por mi dieta, me preparaba gramo por gramo los alimentos que me había propuesto el nutricionista del equipo. Ni en un hotel me consentirían tanto, era una ventaja. Tanto había cambiado mi vida.
Al acercarme observé luces prendidas en ambos pisos de la casa, era extraño, mi tía tenía ese carácter austero que se confunde con la tacañería, siempre estaba apagando bombillos. «La luz es cara, mijo». Timbré.
—Entre por el garaje, mijo —dijo mi abuela.
Había visitas, mi tía acostumbraba a invitar a sus amigas a rezar. Primero, conversaban, tejían, jugaban cartas, luego rezaban el rosario. Finalmente tomaban té.
—Venga, mijo, quiero presentarle a unas personas —me llamó mi tía.
Su cara mostraba un gesto de complacencia extraño, aunque es de buen genio, generalmente la expresión de su cara es adusta y rígida. Pero ese día se notaba algo diferente. ¿Estaría el padre Martínez? En alguna ocasión me ha dicho que me lo quería presentar, en su interior le gustaría verme con los hábitos, sería su sueño realizado. Pero yo no estaba para eso, estaba a punto de regresar a la cocina cuando la mamá de mi Paula entró y me tomó de un brazo.
—Soy Elena R., tu vecina, ven a la sala para que conozcas a mi hija Sarita.
Sorprendido por su familiaridad me dejé llevar con una sonrisa amable. Entré a la sala y allí estaba sentada mi Paula hojeando una revista. Un corrientazo recorrió mi cuerpo, no sabía qué decir, mis piernas flaqueaban pero recuperé la calma rápidamente.
—Hola, Sarita.
—Hola, quería conocerte, me han hablado mucho de ti, aquí te quieren mucho.
—Soy el hombre de la casa.
—¡Y qué hombre! —exclamó la mamá sin recato.
Mi tía reía nerviosamente.
—Nosotras vamos a terminar el rosario —dijo mi abuela—. ¿Por qué no le muestra a Sarita sus medallas? —Y me impulsó de un leve empujón.
La calidez de Sarita y su cercanía me hacían sentir como si fuésemos viejos conocidos. Me contó que también me había visto en la iglesia y que me descubrió desde que la seguí en el paradero de su bus. No había vergüenza en ninguno de los dos, era como si de verdad tuviéramos todo guardado esperando para este día. ¿Estábamos destinados a estar juntos? Sarita cursaba su último año de bachillerato, al decir de su mamá era una estudiante excelente: sin saber cómo, Elena parecía venderme los encantos de su hija, lo cual era innecesario pues yo estaba derrotado desde que la vi por primera vez. Me sorprendía, eso sí, que de pronto me había convertido en un buen partido. Las vueltas de la vida.
Mientras las señoras hablaban en la sala, Sarita me tomó de una mano y me pidió que le contara de mí. Nada difícil pues era muy locuaz y a estas alturas mi autoestima volaba. Se despidió de mí con un beso y quedamos en volver a hablar.
Fue una temporada gloriosa. La universidad, los entrenamientos, y ella, siempre Sarita. Al poco tiempo pasamos de los besos y abrazos a los juegos íntimos que llegaban a ese punto insoportable cuando había que parar. Ella era muy joven y yo la entendía.
***
Las competencias continuaron sin descanso. Viajamos a los países vecinos y Centroamérica, no ganaba siempre pero me desempeñaba con excelencia. Los viajes eran una mezcla muy festiva de jolgorios por los resultados; ganáramos o no siempre había celebración. Las mismas chicas de nuestro equipo o de los adversarios nos prestaban compañía, la fiesta era interminable. Regresaba a mi casa agotado. Comencé entonces a prepararme para los juegos nacionales. Estos eran de un nivel mucho más exigente y sería la primera vez para mí. Aquí competían los mejores del país, no eran las sencillas competencias universitarias, los deportistas de este nivel se tomaban este trabajo muy en serio. Me inscribí a participar porque Borja me lo pidió.
—Hay que competir, huevón. Ahí es donde se mide el real potencial y usted es de los mejores en la ciudad.
Accedí y me dediqué a entrenar sin mucha convicción, de verdad, los entrenamientos me tenían cansado. En la universidad me daba sueño, la fatiga me vencía y me costaba trabajo concentrarme. Aunque seguíamos juntos, veía poco a Sarita y eso me inquietaba, el año estaba por terminar, las competencias serían en abril del año siguiente.
Sarita terminó el bachillerato con honores. Asistí a la graduación en compañía de su familia. Habían preparado una estupenda reunión para celebrar. Mi abuela y mi tía estaban también invitadas, yo era la atracción principal de la reunión. Algunos habían visto fotos y comentarios en la prensa deportiva, los más jóvenes querían conocerme. Los mayores me acogían con agrado, no en vano mi abuela era una anciana adinerada, dueña de extensas fincas de café en Cundinamarca y en el Huila. Como mi tía era soltera y una mujer madura, me veían como el heredero natural. No era el único, sin embargo, también estaban mis hermanos. Pero solo me conocían a mí. Eran días felices.
La Navidad llegó, me sentía completo y enamorado. Todo estaba bien en la U. y tenía descanso por veinte días. Tanto tiempo libre me parecía como estar un sueño, podía levantarme tarde y dedicarle el resto del día a mi novia. Ella todavía no sabía qué hacer en el futuro inmediato, pero eso no le preocupaba en absoluto. Su familia tenía dinero y estaba enamorada.
La víspera de Navidad Sarita me llamó por teléfono en la tarde.
—¿Puedes venir a mi casa? Quiero verte.
Su voz parecía divertida.
Llegué allí en menos de veinte minutos. Me abrió la puerta sonriendo y puso un dedo sobre su boca en señal de silencio. Al entrar brincó sobre mí riendo.
—Estamos solos —me dijo.
Sus padres habían salido a hacer las últimas compras para el veinticinco.
Nos besamos como locos anticipando los momentos de intimidad.
—Subamos a mi alcoba.
Subimos corriendo por la escalera. Estaba vestida con unos jeans y una blusa rosada de algodón, llevaba unas zapatillas blancas. Era evidente que no llevaba sostén, sus pezones se notaban claramente en la camisa. Nos sentamos en la cama y me besaba apasionada, era claro para mí que podía avanzar. Abrí con cuidado su camisa, allí estaban, erguidos y duros, sus pezones rojos parecían estallar mientras los acariciaba y los besaba. La toqué por encima del pantalón y jadeante, ella misma lo abrió y comenzó a quitárselo mientras yo le ayudaba con la tarea. Sus pantalones cayeron al suelo y quedó a mi vista su cuerpo entero, llevaba aún sus panties de color beige. Su piel blanca emanaba un perfume embriagador, el vello sedoso de su pubis ocultaba completamente los labios, mientras la tocaba y la disfrutaba con todos mis sentidos sus besos eran cada vez más profundos. Me desnudé por completo, ella se estremecía debajo de mí. Entonces se entregó totalmente.
—¿Así está bien? —me preguntaba.
Yo no alcancé a contestarle en medio de un veloz orgasmo.
—¿Está bien? —insistía.
—Maravilloso.
Me retiré y observé las manchas de sangre en la sábana. La abracé y la besé. Luego la limpié y volvimos a besarnos. Ella quería más y yo también. Esta vez lo procedí con calma disfrutando cada espacio de su ser, ella en cambio, se agitaba y sudaba, gemía de placer y por momentos gritaba. Su cara enrojeció súbitamente, su cuerpo brincaba y se retorcía bajo el mío, yo hacía lo propio para acompañarla. Me miró en éxtasis y de pronto estalló en carcajadas.
Yo solo pude reír con ella y la abracé, así permanecimos largo rato.
***
Mi tercer año de universidad inició bajo la sombra de las revueltas estudiantiles. La corrupción, la ineficiencia del estado, la represión violenta de las protestas eran algunos de los hechos recurrentes. Algunos se sentían motivados por el crecimiento de la propaganda soviética o por el marxismo, otros admiraban la revolución cubana y esperaban que algo así podría pasar aquí. Nunca tomé parte activa de las marchas de protesta, si lo hice un par de veces fue porque iba tras alguna chica. Vivíamos en un campo de guerra, eran días nerviosos. Pero la actividad no paraba, el estudio avanzaba, las competencias también.
Una mañana se estaban presentando fuertes pedreas en las afueras del campus, los combates llegaban hasta los barrios aledaños. Estaba en el gimnasio en mis entrenamientos, y luego de hora y media de ejercicio salí exhausto hacia mi casa. Observé alarmado que la gente corría en todas direcciones, se escuchaban explosiones.
—Son gases lacrimógenos, mierda —me dije.
Mi casa quedaba cerca del campus y siempre circulaba a pie, pero los piquetes de policía corrían con sus cascos y escudos cerca de donde yo me encontraba. Una buseta de transporte público se acercaba por la vía principal y corrí a alcanzarla buscando mimetizarme entre los pasajeros. La atrapé y logré conseguir un puesto sentado, respiré con alivio.