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Marcela Paz Mis cartas a Papelucho
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NO TENGO POR QUÉ LLORAR y estoy llorando.
Me pasan cosas raras y revueltas y pienso que escarbando dentro de mí, me entenderé mejor. Escribiendo se pueden aclarar muchas cosas, como cuando ordeno mi mochila.
No quiero escribir mi diario porque se desparrama en papel lo que es secreto.
Voy a cumplir doce años, aunque no quiera.
Casi no tengo amigas porque mis compañeras son mayores que yo y me siento muy sola.
Quizás yo soy distinta a las demás. A lo mejor soy rara. A ellas les preocupa ser lindas; gozan ante el espejo haciéndose peinados, pintándose labios gordos y sombras azules en los ojos. Me dan vergüenza ajena porque se creen portadas de revista.
No quiero ser peladora ni creerlas envidiosas. ¡Me carga criticar!
Van escritas como quince líneas y todavía no sospecho por qué lloro.
En la misa del domingo el cura habló contra el egoísmo y dijo: “Hay un modo de escapar a él: pensar en los demás...”. Pero “los demás” son tantos y, entre ellos, estoy yo.
Y yo debo tener un problema porque lloro.
Papelucho:
He decidido escribirte por la misma razón que tú escribiste tu diario: Si no le cuento a alguien mis secretos, ¡simplemente reviento!
Tú vives frente a mi casa y eres apenitas más chico que yo. Siempre te veo salir corriendo atrasado al colegio, pero jamás me miraste.
Y no te creas que quiero pololear contigo. Puramente necesito un amigo, por ahora.
En esta casa no hay “Domi” para solucionar problemas. Una se las arregla como puede; y a veces no resulta.
Soy sola. Tremendamente sola, sin nadie en el mundo.
Contéstame para saber si recibiste mi carta que te dejé a la entrada de tu casa, bajo esa piedra que molesta.
Tu vecina de enfrente

PAPELUCHO:
Esta es mi segunda y última carta. Si no contestas le escribiré a Octavio, ese que vive en la esquina.
Tu perro olfateó la piedra y creo que la usó y mojó mi carta.
¿Por qué llegaste tan embarrado del colegio? ¿Te pegaron?
Te vi patear la piedra sacándote el barro y descubrir mi carta. Miraste a todos lados antes de recogerla...
¡Te la echaste al bolsillo y partiste en primera!
¿Cómo voy a saber si la leíste, si nunca me contestas?
¡Más vale decirte adiós!

POR FIN LLEGÓ TU CARTA cuando ni la esperaba.
¿Por qué me contestaste si yo te decía adiós?
Eres un creído... Yo no te espío.
Buscaba un amigo para contarle mis cosas. Las hermanas no sirven para eso. Son tremendamente mayores y por eso soy sola.
Yo sé que hay mucha gente que juega con amigos de mentira o tienen animalitos para conversar.
Pero yo no soy de esas. Yo soy verdadera.
Me cargan las mentiras. Y si te dije que era sola, es la pura verdad. Cuando una está a un lado de todos, no tiene a nadie.
No es que no quiera a mi familia, pero yo no la elegí. El amigo se elige, es a gusto propio. Fue lo que quise decirte en mi carta; y si ese amigo es secreto, es mejor, más sabroso.

NO, A LO QUE ME PREGUNTAS.
No me caí en el colegio ni en la nieve ni tampoco me chocaron.
Simplemente quise pillar un zancudo para mi insectario. Amontoné unos libros en la mesa, trepé sobre ellos sin hacer sombra ni ruido y en vez de pillar el zancudo, resbalamos los libros y yo sonoramente al suelo y el zancudo se voló por la ventana.
No quebré nada; apenas me tricé un hueso y por eso me enyesaron. Ahora le enyesan a uno la nariz por solo estornudar...
Y no me tengas lástima por mi pierna blanca. Yo estoy feliz con ella: es dura, es tiesa, es gorda. Me gusta cojear y me encanta que me preguntes: “¿Qué te pasó?”.
Sirve para inventar historias al minuto. A cada preguntón la suya, según su oficio. Si es deportista le digo que me caí del caballo, si es vieja le cuento que hacía equilibrio en la ventana, y si es una mocosa le contesto: “¡adivina!”.
Tengo prueba mañana. N. T. T. D. E. M.
¡Usa tu cabeza!

¿QUE SOY PELEADORA?
¿Que decirte “usa tu cabeza” es un insulto?
Si la usas de verdad no hay problema. Cualquiera entiende:
N = No
T = Tengo
T = Tiempo
D = De
E = Escribir
M = Más
Me dices en tu carta: “Tú me elegiste de amigo y ni te conozco siquiera”.
Eso no es verdad y, para que lo sepas, casi elegí a otro.
Y tampoco tengo ganas de conocerte. ¿Para qué? Los amigos no tienen por qué encontrarse. Nuestra amistad es puramente por carta.

¡GRACIAS A DIOS ME SAQUÉ UN 6 en la prueba!
Te lo digo porque espero que te importe. En esta casa les da igual. Ni siquiera preguntan. A una la enhuerfan.
Ahora me siento otra porque tengo un amigo propio que eres tú. Te elegí por dos cosas: porque leo tus libros y porque eres mi vecino.
Yo también escribí un diario un tiempo, pero los “sin respeto” me lo leyeron y se burlaron de mí. Por eso los “desaparecí” y me olvidé de que existen. Fui puramente yo mi única amiga, pero eso me cargó.
¿Qué piensas ser cuando grande?
Yo quiero ser mamá principalmente. Me encantan los niños y voy a tener hartos hijos cuando me case.
Ahora estudio puramente para saber contestarles a mis hijos las preguntas que me hagan al volver del colegio.
Claro que tengo papá y mamá propios. Aunque no tanto, porque son de todos. Me gustaría que fueran más míos y notaran cuando estoy triste o callada.
Mi mamá tiene mucho que hacer (te dije que no hay Domi en esta casa) y cuando llegan los hermanos hay cola para preguntar cosas y contar problemas.
Yo aprovecho para encerrarme en el baño y escribirte. Creen que estoy haciendo tareas y me dicen “la matea”.
Rompe esta carta porque es súper privada.


HOY PASÓ ALGO que me paró los pelos.
Estábamos comiendo y sentí golpear la puerta. Era un golpecito suave, como de niño, y con el enredo de voces, no lo oyeron los demás.
Me levanté a ver y me encontré nada menos que con tu Choclo que traía tu carta entre los dientes.
Ahí se me paró el pelo del susto que otros se dieran cuenta. Tomé tu carta y me la metí por el cogote.
Alguien dijo:
—¿Quién era? —y yo me subí al guindo y me ardieron las orejas. Un bochorno como otros; no contesté y seguí comiendo...
—Algo pasa —dijo el plomo de Esteban—, esta niña ha raspado el plato y está muy colorada...
—Déjala en paz —me defendió la mamá—. Siempre la están molestando, ya sea porque come poco y ahora porque se ha comido todo...
Me dieron ganas de llorar, no de lástima de mí misma, sino porque la mamá me defendía. Y me sentí culpable, como hipócrita, como si tuviera escondido algo mío que ella no sospechaba...
Recogí el plato raspado y besé a toda velocidad a mis viejos. Desaparecí porque sentía ganas de llorar y también porque tu carta me clavaba el cuello y tenía ganas de leerla.
No mandes más al Choclo de mensajero. Me encanta pasar el susto de atravesar la calle y levantar la piedra para sacar tu carta sin que me pillen.
Me gustó tu carta. ¡Eres choro!
Nota: Por favor busca en tu bolsa de basura la mitad de mi composición de Historia... No importa que esté fétida... Yo la copio.

PAPELUCHO:
Recién hoy empiezo a creerte amigo. Pero todavía no te puedo contar mis secretos. Tengo que estar más segura de ti.
Dicen que la verdadera amistad es después de una verdadera pelea. También te diré que eso de hacerme tantas preguntas me cae mal. Como si fueras un poquito intruso y averigüete. Pero de todos modos contestaré lo que tanto te interesa: lo que pienso de ti.
Ahí va:
Me gustas. No sé por qué. A uno le gusta o no le gusta alguien. Así nomás.
Es como tener un arbolito de Navidad. De a poco le vas colgando los farolitos y las estrellas.
Pero no seas tan preguntón. Poco a poco te voy a contar todo. Cuando seamos amigos de verdad.
¡Me sacaron el yeso! Mi pierna quedó flaca y suave y es como de “¡otra!”. No se ajusta al zapato así es que ando en puros calcetines.
Estoy curando a un perro enfermo, grave. ¿Lo quieres cuando sane? Aquí detestan a los perros.

TU HERMANO JAVIER ES HARTO PATUDO de mandarle recado a mi hermana Rosario en tu carta para mí.
¿Sabe él, entonces, que tú y yo nos escribimos?
¡No te lo perdono si se lo has contado! En todo caso rompí tu carta, y dile a él que no nos use como correo. Que venga él mismo a hablar con la Rosario si se atreve...
Subí a la micro detracito tuyo y nos barrieron hasta el fondo. Ni me miraste; prueba de que ni me conoces.
En la apretura del viaje, vi a un mocosito meter la mano en la cartera de una gorda y cerré los ojos para no acusarlo. Los abrí justo cuando ella, con un grito, pescó esa manito y la abrió a la fuerza. Pero no había nada en esa manito sucia... La gorda, además de sus kilos, tenía corazón:
—Eres un ladronzuelo —le dijo por lo bajo—, y debería entregarte a la policía. Alguien te va a castigar duro si lo haces otra vez.
Su cara estaba enojada, pero su mano gorda puso unas monedas en la manito sucia...
Estoy pensando en ser escritora cuando grande. Una mamá tiene tiempo para eso y le sirve también para vaciar las cosas que se le van ocurriendo.

ME PREGUNTAS CUAL ERA YO EN EL MONTÓN que trepó a la micro contigo. ¿Qué sacaría con decirte: la tercera, o la con el chaleco amarrado a la cintura? Las escolares somos todas iguales de uniforme y apenitas distintas de cara.
Ojalá no llegues nunca a la edad de Esteban. Está recién pasando por las espinillas y le asoma un bigote medio colorín. También lo asaltan tentaciones de fregar y no las resiste.
—Te estás poniendo bonita —me dijo hoy—. ¿Estás enamorada?
—No —le contesté furiosa—. Apenas desyesada, que es distinto.
Pero igual enrojecí.
¿Cuánto durará la dichosa adolescencia? Me parece que cada día aumenta y vivo poniéndome colorada y hasta dormida.
El quiltro enfermo se va convirtiendo en perro. Está mejor.

AL VOLVER AL COLEGIO tuve una gran sorpresa: resulta que mi perro era perra y acunaba a cuatro perritos hambrientos que parecían ratones.
Por suerte encontré leche y la hice cundir con agua. Alcanzó para todos, también para los de la casa.
Los ojos de esta perra-madre, me dieron a entender que hice bien al aguar la leche. Esa mirada suya marcó mi destino. Seré veterinaria.
Esteban sigue molestando y me hace adolecer a cada rato.
—Se te nota que guardas un secreto... —dice y su mirada me persigue.
Cuando pienso que fatalmente un día llegaré a tener su maldita edad quinceañera, me dan ganas de morir joven.
Estoy contenta de criar perritos y de tener un amigo como tú.
¡Creo que soy feliz!

AYER ERA FELIZ Y HOY NO.
La vida es como un columpio...
Fallecieron tres perritos y nunca sabré de qué murieron ni a qué hora. Menos mal que queda uno... por suerte. El dolor de una perra es silencioso.
He leído tus libros y quiero que me digas si hay que usar palabras difíciles y reglas de gramática para ser escritor. Tú, al escribir, pareces natural. ¿Te corrigen los editores?
¿Por qué salió corriendo la Domi?
Volvió de la mano de un policía. ¿Quién apresaba a quién?
A cada rato me dan ganas de contarte mis secretos, pero me aguanto. Todavía no es hora de que los sepas...

ESTEBAN ME PILLÓ aguando la leche.
—¿Es por adelgazar o para adelgazarnos? —preguntó malicioso.
Silencio.
—No abriré mi boca si me sirves de esclava...
—¿Qué? —tartamudeé espantada.
—Entendiste bien —dijo con calma superior—. Te estoy sobornando, pero entre hermanos es apenas un compromiso amistoso.
—De verdad no te entiendo... —balbuceé.
—Eso no importa. Tú no quieres que cuente lo que he visto y yo no quiero que cuentes lo que veas... ¿De acuerdo?
Mi cabeza asintió mientras enrojecía de malos pensamientos por él. Los misterios de esta casa se atropellaban en mi memoria:
1. El anillo que se le perdió a la mamá cuando yo era chica y dijeron que me lo había tragado.
2. El paquete con jamón que desapareció antes de entrar al refrigerador.
3. Un pantalón de Esteban nuevecito...
4. Tantas cosas que se hablan y que enmudecen las bocas cuando yo entro.
Frené mis pensamientos. Si no lo hago, en poco rato más estaría culpando a mi hermano de algún crimen.
Mi pecado es juzgar mal a Esteban, pero fue él quien usó la palabra “soborno” que huele a podrido.
N. T. T. D. E. M.

SIENTO TANTA CONGOJA, pero tanta, que tengo que escribirte aunque no lleve esta carta a la piedra.
Papá se fue... Sí, ahora se fue de veras de la casa. No volverá jamás. Yo lo conozco: es terco, irresponsable, inmaduro. Lo detesto. Me da alivio decirlo, aunque no sea verdad...
Tenía que pasar... Todos y cada uno lo veíamos venir, pero nadie lo hablaba.
Muchas veces sorprendí a la mamá llorando. También a la Susana y Rosario. Todos secaban sus lágrimas al verme aparecer...
Es cierto que él se iba cada lunes a su trabajo en el campo, pero volvía los sábados. Ahora no volvió...
En las vacaciones llevaba a uno u otro. Nunca a todos, nunca a la mamá ni a mí. Sin quererlo yo sospechaba algo (me carga sospechar). Siempre te decía que en esta casa había algo misterioso. Algo que iba a pasar y, cuando fueras mi amigo de verdad, te lo contaría.
Ahora pasó y, aunque no eres todavía ese amigo, igual tengo que escribirlo. Veré después si me guardo o no esta carta.
Se va un papá y una queda en suspenso. No es película. No es libro. Es la vida de una.
¿Qué pasará en esta casa si él no vuelve?
Si al menos alguien hablara. Pero nadie dice nada. Cada uno se come su pena, su angustia, sus uñas y su rabia.
Quizás sea respeto por mi mamá, por sus sentimientos, por su fracaso (¿es fracaso para una mujer que la deje el marido?). El tremendo silencio que nos rodea es porque no aceptamos la verdad. No queremos creerla. Queremos seguir igual que antes: “el papá está en el campo...”.
El engaño no funciona. El aire se ha hecho pesado como el smog. Nadie discute y Esteban no molesta hace dos días.
¿Qué pasó con el papá? ¿Hizo algo malo? ¿Por qué no ha vuelto a casa? ¿Le aburrió su familia, la mamá, el trabajo?
Puras caras en blanco.
Si mi mamá no supiera por qué no ha vuelto, estaría intranquila averiguando en las postas u hospitales, en los aeropuertos, en la cárcel. En vez de eso, le ha dado por tejer una bufanda que no termina nunca, y pienso que cada punto es un recuerdo o acaso una posibilidad de que el papá vuelva.
Yo no tejo, ni menos una bufanda, pero pienso y sé que maduro pensando... He pensado tantas cosas que siento que he envejecido en estos días. Sigo al papá en sus razones para dejarnos, imagino los “por qué” de sus desavenencias con mi mamá y me disparo en una teleserie de aventuras amorosas muy inspiradas en la TV. Veo al papá perseguido por vampiresas desodorantes, semidesnudas, envueltas en nubes de perfumes diabólicos, flotando en humos de colores entre la cordillera y el mar.
Sin querer, al acostarme lo sigo en su aventura de pecado. Y no puedo dormir porque la imagen me persigue. Odio el pecado pero me arrastran las aventuras del papá igual que a él sus jabonosas vampiresas.
Creo que el papá está atravesando su Edad Media y, convertido en serial, me persigue cuando cierro los ojos. Bailan por todos lados globitos de jabón, con ondulantes tules que el papá persigue idiotizado o embrujado.
Abro los ojos para alejar todo esto y lo que alejo es el sueño... Hasta que por fin caen desmayados mis párpados y duermo.
Al despertar de mis confusas pesadillas, lucho desesperadamente por encontrar una solución: que el papá vuelva a casa.
No puedo hacer tareas y me caigo de sueño en clase. Las compañeras me sacuden, me remecen preguntándome si estoy enferma. Temo que alguna sospeche lo que pasa, entonces exagero una alegría forzada.
Un día le oí decir a mi mamá que ella tiene un sistema para sus problemas caseros: “Cuando espero una cuenta que puede ser grandota, me imagino que será enorme, y entonces, cuando llega, resulta mucho menor que lo imaginado y me alegro”.
Pero ese sistema no corre en este caso. Yo imaginaba que si algún día mi papá y mamá se separaban sería terrible. ¡Pero es todavía peor de lo que imaginaba!
La tristeza se arrastra en esta casa y cuesta respirar.
¿Es que no existe un cerrajero o una ambulancia para solucionar problemas de esta clase?
Tengo miedo de no poder contenerme y preguntar de una vez por todas y decir las cosas por su nombre.
Quizás debería salir yo en busca del papá. ¿Dónde encontrarlo? En realidad, no te lo pregunto a ti, porque eres menor que yo y no te pediré consejo. Tampoco te mandaré esta carta porque es archiprivada y sería como abrir mi corazón, que es mío.
Tengo en verdad otro amigo en el que puedo confiar y estar segura que no me fallará. Y no sé cómo no pensé antes en Él...
En el colegio no hay una capilla, pero no hace falta cuando se puede rezar para dentro en cualquier parte.
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