L.E. SABAL Los límites del segundo
Los límites del segundo
Los límites del segundo

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L.E. SABAL Los límites del segundo

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Desgraciadamente doña Flaca no había terminado aún su tarea. El turno ahora fue el de la tía. Aunque era de sospechar por su peso excesivo, también ella tenía el corazón enfermo. Pero fueron las penas las que la extinguieron rápidamente, solo duró tres meses más que su amado esposo.

***

Fueron días aciagos para la familia. Mis parientes viajaron dos veces seguidas desde Bogotá para las ceremonias de despedida. Los tíos eran una institución familiar y habían prodigado afecto y protección a sobrinos y a hermanos, le habían ayudado a todo el que lo necesitaba. Cuando tuvieron dinero, recuerdan todos, derrocharon bondad y generosidad. Llegaron los cachacos, mi familia del interior, todos gordos, cachetones y colorados por el calor.

***

Los rituales de la muerte eran muy peculiares por estas tierras, conformaban una mezcla sincrética de costumbres heredadas de tiempos antiguos. Las velaciones se hacían en el salón principal de la casa en cuyo centro se ponía el féretro a la vista de todos. Dos o tres grandes bloques de hielo eran colocados debajo del ataúd para retardar la descomposición. Los muertos por acá debían ser sepultados el mismo día, el calor no daba espera. La casa se llenaba de gente que no conocíamos pues no solo entraban los vecinos, sino que cualquier persona que deambulase por ahí podía entrar a preguntar por el muerto y a expresar «Mi sentido pésame, mijo». De pronto, se escuchaban gritos y lamentos desgarradores: eran las plañideras, mujeres negras que tenían como trabajo llorar los muertos ajenos. Era tal el escándalo de gritos y lamentos que semejaba más bien a un espectáculo jocoso. Los cachacos observaban con ojos desorbitados e incrédulos, nosotros reíamos, los vecinos murmuraban; costumbres paganas que iban desapareciendo. En adelante la muerte sería cruda y seca, un hecho luctuoso del que preferiríamos nunca ocuparnos.

***

El desfile de los viejos de mi familia no paró aquí. El padre de mamá, mi abuelo, hizo entonces su aparición. Durante mucho tiempo no entendí por qué estuvo primero mi abuela con nosotros varios años, y ahora ya muerta, el hombre llegaba a ocupar su lugar. Venía enfermo de reumatismo, sin dinero, y ya no era posible que consiguiera un empleo. Por algún tiempo se dedicó a su profesión de zapatero, hasta que la artritis le inutilizó las manos, sus dedos se encogían y se retorcían poco a poco sin que hubiera remedios capaces de detener la enfermedad. Otra carga más para mamá.

Sin embargo, hablar sí podía mi abuelo: tenía un repertorio tal de historias que a mí me mantuvieron atento durante años. Oriundo de Boyacá, provenía de una familia numerosa de campesinos y obreros de la región. Seguidores del partido liberal, se vieron pronto envueltos en la encrucijada de la violencia partidista que azotó al país en los años cuarenta y cincuenta. No había salida, era imperioso tomar partido, y aunque su familia no era activa, su filiación política era conocida por todos. Mi abuelo contó cómo fue testigo del asesinato de su padre una tarde en la propia puerta de su casa. Varios hombres llegaron, preguntaron por él, y sin mediar palabra lo atravesaron varias veces por el pecho y el estómago con tijeras de peluquería. El crimen provocó la huida de la familia hacia Bogotá, donde se establecieron en medio de grandes dificultades.

El paso de mi abuelo por varias fábricas como obrero raso lo puso en contacto con el sindicalismo, las revindicaciones por mejoras laborales se convitieron en su propia lucha, y pronto llegó a ser un conocido líder. Pero estas no eran épocas de tolerancia laboral, empresarios inescrupulosos respaldados por autoridades y policía aplastaban a los llamados voceros del comunismo. Las palizas y el encarcelamiento se convirtieron en una constante de su vida: mi abuelo era un agitador, un inútil. Así lo veían en su familia, y hasta su propia esposa, que al final optó por abandonarlo. Es cierto que el viejo no era un angelito, pues siempre fue reconocido como un picaflor y sus aventuras resonaban tanto como sus discursos encendidos. Razones tendría mi abuela para dejarlo.

3

Fue en el Segundo y en mi nuevo colegio donde mi vida comenzó a recibir la luz, era como si de un momento a otro el velo hubiera desaparecido por completo. Ahora veía los hechos más claros en su contexto, podía distinguir lo que sucedía en mi entorno, y mis percepciones eran más profundas. Y comencé a caminar con seguridad en los azarosos vericuetos de la amistad.

La Academia era un colegio regentado por la logia masónica de la ciudad; por lo tanto, era laico y no poco anticlerical. Estudiaban allí los hijos de los masones, y jóvenes de clase media o pobres que contaban con la ayuda económica de la institución. La mayoría de los estudiantes eran negros. Algunos compañeros provenían de pueblos cercanos; otros, la mayoría, venían de los barrios marginales de la ciudad. Las ideas pedagógicas de la Academia acogían a todo aquel que quisiera ingresar, con plata o sin ella, esa era la política oficial del colegio. Sorprendentemente gozaba de un buen nivel académico, se conocía de personajes ilustres de la ciudad que habían egresado de allí. Los masones tenían una poderosa rosca entroncada en todos los ámbitos del poder local, la Academia era su semillero. Cuando habíamos recién ingresado al colegio nuestro país ganó el campeonato mundial de béisbol aficionado. El lanzador de la selección y dos jugadores más eran estudiantes de último año en el colegio, fueron días gloriosos, la institución era muy popular.

Mis compañeros fueron lo mejor que obtuve del colegio, allí encontré jóvenes extraordinarios que enriquecieron mi vida haciéndome más resistente y más mundano. Entre ellos conocí al Mono, cuyo padre también había desaparecido en el accidente del barco; conocerlo me hizo consciente por primera vez de que lo había perdido para siempre.

En los patios primaba la ley del más fuerte, era indispensable pertenecer a un combo, de lo contrario la masa te engullía; las peleas a trompadas estaban siempre a la orden del día. Mi hermano fue el primero en mostrar su valor al enfrentarse a un muchacho negro muy fornido que gustaba de amedrentar a los demás, aunque quedó muy aporreado logró derrotarlo terminando así su reinado de terror. De esta forma logramos algo de respeto, pero las peleas nunca terminaron en el colegio, ni en la calle, siempre había algún motivo, no fueron pocas las veces que llegábamos a la casa magullados por completo. Y aunque no se permitían las peleas, profesores y adultos las toleraban. «Así se vuelven hombres», decían.

Las cosas cambiaron cuando nos percatamos de que un grupo de compañeros eran también nuestros vecinos. Eran seis más que vivían entre el Primero y el Cuarto, entre todos nos dimos protección y amistad por los años siguientes.

Nos íbamos y regresábamos juntos a pie del colegio, caminábamos para no pagar bus cerca de treinta minutos bajo el sol todos los días. En la calle aprendimos a defendernos y muchas cosas más, la caminata nunca fue motivo de queja para ninguno, al contrario, la disfrutábamos a fondo, molestando y haciendo travesuras en el camino. Por la noche nos reuníamos frecuentemnte en alguna esquina a conversar y a mamar gallo hasta muy tarde, cuando nos dábamos cuenta de que era hora de ir a dormir. Éramos libres, la vida con ellos era divertida.

***

En mi casa, fui el escogido por mi madre para ir al cine, no había plata para los demás. Me asignó la tarea de contarles las películas, así podían decir después que fueron al cine. Como mamá era la más interesada la perseguía por todas partes contándole hasta lo más mínimo. Si entraba al baño me paraba en la puerta y continuaba mi narración mientras ella me escuchaba desde adentro, éramos unos loquitos. Por cerca de cinco años fui el narrador del cine de actualidad en mi casa, hasta que comencé a ver películas para adultos. No había restricciones de edad en los teatros populares, podía ver lo que quisiera. De esta forma terminaron mis narraciones para mi público y comenzó mi verdadero amor por el cine. Me convertí en un cinéfilo empedernido, estudié la historia y la técnica del cine, aprendí sobre los grandes directores y su filmografía. Amaba el cine, y sigo haciéndolo.

***

Tres años después de llegar al Segundo, mamá decidió construir otro piso, quería que ahora que todos estábamos creciendo tuviéramos un espacio propio, así que mandó a construir dos habitaciones arriba para ella y para mis hermanas. Abajo quedamos mi hermano y yo en una habitación, y mi abuelo en otra. Ellas se mudaron contentas sin tener terminada siquiera la construcción, el dinero no alcanzó para más.

Por esos días mamá contrató una empleada para ayudarla con los oficios de la casa, venía dos veces por semana, nosotros alcanzábamos a verla cuando llegaba temprano y por la tarde al regreso del colegio. Era una morena de talla mediana, maciza, y más o menos agraciada, de unos veinte años, usaba el pelo muy corto, de lejos parecía un muchacho. Le gustaba hacernos chanzas y jugar atrevidamente con mi hermano y conmigo, que para esa época, teníamos catorce y quince años. Nos hacía cosquillas y nos tocaba como al desgaire.

Un tiempo después de estar viniendo a la casa, le pidió permiso a mamá para quedarse por la noche, pues tenía alguna dificultad en su hogar. Sería cosa de un par de días, le dijo. Y mamá aceptó. Curiosamente decidió dejarla en nuestra habitación, donde acomodó un colchón en el suelo, cerca de nuestras camas.

La mujer dormía semidesnuda, apenas cubierta por una sábana blanca. Cuando apagábamos la luz comenzaba su juego: se levantaba con los senos al aire y sus pequeños calzoncitos y nos destapaba para hacernos cosquillas y tocarnos, nosotros disfrutábamos del asunto, en una mezcla tensionante de excitación y temor. Al rato se calmaba y regresaba a su colchón y se quedaba dormida. Pero nosotros no podíamos dormir, era demasiado para dos jóvenes en plena adolescencia. Mi instinto me empujaba sin dudas a lanzarme sobre ella.

La segunda noche la historia comenzó a repetirse inmediatamente apagamos la luz, pero esta vez se atrevió a agarrarme el miembro parado a reventar, no sé si hizo lo mismo con mi hermano, y luego se acostó en su colchón. Entonces me levanté desnudo y con mi lanza enhiesta, caminé hacia ella y de un salto caí en sus brazos. La oscuridad era total, solo podía ver sus ojos y sus dientes blancos claramente. Muerta de la risa me enganchó entre sus piernas y sin saber cómo me introdujo entre su cuerpo tan rápidamente que solo sentí un intenso calor, como si hubiera caído en el centro de un volcán llameante. Mientras su cuerpo se zarandeaba extrañamente, sus gemidos sonaban como gata en celo. Yo intentaba mantenerme encima, sin saber qué hacer hasta que mi cuerpo explotó en un enorme fluido de emociones dentro de los suyos, el ruido comenzaba a ser demasiado notorio. De pronto, observé a mi lado a mi hermano, también desnudo. «Me toca» —dijo a media voz.

Pero esta vez la gata no estaba disponible, de un salto me sacó de su caldo hirviente y me arrojó a un lado, se levantó, prendió la luz, y comenzó a llamar a mamá.

Y ahí fue que se armó el jaleo: bajaron mamá y mis hermanas, mi abuelo miraba parado en la puerta de su alcoba, todas gritaban, mis hermanas no entendían por qué las caras agitadas, por qué los cuerpos temblorosos.

—Nosotros no hemos hecho nada, mamá —se defendía mi hermano.

—¡Corrompidos! —gritaba mi abuelo.

—Me querían comer —alegaba la fulana.

Conclusión: la gata debió regresar a su pueblo de inmediato, mamá misma la embarcó en un bus a la madrugada. Nunca hizo ningún comentario sobre el tema, ni regaños, ni sanciones. Después de todo comprendí que darle rienda suelta al cuerpo, no tiene por qué ser un pecado; no fue tan buena mi primera experiencia, pero vendrían tiempos mejores.

***

La mudanza más grande que vi en el Segundo fue la de don Mario y su familia, llegaron con tres camiones llenos de chécheres que los cargueros desocuparon con gran estruendo. Muebles, armarios, espejos, ¡dos televisores!, equipo de sonido, cuadros y matas. Era evidente que se trataba de personas con dinero. Habían hecho construir previamente una gran casa como ninguna en el Segundo, con don Mario llegaron doña Leoncia y Simón, su único hijo.

Don Mario era un hombre blanco, corpulento y bien parecido. Al verlo pensaba siempre en aquellos vaqueros de las películas del medio oeste norteamericano: fuerte, rudo, hombre de pelo en pecho, así era don Mario. También era un hombre muy trabajador y dedicado a sus negocios, en poco tiempo montó una fábrica de juguetes en el patio trasero de su casa, algunas personas del Segundo encontraron empleo aquí, lo que trajo progreso entre nuestros vecinos. Así se creó la imagen poderosa y protectora de don Mario, quien se convirtió rápidamente en el personaje más influyente de la cuadra.

La casa de don Mario quedaba a unos veinte metros, casi frente a la nuestra, de esta forma prontamente nos hicimos buenos amigos con Simón, quien apenas se dignaba dirigirnos la palabra a nosotros, a nadie más en la cuadra. Era un adolescente un año mayor que nosotros, muy mimado y algo amanerado en sus modales y en su hablar, pero congeniamos fácilmente pues compartíamos la afición por la música, que podíamos escuchar en su casa, y por algunos programas de televisión que también teníamos oportunidad de ver en su alcoba. Simón estudiaba en el mejor colegio de la ciudad, sabía manejar, su padre le prestaba su carro para ir a las fiestas de los clubes elegantes, y frecuentaba a las chicas de sociedad.

Macho como era, don Mario no escatimaba esfuerzos para educar a Simón: lo había matriculado en un prostíbulo de Getsemaní a donde podía ir cuando le daba la gana, su padre cancelaba más tarde sus servicios. Nosotros lo acompañamos varias veces, esperándolo en el carro, y siempre nos sorprendió la premura de su salida. «Polvitos de gallo», decía mi hermano con sorna. Sin embargo envidiábamos sus cosas y su estilo de vida, nosotros no teníamos un padre que nos llevara de la mano hacia nuestro destino.

***

Consuelo y Rosy fueron las primeras niñas que conocimos en el Segundo, ambas eran muy amigas y tenían un año más que nosotros, ya eran unas señoritas. Ambas eran muy atractivas y muy coquetas, hubo una época en que mi hermano y yo estábamos con ellas todo el tiempo, era una atracción desafiante. No bien quedábamos solos en casa de una de ellas, comenzábamos a besarnos y a tocarnos, la curiosidad no tenía límites para ninguno. Con ellas aprendimos a besar y a tocar a una mujer, era delicioso, pero no tuvimos sexo, ellas nunca lo permitieron, tenían la idea de que debían llegar vírgenes al matrimonio. El juego terminó cuando Consuelo se mudó para otra ciudad, desde ese momento todo se enfrió con Rosy y solo seguimos siendo buenos amigos.

La desgracia vendría a tocar a la puerta de su casa cuando apareció Jorgito, su hermano menor. Venía de Sucre, donde vivía con su padre, había llegado de visita a pasar el fin de semana. Tenía quince años, era la primera vez que venía a Cartagena. Después de dos días de turismo, Rosy me pidió que los acompañara a llevarlo a la playa el domingo. Jorgito estaba muy emocionado con el mar, dijo que sabía nadar y estaba ansioso por demostrarlo. Los jóvenes en la playa acostumbraban a mostrar su virilidad y sus habilidades, y se mostraban como pavos reales; las chicas, por su parte, mostraban sus encantos, y practicaban el coqueteo. Era un ritual imprescindible y atractivo a la vez, allí se imponía la moda, se marcaban territorios, nacían amores. Tristemente, también a veces se convertía en el escenario de tragedias, la muerte ronda cercana en las entrañas del mar.

Mientras conversábamos y aprovechábamos los rayos del sol matinal para broncearnos, Jorgito nadaba y nos llamaba desde las olas, pero nosotros seguíamos entretenidos. De pronto no volvimos a escucharlo, desapareció entre las olas, no podíamos verlo y nos asustamos. Así que corrí afanosamente a tratar de encontrarlo, Rosy gritaba su nombre y corría de lado a lado frente a la playa, no lo veíamos.

Frente a la presencia de la muerte se siente un malestar extraño, algo que te hace temblar, te seca la garganta, se produce una especie de vértigo que impide pensar con claridad.

—¿Lo ves? —me gritaba Rosy.

Yo me sentía paralizado, miraba mar adentro y solo veía cabezas o cuerpos que se desplazaban en todas direcciones, pero no podía reconocerlo. Súbitamente escuché los gritos de la gente que se amontonaba en un lugar preciso entre las olas.

—¡Un ahogado!

Algunos nadadores lograron atraparlo y lo sacaron jalándolo de los brazos, era Jorgito. Desde el momento en que lo perdimos de vista no habían pasado quince minutos pero su cuerpo mostraba ya rasgos cadavéricos; la piel se tornó morada, le salía espuma por la nariz y por la boca, estaba totalmente desgonzado. En medio de la multitud y los gritos pusieron su cuerpo en la playa, donde muchos lo rodeaban e intentaban reanimarlo. Un señor que dijo ser médico le dio respiración boca a boca, otros levantaban el tronco y le agitaban los brazos.

—Es inútil —exclamó—, está muerto.

Los acontecimientos posteriores sucedieron vertiginosamente: la ambulancia, los enfermeros, la policía. Y Rosy, su angustia, su desesperación, su impotencia.

—Es mi culpa, es mi culpa —gritaba.

Yo observaba todo aquello como si fuera una película repetida varias veces, así lo sentí por mucho tiempo después.

Luego, la noticia en su casa y nuevamente los gritos y los lamentos. El hecho sacudió al Segundo y fue noticia en el periódico local. Nadie nos culpó, nadie nos regañó.

—Fue la voluntad divina, debemos aceptarla —sentenció la tía de Rosy, y así todos la acataron, como si hubiera sido una orden.

***

En el mes de noviembre terminaba el año escolar, en Cartagena se conmemoraba la independencia de la ciudad como una fiesta patria. Durante todo el mes había múltiples celebraciones, el acto central era el reinado nacional de belleza. Las grandes galas estaban diseñadas únicamente para el disfrute de la elite, los desfiles privados y las fiestas importantes se hacían en los clubes más exclusivos de la ciudad. El pueblo debía conformarse con observar a las reinas en los desfiles públicos, donde la aglomeración, la pólvora, el ron y la patanería eran la costumbre. Los jóvenes disfrutaban aprovechando el desorden generalizado asistiendo a las verbenas populares, o a las casetas de baile, donde se respiraba un aire de libertinaje y de promiscuidad.

Para los jóvenes como yo no había clubes ni bailes con orquesta alrededor de las piscinas, para nosotros estaban los taburetes y las mesas de madera tosca en las casetas. El piso estaba tapizado de aserrín, la cerveza y el ron eran las bebidas, el ambiente olía a orines y a perfume barato. La música sonaba con el estruendo fenomenal de los picós. La pareja podía ser cualquiera, aquí no venían tus hermanas ni tus noviecitas, aquí tú bailabas con muchachas que, hay que decirlo, se movían como diosas, meneando el trasero frenéticamente, dejándote hacer sin ningún pudor. Era una verdadera escuela de baile.

¡Salsa! La música no paraba en ningún momento, se iniciaba a las cuatro de la tarde y terminaba a las siete u ocho de la mañana del día siguiente. Se podía bailar toda la noche con esta música que aturdía los sentidos, el bun, bun de los bajos te retumbaba en el pecho, el aire de las trompetas te explotaba en los tímpanos. Salsa de la dura.

De vez en cuando alguno de nosotros se hacía un levante, y en medio de la satisfacción general, y los gritos, salía de la caseta a gozar por ahí en algún cuartucho barato. Estas eran nuestras fiestas de noviembre.

***

Nuestros estudios avanzaban sin tropiezos pese a que poco estudiábamos. Yo detestaba las tareas y a veces me sentía atascado, me sentía fracasado como estudiante. Sin embargo, milagrosamente encontraba la forma de terminar con buenos resultados cada año escolar. Mi hermano en cambio, se destacaba por su brillantez y nunca fallaba en las tareas. Además, era excelente futbolista y hacía parte del equipo de la Academia. Las primeras clases de anatomía llamaron poderosamente su atención y decidió conseguir un esqueleto para estudiar con sus compañeros. Le ha contado su idea a mamá pero ella la rechazó escandalizada.

—¿Unos huesos en la casa? Eso nunca, mijo.

Con la gente del Primero tramó entonces una aventurilla cuyas consecuencias impredecibles podrá concluir el lector. Ramiro C. vivía en una casa que colindaba con el cementerio por el patio trasero. Él mismo se había subido por la pared a un techo cubierto con unas tejas de cinc. Nos había contado que allá guardaban los huesos que no tenían identificación o que no habían sido reclamados. Nosotros lo hemos comprobado una tarde que subimos al techo mencionado. Horrorizados y al mismo tiempo fascinados por la misteriosa atracción de la muerte, observamos huesos, cráneos y dos féretros completamente derruidos por la acción del tiempo y por la descomposición.

Decidimos entonces pescar desde arriba algunos huesos que pudieran servir para estudiar. Volvimos a los pocos días a la hora de la siesta, preparados y con el ánimo dispuesto. Nos ingeniamos una caña de pescar consistente de un palo largo, tal vez muy delgado para nuestro propósito, del cual colgaban una pita y un gancho a manera de anzuelo. La tarea resultó más difícil de lo que habíamos pensado: después de varios intentos fallidos, logramos enganchar un cadáver por un brazo, pero era muy pesado. Luego atrapamos otro por las costillas pero estas se desmoronaban como galletas de soda. De pronto mi hermano se enfocó en una calavera tirada en el piso, casi cubierta por unas hojas de periódico. El anzuelo enganchó fácilmente de una órbita ocular y subió sin oponer resistencia. Gritamos emocionados y reímos como locos. Ramiro la sostenía en sus manos y mi hermano la contemplaba maravillado. A mí la visión de la huesuda me revolvía las tripas, un temor indecible me apartó sin poder tocarla.

—Oye —dijo Ramiro—, ¿este huesos sería un hombre o una mujer?

—Es mejor que nos vayamos ya, no demora en pasar el sereno por acá —les dije disimulando mi temor.

Al bajar a la casa de Ramiro la envolvimos cuidadosamente en una bolsa y la llevamos a nuestra casa; el trofeo fue así a parar a nuestra alcoba; mi hermano la limpió con alcohol y la puso en lo alto del armario sin más miramientos. La huesuda quedó allí observándonos desde el vacío de la muerte. Quién sabe si le molestaría que la hubiéramos sacado de su eterno descanso, o a lo mejor, si estaría contenta de volver a habitar entre los vivos. En todo caso allí permaneció por tres años.

La pesca macabra fue el tema de conversación del combo del Segundo durante algunos días; de las bromas de ultratumba pasábamos inadvertidamente al temor del castigo por irrespetar el descanso de los muertos. Pero alguno volvía a las chanzas y la mamadera de gallo y así olvidábamos nuestros miedos.

Lo cierto es que mi hermano nunca estudió anatomía con ella. Habíamos convenido que era de una mujer, y que debió de ser joven y bella al morir. Con el tiempo se convirtió en un objeto más de decoración, poco a poco le perdimos el respeto y entonces comenzaron las transformaciones de su apariencia según nuestro estado de ánimo, o de acuerdo con la moda.

Así se vistió con varias pelucas, tuvo gafas que le amarrábamos con elásticos, y cambió varias veces de maquillaje. Finalmente mi hermano le pintó con tinta roja y negra dibujos de la simbología bantú, así se quedó entre nosotros hasta el día que mamá la descubrió y nos obligó a enterrarla bien profundo en el patio.

***

El período de las vacas flacas se prolongó en nuestro hogar por varios años, mi adolescencia transcurrió en medio de dificultades económicas y de no pocas desgracias signadas por la desaparición de varios allegados. A la falta de dinero se sumó el deterioro de la casona cuyas paredes, techos, sanitarios, pisos, acusaban el paso del tiempo y el abuso de cuatro niños en pleno crecimiento. La casa era una miseria: los techos habían cedido por el peso de las lluvias inclementes y por la acción del comején. Al menos media docena de gatos los habían convertido en su pista de carreras y en el sitio preferido para aplacar sus calenturas. El escándalo por las noches en el techo era inimaginable, no se podía dormir: los pedazos de cielo raso y tejas caían estrepitosamente. Primero fue el sector de la sala y el comedor, y luego, la cocina. Una noche un estruendo infernal nos sacó despavoridos de las camas, el último pedazo de techo de la cocina cayó de un solo golpe, dañando de paso la estufa y la nevera. Las alcobas se salvaron de milagro, media casa quedó a la intemperie y así permaneció durante años. Ahora los aguaceros hacían de las suyas con nosotros, las inundaciones eran iguales afuera, en el jardín, que adentro de la casa. Cuando llovía solo había dos cosas por hacer: resguardarnos y esperar que pasara la tormenta o salir a barrer el agua hacia afuera. Era necesario cavar caminitos en la zona exterior para conducir el agua hacia la calle. Mamá lo hacía bajo la lluvia inclemente.

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