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L.E. SABAL Los límites del segundo
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Luego fue el turno de los baños. En esa época no teníamos alcantarillado en el Segundo, las casas debían dotarse de un pozo séptico adonde llegaban todos los desechos por la tubería, el pozo se iba llenando hasta que literalmente explotaba. El hedor era insoportable, las heces burbujeaban en las tazas, y finalmente toda la porquería las desbordaba y corría por los corredores. Mis hermanas gritaban aterradas, mi hermano y yo nos divertíamos con el espectáculo.
—Es solo mierda —decía mi abuelo—, no jodan más.
Entonces tocaba contratar al Diablo y a su hijo para vaciar el pozo. El suceso se repetía aproximadamente cada dos años, y duraba así casi dos meses hasta que mamá levantaba la plata para limpiarlo.
El Diablo era un hombre de unos cincuenta años, blanco y con la piel curtida como un cuero viejo totalmente quemada por el sol. El hijo era un muchacho fornido y de piel más oscura, vástago seguramente de alguna mujer negra. Totalmente inexpresivos, se comunicaban entre sí por señas; ambos eran alcohólicos.
—No podría ser de otra forma —decía mi abuelo—, imagínense, sacando mierda todos los días. Vaya trabajo se inventaron.
Lo cierto es que los diablos eran indispensables en los tiempos del pozo séptico. Había que proveerles de ron blanco todo el tiempo que duraba su trabajo. Comenzaban desde arriba, llenando las canecas con el líquido pútrido y los desechos, que luego vertían en un gran tanque colocado sobre una carreta. A medida que avanzaba el trabajo debían hacerlo de rodillas, metiendo casi la cara dentro del pozo. Finalmente se metían por completo, anestesiados por el alcohol y cumpliendo con la tarea hasta la última gota.
Adónde botaban los desechos siempre fue un misterio, preferíamos no saberlo.
***
Un grupo de doce estudiantes estábamos seminternos en el colegio, entre ellos todos los del barrio. Esto implicaba que debíamos quedarnos a almorzar y esperar hasta las cuatro de la tarde para salir del colegio, se suponía que ese tiempo debíamos usarlo para las tareas. Dos profesores nos acompañaban a la hora del almuerzo y luego se iban dejándonos libres. Quedábamos a cargo del conserje del colegio, un viejo cascarrabias que no hacía nada por vigilarnos, estábamos por nuestra cuenta. En este abandono casi absoluto que nos permitía pasearnos libremente por todas las instalaciones se nos ocurrían las cosas más inverosímiles para divertirnos. Sesiones de chistes groseros, o de historias fantásticas, concursos de historias de sexo, apuestas deportivas, lectura de obras literarias, hasta pasar a las casas vecinas a robarnos los mangos, y robar las botellas de la tienda para luego venderlas, de todo un poco. En estas andanzas estuvimos tres años inolvidables. A veces metíamos peladas de un colegio de monjas cercano al nuestro y hacíamos sesiones de estriptis, de bailes eróticos y pequeñas orgías. Las empleadas del aseo del colegio, que supuestamente estaban a cargo, también participaban de nuestros juegos muy complacientes. Éramos una alegre cofradía del desenfreno, no había ningún control, y aunque parezca inverosímil nuestros actos nunca tuvieron consecuencias. Al día siguiente nadie comentaba nada, manteníamos un código tácito de silencio para preservar nuestro pequeño paraíso vespertino.
Se acercaba el final del año escolar marcado esta vez por el grado de bachiller de mi hermano. Yo le seguía los pasos un año atrás, y me preguntaba constantemente que sería de mí cuando él saliera del colegio. Mi hermano ya había decidido seguir sus estudios superiores en la universidad estatal de Cartagena. Gracias a sus buenos resultados le habían concedido una beca para estudiar, todos estábamos muy contentos en casa.
Los grados se realizaban en todos los colegios de la ciudad, había celebraciones de todo tipo, fiestas por doquier. En clubes privados adonde entrábamos colados, en casas de familia adonde íbamos casi siempre colados, en casetas callejeras, en bares y en prostíbulos. La rumba no terminaba, éramos pequeños alcohólicos en potencia.
Afortunadamente, ese año iríamos a Bogotá a pasar la Navidad, mi tía nos había enviado los pasajes para premiarnos por nuestro comportamiento y para celebrar el grado de mi hermano. No era la primera vez que viajábamos, desde niños mamá nos acostumbró a pasar el fin de año con mis abuelos paternos y mi tía. Pero hacía varios años que no habíamos vuelto, preferimos quedarnos en el jolgorio costeño.
Sin embargo esta vez sentimos que era un premio merecido, por mi parte agradecí apartarme un tiempo del caos en que vivíamos.
Cuando éramos niños era divertido: las novenas de Navidad, la misa de gallo, el arbolito y el pesebre, y por fin, los regalos. Siempre regresábamos con las maletas cargadas y con algunos pesos en el bolsillo. En esta oportunidad no estábamos seguros de disfrutar con las mismas cosas, ya no éramos niños. Habíamos perdido la costumbre de la misa y de los rituales religiosos, el velo había caído por completo. No obstante, mis hermanas estaban muy contentas, para ellas esta época hacía parte de sus más gratos recuerdos. De todas formas estábamos comprometidos con mamá a portarnos bien y a no darles molestias allá.
Las cosas también habían cambiado en Bogotá, mi abuelo paterno había fallecido recientemente y en la casa se respiraba aún la nostalgia por su partida. Mi abuela y mi tía se mostraban más tolerantes ahora, reconociendo de alguna forma que habíamos crecido. No nos obligaban a rezar todos los días. El clima también había cambiado, aunque seguía siendo una ciudad de clima frío el sol se asomaba por más tiempo todos los días, Bogotá no lucía tan sombría como antes. Mi abuela y mi tía se esforzaban por atendernos y nos llenaban de regalos, de hecho, creo que pasamos las vacaciones mejor de lo que pensábamos. Por mi parte tomé la decisión de irme a estudiar a la capital, tal vez así podría dejar atrás las costumbres perniciosas y alcanzar mis objetivos.
***
El último año de colegio comenzaba así con cambios importantes, ya no estaba mi hermano conmigo, junto con él habían partido otros tres compañeros de aventuras. Solo quedábamos Jaime D. y yo, al menos ahora ya no teníamos que defendernos de nada, éramos unos leones, acostumbrados a la calle, y líderes en nuestro grupo. Mi hermano y los demás compañeros habían tomado cada uno su rumbo, nos veíamos casi que exclusivamente los fines de semana.
Era hora de actuar con autonomía y con mayor madurez, en el colegio habían cesado los castigos y las reprimendas, era como si de pronto los profesores ahora estuvieran conscientes de que habíamos crecido. En el fondo, seguíamos siendo los mismos, no faltaban nuestras locuras y la pereza de estudiar, pero teníamos la estima de nuestros mentores, y hasta nos creían buenos estudiantes. Como decía mi abuelo: «En tierra de ciegos el tuerto es rey».
Sin la presencia de mi hermano pasaba mis tardes en solitario cuando regresaba a la casa. Me dedicaba libremente a mis pasatiempos favoritos, y salía a la calle a verme con mis amigos y amigas. Por las noches de vez en cuando se reunía todo el combo en una de las esquinas del barrio y compartíamos. Era muy divertido pero no como antes, ellos tenían ahora nuevos intereses, a veces nos miraban como si fuéramos niños todavía.
En octubre viajamos con diez compañeros a Barranquilla a presentar los exámenes de admisión para ingresar a la Universidad Nacional en Bogotá, se suponía que éramos los mejores estudiantes de nuestra promoción. Sin tener adonde llegar, fui recibido en casa de un compañero que tenía parientes en la ciudad, vivían en un barrio pobre y me alojaron en una especie de taller de carros aledaño a su casa, debía dormir en una hamaca las dos noches que pasaríamos allí. Los exámenes me parecieron fáciles y todos mis compañeros opinaron lo mismo, estábamos muy optimistas.
En noviembre se publicaron los resultados en un periódico de circulación nacional, eran tres hojas completas llenas de códigos repartidos para las diferentes sedes de la universidad.
Mis ojos se toparon de pronto con mi número, no lo podía creer, repasé varias veces el número para asegurarme, no había ninguna duda, había sido admitido en la universidad. De un salto corrí hacia el segundo piso con la hoja de periódico gritando.
—¡Mamá, mamá, pasé!
Era un sábado en la mañana, todos descansaban todavía y se levantaron con mi alboroto. Corrieron a revisar el periódico y compararon con mi credencial, todos gritaban alborozados como si hubiéramos ganado la lotería. Mamá me abrazaba y me felicitaba entre lágrimas, mis hermanos también. Por fin una buena noticia, por fin algo diferente para mi familia.
Mi aceptación para ingresar a la universidad más importante del país se convirtió en tema de todos en el Segundo, lo mismo pasaba con los amigos del combo de Manga, y en el colegio no cesaban las felicitaciones, la institución hizo alarde de este logro como resultado de su excelente labor académica.
Las despedidas fueron largas y diversas, y me confirmaron que así no tendría futuro, que la parranda y el alcohol no me llevarían a ninguna parte, y que sería bueno para mí salir de este oscuro túnel.
Las lágrimas de mamá al despedirnos llenaban de nostalgias mi corazón.
—Es un pequeño viaje de una hora, no se preocupen, les escribiré y volveré pronto.
Durante el viaje pensé mucho en los años pasados y en las experiencias vividas, la ansiedad de lo que venía me emocionaba, mi vida cambiaría radicalmente, ese era mi propósito.
4
La Bogotá que encontré no era como la de mi niñez, seguía siendo una ciudad fría e inhóspita, no tenía a nadie que me guiara y me di cuenta rápidamente de que en verdad no la conocía. En principio debía llegar a la casa de mi abuela, pero ella y mi tía se habían ido de viaje al Perú, donde estarían varios meses en una especie de misión cristiana. Un tío de mamá, a quien también llamábamos tío, se había ofrecido a hospedarme mientras mis parientes regresaban del viaje. Era un hombre casado, tenía cinco hijos, dos hombres y tres mujeres, mayores que yo, pero todavía muy jóvenes, todos solteros. Así, entré a formar parte de esta ruidosa y amorosa tropa; las mujeres trabajaban, los hombres todavía cursaban estudios superiores. El tío era un hombre afable pero rígido a la vez, y muy trabajador. Tenía un pequeño negocio de construcción que le permitía proveer para la familia. No era muy conversador pero siempre era amable, en ocasiones me regalaba algún dinero para mis gastos.
La casa era en realidad un edificio de tres pisos con suficiente espacio para todos, tenía también una azotea donde criaban pollos y tendían la ropa para secar, vivían en un barrio de clase media. Desde arriba se podía ver una gran parte del vecindario, muchos árboles, pocos edificios. Justo al frente se encontraba una sala de cine que compartía el espacio de la cuadra con una iglesia. El campus se encontraba situado aproximadamente a dos kilómetros, lo que se me antojaba muy alejado, acostumbrado como estaba a las pequeñas distancias de mi ciudad.
En los años setenta, el ambiente universitario permanecía agitado por los continuos paros estudiantiles liderados por estudiantes que se llamaban a sí mismos de izquierda. El campus era un hervidero de ideas motivadas por la revuelta de mayo francesa. Se comentaba de estudiantes que se habían ido al monte a engrosar las filas de la guerrilla antigobiernista. Para mí todo era confuso, la política nunca me había interesado, no obstante las clases avanzaban y la vida al interior de la facultad era apasionante. A la U. llegaban jóvenes de todas las regiones del país lo que se traducía en una amplia diversidad social, un crisol de idiosincrasias y de propósitos vitales.
Al ser el único costeño de mi grupo tomé divertido la bandera regional por las expectativas que despertaba. Siempre se ha pensado que somos muy alegres, ajá, que somos ruidosos, ciertamente, que somos mal educados, un poco, que somos buenos bailadores, ajá, que somos perezosos, qué risa. Estereotipos comunes que tendría que superar prontamente.
El campus universitario era enorme: muchos árboles, zonas verdes, jardines, un estadio e instalaciones deportivas excelentes. Los edificios blancos de tres pisos mostraban las líneas sobrias de la arquitectura alemana moderna, algunos edificios de ladrillo rojo también hacían parte del conjunto universitario.
Con mis primos, a los que conocía desde niño, había logrado una gran amistad, especialmente con los hombres, que se sentían obligados a enseñarme la vida en la ciudad. Alberto, el mayor, estaba terminando la carrera de medicina en la universidad, Nico, el menor, había ingresado recientemente al ejército y adelantaba estudios de administración. Eran muy amables conmigo y se divertían mamándome gallo por mi acento y mis modales pero tenía una fuerte conexión con ellos. Alberto siempre estaba ocupado en el hospital pero me invitaba a sitios cuando podía, era bastante mujeriego y tenía varias novias, a Nico le gustaba la rumba y me llevaba a bares y cafés los fines de semana, era muy divertido. Le gustaba el cine como a mí y siempre me acompañaba a ver los estrenos en los teatros elegantes de la ciudad. Dormíamos en la misma habitación, Nico generalmente no estaba, y Alberto tomaba turnos en un hospital, solo lo veía de vez en cuando. Mi primera actividad del día cuando me levantaba era mirar por la ventana hacia el teatro para ver la cartelera. Pasaban dos películas diarias en cine continuo, era mi pasatiempo favorito cuando no tenía clases, me pasaba allí tardes enteras.
***
Cuando ya estaba acostumbrado a la compañía de mis primos, mamá me avisó que mi abuela y mi tía habían regresado. Era hora de mudarme a su casa. El cambio sería brutal.
En casa de mi abuela llegué a la escuela del orden. Allí todo parecía brillar y cada cosa se encontraba en su lugar; me entregaron una habitación propia amoblada convenientemente con un escritorio de trabajo incluido. Sábanas, cobijas, sobrecamas, toallas, todo era nuevo, amorosamente comprado para mí. No podía quejarme de nada, mis vivencias de pobreza lentamente iban quedando atrás. Querían verme siempre bien vestido, por lo que me compraban las mejores ropas posibles, parecía la princesa que encontró su anhelado castillo. Solo una condición me obligaría con ellas por los cinco años siguientes: debía acompañarlas juiciosamente a la misa de los domingos, no se me pedía más. La casa estaba situada cerca de la universidad, lo que me ahorraba tiempo y las incomodidades del transporte público.
En la universidad hubo un tiempo en que todo marchaba a medias, las clases se suspendían a menudo por los mitines dirigidos por estudiantes de izquierda, los combates con la policía eran épicos. Nunca participé, me parecían inútiles, me daban miedo. Las palizas eran frecuentes, la fuerza pública ingresaba al campus con facilidad, los cabellos largos y la barba eran sospechosos.
Una tarde lluviosa fuimos sorprendidos por los gritos y el tropel, la policía había ingresado por la fuerza prácticamente hasta las aulas. Perseguían a los responsables de los desmanes callejeros, pero no hacían distingos de ninguna clase, para ellos todos éramos «comunistas». Estábamos en peligro. Corríamos despavoridos hacia las salidas pero el campus era abierto y era fácil rodearlo. Corrí veloz hacia el gimnasio pero había un piquete de policías que venía en mi dirección, me lancé entonces a través de los prados y llegué a una avenida que colinda con un barrio residencial. Se escuchaban disparos, el aire estaba viciado por los gases lacrimógenos, llovía copiosamente. Un par de policías me perseguían pero la carga de sus escudos y el equipo les impedía alcanzarme. Angustiado tocaba a la puerta en varias casas pero nadie me respondía. De pronto se asomó un hombre en un garaje y me hizo señas.
—¡Venga, entre, ya vienen esos perros!
Tenía espesa barba y algo canosa, era un hombre de unos cincuenta años, me trató con familiaridad y me contó que era profesor en la universidad, sus dos hijos estudiaban allí también. Los policías pasaron caminando frente a la casa, pude verlos desde la sala; los dos hijos del profesor bajaron, eran jóvenes como yo, una mujer y un hombre.
—¡Qué susto, hermano! Hoy sí están agresivos de verdad. Parece que atraparon a uno de ellos dentro del campus y lo torturaron, eso los tiene trinando —dijo el muchacho. Todos reímos.
Nos contamos historias, y reímos, llovía y hacía frío, estaba totalmente empapado. Me invitaron a tomar chocolate caliente con pan y queso, como era la costumbre en las frías tardes bogotanas. Pasé toda la tarde con ellos entre risas y anécdotas, me despedí a las seis.
—Gracias, han sido muy amables, debo regresar a mi casa.
—Nos vemos —dijo el profesor.
—Nos vemos —dijimos todos.
***
Mi primo Nico regresó a Bogotá luego de tres meses aprovechando un corto permiso. Como ya era nuestra costumbre, salimos a tomarnos unos tragos en Chapinero. Ahora lo veía más corpulento y ya mostraba ese aire de superioridad propio de los militares. Confiado y seguro, no temía los posibles peligros de la calle. Yo también me sentía seguro con él.
Bebíamos cerveza mientras me mantenía encantado escuchando sus experiencias, y yo le contaba las mías en la U. En realidad, aún no tenía mucho que contar. La vida de mi primo había cambiado drásticamente, soñaba con llegar lejos en la carrera militar. No sería fácil, el país se encontraba en una guerra interna casi desconocida por la sociedad en las zonas urbanas. La lucha se daba en los campos y era allá donde se vivían sus efectos. El pueblo ponía las víctimas, campesinos, hombres jóvenes, mujeres, soldados y policías. En la ciudad nos enterábamos poco, la vida seguía como si nada ocurriera.
Bailábamos en la penumbra con las chicas del sitio, hombres y mujeres ebrios tratando de divertirse, de encontrar algo de afecto en ese antro. Ambos observamos a una muchacha sentada en un rincón, desde nuestro sitio se alcanzaba a vislumbrar una bella mujer. Tomaba aguardiente sola y rechazaba a cada tipo que la invitaba a bailar. Mi primo se lanzó confiado en su nuevo carácter y también fue rechazado. Regresó a la mesa algo contrariado.
—¡Realmente está buenísima, primo, es igualita a la esposa de mi coronel! Hágale, primo, de pronto tiene suerte.
Después de un rato me armé de valor, me acerqué y la saludé:
—¿Hola, quieres bailar?
—No tengo ganas, pero siéntate aquí y me acompañas, háblame de ti.
Le conté cualquier cosa, no había venido a desahogarme por nada y estaba algo borracho. Sí, era muy bella y joven, tal vez se sentía fuera de lugar. Se llamaba Blanquita, eso dijo.
Nos mentimos mutuamente durante unos minutos cuando súbitamente me dijo.
—Voy a bailar contigo, pero solo contigo, tienes que quedarte en mi mesa.
Ahora sentía su cuerpo caliente abrazado al mío, bailaba suavemente con sensualidad, su fragancia me embriagaba. Por lo visto esta parecía ser mi noche de suerte. A la madrugada, mi primo se marchó dejándome en el bar.
Salimos, el frío era intenso, Blanquita se agarró de mi brazo y tomamos un taxi. De verdad era muy bella, cabellos rubios, ojos grandes oscuros, llevaba botas blancas que le llegaban hasta arriba de las rodillas, cerca de la mini. Me abrazó estremecida, «me gané la lotería», pensé. Llegamos a una casa en Santafé, grande de tres pisos, oscura y antigua. Una mujer corpulenta abrió la puerta y nos llevó directamente a una habitación, no se escuchaba ningún ruido.
Fue difícil quitarle las botas, no tenía experiencia, ella me ayudó complacida. Tuvimos sexo apresuradamente y luego nos quedamos dormidos.
El aroma sofocante de su perfume continuaba pegado en mi cuerpo el día siguiente. De regreso a mi casa tomé un baño, desayuné y me eché a la cama nuevamente. Me sentía agotado y volví a quedarme dormido.
Me convertí en asiduo de la casa, llegaba a cualquier hora, pero pronto aprendí que no era conveniente: había clientes esperando. Me escapaba de mi casa a medianoche y la acompañaba en el bar, teníamos horas precisas para encontrarnos. Cuando nos veíamos siempre iba con ella a la casa y dormía allá. Descuidé totalmente mis obligaciones de estudiante.
En la casa vivían seis muchachas y la jefa. Tal vez tenía esa autoridad por su corpulencia, era agraciada pero grande como un roble. Nos reuníamos en la cocina para desayunar o para almorzar, siempre había anécdotas y muchas risas. Sin embargo, las crisis nerviosas aparecían de pronto. Eran víctimas de violencia o abandono, tenían hijos en sus sitios de origen, los clientes las robaban o las maltrataban. Solo Blanquita parecía feliz, tal vez había encontrado en mí un poco de estabilidad emocional, o todavía no enfrentaba esos problemas, tenía veintidos años. Yo me había aferrado a su amistad pues me sentía algo solo. Aunque ya tenía amigos en la universidad, eran amistades incipientes que desaparecían después de clases. Me costaba trabajo adaptarme a este nuevo tipo de vida. Con las chicas del bar estaba en un mundo de fiesta y de sexo, qué más podía pedir un joven como yo. Allí conocí gente muy extraña, verdaderos delincuentes, adictos a las drogas. No era un ambiente recomendable sobre todo para mí, que vivía prácticamente en un convento.
La dicha sin embargo no duraría mucho tiempo, sentía molestias al orinar, hasta que un día el dolor se volvió insoportable. En la universidad busqué a Borja, un compañero que estudiaba medicina. Le conté y me llevó a su habitación en las residencias de estudiantes.
—Muéstreme esa vaina.
Le mostré y de una mirada me dijo:
—Lo pringaron, huevón.
Me explicó cómo limpiarme y me ordenó medicamentos e inyecciones para la infección.
—Cuando se le pase esa vaina búsqueme en la piscina. ¿Sabe nadar, cierto?
Fueron dos semanas de tortura, las inyecciones eran muy dolorosas y debía disimular en mi casa. Nadie se enteró del problema, mientras me recriminaba muchas veces por mi estupidez. Un día desapareció como por milagro la infección, pasaron dos semanas más y quedé completamente recuperado. Me volvió el alma al cuerpo, como decía mi tía. No volví a pensar en Blanquita, y me propuse a terminar esa historia. Ahora ya estaba matriculado en la universidad de la vida.
***
Mi abuela y mi tía no disimulaban su contento con mi compañía. Me consentían en exceso y me proporcionaban todo lo que pedía, vivía como un pequeño príncipe. Tal vez veían en mí al hijo y al hermano desaparecido, yo no escatimaba en atenciones y mostraba mi agradecimiento siendo útil, era el hombre la casa. Iban a misa todos los días y rezaban siempre el rosario por las noches, cuando estaba en casa me unía a la oración, pero aprovechaba para meditar, no me obligaban a rezar. La verdad a nada me obligaban.
Nunca me reprochaban mis escapadas y, por el contrario, parecía que las aprobaban. Era la forma de educar en la sociedad patriarcal en que vivíamos y que ya comenzaba a ser cuestionada en el mundo entero. Sin embargo, las costumbres persistían y yo disfrutaba de ello.
En las vacaciones de mitad de año acostumbrábamos a viajar a Honda con mi abuela y mi tía. Habían comprado un carro nuevo y me había convertido oficialmente en el chofer de la familia. Honda es una pequeña ciudad enclavada como en una olla en las riberas del Magdalena. Es tierra caliente, allí viajaban los cachacos a calentarse los huesitos. Las tías de mi tía, mis «tías viejas», tenían allí una casa de campo, eran muy adineradas, al menos a mí me daba esa impresión. Todo era grande allí: las habitaciones, la sala, los salones de juego, la cocina. El patio de unos mil metros alojaba una piscina estupenda que daba justo al lado de un amplio corredor donde se instalaban hamacas, mesas y sillas de descanso. La vista era magnífica, palmeras y muchos árboles frutales y más allá de la pared divisoria del lote, se apreciaba la montaña tupida y frondosa.
Mis «tías viejas» eran piadosas y también rezaban todas las tardes, de hecho eran cuatro mujeres y un hombre, todos solteros y pensionados, disfrutando de una divertida vejez. El tío Carlos siempre estaba muy bien vestido, era un hombre culto y agradable de buen humor.
Las tías, a su vez, siempre perfumadas se adornaban con finas joyas. Todos fumaban y tomaban trago sin parar, por las noches jugaban póquer hasta la madrugada. Nunca supe por qué ninguno se había casado, al igual que mi tía, pero de esto nunca se hablaba. Su casa en Bogotá se encontraba ubicada en un barrio elegante, vivían la gran vida, mi tía decía que habían sabido guardar e invertir sus ahorros.