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Karen Londoño Muriel Indeleble
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—Lo siento, señor engreído y sueño perfecto. —Sacó la lengua como una niña pequeña y yo tuve que contener la risa para no lastimarla más—. ¡Tengo graves problemas para levantarme y no había terminado mi reparador sueño de belleza! —dijo mientras acomodaba un mechón de cabello que se había escapado de su trenza.
—¡Sarah! —Su hermano la tomó del brazo—. ¡Quieres dejar de decir tonterías, no molestes a la gente!
Puede ser el mayor, aunque aparentan la misma edad, seguro son como Diane y yo: mellizos.
—¡Él comenzó! —lloró ella mientras me señalaba.
Parecía una chica extraña pero tierna y muy bonita. En ese momento pude detallar mejor sus ojos de un gris verdoso que, aún inundados por las lágrimas, mostraban un intenso brillo que no había visto antes en alguien más.
—Déjala, creo que no vale la pena pelear con niños —solté una vez más las palabras sin pensar y Samuel, si mal no recordaba su nombre, me sonrió y me estiró la mano.
—Samuel Evans, Sam para mis amigos —dijo mientras estrechábamos las manos.
—Daniel Martins —respondí sin más y devolviéndole la sonrisa.
—¡Son un par de trogloditas! —Sarah gritó con ira y salió corriendo del salón.
En ese instante recordé a mi hermana que salió tras ella.
—¡Eres muy descortés, Daniel! —gritó desde la puerta, me fulminó con la mirada y corrió tras el ángel castaño de cabello trenzado.
—Ella es así, no va a crecer nunca. —Las palabras de Sam me devolvieron a la tierra. —Son nuevos, ¿de dónde vienen?
—Somos de Glasgow. —Cogí mi mochila y me giré para salir caminando junto a Sam—. Llegamos el fin de semana y esa que salió tras tu hermana es mi melliza, Diane.
—Otros mellizos en la clase. —Parecía sorprendido—. Sarah es mi melliza, pero no entiendo cómo compartimos útero sin matarnos el uno al otro. —Soltó una carcajada que me contagió. Era un chico gracioso—. Ven, te presentaré a nuestros amigos.
Me hizo seguirlo a través de los pasillos hasta un patio en la parte trasera. Un grupo de chicos reía en una esquina. Todos parecían de mi edad. Hablaban y reían animadamente. Estaba seguro de haber visto a dos de ellos en mi salón cuando llegamos y agradecí en mi interior por la posibilidad de hacer amigos en mi primer día en la gran ciudad.
Caminamos hasta ellos y todos recibieron a Sam con estrechones de manos y abrazos, lo que me llevó a pensar que eran bastante unidos. Temí no poder encajar en un grupo así. Siempre fui lo que llaman “un lobo solitario”.
—Chicos, él es Daniel Martins, el chico nuevo que el señor Harris no quiso presentar.
Sam me empujó para quedar a su lado y poder ver a cada uno de los jóvenes.
—¡Bienvenido, Martins! —Un chico de cabellos negros y alborotados se acercó y me tendió la mano—. Soy Mark Tyler y él —dijo y señaló a otro chico de cabellos castaños— es Ronald, mi primo.
—Mucho gusto —respondí estrechando sus manos.
Un chico de despeinados cabellos castaños me sonrió bajo su mata de pelo y señaló a otro rubio que estaba a su lado:
—Yo soy Nicholas y él es Andrew.
—Me alegra conocerlos a todos —dije con timidez. Nunca en mi vida había estado tan rodeado de… ¿amigos?
—¿Qué le hiciste esta vez a tu hermana, Sam? —Otro chico de cabellos castaños, más tirando rubios, y con rasgos parecidos a los de Samuel y su hermana rompió el círculo y entró enfrentando a Sam—. Está llorando como una magdalena por allá. —Señaló una esquina donde un grupo de chicas se aglomeraba sobre... ¿Mi hermana y Sarah? No podía distinguirlas bien.
—Estaba insultando a Daniel —respondió Sam, parándose despreocupado, y luego cruzó sus manos tras la cabeza. Sí, eran mi hermana y Sarah—. Ah, sí, Daniel, él es Scott Green, está un grado delante de nosotros.
—Hola —dije tímidamente pero el rubio seguía mirando a Sam.
—Sí, sí, un placer. —Me miró sin prestar atención y volvió sus ojos a Sam—. ¡Ve y discúlpate con ella!
—No lo haré, Scott, así que deja esa posición de primo protector.
Se enfrentaron con las miradas por cerca de dos minutos y nadie más mediaba palabra, todo era demasiado incómodo.
—¿Quieren parar ya? —Mark se interpuso entre ellos dos—. Yo iré, sé cómo animarla —sonrió convencido y nos guiñó el ojo antes de salir del círculo.
—¿Esto siempre es así? —le pregunté, confundido, a Nicholas que estaba a mi lado.
—Más o menos. Sarah es una chica linda, pero algo torpe y tonta. Eso enfurece a Sam —dijo y señaló al lugar donde están las chicas—. Por eso siempre pelean, pero Mark suele hacer alguna tontería que la anim...
—¡Lárgate de acá, Tyler! —El grito de una chica nos hizo voltear a todos. Era Sarah—. ¡Vete a seguir burlándote de mí con ellos! ¿O crees que no te vi retorcido de la risa cuando me caí esta mañana? —seguía gritando como una loca—. ¡Y a todas, ustedes también! ¡Vámonos, Diane! —Tomó a mi hermana de la mano y se fue hacia el interior casi arrastrándola.
—Esta vez nos pasamos, chicos. —Andrew miraba la escena con dolor—. Creo que no querrá ver a ninguno de nosotros.
—Vale, vale, me voy a disculpar…
Sam, con pereza, se disponía a caminar. No había gran intención en sus palabras.
—Yo lo haré. Fui quien la trató mal.
Mis palabras salieron atropelladas. Me sentía fatal por provocarle dolor a Sarah. Todos me miraron desconcertados.
—¡Buena suerte! —dijo Sam, conteniendo una risa y dándome una palmada en el hombro. No pensaba acompañarme, eso era seguro.
El miedo y los nervios me invadieron enseguida mientras todos me miraban. Solté un fuerte suspiro y entré por la puerta para buscarlas. No conocía la escuela así que solo caminé mirando a todos lados. Fue entonces cuando vi que mi hermana golpeaba una puerta de forma insistente.
—No quiere salir, no sé qué decirle. Pobre chica. —Diane parecía realmente preocupada —. Y tú la trataste mal —me reprochó.
—Oye, tontita —dije con la voz más dulce que pude sacar mientras tocaba la puerta y movía a mi hermana a un lado.
—¡Me llamo Sarah! ¡No tontita! —me gritó tras la puerta de lo que fuera eso allí dentro.
—Está bien, está bien, Sarah. ¿Puedes abrirme la puerta? —pregunté aburrido de la situación, pero si yo la había iniciado, yo la terminaría.
—¡No quiero ver a nadie! —gritó desde dentro.
—Diane, yo me encargo —miré a mi hermana que seguía perpleja a un lado—. Ve y come algo, si quieres —agradecí que me hiciera caso porque apenas terminé la frase se fue en dirección al patio, dejándome solo frente al salón cerrado—. Anda, Sarah, quiero disculparme contigo, no con una puerta.
—¿Disculparte?
La vi asomar su cabeza por la puerta con indecisión.
—Sí, lamento haberte hablado mal. —Me incliné para poner mi rostro frente al de ella. De verdad era bajita y tenía su nariz algo enrojecida por el llanto, mientras que sus tiernos ojos gris verdoso me miraban confundidos y esperanzados al mismo tiempo—. ¿Puedo pasar o vas a salir?
—Pasa.
Abrió un poco la puerta y de repente me vi rodeado de espejos en un salón y con ella recostada de espaldas en la puerta ya cerrada.
—Podemos comenzar de cero, ¿te parece? —La miré directamente y sonreí para infundirle confianza—. Mucho gusto, soy Daniel Martins, tengo quince años y acabo de llegar de Glasgow con mis padres y mi hermana melliza, a la que ya conociste…
Le estiré la mano en un acto de buenos modales.
—Soy Sarah Evans, tengo catorce años. —Me estrechó la mano con dulzura y sentí un fuerte corrientazo que invadió cada rincón de mi cuerpo. Como si con ese mínimo contacto ella hubiera despertado cada parte de mí—. También soy melliza y ya conociste a mi hermano.
—Disculpa si fui grosero, no...
—No te disculpes, la verdad no me dolió lo que dijiste. Mi hermano me lo recuerda cada día —me interrumpió sonriendo y sentí como si una cálida luz me hubiera cubierto—. Me dolió que todos se rieran de mí, incluyendo a Samuel. —Se sentó en medio del salón con los pies cruzados, descargó su mochila despreocupadamente a su lado. Yo la seguí, estirando mis pies y dejando mi mochila junto a la suya—. Soy un poco torpe y tonta, ya lo viste, pero no soporto que mis amigos se rían así en mi cara. Tú y tu hermana no se rieron, gracias por eso...
—Fue gracioso, debo admitirlo —confesé, fijando mi mirada en la puerta—. ¿Es que acaso no viste a tu hermano?
—¡Claro que lo vi! —Pensé que se enojaría con mi comentario, pero ahí seguía, sonriendo adorablemente—. Es solo que lo vi demasiado tarde… —dijo y sacó la lengua mientras jugueteaba con la trenza que le llegaba justamente a la cintura.
—Eres toda una tontita —le solté en tono juguetón y devolviendo su gesto.
—Y tú bastante engreído —una vez más me sacó la lengua en un gesto infantil y por alguna extraña razón sentí el impulso de abrazarla, pero me contuve—. Ya conociste a los chicos, ¿verdad?
—Ehm... Sí, a algunos.
¿Realmente era tan fácil que se olvidara de una discusión? Yo simplemente agradecí que cambiara el tema.
—Son buenos... Algo crueles, pero buenos.
Agachó la cabeza y empezó a jugar con sus manos en su regazo.
—¿Crueles? ¿Por qué?
Quería seguir viendo esos ojos, pero no me atrevía a levantarle el rostro.
—Ninguno me ayuda con los temas de clase, me evaden siempre y son muy inteligentes. Me dejan trabajando sola y creo que la escuela es mucho para mí.
Levantó una vez más el rostro y me miró con una sonrisa melancólica.
—Tal vez Diane quiera trabajar contigo, ¿no te parece? —intenté animarla.
—Tal vez… —Se puso de pie tan rápido que me asustó cuando lo hizo—. ¿Quieres ayudarme a ensayar?
—¿Qué? ¿Ensayar?
Sarah volvió a cambiar su estado de ánimo y de tema bruscamente. Creo que para seguirla iba a tener que estar muy atento.
—Sí, es que estoy enfadada con Mark y él es mi pareja normalmente —dijo como si fuera lo más lógico del mundo. Eran novios seguramente y yo empezaba a entristecerme sin saber el porqué.
—¿Qué practicas?
Me puse de pie y esperé una respuesta.
—Teatro y danza. Me gustan las artes, tal vez sea por eso por lo que lo demás no se me da bien —respondió sonrojándose. Y señalando los espejos que nos reflejaban por todo el lugar, añadió—: estamos en un salón de baile.
Parecía que se hubiera percatado de mi ignorancia al respecto.
—No sé bailar, lo siento —dije, intentando salir del problema en que me estaba metiendo.
—Yo puedo enseñarte. No es difícil seguir un baile de salón.
Me agarró de la mano y me llevó hasta una mesa donde había una grabadora algo anticuada. Le dio play y una suave música empezó a sonar. Un hermoso vals inundó el salón y Sarah se paró delante de mí. Por fin podía detallarla bien. Su contextura delgada se podía notar aún con el uniforme. No tenía unos senos grandes, pero su tamaño era perfecto para su cuerpo. Sus labios ligeramente abultados y de un color rosa coral se curvaron en una leve sonrisa mientras movía hacia atrás la trenza que había ubicado sobre su hombro cuando se levantó del suelo. Puso una de sus manos en mi hombro, sé que le quedaba un poco difícil porque le llevaba casi una cabeza en estatura. Tomó una de mis manos con la otra y las entrelazó dejándolas alzadas a un lado...
—Tómame de la cintura… —dijo, alzando el rostro para mirarme. Estaba sonriendo y los vestigios de sus lágrimas desaparecieron. Ahora me miraba ilusionada así que puse mi mano en su cintura, guiada hacia la espalda. Pude notar que tenía la cintura y caderas bien marcadas al sentir la curva entre ellas con mi mano—. Sí, así —me alentó e irguió su postura que ahora parecía mucho más elegante y refinada—. Ahora, déjate llevar por la música.
Le hice caso. Cerré mis ojos y dejé que la suave melodía guiara mis pasos y, como si flotáramos, empecé a dar vueltas por el salón con Sarah entre mis brazos. Obviamente no era la primera vez que bailaba un vals, pero sí la primera vez que me sentía en el cielo. Giramos por unos cuantos minutos. Abrí mis ojos y la vi con los suyos cerrados, disfrutando el momento. Hermosa... Fue ese el momento en que me dejé envolver por ese sentimiento que todos buscan y anhelan. Fue amor a primera vista... Me enamoré de esa pequeña tonta con la que estaba bailando.
—Eres muy bueno —dijo, sacándome de mi burbuja personal. La música había terminado—. Estoy considerando seriamente cambiar a Mark por ti —añadió y me miró con la expresión que pone un niño pequeño cuando comete una travesura.
—No puedes cambiar a tu novio, además, yo no bailo —solté nervioso.
—¿Novio? ¡Bromeas! —me soltó y empezó a reír a carcajadas mientras el eco del salón repetía su risa—. Mark es mi mejor amigo, nunca tendría algo más serio con él. Es como mi hermano, crecimos juntos y no, no tengo novio —terminó por explicarme y el alma me volvió al cuerpo.
—Lo siento, pensé... —intenté disculparme.
—Todos lo piensan. —Me soltó y caminó hasta recoger su mochila—. Debemos volver a clase, la campana está por sonar.
—Ehm... Sí, claro. —Cogí mi mochila y le abrí la puerta para que saliera delante de mí—. ¿Solo tú practicas en los momentos de descanso?
Empezamos a caminar uno al lado del otro por los pasillos
—Cuando estoy triste, aburrida o enfadada, sí. Normalmente Mark me acompaña, pero ya te dije, no lo quiero ver. —Su tono era dulce y tranquilo, bailar sí que la calmaba—. Y ya conseguí un parejo mucho mejor. —Me miró y guiñó un ojo con complicidad.
—No te ilusiones, de verdad no me gusta...
—No me importa si te gusta o no. —Su voz sonaba a regaño de mi madre cuando intentaba escaparme de las tareas del hogar—. A mí me gustó bailar contigo y pienso hacerlo de nuevo.
Era una chica obstinada y me di cuenta de que ya me tenía completamente atrapado.
—¿Piensas obligarme? —dije y la miré incrédulo.
—Sé que te gustó, lo disfrutaste —respondió y se encogió de hombros.
Tenía la razón.
—Sí, pero...
—Pero nada, Daniel. Tal vez a tu novia le gusta que bailes bien y ni lo sabes —lanzó el comentario tan de repente que solo pude abrir de más los ojos.
—No tengo novia, Sarah —respondí, algo sonrojado.
—Bueno, a la que tengas en un futuro, acá hay muchas chicas lindas —sonrió alegre y nos detuvimos frente a nuestro salón—. Espero te guste la escuela y Londres... Si necesitan alguna guía en la ciudad, con gusto les ayudaré.
—Gracias, lo tendré en cuenta.
Haría cualquier cosa para compartir tiempo con ella.
Ese día pasó rápido. Terminé haciendo grupo con Sarah y Diane para un trabajo de anatomía después de ver cómo todos sus amigos la dejaban sola. Me di cuenta de que sí es un poco cabeza hueca y no se le dan bien las teorías, pero, aun así, tenía interés en ayudar y sentirse útil.
Al terminar las clases, la vi correr inútilmente tras Sam. Él la dejó atrás, y ella siguió caminando sola y cabizbaja hacia casa. Pronto, Mark apareció a su lado y ella lo despachó rápidamente, así que Diane y yo la alcanzamos. No podíamos dejarla caminar sola hasta quién sabe dónde. Mi hermana fue la primera en llegar a su lado.
—¿Sarah, por qué vas sola?
—Sam me dejó atrás y no quiero ver a ninguno de mis amigos. Aún me duele lo de esta mañana... —contestó, y, aunque sonreía, sus ojos mostraban tristeza.
—Daniel y yo podemos acompañarte… si quieres —Diane me miró de reojo, esperando que yo asintiera —. ¿Verdad, Dany?
—Ehm... Sí, podemos acompañarte... —dije consciente de que un tenue rubor empezaba a cubrir mis mejillas.
—Gracias, sigan tranquilos, puedo llegar sola a mi casa. No se desvíen por mi culpa —dijo, luego nos miró intercaladamente y volvió sus ojos al frente.
—Puedo invitarlas a comer un helado —hablé más para Sarah que para mi hermana, pero esperaba que funcionara.
—¿Helado? ¿De verdad?
Los ojos de Sarah se iluminaron como dos estrellas resplandecientes y, en cuestión de segundos, nos tomó de las manos a mi hermana y a mí y corrió hacia un hermoso parque lleno de árboles, fuentes y niños jugando.
—Te gustó Sarah, ¿verdad? —dijo Diane y me sacó de mis pensamientos mientras pagaba los helados y veíamos a la castaña sentada en una silla comiendo un helado doble de fresa.
—¿De qué hablas? Solo me da lástima —respondí, haciéndome el tonto.
A diferencia de Sam y Sarah, Diane y yo éramos muy unidos, a tal punto que muchas veces sabíamos lo que pensaba el otro.
—No puedes negarme nada a mí, Daniel. —Me miró con picardía—. Vamos, llevemos a Sarah a su casa y vamos a la nuestra, mamá debe de estar preocupada.
Minutos más tarde, dejamos a Sarah frente a un enorme portón blanco en nuestro mismo barrio residencial. Eso fue una gran ventaja porque no conocíamos mucho de la ciudad. Se despidió de nosotros con alegría y regresamos a nuestra casa sin hablar. La verdad yo necesitaba algún tiempo solo para entender lo que había pasado en mi primer día en Londres y mi hermana lo entendía. Me encerré en mi habitación y las imágenes nuestras bailando en el salón de danza me atacaron al instante. Parecía un hermoso ángel de cabellos castaños y sonrisa radiante...
—Daniel, hijo, ¿quieres comer algo?
La voz de mi madre me hizo regresar a la habitación llena de libros de texto y figuras modulares armadas por mí mismo.
—No, mamá, voy a dormir un rato.
Me acomodé en la cama y cerré los ojos para soñar con ella, con mi ángel...
Cloe me mira como si tuviera monos verdes en la cara.
—¡Wow! ¿En verdad fue amor a primera vista?
—Creo que sí —respondo, me encojo de hombros y miro al mesero que trae la orden de dos hamburguesas con quién sabe qué cosas dentro, papas fritas y sodas—. Desde el primer momento en que la vi me enamoré, pero esa fue mi perdición.
—Pero ¿sí llegó a ser tu novia o no?
Cloe recibe su hamburguesa con cara de no haber comido en días y yo solo puedo sonreír al recordar a Sarah.
—Pues sí, déjame seguir con la historia —digo mientras cojo una papa y juego con ella en el plato frente a mí...
Capítulo 2 Dulce comienzo
Daniel
Enfurecido, entré a la habitación de Diane:
—¡No puedo creer que me dejes trabajando solo con Sarah!
Había pasado ya un año y ocho meses desde que llegamos a Londres. Nos adaptamos fácilmente a los chicos y pronto nos convertimos en dos miembros más de un gran grupo de amigos. Sarah nos enseñó la ciudad en la primera semana de nuestra llegada y, a esas alturas, ya estábamos más que adaptados a la vida de Londres.
Mi ángel castaño y de sonrisa inocente siguió ocupando mis pensamientos y me acostumbré a compartir tiempo con ella y con Mark. El chico de cabellos oscuros y alborotados resultó ser un gran amigo, aunque yo estaba seguro de que también estaba interesado en Sarah. Se notaba en la forma como la miraba y en lo devoto que era de nuestra amiga.
Ese día en la mañana nos asignaron el último trabajo del año. Reunía tres asignaturas, debía hacerse en pareja y mi hermana corrió a trabajar con Sam, dejándome con Sarah, quien, como de costumbre, quedó sola.
Hasta el momento, habíamos trabajado los tres juntos y estudiábamos en las tardes. Logramos, entre Diane y yo, estabilizar un poco las calificaciones de Sarah, pero esta vez Diane decidió dejarme solo y no estaba preparado para eso.
—Daniel, para ti no es un secreto que me gusta Sam. Déjame trabajar con él —me pidió y me miró suplicante.
—No puedo trabajar solo con Sarah, Diane. —Me senté a su lado. Tenía que desahogarme—: esa chica pone mi mundo de cabeza...
—Aprovecha y dile lo que sientes —Me guiñó el ojo con confianza.
—¿Y si me rechaza? ¿Y Mark?, no puedo traicionarlo así...
—Es tu amigo, estoy segura de que te va a entender. —Se levantó de la cama y me haló de los brazos—. Ahora vete de mi cuarto, quiero estudiar y tú no me dejas.
Salí sin decir algo más. Diane tenía razón, debía hablar con Sarah, pero también con Mark. Debía decirle a mi amigo que esa chica torpe me interesaba mucho más y que quería saber su opinión.
Caminé a mi cuarto y busqué el teléfono para llamarlo a su casa. Me respondió en menos de dos timbres y acordamos vernos en el parque cercano a nuestro vecindario, quince minutos más tarde, tiempo suficiente para tomar valor.
Cogí mi chaqueta, me despedí de mis padres y salí al encuentro de mi amigo. Él tendría que entender...
—¡Daniel! Perdona la demora. —Mark llegó corriendo a la silla en la que lo esperaba—. Tuve que pasar por casa de Ronald a llevar algo. —Se sentó a mi lado haciendo un gesto exagerado de cansancio—. ¿De qué querías hablarme?
—Mark... ¿A ti te interesa Sarah? —pregunté sin mirarlo.
Enfoqué mi mirada en la fuente que tenía en frente y en el agua que caía a cascadas una y otra vez.
—¿Era eso? —Mi amigo se recostó en la silla, estiró sus pies y miró igualmente a la fuente—. Sí, me gusta mucho, y se lo dije hace un tiempo. —Sonaba melancólico—. Pero ella afirmó que soy como su hermano... Crecimos juntos y no me ve como lo que yo quisiera, así que solo me quedó ofrecerle mi amistad.
—Ya veo...
—A ti también te gusta, ¿verdad? —me interrumpió, y solo pude asentir —Díselo, tal vez a ti sí te acepte.
—Quería saber qué opinabas. Eres mi amigo y no quería lastimarte...
—Adelante, Daniel, tienes mi permiso —dijo con voz solemne y divertida mientras ponía una mano en mi hombro.
—¡No seas tonto! —Me sacudí divertido.
Mark era como Sarah, alegre, espontáneo y hasta infantil.
—Ya que hablamos, te parece si pasamos un rato al Queen, quiero una malteada y ganarte en otra partida.
Se levantó y me miró sonriente.
—No me ganarás esta vez Tyler.
Y Lo seguí divertido.
Mark era de esos chicos que siempre va vestido a la moda. Provenía de una buena familia. Era de mi estatura, 1,78 metros; nunca supo para qué servía un cepillo porque sus cabellos siempre estaban revueltos, pero con estilo, algo que no lograba entender. Tenía unos ojos verdes extrañamente brillantes que se oscurecían cuando se sentaba a tocar la guitarra y se dejaba llevar por la melodía. Contaba con un talento innato y aunque no hacía mucho ejercicio, siempre tuvo un cuerpo atlético.
El Queen era la cafetería de los padres de Andrew. Allí había una habitación reservada para nosotros donde instalamos videojuegos y pasábamos gran parte de nuestras tardes, haciendo torneos y tomando malteadas por cortesía de los Cooper. No era muy grande, pero quedaba cerca del vecindario y nuestros padres no podían quejarse si salíamos tarde de allí, cosa que pasaba muy a menudo.
Al entrar, mi mundo se iluminó. En una mesa, sentada, sin compañía y tomándose una malteada de fresa, estaba Sarah. Parecía preocupada. Mark y yo cruzamos nuestras miradas extrañadas, caminamos juntos hasta su mesa y nos sentamos sin pedir permiso.
—¿Qué te pasó?, mi bonita.
La melosería de Mark con mi ángel a veces me molestaba.
—Ah... Hola chicos. —Nos sonrió forzosamente—. Nada, no me pasó nada, solo estaba algo… aburrida.
—Algo te pasó, Sarah. —Su mirada triste y perdida transmitía lo opuesto a lo que indicaban sus palabras—. Dinos, somos tus amigos, ¿no?
—Samuel volvió a decirme que soy una tonta y esta vez mi papá estuvo de acuerdo con él —dijo con un deje de tristeza en la voz—. No quise seguir escuchándolos y salí corriendo de casa hasta llegar a esta mesa —añadió y nos dio esa sonrisa inocente y hermosa que iluminaba nuestros días.
—Puedes ser una tonta —Mark empezó a hablar—, pero eres nuestra tonta, ¿verdad, Daniel?
—Sí, supongo que sí.
Sonreí a Sarah, perdiéndome en el gris verdoso de sus ojos.
—¿Quieres de chocolate?
Mark me devolvió a la tierra y yo solo asentí mientras él iba a la barra y me dejaba a solas con mi ángel.
—A Sam le gusta Diane —soltó como si nada—. Lo descubrí hablando con Ronald esta tarde.
—A Diane también le gusta —respondí un poco sorprendido—. Mientras no la trate como te trata a ti, todo estará bien.
—Sí, supongo.
Se encogió de hombros y bajó la cabeza a la mesa con gran tristeza.