
Полная версия:
Yurieth Romero Déjala morir
- + Увеличить шрифт
- - Уменьшить шрифт
–¡Están sacando al muerto al revés! –dijo, deteniendo la ceremonia.
Los pies no iban a salir primero que la cabeza y, entonces, se formó la revuelta. Mientras todo el mundo discutía sobre si por delante debían ir los pies o debía ir la cabeza, yo estaba buscando a la hija del muerto para que nos pagara. La encontré orinando de pie, cerca al monte. Se sacó la plata de una de las tetas y yo la recibí y quise metérmela en las mías… pero de esas solo tengo un dibujo. Me la metí, entonces, en la pantaleta, y entré a la casa a buscar a Irene. El muerto ya estaba fuera de la casa y, entre tanto, ella estaba hablando bajo el marco de la puerta con ese muchacho; fue en ese momento que supe su nombre. Era alto, flaco y tenía la nariz como la de una guacamaya; o tiene, mejor dicho, porque él todavía sigue vivo. Su familia, de procedencia turca, era una familia adinerada. Cuando me uní a la conversación advertí que la mirada del muchacho buscaba algo; él llevaba el espíritu de los gatos.
Finalmente, él le dio un abrazo a Irene y le dijo que un día de estos la mandaba a llamar para que llegara a su finca. Luego se fue, casi sin mirar a nadie a la cara. Le pregunté entonces a Irene quién era ese hombre que, aparte de todo, era un tipo simpático.
–Ay, Emilia, tú siempre con la picardía… Oye, deja la travesura; estás vieja pa´ la gracia. Ese muchacho es el hijo de los Merchán, donde yo trabajé cuando era una pelada. En esa época él era un niñito; ahora es músico.
La frase “Ahora es músico” no salía de mi cabeza.
Esto ocurrió finalizando los años sesenta; exactamente en 1969. Después de encontrarse con Irene en el velorio, Samy armó un bullerengue y la mandó a buscar a ella para que fuera a cantar a la finca de él. Ella reunió al grupo de músicos de Gamero con el que animaba bailes, dejando cada uno de ellos sus labores para ir a la casa de Samy Merchán, que venía de unas presentaciones con un conjunto vallenato en donde él era músico.
Después de que terminó de tocar en todos los bailes de los pueblos cercanos, llegó a Gamero para recordar su época de pelado. Fue entonces cuando lo acogió la noticia de que se había muerto ese señor que era su padrino.
En la fiesta también llegó a cantar una amiga de mi mamá que era de Gamero. Como medía dos metros y no le gustaba que la gente le pusiera apodo ni nada de eso, caminaba de rodillas, casi siempre con las piernas envueltas en trapo. Las personas decían que caminaba así porque se le habían quemado y, a medida que los años pasaban, a ella las piernas se le iban desapareciendo de verdad.
Fui allí que cuando Samy se dio cuenta que en la música negra había un potencial comercial. Si ellos habían amanecido bailando al son del tambor, ¿por qué no amanecer tocando en una caseta o en unos carnavales?
Así fue como él vislumbró el éxito: olió al mundo agradecerle por sacar la música negra del anonimato y, en medio de la borrachera, llamó a Irene aparte.
–Yo quiero que el bullerengue lo conozca el mundo entero –le dijo el Samy a Irene al oído. Luego, se separó de ella y gritó:
–¡Vamos a grabar bullerengue, a poner a bailar a todos esos hijos de puta con nuestra música!
A Irene se le esfumó la juma que tenía.
–¿Qué es eso? ¿Cómo así que vamos a grabar?
–Ajá, Irene, pa’ sacar un long play… –le decía el hombre.
Era el amanecer y casi todo el mundo estaba borracho. Aun así, Irene los reunió a todos debajo de un gran árbol de mango. Entonces, Samy Merchán le dijo a todos esos viejos que siempre habían tocado por una botella de ron o por un poco de arroz, que quería formar un grupo con ellos para grabar un disco que sonarían en la radio. Todos ellos dijeron que sí, sin pensarlo. Así fue como al año siguiente grabaron el primer long play en Cartagena, en el que estaba ese tema que dice:

En la imagen, Irene en la serie. Fotografía: Archivo del canal TeleCaribe. Foto fija: Freddy Fortich y Jiovanna Osorio.
Aeaeaeeee rama de tamarindo Aeaeaeeee rama de tamarindo Aeaeaeeee rama de tamarindo Aeaeaeeee rama de tamarindo dime lirio, dime rosa, dime clavel encantado.
Los soneros de Gamero grabaron como grupo ese tema junto con uno que se llama “La pica pica” canciones que hacen parte de nuestro folclore.
El nombre del grupo (Los soneros de Gamero) surgió a raíz de que en ese tiempo se escuchaba mucho la música cubana en la radio. En ella, la palabra “sonero” era frecuente y Samy la eligió pensando en que el grupo tuviera un aire más comercial, como él decía siempre.
Después de que Irene grabó ese disco, yo la fui a visitar y, aunque me recibió como siempre, brindándome café en los mismos pocillos de electro plata, entonces no hablaba de nada diferente al estudio de grabación y Samy Merchán. Recuerdo que llegaron a la casa de Irene mi primo Guido, que era cantador junto con ella, y mi primo Magín, que se había enterado de que yo estaba en Gamero. Irene empezó a cantar una canción que decía De las flores la más hermosa es la que lleva por nombre Rosa… Rosa que linda eres, Rosa que linda eres tú. Luego, Irene cantó “La rama de tamarindo” mientras Guido tocaba el tambor; yo empecé entonces a hacerle los coros hasta que ella detuvo el canto.
–Emilia –me dijo–, te estás saliendo de la tonada.
–Empecemos otra vez pue’ –le dije yo, sin prestarle atención a la razón por la que lo decía.
Sin embargo, cada vez que yo iba a entrar al tema ella se detenía.
Después de eso, mi amistad con ella continuó. De hecho, en ese tiempo yo regresé a vivir a Gamero y allá me ayudó muchísimo. Seguía, por entonces, alegrando bullerengues junto con mi hermana Martha, quien también andaba con un grupo de tamboreros aquí en Evitar. Dos años después, Irene volvió a grabar con Samy.
Ese año, Los Soneros de Gamero pasaron más tiempo en Barranquilla que en el pueblo, dedicados a tocar en las casetas. En una noche, Samy les armaba tres o cuatro toques y, a veces, hasta se llevaba a Irene días antes para Barranquilla para tenerla cerca.
La música que la gente de nuestros pueblos cantaba para liberarse un rato del olvido, el bullerengue, ahora era bailada en casetas y se escuchaba en la radio.
Después de ese disco, todos los conciertos se quedaron trancados. Aunque Samy no iba por Gamero, “Los soneros” seguían tocando en todos los pueblos de Mahates y mi hermana Martha se unió a ellos en los coros.
Se supo después que al Samy le tocó volver a la agrupación vallenata porque, según lo que la gente hablaba, “Los soneros” lo habían dejado en la limpieza y él no veía las ganancias. Así que no le quedó de otra que volver a ser un músico del vallenato.
Permaneció perdido siete años y, en el año ochenta, regresó buscando a su grupo porque, según dijo, se lo iba a llevar para Cartagena a grabar. Yo no me enteré por boca de Irene; no. Me enteré porque mi primo Guido, que andaba por Evitar vendiendo unos pescados, y que me había regalado el último que le había quedado suelto, me dijo que tenía que ir a Gamero porque iban a ensayar con Samy (a él no le gustaba que llegaran sino a la hora que él decía). En ese tiempo en el que yo ya tenía cincuenta y dos años, no había podido grabar el primer disco; es decir, no había podido cumplir la promesa que había hecho una vez, mientras lloraba, a mis hijos. Les había prometido que yo iba a ser una cantante, pero una que todo el mundo iba a bailar. Fui entonces a donde mi hermana Martha y le conté lo que estaba pasando en Gamero, pese a lo cual ella se negaba a ir hasta allá a ver.
–Vamos, Martha… a ver no más –
Aunque Martha no quiso ir, yo sí fui. Se escuchaba algarabía en la casa de mi primo Magín. Al llegar, nadie advirtió mi presencia. Noté que Samy tenía otra cara: sus ojos estaban oscurecidos y miraba para todas partes. Empezaron a cantar una canción que se llamaba “El Lobo”, y que yo conocía porque en las fiestas del pueblo los cantadores viejos la cantaban.
–Bueno, muchachos, vamos a tocar “El lobo”, de Irene Martínez –había dicho.
Después de decir eso, una piedra le dio una cachetada. Él se hizo el loco e hizo la señal de que empezaran tocar. Yo me asomé para ver qué pela’ito había tirado eso, pero no había nadie.
Estuve ahí todo el tiempo hasta que terminaron de ensayar, pese a lo cual ese muchacho nunca se dio cuenta de mi presencia. Solo cuando todos se fueron, yo hablé con mi comaé que me dijo que iban a ir a grabar a Cartagena, cosa que me agradó muchísimo. Yo, entonces, me perdí, aunque escuchaba de vez en cuando, por ahí, a las personas hablando acerca de “Los soneros”. El tema de “El Lobo” fue un batazo musical: todo el mundo bailaba ese disco y, en los carnavales, era el tema principal. Al año siguiente, el Samy llegó a Evitar buscando a mi hermana Martha porque, según dijo, quería incluir a otras viejas en la agrupación. Yo estaba ahí, recogida en una mecedora; casi no me veía entre la gente y tenía mis lentes oscuros puestos. Nuevamente, él hablaba con Martha sin advertir mi presencia.
–Pues sí, Martha, la idea es que te vayas con nosotros pa’ Medellín ahora, pa’ grabar con Codiscos.
– ¿Y pa’ ir pa allá hay que subirse en avión?
– Sí
– ¿Medellín? ¡No señor! A mí eso me da miedo. Yo no soy pájaro pa’ andar montá en esos aparatos.
Entretanto, yo tenía las orejas paradas. Pude escuchar que él siguió explicándole, mientras ella se mantenía en que no iba y, mucho menos, en avión.
–Llévame a mí, Samy –le dije, sin levantarme del mecedor.
–¿Tú eres Emilia? –me preguntó–. A mí ya me habían hablado más o menos de ti, pero tú no cantas bullerengue.
–Sí, la misma Juana Emilia Herrera, soltera y sin compromiso –dije, y luego solté una carcajada–. Yo sí canto –aseguré.
–Tú estás loca, ombe. Además, ¿tú no estás enferma? –me preguntó el Samy.
Y se fue.

En la imagen Samy Merchán en la serie. Fotografía: Archivo del canal TeleCaribe. Foto fija: Freddy Fortich y Jiovanna Osorio.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.