
Полная версия:
Javier Moreno Null Island
- + Увеличить шрифт
- - Уменьшить шрифт
A continuación vuelo a Benidorm y recorro la playa de Levante. Veo las sombrillas, a los bañistas tendidos sobre sus toallas (parecen cadáveres, cuerpos bronceados a los que sorprendió un apocalipsis repentino), a los niños que construyen castillos de arena. Veo a un joven que mira hacia arriba. Escruta el cielo. Observa una gaviota o tal vez intuye que alguien le vigila. Soy yo (saludo). Imagino las primeras filas ocupadas por ancianos, como si el mar fuese una metáfora oscura de la muerte y ellos aguardasen ahí su turno. Imagino la línea multicolor que forman dichas sombrillas, recorriendo los miles de kilómetros de costa de la península, desde Girona hasta Euskadi. Esa línea forma parte de una topología del deseo. Ese disputado primer metro de playa que lamen las olas, como un río sembrado de pepitas de oro. Imagino que todos esos sexagenarios constituyen una línea de protección, que si no fuese por ellos el mar invadiría la tierra, asolaría la Torre de Hércules, La Manga del Mar Menor, Las Ramblas, La Gran Vía, La Giralda, la meseta castellana y ese fastuoso vacío que es Soria, incluido el olmo machadiano; que son ellos los que nos protegen y nos guardan de la furia del mar. En efecto, todas esas sombrillas coloridas son las células de la piel (frágil y ulcerosa) de un cuerpo que semeja una piel extendida de toro. Un cuerpo que refresca su fiebre en el mar, un cuerpo que implosionaría sin la envoltura terapéutica del mar.

Sigo imaginando que alguien, haciendo uso de Google Earth, descubre una extraña mancha en un parque. La amplía y descubre que es un hombre tumbado sobre el césped. Junto a él puede ver un charco de sangre. Se trata por tanto de un cadáver. A unos pocos metros se divisa la figura de otro hombre, a punto de desaparecer entre los árboles. Probablemente su asesino. No lejos de la escena hay un parque infantil. Los niños juegan, ajenos al suceso que acaba de ocurrir. Solo la imagen del satélite ha sido capaz de capturar el crimen.
Las cámaras pueden ver cosas que el ojo humano no es capaz de percibir. La lente de la cámara es la metáfora favorita con la que Lacan gustaba de referirse al gran Otro. Esa es la idea que subyace en la manera de concebir el cine de Dziga Vertov. Eso es lo que Barthes llama el inconsciente óptico, la misma idea sobre la que se estructura Las babas del diablo de Cortázar (y su trasunto cinematográfico Blow Up, de Antonioni), así como el relato El velo de encaje negro de Fleur Jaeggy. Es la obsesión de Pedro en Arrebato, la película de Iván Zulueta.
La fotógrafa-niñera Vivian Maier grabó el supermercado y el exterior de la casa donde trabajaba y vivía una mujer que fue asesinada junto a su hijo, tras leer la noticia del crimen en la sección de sucesos de un periódico. Vivian Maier actuó guiada inconscientemente por la misma idea, la de que la cámara sería capaz de delatar al culpable de aquel crimen. Es un absurdo, casi una superstición, equiparar el objetivo de una lente con la visión privilegiada de un dios. El síntoma de una religión que gana día a día nuevos adeptos. La cámara que mira, de Marcel Broodthaers, podría ser el tótem alrededor del cual ejecutamos nuestra danza de aborígenes tardomodernos.

A continuación busco la foto de Borges en la que el escritor aparece disfrazado con una máscara de Lobo Feroz. La encuentro sin dificultad. Borges aparenta ser un auténtico monstruo. La máscara es tan realista que quien la contempla tiene la impresión de encontrarse ante un verdadero Hombre Lobo. Un Hombre Lobo vestido con traje y corbata, algo que lo hace todavía más desconcertante. Mi impresión es que no estoy ante Borges disfrazado de Hombre Lobo sino que esa imagen ha capturado al Hombre Lobo disfrazado de Borges, una manera de poder comerse a las caperucitas de la poesía, a los cerditos de la literatura.
Siempre he sido reticente a disfrazarme. Podría dar mil argumentos intelectuales pero no me apetece buscar coartadas. Un exacerbado sentido del ridículo, tal vez sea eso. Aunque ahora que lo pienso, y cambiando de idea (como no soy río me doy la vuelta cuando quiero, decía una maestra de mi infancia a la que bastaría el haberme inculcado esa escueta sabiduría para recordarla con cariño), creo que no me gusta disfrazarme porque no tengo nada que ocultar de puro exhibicionista y entonces para qué calzarme una máscara si lo que conseguiría sería tan solo zafarme de la mirada de los otros, violentar mi naturaleza. Sin embargo hay algo fascinante en la máscara de Borges. La obra de Borges siempre me resultó fascinante y ahora me sorprendo dejándome engatusar por su máscara. Borges es una especie de brujo que me tiene hechizado, aun después de muerto (aunque los escritores, sobre todo los buenos, están siempre un poco muertos). Para alguien tan poco mitómano como yo resulta todo un misterio. Toda regla admite su excepción, sin embargo. Me sorprendo buscando en internet máscaras de Hombre Lobo. No una cualquiera, sino la que Borges lleva puesta en la fotografía que le hicieron en su casa de la calle Tucumán. Mi mirada se pasea por cientos de imágenes de máscaras de Hombre Lobo. Según parece la primera vez que Borges usó esa máscara fue en una fiesta de Halloween durante una residencia en Estados Unidos. Deduzco que la máscara debe de proceder de algún lugar de Norteamérica. Tras una hora de intensa búsqueda creo dar al fin con ella. El sentimiento que me embarga mientras realizo la compra online es el de euforia, sin paliativos. La compro. Estoy deseando ponerme esa máscara y sentarme a escribir y pasear por el bosque de la literatura con mi flamante máscara de Hombre Lobo para ver a quién me tropiezo, para asustarlo y, tal vez, zampármelo.
Mientras espero a que llegue pienso en qué voy a escribir. No hablo de este preciso momento sino de ahora en adelante. Se trata de una pregunta que indaga no tanto el próximo movimiento sino la naturaleza del propio juego. Sobre personas (me respondo a mí mismo) pero, sobre todo, sobre las cosas. Se trata de ecología, de respeto por toda esa materia que nos rodea. Ya nos preocupamos bastante por las personas y los animales, pero qué ocurre con las cosas. Las acumulamos en estantes de súper y grandes almacenes como presos alineados frente a los barrotes de su celda. Las usamos como si fueran personas y las arrojamos a la basura. No es justo. No es democrático. Por qué limitarse a las personas cuando uno puede narrar el mundo en toda su multiplicidad. Este mundo no será justo ni democrático mientras no liberemos a las cosas del yugo que nosotros mismos les imponemos. Es preciso ponerlas frente a nosotros y meditar sobre ellas, revelar el potencial que esconden en su interior.
Miro a mi alrededor, indago en la soledad del salón en busca de comprensión por parte de los objetos que me rodean. La encuentro en la mesita nazarí, en el cenicero colmado de colillas y en la diminuta telaraña del cielo raso. Corre entre nosotros una solidaria corriente de contingencia y al mismo tiempo de gozo por la existencia, de ridiculez ante la ingente dimensión de las estrellas. Nuestros vacíos se asoman a su abismo en una perfecta reciprocidad. Aprecio el deseo de cada uno de ellos de ser otro, de estar a punto de serlo. Si no mudan es por vergüenza y por respeto a la domesticidad que acordamos hace tiempo. Como yo con esa máscara de Hombre Lobo. La rescataré de un almacén de Amazon y la haré sentir importante, la encarnaré en un cuento, en esto que cuento.
La materia es energía, de acuerdo, pero también poesía. Es cuestión de saber usar la herramienta adecuada.
Entonces recuerdo que Lobo es precisamente el heterónimo que usa Cortázar (y que adopta su compañera de viaje y esposa Carol Dunlop) para referirse a sí mismo durante el viaje que les llevó a lo largo de la autopista París-Marsella, y que tuvo lugar del 23 de mayo al 23 de junio de 1982. Recorrido que fue plasmado a cuatro manos en las páginas de ese libro absolutamente singular que es Los autonautas de la cosmopista.
El mundial de fútbol en España transcurrió del 13 de junio al 12 de julio de 1982. Ni Julio Cortázar ni Carol Dunlop mencionan una sola palabra en relación al fútbol en su libro. El 20 de junio España vence a Yugoslavia por 2 a 1. Yo estaba cenando en la terraza de mi casa, rodeado de jazmines y nísperos, celebrando el gol de Juanito mientras Julio y Carol hacían el amor en su autocaravana aparcada en un paradero de Murieres, cerca de Avignon. El hecho de saber lo que hacíamos en ese preciso momento, Carol, Julio y yo, hace que me sienta más cerca de ellos, que nuestros destinos intersequen de alguna manera, como si Julio y Carol fuesen unos parientes lejanos y excéntricos cuya historia reaparece periódicamente en las reuniones familiares.
Sentarse a escribir es algo así como concertar una cita con uno mismo, para contarse usando la propia máscara o la de un repertorio más o menos extenso. Puede resultar paradójico eso de darse cita frente al teclado, mirarse en la pantalla como en un espejo deformante. Pero a veces uno queda consigo mismo y comparece otro, y entonces es cuando la cosa se pone interesante y una chispa venida de no se sabe dónde acude a las yemas de los dedos.
Las cosas están continuamente aconteciendo. No son, actúan. Mantienen un diálogo hecho de colores, de energía y texturas. El guión carece de restricciones, salvo las que impone el propio escenario. Están la actriz (blancura relumbrante) taza de café, la actriz (lección de geometría) mesita nazarí, el actor (adicción fototrópica) poto, el actor (enterrador de alientos) cenicero, el actor (Aleph anonadante) PC, el actor (mansa chaladura) lector… Estoy unido a cada una de ellas por diferentes grados de afecto. Guardo por todas idéntico respeto. Me gusta pensar que yo formo parte del espectáculo, que no representan su papel para mí sino que soy parte de la escena. Y el papel que me ha tocado en suerte es el de acompañarlas durante el tiempo que dure mi vida, testimoniar su mudanza. Antes de marcharme espero haber dejado algo en ellas. Las cosas (la gran mayoría de ellas, al menos) nos sobrevivirán. Ellas forman parte de nuestro legado. Son nuestras herederas. En las cosas se cifra el paraíso donde salvarnos o el infierno al que seremos condenados.
LICANTROPÍA
Recién ahora recuerdo el sueño de anoche. Fue un sueño etimológico. Alguien me explicaba el origen de la palabra gallo (el pescado, no el ave). Según mi informante onírico, todo viene de los antiguos censos medievales. A veces los siervos estaban obligados por enfiteusis a entregar un gallo (el ave) mensualmente al señor a cambio de trabajar su tierra. En las zonas costeras, sin embargo, era más fácil para algunos siervos disponer de ciertos peces que de animales de corral para dar satisfacción al censo impuesto por su señor. De ahí que muchos señores toleraran e incluso aprobaran con gusto la sustitución del animal de corral por el marino. Y así, por elemental metáfora trófica, los señores empezaron a reclamar ‘el gallo’ (pescado) a sus siervos dedicados a la pesca. Y de ahí en adelante.
Consigno mis sueños a pesar de que soy consciente de ese lugar común según el cual los sueños carecen de todo interés narrativo. Incluso en la narrativa cotidiana, sin pretensiones literarias. Yo opino distinto. Los sueños son la baliza, la estación meteorológica que aporta los datos a partir de los cuales se puede predecir ese sistema caótico que es el imaginario colectivo.
Imagino una web donde cualquier ser humano pudiese transcribir sus sueños. Cada día el Big Data crecería alimentado por millones y millones de sueños procedentes de todos los lugares del planeta. Los analistas estudiarían los datos, tratando de extraer patrones reconocibles, los miedos y deseos que mueven el mundo, usando las armas de la estadística y la poesía. Esa web acabaría siendo muy importante, la más importante, de hecho; mucho más que Facebook o Twitter.
Escribir bien no tiene mérito. Escribir bien es un asunto estadístico. Hay un porcentaje de la población dotado para escribir (más o menos el mismo porcentaje que el que hace puzles o malabares o tiene una enfermedad rara), y punto. El canto del mirlo es hermoso, pero nadie lo soporta demasiado tiempo sin caer en el aburrimiento. Lo extraordinario sería que un pájaro que no está especialmente dotado para el canto sintiese la necesidad de inventarse uno, con sus ritmos, sus cadencias, su trémolo, sus modos de seducción, sus estrategias para desorientar a los depredadores. Un ave así haría enrojecer de envidia al más virtuoso de los ruiseñores.
La escritura no es en mi caso instintiva, como tampoco lo fue la afición al tabaco. No escribí nada hasta los veinte años. Empecé a fumar y a escribir a esa edad porque pensé que ambas acciones podrían suponer una especie de llave mágica para abandonar el callejón sin salida en el que preveía que podía convertirse mi vida. La literatura y el tabaco son por tanto vicios adquiridos. Como todo aquello que depende de la cultura y no del instinto, pienso que podría dejarlos a ambos, incluso simultáneamente, del mismo modo en el que llegaron, siempre que pudiera superar el síndrome de abstinencia. Me pregunto cuál de ambos síndromes sería mayor, si el de la literatura o el del tabaco. Ambas, la escritura y el tabaco, constituyen una adicción y, como tal, pueden manejar nuestra voluntad con un ímpetu todavía más incoercible que el que emana del código genético.
La impotencia es solo una cara de la moneda, la imposibilidad de satisfacer a la persona que se ama. Pero hay otra cara, tanto o más inquietante, y es la incapacidad de darse satisfacción a uno mismo. ¿Acabaría convirtiéndose –me pregunto– el orgasmo en un recuerdo más, candidato al olvido? Tarda uno años en encontrar el camino del orgasmo, en aislarlo, en dotarlo de intensidad, en convertirlo en un elemento puro desprovisto de azar y de confusión. Con el transcurrir del tiempo aprendemos a buscarlo, ejecutamos los pasos de un ritual, una mecánica que creemos infalible; seguimos un rastro que no sabemos si es un largo ascenso o un costoso descenso, en persecución de algo precioso agazapado en las entrañas, una maravilla que dura apenas lo que tarda en escurrirse un puñado de arena de entre las manos.
El timbre me saca de mis pensamientos. Probablemente sea el mensajero. Abro la puerta y, en efecto, ahí está, con el paquete entre las manos. Amazon es la encarnación del mal. Al igual que el mal, es rápido, omnipresente e imposible de derrotar. Abro la caja de cartón. Es mi máscara. Me la pongo frente al espejo. Tenemos un aspecto espeluznante. Juntos formamos una combinación explosiva. Regresamos, mi máscara y yo, junto al teclado. Aullamos y siento cómo a mi alrededor se estremecen la telaraña, la mesa nazarí y el cenicero. Sé lo que piensan. Si yo puedo ser otra cosa entonces ellos también, parecen decir. Traman la mudanza de sus actos. La mesa acrecienta su brillo respondiendo a la luz que penetra por los ventanales. La telaraña siente deseos de ser arpa. La ceniza ya no es una masa indistinta de polvo sino un acúmulo de polillas desecadas. Mis pulmones custodian el polvo de sus alas.
Poco a poco las cosas se remansan. Me deshago de la máscara para ver cómo los objetos sestean a mi alrededor, emitiendo pulsos de ondas, cifrando un mensaje imperceptible, como mudas chicharras bajo la solana.
Aunque no son solo los objetos. En realidad las emociones pueden ser tan objetivas como las cosas que nos rodean. Consiste en colocarse al otro lado de la piel y contemplar desde allí el paisaje de nuestros sentimientos, el germen del que brotan nuestros (aunque tal vez resulte inadecuado llamarlos nuestros, del mismo modo en el que no son nuestros los árboles, ni los pájaros, ni los edificios que asoman al otro lado de la ventana) pensamientos.
Si busco al protagonista de la historia de mi vida, entonces no veo sino una sucesión inconexa de cosas y de personas. La historia de mi vida es absolutamente democrática y por tanto, supongo, deja de poder considerarse como una historia sino que más bien es un cajón de sastre (una frase hecha que, por cierto, carece en lo que a mí concierne de referente –nunca en mi vida intimé con un sastre hasta el punto de que me mostrara su cajón–, aunque supongo que debe ser así, que la imagen que resume la historia de mi vida debe ser algo que quede excluido de la propia historia, pues de otro modo esa imagen estaría dotada de un protagonismo inmerecido o al menos tan merecido como el resto de seres que habían transitado por ella, y todo ello haría de mi vida una paradoja en la que lo definido entraba dentro de la definición, menudo lío) donde todos los objetos en ella contenidos están dotados del mismo valor, como una de esas tiendas de chinos donde uno puede hacerse indistintamente con cualquier mercadería usando la misma moneda. Es una historia, por tanto, desprovista de acontecimientos, y es posible que los demás, aquellas personas de las que me rodeo, algo intuyan y que me guarden por tanto un prevenido rencor pues a nadie le gusta que le equiparen con un jarrón o una hoja de roble. Pero ese resquemor carece desde cualquier punto de vista de fundamento en el momento en el que yo, el narrador de mi existencia, doto de un desmesurado interés a ese jarrón o a esa hoja. El problema radica más bien en las personas y en su instinto de superioridad en relación al resto de seres (y esto incluye a las personas que no son ellos mismos), pero ese es su problema, no el mío, ni el del jarrón ni el de la hoja; y si algún asombro motiva este modo de ver las cosas es el de asistir a un acto de verdadera democracia. Pues la democracia, como todos los absolutos, asusta. A todo el mundo le apetece formar parte de ese minuto de gloria que uno se llevaría gustosamente al otro mundo y, en efecto, todos lo tuvieron, ese minuto. Lo que pasa es que ese minuto deberán compartirlo con la taza de café que llevaban en la mano o los pendientes o el vestido (ah, aquel vestido), pues en realidad ellos tampoco resultaban los exclusivos protagonistas de la escena y a veces era su voz o su torpeza o su fama (sí, a veces me dejaba encandilar por el oropel), pero de igual modo me dejaba embaucar por la insignificancia y la nadería y la frivolidad más absolutas y todo con una falta supina de criterio o más bien dejándome llevar por el único criterio de que todo en este mundo podía resultar igualmente maravilloso y desde luego excepcional, y cuando se es un auténtico demócrata con los seres, entonces uno puede dormir tranquilo. Así la insignificancia no deja de ser el polvo que levanta el jinete de la épica, la mosca posada en la pistola que aparece en escena y que nadie dispara. Tras mi conciencia se agazapa un cineasta, un documentalista franciscano especializado en la minucia que piensa que el encuadre y la producción lo son todo a la hora de lograr la gloria poética.
Una vez vi a una gaviota atacando a un dron. Fue en la playa de Benidorm.
Por la noche lo intentamos de nuevo, hacer el amor. Con idéntico resultado. No hablamos del tema. Tal vez ambos intuyamos (mejor dicho, confiamos) que se trata de algo pasajero, como un esguince o un grano en la mejilla. No aclares que oscurece, dicen que dicen los argentinos, esos doctorados en psicología. Luego le enseño mi máscara de Hombre Lobo. Le digo que con esa máscara me convertiré en el mejor escritor del mundo. Que la literatura es un bosque encantado y que yo he decidido desempeñar el papel de Lobo. Me cito a mí mismo y le digo que con ella me merendaré a las caperucitas de la poesía y a los cerditos de la novela. Marta se ríe sobre la cama. Me coloco la máscara y me abalanzo sobre su cuerpo desnudo. La masturbo con mis garras y escucho sus gemidos con mis orejas de lobo. Lamo su clítoris con mi palpitante lengua de lobo. Cuando llega el momento aullamos al unísono.
El aullido es una grieta del lenguaje donde caben todas las palabras. O por donde huyen despavoridas.
Tumbado de espaldas acaricio mi miembro inerte y descubro una protuberancia en la base del pene. Un garbanzo bajo la piel, la inquietante señal de una metamorfosis.
REDUNDANCIAS
Al día siguiente decido pedir cita con el urólogo. Parece fácil, pero pronto empiezo a darme cuenta de que la urología es una ciencia compleja; que el pene, ese ser proteico y polifuncional exige condignas especialidades, a cual más bizantina. Existen los urólogos, pero también los urólogos andrólogos, y yo, al parecer, tengo necesidad de lo segundo. Tras media hora de indagaciones y malentendidos, consigo una cita con un verdadero urólogo andrólogo. Una redundancia esdrújula que lo convierte en un ser casi mitológico.
Me preparo un café, una manera de procrastinar como cualquier otra. Llamo a Bruno. Necesito hablar con alguien de mi problema y Bruno es el amigo idóneo. Quedamos en vernos por la noche.
Me encuentro con un montón de tiempo sin saber muy bien qué hacer con él. Me coloco la máscara de Hombre Lobo a modo de exorcismo. Los rituales son importantes. La repetición y la redundancia es la manera que tienen las cosas de revestirse de un sentido. Su balbuceo. Qué es el mar acaso sino la insistencia de la ola. Es una buena idea, válida para un aforismo pero también para un poema. Abro mi archivo de poesía y esbozo un poema a modo de tentativa:
Se repite el mar en la ola como
todo aquello que quiere decirnos algo
Millones de años de redundancia
desgastando rocas, pieles y castillos
de arena, y todavía
no hallamos su significado.
Hay cosas que ocurren una única vez en la vida (una aventura amorosa, un viaje…) y que, por tanto, a diferencia de lo que se repite, aportan a la memoria un material insuficiente. Algunas admiten la categoría de accidente y por nada del mundo desearíamos volver a revivirlas. Sin embargo hay otras cuya excepcionalidad resulta dolorosa por el placer que recibimos y cuyo carácter irrepetible nos golpea como el nevermore del cuervo de Poe. La memoria trata de rastrear, cava como un arqueólogo enloquecido en busca del resto deseado, sin ser consciente del todo de que aquello que busca ya penetró en las capas más profundas del olvido, que la experiencia ya solo puede figurarse usando los materiales de la ficción.
Podríamos catalogar, de hecho, los sucesos de nuestra vida en sucesos que se repiten (con leves diferencias) y sucesos que solo ocurren una vez. Hay verbos rotundos y definitivos como nacer o morir que no admiten segundas partes. Los sueños y la mayoría de nuestras lecturas resultan irrepetibles. Al igual que algunos amores. Lo que no se repite pareciera condenado al olvido pero, al mismo tiempo, es el material idóneo del que se abastece la ficción.
Me doy cuenta de que los dos párrafos anteriores repiten su final y que en esa repetición encuentran precisamente su sentido.
Imagino la historia de un hombre de una sensibilidad enfermiza en lo referente a la memoria. Ese hombre experimenta una melancolía infinita al rememorar escenas de su pasado en compañía de personas que ya no están, personas cuya amistad o cuyo amor se extinguió. Cree ese hombre que si consiguiera regresar a esos lugares donde fue dichoso en compañía de los nuevos amigos o los nuevos amores conseguiría mitigar ese dolor, como si la memoria pudiese reescribirse o, al menos, adecuar su naturaleza a la de un palimpsesto. Así se dedica a viajar por todos aquellos lugares que forman parte de su pasado. Se aloja en los mismos hoteles y apartamentos. Come en los mismos restaurantes. Visita los mismos museos. Posa en un fotomatón con la pose desconcertada de sus dieciocho años con la intención de confundir a aquel otro de su pasado y arrebatarle la soberanía estéril de su juventud. Solo cambian los amigos y amantes que le acompañan en su extraño periplo. Trata de vivir intensamente el presente y, a veces, lo consigue. Sin embargo ni siquiera en esos raros momentos logra eclipsar por completo el recuerdo. Más bien ocurre lo contrario: las impresiones del presente remueven el pasado, avivándolo. Es –piensa– como si a la actualidad le brotase una sombra para teñirla de ridículo, como si cada gesto interpretase la parodia de una intensidad ya extinguida. ¿Acaso regiría para la experiencia –se preguntaría ese hombre– una ley similar a la de la termodinámica? ¿Amenazaba a la experiencia un declive semejante al que afectaba al cuerpo físico? ¿Era imposible sentir como la vez primera? ¿Se acartonaban de consuno la piel, los sentidos y la memoria? ¿Y si no fuera así? No había que descartar la hipótesis de que la ausencia fuese en realidad un efecto de postproducción de la película del yo, un filtro que la hacía parecer más interesante, más emocionante y, desde luego, más lacrimógena. Pero, y esta era en definitiva la pregunta crucial, ¿era posible extirpar ese filtro o más bien venía incrustado en el código genético como las instrucciones para que nos creciesen dos ojos y dos manos con un pulgar oponible? ¿Era necesariamente la película de su vida, de todas las vidas, una historia condenada a la melancolía?