Julio Rilo Los irreductibles III
Los irreductibles III
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Julio Rilo Los irreductibles III

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El partido en el que Marcelino Sampere había comenzado a militar hacía pocos años, y que actualmente ostentaba el Gobierno del Estado, era de una tendencia conservadora muy marcada, sirviendo de refugio al amplio espectro reaccionario del país. Motivo por el que habían ganado por mayoría absoluta en las anteriores elecciones.

—Pues que la tendencia hacia la izquierda sería puramente aparente. Ponéis a algún famosillo y a algún periodista que diga cosas así muy rojas. De las que vuestro electorado no quiere oír. Ponéis mucho énfasis en temas sociales, y en general habláis de las cosas de las que habla la oposición. Sería la primera cadena abiertamente de izquierdas, así que llamaría mucho la atención y atraería a todo el público que echa de menos ese tipo de mensaje. Pero en realidad seríais vosotros los que controlaríais el mensaje. Piénsalo por un segundo. —Kino, que estaba anonadado al ver la facilidad con la que su padre se desenvolvía en una situación tan surrealista como aquella, vio que Sampere ponía expresión pensativa al oír las palabras de Ricardo. Sus argumentos estaban empezando a adquirir sentido en su mente—. Tendríais control sobre la línea editorial. Y luego ya, la guinda: hacéis programas de debate a los que invitáis a los «expertos» más ineptos de la izquierda, por un lado, gente que no es capaz de improvisar un argumento de peso en el calor de una discusión y ante la que sea fácil no quedar mal. Y por el otro, a la auténtica gente a la que vosotros queréis dar visibilidad. Y es así cómo hacéis llegar vuestro mensaje reaccionario a más gente. ¿Entiendes?

Sampere asentía lentamente.

—Entiendo, entiendo. Tiene bastante sentido, la verdad. Y tengo que reconocer una cosa: es una idea muy buena, cojonuda. Muy retorcida.

—Pues te dejo que te la quedes y que te apuntes el tanto, campeón. Ahora, ¿puedo irme?

Sampere volvió a asentir lentamente, asimilando aún las palabras de Ricardo. Pero cuando este volvió a darse la vuelta, arrojando la colilla de su cigarro al suelo, Sampere recuperó la compostura y se volvió a dirigir a él:

—Volveremos a vernos, señor Lázaro. Ha sido un auténtico placer.

Ricardo se quedó plantado en seco, y permaneció pensativo de espaldas al Jefazo durante un par de segundos hasta que giró sobre sí mismo para dirigirse de nuevo hacia su interlocutor mientras sacaba otro cigarro del interior de su chaqueta.

—Mira, tronco, si te hago otro favor, ¿prometes que no me darás el coñazo? —Por un instante, Kino volvió a ver ante él al mismo chico que logró evitar todos los problemas en el barrio de Carabanchel a pesar de ser de fuera—. Ese rollito de volveremos a vernos… qué pereza, no me jodas.

Sampere metió las manos en los bolsillos de su pantalón con expresión molesta, pero no enfadada. Parecía que no le gustaba nada el tono de aquel «artistilla», pero muy a su pesar tenía que reconocer que sus ideas puede que tuviesen tanto valor como se rumoreaba.

—Bueno, si me hace otro favor, prometo estarle eternamente agradecido —dijo en tono conciliador.

—Supongo que me tendré que conformar con eso, ¿no?

—Le prometo que, de ser así, mantendremos las relaciones estrictamente a lo esencial.

—Bueno —dijo Ricardo aparentemente conforme con esa concesión, pero plenamente consciente del escaso valor de la promesa de un político incipiente. Levantó una mano e hizo un gesto como si estuviese encendiendo un mechero invisible. Sampere volvió a sacarse el mechero del bolsillo con una expresión agria en el rostro, y lo encendió ante Ricardo, quien se inclinó para prenderse el cigarro. Después de echar el humo de la primera calada dijo tranquilamente, como quien no quiere la cosa—: Ojo con el tesorero.

—¿Cómo?

—Ya me ha oído. Mucho ojito y manténgase alejado de él si sabe lo que le conviene. O le terminará salpicando la mierda.

—¿Sabe usted algo que…? —preguntó Sampere visiblemente confuso.

—Sí. Pero no importa el cómo ni el por qué. Usted hágame caso y se evitará muchos quebraderos de cabeza en el futuro. Créame.

Y sin más, Ricardo se dio media vuelta y partió en busca de un taxi, dejando allí plantado al futuro ministro del Interior, que no sabía qué pensar. Como Kino.

—Papá, ¿qué cojones acaba de pasar? ¿A qué se refería Sampere con eso que dijo del control poblacional? No entiendo nada.

El fantasma de su padre parecía que no fuese a soltar prenda. Seguía mirando la escena desarrollarse delante de él con una expresión seria y distante, como si aquello no fuese con él. Finalmente habló:

—Tú no pierdas detalle.

Kino sintió una extraña sensación en la sien. No era el dolor al que estaba acostumbrado y que servía de aviso de que las cosas no iban bien, era una sensación diferente. Y se preguntó si quizás Ricardo hubiese decidido dejar de reprimir recuerdos y estuviese empezando a mostrarle las cosas que realmente pasaban en su vida. O, mejor dicho, que habían pasado.

V

A Ricardo le fue imposible evitar las burlas de aquella especie en peligro de extinción que eran por aquellos días los punkis del Dos de Mayo. No importaba que conociese a la mayoría por sus nombres, él sabía que por ir en frac alguna broma le iba a caer, y las contestó con gracia antes de seguir en dirección a su portal.

Su expresión era seria mientras el ascensor subía lentamente hasta el último piso, y tenía un aire pensativo, mirando al suelo con las manos metidas en los bolsillos. Kino miró al fantasma de su padre, también pensativo. Aquel día parecía viejo, muy viejo. Casi tanto como los días antes de que muriese. A esas alturas, Kino ya había entendido que el aspecto que adquiría cada día el fantasma de su padre reflejaba su estado de ánimo. De manera que decidió prestar especial atención a lo que iba a pasar a continuación.

Ricardo abrió la puerta en silencio y se adentró en la vivienda a oscuras, caminando de puntillas por el pasillo de madera, que crujía levemente con cada paso que daba a pesar de que se había quitado los zapatos antes de entrar y los llevaba en una mano, colgando de dos dedos. De pronto, un ruido lo sobresaltó.

A través de las puertas de doble hoja abiertas de par en par, escuchó proveniente del interior del salón un sonoro ronquido. La luz de las farolas entraba por los ventanales, que tenían las cortinas descorridas, y la luz le daba un aire de penumbra naranja a la habitación e iluminaba directamente a Teresa enfundada en su pijama verde, que se había quedado dormida en su escritorio, rodeada de todo tipo de documentos de los innumerables casos que llevaba para «La Joya del Barrio».

Ricardo reprimió la risa cuando otro ronquido más fuerte incluso que el anterior salió de la nariz de Teresa. Se había acercado hasta su lado y se quedó allí mirándola dormir, pues la cara que ponía siempre que soñaba, con la boca semiabierta y profunda tranquilidad en su rostro, se le antojaba como la más adorable imagen en la que sus ojos se habían posado nunca. Pero decidió que no quería asustarla, en el caso de que ella despertase y se lo encontrase a él allí, observándola en la oscuridad.

Fue hasta el sofá a por la manta que los dos solían echarse por encima cuando se quedaban algún domingo en casa a ver una película, y se la echó por encima de los hombros a la Bella Durmiente. Durante un par de segundos se planteó el limpiarle el breve hilillo de baba que se le escurría desde la comisura de los labios, pero decidió que no. Aquello le daba un aspecto todavía más adorable. Al menos a ojos de Ricardo.

Volviendo a caminar de puntillas se dirigió hacia su habitación. Al abrir la puerta, lo primero en lo que se fijaron sus ojos fue en la cuna que había al lado de la cama de matrimonio. Del interior provenía una suave y rítmica respiración.

Ricardo sonrió y en dos rápidos y silenciosos movimientos se quitó la chaqueta y la pajarita, arrojándolos sin ningún cuidado encima de la cama. Se desabrochó un par de botones de la camisa mientras se acercaba a la cuna, y una vez allí se quedó mirando un buen rato al bebé que allí descansaba.

Durante los dos últimos años las cosas entre Teresa y él se habían arreglado bastante. Parecía que por fin habían encontrado el equilibrio cada uno para alternar sus vidas profesionales con lo personal. De manera que por fin se habían animado a crear una familia entre los dos, aunque seguían sin haberse casado. Y ni Ricardo ni Teresa hubieran sabido decir por qué. A los dos les apetecía casarse, la verdad, pero después de veinte años juntos cada vez les parecía una idea más ridícula. No es que fuesen unos niños enamorados, precisamente. Su amor ya había superado bastantes baches y pruebas, y les daba la impresión de que no tenían que demostrar nada.

De hecho, Teresa había arrojado ya la toalla en lo referente a tener hijos, y siempre fue capaz de mantener su instinto maternal a buen recaudo. Pero mientras empezaban a arreglar las cosas ella y Ricardo, su sorpresa fue mayúscula cuando, después de haberse quedado embarazada por accidente, su hombre le dio la razón después de que ella dijera que creía que aquella vez sí debían tenerlo. Y es que Ricardo lo decía de verdad, y eso era algo que ella no se esperaba. Por no hablar que en lo que duró el embarazo él se deshizo en atenciones, cuidados y cariños por ella. Algo que Teresa se esperaba aún menos.

Ricardo observaba al pequeño Raúl, que dormía apaciblemente en la cuna. Y Kino podía sentir como propias las intensas emociones de amor y cariño que sentía su padre en aquel momento. Mas su expresión era seria, y aquello lo confundía.

Y más lo confundió el hecho de que, de repente y sin previo aviso, las lágrimas empezaron a brotar de los ojos de Ricardo. Él seguía impasiblemente serio, apoyado en la cuna observando a su primogénito, pero la tristeza lo desbordaba por los ojos. Goterones cada vez más gordos se iban sucediendo en la pendiente de sus mejillas, creando un surco húmedo a cada lado de su cara, y Kino empezó a sentir un profundo desasosiego en su interior. No sabía si era fruto de que percibía las emociones dentro de los recuerdos de su padre o si se debía a que no le gustaba nada verlo allí llorando tan amargamente.

—¡Hey! —dijo un susurro detrás de Ricardo.

Este se giró y vio a Teresa apoyada en la puerta sonriéndole, con la manta todavía sobre los hombros. Ricardo le sonrió mientras se limpiaba las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano.

—Hola —respondió también susurrando.

—Estuve viendo la ceremonia. No hubo suerte, ¿no?

—Bueno, ganó Alejandro, algo sí que hubo. Me alegro por él.

—Oye —dijo Teresa reparando por primera vez en los ojos llorosos de Ricardo, pues la oscuridad de la habitación se lo había impedido hasta el momento—. ¿Qué te pasa?

Ricardo se incorporó, lanzando una última mirada a Raúl antes de girarse hacia ella. Sin decir nada le rodeó la cintura con un brazo, y con la mano restante le acarició las dos mejillas antes de que terminara apoyada con suavidad en su nuca. Después de mirarla a los ojos durante unos segundos, apoyó sus labios en los de ella, y los dos se quedaron así durante un rato. Disfrutando del beso.

—Te he echado mucho de menos. No te lo imaginas —dijo Ricardo cuando por fin se separaron, luchando por contener las lágrimas, que parecían querer volver a salir.

—Pero si comimos juntos. Estás muy tonto tú hoy, ¿no? —respondió ella. Y aunque puede que sus palabras fuesen duras, sus ojos le miraban con ternura y le hablaba con un tono de voz muy suave.

—No, Teresa. Soy tonto, que es diferente. Vamos —dijo tomándola de una mano y tirando de ella hacia el salón—, no vayamos a despertarlo. ¿Te ha dado mucha guerra?

—¡Qué va! Es un angelote.

—Como la madre.

—¿Te ha pasado algo? —dijo ella acariciándole el brazo que le sujetaba de la mano—. Pareces triste.

—No estoy triste. —Ricardo le volvió a acariciar la mejilla mientras le sonreía—. Estoy agradecido. Muy agradecido.

Y de repente se dio la vuelta, soltando a Teresa y empezando a rebuscar en el estante en el que amontonaban todos los discos de ambos.

—¿Qué haces? No despiertes a Raúl.

—Tranquila —contestó Ricardo mientras pasaba sus dedos a toda velocidad por los vinilos, buscando—. Aquí está.

Y sin que a Teresa le diese tiempo de ver qué disco había cogido, Ricardo se dirigió hacia el equipo de sonido, que contaba también con tocadiscos, y lo introdujo con cuidado. Mientras el disco comenzaba a girar con la aguja posada en el borde del vinilo, él giró con cuidado la rueda del volumen hasta que quedó a un volumen lo suficientemente bajo como para no despertar a Raúl, pero lo suficientemente alto como para que se pudiese entender la letra. Y los primeros acordes de It’s been a long, long, time empezaron a sonar.

—He estado pensando. He estado pensando mucho —dijo Ricardo.

—¿En qué? —dijo ella con una sonrisa tierna mientras se acercaba para cogerlo de las manos al mismo tiempo que se contoneaba lentamente al ritmo de la música.

—Pues en todo. En mis películas. En Raúl. En ti. En nuestra vida. Son muchos años. Y me siento muy agradecido, Teresa. Sé que hemos tenido momentos malos, pero quiero que sepas que no cambiaría nada. Tú me has ayudado a ser la persona que soy. Y yo jamás podría haber aspirado a conseguir la mitad de lo que he conseguido si tú no estuvieras aquí. Te lo debo todo, porque tú eres mi todo.

—Pero bueno… ¿y esto a qué viene? —preguntó ella con la voz temblorosa, pues ahora era ella quien parecía no poder contener las lágrimas.

—A que te pido perdón.

—No tienes que pedirme perdón por nada.

—Sí, Teresa, sí que tengo que hacerlo —dijo Ricardo mientras Kitty Allen comenzaba a cantar—. Perdón por todo, y gracias también por todo. Te quiero. Más que a nada.

Después de compartir un suave beso, y de quedarse mirándose los dos a los ojos compartiendo sonrisas que rebosaban dulzura, juntaron lentamente sus cuerpos hasta quedar abrazados delicadamente el uno al otro. Y allí se quedaron bailando lentamente al ritmo de la música.

—¿Qué piensas?

Kino se sobresaltó al oír la pregunta de su padre. Se había quedado mirando la escena desarrollarse en silencio, descubriendo una profunda sensación de tranquilidad al ver a sus padres bailar lentamente en el salón de su casa. Kino se quedó pensando durante un rato en una contestación, y finalmente fue capaz de articularla.

—No sé qué pensar…

Ricardo se lo quedó mirando en silencio, suspiró, y únicamente dijo:

—Bien.

Y hasta que terminó la canción, los dos se quedaron en silencio observando a la pareja bailando lentamente, sujetándose con ternura el uno al otro. Después de eso, fue como si alguien apagase las luces de manera abrupta. Y lo próximo que vio Kino al abrir los ojos fue el interior de la Caverna.

VI

Kino estaba más que aburrido de ver imágenes de gente haciéndose fotos en el espejo del baño. Su búsqueda estaba siendo muy infructuosa y, presa del aburrimiento, estaba fumando más de lo que acostumbraba. Cosa que también provocaba que su mente estuviese algo embotada.

Toda la tarde del sábado y el domingo desde que se despertó se los pasó delante del ordenador, buscando por las redes sociales algo que pudiese saciar su curiosidad. No se esperaba que le fuesen a salir tantos resultados de búsqueda después de poner «Cristina Teijeiro» en cada una de las redes sociales que él conocía. La mayoría de esos perfiles ni siquiera coincidían con el nombre y apellido al mismo tiempo, pero él seguía buscando y escudriñando fotos.

No descartaba los perfiles que no viviesen en el distrito de Betanzos (que con la metropolización del litoral español fue como pasó a llamarse la zona donde antiguamente se encontraba el pueblo de Miño), pues era plenamente consciente de que la gente cambia de vivienda y de que también viaja.

Por otra parte, también hubiese deseado que no fuera la persona tal y como se la había descrito Jaime. Si Jaime la hubiese tenido agregada en sus contactos habría resultado fácil. Pero como no la tenía, Kino optó por buscar también los perfiles de los antiguos amigos de la infancia de su padre, y de ahí extender la búsqueda. Aunque hubo los mismos resultados: poquísimos perfiles que coincidieran, y los pocos que coincidían eran de gente mucho más joven de lo que debía tener la tal Cristina o los viejos conocidos de su padre.

En un principio se había pensado que no tardaría tanto en encontrar a aquella mujer, ya que Jaime le había dicho que había intentado acceder a la fama por medio de los programas de prensa rosa. Mas Kino no encontró nada, quizá por la poca relevancia que aquella fuente poco fiable había tenido, o quizá porque él no conocía ninguno de los programas de la época, y de los pocos programas de los que se conservaba contenido en las bases de datos online no había nada que hablase sobre Ricardo.

Lo cierto era que Kino no hubiese podido decir si seguía buscando porque de verdad tenía la esperanza de encontrar algo útil para resolver el misterio de la doble vida de su padre, o si lo hacía por distraerse del otro asunto que poblaba sus pensamientos las veinticuatro horas del día: Marcelino Sampere.

Le había gustado ver cómo su padre despreciaba a aquel ambicioso individuo, le había llenado de orgullo incluso. Pero lo descolocó el hecho de que le diese ideas sobre cómo influir en el mensaje de los medios de comunicación, y más aún que lo hiciera para quitárselo de encima, sin ganar él nada a cambio. ¿Significaba aquello que habrían llegado a trabajar juntos? Kino esperaba que no, aunque tampoco era que se le ocurriera una manera de comprobarlo más allá de preguntarle al propio Sampere. Y seguro que aquel capullo arrogante decía que sí o, más probablemente, que era Ricardo el que trabajaba para él.

Hacía casi un mes que había conocido al Jefazo en su casa, y no había vuelto a tener noticias de él. Era poco probable que Sampere arrojase la toalla para descubrir de qué iba aquel proyecto del que había estado detrás durante tanto tiempo. De manera que Kino intuyó que le debía de estar dando un amplio margen para pensar en su oferta, pues se podía permitir tener un poco más de paciencia si había estado esperando casi cuarenta años.

Parecía que Ricardo, el día que conoció a Sampere, había confirmado que este no sabía nada de sus intenciones, pero ¿habría podido cambiar esto con los años? Kino intentaba no pensar en eso ya que, al fin y al cabo, él tampoco tenía ni idea de cuáles habían sido las verdaderas intenciones de su padre. Eso habría facilitado mucho las cosas.

Ricardo había sido capaz de guardar un secreto que, aparentemente, había sido de máximo interés para mucha gente durante muchos años. Y no solo eso, sino que también se lo había guardado en secreto a su familia. Kino se preguntaba qué posibles ramificaciones podría tener el proyecto AF01, pero también se preguntaba cuánto de sus recuerdos habría sido su padre capaz de ocultarle.

Flotando ante él iban pasando los perfiles de multitud de gente que se llamaba «Mario». A esas alturas ya era el único nombre que le faltaba por rastrear. Y no lo hacía con demasiado entusiasmo, sino que llevaba a cabo tal actividad de una manera automatizada y repetitiva. Pero aun buscando, la imagen de Sampere estrechándole la mano a su padre no se le iba de la mente.

«—Señor Lázaro, estaba esperando tener una oportunidad para hablar con usted».

Y en aquel momento, recorriendo con la vista la página del buscador repleta de gente que se llamaba Mario, algo hizo clic en su mente.

«O como a él le gustaba que le llamasen, señor Silva».

Aquella frase no tenía sentido para él, pero le parecía que la recordaba de algo. Como de un sueño lejano. Sin embargo, desde aquel momento le invadió la certeza de que aquel era el apellido unido al nombre de la némesis infantil de Ricardo. Sí, estaba seguro de aquello. Aunque le era imposible el recordar por qué. El embotamiento de su mente desapareció al instante, y estaba igual de despierto como si en vez de haberse fumado tres porros se hubiese bebido tres cafés. No obstante, introdujo con mucha tranquilidad el nombre completo en el buscador: «Mario Iglesias».

Nuevamente volvieron a aparecer multitud de perfiles de gente mucho más joven. De manera que esa vez sí que decidió acotar algo más la búsqueda, al menos al principio, y la redujo solamente a personas que viviesen en el distrito de Betanzos. Pero algo en su cabeza le decía que acababa de recordar algo importante y se sintió confiado, por lo que también introdujo un nuevo parámetro de búsqueda: la edad. Limitó la búsqueda a personas que hubiesen nacido antes de la década de los sesenta, llamados Mario Iglesias y que viviesen en la zona de Ortegal, como se llamaba la antigua comarca. Pero esta vez no solo buscó en redes sociales, sino que amplió su búsqueda a toda la red. Y, curiosamente, en menos de diez minutos encontró, por fin, lo que llevaba tanto tiempo buscando.

La búsqueda le llevó a descubrir que, a mediados de la primera década del s. XXI, un tal Mario Iglesias se había unido a un recién creado partido político. Dicho partido se había erigido en su momento como alternativa al bipartidismo que se repartía el Gobierno del país, pero las excentricidades de su variopinto grupo de miembros no tardaron mucho en hacer mella en sus resultados electorales, y una década después de su fundación aquel partido que prometía ser un faro hacia el futuro quedó relegado a una simple broma como resultado del continuo ridículo que hacían sus representantes cada vez que les ponían un micrófono delante.

En las imágenes de archivo correspondientes a las elecciones municipales de 2007, fue donde Kino encontró por fin una cara que se le hacía muy familiar. No la veía desde que era un niño cabrón que disfrutaba tirándole piedras a las vacas, pero no había duda: era él. Mario Iglesias se había presentado a las elecciones de Betanzos en el 2007, y había sufrido una humillante derrota. Y no solo eso.

Parece que en las noticias de la época había muchos artículos de opinión que hablaban en tono de sátira y cachondeo de las inoportunas y continuas declaraciones públicas de la mujer del candidato. Unas declaraciones que siempre estaban fuera de lugar, y que usaba solamente para difundir rumores falsos e infundados de los adversarios de su marido.

Cuando por fin encontró un vídeo de aquella mujer, a Kino por poco se le sale el corazón por la boca. Allí, acusando de ser narcotraficantes a los otros candidatos a la alcaldía, despotricando a diestro y siniestro aparecía una mujer rubia y de ojos verdes. Una mujer que habría resultado guapa y distinguida de no ser por la expresión de perro de pelea que había en su rostro. Y Kino la reconoció al instante. Aquella no era otra que Cristina Teijeiro, la misma que según Jaime había intentado vivir de los paparazis y la misma con la que Ricardo parecía que había tenido una hija.

Pero aquel no fue el motivo del sobresalto de Kino. Al menos enteramente. Él estaba acostumbrado a verla en los recuerdos de Ricardo cuando aún no llegaba a la veintena, pero en aquellas imágenes había pasado ya de los cuarenta. Y por extraño que parezca, esto hizo que la reconociese por partida doble. Ya que aquella señora malhumorada, no solo le recordó al instante a la joven de los recuerdos de su padre, sino que también a otra señora de los recuerdos del propio Kino.

La última vez que había ido a Galicia a visitar a su madre, se la había cruzado por la calle antes de cruzarse con Santi. Una señora que iba vestida con sus mejores galas para ir a por el pan y con tanta laca en el pelo que parecía que llevaba un casco. Una anciana mujer que, a pesar de la edad, hubiese podido ser considerada como guapa de no ser por la expresión malhumorada que adornaba su rostro. La misma señora que le puso mala cara cuando Kino se la quedó mirando hasta que apartó la vista, incómodo.

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