Raphael Honigstein Klopp
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Raphael Honigstein Klopp

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Aquel mismo año, el Stuttgarter Kicker alevín acudió a Glatten a disputar un amistoso. Los chicos de la capital de Baden-Württemberg llegaron con sus tiendas de campaña y durmieron en los bosques cercanos, donde encendieron unas hogueras para asar cerdo. Aquel momento es muy recordado por un rafting que hicieron en el Gumpen, lugar en el que se juntan los ríos Glatt y Lauter. Muchos de los jugadores del Kicker se fueron al agua, entre ellos alguien que acabaría alzando la Copa de Europa. Robert Prosinečki, el que más tarde sería medio centro creativo del Estrella Roja de Belgrado y de la selección yugoslava/croata, jugaba con los suabos por aquel entonces, aunque acabaron considerando que no era lo suficientemente bueno. Regresaría a Zagreb dos años después, con diez años de edad.

Jürgen, como la mayoría de chicos de la región, era hincha del equipo rival —y de más éxito— de los Kickers: el VfB Stuttgart. Se presentó a una prueba para la cantera de ese equipo, con poco éxito, pero le regalaron un chándal rojo, el cual portó con orgullo hasta que Stefanie se lo destrozó en un incidente con la plancha. Puede que, en un intento de intentar arreglar aquella tragedia, su abuela, Anna, le tejió una estupenda sudadera blanca con un aro rojo y un número «4» a la espalda, el número de su jugador favorito, el internacional por la República Federal Alemana Karl-Heinz Förster. Lo lucía cuando asistía al Neckarstadion con sus amigos y su familia.

Klopp admiraba la calma que exhibía el duro central cuando se encontraba bajo presión, además de su gran dedicación. «Con el tiempo nos dimos cuenta de que teníamos los mismos ídolos deportivos», cuenta Martin Quast. «Förster, un hombre de gran visión estratégica, y Boris Becker, que era puro impulso y emociones. Kloppo me contó una vez que, si no le hubiera ido bien en el fútbol, habría sido uno de los ultras que pueblan las gradas y habría hecho que le implantaran un aro rojo en el pecho». Aun así, es posible que su amor por el VfB se fuera calmando un poco con los años. A Ulrich Rath le brotan las lágrimas al recordar el día en el que Klopp, entrenador del Mainz 05, se zafó de los entrometidos miembros de la seguridad y saltó sobre una valla publicitaria en el estadio del Stuttgart, en busca del grupo que formaban sus viejos amigos llegados de Glatten, que presenciaban el partido en la Untertürckheimer Kurve. «Le dije, ‘‘Jürgen, tengo un dilema, hay dos corazones latiendo en mi pecho. Uno lo hace por el VfB, el otro, por ti’’. Él respondió: ‘‘Ulrich, eso no puede ser. Un hombre solo tiene un corazón y el tuyo late por mí’’. Todos nos reímos en aquel momento, pero creo que él lo dijo muy en serio».

Norbert Klopp era el típico padre incapaz de mantener las formas en la banda cuando lleva al niño a jugar un partido. «Jürgen tiene el carácter de su padre y la serenidad de su madre», afirma Isolde Reich. Cuando más sentía lo inflexible y riguroso que era su padre era al practicar deportes individuales. Los enfrentamientos deportivos entre los dos Klopp resultaban dolorosamente desiguales, con un Norbert incapaz de ceder un solo punto. Jürgen acababa frustrado, furioso incluso, al verse barrido de la pista por un padre que, o era incapaz, o no tenía la más mínima intención de pronunciar una sola palabra de ánimo. Ninguno de los dos disfrutaba de estas primeras sesiones, pero Klopp padre las consideraba una parte necesaria de la educación deportiva de Jürgen. Más tarde formarían pareja de dobles en el club de tenis de Glatten. Su padre estaba tan obsesionado con la victoria que, en una ocasión, se negó a abandonar la pista a pesar de estar sufriendo una terrible insolación y violentos escalofríos. Tuvo que ser Klopp hijo el que pusiera fin a aquel partido y llevara a su padre a la cama.

Esquiando, Norbert se limitaba a deslizarse montaña abajo, confiando en que el chico fuera capaz de seguir su estela. Hay un proverbio en suabo que dice «Nix gschwätzt isch Lob gnuag», la mejor alabanza es no decir nada. Norbert Klopp era la personificación de ese refrán. «Era su manera de hacer que me esforzara», contaba Klopp en una entrevista con Der Tagesspiegel. «Cuando hacía atletismo y saltos siempre decía que no saltaba lo suficientemente alto, que todavía me faltaba por cubrir el tamaño de un folio. Nunca encontraba nada bueno que decir. Su táctica resultaba más que obvia, me di cuenta muy rápido». Klopp añadía que tuvo que aprender a «leer entre líneas» para descubrir alguna traza de orgullo parental: críticas sin cesar, aprobación encubierta. «Si marcaba cuatro goles él decía que había fallado otras siete ocasiones, o empezaba a hablarme de lo bien que había jugado alguno de mis compañeros. Aun así, yo sabía que, en el fondo, estaba orgulloso de mí».

Como al acabar las clases, por la tarde, le dejaban hacer lo que quería, Klopp seguía jugando al fútbol con Hartmut e Ingo, los hijos de Rath. El más mínimo trozo de hierba se convertía en un campo y, cuando se había puesto el sol, Klopp seguía jugando en el salón, tirándose sobre un sofá deteniendo tiros, o disparando a una portería diminuta que Norbert le había instalado. «La casa estaba siempre repleta de niños. Nuestra madre malcrió a Jürgen, hacía lo que fuera porque estuviese contento», cuenta su hermana, Isolde. Para que le cambiaran la pelota de cuero por una de gomaespuma fue necesario que rompiera un par de cristales de un armario. «Jugaba todo el día, hasta que se quedaba dormido debajo de la mesa en la que cenaban, rendido por el esfuerzo», ríe Ulrich Rath.

En el polideportivo municipal utilizaban unas colchonetas azules como porterías, a falta de unas de verdad. Durante los setenta, Rath estableció una «hora deportiva» semanal para los chicos. «Hacíamos educación física, pero los chicos siempre querían jugar al fútbol», cuenta. Jürgen Klopp, al que apodaban Klopple (pequeño Klopp), solía ser el encargado de pedirle permiso a Herr Rath para jugar. «Jürgen era un buen jugador de tenis, pero siempre se sintió futbolista, en el fondo. Era rápido, dinámico y explosivo. Tenía que chutar a puerta cada balón, por mucho que alguno de los disparos se marchara desviado o muy alto. Su especialidad era el remate de cabeza. Durante unos cuantos partidos lo puse como líbero, pero no funcionó. Lo suyo era el ataque».

«Fue de lo más idílico», le contó Klopp a SWR en el 2005. «En aquel pueblo, apenas éramos cinco o seis chicos [de mi edad], y formábamos el equipo de fútbol, el de tenis y el de esquí. Fue precioso, tuve una gran infancia».

Ir al colegio no le suponía esfuerzo. Al menos, en el sentido más literal del término. Apenas tenía que cruzar la acera desde su casa para entrar en la escuela de primaria de Glatten. En tercero y cuarto, los hermanos Rath y él tenían que ir en autobús al pueblo de Neuneck, al sur. Corría un mito local, por entonces, sobre un burdel ilegal situado en el cuarto trasero de un pub. Pero todo intento de encontrar ese secreto templo rural del pecado resultó infructuoso para los fisgones escolares.

«Jürgen no es que fuera un tío puntual al 100%, pero como compañero podías confiar en él al 1000 %», cuenta Hartmut Rath, padrino de Marc, el hijo de Klopp, que nació en 1988. Cuando no estaban dándole patadas a un balón los chicos se entretenían en construir maquetas y hacer puzles. Klopp tenía «una vena artística», añade. «Tenía un gran interés cultural y escuchaba muchos vinilos y casetes de artistas del cabaret». Su favorito era Fips Asmussen, un cómico de esos que te cuentan miles de chistes por minuto y con un humor que, al principio de su carrera, era mucho más político y satírico (además de mucho más divertido). «Jürgen era genial contando chistes, hacía que todo el mundo en clase se riera. Era extremadamente popular, el alma y el corazón de la clase», recuerda Hartmut Rath.

Jürgen Klopp dice que si logró aprobar su Abitur (examen final de bachillerato) fue gracias a Hardy. Puede que sea exagerar un poco, pero Hartmut admite que su amigo —a quien se le daban de maravilla la lengua y el deporte, pero iba más flojo en ciencias— se aprovechó de estar a su lado mientras hacían los exámenes. «Por entonces era mucho más fácil copiarse», ríe el más joven de los hermanos Rath. Ambos fueron al Pro Gymnasium (escuela gramatical) de Dorfstetten, compartiendo clase desde octavo en adelante. Klopp había ido a la misma clase que Ingo Rath durante los dos primeros cursos, pero, luego, los profesores le aconsejaron que diese «una vuelta de honor» —así es como se conoce entre los escolares alemanes a tener que repetir curso—. «Tampoco es que el colegio fuera lo que más le importaba», sonríe Hartmut Rath. «Estaba mucho más interesado en el fútbol y las chicas». Pero era un buen chico, respetaba a sus profesores y casi nunca se metía en problemas. Hardy calcula que apenas pasaban por el aula de castigo una o dos veces al año.

Pero había otros pecadillos que traían consigo su propio castigo. Con catorce años Klopp y sus amigos participaron en un torneo social de fútbol. Se suponía que para poder participar había que tener cumplidos los dieciséis años; pero como Norbert Klopp era uno de los organizadores, hicieron la vista gorda con ellos. No fue su mejor torneo, lo que no evitó que se llevaran a casa el premio de los vencedores —una botella de whisky—, porque el equipo ganador no se presentó a la entrega de trofeos. Jürgen y los Rath dieron buena cuenta, fuera del recinto, de ese botín tan poco merecido: llegaron a casa hechos unos zorros.

El apodo de Klopple cambió rápidamente por el de Der Lange, el largo, en cuanto se convirtió en el más alto de la clase y el equipo. Después del décimo curso, Hardy y Klopp asistieron al Eduard-Spranger Wirtschaftsgymnasium de Freudenstadt para preparar el Abitur. Jürgen tuvo un scooter a los quince años y un par de 2CV —Ente (pato), como lo llaman los alemanes—, de esos de color rojo Burdeos. Robert Mongiatti, uno de los mejores amigos de Norbert Klopp, le arreglaba el coche frente a la casa familiar. Jürgen heredaría más tarde un VW Golf amarillo chillón que había pertenecido a su hermana Stefanie.

Un compañero de clase solía invitar a los demás a estudiar en un cobertizo aislado que tenía en el jardín. Como es de esperar, no siempre se adherían al plan de estudios. Los adolescentes organizaban fiestas en el sótano de los Rath y en el garaje de Norbert Klopp, jugando a la botella. Si los padres de alguien se ausentaban de la casa, las parejas sacaban buen provecho de los dormitorios. Aunque los detalles no están del todo claros, es bastante probable que los morreos formaran parte de los repasos de lengua. La clase de Klopp fue a la ciudad de Port-sur-Saône durante un intercambio escolar, donde solo podían hablar en francés durante las dos semanas de estancia. Los chicos se lo pasaron tan bien en Borgoña que regresarían el siguiente verano para pasar las vacaciones en un camping.

«Jürgen era quien lideraba las actividades sociales», dice Hartmut Rath. «Era extrovertido, formaba parte del grupo de teatro del colegio. Le interesaban un montón de cosas de lo más variadas, la gente decía que era muy abierto de miras». A menudo, discutía de manera acalorada sobre política con su padre, quien tenía una mentalidad mucho más conservadora.

En 1998, tres semanas antes de jubilarse, Norbert Klopp enfermó. Cáncer de hígado. Los doctores le dieron una esperanza de vida de entre tres semanas y tres meses. Aquel diagnóstico fue todo un mazazo para la familia. Norbert siempre había llevado una vida sana, activa. No fumaba. «Ese cáncer no podrá conmigo», prometió. Estaba decidido a mantenerse optimista, encontrando de gran inspiración el libro de Lance Armstrong en el que cuenta su cáncer testicular. Sus hijos lo llevaron a varias clínicas. Le fue extirpado el hígado, se lo criogenizaron y se lo reimplantaron. Vivió casi dos años más, decidido a disfrutar cada día que le quedara. «Aquello cambió ese punto de vista tan tradicional que tenía sobre las relaciones entre hombres y mujeres, se mostró más comprensivo con mis actos de rebeldía y mi búsqueda de libertad», cuenta Isolde Reich. Poco antes de su muerte, en el año 2000, un debilitado Norbert llevó a su cuerpo al límite para jugar, una vez más, un partido de tenis con su club. Fue su legado. Su victoria. Para los Klopp fue un gran consuelo ver que Norbert cumplía su último deseo.

Lo llevaron a casa, a Glatten, para que pudiera pasar allí sus dos últimas semanas de vida. Sus dos hijas se mantuvieron a su lado día y noche, turnándose para estrecharle la mano. Isolde cuenta que Jürgen lo pasó muy mal, porque sus compromisos con el Mainz no le permitían pasar tanto tiempo con su padre como le hubiera gustado. Una noche regresó a casa después de un partido y la pasó entera en la habitación de Norbert, regresando al amanecer al entrenamiento con el 05 sin apenas haber dormido.

«Mi primer tesoro en esta vida ha sido poder hacer lo mismo que mi padre habría querido hacer», diría más tarde Jürgen Klopp. «Tengo la vida con la que él soñaba. Creo que [si hubiera hecho] cualquier otra cosa, habríamos tenido un montón de roces. No creo que mi padre hubiera aceptado que me hubiera hecho florista, por poner un ejemplo. Jamás habría dicho: ‘‘Perfecto, yo seré quien te compre el primer ramo’’. No, habría pensado que estaba majara».

Tras la muerte de Norbert, Jürgen necesitaba respuestas; pero, al final, llegó a la conclusión de que «seguramente, ahí arriba, alguien tendría su plan». Su lado religioso mitiga la pena que siente porque su padre no viviera para ver los éxitos que ha cosechado como entrenador. «Estoy del todo seguro o, al menos, es lo que creo, de que él me está viendo cuando mira hacia aquí abajo.

Puede que lo que los chavales suelen entender como devoción paternal no sea, precisamente, que te estén martilleando todo el rato para que hagas las cosas siempre mejor: en el campo, en la pista, bajando laderas. Pero, cuarenta años después, Jürgen Klopp sabe perfectamente que todos esos fines de semana intentando que su hijo lo hiciera cada vez mejor, en una escala de exigencia infinita, era la «manera de mostrar cariño» que tenía Norbert. Porque el amor de un padre no se mide en palabras, ni en besos, sino en tiempo.

WOLFGANG FRANK: EL MAESTRO

«Nuestro padre tenía una autodisciplina brutal, incluso se podría llegar a decir que obsesiva», dice Benjamin Frank, de treinta y seis años, sentado junto a su hermano mayor, Sebastian, de treinta y nueve, mientras almuerzan un plato de pasta acompañado de recuerdos agridulces, en un hotel de Mainz.

Los Frank trabajan como agentes y ojeadores para el Liverpool FC de Klopp. También fueron consultores en el Leicester City, el sorprendente campeón de la Premier League en la temporada 2015-16. Se criaron en Glarus, una tranquilísima población de 12 000 habitantes en los valles de Suiza, en donde Wolfgang, su padre, era considerado un héroe. El que fuera delantero de la Bundesliga (215 partidos y 89 goles, jugando en VfB Stuttgart, Eintracht Braunschweig, Borussia Dortmund y 1. FC Núremberg) había llevado a la cenicienta local, el FC Glarus, por primera vez en su historia hasta la Nationalliga B, la segunda división suiza, mientras él mismo ejercía como entrenador-jugador.

Los hermanos recuerdan que Frank sénior no veía diferencia alguna entre el papel de entrenador y el de padre. Ambos roles se reducían a lo mismo: el deber de educar. «Era todo un friki, en el sentido positivo del término», dice Sebastian; un hombre de una ambición inmensa para el que el fútbol no era solo cuestión de partidos y tácticas, sino que era un todo. Una escuela para la vida.

Durante su última temporada como profesional, Wolfgang Frank se había licenciado como profesor, especializándose en educación física y religión. Estas materias le habían imbuido la creencia de que «no existen las coincidencias; todo —lesiones, derrotas— ocurre por un motivo», cuenta Benjamin Frank. Estaba empeñado en lograr que todo aquel que le prestara su atención asumiera este pilar central de la fe.

Los jóvenes hermanos tenían que completar continuas sesiones de carrera de fondo alrededor de la ciudad, rodeados de hielo y nieve. Unos pocos años después, en Grecia, en una de las pocas vacaciones familiares que la cargadísima agenda de Wolfgang les permitió, los adolescentes se tenían que levantar a las 5:00 de la mañana, cada día, para correr por la playa, antes de desayunar y tomar unas vitaminas en forma de pastillas. A esto le seguía una segunda sesión de entrenamiento antes del almuerzo: pesas, esta vez.

A veces, el fax de la casa de Glarus comenzaba a emitir sonidos a avanzadas horas de la noche, o demasiado temprano por la mañana. A cientos de kilómetros de distancia, desde alguno de los quince clubes que entrenó a lo largo de su carrera, Frank les enviaba frases motivacionales y consejos; o complicados programas de entrenamiento, junto a sus mejores deseos y saludos. «Cada vez que teníamos algún problema en el deporte o en el colegio nos llegaba un largo fax, para animarnos y demostrarnos que había estado dándole vueltas al asunto, desde la distancia, a su manera», cuenta Benjamin.

Como jugador, Wolfgang quedó fascinado con el estilo de juego del AC Milan de Arrigo Sacchi, el equipo que dominó el fútbol europeo a finales de los 80 y comienzos de los noventa gracias a su revolucionaria táctica colectiva: una sincronía en los movimientos que asfixiaba al rival, dejándolo sin espacio y sin tiempo. Se tiraba hasta altas horas de la noche estudiando en vídeo las maniobras unificadas de los jugadores, y reflexionando sobre la importancia del descanso, la nutrición y el entrenamiento mental en un momento en el que este tipo de cosas se consideraban casi como esotéricas en Alemania. Por el contrario, la ausencia de financiación y la reducida disponibilidad de jugadores que había en Suiza facilitaban un enfoque mucho más abierto. La defensa en zona, un sistema que levantaba el foco defensivo de los delanteros rivales, para centrarlo en defender el espacio cercano al área y en atacar el balón, ya había sido adoptada en 1986, en la versión del seleccionador nacional suizo Daniel Jeandupeux. Sus internacionales llevaron el mensaje de este sistema a sus clubes, donde algunos siguieron trabajando en él por voluntad propia, como recuerda el antiguo defensor Andy Egli. Egli creía que Jeandupeux vio por primera vez ese estilo de juego cuando jugaba y entrenaba en Francia.

Frank comprendió que la innovación táctica era la mejor arma que podía enarbolar un equipo pequeño contra otros equipos más grandes y mejores; que un buen planteamiento podía significar todo un paso de gigante para mejorar las propias actuaciones.

Su milagroso éxito en el FC Glarus lo llevó al FC Aarau, un equipo de provincia en la primera división que ya había gozado de triunfos inesperados bajo la batuta del entrenador alemán Ottmar Hitzfeld. Hitzfeld, quien llegaría a alzar la Champions League con el Borussia Dortmund y el Bayern de Múnich, había logrado unas actuaciones tan espectaculares con este club tan poco glamuroso que el equipo acabó recibiendo el apelativo de «FC Wunder» (FC Milagro) por parte de la prensa, en 1985. Quedaron segundos en la liga y alzaron la Copa de Suiza.

Frank también llevaría a su Aarau hasta la final de la Copa de Suiza durante su primera media temporada como entrenador (1989-90); pero el milagro no llegó a concretarse. Los argovianos cayeron derrotados por 2-1 contra el Grasshopper Club Zúrich de Hitzfeld, en Berna; Frank dejó el puesto un año después. Posteriormente, no lograría dejar huella en el FC Wettingen (1991-92), eternos condenados a la lucha por eludir el descenso, ni en el FC Winterthur (1992-93), en la segunda división. (Curiosamente, el jugador más importante del Winterthur era un veterano delantero alemán llamado Joachim Löw). En una ocasión, el actual seleccionador alemán, de treinta y pocos años por entonces, se puso en pie en el vestuario para defender al equipo frente a las críticas de Frank. Löw también hizo sus pinitos en el mundo de la moda: llevaba el maletero del coche lleno de corbatas estampadas que vendía a sus compañeros del Winterthur.

Por fin, Frank tuvo la oportunidad —más o menos— de reivindicarse en su país natal, en el verano de 1994. El Rot-Weiss Essen, un popular equipo de la segunda división alemana con sede en el Ruhr, el corazón industrial y futbolístico del país, necesitaba un nuevo entrenador después de que el VfB Stuttgart les robase a Jürgen Röber durante el parón invernal. Sin embargo, antes incluso de tomar el cargo en el Georg-Melches-Stadion, Frank y su equipo estaban condenados al descenso. Debido a ciertas irregularidades financieras, la Federación Alemana le había revocado la licencia profesional al club. Por si no fuera poco, el primer día Frank se vio obligado a enfrentarse a un motín en el vestuario: el capitán, Ingo Pickenäcker, junto con el segundo capitán, Frank Kurth, dimitieron en protesta porque no les fuera consultado el nombre del sucesor de Röber, tal y como les había prometido la directiva.

En el RWE tenían la esperanza de que la Federación Alemana mostrara algo de misericordia tras enviar su recurso. Reinhard Rauball, el astuto abogado del club y, en la actualidad, presidente del Borussia Dortmund, consiguió encontrar muchos errores de procedimiento cometidos por la autoridad futbolista. De manera brillante, los hombres de Frank lograron la victoria en la semifinal de la Copa de Alemania frente al Tennis Borussia (2-0), en marzo, alcanzando la final de la Copa en Berlín, aunque un tribunal de arbitraje ratificaría el descenso a tercera división apenas unos días después. Les fueron arrebatados todos sus goles y puntos.

En mayo, 35 000 hinchas del Essen viajaron a la capital alemana en busca de venganza. Portaban multitud de pancartas condenando la injusticia que había cometido la FA con su decisión. «Si Dios es justo, lograremos la victoria», dijo Frank. Sin embargo, sobre el césped del estadio olímpico, el Werder Bremen de Otto Rehhagel, claro favorito, se mostró indiferente a cualquier atisbo de ayuda divina. El equipo norteño, que había logrado dos años atrás la Supercopa de Europa frente al AS Mónaco de Arsène Wenger, demostró ser muy superior en Berlín. El resultado final: 3-1.

Décadas más tarde se supo que una desagradable intriga política tuvo su parte de culpa en la derrota. Frank Kontny, del RWE, duda, todavía, si revelar una historia que define como «el peor momento de mi carrera como futbolista». Kontny, de 52 años, era el capitán del equipo en aquel momento y estaba listo para disputar la final como defensa. «Pero, la misma mañana del partido Frank me dijo que estaba fuera del equipo, y que si quería volver a jugar tendría que buscarme un nuevo club», cuenta. «Aquel día mi mundo se hizo añicos. Me habían arrebatado el mayor partido de mi vida».

Como la gran mayoría de jugadores del RWE, Kontny había aceptado un trabajo a tiempo parcial, fuera del fútbol, para poder mantener a su familia durante el tiempo que el club no tuvo solvencia. Uno de los directivos, Wolfgang Thulius, le había conseguido un trabajo como comercial inmobiliario. Después de que el club alcanzara la final de la Copa en marzo, la directiva había cambiado de rostros. Parece ser que presionaron a Frank para que cortara todo tipo de relaciones con el antiguo régimen. Kontny: «Yo estaba entre los perdedores y, por desgracia, Frank tomó una decisión que no tenía nada que ver con el fútbol». En el puesto de Kontny, el entrenador puso a Pickenäcker, quien había sufrido en las últimas semanas una seria lesión en la ingle y no estaba recuperado del todo. Pickenärcker cometió errores en los dos primeros goles del Werder, siendo sustituido a siete minutos del descanso. El Essen se rehízo durante el descanso, acortó distancias gracias a un gol de Daoud Bangoura, pero Wynton Rufer aseguró la victoria del Werder Bremen gracias a un penalti postrero. «Estoy convencido de que conmigo en el campo el partido hubiera sido muy diferente», dice Kontny con tristeza. «Estaba muy disgustado con Frank, lo maldije. Era un buen entrenador —siempre decía que debíamos seguir aprendiendo y expandir nuestros horizontes, las sesiones de entrenamiento duraban dos horas— pero creo que, hoy, él mismo reconocería su error».

Tres semanas después de la final, el Rot-Weiss viajó a Mainz para disputar el penúltimo partido de la temporada. El bronco partido en el Bruchwegstadion (3000 asistentes), en el que se señalaron tres tarjetas rojas —dos de ellas para el visitante— acabaría con un tanto en el minuto noventa, obra de Zeljko Buvac, que dejaba el marcador en 1-1 y confirmaba, matemáticamente, la permanencia en la categoría para los locales.

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