
Полная версия:
Raphael Honigstein Klopp
- + Увеличить шрифт
- - Уменьшить шрифт
Casi exactamente un año después de que Klopp le hubiera dicho que no al United, resultó que su vínculo con el Dortmund no era tan irrompible como parecía. Anunció su intención de dimitir al final de la temporada 2014-2015, asegurándose de dejar claro que no tenía intención alguna de tomarse un año sabático.
En una villa estilo Art Nouveau en el frondoso distrito de Schwachhausen, en Bremen, el teléfono comenzó a sonar unas pocas semanas después del comienzo de la nueva temporada de la Premier League. Mientras los días de Brendan Rodgers en Anfield tocaban a un lento y agónico final, una serie de personas entró en contacto con Marc Kosicke, el agente de Klopp, prometiéndole presentarlo en Liverpool. Uno de ellos, un agente futbolístico alemán, decía que conocía muy bien a Kenny Dalglish. Kosicke prefirió esperar. Por fin, alguien que afirmaba ser Ian Ayre, director ejecutivo del Liverpool FC, telefoneó. ¿Sería posible que discutieran la posibilidad de que Klopp arribara a Anfield? Lo era, contestó Kosicke, pero únicamente a través de una conversación por Skype. Mientras Ayre colgaba, antes de volver a llamar vía la aplicación, Kosicke realizó una rápida búsqueda de fotografías de la directiva del Liverpool. Para asegurarse. Hay demasiado bromista y gente a la que le gusta hacer perder el tiempo a los demás.
«¿Dónde puedes ir después de haber entrenado al Dortmund?». Se pregunta Martin Quast, amigo de Klopp desde principios de los noventa. «En Alemania, a Kloppo solo le queda dirigir al equipo nacional; todo lo demás, incluido el Bayern, sería un paso atrás. Kloppo disfruta con las emociones, con la empatía, con volver todo patas arriba, formar parte de algo grande de verdad. Y eso es algo que el Bayern no te puede ofrecer, si lo comparas con el Dortmund. Solo podía imaginármelo tomando las riendas de un club en el extranjero, un club como el Liverpool».
Christian Heidel revela el único escrúpulo que tenía Klopp: su inglés. «Hablamos largo y tendido sobre ello. Me preguntó: ‘‘¿Crees que debería hacerlo?’’. Y yo le contesté: ‘‘Tú sabes perfectamente que tu mejor arma es la palabra. Debes decidir si te ves capaz de expresar en inglés las cosas importantes. Si dejas que sean otros los que hablen en tu lugar, no funcionará. solo serías Klopp al 70%. Tienes que estar completamente seguro’’. Y él contestó: ‘‘Me las arreglaré. Estudiaré y podré hacerlo’’. Y, dado lo inteligente que es, lo logró muy rápido. Creo que, desde ese momento [cuando el LFC entró en escena], ningún otro club habría tenido oportunidad alguna de hacerse con él. Siempre había sentido atracción por ese club, la dimensión emocional de ese puesto le resultaba excitante. No creo que jamás hubiera ido al Manchester City o un club por el estilo; y eso que apostaron muy fuerte por él».
La primera vez que se pronunció el nombre de Klopp en Anfield fue durante la primavera del 2012, cuando se comenzaron a discutir posibles sucesores para Kenny Dalglish. Un intermediario entró en contacto con el entrenador del Dortmund, pero le dejaron muy claro que Klopp no tenía intención alguna de irse. Estaba a punto de conseguir un doblete histórico.
En septiembre de 2015 las cosas fueron mucho más serias, y rápidas. El paupérrimo arranque de temporada de Brendan Rodgers provocó que los dueños del Liverpool, el Fenway Sports Group (FSG), grupo con sede en Boston, sondeara el mercado en busca del siguiente entrenador. «Queríamos a alguien con experiencia y éxitos al más alto nivel», explica el presidente de FSG, Mike Gordon, de cincuenta y dos años. «Jürgen contaba con éxitos a nivel local, en la Bundesliga, como es obvio. Estaba claro que había logrado el éxito en Alemania, además de dejar un par de buenas actuaciones en la Champions League. Creo que, para todo el mundo, sus credenciales dejaban claro que era uno de los mejores candidatos, si no el mejor. Además, nos gustaba el estilo de juego que desplegaba. Tanto su energía como el énfasis que ponía en el ataque: un fútbol que era electricidad pura, alta tensión, atractivo. Así que, desde el punto de vista futbolístico, fue una decisión relativamente sencilla y obvia.
A pesar de que, en palabras de Gordon, Klopp exhibiera «unos cimientos más que obvios sobre los que apostar», el hombre fuerte de FSG en Liverpool llevó a cabo las debidas diligencias sobre el alemán para cerciorarse de que la emoción que suscitaba tenía una base real. «Intenté dejar a un lado su popularidad en el mundo del fútbol y su carisma para analizarlo de manera objetiva», cuenta el que fuera gestor de fondos de inversión, alguien que comenzó vendiendo palomitas de maíz en los partidos de béisbol cuando era un crío. «Realicé junto a otra gente del club un estudio exhaustivo, decidiendo cómo evaluarlo basándonos en aspectos meramente analíticos y futbolísticos. Es un proceso muy parecido al que se realiza en el mundo de las inversiones cuando se quiere afrontar una gran operación. Y me alegra decir que —aunque ahora hayamos llegado a un punto en el que esto resulta más que evidente—, pese a que su reputación en el mundo del fútbol era enorme y estaba por las nubes, lo cierto es que los hechos eran, todavía, mucho más convincentes y persuasivos».
La investigación realizada por Gordon señaló que, en Mainz y Dortmund, Klopp había tenido «un efecto decididamente positivo, en sentido cuantificable, con relación a lo que se presuponía». En otras palabras, que el suabo había logrado mucho más de lo que se esperaba de él. Para el Liverpool, cuya estrategia se basa en un uso más racional de sus recursos, a diferencia de lo que estilan sus rivales económicamente más poderosos de la Premier League, el atractivo resultaba más que obvio. «Desde un punto de vista futbolístico, era algo muy evidente», dice Gordon. «Aunque, como es natural, tampoco sabía si la filosofía y la personalidad, tanto del club como de Jürgen encajarían. El acoplamiento tenía que ser mutuo. También teníamos que saber si Jürgen querría liderar el programa y proyecto futbolístico del Liverpool. Estos eran unos puntos muy importantes que había que dejar claros».
El 1 de octubre se celebró una reunión en Nueva York. Por desgracia, el secretismo al que aspiraban Klopp y Kosicke fracasó desde un primer momento. En la sala que tiene Lufthansa en el aeropuerto de Múnich, uno de los trabajadores le preguntó a Klopp —cuya gorra de béisbol no dejaba demasiado lugar al incógnito— el motivo por el que viajaba al JFK. Su respuesta fue: «Vamos a un partido de baloncesto». Una explicación de lo más plausible, si no fuera porque todavía quedaban cuatro semanas para el comienzo de la temporada de la NBA.
Una hora después de llegar a Manhattan, los alemanes volvieron a ser descubiertos. Cosas de la vida, el recepcionista del Hotel Plaza en la Quinta Avenida era de la misma ciudad en la que el entrenador desarrollara su carrera futbolística. «¡Será posible, pero si es Kloppo!» exclamó en todo su acento maguntino. Pero, fuera como fuere, no se filtró la noticia de aquel viaje secreto.
El accionista mayoritario de FSG, John W. Henry, el presidente del LFC, Tom Werner, y Gordon se reunieron con Klopp y su agente en las oficinas de Shearman & Sterling, un bufete de abogados en la Avenida Lexington, a unas pocas manzanas dirección este. «Lo primero que pensé es que era un hombre muy alto. Y yo no lo soy para nada», ríe Gordon. «Ya era bastante tarde, pero mantuvimos una conversación de lo más larga y sustancial; después, la aplazamos hasta el día siguiente, en el hotel, donde nos reunimos para más conversaciones largas y sustanciales. Quiero enfatizar un aspecto: estas conversaciones fueron siempre bidireccionales. Todo giraba en torno a si Jürgen era el indicado para el Liverpool FC y si el Liverpool FC, nosotros, como propietarios, éramos los indicados para Jürgen». Como se sospechaba, el carisma de Klopp iba en consonancia a su constitución («se vale de sus habilidades personales y su manera de relacionarse con la gente, para hacer llegar su mensaje»), pero lo que más impresionó a Gordon fue «la enorme sustancialidad» que percibió detrás de esa sonrisa tan ancha y ese enorme cuerpo. «No fue algo del tipo ‘‘chico, este tipo es verdaderamente encantador, va a ser un todo un pelotazo en las ruedas de prensa y como imagen del club’’. Lo que quedó muy claro, casi en seguida, fue el enorme talento que tiene: no solo en el plano personal, sino en cuanto a su inteligencia, su manera analítica de pensar, su lógica, su transparencia y sinceridad, y su habilidad para comunicarse de una manera efectiva, incluso aunque el inglés no sea su lengua materna. Es algo por lo que creo que no suele hacérsele justicia, porque la gente tiende a quedar encandilada por su fachada.
Klopp les contó a los ejecutivos del FSG que el fútbol «es más que un sistema», «también es la lluvia, patadas que caen desde todos lados, el ruido del estadio». Y, lo que era más importante, dijo que el estilo de juego tenía que «enchufar» al público de Anfield para que este espolease al equipo, y viceversa, en una euforia que creciese más y más, de manera cíclica.
Gordon: «La verdad, siendo del todo sincero, es que resultaba complicado encontrar alguna carencia. A lo que me refiero es: estaba del todo claro que Jürgen, como director deportivo, estaba al mismo nivel que un director empresarial o de la persona a la que elegirías para dirigir tu negocio. Y esto lo dice alguien que se ha tirado veintisiete años de su vida como inversor, relacionándose con algunos de los mejores CEOs y directores de negocio de América y Europa. En ese punto, resultaba más que obvio que estábamos ante la persona adecuada. Así que decidimos hablar de números y en ese momento Jürgen pidió abandonar la reunión».
Mientras Kosicke se quedaba para negociar sus emolumentos, Klopp paseaba por Central Park. La caminata fue más larga de lo que esperaba. Al principio, ambas partes estaban bastante alejadas en cuanto a cifras, pero, por fin, encontraron un esbozo sobre el que alcanzar un acuerdo.
Cuando Klopp regresó a Alemania, Gordon le envió un mensaje de texto. «No hay palabras para describir lo emocionados que estamos», decía. En su respuesta, Klopp se disculpó por no tener, tampoco, el vocabulario adecuado. Pero sí que conocía una palabra que resumía a la perfección sus sentimientos: «¡¡¡¡¡Guaaaaaaaaaaaaauuuu!!!!!».
EN EL JUEGO DEL PADRE
Norbert Klopp abandonó el colegio en el verano de 1940. Su padre, Karl, empleado en las granjas y viñedos alrededor de la ciudad de Kirn, en la región de Renania-Palatinado, necesitaba que el niño —único chico en una familia con cuatro menores— comenzara a trabajar.
Atender los fértiles campos del sudoeste mantuvo con vida a los Klopp durante los años más oscuros de la historia de Alemania. Cuando el sol volvió a brillar, por fin, a partir de 1945, incluso el equipo de fútbol más famoso de la región, el 1. FC Kaiserslautern, dependía también de los productos locales para poder comer. Los diablos rojos, en cuyas filas estaba la superestrella Fritz Walter, prisionero de guerra recientemente liberado, disputaban docenas de amistosos contra vecinos de los pueblos a cambio de patatas y cebollas.
Norbert Klopp quería ser futbolista. ¿Quién no querría serlo? Durante la adolescencia había alcanzado una estatura de 1,91 metros, convirtiéndose en un sólido y ágil portero. Jugaba para el equipo local, el VfR Kirn, uno de los mejores de la región, y su incipiente talento era suficiente para que lo invitasen a hacer una prueba con el Kaiserslautern en 1952. «Me quedé de piedra», le contaría después el adolescente de dieciocho años a Ulrich Rath, amigo de la familia, «estaba en el mismo campo que todos esos jugadores legendarios…». El Lautern era la realeza. Habían logrado el campeonato alemán la temporada anterior y lo volverían a ganar en 1953. Cuatro de sus jugadores —Fritz Walter, Ottmar Walter, Werner Liebrich y Werner Kohlmeyer— alzarían la Copa del Mundo en Berna, en 1954.
Por mucho talento que tuviera, Klopp no estaba a ese nivel. De regreso en el VfR Kirn, que había ascendido hasta la primera división (dividida en regiones) enfrentándose a equipos como el Lautern y el Mainz 05, no pudo sacar de debajo de los palos a Alfred Hettfleisch, el portero titular. Como portero reserva Klopp era un Vertragsamateur (amateur con contrato). Este era un estatus contractual de reciente implantación, con el cual el profesionalismo llegaba a la Alemania Occidental a todos los efectos menos en el nominal. Pero ese escaso sueldo mensual, entre 40 y 75 marcos alemanes, hacía que los jugadores dependiesen en gran manera de las primas por puntos conseguidos (entre 10 y 40 marcos). Klopp tenía pocas oportunidades de llevarse una parte de esas primas pues, por aquel entonces, no estaba permitido hacer cambios, por lo que nunca pudo debutar con el primer equipo. Continuó en el equipo de reservas jugando contra otros amateurs, por pura diversión.
Karl Klopp insistía en que el chico debía «buscar un trabajo de verdad». Norbert entró como aprendiz en Müller y Meirer, una fábrica de pequeños objetos de cuero. Cerca de la mitad de la población de Kirn, unos 5000 habitantes, trabajaba en la industria del cuero y los curtidos a comienzos de la década de los 50, al tiempo que el milagro económico alemán hacía crecer rápidamente los estándares de vida. «Un artesano del cuero ganaba entre 250 y 300 marcos al mes; por entonces era un buen trabajo», cuenta Horst Dietz, de ochenta años, que trabajaba en el mismo departamento que Norbert Klopp, sentado en la fila detrás de la de este. Cada fila estaba compuesta por tres personas: un aprendiz, un «encolador» (normalmente una mujer joven), y un artesano; y cada nave contaba con unas veinte filas supervisadas por un controlador, situado frente a ellos. Era un trabajo a destajo: cada fila producía unas 100 carteras u objetos similares cada día, trabajando desde las 7:00 hasta las 17:00, con una hora de parón para comer.
El loft de la casa de Dietz en Kirn parece un pub deportivo. Camisetas enmarcadas y trofeos de sus días como jugador del VfR Kirn se alinean en las paredes; hay una foto suya con Franz Beckenbauer, una enorme pantalla para ver partidos en directo y una genuina barra de bar. De joven vivía en el campo, mientras que los Klopp vivían en el centro de la ciudad. Durante la semana laboral, Norbert solía llevarlo a su casa a comer. «Era como mi hermano mayor. Los Klopp eran muy conocidos, aunque su vida era de lo más normal», dice Dietz. «Entre sus principios estaba el trabajo duro». Si al final del turno quedaba algún artículo sin terminar se suponía que lo terminarías en tu casa. «Intentábamos que fueran nuestras abuelas quienes lo hicieran, porque con catorce, quince años, teníamos más ganas de ir tras las chicas y de salir por las tardes», sonríe. A diferencia de Klopp, que era tres años mayor que él, Dietz sí que consiguió entrar en el equipo titular del Kirn, como delantero, jugando durante varios años en la segunda división hasta que lo dejó por un empleo en la Coca-Cola. «Norbert era muy ambicioso, siempre quería llegar a lo más alto», recuerda Dietz. «Era muy osado, y no solo en el deporte. Era un tipo carismático que, allá donde fuera, conseguía ser siempre el centro de atención. Estaba lleno de energía y resultaba muy atractivo. Se podría decir que era un Don Juan. A menudo nos tirábamos el día entero hablando de fútbol».
En 1959, Norbert Klopp se mudó a la Selva Negra, a la ciudad de Dornhan, para trabajar en la cercana fábrica de cuero de Sola. Se unió al TSF Dornhan como jugador-entrenador, ocupando una gran cantidad de posiciones. Rath cuenta que sus disparos desde fuera del área levantaban pavor. Este elegante septuagenario —pelo gris engominado, ojos de mirada lúcida— había sido también toda una promesa futbolística, jugando en el equipo regional de Württemberg hasta que una triple fractura de pierna puso fin a su carrera deportiva. Ahora es el presidente de honor del SV Glatten.
Durante una boda en Dornharn —«por aquel entonces eran celebraciones públicas, no se necesitaba invitación para acudir», cuenta Dietz— Norbert conoció a Elisabeth «Lisbeth» Reich. La hija de la dueña de una cervecera era un buen braguetazo, añade Dietz. Tras su boda, en el otoño de 1960, Norbert Klopp comenzó a echar una mano en la empresa familiar Schwanen-Bräu, dirigida por su suegra, Helene Reich. El padre de Elisabeth había regresado de la guerra con un trozo de metralla alojado en la cabeza y murió poco después. El trabajo de Klopp en Schwanen-Bräu incluía ser el Festzeltmeister, la persona a cargo de montar las carpas cerveceras en las fiestas. El hermano de Elisabeth, Eugen, se puso al frente de la compañía hasta su cierre, en 1992.
Recién cumplidos los treinta, Klopp se reconvirtió a comercial, recibiendo clases nocturnas en la cercana Freudenstadt. Su nuevo empleo, como representante de Fischer, fabricante de sistemas de fijación, le hacía viajar por todo el sur de Alemania durante la semana. Alto, tranquilo y atractivo, Klopp «había nacido para vendedor», dice Rath. «Era simpático, sociable. Todo un animador que podía contar historias de todo tipo. Era capaz de hablar en suabo a la persona que tenía a su derecha y en perfecto alemán a la que tenía a la izquierda». Según decía la madre de Jürgen, Elisabeth, su marido era todo un orador: «No le costaba nada». «Era todo un maestro de la retórica», describe Isolde a su padre.
El padre de Martin Quast, quien también es de Kirn, conocía muy bien a Norbert Klopp. Jugaron juntos al balonmano a 11. «Me contaba que Norbert siempre estaba en el centro de todo. ‘‘Allá donde iba Norbert, siempre había risas’’. Cualquiera en Kirn que tuviera un mínimo interés deportivo lo conocía y se llevaba bien con él. Eso nos suena, ¿verdad?».
Norbert Klopp estaba obsesionado con su aspecto. «Se tiraba más tiempo en el cuarto de baño por las mañanas que nosotras tres», sonríe Isolde. «Siempre parecía ir de domingo. Los pantalones de chándal eran apropiados para hacer deporte, pero en el interior de casa resultaban inaceptables. ¡Y bajo ninguna circunstancia se podían llevar fuera de ella!». Recuerda que un día Norbert llevaba a uno de sus yernos y a un amigo a ver un partido de Jürgen con el Mainz 05. Lucía una camisa blanca, corbata y un jersey amarillo de cuello en V, «un poco al estilo de [el por entonces secretario de asuntos exteriores Hans-Dietrich] Genscher». Se detuvieron en una gasolinera, momento que Norbert aprovechó para pasar revista a la absolutamente inapropiada indumentaria de sus acompañantes: «el atuendo perfecto para ver un partido de fútbol en Mainz». Incluso en carnaval insistía en ciertos códigos de vestimenta: toda la familia se disfrazaría de payasos, con Jürgen, todavía echando los dientes, montado en un carrito. El señor Klopp se planchaba sus propias camisas y les cortaba el pelo a los niños. Las cejas de su hijo formaban una barrera natural que ni un milímetro de pelo podía traspasar. No afeitarse cuando correspondía estaba, igualmente, verboten (prohibido). «Norbert, que vestía de manera inmaculada en todo momento, solía discutir a veces con Jürgen por la ropa desenfadada y el estilo deportivo de este último», dice Rath. Una de las primeras cosas que su hermano hizo en cuanto se fue de casa fue «tirar a la basura la maquinilla de afeitar y el peine», añade Isolde.
Norbert consideraba importantísimo que sus hijos fueran testigos de los momentos históricos, como la llegada del hombre a la luna o los combates de Muhammad Ali. La familia se apiñaba en torno a un pequeño televisor en blanco y negro que había en el salón, reponiendo fuerzas con té y sándwiches. Si alguno de los niños se dormía, Norbert le metía un codazo hasta lograr que se despertara.
En apenas unos pocos años desde su llegada a Glatten, Norbert Klopp se había convertido en uno de sus deportistas más importantes. Jugó en el equipo de fútbol sénior del SV Glatten hasta que cumplió los cuarenta (mientras que sus hijos recogían las latas y envases vacíos que quedaban en la banda para ganarse unos pfenninge), entrenó al primer equipo durante una temporada y estuvo en el consejo directivo. Según le fueron pesando las piernas, su pasión por el tenis fue aumentando. Norbert fue crucial en la fundación de la sección de tenis del SV Glatten, así como para la construcción de una pista de tierra. De primeras, el club alquilaba una pista de cemento en una vieja cantera de Dornharn, después de que Klopp le pagara al reticente propietario la cantidad de 50 marcos para que este permitiera el acceso a los ciudadanos de Glatten. En invierno esquiaba con Ulrich Rath. A Isolde la llamaron así por la hermana de Rath.
Cada sábado, en honor al regreso al hogar del padre, se limpiaba la casa. Sin embargo, el pequeño Jürgen siempre hacía lo posible para librarse de esas tareas, diciéndole a sus hermanas que tenía que estudiar para el colegio. «Aunque, en realidad, lo que hacía era tirarse cómodamente en su cama, con la cabeza metida dentro de un libro», dice Isolde. Sus travesuras le recordaban a Emili Lönneberga, el rubio bromista de ojos azules de los libros infantiles escritos por Astrid Lindgren.
En una foto de su primer día de colegio se le puede ver con una tirita en una rodilla. Había salido corriendo de la casa, con el típico cucurucho de caramelo en una mano, y acabó tropezando. «¿Te das cuenta?», le regañó su padre de manera cariñosa, «si no hubieras corrido tanto no habrías aparecido en la fotografía con esa tirita». En otras ocasiones se cayó de su silla, haciéndose un corte en un párpado y se chocó contra un patinete, cortándose la nariz.
«El nacimiento de Jürgen fue un gran momento para Norbert», recuerda Rath. «Por fin tenía un auténtico deportista con el que compartir sus pasiones». La presión que ejercía sobre sus hijas para que se entregasen al deporte en cuerpo y alma desapareció, casi inmediatamente, en cuanto Jürgen vino al mundo. Por fin tuvieron tiempo para dedicarse a sus propios intereses, como el ballet y la música. Elisabeth, una cariñosa y tranquila madre que decidió que sus hijos tenían que ser protestantes como ella (Norbert era católico), tuvo que hacer malabares para adaptarse a todas las actividades de sus hijos.
Norbert era el monitor personal de su hijo en fútbol, tenis y esquí, y lo sometía a un régimen ultracompetitivo. «A primera hora de la mañana, lloviera o luciera el sol, me ponía en la banda del campo, me daba la salida, dándome un poco de ventaja, y después salía corriendo hasta adelantarme», contaba Jürgen Klopp en Abendblatt, en 2009. «Aquello estaba a años luz de resultar divertido». Aquel ejercicio se repitió, semana tras semana, hasta que Klopp fue más rápido que su padre. Norbert también lo apuntó al club de atletismo para hacerle mejorar sus capacidades físicas. Además, Jürgen se tiraba horas practicando los remates de cabeza, tal cual hiciera Isolde antes que él.
A los seis años entró al equipo de categoría «E» (benjamines, menos de 11 años) del SV Glatten, puesto en marcha, nuevamente, por el entrenador Ulrich Rath en 1973. En su primer partido Jürgen recibió una entrada, dando una voltereta involuntaria y rompiéndose la clavícula por el impacto. «La semana siguiente volvió al campo, con el brazo en cabestrillo, observando con desasosiego a sus compañeros desde la banda, corriendo cada vez que un balón salía del campo, para involucrarse de alguna manera en el partido», dice Rath. «Eso mostraba el interés que sentía».
Conduciendo a su visitante unos pocos peldaños más abajo, lo adentra un poco más en la historia local. El sótano de Rath es un santuario del SV Glatten. Como no puede ser de otra manera, el lugar de honor lo ocupa el equipo infantil en el que jugaban sus dos hijos y Jürgen Klopp; su tercer hijo, el hijo de todo Glatten. A Rath le disgusta, todavía, que la prensa se refiera a Klopp como Stuttgarter: «¡Pero si apenas estuvo una semana ahí, los primeros días nada más nacer!», sacude la cabeza mientras saca una fotografía. En esta, todos tienen nueve años y aparecen celebrando la conquista de un título en un torneo regional celebrado en Pfingsten, Pentecostés. Klopp, el delantero del equipo, diría más tarde, burlándose de sí mismo, que fue el único trofeo que logró como jugador. Desde entonces, cientos de futbolistas aficionados han ganado el trofeo Klopp, pero solo unos pocos son conscientes de ello. Fue idea de Norbert Klopp, recuerda Rath, improvisar un premio para el vencedor del torneo inaugural del abierto de Glatten en 1977: cogió una de las botas de fútbol de su hijo, la pintó con espray dorado y la pegó sobre una caja de madera.