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Eric Nepomuceno Bangladesh, tal vez
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Nos quedamos los tres apartados en un rincón del terreno, y el teniente se incorporó al grupo de soldados.
Todavía estaba amaneciendo, era un amanecer que no se decidía a amanecer. Escuchamos ruidos en el pasto.
Hubo un súbito alboroto entre los soldados que se desparramaron por el terreno buscando la protección del muro y las ruinas, y por un instante el hombre con las manos atadas quedó solo al frente del caserón: parecía más abandonado que nunca.
Surgió otro grupo por atrás de las ruinas, otros diez soldados. Entre ellos había una mujer, también con los brazos atados a la espalda, un joven flaco que cojeaba y tres niños. El menor de los niños debía tener unos seis años; el mayor, unos diez.
Cuando el sargento se rascó la oreja derecha, entendí que era un gesto de irritación. El teniente caminó rápido para hablar a los soldados que llegaban. Conversó con uno. Después el teniente se nos acercó y habló mirando de manera extraña por encima de nuestras cabezas:
–Hubo un imprevisto. Hubo que traer a los niños. Las órdenes eran claras: no traer niños. Pero no hubo más remedio.
Volvió al segundo grupo y todos los soldados estaban a su alrededor. En seguida, entraron todos los del segundo grupo, junto al teniente, en el caserón.
El hombre descalzo me miró por segunda vez. No dijo nada. Uno de los niños se quejó. La mujer dijo: “Quieto, Pedro, quieto”. Parecían terriblemente calmos, el hombre, la mujer y el muchacho que cojeaba. Los niños estaban callados.
Del caserón salió primero el teniente. En seguida salieron el sargento y cuatro soldados. Separaron a la mujer y a los niños, que fueron llevados hasta la pared del caserón, al lado de lo que algún día había sido una puerta. Entonces vi el rostro de la mujer. Era un rostro joven, increíblemente joven.
Ella miraba al hombre flaco y descalzo. Uno de los niños, el mayor, comenzó a llorar en silencio. El teniente hizo un gesto áspero, pero el niño continuó su llanto agudo.
El sargento y uno de los soldados fueron a hablar con el hombre descalzo y el muchacho que cojeaba. Hablaban en voz baja y el sargento gesticulaba mucho. Desde donde estábamos, no oíamos nada. El hombre descalzo no abría la boca, apenas si miraba al sargento. El sargento hizo un gesto con una mano y el soldado, a empujones, llevó a la mujer junto al hombre descalzo.
El sargento gesticuló y habló. El hombre descalzo siguió callado. El sargento hizo otro gesto y de la puerta del caserón salió otro soldado, que se acercó a los niños.
El soldado no tenía más de quince años y a la distancia advertí, en aquel brazo que empujaba a los niños hacia el caserón, un aire como de afecto. El niño mayor lloró, ahora en voz alta, y el soldado joven le acarició los cabellos, calmándolo, y desaparecieron dentro del caserón.
Cuando los tres niños ya estaban adentro, el sargento habló con suavidad con el hombre flaco y descalzo. De repente, pegó una rápida patada en las rodillas del muchacho cojo; el muchacho quiso protegerse, como si sus manos estuvieran libres, perdió el equilibrio y cayó.
El muchacho intentaba levantarse cuando el sargento de un solo manotazo abrió en dos el vestido de la mujer. El hombre descalzo no quitó los ojos del sargento ni por un instante.
El sargento miraba con furia y no decía nada. El teniente que contemplaba todo a distancia se acercó. La mujer, indefensa, intentaba recoger el cuerpo, los brazos atados a la espalda, para proteger sus pequeños senos desnudos. El teniente dijo alguna cosa al oído del hombre descalzo.
El muchacho consiguió por fin levantarse y quiso cubrir el cuerpo de la mujer, desnudo y desamparado de la cintura para arriba, y entonces el sargento le dio un empellón y lo derribó otra vez.
El teniente continuaba hablando al oído del hombre descalzo, que miraba el muro. El teniente miró a los dos soldados, hizo un gesto mínimo con la cabeza, el soldado se aproximó a la mujer por detrás, la abrazó de un zarpazo y le clavó las manos en los pequeños senos. La mujer se debatió y gritó y el hombre descalzo intentó patear al soldado que la agarraba por detrás y desde el caserón llegó el llanto de un niño.
El teniente gritó alguna cosa y dos soldados se abalanzaron sobre el hombre descalzo y otros dos sobre la mujer.
El teniente dijo:
–Vamos rápido, vamos de una vez.
Nosotros tres no nos movimos ni dijimos nada. Ni siquiera nos miramos.
Fue todo muy rápido. El hombre descalzo y el muchacho que cojeaba fueron vendados y llevados junto al muro. En ese instante la mujer empezó a gritar y uno de los soldados le tapó la boca con un pedazo de trapo marrón, mientras otro se metía dentro del caserón para acallar a los niños que también gritaban.
Cuando el hombre descalzo y el muchacho que cojeaba fueron colocados junto al muro, un soldado les cerró las bocas con tiras de paño blanco y después les quitó las vendas de los ojos. El hombre descalzo y el muchacho que cojeaba pudieron ver lo mismo que nosotros estábamos viendo: cómo arrastraban a la mujer al medio del patio. El hombre descalzo lloraba en silencio mientras el sargento penetraba a la mujer.
El sargento estaba sentado sobre el vientre de la mujer; y otro soldado se acercó a la cabeza de la mujer y se sentó sobre su rostro. El soldado reía, después empezó a saltar sobre la cabeza de la mujer. Desde el muro, el muchacho que cojeaba volvió el rostro al suelo.
Cuando salió de la mujer, el sargento sonreía. En el suelo, la mujer todavía intentaba protegerse, la boca cubierta por el trapo marrón, las manos atadas a la espalda. Un soldado la levantó por la cintura, le arrancó los restos de ropa y la penetró por atrás.
Nosotros tres continuábamos en silencio, pero cuando el soldado levantó a la mujer por la cintura y la penetró por atrás, yo volví el rostro al caserón y sentí que iba a vomitar.
La mujer fue colocada de bruces en el suelo y entonces el teniente, que había quedado parado con las manos en la cintura y las piernas abiertas, hizo un gesto de impaciencia y nueve soldados formaron fila frente al muro.
La mujer fue arrastrada, desnuda, junto al hombre descalzo. Alguien la levantó, apoyó su cuerpo contra el muro. Ella temblaba y lloraba y agitaba la cabeza. El hombre descalzo estaba quieto. El cuerpo desnudo de la mujer se escurrió y se sentó sobre el suelo de tierra. Dos de los soldados salieron de la fila y volvieron a levantarla. Entonces ella quedó parada, al lado del hombre descalzo que miraba al frente. El teniente levantó la mano y de repente la bajó: nueve estruendos sonaron como uno.
Los cuerpos quedaron junto al muro. El cuerpo del hombre descalzo se agitó un instante. El cuerpo de la mujer quedó doblado hacia adelante. El sargento se acercó y apoyó su pistola en la nuca del hombre descalzo, pero no disparó. Nunca entendí por qué diablos no disparó. Tocó con la punta de la bota el cuerpo de la mujer joven, que se desplomó de lado.
El teniente nos dijo:
–Ahora vámonos, rápido.
Pregunté por los niños. El teniente dijo:
–Después, después. Ahora vayan, bajen, rápido.
Uno de mis compañeros insistió:
–¿Y los niños? ¿Qué van a hacer con los niños?
El teniente dijo:
–Para ustedes tres, se acabó. Esto va a ponerse feo. Váyanse ya.
Mi compañero, el que había insistido, dijo:
–No, no. No se acabó. Quiero saber de los niños.
Mi compañero se quedó, mientras nosotros dos bajábamos por el camino, acompañados por cuatro soldados. No hablamos nada mientras bajábamos rápido hacia el asfalto donde la camioneta nos esperaba.
Esa misma noche, en el hotel, mi compañero nos contó el final de la ceremonia. El menor de los tres niños había recibido un tiro en la frente; los otros dos, en la nuca.
El menor de los niños cayó para atrás, los brazos abiertos. El niño que se llamaba Pedro se despidió de los soldados cuando el sargento se acercó con la pistola. Esta vez, el sargento disparó.
Pedro le había dicho al soldado joven:
–¡Dile que no, dile que no!
Y cuando vio que el sargento apoyaba la pistola en su nuca, dijo apenas:
–Hasta luego.
LA SUZANITA
El Peugeot paró en la esquina de la gasolinera. Allí terminaba el asfalto y comenzaba la calle de terracería. Era como la frontera de un mundo con otro. De ahí en adelante seguiría a pie. “Precaución, compañero”, había dicho El Gitano la noche anterior, mientras terminábamos el café.
El chofer, gordo y quemado por el sol, sacó un pañuelo del bolsillo y sin quitarse el cigarro de la boca se secó la cabeza, el mentón y la nariz. Después miró el taxímetro, que marcaba dieciocho con cuarenta, y dijo: “Veinte”. Exten dí dos billetes de diez y uno de cinco, y dije: “Gracias”. Él murmuró alguna cosa que no entendí. Bajé del auto.
Me quedé parado en la banqueta, justo ahí, en la frontera entre el asfalto y la calle de tierra revuelta, viendo como él maniobraba sin ninguna pericia y llevaba el Peugeot amarillo de nuevo hacia el asfalto para después desaparecer enseguida.
Cruzar la frontera entre los dos mundos por el lado derecho de la gasolinera, entrar en el primer callejón a la derecha, caminar cuatro cuadras, parar, encender un cigarro, continuar, ahora a la izquierda, por otra calle terrosa, seguir hasta encontrar un bar llamado La Suzanita, así, con z. “Ahí estará alguien”, había dicho El Gitano, que era de pocas palabras.
–¿Él estará ahí?
–Quizá. Es posible. Todo es posible.
–Quiero saber. Necesito saberlo.
–Quizá.
El Gitano vació la taza de café, se tocó la punta del bigote con el dedo, encendió un cigarro y no dijo nada. Sí, en efecto, era de pocas palabras, de muy pocas. En realidad no me caía bien. Se quedó mirándome durante poco tiempo; yo me sentía medio ridículo y un poco irritado. Al fin dijo: “Una y cuarto”, y luego agregó: “Más vale que no te retrases”.
Yo había llegado cinco minutos tarde al encuentro de aquella noche. Lo miré y dije en voz baja: “Vete a la mierda”.
Pensaba en el hombre a quien estaba por ver, y en la última vez en que habíamos estado juntos, unos dos meses antes, cuando las cosas eran diferentes y todos repartían promesas en las que creían.
No llevaba reloj, pero el chofer del Peugeot me había asegurado que faltaban quince para la una cuando me dejó allá atrás, en la frontera entre el asfalto y la terracería, en la gasolinera.
El sol de octubre comenzó a arder en mi cara cuando doblé a la derecha; continuó ardiendo durante las dos cuadras siguientes y todavía después, cuando paré y encendí el cigarro a deshora. Miré hacia atrás: un niño venía por la calle, nada más. El niño pasó a mi lado mirando mis pantalones descoloridos. Esa gente nunca dice nada: son pobres y callados. Las ventanas estaban cerradas y advertí que más adelante, debajo de un árbol, había un pequeño Fiat 600. La calle estaba muerta, como todo lo demás.
En la esquina siguiente doblé a la izquierda y seguí caminando. El sol ardía en mi nuca: una, tres, cinco cuadras, ¿llegaré a tiempo?, y apreté el paso. El bar debe estar cerca, pensé, pero tengo tiempo, tengo tiempo. De cualquier forma sería desagradable si llego tarde y él ya está ahí. Anduve más rápido hasta que finalmente vi, en la otra esquina, el letrero de Coca-Cola anunciando La Suzanita.
Dos puertas abiertas daban hacia la banqueta de cemento, cubierta por el polvo de la calle de tierra; y había, también, una camioneta toda empolvada en la siguiente esquina, dentro de la cual yo adivinaba gente escondida, vigilando los alrededores.
Dos puertas abiertas y allí dentro nadie: tres mesas de fierro, un mostrador, estanterías con latas y botellas, carteles de cigarros. Me quedé esperando. De repente, detrás del mostrador surgió un muchacho de unos quince años. “Buenas”, dije, tratando de arrastrar cada letra para tener un aire de indolente familiaridad y serenidad, pero él no respondió.
Una radio vieja chillaba el noticiero de la una, y el muchacho miró hacia una mesa del rincón. Seguí su mirada: en la mesa había, entre dos vasos vacíos, una botella solitaria de cerveza que parecía estar esperándome, a mí y a alguien más; eso era todo. Me senté y serví un vaso.
Mientras bebía la cerveza, el muchacho desapareció por una puertita angosta entre las estanterías y me quedé solo. La radio seguía chillando los resultados del campeonato regional de futbol, luego anunció que era la una y media. “No va a venir”, pensé.
Las calles de tierra continuaban en un silencio nocturno y profundo, bajo un sol impío. Me quedé pensando en cómo hacerle para retomar el contacto, ahora que el sindicato había sido cerrado y la vida era otra. Yo había venido desde muy lejos, necesitaba volver con la información que sólo él podría darme a cambio de la información que sólo yo podría darle. Era un encuentro crucial, había sido orquestado de forma cuidadosa, con incluso más que las mínimas precauciones. Quince minutos de retraso, él nunca se retrasaba. Quince minutos era el tiempo que tendríamos para nuestro encuentro.
De repente, detrás del mostrador surgió el ruido de unos pies livianos, arrastrándose. Miré a una joven de unos veinte años, misteriosamente bella y serena. “Buenas”, murmuré otra vez, y otra vez fue en vano. Ella miró hacia la calle y desapareció por la puertita entre las estanterías; pero apenas hubo desaparecido surgió de nuevo haciendo un gesto afligido para que yo me aproximara. Miré la calle, todo continuaba igual. Rodeé el mostrador, entré por la misma puertita angosta. Ella me observaba con ojos asustados. Vi un minúsculo collar de gotitas sobre sus labios. Era una chica sombría y bonita, había cierta furia en sus ojos. Me quedé mirándola, a la espera de alguna palabra, alguna señal. Me observaba con una angustia juvenil mientras buscaba palabras. El silencio pareció durar media vida, hasta que una voz serena dijo:
–Sucedió algo.
El resto lo dijo en medio de un llanto: no habría encuentro, tenía que regresarme al hotel de la ciudad y esperar hasta las diez de la mañana del día siguiente. Y si nadie me buscaba tenía que volver de inmediato a la capital y buscar algún cobijo hasta que todo volviese a la calma. Después, me indicó una puerta que daba al patio, y dijo que más allá del patio había otro callejón y que yo debería caminar con rapidez a través de él hasta la gasolinera, donde un taxi me estaba esperando para llevarme de regreso a la ciudad.
Era esbelta, tenía una cierta aflicción en los gestos que contrastaba con la serenidad de su voz y el brillo inmóvil de sus ojos. Tocó levemente mi mano, como en una despedida, y después, en un arrebato inexplicable, me abrazó y me empujó hacia la puerta.
Había otro Peugeot en la gasolinera. El conductor era un joven de piel curtida por el sol. No dijo nada cuando entré, sino que se limitó a arrancar con la velocidad del rayo; y así, durante kilómetros, prosiguió hasta la ciudad. Se detuvo a tres cuadras del hotel. No pregunté cuánto le debía. Bajé lo más rápido que pude, y él susurró: “Suerte, ten cuidado”.
Llegué a la habitación poco antes de las tres y cuarto de la tarde, me tiré sobre la cama y me dormí.
Cuando desperté era de noche. Busqué el noticiero de las ocho en la televisión, y entonces supe: lo habían agarrado poco después de las dos, en aquel mismo barrio obrero, muy cerca de donde yo había estado. Con él, en la misma casa, había otros tres hombres y una muchacha. Uno de los hombres era El Gitano: reconocí su rostro en una vieja foto sin nombre, una foto del archivo policiaco. El noticiero dijo que los cuatro habían intentado resistir y que todos, incluso la muchacha, habían sido muertos en el tiroteo. Dijeron que ella era su hija. Y dijeron que a media tarde la policía había localizado un bar que servía de punto de encuentro, que en el bar había un muchacho. El muchacho había sido detenido. Todo esto lo dijeron en el noticiero de las ocho.
Al día siguiente, después de una noche de insomnio, atravesada por recuerdos, furia y miedo, bajé temprano y compré los diarios. La noticia estaba en todos lados, con más estruendo que información.
Uno de los diarios traía una foto de la muchacha. Era en verdad bonita. Tenía diecinueve años.
A las diez y media pagué el hotel, me dirigí al aeropuerto. Mientras esperaba el vuelo tiré los diarios. Antes, y sin nunca haber tenido realmente tiempo de entender por qué, arranqué con cuidado la página donde estaba la foto de la muchacha, la doblé por la mitad y la guardé en la billetera. Su nombre era Suzanita. Nunca entendí qué me hizo querer conservar esa foto.
Sabía que yo era uno de los próximos de una lista interminable. Sólo quería regresar a la capital, avisar a los compañeros, buscar refugio y pensar qué podría hacerse.
Una semana después, cuando caí preso, la fotografía continuaba en mi billetera.
Logré aguantar hasta que uno de ellos resolvió examinar de nuevo mi billetera. Me estaba yendo bien, hasta que me preguntaron si sabía quién era la muchacha. Uno de ellos hizo la pregunta con toda la calma, mientras los demás sonreían.
Sólo dije que era una muchacha que había conocido en una ciudad de provincia.
Y desde entonces comenzó el infierno.
ZAPATOS TRISTES
Para Eduardo Luis Duhalde
1
Aún no había empezado a llover, cuando ella dijo: “Tengo frío”. El hombre joven –sin quitarse de la boca el largo y blanco cigarro con filtro– dijo: “Toma mi impermeable del asiento de atrás”.
Poco después detuvieron el automóvil a la orilla de la laguna. Descendieron y caminaron juntos, pero sin tocarse, hasta el restaurante. De pronto, él la miró y comenzó a reír: el sucio arrugado impermeable parecía en ella el abrigo de Charlot. Apenas se le veían las puntas de los dedos.
Ella rió, estaba bonita. Mucho. Cuidadosamente, dobló las mangas del impermeable hasta que sus manos bailaron con libertad.
Estaban muy alegres cuando escogieron una mesa resguardada del viento y la lluvia, que aún no había empezado.
No había mucho de qué hablar. Él, en el fondo, procuraba entender la mirada de los ojos de ella: un ojo bueno, un ojo malo. Estaba muy impresionado.
2
Antes todo parecía más fácil. Bajábamos los tres –René, Simón y yo– al Helvética. Ellos dos siempre pedían Smuggler con hielo. Yo prefería cerveza de barril. Simón solía pedir queso.
Después de un día lleno de sorpresas, nos gustaba hablar sobre cualquier cosa. René juraba que algún día el futbol de su país sería reconocido como noble y valioso. Reíamos los dos. Después, Simón nos hablaba y compartíamos sus recuerdos sobre una ciudad que había sido la mejor del mundo pero que había desaparecido.
Recordaba el mar y las arenas de la playa y los cafés llenos de borrachos y amigos.
“Aquéllos fueron buenos tiempos”, decía, “y ustedes, hermanitos, ustedes no estaban”.
Discutíamos cualquier cosa. Era una manera de espantar el miedo y el coraje. Aquellas idas al Helvética, que ya no existe, eran una gran alegría.
3
–No podemos dejar espacio para más muertes, ni para más derrotas –decía yo.
–Estoy cansado de todo eso –decía René.
4
Los dos se miran, ríen y no saben qué decir. El mesero los contempla con paciencia. Se miran una vez más y no se tocan. Actúan con naturalidad mientras esperan la lluvia. Ella recoge sus cabellos sobre la nuca y pregunta:
–¿No tendrás algún segurito?
Sus cabellos caen divididos por la mitad, y cubren sus ojos.
–Necesito cortármelo, estoy harta de tanto cabello.
Él ríe y dice:
–Déjatelo como está, está bien.
La mira de nuevo y sonríe.
5
La ciudad estaba sitiada: en cada esquina había un grupo armado montando guardia. A las ocho en punto de la noche comenzaron los tiros. Nunca se supo cuántos murieron. Nunca se supo quién disparaba a quién. Cualquier sombra movediza se convertía en blanco. Ahí comenzó todo y todo se perdió. O tal vez antes.
René llegó un día soleado, cuando yo me iba. Vino a ver la guerra y trajo a la mujer. Bromeamos con él.
–Aquí hay tiros en la noche, se dice que hay gente murién-dose –dije.
Y él respondió:
–Qué va, hermanito, yo vengo de una tierra en donde todo el mundo está acostumbrado a lo que ustedes cuentan de aquí. No pasa nada.
Era una tarde de sol y nos sentamos a tomar cerveza. Él reía con alegría.
Esa noche murieron 17, pero él estaba acostumbrado.
6
El hombre joven y la muchacha conversan sobre cualquier cosa. Fuman del mismo cigarro, comparten la misma cerveza. La muchacha es lindísima y él le dice:
–Eres muy, muy bonita.
Ella lo mira de frente y dice:
–Antes lo era más.
Él termina el vaso de cerveza y dice:
–Eres muy bonita ahora. Y no importa, antes yo también era más feliz.
7
Antes había un rosario de puntos firmes en qué creer. Una tierra y otra y otra y otra. Y una a una, se fueron cayendo todas pero sería inútil e imposible hablar de eso ahora.
Ella dice:
–Claro, claro, tú andas muy preocupado con tus asuntos, con tus grandes cosas.
Él dice:
–Estás muy bonita.
Los dos se miran otra vez y ríen de nuevo. Después, él susurra:
–No importa: un día será nuestro turno. Derrotados, no. Tendrán que destruirnos uno por uno, uno por uno. Porque nosotros no perdemos. Ah, no: perder, no. Acabar con nosotros, eso sí pueden. Es lo que están haciendo. ¿Qué es de nosotros? Cada uno por su lado, cada uno quién sabe dónde. Casi, casi doblegados, pero todavía somos muchos los que estamos vivos y eso basta. Derrotados, no.
Él paga la cuenta y los dos caminan otra vez hacia el carro. Poco a poco llega la lluvia. Ella levanta el cuello del impermeable. Mira hacia el cielo oscuro y sonríe una vez más. Él piensa: “Cada vez está más bonita: es una lástima que deba irme ahora, otra vez”.
8
¿Cuántos años fueron? ¿Seis, siete, ocho? ¿Por qué creímos tanto? ¿Por qué creímos?
Porque alguna vez sentimos que no había otra salida y que nada podría terminar como está. Y porque supimos que poco a poco soplaría un viento fuerte, un viento sin fin, que lo habría de cambiar todo, todo.
Ésta es una tierra extraña y hay un mar infinito separándonos. ¿Aquello era necesario? ¿Es necesario que sea así?
Camino el día entero, y puedo estar alegre o triste como si todo fuera como antes. Pero hay una hora en la que es de noche y regreso a casa. Siempre hay algo, una esperanza cualquiera, un recuerdo suelto.
Siempre está ese momento en el que uno se quita un zapato, y luego el otro.
Permanecen los dos, uno al lado del otro, al pie de la cama. Zapatos tristes y vacíos. ¿Buscando qué?
9
El automóvil rueda despacio bajo la lluvia. Después de algún tiempo se detienen en otro bar, a una cuadra de la playa.
–Voy a echar de menos este mar, este ruido sinfín.
Ella escucha en silencio.
–Voy a echar de menos caminar por estas calles. De hecho, ahora mismo echo de menos una infinidad de calles desparramadas por tantas ciudades.
Y entonces ella dice:
–Estás lleno de resentimiento. Como si hubiera un letrero: “Cuidado, pintura fresca”.
Y después dice:
–No creas que sólo eres tú, no creas que el mundo se detuvo ahí. Yo también ando cansada, todo el mundo lo está. Es más, incluso ya estoy enferma.
Y después pregunta:
–¿Eres capaz de acordarte de toda esa alegría? Dime: ¿qué fue de aquella alegría? ¿Dónde está la alegría?