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Briggette Rodriguez Sielf y la legión de los guardianes
Sielf y la legión de los guardianes
Sielf y la legión de los guardianes

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Briggette Rodriguez Sielf y la legión de los guardianes

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—Olvidé preguntar si eres estudiante de último año —dijo el joven.

—Sí, ¿y tú?

—Qué coincidencia, yo también —comentó mientras ambos iban a la maletera de la camioneta. Al intentar sujetar su bicicleta Sielf no pudo evitar un quejido de malestar, aún le dolían los brazos por la caída.

—Déjame ayudarte —sugirió Tom extrayendo la bicicleta sin dificultad y posándola en el suelo.

—Gracias —dijo la joven al tiempo que un relámpago trajo consigo una lluvia más densa.

—Vaya clima que nos tocó, dejaremos tu bici aquí. Ahora tenemos que entrar... —opinó Tom sujetando una maleta que luego dejó en la entrada bajo techo antes de ingresar a la oficina de recepción junto a la joven.

—Buenas noches, qué feo clima el de hoy ¿no le parece? —dijo mirando a una señora cordial que se acercó solícita.

—Soy Rosa —se presentó —¿Son nuevos estudiantes?

—Sí —dijeron ambos al mismo tiempo mientras tomaban asiento.

—Bienvenidos al Internado Espada y Pluma. ¿Dejaron sus pertenencias en la entrada?

—Así es —respondió Tom.

—Yo no, pues lo mío solo es esta mochila —contestó la joven.

—De acuerdo, ahora les iré pidiendo a cada uno sus pases —dijo Rosa refiriéndose a un carnet específico de cada alumno que además de contener sus datos servía para diferenciar los grados y para marcar sus asistencias a los cursos.

—Aquí está el mío —dijo la joven cuyo aspecto sucio y desaliñado por su reciente infortunio llamaba la atención de modo tal que Rosa no pudo disimular la sorpresa que le generó ver a Sielf mientras entregaba su carnet color verde.

—Bien, probablemente ambos están informados acerca del reglamento interno así como la historia de la institución. Todo eso estaba en el folleto que se les dio el día que presentaron la solicitud de inscripción así que solo les reiteraré dos cuestiones que algunas veces pasan desapercibido. En primer lugar, el Director de la Escuela Internado, el señor Suus, es un hombre que se interesa y atiende las inquietudes de sus alumnos, no duden en hablar con él en cuanto surja alguna inquietud, siempre y cuando sea en horario de oficina. Él suele estar en su despacho en el ala oeste —Rosa indicó la dirección del sector con la mano —. Y en segundo lugar, deberán ser muy cuidadosos con las obras de arte que se exhiben en el lugar, cualquier daño o perjuicio de alguna de las piezas será penalizada, de más está decirles que tienen prohibido acercarse a ellas y, peor aún, tocarlas. Forman parte de la historia de este lugar así como la colección de nuestro director —explicó seguido de un relámpago estremecedor que hizo que las luces se apagaran y se volviesen a encender al segundo —y por cierto, no se asusten si se va la luz. Las tormentas suelen causar apagones pero no duran mucho.

—Gracias por la información —agradeció Sielf.

—Seremos muy cuidadosos con las obras de arte —opinó Tom.

—¿Alguna pregunta?

—¿Empezó la ceremonia de apertura? —consultó la joven mientras firmaba un papel.

—Finalizó hace unos minutos —contestó Rosa mientras guardaba en su archivero aquel papel —casi todos están en sus habitaciones.

—Claro... ya es tarde —dijo Sielf viendo poco alumnado transitando los pasillos.

—De todos modos, si tienen dudas respecto de lo que se informó en la ceremonia lo pueden consultar aquí —sugirió Rosa amablemente —, y si ambos desean cenar algo, tienen tiempo hasta treinta minutos más para acercarse a la cocina. ¿Saben los horarios del comedor?

—Sí —contestaron ambos al mismo tiempo.

—Ahora joven, permíteme tu carnet —solicitó Rosa.

Tom entregó un carnet igual al de Sielf pero de color rojo. Apenas Rosa lo observó no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.

—Así que también eres extranjero —dijo mientras le hacía entrega de unos formularios —. Es curioso, este año tuvimos varias solicitudes de alumnos de fuera, al parecer el Internado se está volviendo famoso.

—Me alegro —comentó Tom entregando los papeles bajo la mirada de Sielf —, muchas gracias, Rosa.

—De nada, gracias a ti por elegirnos —contestó la mujer cordialmente.

—Tengo una pregunta —dijo la joven después de un silencio —, ¿es posible que encuentre aquí repuestos para bicicleta? Tuve un accidente mientras venía y se rompió la cadena de mi bicicleta.

—No lo creo... nadie suele venir en bici por temor al bosque, el traslado se realiza básicamente en autobús, de vez en cuando en transporte particular o una que otra motocicleta en el caso de los más osados —murmuró la señora —¿Tú viajaste en bici hasta aquí?

—Casi... Dime, ¿por qué le temen al bosque?

—Está encantado y criaturas malignas merodean en su interior —explicó Rosa —pero volviendo a tu pregunta inicial, en el pueblo hay muchas bicicleterías, lo que podríamos hacer es conseguir que alguien te haga el traslado para que puedas llevarla al pueblo.

—Eso sería de mucha ayuda —contestó la joven esbozando una sonrisa.

—Te estaremos informando, mientras tanto la dejaremos en el estacionamiento, y por la ubicación de tu habitación me parece que la podrás ver desde tu ventana.

—¡Genial!, gracias. Y disculpa, tengo una última pregunta... ¿Cómo llego a mi habitación?

—Cierto, ahí les digo. Por poco me olvido también de entregarles esto —recordó Rosa proporcionando a cada uno la llave de su habitación —. Como sabrán las habitaciones de hombres y mujeres están separadas, son individuales aunque el baño se comparte —dijo asomándose junto a ellos a la salida de la oficina —. Sielf, siguiendo este pasillo llegarás a un pequeño jardín, cruzas por ahí en la misma dirección y luego giras hacia tu derecha, allí encontrarás las escaleras a las habitaciones de las chicas; mientras que para llegar a las habitaciones de hombres, Tom caminas hasta el final de este otro pasillo y giras a tu izquierda, allí están las escaleras que conducen a las habitaciones de varones. ¿Alguna pregunta?

—No, creo que es todo —comentó Tom.

—Muchas gracias —dijeron ambos jóvenes.

—Gracias a ustedes, hasta luego —se despidió Rosa mientras los vio salir.

—Aquí nos separamos —comentó Tom en cuanto se encontraron con los pasillos que orientaban a los cuartos —, seguramente te veré mañana.

—Sí, muchas gracias por haberme traído.

—No fue nada... solo tengo una duda... —dijo el joven —¿No deberías ir antes a la enfermería?

—¿Por esto? —contestó Sielf mostrando sus vendajes improvisados con apósitos —Para nada, no fue grave, estoy bien, solo necesito un cambio de ropa urgente —dijo luego de ver las luces parpadear después de otro relámpago.

—Que descanses —dijo él dirigiéndose hacia el pasillo que le habían indicado seguido de otros compañeros —Ah… Sielf, ¡no te metas en líos! —exclamó de repente provocando que automáticamente todos se giraran a observar a la joven de aspecto casi andrajoso cuya trenza estaba totalmente desarmada. Ella solo lo miró y como respuesta levantó una mano haciendo un gesto de negación, luego caminó por el pasillo indicado.

En un principio pensó que llegaría pronto al final del recorrido, y durante su andar se tomó su tiempo para contemplar algunos cuadros y esculturas. Fue entonces que las luces se apagaron generándole un leve sobresalto, apenas podía vislumbrar por dónde seguir. De inmediato se detuvo bruscamente en cuanto estuvo frente a una puerta vidriada, la luz que género otro relámpago le permitió ver que se hallaba delante de un gran salón con enormes ventanales.

Fascinante, se dijo en cuanto pudo distinguir a través de los cristales la figura de una escultura inusual. Estirando la mano, tras maniobrar el picaporte, comprobó que la puerta permanecía cerrada. En ese momento volvió la energía y se iluminó el lugar, pudo ver que aquella escultura representaba a un guerrero arrodillado, lo cual le generó cierta pena.

Será mejor que me vaya, pensó retomando su camino, tal y como les había dicho Rosa, casi no había nadie en los corredores, la mayoría de los estudiantes se encontraba en su habitación.

En cuanto la joven cruzó el pequeño jardín, vio una pequeña fuente con el agua en calma, luego de atravesar ese espacio encontró las escaleras al dormitorio de mujeres. Subió con prisa hasta un pasillo angosto y rodeado de numerosas habitaciones.

—Aquí es —se dijo al ver una puerta con el número 7, su habitación. Abrió la puerta con llave, encendió las luces y colocó la mochila sobre el piso. Miró a su alrededor; un librero, una cama, un ropero y una mesita junto a la ventana. Echó un vistazo a la habitación y estirando los brazos se acercó a la ventana. Genial, pensó al ver que tenía vista a una parte del jardín y al estacionamiento.

—Allí estás, vieja amiga—, musitó al observar a través del vidrio su bicicleta entre un par de motocicletas. Respiró hondo e intentó ver hacia el bosque fuera de los muros del Internado, sentía curiosidad por recorrer tan inmenso lugar pese a los comentarios de peligrosidad absurdamente justificados para ella.

Cansada, empezó a sentir sueño, entonces se quitó el piloto sucio y húmedo, lo extendió y lo sacudió fuertemente haciendo salir disparada a la manzana, justo en este instante retumbó un relámpago que no solo apagó y encendió las luces en cuestión de segundos sino que además dejó en segundo plano el sonido de la manzana verde rodando bajo la cama.

—Uy, qué hambre —se dijo en cuanto oyó otro ruido, el de su estómago rugiendo pero esta vez por el paquete de chocolates guardado en la mochila. Sentada al borde de la cama probó un bocado de la barra de chocolate cuyo amargo sabor y la sensación del cacao derritiéndose en su boca hicieron que la llegada le resultara más placentera.

—Gracias abuelo, pensó al recordar cuando se lo había obsequiado.

Más tarde se dirigió a los baños que se encontraban a pocos metros, allí encontró las duchas, se dio un baño, cepilló sus dientes y volvió a su habitación. Después de ponerse el pijama, lentamente se recostó en la cama abrazando la almohada con aroma a lavanda. En cuanto las frazadas la envolvieron hasta la cabeza cerró los ojos y al cabo de un rato empezó a soñar…

Parte 3

Segundo sueño:

socorrista de dragoncillos

Durante el sueño se reconoció a sí misma, pero tenía la apariencia de una niña de siete años que recién acababa de llegar a la casa de playa de sus tíos una mañana fría de invierno.

Sus ojos se fijaban en el mar a través de un par de ventanas mientras todos a su alrededor hablaban sobre ella.

—Abuela —decía la voz de Virginia, una de sus tías —entiendo que tú y el abuelo quieran mucho a la pequeña pero pienso que no es correcto que ustedes se hagan cargo, ya transcurrió mucho tiempo desde el fallecimiento de sus padres.

Esa reflexión era una de las muchas opiniones que respecto de la niña se hacían. En un momento aparece en escena una mujer mostrándole algunos objetos que había conservado de su difunta madre, entre las pertenencias, un par de aretes de plata y un colorido chullo peruano de lana. Sielf pregunta si puede quedárselos y su tía Isabel acepta con una sonrisa. La pequeña contempla durante un rato los aretes y luego se los coloca cuidadosamente y cubre su pequeña cabeza con el chullo que contrasta de modo especial con su sweater fucsia de manga larga que no permite ver su pulsera y un jardinero celeste. Depente aparece Mosa, la cachorra bóxer de la casa y le arrebata el chullo, Sielf la persigue por todos lados hasta finalmente verla entrar a una habitación cuya puerta está semiabierta. Una vez allí se detiene, las luces están apagadas, en el fondo se puede percibir una silueta, la ventana con las cortinas cerradas. Entonces ingresa lentamente, abre las cortinas iluminando todo el lugar, recién ahí comprende que está en un ático lleno de antigüedades, muebles y objetos tan cubiertos de polvo como de olvido. Advierte que Mosa sale corriendo de la habitación y deja detrás suyo algunas hojas extrañas de color rojo regadas en el piso, Sielf levanta una de las hojas y la observa con detenimiento, no tiene la apariencia de las hojas de los árboles que allí crecen, piensa que es extraño y de repente ve su chullo bajo una peculiar mesa de madera cubierta por un pulverizo mantel. Lentamente se arrodilla y se mete bajo la mesa donde la invade un agradable aroma a madera y parece correr una misteriosa brisa. La pequeña deja su chullo y se dispone para salir del otro lado, pero aparece bajo las raíces de un árbol sin ramas, el único de muchos otros que permanecen intactos, erigidos y llenos de una frondosidad de peculiares hojas rojas.

Respira profundamente y sonríe mientras corre por doquier hasta recostarse sobre un cúmulo de hojas secas. De pronto, algo sale huyendo de debajo de ellas haciendo que la pequeña se incorpore con rapidez y descubra que se trata de un pequeño dragón de color rojo. Él la mira fijamente a los ojos y en ellos no solo se ve reflejada sino que a su vez siente miedo y, asombrosamente, puede oír en su mente un pedido desesperado de ayuda, luego la criatura huye. Sielf permanece casi estupefacta hasta que escucha una caballeriza acercarse por lo que decide esconderse entre unos arbustos.


—¡Maldita criatura! —exclamó uno de los jinetes con despotismo —¿Y ahora? ¿Dónde se metió?

—No debe andar muy lejos —agregó otro jinete.

—¡Fue hacia allá! —coincidieron varias voces al advertir unas huellas que se perdían en el bosque y toda la caballería las siguió con prisa.

—Ay… no... —murmuró Sielf —lo van a cazar, ¡tengo que ayudarlo! —se impuso mientras corría con prisa entre los árboles. En esa carrera tropezó bruscamente con un niño que corría desde otro lado en su misma dirección.

—¿Quién eres? —exclamó el niño malhumorado —¿Acaso estás ciega?

—La próxima vez fíjate bien por dónde caminas —contestó la pequeña invitando al niño a ponerse de pie. Este la miró con desdén pero estrechó su mano logrando incorporarse con ayuda de Sielf. El pequeño vestía una túnica azul marino, tenía la piel muy blanca y el cabello negro que contrastaba de manera especial con sus enormes ojos azules.

—¡Cielos!, quieren atraparlo... —añadió Sielf refiriéndose a la criatura.

—¡No lo permitiré! —interrumpió el niño —Por cierto, aún no me has dicho quién eres —inquirió —insistió—Ah, espera…, ya lo sé, por tu tamaño debes ser un gnomo de la aldea Nimis.

—¿Que yo qué? ¡Claro que no! —se quejó Sielf —Sé que soy bajita, en realidad soy una niñ…

—Escucha... —la interrumpió el niño —No me importa si eres un gnomo o no pero por tu bien será mejor que te alejes, esos tipos están de cacería y uno podría pisarte o el dragoncillo al que persiguen podría comerte.

—Te equivocas, no me pasará nada —aclaró Sielf —, de hecho vi a los cazadores y pude esconderme de ellos sin problemas; además el dragoncillo es inofensivo y está en peligro, lo sé porque pude oír cuando me pidió ayuda.

—Imposible... —murmuró el pequeño con ojos de asombro —¿me estás diciendo que conoces el lenguaje de los dragones?

—No lo sé, solo pude escucharlo... ¿acaso sabes por qué?

—Vaya, ¡esto es genial! ¡Un gnomo que puede escuchar dragones! —dijo el niño sonriendo.

—Oye… ¡no soy un gno...! se indignó Sielf.

—Desde ahora te llamaré Socorrista de Dragoncillos.

—¿Socorrista de Dragoncillos?... —murmuró la pequeña —eso no suena tan mal —dijo esbozando una leve sonrisa —, aunque todavía no me has dicho por qué pude escucharlo y además interpretar su ruego de auxilio.

—Tampoco lo sé pero eso solo significa una cosa. Que pudiste oír su corazón porque proteges, así que Socorrista de Dragoncillos... ¿te gustaría acompañarme a buscar al dragoncillo en apuros para librarlo de los cazadores?

—Por supuesto —contestó Sielf.

—¿Por dónde se fue?

—¡Espera! —exclamó la niña —¿Cómo sé que no eres uno de ellos?

—¿Yo?, ¿un cazador? ¡Claro que no! —contestó el pequeño con voz enérgica —Todo lo contrario, estoy en contra de esta absurda cacería, pero nadie me escucha.

—Entiendo, tampoco estoy de acuerdo —murmuró Sielf.

Puestos de acuerdo, ambos pequeños caminaron por el bosque en búsqueda del dragoncillo fugitivo. Aún era de día pero la maleza de los árboles se hizo más espesa y apenas permitía que se filtraran leves rayos de sol, de ese modo el ambiente se tornó más oscuro a medida que se fueron adentrando al bosque. A su paso iban destruyendo una que otra trampa, sin lograr ver a la criatura perseguida.

—Años atrás esta cacería no existía —comentó el niño —, los dragoncillos eran cuidados y respetados, incluso se les temía tanto como a los dragones adultos, y podían salir a jugar en los bosques sin sus padres sabiendo que estarían a salvo.

—¿Por qué empezaron a cazarlos? —pregunto Sielf.

—Todo empezó cuando una odiosa hechicera al servicio del rey descubrió que el corazón de los dragoncillos poseía una llama de fuego poderosa capaz de mantener las calderas encendidas del castillo e incluso de un pueblo durante meses. Fue entonces cuando el rey decretó su cacería sin medir las consecuencias. Se inició así una caza masiva que por poco extingue a los dragones de este reino y otras regiones.

—¡Es horrible! —exclamó Sielf con repudio.

—Lo sé —concordó el pequeño —y si bien transcurrieron muchos años desde entonces ese decreto aún no fue abolido por lo cual los dragoncillos siguen en peligro. Al parecer nadie se preocupa por ellos, tan solo sus padres, los dragones. ¡Cómo me gustaría que uno de ellos les diera una paliza a esos cazadores!

—¡Eso es! —exclamó la pequeña —¡Debemos llevar al dragoncillo con sus padres!

—¿Ves esa torre? —dijo el niño señalando a los lejos una fortificación —, allí yace un hechizo que envuelve este reino con una barrera antidragones, así que sus padres no podrán ingresar.

—¿Pero si existe esa barrera cómo es que los dragoncillos logran entrar?

—Porque esa barrera solo le impide el ingreso a los dragones adultos mientras que los dragoncillos son libres de cruzarla mas no de salir a menos que usen uno de éstas —comentó mostrando tres varillas muy finas de plata.

—¿Para qué son?

—Resulta que la plata neutraliza durante segundos el hechizo de la barrera —explicó el niño —así que nuestro amigo solo podrá cruzar la barrera mágica usando una de estas varillas en forma de collar. Así de simple, Socorrista de Dragoncillos.

—Bien ¡hagámoslo! —incitó la pequeña.

—¡El dragoncillo! —clamó el niño dirigiéndose a la maleza —¡Se fue por allá!

—No grites, se asustará —pidió Sielf siguiendo al muchacho.

Ambos corrieron sin rumbo, pero se detuvieron poco después al encontrar nutrida maleza, a paso lento se fueron abriendo paso entre las plantas; el silencio invadía todo a su alrededor lo cual les permitía avanzar en dirección al ruido de las pisadas del dragoncillo, sin embargo las enredaderas les hicieron creer que aún caminaban sobre una superficie cuando en realidad debajo de ellos había una pequeña inclinación que los hizo caer estrepitosamente, rodando hasta llegar a los pies de unas misteriosas ruinas.

—¿Estás bien? —se preguntaron al unísono.

—Cielos… ¿dónde estamos? —preguntó Sielf mientras se incorporaba junto a su nuevo amigo.

—Vaya... —dijo con asombro el niño —son las ruinas de un jardín real —confirmó admirando la majestuosa entrada junto a Sielf.

—Auch… me duele una rodilla —se quejó ella.

—¿Estás herida?, si quieres podemos parar con la búsqueda —ofreció el pequeño.

—Descuida, no pasa nada —lo tranquilizó Sielf —, ¿crees que él se esconde allí?

—Creo que sí... —opinó el niño señalando las pisadas de la criatura que se perdían en esa dirección —Vamos Socorrista de Dragoncillos —la apuró apartando los arbustos de la entrada y abriéndose paso lentamente.

Una vez dentro de aquel jardín real en ruinas, no sólo quedaron asombrados por la majestuosa estructura que había logrado mantenerse en pie sino por la cantidad fabulosa de flores, arbustos y maleza que había en cada rincón.

Sielf no pudo evitar contemplar algunas de las flores desde cerca, el perfume que emanaba de ellas era muy agradable. Entonces algo más llamó su atención. Se trataba de un viejo escudo sobre una especie de altar en medio del lugar.

—Nunca antes había visto ese símbolo... —anunció el pequeño contemplando la figura de una espada de pluma.

—¿Acaso no es de este reino? —preguntó Sielf.

—No, no lo es... y tampoco está en ningún libro de escudos reales... qué extraño.


—Mira, allí está el dragoncillo —interrumpió Sielf asomándose a un cúmulo de flores amarillas, detrás de ellas se escondía la criatura —Hola... —saludó sonriéndole—, hemos venido a ayudarte.

—Cazadores malos... —murmuró la criatura.

—Nosotros te ayudaremos a escapar de ellos —contestó la pequeña entendiendo la miedosa voz del dragoncillo.

—Bien —dijo el niño observando a la criatura detenidamente —debemos sacarlo de estos terrenos y llevarlo con su madre lo antes posible —. Una trompeta resonó cerca de donde se encontraban y oyeron los galopes de las cabalgaduras acompañados de numerosos aullidos.

—¡No puede ser! ¡Es la caballeriza del reino! —advirtió el niño —y al parecer trajeron lobos para seguir el rastro.

—¿Lobos?

—¡Sí, lobos, los usan para cazar! Debemos irnos ahora mismo o lo encontrarán.

—¡Mira, allí hay unas escaleras que descienden! —señaló Sielf.

—¡Es un viejo pasaje! ¡Podría ser nuestra salida! —dijo el niño corriendo junto a ella en aquella dirección.

Los tres bajaron por las escaleras y llegaron a un pasaje pero el acceso estaba restringido por unos barrotes.

—¡Cielos! ¡De prisa a los arbustos! —exclamó la pequeña y junto a su amigo y el dragoncillo se escondieron entre unas plantas, desde allí los aullidos empezaron a sonar cada vez más cercanos y en cuanto aparecieron los lobos uno de ellos los encontró. Corrieron para esconderse en otro lugar seguro sin embargo uno de los jinetes atrapó a Sielf.

—¡No! ¡Suéltame! —exclamó la pequeña.

—Y tú, ¿quién eres? —le preguntó otro hombre de la caballeriza —No puede ser, ¡es una humana!

—¡Que me sueltes! —increpó la pequeña mientras le daba una patada en la rodilla a su captor quien inmediatamente la soltó.

—¡Déjenla en paz! —gritó el niño al salir de su escondite —¡Ella es un gnomo!

—Príncipe, ¿qué hace aquí? —dijo el líder de la caballeriza —Ya déjenla —ordenó de inmediato —. Es amiga de Su Majestad.

—¿Príncipe? —murmuró Sielf.

—Escuche señor, no debería estar aquí —dijo el líder —. En el castillo deben estar como locos buscándolo, le sugiero que usted y su amiguita salgan de aquí. Este no es un lugar para jugar.

—¡El dragoncillo no les pertenece! —exclamó Sielf.

—Tienes razón, no me pertenece... aún —dijo el sujeto con soberbia —, así que déjennos trabajar.

—¡Jamás! —gritó enérgicamente el niño.

Al terminar de decir esta palabra, tras un feroz rugido varios jinetes fueron inesperadamente embestidos por un dragón adulto color marfil que había traspasado la barrera y con la cola golpeó a todos los de la caballeriza provocando que huyeran junto a sus lobos de aquel lugar.

—¡Corran! —gritaron las voces.

—¡Príncipe vuelva aquí! —suplicaron desde lejos pero el niño no los escuchó.

—¡Es un dragón errante come dragoncillos! ¡Corre! —gritó el pequeño sujetando a Sielf de la mano en dirección a unas ruinas donde podrían refugiarse pero la pequeña se volvió y miró al dragón del que escapaban. Notó que no solo se mantenía quieto sino que tampoco manifestaba intenciones de atacarlos.

—¡Aguarden! ¡No quiere atacarnos! —opinó deteniéndose antes de entrar al escondite.

—¿¡Qué haces!? ¡Socorrista de Dragoncillos! ¡Te matará! —exclamó el niño observando el momento en el cual la valiente niña se acercó a la fiera. Al instante la criatura se transformó en una mujer de cabellos blancos con vestido color marfil.

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